domingo, 1 de diciembre de 2019

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 84 – Diciembre de 2019 – Año X
ISSN 2250-5385      Próximamente en línea.

domingo, 1 de septiembre de 2019

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 83 – Septiembre de 2019 – Año X
ISSN 2250-5385

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si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

“Amor de orquídea púrpura”
Mónica Villarreal (2019)
(Acrílico sobre papel, 14" x 11")
Serie Mariposas

Sumario:

• Carlos PENELAS (Argentina)
• Ainhoa BÁRCENA ESCARTI (España)
• Ángel BALZARINO (Argentina) †
• Anna BANASIAK (Polonia)
• Enrique CAVESTANY (España)
• Claudia AINCHIL (Argentina)
• Ivo Luis MORÁN ALBÓNICO GASPAROTTO (Perú-Argentina)
• María Isabel CLAUSEN (Argentina)
• Fernando NEGRETE (España)
• Ana ROMANO (Argentina)
• Adriano CORRALES ARIAS (Costa Rica)
• María Enriqueta ROLAND (Argentina)



CARLOS PENELAS

Nació el 9 de julio de 1946 en la ciudad de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, y reside en Buenos Aires, capital de la República Argentina. Estudió en el Profesorado en Letras en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires cursó Historia del Arte y Literatura.
Obtuvo primeros premios y menciones especiales en poesía y en ensayo, así como la Faja de Honor (1986) de la Sociedad Argentina de Escritores —de la que fue en 1984 director de los talleres literarios— y otras distinciones. Fue incluido, por ejemplo, en las antologías Poesía política y combativa argentina (Madrid, España, 1978), Sangre española en las letras argentinas (1983), La cultura armenia y los escritores argentinos (1987), Voces do alén-mar (Galicia, España, 1995), A Roberto Santoro (1996), Literatura argentina. Identidad y globalización (2005).
Publicó a partir de 1970, entre otros, los poemarios La noche inconclusa, Los dones furtivos, El jardín de Acracia, El mirador de Espenuca, Antología ácrata, Valses poéticos, Poemas de Trieste, Homenaje a Vermeer, Elogio a la rosa de Berceo, Calle de la flor alta, Poesía reunida, Cánticos paternales, El huésped y el olvido.
A partir de 1977, en prosa, fueron apareciendo los volúmenes Conversaciones con Luis Franco, Os galegos anarquistas na Argentina (Vigo, Galicia, España, 1996), Diario interior de René Favaloro, Ácratas y crotos, Emilio López Arango: identidad y fervor libertario, De Espenuca a Barracas al Sur, Crónicas del desorden, Retratos, El trasno de Espenuca, La luna en el candil de la memoria.
Más obras de autor en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 79:



LUGARES
Carlos Penelas ©

He caminado las callejuelas de Fez,
su medina, los monótonos olores de las curtiembres.
He dormido en el Hotel Alexandra de Copenhague.
En una taberna de Gijón brindé con camaradas libertarios.
Puedo pensar en Montevideo, puedo hablar de Compostela,
de la nostalgia por Trieste, por Edimburgo.
Puedo sentir chañares, algarrobos, sombras.
Me es imposible no recordar
el puente de San Carlos y el Moldava.
O el Caffe Greco, il Cembalo en la ribera del Tiber.
Desvelado he regresado al Museo del Prado,
al Hermitage, al National Gallery, al Museo de Orsay.
He viajado de noche por el Danubio,
atravesé el desierto de Atacama,
la soledad y el abandono de las malezas sureñas,
el candor y los ponchos en Belén,
la biblioteca de Coimbra, el Cementerio Civil,
el poniente y la luna en Pumamarca,
el riachuelo, un terraplén de Avellaneda, un zorzal.
La soledad perpetrada en los ojos cerrados y pájaros volando.
(La ternura y la fineza de un mimo canadiense
frente al templo de Augusto, en Pula).
Conocí al Marqués de Santillana, a Antígona,
viví la intimidad de Shakespeare, de Pirandello, de Cervantes,
compartí palacios del Renacimiento
junto a Beethoven, a Schubert, a Mozart.
He comprado una pipa en Liubliana
y artesanías bellísimas en Goriza.
He nadado en Cayo Blanco, en el Cantábrico, en Chiloé.
Puedo evocar la ciudad de los toldos rojos,
puedo evocar París, puedo decir Goya, Velázquez.
En sueños caminé una y otra vez
por secretas galerías, por Capri, por Siracusa,
por monasterios donde mis hijos erraban la infancia.
Ahora todo parece ilusorio, misterioso.
Y no comprendo el tiempo ni las voces.


LOS MUELLES DE LA INFANCIA
Carlos Penelas ©

Podría precisar una calle de Montevideo,
la puerta que mostraba una galería en la ciudad vieja.
También recordar un agrietado muro en Valparaíso,
cierta tarde que abarcó el universo y la soledad del universo.
O el caminar por Hita o Siracusa hablando de Marat.
Curiosamente hace días que persiste un sueño.
Estoy en el cuarto de mi infancia,
estoy en la esquina de Suipacha y Viamonte,
estoy en la vereda mirando un monumento.
Creo que es verano, creo que me alcanza el crepúsculo.
Hay un organito, un negocio de aromas herbales,
una mueblería que ennoblece un tango.
Reconozco el barrio, lo minucioso del destino,
un hálito que bordea la diáspora,
la demorada voz y los rituales del hogar.
Veo lo cotidiano.
Un manual, el ajedrez, una pelota.
Un buzón rojo, el coche verde del hielero,
un percherón y el carro que lleva mimbrería.
En este antiguo y delicado sueño cifro mi rostro.
En el anverso y reverso de una ciudad
que alguna vez tuvo un río color de león.


TRAÍAN EN SUS OJOS
Carlos Penelas ©
a Marta y Fernando, mis hermanos

Traían en sus ojos el pan de las viriles tierras.
Regiones húmedas, tumbas de príncipes,
hornos, vinos, cucharas.
Y la costumbre de cantarle a sus hijos
en lenguas primitivas.
Todo crece en el recuerdo indolente
de tanto mar o tanta voz.
La austeridad, la serena medida;
hórreos que llegan con el viento.
(¡Para que no olvide, para que no olvide!)
Justifican lo vulnerable de la vida.
Siento que la utopía me conmueve
con presencias inmóviles
en la contradicción del amor y la sabiduría.
El misterio es una fábula impersonal.




AINHOA BÁRCENA ESCARTI

(Cádiz, España, 1984) Reside en Madrid. Narradora. Ha sido galardonada con múltiples distinciones en certámenes literarios.
Varios libros en eBook (Amazon): Todas las cosas que escribí cuando ninguno de ellos miraba, Terror Express, Descorazonados. Su obra La muchacha de la ventana fue publicada en castellano y en gallego (A rapaza da ventá).
Asimismo, tiene varios cuentos en antologías, así como en diversas páginas y revistas literarias.
Más sobre su biografía y obras en Suplemento de Realidades y Ficciones http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2014/03/ (Nº 60)




LA ESPERA
Ainhoa Bárcena Escarti ©

Esperaba allí sola, quieta y en silencio el sonido de sus pisadas, que tarde o temprano harían temblar mis manos. Palpé el frío metal de mi arma. Entonces los pasos surgieron, eran rápidos y constantes. Venía a por mí, ahora era el momento, él o yo. Debo ser yo. Me alejo de la puerta y adapto mis manos a mi pistola. Todo está oscuro, acallo mi respiración. Noto como va a abrir la puerta y me preparo, es su sombra. Cierro los ojos y disparo. El golpe de un cuerpo contra el suelo me hace abrirlos. No es él. Huyó. Me largo de allí y dejo el cadáver en el suelo, nadie me ha visto, hoy he tenido la suerte del asesino. Le busco en todos los lugares conocidos y desconocidos, pregunto a todas las personas conocidas y desconocidas... ni rastro. Me escondo para poder descansar, y caigo en un sueño profundo. Dormida aún, noto algo metálico en mi frente, despierto y es él. Me ha encontrado. Rebusca en mis bolsillos y en mi escondite algo que no llevo encima pero que sabe que tengo. Lo destroza todo. Guardo la calma, él también. Nos miramos en busca de adivinar cuál será el próximo movimiento del otro. En la negra profundidad de los suyos veo mi fututo reflejado. Intento alcanzar mi arma oculta bajo el colchón. Me amenaza, me golpea, intenta hacerme hablar, pero no le servirá. Pierde la calma, la paciencia y la cordura. Él dispara y me voy sin contarle donde lo escondí, ahora ya no será para ninguno.


PREFERENCIAS
Ainhoa Bárcena Escarti ©

Me gustaba el otoño y me gustaban las flores, por eso nunca entendí que en otoño nunca había flores. Me gusta la vida y me gustaba la sangre, pero me daba miedo la muerte, por eso simplemente les desangraba, nunca les mataba.


SENSACIONES DE UNA CALUROSA NOCHE DE VERANO
Ainhoa Bárcena Escarti ©

Aquella noche salí de mi casa con una extraña sensación en el cuerpo. Sentía que iba a ser mi última noche. Así que bebí, fumé y follé. Justo antes de irme a casa le vi, él no a mí. El solo mirarle me ponía los pelos de punta. Otra noche salí con la misma sensación, volví a beber, a fumar y a follar, otra vez estaba allí. La vida seguía su curso cotidiano hasta que llegaba la noche. Cuando hacía salidas nocturnas otra vez volvía a invadirme el penetrante escalofrío, un sabor a muerte. Bebí, fumé, pero esta vez no follé. Su cara de nuevo. Una noche más se repetía la situación, el extraño ritual. Bebí, fumé y le vi. Me miró, y aunque tenía un mal presentimiento se la devolví. Esa noche sí follé, con él. Desde ese momento el olor a muerte no se desprendía de mis sentidos. Supe que aquella historia acabaría mal justo antes de devolverle la mirada. Pero lo hice. Ya no había vuelta atrás. Después de muchas noches con él, continuaba sintiendo la muerte alrededor. La vida con él era al límite del riesgo, hasta que un día llegó la propuesta. No era legal, era peligroso, me daba igual, me alimentaba de nuestra adrenalina como si se tratara de un manjar divino dotador de vida. Aquella última noche salí de su casa con la extraña sensación más aguda que nunca en mi cuerpo, esa era mi última noche. Mientras íbamos en la moto me abracé a él con fuerza, en unos minutos se desataría la tragedia que ya saboreaba entre dientes. Un tío enorme nos esperaba con el paquete, yo guardaba la pasta. Sabíamos que no era de fiar, y nada más bajar de la moto cuatro disparos… tres para él y uno demasiado acertado para mí. El tío enorme rebuscó entre mi ropa y mi sangre para llevarse el paquete. Ya no volveré ni a fumar, ni a beber, ni a follar.


VISIONES
Ainhoa Bárcena Escarti ©

—Imagino un mundo donde tus palabras no me llegan, donde no hay llamadas tuyas. Me da miedo que sea como Casandra y se cumpla esta pesadilla que vislumbro.
Él ya tenía la maleta hecha, ya había devuelto las llaves. Por unos segundos ella, regresar fue una idea tentadora. Incluso llegó a soltar la maleta de su mano, incluso llegó a pensar en la posibilidad de besarla, en intentar volver a vivir con ella, aprenderse de nuevo, entenderse, recobrar todo lo perdido en años insostenibles. El ascensor llegó y alguien dentro preguntó de forma cotidiana:
—¿Bajas?
Él agarró la maleta, subió al ascensor.



ÁNGEL BALZARINO

Narrador argentino nacido el 4/8/1943 en Villa Trinidad (Santa Fe) y fallecido el 9/6/2018 en Rafaela (Santa Fe), donde residía desde 1956.
Poseía estudios contables e impositivos.
Varios de sus trabajos literarios figuran en antologías editadas en Argentina y en Estados Unidos, México, Reino Unido, entre otros países. Escribió también algunas biografías y reseñas institucionales.
Obtuvo numerosas distinciones, entre otras: premio Mateo Booz (1968), premio Jorge Luis Borges (1976), Premio Anual por el Bienio 1976-77 de la Asociación Santafesina de Escritores, Mención Especial en el género narrativa Premio Alcides Greca (1984) de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, Fondo Editorial años 1986-1995-1996 de la Municipalidad de Rafaela, Faja de Honor 1996 y 1998 de la Asociación Santafesina de Escritores, Premio Provincial Alcides Greca 2014 del Ministerio de Innovación y Cultura de Santa Fe.

Más sobre su trayectoria y obras en:
Suplemento de Realidades y Ficciones:

También en:


EL AMOR A TRAVÉS DE LA MIRADA
Ángel Balzarino ©

Sí. Allí vienen. El lejano pero inconfundible sonido de algunas risas le reveló que había concluido la espera. Entonces clavó los ojos en el estrecho sendero apenas insinuado entre la mata de troncos, hojas y arbustos que se había ido formando junto a las ya inútiles vías del tren y divisó las dos siluetas. Con sigilosa rapidez se ubicó en el sitio ya habitual —oculto entre cartones y maderas, junto a una de las ventanas de la derruida estación—, dispuesto a ejercer, sin el temor de ser descubierto, una intensa y morosa vigilancia. El placer más grande. Sin duda el único que puede disfrutar ahora. Una vez más comprendió que después de tanto tiempo —ya no tenía noción desde cuándo se limitaba a sobrevivir de la caridad de los otros, sin afanes ni sueños—, por fin ocurría algo que no solo quebraba la opaca rutina sino, mejor aún, lograba infundirle una súbita cuota de ánimo, le otorgaba inusitado vigor a su cuerpo ya abrumado por el cansancio y los años. Como si otra vez sintiera lo mismo que ellos. Lleno de vitalidad y deseo. Ahora las voces le llegaron más nítidas, las palabras entrecortadas por estallidos de risas, como si disfrutaran de alguna broma íntima y secreta, despreocupados y felices, hasta que los vio detenerse en un pequeño claro entre los árboles que bordeaban la estación. De una bolsa extrajo una botella de vino y bebió un trago largo, tanto para aplacar la ansiedad como para festejar por anticipado cada detalle de la escena que iba a presenciar. Después permaneció rígido, sin efectuar el menor ruido. A la expectativa.
Como siempre, fue ella la que tomó la iniciativa. Suave, lentamente, llevando a cabo una ceremonia en la que cada gesto parecía destinado a otorgarle mayor interés y atractivo, le desprendió la camisa y comenzó a sacársela. El muchacho la dejó hacer, sin moverse, mientras las risas se transformaban en susurros y contenidos jadeos. Cuando le tocó el turno a él, todo se hizo más agitado. Súbitamente presuroso, le quitó la blusa con evidente rudeza, urgido por la impaciencia. Lo invadió una dosis de codicia, placer, deslumbramiento, al surgir los pechos, blancos y turgentes, que las manos del muchacho palparon en ávida caricia. Si pudiera hacerlo yo. Si al menos una vez... La certeza de no tener ya la oportunidad de protagonizar algo semejante le hizo evocar, en un afán por atenuar la frustración y alcanzar cierto consuelo, otra época, cuando Hortensia lograba satisfacer las ansias de su cuerpo joven y enardecido. Llevó otra vez la botella a la boca. La necesidad de beber pareció crecer tanto como el ardor que lo estremecía, mientras trataba de imaginarse otra vez junto a Hortensia. Lo mismo que él con la muchacha, la acostaba sobre el húmedo colchón formado por la gramilla, y la poseía entre besos y caricias que los llevaban cada vez a un paroxismo de gritos y risas y palabras incoherentes. Pero después, cuando ellos quedaron quietos y abrazados, ajenos a cualquier otra cosa que no fuera seguir disfrutando los instantes que habían vivido, sintió la boca reseca, como si hubiera probado algo amargo, con súbita conciencia de su soledad y del ya para siempre insatisfecho anhelo de tocar otro cuerpo.
Apenas ellos se alejaron, estalló. Sin preocuparse ya por guardar silencio, arrojó con violencia la botella vacía y golpeó los puños contra la pared y profirió gritos que trasuntaban la carga de furia, dolor e impotencia. Después comprendió que debía conseguir otra botella de vino. Rápidamente. Para obtener cierto desahogo y tranquilidad. Sintiendo todo el cuerpo pesado y torpe, abandonó la estación y a pasos lentos marchó hacia el pueblo.
Debió golpear muchas puertas y reflejar el mayor estado de indigencia, antes de conseguir algunas monedas. Le alcanzó para comprar dos botellas de vino y, apenas salió del boliche de Bottaro, comenzó a beber. Aunque siempre había evitado hacerlo mientras andaba por las calles del pueblo —después que la enfermedad de Hortensia lo precipitó en la ruina y necesitó apelar a la caridad de la gente para sobrevivir—, ya no le importó que lo vieran. Bebió con avidez. Impaciente por embriagarse y alcanzar cuanto antes un profundo sueño que le hiciera olvidar la pérdida definitiva de Hortensia, que aplacara el deseo despertado por la frenética relación de ellos, que borrara la certidumbre de vegetar en un estado bochornoso, sin esperanza ni dignidad.
Como si marchara a través de una humareda que desdibujaba las cosas y le producía un creciente mareo, cada paso le resultó más difícil. Después de un tiempo interminable pudo divisar el contorno familiar de la estación. Cuando intentó cruzar las vías, tropezó. Al perder el equilibrio, lanzó un grito y abrió los brazos en busca de algo para sostenerse. Fue inútil. No pudo evitar la caída y súbitamente sintió el golpe seco, contundente, en la cabeza.
Las manos de él quedaron de pronto quietas, desganadas, sin terminar de desabrocharle la blusa.
—Vamos —ella lo apremió, impaciente—. ¿Qué te pasa?
Se apartó y echó una furtiva mirada hacia la estación.
—No sé. Ya no puedo hacerlo aquí, ahora que el viejo no está mirándonos.



ANNA BANASIAK

Nació en Zgierz, Polonia, en 1986. Secretaria, traductora, profesora.
Estudió letras polacas en la Universidad de Lodz e inglesas en la Academia Social de las Ciencias de esa ciudad. Ha tomado parte en diversas antologías de Polonia, España y Argentina. Ha colaborado en varias publicaciones como Revista Urraka, Gaceta Literaria, Realidades y Ficciones, etc.
Nominada al Premio “Cameleon” (Polonia), ha obtenido menciones especiales en el Concurso Internacional de Poesía “Latin Heritage Foundation” (Estados Unidos, 2011) y en el Concurso Literario “Sólo Voces” (Tilcara, Argentina). Algunos de sus poemas fueron transmitidos por el programa Calidoscopio, de Radio Raíces, Argentina.
Más sobre esta escritora en Suplemento de Realidades y Ficciones:



CIUDADANA DE UN PAÍS DE GUERRILLEROS
Anna Banasiak ©

Nacida en el país de los insurgentes,
no necesito recordar todas las guerras.
Yendo a la calle, no hay hora sin recordar todos los destierros,
destierros que ellos mismos no sabían que querían.
Volviendo a casa, incluso las piedras
cuentan las historias prohibidas
llenas de sufrimiento e irrealizable deseo de libertad.
En casa me espera un ejemplo de patriotismo
—siguiente aniversario de una rebelión sin nombre.
Nunca he gustado de ver la tele,
no tanto como estudiar la historia del patriotismo local.


MEU AL-HABIB EST AD JANA
Anna Banasiak ©

Quería contarte sueños de mi juventud,
cuando me parecía que abriendo los ojos
todo sería como antes.
Las puertas de mi dormitorio van abriendo
por adentro a la nueva versión de la historia del amor imposible.
Siempre has sido un ángel que solo olvidó nacer,
siempre en el primer puesto
en cuanto a la producción de buenas intenciones.
Solías decir: “Logro lo que quiero”.
Pero la voz andando la puerta decía:
¿Qué haré, mamma?
Meu al-habib est ad jana.
Negra maestra con el veneno en su mano
también quiso hacerte daño.
Esta vez perdiste tu tiempo.
Falleciste en el nombre de Victoria.
¡Qué has hecho, mammita!
¡Dame incluso una gotita de tu veneno, dámelo!


ALCÁZAR
Anna Banasiak ©

Al-Qalá al-Hamrá sumergida en la nube
siempre el mismo
gran amante quien abraza temblorosas mujeres,
entre blancas nalgas sobresale
bailando antaño un tango olvidado para todos.
Al-Habib al-Hamrá está muriendo en la vega con vistas a la Puerta del Perdón.
Che Habib murió
a las cinco de la tarde con el nombre del profeta
en el corazón.
  


ENRIQUE CAVESTANY

Pintor, diseñador industrial, ilustrador de prensa, escritor.
Dibujante en El País de Madrid (1978-2008); ilustrador y colaborador en: Revista de Occidente, La Estafeta Literaria, Informaciones, Sábado Gráfico, Gentleman, Televisión Española; programa de mobiliario para la firma Kalon de Madrid (1977-1978), entre otros.
Comisario de la exposición “La Prensa Ilustrada, Madrid 1976-2008”, inaugura La Mandrágora en Madrid (1978), presidente de la Asociación de Artistas plásticos de Madrid (1996), cofundador de la Entidad de Gestión de derechos de autor de artistas plásticos, VEGAP (1991). Trabajó como escenógrafo en Göteborgs Stadsteater, Gotemburgo, Suecia (2012-2013).
Más sobre sus obras y trayectoria en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 81:



ALMA ESPINOSA
Una tarde de otoño en los jardines de Praga
Enrique Cavestany ©

Alma Espinosa nació en Praga el 4 de marzo de 1867 y fue la segunda hija habida en el matrimonio formado por Katerina Didulicka Finelius y Venceslao Espinosa Poborosky, aristócrata descendiente de emigrados españoles afincados en Olomouc, una de las más bellas ciudades de la región de Moravia, en las postrimerías del siglo XVIII. Su infancia transcurrió en una hermosa mansión de estilo barroco con escalinatas de mármol, rodeada de extensos jardines diseñados a la manera versallesca. Ya en esta feliz primera etapa de su vida, Alma Espinosa mostró una especial predilección por los insectos, afición heredada de su padre don Venceslao, que los coleccionaba cuidadosamente ordenados en vitrinas, en la biblioteca de la mansión familiar. Dedicaba Alma Espinosa una atención especial a los Lamelicornios que son los que pertenecen a la familia de los Pentámeros. Esta familia no fue una elección casual ni caprichosa pues la joven mostró muy pronto, junto con su vocación entomológica, una gran delicadeza y una inclinación por lo bello en cualquiera de sus manifestaciones, y es bien sabido que los Lamelicornios constituyen una de las más bellas familias del Orden de los Coleópteros.
Son varias las tribus que se conocen dentro del grupo de los Lamelicornios a saber, los coprófagos, sencillos y laboriosos comedores de mierda en todas sus variedades, los arenícolas, como el Bolboceras, provistos de dos mandíbulas exógenas, sencilla y cóncava la una y bidentada la otra, los pecticornes y los jilófilos cuyo máximo exponente es el famosísimo Scarabeus, por quien Alma Espinosa mostraba verdadera pasión.
Alma Espinosa
Una tarde dorada de otoño, cuando los parques de Olomuc mostraban, nostálgicos del estío, sus rutilantes colores tornasolados, Alma Espinosa paseaba por el frondoso jardín de la mansión familiar cuando tuvo ocasión de observar las andanzas sincopadas de un auténtico Geotrupo Falangista, un jilófilo que iba y venía sobre un oloroso montón de estiércol.
Magnífico ejemplar, pensó la joven fascinada por los rítmicos contoneos del escarabajo que trazaba sus trayectorias con milimétrica precisión. Alma Espinosa, de natural callada y reflexiva, no era proclive al vano parloteo propio de las muchachas austrohúngaras de su edad, de manera que su carácter introvertido era una singularidad mal aceptada en el denso círculo social en el que se desenvolvía la familia Espinosa-Didulicka. En varias ocasiones sus padres, don Venceslao y doña Katerina habían tenido que llamar la atención a su adorada hija reprendiéndola cariñosamente, ante los silencios tan prolongados de esta que, a su entender, rayaban en la descortesía. Pero aquella tarde de otoño, Alma Espinosa sintió la imperiosa necesidad de hablar con el jilófilo. Inclinándose lentamente hacia abajo por temor a espantar a tan espléndido ejemplar de Geotrupo Falangista, se dirigió a él pronunciando sus palabras con voz queda y con una cuidada vocalización: Qué hermosa tarde, ¿no es cierto?
El Geotrupo, que escarbaba con ahínco en el húmedo mantillo, contestó con naturalidad sin dejar de seleccionar las más sabrosas briznas:
Así es, ya no son frecuentes tardes tan templadas en esta época del año. Nacía en aquel momento una sincera amistad.
Scarabeus, que confesó ser jilófilo de tercera generación y tener su residencia junto a los macizos de boj, mostraba un talante abierto y cordial, al tiempo que ofrecía a la joven una redondeada porción de estiércol:
Esta es exquisita, ponderó, sin fertilizantes artificiales, lleva algún resto de lombrices frescas y perfumes de romero con unas notas de hierba luisa, Scarabeus hablaba un lenguaje de metálico acento y de agudas aristas sonoras pues su lengüeta, oculta por la barba, estaba visiblemente inconexa y truncada en su extremidad anteroposterior.
Sentada al borde de la pequeña montaña de mierda, Alma Espinosa recogió con cuidado el obsequio y lo guardó en una redoma de plata que siempre llevaba colgada al cuello.
Gracias, amigo mío, lo guardaré para la merienda.
Iba cayendo la tarde y los nuevos amigos ya se miraban a los ojos con dulzura. Las sombras de los macizos de boj crecidos salvajemente, cubrían el césped que brillaba ahora con la humedad de la incipiente escarcha y el sol del otoño agonizaba escondido tras un espeso manto de nubes cuando los amantes hablaban quedamente en susurros entreverando sus miradas.
Era un Megasoma, exclamó súbitamente Alma Espinosa bajando los ojos, no era un verdadero Scarabeus. Sus tarsos dentados en la mitad inferior, evidenciaban un cuerpo muy abultado que se prolongaba en unas fuertes mandíbulas dilatadas por la base. Recuerdo que los palpos maxilares estaban provistos de tres artejos cada uno, el último más largo que los precedentes, oblongo y de un color pardo casi negro, con un tubérculo muy grueso y el coselete, generoso, con dos cuernos muy fuertes, los élitros casi lisos y un poco plegados cerca de la sutura.
Sucedió en Cayena, un radiante día de verano, cuando mi hermana Desirée molía pimienta secada al sol del trópico y mis padres paseaban por la playa.
Scarabeus supo en ese instante que Alma Espinosa se estaba refiriendo a su primo Porrupus, pues era casi imposible encontrar otro Mesonema en las playas de Cayena y en aquella época del año, pero no quiso entristecer a su nueva y ya inseparable amiga sin tener la certeza absoluta.
Fue inevitable, Alma Espinosa quería excusarse con una dolorida ansiedad reflejada en su semblante, se cruzó en mi camino corriendo enceguecido en persecución de una larva de rutela, yo vi que estaba hambriento y es todo lo que puedo recordar. Murió dulcemente, bajo mi zapato izquierdo, una lágrima resbaló por la mejilla de la joven, guardé su cadáver en un relicario de cristal de Bohemia y aquella noche no pude cenar.
Scarabeus permanecía en silencio, con el coselete fruncido en un gesto de dolor. Al cabo de un rato se decidió a hablar:
Je suis galvanisé, abasourdi, j´ai le coeur gros ce soir. C´ètait mon cousin Porrupus sans doute. Scarabeus sabe que en francés, los acentos metálicos de su lenguaje de Geotrupo, totalmente inadecuados en esos momentos de dolor, desaparecen evitando así tensiones desagradables.
Es tarde, debo volver a casa, se excusó Alma Espinosa para no seguir ahondando en la herida, si necesitas algo mantendré abierta la puerta de mi dormitorio durante toda la noche.
Scarabeus quedó solo sobre el estiércol viendo caer las últimas sombras de la tarde.
Alma Espinosa agitó suavemente su pañuelo perfumado mientras se alejaba, si no vienes esta noche lo entenderé, pero mañana te esperaré junto a las azaleas hasta que vengas. Te amo.
  


CLAUDIA AINCHIL

(Buenos Aires, Argentina, 1964). Poeta y periodista. Varios libros publicados. Sus obras se hallan difundidas en varios países.
Más información sobre sus obras y trayectoria literaria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



EMPAPA…
Claudia Ainchil ©

La voz naciendo en el desierto voraz
jeroglíficos ajenos irrumpen
vahos sin ciudad
andamiajes de circo
alguien corre el telón
es grueso, adherente
la multitud aplaude, casi siempre lo hace
los romanos se filtran
sonidos exquisitos unen vestíbulos de imágenes
recorridos de mariposas
se arman las palabras a través de lo imperceptible
microbio de miradas
es voz
murmullo que empapa
y chorrea.


MENSAJES
Claudia Ainchil ©

Se desenmascara la noche como un laberinto
alientos de oscuridad van ajando exteriores
los enigmas se unen semejando árboles añosos
adhieren preceptos de convivencia
aspereza de lo desconocido
ecos imperceptibles amordazados
por el destino que les tocó en suerte
la luna no alcanza para dispersar
esa sacudida de la noche minuciosa
y las sombras del inconsciente arrinconan episodios.
Mensajes desnudos.
Hasta que amanece.


ECOS
Claudia Ainchil ©

Cuánto asombro milimétrico
imagen a la vuelta de los días
se salpica una fracción del silencio
y la nostalgia es una pieza en la madeja.
Desisten incontables vestuarios
tiemblan presencias
carátulas distribuidas según alegrías y tristezas
ardua metamorfosis del árbol florido
¿aguardar que?
miro/palpo /desordeno
atrapo.
Son ecos de peces transparentes
a través del tumulto.


DESDE ARRIBA
Claudia Ainchil ©

Los movimientos de las personas vistas desde arriba
van llegando en cámara lenta.
Como en un laberinto repleto de piedras sanitarias
puestas en los escondrijos para repeler
el hedor a pis de gato
nadie alza la nariz hocico
y se orienta a olfatear en profundidad.
Genes compiladores ensanchando tamaños
sin discriminar.
No hay caso, tantas disfunciones juntas
en semejante proporción de almas.
Sin oler tragan una capa esmaltada de sed brillosa.
Luces de colores tras las rendijas de un mundo cambiario.
  


IVO LUIS MORÁN ALBÓNICO GASPAROTTO

(Perú, agosto de 1960). Ha escrito ensayos, poesía y teatro. Narrador de corto y largo aliento, ha vivido y estudiado en La Paz (Bolivia), Orlando, Florida (Estados Unidos), Sherbrooke (Canadá), Madrid (España), Berlín (Alemania), Buenos Aires (Argentina).
Tiene en su haber nueve novelas publicadas; entre otras en Lima, La niebla azul, La muerte buena, Mundo soñado; en Berlín, Alemania, La cárcel perfecta, Coronando, De Todas Maneras, Nachrichten aus einer anderen Welt, así como diversas publicaciones de cuentos cortos.
Escribió para la revista Chasqui en Berlín. Mientras vivió en Alemania fue miembro de la Sociedad Peruano Alemana / Instituto Iberoamericano Patrimonio Cultural Prusiano, miembro de la Casa de las Culturas Latinoamericanas, del Círculo Literario Karlshorst Berlín, Compañía Teatral Ausbruch.
Representó al Perú en el encuentro de delegaciones diplomáticas con el Parlamento Alemán en el año 2000. Ha participado en la Cita de la Poesía Berlín 2000-01.
Premio Literario de la sociedad literaria El Butacón, de Hamburgo, ganador de dos premios literarios del círculo de escritores españoles en Berlín, El Patio 2000-01. También premiado por la Universidad de Munster en mayo del 2002. Participó en el Festival Internacional de Literatura en Berlín 2002.
Más sobre sus obras en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 78:



LA INMIGRACIÓN SALVARÁ EUROPA
Ivo Luis Morán Albónico Gasparotto ©

Los trabajadores en los yacimientos minerales de los Andes son muy ricos...
Hace unos días vengo observando el panorama antropológico en Berlín: en el metro, en las calles, en los centros comerciales, por todas partes. Es impresionante ver la cantidad de gente que deambula por esta ciudad, la cual es proveniente de diferentes culturas que, a su vez, implican diversas razas, religiones, etnias y caracteres.
Recuerdo haber leído un reportaje en una revista española el cual abordaba con alarma exagerada la afluencia de los inmigrantes africanos en las tan populares “pateras”. No puedo transcribir textualmente lo que decía dicho reportaje, sin embargo, había una mención específica con relación al cambio del panorama antropológico en las calles de algunos pueblos españoles: hay negros cantando en las plazas, tiendas de chinos, grupos de árabes y moros buscando trabajo, ¡nuestra geografía humana está cambiando!
Tal vez, en un mundo perfecto, si buscáramos a los trabajadores de los asentamientos mineros más grandes en los Andes, nos encontraríamos con hombres ricos acompañados por niños felices que no carecen de nada. No obstante, en este mundo imperfecto, los trabajadores de los yacimientos mineros de los Andes son pobres y explotados, y viven una vida gris y anacrónica. Si nos diéramos un paseíto por Liberia o Angola, encontraríamos a los obreros más ricos de todo el mundo, a los niños más felices, que quizás, los mismos europeos envidiarían, aunque esto pasaría solo si existiese una justa distribución de la riqueza en el mundo.
Si hubiera una justa distribución de las fuentes de riqueza en el mundo, las cosas serían diferentes. Si los europeos no se inmiscuyeran en los yacimientos minerales de Liberia, Angola u otros países, fomentando choques étnicos, guerras y expoliando riquezas, no existiría tanto inmigrante en Europa. Y es que si los habitantes de Sierra Leona, por ejemplo, pudieran gozar de sus riquezas minerales, tendrían una renta per capita más alta que los mismos suizos. Si las potencias, por lo menos, pagaran precios más justos, y los habitantes de los países pobres ganaran equitativamente el producto de la explotación mineral y natural de sus tierras, con seguridad no vendrían tantos inmigrantes a Europa. El 90% de la producción de diamantes de Liberia (país con un alto grado de emigrantes) sale ilegalmente de sus tierras y termina en Holanda, Bélgica, Alemania, Suiza, etc. Producciones millonarias de diamantes salen a países europeos, gracias al contrabando controlado por los mismos europeos. ¿Y los gobiernos? Bien gracias, mientras que entre riqueza no hay problema, si entran inmigrantes, entonces sí hay problemas.
Y ni qué decir de la cantidad de nigerianos que llegan a Europa, tan mal vistos por los ciudadanos del paraíso universal: por décadas, compañías angloholandesas, francesas, italianas y las infaltables americanas, están instaladas en Nigeria explotando las fuentes petrolíferas de este país (sexto productor de petróleo en el mundo). Se vienen registrando choques étnicos, muertes, cruentos enfrentamientos entre los pobladores de ese país como en otros países tercermundistas. Hay sombras blancas tras estos incidentes. Hay proveedores de armas tras estas guerras. Hay dinero en juego. Deberíamos saber que existe un informe de la Comisión de Derechos Humanos en el cual se documenta el hecho de que la empresa petrolera Chevron permitió que soldados nigerianos utilicen sus helicópteros y lanchas para atacar aldeas donde hubo muertos civiles y desaparecidos. Los enfrentamientos bélicos en África son financiados por el mercado negro, y las armas salen generalmente de los mismos países que se benefician del contrabando; en ese caso, sí se cierran rápidamente los ojos y no trasciende la cosa. Comprendamos que no conviene informar estos aspectos negativos que ayudan a la gloriosa economía de la comunidad europea asediada por los terribles inmigrantes.
El mercado negro de los diamantes sirve para financiar guerras y matanzas en  África, y siempre el interés europeo está de por medio. Cuando los europeos compren sus diamantes, su plata y joyas, minerales en general, o utilicen gasolina en sus coches, deberían ver el brillo de muerte y sangre, así como el susurro de desesperación y hambre que tienen estos productos que tanto consumen, antes de pensar que vienen los inmigrantes a “invadirlos”.
¡Ay!, pero qué raro es que esta gente escape y venga a tocar las puertas de la mágica Europa donde sus habitantes viven tan tranquilos. Huir es normal cuando la muerte está aguardando tras la puerta de casa. Huir es normal cuando el hambre acecha a los hijos. Sin embargo, este fenómeno es visto como un gran problema en los países de la Comunidad Europea, donde sí que saben aplicar con celeridad medidas judiciales (tratando como delincuentes a los refugiados de las guerras y el hambre que ellos mismos promueven) o condenando estos movimientos de migración. Pero qué incómodo es para el ciudadano del paraíso universal ver que se destape la miseria y tener que soportar gente extraña en sus ciudades. Cuántas veces se agudizan los esfuerzos policiales, jurídicos, fronterizos, etc., para evitar la invasión. En cambio, escapar fue la opción inteligente que tomaron muchos europeos cuando hubo inefables hambrunas y guerras en este continente; me pregunto, ¿quién los recibió mal en los países del tercer mundo?
Y para terminar, es bueno saber la realidad en Europa con respecto a su índice demográfico para no considerar a los pobres que vienen a este continente como farsantes que buscan asilo, o ladrones de puestos de trabajo, sino como un fenómeno natural de orden social para la conservación de la especie.
En 1960 Europa representaba el 20% de la población mundial y África el 7%. En 2050 África albergará el 20% y Europa el 7% de la población mundial. Es decir que la distribución de la población mundial se invertirá. Según informes de la ONU, Europa debería recibir en los próximos veinte años unos 123 millones de emigrantes para paliar el envejecimiento de sus sociedades. Nos preguntamos entonces, ¿dónde está el problema con las migraciones masivas? Cifras preocupantes como que el 47% de la población europea para  2050 habrá rebasado la edad de jubilación, mientras que la población constituida por ciudadanos de menos de 50 años será inferior al 10%. En África, Asia y América Latina más del 40% de la población tiene actualmente menos de quince años, lo que significa que los países del tercer mundo contribuirán en un 98% en el futuro crecimiento de la población mundial. Todo esto nos hace pensar que tal vez la inmigración sea una solución para el problema demográfico y se presente como un fenómeno humano.
El egoísmo humano no es nada nuevo. La codicia es tan antigua como la palabra. Los países industrializados de la tierra acaparan el 80% de la riqueza mundial y están capacitados para promover el crecimiento económico en los países del tercer mundo, de donde provienen los “temidos invasores inmigrantes”. Mientras el índice de natalidad baja en los paraísos europeos, la mano de obra escasea, se acumulan más riquezas, la población de los países pobres y en vías de desarrollo promete la garantía de conservación demográfica. Sin embargo, el egoísmo y la codicia es más fuerte: seguirán condenando al emigrante, considerándolo un asedio, una amenaza, una lacra, y es que existen seres codiciosos y oscuros que no abrirán los ojos; hay temores e intereses. Pero también hay soluciones: habría que luchar contra el racismo, la discriminación, la tendencia de creer que el ciudadano de los países ricos domina el mundo y tiene derecho a dominar, explotar y empobrecer a otros. Y es que si no se dan cuenta a tiempo, y si prosiguen con esa política de fronteras, de levantar barreras más altas y despreciar al inmigrante, en unos cincuenta años Europa estará poblada de ancianos millonarios, carecerá de mano de obra y de juventud. Aunque los xenófobos se aterren, aunque los racistas lloren y los codiciosos sufran: las migraciones son una necesidad inherente a la especie humana. Vendrán migraciones, mestizajes, mezclas étnicas y culturales. Es una revolución inevitable como única solución para que crezca y prosiga la vida en el mundo, esperemos, en una justa dimensión.
  


MARÍA ISABEL CLAUSEN

Narradora y poeta. Nació y reside en General Roca, Provincia de Córdoba, Argentina. Ha sido distinguida en múltiples oportunidades.
Más sobre sus obras y trayectoria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



LA BALA QUE DOBLÓ EN LA ESQUINA
María Isabel Clausen ©

Todos pensaban que su destino ya estaba escrito y decidido, nadie podía suponer lo contrario, ni siquiera él, pero un día en que sus ojos comenzaron a vagar por el paisaje llenándose de colores y formas, su mente divagó sobre amores diversos, viajes misteriosos, cielos de libertades, vuelos de palabras, su alma se volvió una página y su corazón un poema.
Desde entonces y a escondidas ocultándose en un seudónimo, alternó su destino de empresario impuesto por costumbre familiar y cambió el navegar entre cifras siderales para hacerlo entre letras que brotaban de su alma como flores en capullos.
—Señor Alberto, lo esperan en el escritorio del directorio —dijo su secretaria.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—No lo sé —fue la respuesta.
Sin más, dio diez pasos en oblicuo, puso su mano sobre el picaporte y abrió.
Todos los integrantes del directorio estaban presentes, de pie y con la mirada fija en él. Sin dudas algo importante estaba pasando.
Su abuelo, el presidente de la empresa, le dijo:
—¡Adelante! Toma asiento en mi lugar, me quedaré de pie.
Obedeció como era costumbre hacerlo ante una directiva del jefe, allí no se respetaban lazos familiares sino cargos jerárquicos, lo cual era normal en el mundo de la empresa.
Todos se ubicaron en sus respectivos lugares y aquel admirado hombre de negocios comenzó a decir:
—Te preguntarás por qué todo esto. Bien, he decidido dejarte mi lugar en la empresa, se necesitan ideas y sangre joven, los tiempos han cambiado y confío plenamente en ti.
Preguntó:
—¿Y cuándo lo decidiste? No me lo consultaste, me tomas de sorpresa.
–No hay sorpresa, el día que DIOS se llevó a tu padre, siendo tú mi único nieto varón, se sabía que este instante llegaría, ¿no estás orgulloso de ello?
¿Cómo explicarle que no, que su destino y deseo era vivir en un mundo bohemio donde el amor no necesitaba números sino sentimientos, donde un dólar podía valer tanto como una hoja para una hormiga, y un hormiguero se veía como una sociedad de tal magnitud como la suya, pero, donde todos gozaban de las mismas obligaciones y derechos sin cobrar un solo peso?
¿Cómo hacerle entender que para él, la riqueza consistía en escribir un poema bajo la luz de la luna, frente al mar, y su único peligro de quebrar era que la inspiración lo abandonara?
¿Cómo explicarle a ese hombre maravilloso que siempre lo había amado, que no podía seguir tras sus pasos?
Tomó coraje y bajando la cabeza, como avergonzado de lo que diría, comenzó:
—Abuelo, perdón, señor director… Agradezco su ofrecimiento pero no puedo aceptarlo, mi destino está en otro ámbito.
—¿Qué dices, has enloquecido?, ¡esto no se elige, simplemente se cumple —comentó visiblemente disgustado— ¿y cuál sería el ámbito adecuado para tus ambiciones? —preguntó despectivamente.
—Soy escritor, mi destino son los libros y las letras.
—Señorito, ¿crees que con ello podrás llegar a montar una empresa como esta que desprecias?
—Te equivocas, abuelo, no es desprecio. Tienes gente muy capaz para seguir con éxito lo que amas. Quizás yo fracase en lo mío, pero nadie se verá perjudicado por ello, en todo caso será solo el final de mis sueños.
Dirigiéndose a los demás el director ordenó:
—Déjennos solos, por favor.
Salieron asombrados y comentando entre dientes, cómo enfrentaría el joven la furia de un hombre de tanto carácter. Seguramente le exigiría cambiar de idea. Para su sorpresa, no escucharon los esperados gritos.
Dentro del recinto, el viejo empresario abrazó a su nieto:
—Tengo que confesarte algo, “Bala Perdida” —tembló, ¿cómo conocía su seudónimo?—, verás, no estoy por retirarme, no tengo ni la mínima intención de hacerlo. Simplemente deseaba que descubrieras tu secreto para que puedas ser libre de elegir tu destino y no se repitiera una triste historia que lastimó tu vida.
—¿Qué historia, abuelo?
—DIOS no se llevó a tu padre. Él, como tú, deseaba ser escritor pero no tuvo tu coraje, simplemente obedeció. Ocupó el cargo designado, se casó con quién debía, dio herederos a la empresa, y el día en que ya no pudo soportar el encierro de un mundo tan ajeno a sus sentimientos, por no enfrentarme, apretó el gatillo y partió. Eres como él, una bala que no pudo seguir su rumbo y sin pensarlo dobló la esquina, para decidir su propio destino. Por eso, por tu vida y por la que se fue, la de mis dos grandes amores, no quiero más destinos con luces apagadas —y agregó, sonriendo— “Bala perdida”, ¿cuándo me venderás tu primer libro?
Sin emitir comentario, el joven abrió su portafolio, sacó de él un envoltorio y se lo entregó:
—Ábrelo —dijo—, es para ti, hace un año que lo llevo conmigo.
El abuelo lo tomó como esperándolo. Rompió el papel con curiosidad, un libro habitó en sus manos. En la portada se leía:
MI MUNDO SIN NÚMEROS, de Marcelo Brasi.
Y en la primera página: Dedicado a mi abuelo, por “Bala Perdida”.


ABRAZAME
María Isabel Clausen ©

Haz como el mar
que envuelve a la playa
entre sus brazos de espuma,
necesito saber qué deseas
aferrarme a tu cuerpo
por todos los tiempos,
quiero sentir que tu boca me busca
en la oscuridad de la noche
y en el resplandor del día.
Abrázame amor, no dejes
que el sol me convierta
en una nube y me regale al viento.
Quiero quedarme en ti,
ser solo esa gota de agua
que meces sobre tu piel
mientras cantan las sirenas,
dormirme acurrucada entre tus brazos
y despertarme en cada amanecer
de la misma manera.
  


FERNANDO NEGRETE

Nació en 1942 en la calle Goicoechea, hoy desaparecida, a cincuenta metros escasos de la torre vieja del Pilar, y vivió en el otro Arrabal, donde las peleas a golpes eran harto frecuentes, en Zaragoza, España, ciudad en que reside. Su nombre completo es José Fernando Negrete Gaspar.
Ha escrito una novela, Tenía que haber una explicación (Zaragoza, Mira Editores, Sueños de tinta, 2017). Nos ha enviado narraciones cortas, de las que hoy publicamos algunas.
Más sobre sus obras y trayectoria en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 81:



HACE CASI CINCUENTA AÑOS
Fernando Negrete ©

No sé si os he dicho en alguno de mis escritos, que mi abuelo poseía una biblioteca pequeña y muy heterogénea. En sus estantes igual dormían los clásicos españoles del Siglo de Oro como los libros de la Generación del 98 en un cambalache contradictorio y maravilloso.
Por supuesto también estaban Las Mil y Una Noches, El Decamerón, los clásicos griegos y los novelistas rusos del siglo pasado. Escondida entre sus anaqueles descubrí una colección francesa de revistas pseudopornográficas que hoy harían sonreír, por lo infantiles, a más de uno; se llamaban “Le demi monde”.
En el renacer de mi adolescencia comencé a leer libros con avidez, buscando en ellos lo que el monótono y pequeño mundo al que nos condenaba el régimen y los curas donde estudiaba el bachillerato nos negaba, la verdad.
Os podéis imaginar que mi búsqueda se dirigía, especialmente, hacia las historias de amor y aventuras prohibidas que no podía escoger de la biblioteca del colegio. Además de Las Doloras y Humoradas de Campoamor, encontré los poemas más escatológicos de Quevedo, los —para mí— peñazos de Ortega y Gasset, los dramas de Unamuno, los Salgari, los…
Como veis mi eclecticismo iba dando saltos en el tiempo y los temas; quizás sea por eso por lo que hoy escribo de manera tan caótica y salto de una narración trágica a otra en la que, por ejemplo, aparece el Hombre de los Tres Culos junto a cuentos fantásticos, más o menos infantiles, e historietas casi autobiográficas.
Viene a mi memoria un pequeño relato de un escritor, famoso por su erotismo, escrito en primera persona, en la que el protagonista camina tras una hermosa mujer atraído irresistiblemente y cuando la mujer se para ante un portal y él llega hasta allí, la mujer le dice simplemente:
—¿Subes?
El hombre se queda pensativo, a continuación no dice nada y prosigue su camino. Recuerdo que el relato tenía una moraleja, algo así como que: «Lo fácil deja de ser atractivo». Es una lástima que no recuerde el nombre del escritor, lo siento.
A mí me sucedió algo parecido; una mujer llamó mi atención y la seguí incansable manteniendo una cierta distancia. Tenía una hermosa figura y su sexualidad era realzada por una falda volandera que el cierzo se encargaba de levantar para mostrar, de vez en vez, la hermosa parte posterior de sus rodillas.
De pronto se paró ante un portal, se volvió a mirarme, esperó mi llegada y cuando estuve a su lado me dijo:
—¿Por qué me sigues? ¿Te gusta lo que ves? ¿Quieres algo?
Tenía una cara hermosa y su sonrisa era prometedora de cielos soñados, pero yo me quedé sin saber qué decir. La miré a los ojos y no pude resistir su mirada. Bajé los ojos al suelo, incliné la cabeza y, cobardemente, seguí mi camino a buen paso. Lo mío había sido cobardía, no pérdida de interés.
Dicen que la felicidad se cruza en nuestro camino muy pocas veces durante la vida y creo que para mí esa pudo ser una de ellas. Desgraciadamente nunca más la felicidad se ha cruzado conmigo, y si lo ha hecho no la reconocí.
Voy a cumplir veinticinco años y estoy perdiendo la esperanza.
¡Ah, sí!, el escritor se llamaba Alberto Moravia.


DESDE MIS ADENTROS
Fernando Negrete ©

Aquel verano fue el que marcó mi vida y sigue marcándola con recuerdos de lo que ya no volverá. Como los sueños infantiles y los despertares a una vida real, no la tantas veces soñada.
Mis padres, gente con pocos recursos como la mayoría entonces, me obligaban a pasar el mes de agosto en Calatayud, una hermosa ciudad de Aragón, lo que para mí significaba renunciar a los amigos del barrio y a las aventuras de recorrer las torres vecinas del arrabal en mi ciudad, Zaragoza, sin comprender que lo hacían por mi bien; ya sabéis, cambio de aires, rutinas y ambiente para que mis pulmones recibieran oxígeno y mis vivencias modificaran su entorno dotándolas de savia nueva, aunque maldita la gracia que me hacía en mis años mozos.
Acababa de cumplir diez y seis años, y ese año aún fue peor porque los chicos de mi edad, hijos de agricultores, tenían que trabajar mucho más que en el resto del año y pasaba los días en soledad. Ese fue el motivo de mis grandes descubrimientos.
Alberto, un hermano de mi madre, soltero y rico, había construido un apartamento en la planta alta del palacete renacentista aragonés que era su casa, y nos lo prestaba mientras él viajaba por todo el mundo.
—Cuidad bien del caballo y haced que camine al menos una hora cada día y si pueden ser dos, mucho mejor, en el establo tiene todo lo que se necesita. Volveré de Cuba dentro de dos semanas —dijo al darnos las llaves y marchar.
Ese día pasé la mañana en la gran biblioteca de mi tío leyendo lomos de libros en la búsqueda incansable de algo prohibido para un chico de mi edad, hasta que comprendí que los que yo buscaba no estaban a la vista sino bajo llave, y elegí Las mil y una noches del que conocía los cuentos de Alí Babá y los cuarenta ladrones, Aladino y las aventuras de Simbad el marino.
Al sentarme a la mesa de la biblioteca vi un libro abierto, lo volví para leer su título y el nombre del autor, comprobando que se trataba de los Versos sencillos de José Martí, el revolucionario cubano del que hablaba mi abuelo, un superviviente de la guerra de Cuba.
Ya iba a cerrarlo, porque a mí los versos nunca me hicieron gracia, cuando leí la palabra Aragón escrita en mayúsculas; se encendió mi curiosidad y los leí completos.
Las alabanzas a mi patria chica y a sus gentes, contenidas en aquellas líneas, me llenaron de orgullo porque procedían de un extranjero.
Nunca he podido comprender por qué el aragonés es tan poco proclive a ensalzar lo nuestro, tal vez sea por vergüenza, o quizás por una modestia mal entendida.
—¡Niño! ¡Acuérdate del caballo! Cepíllalo, ponle agua y vete a dar una vuelta con él, pero no vayas muy lejos, son casi las doce y ya sabes que a tu padre le gusta comer a las dos y media para oír el «parte». ¡Ah!, y cuando vuelvas dale de comer y ponle agua otra vez.
Las palabras de madre me volvieron a la realidad, hice lo que ordenaba y salí con el caballo.
Mi intención era ir a la Sierra de Armantes, aunque estaba un poco lejos y agosto tal vez no fuera el mejor momento para visitarla. Por el camino seguía pensando en los versos del cubano, intentando comprender qué era lo que había visto en nuestra tierra aquel hombre para ensalzarla tanto, ya que lo que tenía ante mis ojos no era, a mi corto entender, ninguna maravilla, o al menos a mí no me lo parecía.
Así estaba pensando sin sentir cuando al llegar cerca de la Sierra la vi a ella. Estaba en un terreno elevado sentada de espaldas a mí, pintando un lienzo apoyado en un caballete; cerca de ella, una yegua ramoneaba y mi caballo, al verla, se puso de patas y relinchó; a duras penas pude sujetarme a sus crines y descabalgar.
Entonces ella se volvió y vi su cara, se levantó y su cuerpo de diosa adolescente me dejó sin habla. Era una niña mujer con edad parecida a la mía, de rasgos exóticos que un sombrero de paja ocultaba apenas.
—¿Te has hecho daño?
Su presencia me había dejado mudo y solo pude contestar negando con la cabeza.
—¿Te ha comido la lengua el gato?
Lo extraño de su acento me animó a hablar y con un hilo de voz dije:
—Yo soy de Zaragoza y estoy pasando unos días con mi familia en Calatayud, pero ahora no puedo entretenerme porque en casa comemos a las dos y menudo es mi padre para eso de los horarios —la miré al acercarse y mi corazón latía desbocado cuando pregunté—: Tú no eres de aquí, ¿no?, ¿qué haces? —Al momento me sentí estúpido porque era evidente, pero insistí—: ¿Qué pretendes atrapar en ese lienzo, aparte de un desierto infinito?
Su respuesta me sorprendió porque solo dijo:
—La belleza, y no, no soy de aquí, soy cubana.
Miré mi reloj y al comprobar la hora encontré la excusa perfecta:
—Lo siento, niña, pero tengo que marcharme, en casa son muy exigentes con la puntualidad a la hora de comer.
Monté el caballo y me disponía a marchar cuando la oí decir:
—¿Tanta prisa tienes que no me puedes decir ni tu nombre?
Me detuve y la miré, su pantaloncito corto, algo insólito en aquellos tiempos, y su abierta sonrisa, me parecían una provocación y se lo dije:
—Mi nombre es Fernando, pero todos me llaman Nando, y no vayas sola por aquí con esas pintas porque puede ser peligroso. Por cierto, ¿tú cómo te llamas?
—Mi nombre es Chalía, bueno en realidad me llamo Rosalía, pero todos me dicen Chalía. ¿Vendrás mañana? Pero hazlo un poco antes si quieres que te enseñe algunas cosas. ¿Te parece bien a las diez?
Asentí con la cabeza y marché al trote, iba con el tiempo justo y todavía tenía que limpiar al caballo y darle su comida.
—¿De dónde vienes tan acalorado? ¿Y ese caballo tan sudoroso? Ya lo estás lavando, y tú date también una ducha que buena falta te hace, pero rapidito.
Madre no esperó la respuesta y marchó.
Durante la comida volvió a preguntarme y cuando le dije cual había sido mi destino se enfadó mucho y me prohibió volver allí. Dije que había quedado con una chica y le cambió la cara, me sonrió diciéndome que si tenía un compromiso debía cumplirlo, pero que saliera con más tiempo para no cansar al caballo.
Esa tarde la pasé en la biblioteca rebuscando obras de José Martí y su biografía. ¿De qué conocía ese hombre nuestra tierra? Además, la coincidencia de Cuba en todo lo ocurrido esa mañana me hicieron reflexionar. La marcha de mi tío a Cuba, el hallazgo de los versos del cubano y el encuentro con la niña cubana, parecía que me enviaban un mensaje.
Al día siguiente muy temprano monté el caballo y marché hacia lo que imaginaba iba a cambiar mis vacaciones. Por el camino intenté recordar el rostro de aquella chica y, por muchos esfuerzos que hice, no lo conseguí, por eso cuando la vi acercarse algo se iluminó en mi corazón, que comenzó a latir muy deprisa.
—¿Hola Nando? ¿Dispuesto a descubrir la belleza? Al parecer para que la veas, tendremos que acercarnos un poco más.
No contesté porque ya la había descubierto. Ella era la belleza. Tal vez la expresión de mi cara reflejó mi pensamiento porque la muchacha, sin dejar de sonreír, dijo ampliando su sonrisa que descubrió una dentadura perfecta:
—Me refiero al paisaje, tonto. Anda, sígueme.
Caminamos durante un buen rato y cuando se detuvo, señaló unas inmensas paredes verticales de roca y tierra, situadas a unos trescientos metros. Descabalgamos, extendió una manta en el suelo, nos sentamos y señaló aquellas piedras diciendo:
—Ahí está, ¿qué te parece?
Volví a mirar lo que señalaba y al cabo de unos segundos dije:
—Me parece bien, pero, ¿dónde está la belleza? Yo solo veo piedras.
—Está ahí aunque tú no la veas. Por cierto, hablando de otra cosa, ¿qué vas a estudiar?, porque creo que Dios no te ha llamado por los caminos del arte. Yo estoy estudiando Bellas Artes y quiero especializarme en pintura, que es lo que más me gusta, aunque la poesía me apasiona. ¿Has leído poesía? ¿Conoces a mi paisano José Martí?
—Precisamente ayer leí sus Versos sencillos y me gustaron mucho, quizás porque hablaba de nosotros, los aragoneses, y nos ponía por las nubes. Por la tarde leí algo de su biografía y vi que estuvo desterrado en Zaragoza por sus ideas políticas. ¿Sabías que era hijo de españoles?
—Por supuesto, igual que yo. Ahora vamos a empezar con tu aprendizaje, aunque te noto muy tenso y tienes que relajarte. Respira hondo y vuelve a mirar esas piedras que dices tú, pero primero mírame unos segundos a los ojos.
Al decir esto me cogió la barbilla haciendo que la mirara. Al verla tan cerca lo que me había parecido hermoso se convirtió en algo increíble, por eso cuando volvió mi cara hacia el monte y dijo que cerrara los ojos, únicamente la veía a ella. Supe que se acercaba más al notar su olor de canela y menta, y al sentir un roce en mi mejilla, el mundo se convirtió en un paraíso.
—Abre los ojos, mira otra vez y dime qué es lo que ves, Nando. Eso que tienes delante lo llaman la Fortaleza. Defínemela.
Yo no abrí los ojos porque tenía grabada su imagen en la retina y no quería borrarla; pensaba que si los abría desaparecería. Por eso, al escucharla, volví a mirarla cuando decía:
—Así no vamos a ninguna parte y no tenemos todo el día. Mira otra vez allí y dime qué es lo que ves, Nando, pero mira con los ojos del alma.
Al oír mi nombre obedecí y miré lo que hasta entonces me habían parecido piedras amontonadas. Entonces descubrí lo que nunca pensé que existiera. Ante mis ojos aparecía la Fortaleza. Pero a mí no me parecía un castillo, sino una gran catedral con una inmensa portada clásica y no encontraba palabras para describir tanta belleza. Chalía sintió mi asombro e impotencia para expresarme y habló. Os parecerá mentira, pero lo que ella dijo era lo que yo sentía. Han pasado muchos años y lo recuerdo como si fuera ahora:
—Delante de nuestros ojos y durmiendo un sueño de siglos está una de las más bellas maravillas del mundo, la Sierra de Armantes. Si te fijas bien verás lo que la naturaleza y los meteoros pueden conseguir y que el hombre nunca podrá igualar porque hace falta una mano muy poderosa para lograrlo, ¡la mano del Creador! Si pudieras volar, y yo lo he hecho con la imaginación, y acercarte más, verías, modeladas en arcilla, los cientos de cariátides que sostienen los plegamientos horizontales de roca calcárea.
Eran demasiadas palabras incomprensibles para mí. Me volví a mirarla y ella, al ver la cara que puse de interrogación, dijo:
—¿Qué sucede? ¿Qué palabra no has entendido? ¿Arcilla? ¿Cariátide? ¿Calcárea? ¿Plegamientos?
—Cariátides, ¿qué son los cariátides? Arcilla y calcárea sé lo que son y plegamientos lo puedo imaginar.
Ella me miró comprensiva y continuó diciendo:
—No es los cariátides, es las en femenino, y son esculturas que representan cuerpos de mujer vestidas con largas túnicas, la mayoría de las veces, que en las portadas de los templos antiguos sostenían el frontal cubierto exterior sustituyendo las columnas. ¿Me sigues?
—Sí, lo he visto en fotografías del Partenón.
—Exactamente. Si tuvieras nociones de arte lo hubieras sabido.
Después estuvimos largo rato contemplando aquella belleza hasta que ella se levantó, miró su reloj de pulsera y exclamó:
—¡Dios mío, qué tarde es! Aquel poeta no tenía razón cuando dijo que «hasta el tiempo se detiene al contemplar tanta hermosura», porque son casi las doce y tengo que marcharme.
»Por cierto, si me dices donde vives, mañana iré a buscarte y podemos salir juntos. ¿Te parece bien?
Asentí, le di mi dirección y al despedirnos se puso de puntillas dándome un beso en la mejilla.
Por su forma de expresarse había llegado a pensar que aquella moza era algo resabidilla ya que su español era muy rico en palabras; hoy, que he recorrido toda la América hispana, he hablado con gentes de allá comprobando que, incluso los indígenas de la clase más baja, hablan con un vocabulario mucho más extenso que el que utiliza el español medio.
Aquella tarde la pasé en la biblioteca hojeando libros de arte buscando cariátides en portadas de templos clásicos y la encontré; en una de las estatuas vi su cara y busqué una lupa para ampliar la imagen. No sé cuánto tiempo estuve mirándola, solo sé que había anochecido cuando madre reclamó mi presencia en el comedor diciendo que la cena estaba servida y se iba a enfriar.
Por la noche no pude dormir apenas y a las tantas me levanté, fui a la biblioteca y estuve mirando aquella cara hasta la amanecida. Debí dormirme porque solo recuerdo las palabras de madre gritándome:
—¿Has pasado aquí la noche? Anda, desayuna rápido que tu amiga está al caer. Son casi las nueve; y tened cuidado porque han anunciado tormentas.
Me lavé la cara, tomé mi café con leche, bajé las escaleras de cuatro en cuatro y salí a la calle con el caballo sujeto por el ronzal. Ella esperaba en la puerta y su saludo fue una gran sonrisa que al verla hizo que le perdonara su forma de hablar.
—¿Conoces el río Piedra? ¿Has oído hablar del Monasterio que lleva su nombre? Ya sé que está un poco lejos y tendríamos que ir en coche.
—¡Claro! ¿Quién no ha oído hablar de él? Mis padres fueron allí en viaje de novios. En casa hay una fotografía en blanco y negro de ellos retratados dentro de una gruta, pero no se les ve muy bien, es como si estuvieran rodeados de una nube blanca.
—Es el agua que al caer desde gran altura en la cascada que llaman «cola de caballo» se evapora convirtiéndose en pequeñas gotas produciendo ese efecto. El fotógrafo lo conoce muy bien y tira esa «foto» a todas las parejas con aspecto de enamorados que entran en la gruta. ¿Conoces otro sitio cerca del pueblo donde podamos ir? Si quieres podemos ir a bañarnos al río, conozco una zona que apenas tiene bañistas.
—¿Cerca de aquí sin gente? Con este calor, medio pueblo irá a bañarse al Jalón.
—Pero nosotros tenemos caballo y podemos ir más lejos. El sitio que te digo no está en el Jalón sino en un río único.
—¿A qué te refieres cuando dices único? ¿Qué es lo que lo hace tan especial?
—Verás, Nando, es posible que no te hayas dado cuenta, pero todos los ríos que conozco llevan dirección este u oeste e incluso sur; algunos hacen su camino sureste, noreste, suroeste o noroeste, pero este río toma la dirección norte, como si quisiera formar otros horizontes diferentes, muy especiales, antes de rendir pleitesía al Jalón donde desemboca.
»Te daré más pistas; nadie sabe exactamente dónde nace, y cuando sale a la luz está ya crecidito, por eso el agua que lleva es casi tan salada como la del mar.
—¿Y puedo saber cuál es el nombre de ese río tan especial?
—Tendrás que averiguarlo tú; busca en los libros. ¿Has traído bañador?
Sus siguientes palabras me descolocaron de tal forma que creí morirme.
—Si tenemos suerte y no hay nadie, podemos hacer naturismo y no lo necesitarás porque nos bañaremos desnudos. En mi tierra hay sitios acotados para hacerlo y yo he ido con mis padres algunas veces.
Dicen que la cara es el espejo del alma y mi cara debió ser un claro reflejo de lo que sentía en aquellos momentos porque sin darme tiempo a expresarme oí su voz liberándome de la angustia que habían provocado sus palabras:
—¡No seas tonto!, lo decía en broma.
Seguimos caminando por la orilla del Jalón durante buen rato hasta que llegamos a la desembocadura de otro río. Por la orilla izquierda del afluente lo remontamos hasta llegar a un punto en el que el valle se estrechaba ante el acoso de un inmenso carrascal que bajaba hasta el río sin atreverse a cruzarlo porque a la otra orilla se extendía una zona casi desértica.
Y allí estaba, en un ligero meandro del río y rodeada en parte por chopos se formaba una piscina, una poza natural de poca superficie, que invitaba al baño.
—¿Qué te parece, Nando?
—El sitio es precioso, pero ¿cómo es que lo conocías?, porque está muy escondido.
—Verás Nando. Mi padre es de Daroca y mi madre de Calatayud, donde pasamos todos los veranos, y como aquí no tengo amigos y no había tele, mis padres me llevaban de excursión todos los días.
—¡Espera, espera! ¿Qué es eso de tele?
—Televisión, tonto. Perdona, chico, ya sé que en Zaragoza tenéis tele desde hace poco más de un año, pero en el pueblo no, y en Cuba la televisión lleva funcionando casi ocho años.
—¿Y cómo llegabais hasta aquí?
—Veníamos en coche, el camino carretero está muy cerca, a unos treinta metros, pero desde aquí no se ve.
Cuando se desnudó y se metió en el agua vestía únicamente una minúscula braguita y yo me quedé mirándola como un pasmarote admirando sus pechos recién amanecidos.
—¡Venga Nando!, el agua está calentita, tenemos que darnos prisa porque esas nubes no auguran nada bueno y creo que vienen hacia aquí.
Miré el cielo que señalaba comprobando la presencia de unos negros nubarrones amenazantes, luego volví a mirarla y me disponía a desnudarme cuando estalló un rayo muy cerca de nosotros y al poco su compañero el trueno dejó oír su voz amenazante. Ella salió corriendo del agua y se abrazó a mí temblando.
—¡Abrázame fuerte, Nando!
—¿Qué te pasa? ¡Estás temblando!
—Los truenos me aterran y ese ha sonado muy cerca.
—No debes temer al trueno, solo es ruido; al que debes temer es al rayo, y vámonos de aquí porque dicen que los árboles los atraen.
Siguió apretada a mí, hasta que de pronto levantó la cabeza y me besó en los labios. Fue un beso de película de las de entonces; yo no sabía besar y ella tampoco; solo apretamos con fuerza los labios uno contra otro, pero me supo a gloria. Fueron unos segundos eternos hasta que se soltó, se vistió, montamos los caballos y recorrimos todo el camino de vuelta en silencio; yo esperaba un nuevo relámpago pensando en su reacción, pero la tormenta no descargó.
Al entrar en casa la radio puesta a gran volumen me anunció que algo muy gordo había pasado y al preguntar qué sucedía, mi padre dijo gritando acaloradamente:
—Sucede que en Cuba la Dictadura de derechas ha caído y un tal Fidel Castro, comunista según dice la radio, ha tomado el poder. Por lo menos repartirá miseria, espero.
Esa tarde la tormenta anunciada llegó con gran violencia.
Al día siguiente encontré una carta de ella en la que me comunicaba su marcha a Cuba prometiendo escribirme pronto.

EPÍLOGO
Esperé su carta muchos años, pero nunca llegó; el resto del verano recorrí los lugares soñados con ella, la Sierra de Armantes, la poza del beso en aquel singular río que la tormenta vespertina había hecho desaparecer, incluso visité el Monasterio de Piedra esperando encontrarla algún día, pero nunca volvió.
Hoy sigo esperándola, pero cuando cerrar los ojos no me impide ver aquellos lugares maravillosos porque sigo viéndolos cuando quiero con los «ojos del alma», como ella me enseñó; y también la veo a ella, tan fresca, tan bonita, tan joven, tan...
  


ANA ROMANO

Nació el 1/2/1944 en la capital de la provincia de Córdoba, Argentina, y reside desde la infancia en la ciudad de Buenos Aires. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, húngaro y catalán. Es profesora de francés. Tradujo a dicho idioma el volumen Breve anthologie de Luis Raúl Calvo (Ediciones L`Harmattan, París, Francia, 2012), el poemario Behering y otros poemas de Luis Benitez y textos del libro Tomavistas de Rolando Revagliatti (difundidos en la red). Poemarios publicados: De los insolentes fantasmas (Ediciones Vela al Viento, 2010), Expiación del antifaz (Ediciones La Luna Que, 2014), y Zumbido de guirnaldas (Ediciones La Luna Que, 2016).
Más sobre su trayectoria y obras en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 28:



DE DAFNE
Ana Romano ©

Perduran
acodados
los malvones
Improvisadas hebras
se guarecen en el mimbre

Entre los durazneros
la fugacidad de un colibrí

Mientras en abanico
chocolates
patinan vanidosos

la infancia de Dafne
gruñe.


SECUENCIA
Ana Romano ©

Desnudos
ante el viento
los cuerpos

Desnudos
flamean
en el fuego

Desnudos
junto al río
encandilado

Desnudos
frente al espejo
estallan

Desnudos
se detienen
al llegar
a la cima.


TRANSMUTACIÓN
Ana Romano ©

El cuerpo ajado
que acaricias
por los bordes
de la rutina

Encallas

Centro
terso
imponente

Y absorbes
útero.
  


ADRIANO CORRALES ARIAS

Nació en San Carlos, Costa Rica, en 1958. Narrador, poeta, dramaturgo, ensayista, colabora con varias publicaciones costarricences y de otros países latinoamericanos.
Profesor e investigador, es antólogo-editor de poesía y narrativa costarricense y centroamericana. Ha participado en múltiples congresos, festivales, encuentros académicos y de escritores nacionales e internacionales. Colabora con artículos científicos, de opinión y con textos de creación publicados en el país y en Latinoamérica.
Más sobre sus obras y biografía en los siguientes números del Suplemento de Realidades y Ficciones:



EPIGRAMA
Adriano Corrales Arias ©
A Cristián, a Eduardo

Los rostros son manos humeantes
con el pañuelo rojinegro en colinas de sangre
donde ruedan niños/ángeles y chicas
por el lodazal del eterno combate
Las manos son los rostros transparentes
en las fotografías de piel más reciente
bajo el traje de fatiga y los sombreros de verde
con el fusil cargado de poco futuro y mucha muerte
Los rostros las manos y el vientre
adjetivos minados plenos de púas y pelambre
obtusos por lo perdido bosque adentro
verticales por lo encontrado en abrazo a suerte
Al final somos eso: minadas imágenes
llovizna de nostalgia
insomnio de la fiebre
alrededor del cerco enemigo
calcinado por la memoria
palabras disparándose
contrapalabras


COLINA 50
Adriano Corrales Arias ©

El Gran Lago
Entrecruza la niebla
Atiborrado de vultúridos
Arriba las trincheras
Manos / granadas / manos
Agua púrpura / viento salobre
Bocas sin boca desenterradas
Las estaciones ciñen las cruces
Con huesos
Abren los senderos de la ceniza
Donde crecen enormes árboles de silencio
Para cobijar a los muchachos
Que regresan con sus mochilas
Y la muerte adherida a las camisas


VERDE OLIVO
Adriano Corrales Arias ©

Luciano se llamaba el miliciano
que enterramos en Sapoá
o en Peñas Blancas
bien no lo recuerdo
Así se llamaba el guerrillero
de mirada clara y ardiente
alto delgado recio
profeta tierno inteligente
Lo recuerdo internándose en el parque
de La Sabana con su novia
porque entonces para el amor
no se consideraba el dinero
Llegaremos a Managua juntos
tomaremos el infierno por asalto
pronosticó como si nada dos días atrás
Había fatigado San José y Heredia
Ciudad Quesada Terrón Colorado
donde laborara con refugiados
Cuzamos el río Ostallo
con el enorme cadáver hasta el Gran Lago
donde como velas blancas se hermanaban
los compas en una camioneta azul
Ciertamente lo asaltamos
Infierno Irato de otra Managua
enardecida como enorme supermercado
Tu muerte no fue en vano
compañero del alma tan temprano
la piñata, sin embargo,
ha sido el corolario



MARÍA ENRIQUETA ROLAND

Narradora y poeta argentina. Nació en la ciudad de Buenos Aires pero desde hace años reside en Mar del Plata. Ha obtenido varios premios literarios y algunos de sus cuentos se encuentran en la web. Asegura escribir por impulso sin tener en cuenta regla alguna, salvo las ortográficas.
Más sobre sus obras y trayectoria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



DIÁLOGOS NOCTURNOS
María Enriqueta Roland ©

Era la hora. Se apagaron las luces, las alarmas se activaron y todos dejaron el local.
Bajaron las cortinas metálicas. Dentro la oscuridad y la soledad reinaron.
Pero...
¿Era tan así?
Comenzó a sentirse un murmullo de voces que en diferentes idiomas entablaban charlas entre los de igual nacionalidad. Risas y hasta gritos fueron poco a poco creciendo.
Diferentes edades o sexos no fueron óbice para los diálogos, ni tampoco temas o estilos. Y una luz comenzó a vislumbrarse...
El resplandor que emitían sus mentes brillantes que en algunos casos eran solo recuerdos.
La mayoría se unían por sus semejanzas o por sus diferencias pero todos se respetaban entre sí.
Aunque donde estaban no se habían interesado en jerarquías o habían privilegiado el conocimiento más o menos profundo de los ilustres, todos estaban, eso sí, juntos en pilas que los menoscababan haciendo de su largo e importante aporte a la cultura un conjunto cambalachero bajo carteles que decían: ¡Oferta! ¡3 por $ 5 o 5 por $ l5!
Corín Tellado se ufanaba de ser la escritora más vendida en idioma castellano, muy sobre Cervantes. Defendía su “estilo” naif, romántico y de fácil lectura aduciendo que no había mujer que no la hubiera leído,
Danniel Steel reclamaba ser ella la mejor y más conocida autora de novelas eróticas, pero debió escuchar a la Tellado cuando expresó que ella había escrito ese tipo de novelas usando el seudónimo de Ann Miller mucho antes.
La Steel se vanagloriaba de la repercusión de sus obras, casi todos “best- sellers” alardeando de su calidad superior. Los bajos precios de Tellado versus la impresión lujosa e incitante de los de Steel.
Pero... ¿Y el estilo? Literatura facilista de diferentes épocas.
En otro lado del salón. En el foro de los filósofos, Sócrates, Platón, Aristóteles y otros grandes discutían sus ideas con fundamentos personales, pero en un armonioso conjunto de genialidad.
Más allá Agatha Christy debatía con Sir Arthur Conan Doyle sobre sus personajes, los detectives famosos, Hércules Poirot y Sherlock Holmes, defendiendo para el propio la mayor importancia.
Borges y Boy Casares disfrutaban una charla íntima y recordaban su amistad tan poco armoniosa.
Un poco alejados Bernard Show y Oscar Wilde se sacaban chispas compitiendo en ingenio e ironía.
Ya sea por semejanzas o diferencias las voces entrecruzadas resonaban en el lugar. Era un ámbito cultural imposible de recrear en la realidad.
Poco a poco las luces de un nuevo día comenzaron a infiltrarse por las hendijas del negocio “Compra-Venta de libros usados”.
Y esa fue la hora en que cada uno, silenciosamente, volvería a ocupar su lugar.
Eran pilas de libros que encerraban toda la historia de la cultura y la literatura de la humanidad, ahora manoseados y desvalorizados por quien solo por el precio o la curiosidad ignorante, terminaban comprando “Cómo hacerse millonario en diez días”, junto a otros de similar contexto.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 83 – Septiembre de 2019 – Año X
ISSN 2250-5385
Exp. RL-2018-52427183-APN-DNDA#MJ del 18/10/2018, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.

Propietario y Director: Héctor Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 75:


Colaboradores

Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 78:

Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
 @mon_villarreal
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:

El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite AUTORES.

 @RyFRev Literaria

 @RyF_Supl_Letras

Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.


"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm