viernes, 1 de diciembre de 2017

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 75 – Diciembre de 2017 – Año VIII
ISSN 2250-5385
En breve.

viernes, 1 de septiembre de 2017

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 74 – Septiembre de 2017 – Año VIII
ISSN 2250-5385

Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).
"Flying hummingbird"
Mónica Villarreal (2017)
/Acrílico sobre papel, 11" x 14")
Serie "
Hummingbirds" (Colibríes)

Sumario:
• Isabel LLORCA BOSCO (Argentina)
• Adán ECHEVERRÍA (México)
• Ainhoa BÁRCENA ESCARTI (España)
• Alberto ESPINOSA OROZCO (México)
• Alberto QUERO (Venezuela)
• Florencia Mayra GARGIULO (Argentina)
• Omar MARTÍNEZ GONZÁLEZ (Cuba)
• María Isabel CLAUSEN (Argentina)
• Federico Luis BAGGINI (Argentina)
• Washington Daniel GOROSITO PÉREZ (Uruguay-México)
• Jorge Alberto BAUDÉS (Argentina)
• Marcos Miguel CORONADO (Perú)


ISABEL LLORCA BOSCO

(Buenos Aires, Argentina, 1952). Poeta, narradora, crítica literaria. Profesora en Letras (UBA). Coordinadora de talleres literarios. Conductora de programas culturales de radio. Jurado en certámenes de poesía y narrativa. Integró el equipo de REVISTA SESAM y conforma el de POLIS LITERARIA. Ha publicado en las antologías: Concurso Nacional de Poesía SADE 2000, Primer Concurso de poesía Macedonio Fernández (2004) y en las revistas Dialogantes, Ser en la Cultura, La Autopista del Sur y Francachela. También en las páginas digitales argentinas Música rara, AERA, Axolotl, Buracos Quentes, Mis Poetas Contemporáneos y Suplemento de Realidades y Ficciones; Lakúma-Pusáki (Chile); Prometeo Digital y Blog de Marchena (ambas de España); Paralelo 30 (Brasil), Crear para leer (Italia), entre otras.

Distinciones:
• Primer premio en el Certamen Nacional de Poesía “Julio Arístides” de la Casa Universitaria de Gral. San Martín (2006).
• Mención en el Certamen Internacional “Letras de Oro” (2008) de Honorarte.
• Mención en el Primer Concurso Nacional de Poesía Macedonio Fernández del Círculo Médico de Lomas (2004).
• Primer finalista en el Certamen Internacional Contextos de Relato Breve (2002).
• Finalista en el IV Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006”. Madrid, España, (2006).

Más obras de esta escritora en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 52:



ÁRBOL
Isabel Llorca Bosco ©

Fue preciso que este árbol no fuese perenne,
que no se oyera más el oleaje de sus filigranas amarillentas
que de golpe las espadas del viento las fuesen separando,
y arrasaran con todas hasta bien lejos
sí, arrasadas a golpes de voz
hasta el sitio de donde no se vuelve,
a pesar de las cicatrices de las podas
que muestran sus redondeles de tiempo.
A pesar de lo sólido del tronco
y de la raíz fuertemente anudada.
No fue perenne, fue preciso:
una vida por otras.
Solo una brizna de brotes claros
en el ramaje transparente que termina
en un ramo de nervios.
No fue perenne para que las generaciones
no se destruyeran una a otra
en la locura
de persistir viviendo la presión de su amor.
Todo o nada.
Y fueron lejos, de donde no se vuelve.
Aunque a veces una marquesina de pájaros translúcidos
cubre el árbol
y empieza un cuchicheo de historias y poemas.
Y entonces el sol no daña, ni la tormenta, ni el viento.
Sin embargo, en esos días, aunque pese,
el árbol añora su sombra. Y yo también.


VERTEBRAL
Isabel Llorca Bosco ©

traigo el alma cribada por la lluvia
del último deshielo
de los castillos últimos
derrumbes que me acosan
que pesan como la equivocación
aunque blancos no dejan de ser escombros
un agua de inviernos no vistos arrugada y gris
cae y mi cuerpo se la bebe

y nace el síntoma
que me cubre de rojo
que resuena en mi columna
en el labrado capitel donde
como en la novela de Anatole France
un viejo fauno ríe
hasta hacerme perder el equilibrio



ADÁN ECHEVERRÍA

Mérida (Yucatán), México (1975). Narrador y poeta. Integra el Centro Yucateco de Escritores.
Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006).
Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009) y La confusión creciente de la alcantarilla (2011); el libro de cuentos Fuga de memorias (2006), y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). Participó en los libros colectivos Litoral del relámpago: imágenes y ficciones (Ediciones Zur, 2003), Venturas, nubes y estridencias (ICY-INJUVY, 2003), Los mejores poemas mexicanos. Edición 2005 (Fundación para las letras mexicanas y Joaquín Mortiz-Editorial Planeta, 2005). Ha participado también en diversas revistas literarias y secciones culturales de periódicos.
Aparte de su actividad literaria, es biólogo con Maestría en Producción Animal Tropical por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY).
Realidades y Ficciones ha publicado obras y artículos de este escritor en:
Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 64: http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2015/03/



NIGROMANCIA
Adán Echeverría ©

Desde temprano, Julio y Josué compiten por los favores de Raquelcita. Me aburren, no tienen otro tema desde que recogimos las redes de niebla. No estoy de acuerdo en sus argumentos para despreciar a Patricia, aunque la diferencia de carnes entre ambas sea notable. Cultivar a cada instante estos pensamientos resulta en extremo sexista: ¿cuál sería la reacción de ellas ante esta plática?, ¿pensarán lo mismo de nosotros? Como si las mujeres se dedicaran a platicar sobre el tamaño de nuestros miembros.
No es misterio el afán de su coquetería. Ahora mismo han ido al cenote a bañarse, seguras que ellos correrán a espiarlas; pero no ocultan su desnudez y la inmundicia se vuelve ajena, antigua; se tallan una a otra con lentitud, desafiantes, etéreas. En lo que a mí respecta, no siento interés por participar en competencias machistas ni en andar de espía. Desde que mi chava se largó con ese antropólogo de mierda, tres días después de casarnos, he pensado retirarme de este vicio o, por lo menos, llevármela tranquilo en lo que a parejas se refiere. ¡Qué importan dos chiquitas de veinte que aún no saben de la vida! Entiendo que su visión de lo ambiental (lo ecológico) solo es moda. Para sentirse “in”, necesitan participar en proyectos que les permitan dormir al aire libre, compartir pensamientos estériles de conservación sin otro sentido que el ligue, el destrampe. Acreditarse en la Greenpeace o en otra agencia conservacionista, presumir su activismo en las marchas contra la violencia, correr desnudas con los globalifóbicos gritando consignas que, la mayoría de las veces, ni siquiera entienden, pero “qué divertido es, sobre todo si es en la Riviera Maya”, y al concluir los estudios, casarse con un abogado o un contador que gane buena plata, no ejercer su profesión, y poder contratar niñeras que cuiden sus chamacos; pasear en sus Windstar por las avenidas, estrenar vestidos de marca todos los domingos, y viajar a Disney en verano. Cuántas compañeras de salón no acabaron así... y... no viven al día... como... ¿?.. yo...
—De eso se trata —rezongó Julio— aprovecharlas cuando están dispuestitas y calientes, las muy perras. Si no te la coges hoy, otro se la cogerá mañana.
—¡Benditas sean las ideas conservacionistas de las mujeres! Ojalá todas sigan su ejemplo. No las queremos para escribir un tratado de ecología. ¿O sí?... Que sepan mover el trasero es suficiente —Josué hizo una pausa— el que pierda, se queda con Patricia —volvían las apuestas.
—Ni está tan flaca la Paty, no chinguen —intervine—, considero un hecho, que a las flacas: ¡no te las acabas! Y mi vieja era flaca, sé de lo que hablo. Son impresionantes, im-pre-sio-nan-tes...—cometí la estupidez de seguirles el juego.
— Pero te dejó, maestro. Nunca pudiste “acabártela” —Julio golpeó a Josué con el codo en busca de aprobación: —No lograbas complacerla. ¿Tienes mi teléfono, no? —los labios de Julio eran un sarcasmo retorciéndose; un escupitajo de hombría despilfarrando hormonas— cuando vuelva a pasarte, háblame..., o mejor.., dile que me hable... —y soltaron una risa burlona que sigue en los oídos como taladro de recuerdos.
—¡Chinguen a su madre!
En Crucero Tabi, compraré las cervezas y una marqueta de hielo.
Son las cinco de la tarde. En la iglesia llaman a misa. Los habitantes se apretan en la entrada del templo con sus ropas de colores grises. Cargan flores y velas apagadas, y han vestido a sus hijos con ropas nuevas. Las mujeres mayores se cubren la cabeza con sus rebozos. Un murmullo de cantos alarga las caras. Pasan a mi lado y me ven sobre el hombro, como si tuviera la culpa de la miseria que comparten, como si el misticismo de sus creencias tuviera que despertar algún tipo de entusiasmo y me pudiera mover la vena, el sentimiento. Este juego con la muerte que heredamos, este no cesar de invocarla a cada instante, como si la muerte, los espíritus y el tan temido dios pudieran detener el espanto de las guerras, el avance de las plagas y la hambruna, el desempleo constante. Tanto despilfarre en estos ritos. Tengo la ropa sucia, el pelo desarreglado, y no debo oler nada bien; estoy acá, en este sitio, a un costado de la selva, por la dedicación al trabajo, a la investigación y los monitoreos, no por quedarme a rezarle a dioses que ni tenemos la certeza que nos escuchen ¿acaso mi esfuerzo les interesa a éstos pelmazos?
Hago contraste con el entorno cargado de olor a incienso. Soy lo contrario a sus rituales. Pero, aunque no me conmueven, no me la paso gritando: ¡bendito dios, soy ateo! Ni pretextando nada, cómo lo hacía mi ex: le pedí y le pedí que sanara a mi hermana y nunca se cumplió, por eso ya no creo. Que los muertos entierren a sus muertos, ¿dónde escuché esta idea?
—¿Acaso no sabe que hoy se celebra a los difuntos?— aclaró el encargado de la agencia de cervezas cuando le cuestioné sobre tanto movimiento en el poblado. – ¡Que se diviertan!, cada quien con sus creencias, porque hay de fiestas a fiestas, y nosotros tendremos la propia, concluí.
Regreso a la estación de campo, en la Reserva de Tabi, mientras los murmullos del poblado se disuelven en la vegetación. Hay una mujer recogiendo flores a la orilla del camino. La camioneta se sacude haciendo que la nevera caiga del asiento. Freno. En el retrovisor otra figura femenina observa. Desciendo del vehículo. Cruza una parvada de alas cafés y ya no veo a la mujer que tenía atrás. Me trepo de nuevo a la camioneta, levanto la nevera, cierro la portezuela y pongo en marcha el motor...
—¿Ustedes han estado capturando aves?— la mujer que recogía flores habla junto a la ventanilla. Contesto que hemos terminado. Me regala una de las florecitas de tajonal que recogió, y se despide con cierta amabilidad. Avanzo con lentitud por la vereda y la miro caminar, detenerse a ver las flores del camino, arrancarlas, olfatearlas. Vuelve a pasar la misma parvada, en silencio —migratorias..., estoy seguro, por eso vuelan en silencio.
Apenas llego al campamento, todos agarran su chela para liberarse del calor que aprieta. Enciendo la fogata. Josué mató una boa que se había introducido en la letrina. Asada es deliciosa, así que la preparo. Servirá de botana. Cae la noche.
Las dos mujeres del camino secuestran un instante el pensamiento. Enciendo un cigarrillo y miro a los compañeros. Qué alegres me parecen, qué estúpidos. Tal vez a su edad veía las cosas de la misma forma. He envejecido, no cabe duda. La claridad se arrastra fuera de la estación de campo, lejos de las cabañas, solo la fogata ilumina. Sostengo la flor en la mano, pienso en la mujer que desapareció después de darme la flor, en las aves, en el día de muertos, en la flor que sostengo en la mano, en mi ex esposa limpiándome la casa al abandonarme. Y la flor crece, disminuye, crece, se agita... cierro la mano y se deshacen sus colores, son polvo amarillo-blanco.
Sé que esos cabrones hablan de mí, creen que no sé que me observan, que se burlan. Pinche Julio ya le agarró la mano a Raquel. Y el otro empieza a conformarse con Patricia, ¿no que era un hueso? Niñas tontas. Estúpidos vagos. Solo a esto vienen: “tienes un conocimiento inmenso de las aves”. No mamen, que importancia tiene lo que digan. ¡Estoy quebrado! No me alcanza ni para la renta. De que me han servido tantos estudios. Como a ellas las mantiene papi. Después de todo tiene razón Julio, no sirven más que para coger. Que les aproveche. Es mejor estar solo, sin que estén jodiendo todo el tiempo con los “¿me quieres?” y toda esa cursilería. Si se fue, que le vaya bien, no necesito que vuelva, ¿cómo si el amor tuviera segundas partes? ¡Qué chingados..! Estoy bajo la noche, me pagan por disfrutar esto, este cielo, este aroma.... ¡Qué importa lo demás!
Ya casi las tienen, en cualquier momento comenzarán a buscar lejanías. A través del humo sus siluetas distorsionadas crecen ondulantes. La carne de boa asándose en las brasas acrecienta el asco. (Me quemé los labios con el cigarrillo). El suelo se mueve como si abriera las fauces para tragarme. Causa risa perder el equilibrio, sentir el vértigo. Tengo sed. Sentado en esta roca el humo de la fogata no alcanza los ojos. Los árboles petrifican la noche, se miran más altos, enormes. El calor de las llamas y el frío de la noche coinciden en el cuerpo. Brota de la piel un huracán que mece las ramas y las fricciona; sonidos que semejan serpientes en apareo. Voy a vomitar.
A través de la maraña de árboles llegan cinco niños tomados de la mano. En fila rodean la fogata, giran alrededor, cantan. Trato de entender, pero no logro hilar el significado de las estrofas: la música de la grabadora, y los gritos de los compañeros mientras hablan, me lo impide. Estoy ebrio, estoy ebrio, estoy ebrio, golpeaba el pecho para expulsar la culpa, aquellos días cuando me mantenía remojado en alcohol, como una bolsita de té instantáneo; he controlado la bebida, y puedo pasármela, así como hoy, observando cómo los demás se emborrachan, pero mi voluntad es un recuerdo incómodo, ese trébol de la espalda, esas miradas de los niños, ese alucinante cantar sin detenerse. Vomito detrás de un chaká. Me ha hecho mal la carne de la serpiente, estoy mareado. Una mancha azul, brillante, intensa, escurre en el suelo. Los críos corren alrededor de la candela, riendo. Los compañeros siguen platicando, fuera de foco, beben su cerveza muy despacio. Patricia voltea a verme, soy un lindo espectáculo; tengo ganas de orinar. Y estos pinches niños giran tomados de la mano alrededor de la fogata. Mis compañeros se percatan de su presencia; voltean a verme, y consigo extender la mano señalándolos, encogiéndome de hombros. Se acercan a la fogata, ocupan su lugar alrededor de la crecida flama y la danza de los niños se detiene.
Una niña camina hacia el fuego, da media vuelta, queda frente a mí; las llamas le lamen el vestido, crece su rostro en la hoguera. Continúo recargado en el árbol donde oriné, trato de no perder detalle del espectáculo, intento no caerme.
Paty me busca, pero el fuste del árbol y la oscuridad me alejan de su vista.
—En este lugar no se debe cazar sin pedir permiso al Señor del Monte. Aquel que lo hiciere, llegará el día que despierte y sus piernas no responderán— la niña regresa a su lugar. Impulsa de nuevo la danza. Dos vueltas completas y otro niño toma la palabra: —Están marcadas las espinas de la ceiba con su nombre— cierra los ojos y esconde el rostro indio sobre el pecho luminoso; —aquel que se bañe desnudo en el cenote será maldito. No podrá tener hijos— traga aire y grita: — hace algunos años, unos cazadores ahogaron a la niña de mi vida, en aquel cenote..., — convulsiona junto a la fogata, su voz es un hilo de amargura, el viento revuelve su cabellos, se levantan las cenizas y las brazas, remolinos de polvo y el estruendo de las ramas de los árboles en el balanceo.
Un grito sacude las espaldas, proviene de la dirección en que se encuentra el cenote. Las sonrisas desaparecen de los rostros de mis compañeros. Los niños giran su danza. El rostro alterado de Patricia es hermoso. ¿Realmente se escuchó ese grito? Josué sigue bebiendo. Julio fuma sin importar quemarse los dedos. Me contagia las ganas de encender otro cigarro. A ver si queda uno.., aunque sea uno... la inmensidad del cielo regala sus estrellas. Paty viene hacia mí, y la ronda vuelve a detenerse. Otro niño despega los labios:
—El viento escapa del poblado, los sonidos de la muerte se acercan— vuelven a girar. Julio se levanta y grita desde su lugar: —-¿Hey, cabrón, de qué se trata?, ¿intentas asustarnos?— Josué bebe su cerveza con los ojos colgados del movimiento de la lumbre. Paty se detiene a mi lado, le tomo la mano que hierve. Raquel se abraza las piernas y recarga su quijada en las rodillas, iluminada por el fuego puedo apreciar en su rostro el contraste de la noche. ¡Es hermosa! Si el pinche Julio se la lleva a la cama, será mi maldito héroe. Su belleza es la civilización que corre estrepitosa, la verdad del nuevo siglo, ¿y este abandono de pobreza?, ya nada encaja en este viaje al interior del estado, ella no encaja en esta profesión, en el vulgar recorrido de comunidades heridas por el abandono. No encajan estos niños de rostros indios con la piel tan blanca. No encaja el frío aumentando. Ni el comenzar a sentirme intranquilo que crece a cada instante.
Raquel estira las manos hacia las flamas, y comienza a murmurar el canto de los niños. Estos se detienen y otra niña habla jalándose los cabellos: —La noche se marchita, la luz extingue. Es hora de tristezas, de lamentos, ¡cuiden a sus niños, cierren las casas, no los dejen ir al monte por la noche!— el grito atrás de mí, vuelve, esta vez más cerca. Camino hacia donde creo que proviene. Pero la oscuridad es mucha y poco mi valor. Solo veo ramas enmarañadas. Josué ingresa en la danza de los niños alrededor de la fogata, levanta las piernas hasta las rodillas, gira sobre su eje, aplaude, ríe sin soltar el envase de su chela.
—El niño mas grande tiene los ojos cerrados— le digo a Patricia mientras la abrazo. Ella toma el cigarrillo de mis dedos, le da una chupada sin dejar de mirar la ronda. Julio grita algo desde su lugar, pero no pongo atención, mis dientes se encajan en el cuello de Patricia, que echa atrás la mano derecha, jala mi cabeza para obligarme a seguir mordiendo. Josué sigue mirando el subir y bajar de las llamas, y con pequeños brincos las imita. Raquel tiene los ojos cerrados, mueve el cuerpo adelante y atrás, mientras gira la cabeza murmurando la melodía. Sigo con la vista al mayor, su piel es de un blanco brilloso.
La figura de una lechuza atraviesa el humo. Es una sombra blanca deslizándose. Con su aleteo aviva las llamas, nos atrapa su hermoso plumaje. Se posa en una rama seca del chaká, por encima de mi cabeza. Sus grandes ojos penetran la pupila. El silencio se hace presente, con su garra enorme. Se detienen los murmullos, los cantos ceden. Los niños abandonan el baile, sus ojos opacos se unen al asombro de los biólogos, y posamos la mirada en el graznido del ave inmensa. Nos observa con sus redondos ojos anaranjados. Y este graznido sigue creciendo. Raquel dice entusiasmada:
—¿Es una Tyto alba?— sin voltear a verla muevo la cabeza en negativa; jamás he visto una lechuza de ese tamaño. Josué que no deja de mover las piernas, dando brinquitos, dice: — ¡Valió la pena el viaje!— y ataca su cerveza hasta el fondo. El cielo se ha nublado, las nubes tienen coloración rojiza, seguramente por las quemas en los terrenos cercanos... pero... estamos en noviembre.
El más alto de los niños se da vuelta para quedar frente a nosotros. Dice imperativamente, mientras sus ojos grises inquietan: — ¡A callar!... les diré que anuncia la presencia de esa ave... —extiende las manos sobre las llamas, su voz de seca autoridad, hace dudar en la fisonomía infantil que tiene su cuerpo. Se agacha para recoger un madero encendido, lo acerca a sus labios, sopla... Queda el brillo rojizo de la brasa. Me clava la mirada y, mientras camina hacia donde me encuentro, eleva el volumen de su voz. Su voz es grave... grave... gutural..:
—¡En cada pueblo, las brujas enredan en la lengua los pecados de los habitantes. Cuando cae la noche, huyen hacia el monte a levantar una fogata. Beben licores amargos. Rompen sus ropas. Bailan. Y en el éxtasis se abren las venas, mientras su sangre gotea... —ya no esta sola la lechuza en las ramas del chaká, cientos de aves se han reunido en los ramajes: tordos, chipes, tángaras, cuervos, todas observan, observan inmóviles, silentes. Cada uno de los niños sostiene la mano de uno de mis compañeros, —... nadie del poblado debe salir al monte, en noches como esta, porque la bestia ocupa los rincones, penetra los árboles, anida en las aguas, se arrastra por las hierbas y crece su sombra en la espalda de borrachos que deambulan la noche del día de muertos!— al decir la última frase, acerca su rostro al mío. Finaliza en un susurro: —¡Dicen que escuchar su canto es signo de enfermedad y muerte!—, posa su mano sobre la brasa, abre al máximo los ojos, y en ellos miro mi rostro, y mis días de niño, aquella vez cuando levanté un pájaro de la carretera y lo intenté curar, había muerto, y yo pesqué una infección que me tuvo en cama dos días ardiendo en fiebre.
Mi rostro entristecido, creciendo dentro las pupilas del más grande de los niños; lo empujo para alejarlo, y mis manos atravesaron su cuerpo que se ha vuelto humo. La nube de pájaros detrás de mí se descuelga. Patricia suelta las manos de la niña que está junto a ella y se abraza a mi cuerpo, llegan las aves y la arrancan de mis brazos. Detrás de la fogata crecen las siluetas de las mujeres del camino, crecen con la oscuridad; se escucha el movimiento de las ramas, y las hierbas como si los animales estuvieran huyendo o acercándose. Me pica la palma de la mano, el polvo amarillo-blanco recupera su forma de flor, y miro el rostro de la mujer del tajonal que ríe a carcajadas detrás de las sombras que proyecta la fogata. Quema la piel de la mano. Se oye el graznido de las aves enfurecidas que descienden hacia los cuerpos de los compañeros. Patricia grita ya sin ojos, intenta mantenerse de pie y huir. El cuerpo de los niños se transforma en remolino de luz, intensa luz que ciega. No puedo ver... humo..., humo..., humo, correrías y gritos por todas partes...

  

AINHOA BÁRCENA ESCARTI

(Cádiz, España, 1984) Reside en Madrid. Narradora. Ha sido galardonada con múltiples distinciones en certámenes literarios.
Varios libros en eBook (Amazon): Todas las cosas que escribí cuando ninguno de ellos miraba, Terror Express, Descorazonados. Su obra La muchacha de la ventana fue publicada en castellano y en gallego (A rapaza da ventá).
Asimismo, tiene varios cuentos en antologías, así como en diversas páginas y revistas literarias.
Más sobre su biografía y obras en:
Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 60: http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2014/03/



LA NOCHE SIN ESTRELLAS
Ainhoa Bárcena Escarti ©

La noche era calurosa, las sábanas se pegaban al cuerpo. No tiene aire acondicionado, está sudando. Duerme, se mueve y se destapa. Finalmente un brazo sudoroso, tanto como ella misma, acaba despertándola avanzando sobre su cara. Lo aparta, se levanta, abre la ventana y fuma un cigarrillo a la luz de la noche. Entonces piensa: “Hace tanto que no se ven las estrellas.” Mira la cama ocupada casi entera por él. Le observa e irremediablemente se dice a sí misma: “Los dos vivimos en la misma ciudad, pequeña, vieja, hermosa, limitada. Apenas diez o incluso quince minutos nos separan. Pero la realidad es muy distinta porque hay mil universos entre nosotros. Miro a mi lecho y veo otro cuerpo, uno que no es el tuyo. Entonces me pregunto si ese era nuestro mejor final.”


DESPERTAR DE UNA MAÑANA DE ENERO
Ainhoa Bárcena Escarti ©

Aquel día la mañana entraba perezosa en mi vida. Me encontraba resguardada bajo las capas de la tarta de mi cama, las sábanas, las mantas, el edredón. Se estaba tan calentita. Fuera me esperaba la jornada más fría de ese enero que intentaba helarme hasta el alma. Pi-pipipipi-pi pipipipi ¡oh! El despertador anulaba el hechizo del sueño. Alargo la mano, lo apago y le detesto. Estaba a punto de darme un beso. El despertador es el culpable de todos los sueños rotos y las malas caras mañaneras, con ese beso el despertar y encontrarme con el mundo habría sido perfecto. Saco una mano, luego la otra, me destapo, abro un ojo, el otro, me incorporo. Ya estoy despierta. No hay sol, tan solo nubes negras que auguran un día nada apetecible. Es demasiado temprano, y ya hay gente. Observo el hormiguero humano desde la ventana. Me quedo pensando y ¿qué tipo de hormiga soy? Paso a la acción. El tiempo pasa. Se hace tarde. El tiempo no perdona. Pequeño torturador infame. Salgo por la puerta dispuesta irremediablemente a enfrentarme a un nuevo día. En el autobús mientras oigo mi música, pienso en el beso y me digo esta noche me lo darás.


EN LA OSCURIDAD
Ainhoa Bárcena Escarti ©

Había dos hermanas, iguales como gotas de agua. Un día de verano cogidas de la mano paseaban por el bosque. Una de ellas, Ariadna, vio algo entre las sombras y curiosa decidió acercarse. Noelia tenía miedo pero seguía a su hermana. Poco a poco se adentraron más y más hasta que todo era negrura. Agarradas de la mano intentaban palpar de entre la nada algo que indicara una salida. Entonces un ruido, un chasquido, las rodeaba. Una garra de uñas afiladas rasgó el vestido de Noelia. Corrieron y corrieron rumbo a no sabían dónde. De pronto una luz, pero cuanto más se acercaban a ella más lejos estaba. Lograron adivinar por la silueta que dibujaba que era una puerta. “La salvación”, pensaron. De nuevo el sonido, el chasquido y una respiración propia de los peores infiernos. Sus pies empezaron torpemente a reunirse con la soñada salida. Ariadna estaba a unos centímetros de ella cuando la garra asió esta vez la pierna de Noelia. Tiró de su hermana con todas sus fuerzas. La garra era más fuerte y las arrastraba. Ariadna intentó ver a Noelia, pero no pudo. Y entre la densa oscuridad Ariadna pidió perdón. Soltó a Noelia y salió por la puerta. Tras de sí solo dejó alaridos de terror y dolor.


DEEP BLUE SEA
Ainhoa Bárcena Escarti ©

La luz del mar olía tanto o más que las propias olas húmedas y centelleantes como pequeños big bagnes en eclosión. Allí en el abismo, embriagado en el salitre y las gaviotas. Pensó que todo aquel gran azul podría ser un comienzo. Saltó y se sumergió en el profundo, profundo inalcanzable azul.



ALBERTO ESPINOSA OROZCO

Nació en Mérida y reside en Victoria (Estado de Durango), México. Ensayista y poeta. Docente. Estudió maestría en ética en la Universidad Nacional Autónoma de México (USAM). Profesor de artes plásticas, estudió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Coordinador general en Terranova Durango. Obtuvo el segundo puesto y mención especial en el III Concurso de Poesía de El Boulevard Encantado (2014), en México. Colabora en diversos medios literarios.

Más de sus obras en revista literaria Realidades y Ficciones;



EL CIRCO
Alberto Espinosa Orozco ©

Nada vale hoy; todo es representación, teatro,
vana apariencia, pues no es la verdad
lo que a los corazones llama, sino el circo:
nos hemos vuelto actores, siempre lo fuimos;
a la palestra salimos, actuamos nuestro papel
afortunada o desafortunadamente nos movemos,
peinados, limpios, erguidos, bien vestidos;
luego cae el telón: es la muerte fatal que nos acoge.

Eso es todo: la función ha terminado para que luego
la función vuelve a empezar, volvemos a leer nuestro papel:
con nuestra propia voz dotamos de carne al espectáculo;
pedimos poca cosa: en el camerino un espejo, tras bambalinas
un beso, y el tablado la conjunción de una rima en el verso ,
la posesión de la figura que nos da forma cayendo como un rayo
y en las butacas sin fin el aplauso unido del público diverso:
el gerente del teatro es el que gana: es mitades tigre y payaso.


HIPNOSIS
Alberto Espinosa Orozco

El polvo suelto levantado en torbellinos
asecha en las equinas empujado
a su desordenado confín sin titubeos
los desechos desgastados por las horas.

El polvo de oro ya quemado por el tiempo
ahogado por el peso de las sombras
residuo de hojarasca vuelto harapo,
sucio trapo devastado, agónico, exhausto
desmayado como un manto gris sobre el asfalto.

El viento turbio enemigo de las leyes,
el viento estrábico que silba airado,
bobino obtuso que acomete el otro lado
de las horas, acosa al tiempo hueco
como a una cáscara reseca para hollarlo
con su pelambre pútrido de musgosos hongos;

Insistente torbellino maniatado
arrojado en su manía repetitiva
 a la ruinosa ciudad abandonada
que levanta al polvo de su letargo
invadiendo los rincones sin memoria
desangrados de su sabia de recuerdos.

el viento sordo, que malamente apuesta
a ser silbido obtuso de su propio vacío sin escondite,
desbarata los nítidos perfiles en su rencor de hielo
recorriendo incesante las vidrieras por las calles
de la ciudad amortajada, olfateando a su presa
en su bufido con las narices pegadas contra el suelo
llevando en el seno de su hueco una malignidad.

El viento contrario del oeste obtuso,
filoso como arena, salado como arenque,
vendaval cuyo hocico vuelto lanza recorre
la plaza deprimida, revolviendo el cabo
del hilo de memoria con los días desleídos,
empujando su deshilachada esfera hasta tocar
el eco mudo de las tapias funerarias y el vacío
que ciego late discordante al otro lado
-confundiendo en su ajetrear al día
con la hipnótica fijeza de la noche.



ALBERTO QUERO

Nació en Maracaibo, Venezuela. Narrador y poeta.
Licenciado en Letras, Magister en Literatura Venezolana y Doctor en Ciencias Humanas por la Universidad del Zulia. Miembro de la Sociedad Iberoamericana de Escritores, el Parlamento Internacional de Escritores de Barranquilla y la Asociación Venezolana de Semiótica.
Galardonado con diversos premios literarios en Venezuela, ha publicado además seis libros de cuentos y un poemario.
Más sobre su obra literaria y carrera profesional en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 71: http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2016/12/



JUAN DEL SILENCIO
Alberto Quero ©

Ese día la noticia corrió de boca en boca. En todo el país imperaba la consternación. Nadie dudaba de que un ilustre estaba a punto de dejar este mundo; controversial y polémico pero ilustre. Los rumores iban y venían, el tema era la comidilla del día. La gente se agrupaba en pequeños corrillos y cada cual procuraba cotejar la información que traía con la que los demás aportaban. En cada esquina los murmullos giraban siempre en torno al mismo tema: todo Copenhague sabía quién se estaba muriendo. A algunos de los reverendos ministros daneses les volvió el alma al cuerpo: sentían que el pertinaz latiguillo que denunciaba los vicios del clero, por fin cesaría. Muchos dijeron que era la única forma en la que aquel hombre enjuto y jorobado verdaderamente enmudecería. Y en efecto, en su lecho de agonizante, él permanecía asaz callado; más: estaba reposado, casi plácido. Era también la primea vez que la angustia no le dominaba. Y eso le desconcertaba.
Nadie lo supo, pero él mismo notó la paradoja: únicamente al borde de la muerte pudo contemplar la tranquilidad de la vida. Aquella sensación le resultaba completamente ajena, parecía algo así como una chispa sorprendente, una inédita descarga de paz.
En el primer momento trató de hacer que aquella quietud se convirtiera en felicidad, pero se contuvo. Le pareció que no era prudente permitir que ese chisporroteo desconocido y recóndito se convirtiera en una peligrosa flama que le redujera el alma a cenizas. Y lo más importante, en el último momento no podía abjurar de sus convicciones. Ceder ante la calma, rendirse ante el sosiego que le asaltaba hubiera sido casi como declararse agnóstico o hegeliano.
Otras cosas podían quedar para después. Perdonar a su padre por haber blasfemado contra el Espíritu Santo, hacer las paces con su hermano, todo eso era postergable; después de todo, la merced divina podría soslayarlo. Pero era fundamental evitar una contradicción entre la vida y la filosofía, por eso prefirió no alegrarse.
Justo antes de morir, Sören Aabye Kierkegaard desechó la serenidad que le agobiaba y se aferró con mayor fervor a la desesperación: supo que si no lo hacía, las puertas del Cielo quedarían para él permanentemente cerradas.


EL BUFÓN
Alberto Quero ©

Érase dos veces (porque hipócritas eran sus intenciones) un hombre malvado que deseaba hacer todo el daño posible al mayor número de personas. Por ello decidió convertirse en payaso; creyó que sería divertido encender un fuego, salir a escena y decir lo que pasaba; el público, al verle disfrazado, pensaría que se trataba de un chiste y en vez de abandonar el circo, reiría alegremente y un segundo después moriría achicharrado.
Sin embargo un día el hombre malvado comenzó a leer un libro escrito por Kierkegaard y vio que la idea del fuego ya había sido descrita. El bufón montó en cólera, no solo por ver frustrado su plan sino también por el ardor del filósofo danés.
Concluyó entonces hacer algo más radical. Pensó que debía provocar el incendio, pero dudó acerca de cuál era la mejor actitud: callar o contarlo deliberadamente como un chiste. Al final optó por lo segundo. Se le hizo que organizar un genocidio era más bien sencillo; pero ejecutarlo y al mismo tiempo quedar como un maestro de la comedia, era genialidad pura.


EL CASTIGO
Alberto Quero ©

Después de observar cuidadosamente la situación del mundo y tras mucho pensarlo, Dios decidió castigar a la Humanidad. Hizo primero un inventario de todos sus antiguos intentos por tratar de dar un escarmiento a la raza humana: recordó la expulsión del Edén, el Diluvio y la serie de desastres naturales que durante los tiempos han sacudido la faz de la Tierra. Sin embargo, de todos los castigos hubo uno que le llamó profundamente la atención y se quedó pensando en él durante largo rato: Babel.
Al ver a Dios tan abstraído en el recuento de la paralización de la monumental obra que los hombres habían iniciado, San Pedro le preguntó:
—¿Pensáis, Señor, repetir la experiencia de confundir las lenguas de las gentes?
—No, Pedro —respondió Dios—, las culpas de los hombres son mucho mayores que antaño. Esta vez, como en verdad quiero dejar de ser misericordioso, tengo en mente un castigo más fuerte que el anterior. Confundir sus lenguas ha sido algo demasiado leve, ahora haré una cosa más terrible aún.
—¿Qué puede ser más terrible que hacer que cada pueblo hable un idioma distinto, Señor?
—Hacer que todos los pueblos hablen el mismo idioma.
Así, Dios tomó un lápiz y su agenda de ideas pendientes y escribió lo que había decidido. Con un solo trazo puso: “proyecto de Apocalipsis”. Y vio Dios que era buena la idea, pero no quiso utilizarla de inmediato. Más bien, desde entonces ha estado buscando el momento oportuno para ejecutar su plan.



FLORENCIA MAYRA GARGIULO

(Buenos Aires, Argentina, 1990) Narradora y poeta. Vive en Carlos Paz, Provincia de Córdoba. Además de escribir, actividad que empezó a muy temprana edad —seis años— es artista plástica (técnica mixta y muralismo).
Más de sus obras se encuentran en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 59:



UN CUENTO PARA SARA
Florencia Mayra Gargiulo ©

Antes del diez llamo a Sara, le aviso que voy a pasar el ocho a pagarle el alquiler, las expensas y servicios. Siempre voy a su casa porque es una señora mayor, no es que yo haya querido tomar la precaución de ser cordial con ella, sino que, me recuerda su estado cada vez que la llamo por teléfono, aun sabiendo que voy a ir. Tiene todos los problemas físicos que un casi muerto puede tener, aparte vive en mi mismo barrio, tiene dos hijos, uno es maestro de música y el otro empresario. Ambos parecen tener alguna deficiencia muy sutil, a veces bastante identificable. El maestro de música vive con ella. Marido muerto, jubilada, lentes de lupa.
Le toco el timbre, se acerca lentamente a la puerta arrastrando las pantuflas como queriendo mirarme por la oreja, no me reconoce, está casi sorda, nunca me reconoce, solo ve una silueta y se imagina que soy yo ¿Quién va ser si no? Nunca sé de qué color tiene los ojos, no la miro, no sé por qué pero nunca lo hago, iris de alma muerta. Me abre, lentamente cierra la reja, no me saluda, nunca me saluda, yo a veces cuando estoy de muy buen humor, la saludo y le pregunto: ¿cómo está? Sabiendo que su respuesta estará minada de quejas: “Mal hija, me duele la ciática, me operaron de los ojos, me sacaron las pastillas, ahora voy a tener que pagarlas yo” y un montón de otros reproches de la edad, producidos cuando el contador del tiempo quiere pedir un crédito a la muerte, cuando la sociedad construye un palo muy caro y difícil de mantener para sostener en pie un árbol talado.
Me escolta entonces lentamente por el frío pasillo caminando por el piso de azulejos amarillos, pasando por el living cubierto de una cortina de PVC diagonalmente entrecruzada, tan entrecruzada que tapa la puerta de entrada a la cocina comedor y hay que correrla para pasar, la baldosa floja y rota que siempre me dice que no pise, que la tiene que arreglar; me imagino que está hablando de ella. ¡A los hechos!, yo la cambiaria y la edad, bueno, no tiene cura. Paso, me siento en la silla de madera, pongo los papeles sobre la mesa de madera maciza, caoba oscura, siento que estoy en la reunión ejecutiva de una empresa de publicidad, pero entonces escucho las pantuflas arrastradas por los pies que las dirigen y vuelvo. Como un ladrón que vació lo robado de un almacén, saco todo de la cartera con una mano, ella a la cabecera, empieza a examinar los documentos como un dinosaurio antropólogo buscando los restos de una raza anterior.
Miro a la derecha, al final de la mesa hay un mueble antiguo contra la pared, sobre la repisa del mueble donde supongo guarda la vajilla, chucherías y las cenizas de la madre (es fácil suponer, pero sé que si pienso esto, seguramente tenga un muerto metido ahí, separado por categoría de extremidades), hay una muñeca con ojos abiertos, esas de porcelana con colitas, rubia, sentada con su vestido en una esquina, tiesa, al lado un perro momificado por suerte no se ven sus ojos debajo del flequillo azabache, entonces un cofre, al parecer de música y para terminar el cuadro, un florero blanco con dibujos estilo oriental en azul ultramar y sus flores de plástico.
Entonces empieza la obra, ¡revolotea el papel de las expensas como un cometa en forma de fénix, que nace y renace constantemente frente a sus pupilas, entonces le digo el total y ella empieza a llamar a su hijo a los gritos para que lea el total que siempre es el mismo!, pero no confía en mí y el hijo que parece peor que ella con lentes de lupa también y unos pocos pelos asociados a neuronas, empieza a mirar la hoja sin entender nada de lo que dice, girándola como si estuviera jugando al RACE 2000, mirando la primer hoja y la última sin encontrar donde está la lista de los nombres de los dueños y los montos a pagar, ella se altera y le dice: “¡acá!, ¡acá!” Y le marca dónde tiene que mirar, él parece no ve nada y le dice: “¡pará, pará!” a todo yo estoy sentada mirándolos con la boca entreabierta a punto de derramar una gota de saliva de incomprensible desasosiego, entonces él empieza a tirar números al azar y dice “1500”, no, no, le digo, no es $1500, y se queda callado, empieza a mirarla otra vez y tira otro número, $1000, y Sara se altera diciendo “no, no…”, y le saca las hojas “acá, donde dice 7:23, ¡acá, por Dios!”. Yo pienso pobre Sara, tiene razón, si tu hijo es peor que vos y vos sabés que estás para el entierro…, él dice finalmente el número correcto o no, y yo agarro la hoja y digo el número nuevamente, pero esta vez tampoco debe creerme, simplemente está cansada y quiere matar a su hijo, me pide religiosamente que se lo marque con una lapicera Bic azul, que esconde recelosa bajo la estatua de una virgen enteramente blanca, en esos recovecos/altarcitos que tienen las casas antiguas, y las viejas de casas antiguas, se lo marco con un círculo bordeando toda la información. Después cuenta la plata; billete por billete, hasta llegar al total del número y luego le mira la cara a Julio Argentino Roca, y me mira a mí, a ver si sigo ahí o pasó tanto tiempo entre billete y billete que yo estoy haciendo otra cosa, termina de contar y mira los servicios uno por uno, buscando el de “alumbrado, barrido y limpieza”, lo repite varias veces y cuando lo encuentra dice “acá está, acá está” dejándose tranquila, entonces le doy la plata de las expensas y cuenta otra vez, mirando a Roca. Entre todo eso, yo ya guardé el recibo en mi cartera, y tengo en mente salir corriendo sin pisar la baldosa. En el segundo que termino de contar, empieza a decirme que le duele la pierna, que la tienen que operar otra vez, entonces yo me voy parando, mirándola y asintiendo mientras giro el picaporte y abro la puerta rectangular que me entrega una visión dividida por la cortina de PVC; a la izquierda el hall y el pasillo de salida, plantas abarrotadas contra la pared, y a la derecha una mesa de plástico y sillas del mismo modelo, de color blanco y algunas otras plantas esparcidas, al lado de la puerta la otra entada a la cocina y a los cuartos. Por suerte siempre elijo la izquierda. Solemne camina hacia la salida, me parece que siempre que me saluda le parece un milagro, seguir con vida digo, siempre que le voy a pagar tengo cierto morbo y miedo, de que el hijo me diga que se murió.


PÚRPURA
Florencia Mayra Gargiulo ©

Estaba sentada en su cuarto. El aire movía la cortina de raso blanco y dejaba ver esporádicamente el árbol que despuntaba sus hojas hacia el sol. Su cuarto totalmente blanco, contaba con una cama y una mesa donde se encontraba la máquina de escribir, unas hojas y una lapicera azul, la ventana estaba por arriba de la mesa.
Estaba en su cuarto sola, se volvió a la cama, se acostó boca abajo y dejó que los pies sobresalieran del colchón, empezó a moverlos como un pez, como si estuviera nadando. Se acordó de la vez que había escuchado On Naravayaya y se había convertido en pez, y la vez que escuchó On nama shiva, esta vez fue diferente, estaba en el living y comenzó a cantar, luego cantó con otra voz, una más profunda y gutural, entonces empezó a bailar suavemente con movimiento oblicuos, entonces sus ojos visualizaron otros ojos, los de una mujer, morocha, africana, moviéndose como ella, como si fuera un espejo, el piso se dividió en dos, el piso donde ella bailaba era negro, y el piso donde bailaba la otra era blanco, luego de ella salían otros bailando igual, creando una fila, ella no dejaba de ver a la mujer a los ojos, tenían un poder hipnotizador, de tierra, de guerra santa, de salvajismo y libertad. Entonces cesó.
Fue a la cocina se hizo un shinzen con miel, abrió tres paquetitos porque con uno hacía muy poco, y se los llevó al cuarto con un repasadorcito de navidad que tenía guardado, faltaban dos meses para las fiestas, pero todos los repasadores que no tenían clasificación mensual estaban para lavar, se sentó frente a la máquina de escribir y mecanografió:

“Callejones sin entrada”

Fui al parque cerca de casa, a despejar un poco la mente, clarearla, ver lo que se despunta detrás de la neblina de mi consciente. Entonces la saqué a pasear, para ver si de improvisto, puedo pulsar de la capa protectora que me envuelve.
Me encontré con unos personajes regalando ropa, la gente tomaba lo que necesitaba, midiendo, especulando, pensando qué les convenía llevar o no. Empecé a hablar con ellos cuando uno se sacó la ropa y empezó a dar vueltas carnero con una pollera de mujer, entonces me di cuenta que estaban descalzos, no usaban zapatos, todos eran veganos, excepto uno que comía solo frutas y otro que era crudívoro. Entonces la luna mató al sol, y se vanagloriaba en el pedestal del cielo. Fuimos caminando bajo los pies de su luz todos juntos por las calles. De repente, comienzan a buscar comida en la basura, encontramos bolsas con comida, separada, y otra que no, “reciclamos” me dijo. Alto guiso. Entonces ahí vimos que yo era mago lunar planetario, dormimos en unos colchones, miramos las estrellas, la noche estaba increíble, el cielo azul marino dejaba ver unas estrellas egocéntricas al mango. A la mañana salí a tomar aire al balcón-terraza, había un chico morocho, flaco, alto, el sol nos energizaba la piel, él me dijo que hacia parcur y me señalo una pared que saltó que media como siete metros, después hablando de las energías me dijo algo de la energía del sol que flota en el aire, la podes ver le pregunté, sí, vos también podés seguro, no yo no, y no terminé la frase que veía pelitos amarillos flotando en el aire, o pequeños puntitos colisionando unos con otros, en ese momento un símbolo geométrico empezó a descender de a poco hasta desaparecer progresivamente, eran unos círculos, dentro de círculos, hice un dibujo del símbolo: “Debe ser un código que te están mandando” me dijo, me quedé callada e intenté saber qué me estaban queriendo decir

Clara, dejó la máquina, tomó una hoja en blanco lisa de la pila, la puso frente a ella, enfrentó sus palmas a una distancia de un metro, cerró los ojos y comenzó a sentir el calor en ellas, primero suave y luego cada vez más fuerte, entonces iba acercándolas un poquito cada vez más, hasta que estuvieron a unos milímetros de distancia unas con otras, y así se quedó unos minutos, cuando se sintió lista juntó las manos entrelazándolas y luego hizo un cuenco con ellas donde se encontraba la energía y la depositó suavemente en su tercer ojo. Quedó unos segundos en silencio, entonces abrió los ojos de a poco, tomó una lapicera y comenzó a escribir:

La liviandad del tigre

Bosteza el tigre por la mañana, y contorsiona su cuerpo como un arco. Las líneas de su torso se curvan como el horizonte se desdibuja con sus árboles de copa ancha. Sus patas tocan el pasto húmedo, el pasto seco.


PRISMA
Florencia Mayra Gargiulo ©

Un agujero en la selva,
Me susurra verdades
Pero su voz…
Derrite las caras de mi realidad

¡No apaguen todo!

En las sombras veo una cuerda
Queriendo convertirse en piel
Y un árbol extender sus ramas

Me habitan los silencios,
Que ya no existen
Un Dios dormido, sonámbulo
Que pone el prisma en su mano
Y no para de girar



OMAR MARTÍNEZ GONZÁLEZ

(La Habana, Cuba) Inició su actividad literaria a mediados de la última década del siglo pasado. Ha participado en concursos municipales y provinciales desde 1998, obteniendo menciones y premios.
En 2000 comenzó su participación en concursos internacionales y en 2003 obtuvo el primer lugar en el Premio Internacional “Sexto Continente” de literatura erótica, convocado por la editorial española Irreverente.
También colabora en varias revistas digitales desde el año 2009. Principalmente en la revista miNatura.
Tiene publicaciones literarias en antologías de relatos y microrrelatos.
Además participa de manera activa en talleres literarios en Cuba.
Más obras de este escritor en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 69: http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2016/06/



AÑO 1896
Omar Martínez González ©

Consternado regresaba el hombre a la montaña. El enviado del Olimpo había llegado tarde. No pudo demostrar que era el más veloz, más fuerte y más resistente.
—No eran los juegos de siempre Gran Zeus; ahora los llamaban “modernos” —así le dijo al jefe de la Montaña Sagrada.


LA PRIMERA BATALLA
Omar Martínez González ©

—Ese es el cine, debemos entrar.
Los ocho se ubicaron en la cuarta fila.
Cuando comenzara la primera batalla espacial de la película que los fanáticos disfrutaban en tercera dimensión, nadie se percataría de que ellos abandonaban realmente la galaxia.



MARÍA ISABEL CLAUSEN

Narradora y poeta. Nació y reside en General Roca, Provincia de Córdoba, Argentina. Ha sido distinguida en múltiples oportunidades.
Biografía y otras obras de esta escritora en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 61:
Más obras de sus obras en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 67:



CUANDO LAS PUERTAS DEL CIELO SE ABRIERON
María Isabel Clausen ©

Se habían amado tanto como lo imposible y más que lo posible. Su amor los transportaba a un universo donde sus corazones les permitían ser colibríes y cóndores a la vez. Volaban hacia cualquier rumbo, por la altura o a ras del suelo, pero siempre cobijando sus sueños protegidos en las alas. A veces se escondían entre la copa del cerezo y sus besos sabían a dulce néctar de blancas flores; otras, ocultaban sus caricias tras la niebla de las noches de otoño, para que ni las estrellas descubrieran su dicha. Así vivían, en un mundo propio, único, hecho de cautivantes y apasionados anhelos de felicidad.
Nadie más que ellos existía en ese espacio imaginario, nadie ni nada que les prohibiera amarse, con o sin derecho de hacerlo, ¿acaso en los sentimientos importan los derechos?
¿Qué derecho puede anularlos?, ¿cuáles matarlos?, ¿o juzgarlos?, ¿o permitirlos? Ellos rompen cualquier ley e ignoran la justicia cuando de amar se trata.
Por eso eran como dos pájaros entrelazando sus alas en la libertad de los espacios, y en complicidad con el viento que los sostenía sobre sus anillados soplos, podían planear libremente sobre el mar escuchando el cantar de las sirenas, tan enamoradas del amor como ellos.
Un día, él no acudió al encuentro.
 Cansada de esperarlo, ella plegó sus alas, y envolvió entre su plumaje las ilusiones fraguadas entre suspiros. Después, se acurrucó bajo la luz del sol. Sentía frío, un frío que la envolvía sin piedad, hasta hacerla temblar. Sonó el teléfono:
—¡Perla, soy Ada, vení pronto al hospital, Samu tuvo un accidente, está muy grave!
 No hizo preguntas. Corrió enloquecida por las calles vestidas de nieve. Su corazón se lo decía, él se iba lejos, muy lejos, al país de los silencios y ella sentía demasiado dolor para llorar.
Llegó con un rosario de lágrimas brotando de sus ojos.
Los gritos angustiados de Ada la recibieron, y tomando su mano la llevó hasta el adorado cuerpo ya sin vida.
Extendió sus brazos como alas y lo envolvió en ellos, puso sus labios sobre los de su amado pero no respondieron al beso, entonces, como los pájaros, lloró sin lágrimas, hacia adentro de la piel.
Pasado un tiempo, alguien la vio trastabillar y caer en la vereda. Corrió hacia ella y dándole palmadas en el rostro, le dijo:
—¡Señorita, señorita, responda por favor! —no hubo respuesta.
Curiosos se acercaron y comenzó el revuelo:
—¡Llamen a los bomberos!, ¡no, a una ambulancia! —cuando llegaron los vehículos, la llevaron a un nosocomio cercano.
Perla se sentía flotar liviana y suave como una pluma mecida por la brisa. Miraba gesticular y moverse a médicos y enfermeros a su alrededor, pero no lograba escuchar lo que decían.
Se vio alejándose de ellos en una dirección que la llenaba de felicidad, más no entendía el por qué. Cruzó nubes inmensamente celestes y un camino bordeado de estrellas. Se detuvo, vio ante sus ojos un portón blanco que se habría lentamente, hasta hacerlo de par en par, dejando ver un enorme árbol de Navidad, iluminado de estrellas y rodeado de ángeles que le sonreían.
Estaba extasiada cuando sintió la tibieza de unas alas que le recordaron a otra ya lejana pero de igual ternura.
Escuchó su voz diciéndole:
—¡Querida mía, por fin viniste, te extrañaba tanto!
Sobresaltada reconoció la voz:
—Samu ¿eres tú? ¡Sí, eres tú! —y se abrazó a él, pero no reconoció sus brazos, solo su calor.
—¿Dónde estamos?, ¿por qué pareces vestido de luz?
—Mírate, tú también estás vestida de luz. Estamos en el cielo y es Navidad. Ven, DIOS nos espera.
—¡No!, ¿cómo le diremos de nuestro amor? Se enojará.
—DIOS no castiga al amor, mi bien, ya lo verás.
Y abrazando su luz, la condujo por un pasillo de refulgente esplendor.
Al llegar; al final de un largo pasillo, lo vio: luminoso, bello, con una dulce sonrisa, tanto como su mirada y atónita escucho que le decía:
–¡Bienvenida, feliz navidad! Samu sufría aquí sin ti, y tú allá sin él. A vuestros ángeles de la guarda les preocupaba eso, y pidieron que mi regalo de navidad para ustedes sea reunirlos, por lo que hoy se reencontraron para no separarse jamás.
—¿Samu, estamos muertos? —preguntó cómo si estuviera delirando.
—Sí para la tierra, pero no para el cielo. Allá éramos dos seres humanos que se amaban, aquí somos dos almas unidas por el amor de DIOS.
—¿Entonces, nos amaremos siempre?
—Eternamente, mi amor, eternamente.
Se abrazaron formando una sola luz, y comenzaron a disfrutar de la eternidad, mientras las puertas del cielo se volvían a cerrar.


PERO AÚN VIVO.                                                
María Isabel Clausen ©
Porque los pájaros que aman el vuelo,
aun heridos, despliegan sus alas. (MIC)                                                                                                       

Con el corazón a medio vestir por el amor,
la risa a medio calzar por el dolor,
la mirada a medio brillar por la nostalgia,
y los sueños a mitad del cumplimiento,
aun así:
mi sangre es río de vida en mis arterias,
mis suspiros son brisa acunando los inviernos,
mi voz, mi voz que no se calla ni doblega,
grita rebeldías rompiendo los silencios
de alguna  hipocresía o injusticia en desventaja.
Soy como el viento que viaja sin cadenas,
similar a la lluvia secándose en el tiempo,
cual la pasión con final y con principio.
Me golpeo como la hoja que cae en el otoño
y muto plena en cada primavera.
Vivo mirando a la distancia,
delirando alcanzar el horizonte,
y poner de prendedor en mi solapa,
una incipiente alborada de misterios.


EL SECRETO QUE NUNCA SABRÁS.
María Isabel Clausen ©

Jamás te lo dije, por temor, por egoísmo o simplemente porque no podía dejarte ir, me horrorizaba el solo pensar que no estuvieras en mi cuarto cada mañana al despertarme.

Me fui deshojando a tu lado como el árbol de la plaza que deja caer sus hojas ya resecas, crujientes notas musicales bajo las suelas del calzado de los asiduos caminantes, y negué tu libertad y la mía, atándonos a un sentimiento que fue más obligación que amor.

Nunca fuiste totalmente mío, pero no me abandonaste.

Te escapabas por las noches al encuentro de otros amores, volviendo a tu antigua casa en busca de caricias que extrañabas, pero volvías sigilosamente para acostarte a mi lado. Muchas veces me fingí dormida y el amanecer nos encontraba juntos, con mi mano acariciando tu pelo y la tuya devolviendo la caricia.

Hoy no respondiste, una quietud desconocida en ti despertó mi curiosidad, te sacudí, estabas inerte, grité tu nombre, te tomé en mis brazos, tu cabeza no se arrimó a la mía, tus ojos permanecían cerrados y comencé a llorar, comprendí que ya no podría retenerte, por amor ni por egoísmo.

Nunca sabrás cuántas veces deseé que te marcharas, que volvieras a tu libertad porque al final anulabas la mía.

¡Cuántas salidas me perdí por ti con mis amigas!

Respondía —no puedo, Gusy salió, si no estoy para abrirle la puerta se morirá de frío.

Ellas burlándose me contestaban: —¡tanto lío por un gato!

Lo que no comprendían es que eras “mi gato”, mi compañero de lunas y de soles con quien borré durante años las letras de la palabra soledad.



FEDERICO LUIS BAGGINI

Nació el 11/8/1987 en Buenos Aires, Argentina. Reside en Villa Santa Rita y es bibliotecario en la Asociación Cultural, Social Y Biblioteca Popular “Helena Larroque de Roffo” (Villa del Parque), de esa misma ciudad. Licenciado en bibliotecología (2012) por el Instituto de Formación Técnica Superior.
Si bien en su infancia ya era lector, lo hace asiduamente desde los últimos años de la secundaria. Siente predilección por la literatura norteamericana del siglo XX y por algunos autores de diferentes épocas del resto del mundo. En lo concerniente a su vocación de escritor, comienza a los dieciocho años y, aunque con períodos de mayor o menor intensidad, ha intentando profundizar sus conocimientos y acrecentar su producción tanto de manera autodidacta como también a través de talleres literarios —unos treinta distintos—, algunos enfocados en la narrativa y la creatividad y a los que aún hoy asiste. También imparte talleres en diferentes espacios y con una concurrencia que genera fraternidad.
Distinciones: Primer premio en Concurso “Nuevos escritores”, Maracaibo, Venezuela; Primer premio en Concurso “Nueva Literatura”, Tandil, Argentina; Primer premio en Concurso “Renglones por la Paz”, Hernando, Argentina; Cuarta mención en Concurso “Cartas de amor”, Ciudad de Buenos Aires, Argentina; Primera mención en Concurso “El cuento del día”, Virtual – Facebook, El cuento del díaicar.car.
Enlaces a publicaciones electrónicas: http://www.federicobaggini.com/escritura
Obras: Acariciapájaros y otros cuentos (2012), Repeticiones, reiteraciones. (2016), Agonías (2016). En los tres casos en Buenos Aires, edición sin marca editorial.


DECLARACIÓN JURADA
Federico Luis Baggini ©

Aquí andan,
Aquí andaban
Las trasañejas alambradas,
La trasbocada figura del río,
La trascendencia de la madera,
El transcurrir de los maizales,
El trasfondo delicado de una lealtad.

Aquí el algodón,
El método de las algas.
El rítmico ensueño de las cigarras,
El espasmo de las nebulosas,
De los alerces,
El sol serpenteante sobre los espejos,
La utopía embravecida,
¡La utopía!
Con sus pujantes escoltas por el viento.

¡Y es que no…!
Nos persuadió lo fétido
El criterio bullicioso de los resumideros,
Los ondulantes gemidos de poca monta,
La vehemente masilla,
La saliva castrada del asfalto,
La literatura de endeble entraña,
Las perfecciones,
El espectro sin remiendos.

Y allí estamos:
Exhaustos,
Más flácidos que siempre,
Con la tenue carne infecta,
Por tanto tratante y crujido sin vida,
Como inevitables sortilegios machacados,
Por la ansiedad y la jaqueca.
Como el alarido de las cloacas,
Que viajan en colectivo,
Y se quejan,
Y se aprietan
Sobre el óxido de las axilas y las lagañas;
Como tiesa nariz
Que destierra sobre otros y se disculpa,
Bajo la bovedilla
Y los timbres
Y la súplica de los espejos.

Y allí estamos:
Rebosantes de infamia y de baba,
Rebosantes de bilis y desacuerdos preacordados,
De sorna bobina,
Araña,
Mosquitos desechos;
Con el casco colmado de viruta regurgitada,
Con las arterias hinchadas de escorpiones exudados,
Con las orejas acordonadas de empantanadas orillas,
Y campos de sal,
Nada más que sal.

Residuo adormecido de abultadas perturbaciones,
Y excitables lenguas,
Que extravía el erotismo en cualquier parte,
Que equivoca el querer con el abrazo,
La rima con la fatiga fermentada,
El breviario con los inventarios en serie.

Devastados autómatas del acaso y el tedio,
Con el musculo comprimido,
Por los muros de yeso y entrañas de plata,
Por las yemas recubiertas de ávido vacío,
Por decrepitas flemas de corbatas tiesas,
Por cuantos urinarios con cortes de servicialidad
Estallan las penumbras,
Esquilan las cataratas,
El edulcorado cálamo,
El flujo untuoso de los adulterados corceles,
Sin cuartillas,
Sin crines,
Ni brotado orbicular de opio,
Que los lleva a la apetencia,
A empeñar la promesa,
A subastar el vientre,
A amputar en trozos sus veneradas raíces,
A engullir las patrañas que divulgan los faroles,
Los filamentos tuertos,
Los empalagosos pescuezos que ostentan el lenguaje,
Y recitan,
Y afirman,
Y proclaman,
Ante grises montaraces de latón que no orinan,
Ante la muchedumbre,
Que desde una distancia prudente
Podrá aparentar amapola virgen,
Aunque de cerca apesta:
A transpiración oprimida,
A llanura velada,
A martirio estéril,
A rabia atorada,
A excremento confinado,
A cuervo muerto.

LO POCO QUE NOS QUEDA
Federico Luis Baggini ©

No se trata de eso,
se trata de la uña del silencio,
un ruido ensayado,
el gesto asumido
del aroma entonces.

Una desesperación en la punta
de los árboles,
un desencuentro con mucha prisa,
estatuas frente al espejo.

Del pasillo con su revoque de voces,
un desamparo antes de llegar,
el empinado afán de toda escalera.

La otra mitad de la muerte,
una niña y los vidrios en su preludio,
cierta locura en breves giros.

Océano encerrado entre hijos,
higuera del alarido / mitad del violín,
algún párpado que llena lo ínfimo.

Nace un vientre sin cuerpo,
abastecer las manos
hacia el semblante,
la piel del incienso,
frente a tanta piel.


PARA RESPIRAR
Federico Luis Baggini ©

Corales
penden de un hilo
este suspende una —unas— nube/s
esta flota dormida gira sin
dejar espacio alguno entre
aire y aire
fuera de sí, fuera de nadie
El pozo de una vara
desfila prestado
algún cuerpo
de la dignidad
enterrado hace tiempo
hará brotar sus manos de la tierra
hará tres o cuatros besos
Dará de amar.

Un pretexto
antes de la corrección
rezonga el elefante
dentro de su pensión
Poco importa su tamaño
si nadie lo puede ver.

Un deseo antes
los huesos mojan y humedecen
la limosna atizada apenas
atenuar atemperar
regar la sangre con un poquito
de Salsipuedes
o algo de acordeón
mientras un furor de ollas
disputa el fervor del olvido
crecen las calles en el fuego
se adelantan las pieles irrompibles
De algún modo todo y todos
en una trenza
los rostros de la suciedad
y las cerezas de quien friega

Sabrán los olores en los ojos
y las pestañas derretidas
La sed será agua
El hambre miedo
El aire su principal
opresión.



WASHINGTON DANIEL GOROSITO PÉREZ

(Montevideo, Uruguay, 24/6/1961) Radicado en Irapuato, México desde 1991. En 1999 obtuvo la ciudadanía mexicana por naturalización. Catedrático universitario, periodista, conferencista, poeta, ensayista e investigador.
Ha obtenido premios de periodismo, ensayo, cuento y poesía en Uruguay, México, Brasil, Argentina, España, Estados Unidos, Alemania y Francia. Ha integrado dieciocho antologías literarias en Uruguay, México, Argentina, España, Italia y Estados Unidos.
Ha publicado en Brasil, Ecuador, Suiza, Italia, Holanda, México, Argentina, Uruguay, Colombia, Estados Unidos, Chile, Cuba, España, Rusia, Israel y Paraguay. Poesía, haikus, poemínimos y microcuentos.
Su poema Gaucho del Uruguay fue ilustrado por el pintor Mario Giacoya y forma parte de la colección pictórica Homenaje a los Poetas del Uruguay.
Columnista de análisis internacional y temas de defensa en publicaciones de México, Uruguay, Argentina y Ecuador.
Miembro de la Unión Católica Internacional de la Prensa (UCIP), Poetas del Mundo y Red Mundial de Escritores en Español (REMES).
Estudió periodismo aplicado a los medios de comunicación social en la Universidad del Trabajo del Uruguay. Licenciado en sociología de la educación. Posgrado en enseñanza universitaria, diplomado en desarrollo humano integral, master en ciencias con especialidad en sociología. Actualmente cursa doctorado en ciencias con especialidad en pedagogía.


EL MONTE HERIDO
Washington Daniel Gorosito Pérez ©

Una algarabía de colores
como un arco iris
rompe con el negro de las nubes nocturnas.
El monte amanece herido.
Brota de él un humo azulado,
los árboles mandan
señales de fuego apocalíptico.
Batahola de extinción.
La tierra de dolor preñada.
Las aves huyen,
no es el invierno que las aleja.
Hay exilio de aromas florales,
se oscurece el verde de la esperanza,
mientras se cierran
los pulmones del planeta.


EL ÁRBOL
Washington Daniel Gorosito Pérez ©

Las veloces golondrinas
cierran las ventanas del cielo,
multiplicidad de movimientos,
muchedumbre sin fronteras.

Abajo,
locomotoras que aúllan
el dolor de los migrantes
que trepan
pletóricos de pavor.

Pequeñas realidades inconexas,
en el círculo blanco del tiempo.

Náufragos en tierra,
islas de indiferencia y cenizas
los marcan.

Sus ojos inquietos buscan
el azul liberador del cielo
y la verdadera luz del sol.

Mientras,
el corpóreo ombú
fantasmagórico,
un árbol monumental
imagen salida de un negro sueño,
extiende sus manos vacías
recibiendo páginas sepias
que le regala el viento
con residuos de palabras.


EL GRITO DE LA TIERRA
Washington Daniel Gorosito Pérez ©

Desde el fondo de la tierra brota un sonido…
Se oye desgarrador.
No hay brisas luminosas.
Ni pájaros que vuelen.
Los nidos y el cielo se ven desiertos.

¿Por qué no resuenan las tonadas
armoniosas en el cielo?
Nadie las oye, o somos sordos al viento.
Ya los brazos de los árboles,
no se elevan con donaire,
caen como cansados a ambos lados del tronco.

Las hojas no vibran al ser acariciadas
por el Pampero del sur,
solo caen…
No hay canto, hay lamento…

Lamento del mundo,
a través del grito de la tierra.
¡Cuánto dolor dormido y atrapado!
Desechando sombras, sofocando infiernos.

Ruedan lágrimas de intenso dolor,
por vanidades que han cubierto nuestras almas,
ciegas al hambre, la deforestación y la polución.

Desde el fondo emerge,
el grito de la tierra,
apremiante de dudas angustiosas
Lamento de un mundo.
Suspenso de guerra…



JORGE ALBERTO BAUDÉS

Poeta, narrador y ensayista. Vive en Playa Unión, Rawson (Chubut), Argentina. Nació en Buenos Aires en febrero de 1948.
Publicó los siguientes libros: Enigmas (cuentos de  ciencia ficción) [1], Canticuentos (cuentos, fábulas y leyendas) [1] [5],  El Guardián de la leyenda (risueña historia de la vida de un boy scout en campamento) [2], Cuento con vos (cuentos) [1], Vórtice Patagonia (cuentos fantásticos y de ciencia ficción) [3], Cien verdades y una mentira (reflexiones) [4], Patagonia, donde habitan los duendes (dos nouvelles y cuentos breves para niños) [3], con 2ª y 3ª edición bilingüe, portugués y español [5], Poesía Embrionaria [5].
En vías de edición: Destino programado (novela) y Cosquillas en la nariz (cuentos y poemas para niños).
Sus textos fueron publicados además en diarios regionales y nacionales, así como en revistas especializadas. Algunos han sido incorporados en antologías y textos escolares de Argentina, Uruguay, Bolivia, Estados Unidos (California) y España (Universidad de Málaga). 
Recibió diversas distinciones nacionales e internacionales, entre las que se destaca el primer premio en el Certamen Latinoamericano Jorge Luis Borges de la Fundación Givré, el cuarto premio en el Certamen Internacional Netgame 2000, Ille de Molineux, Francia, y la medalla de plata del Certamen Internacional  Eisteddfod del Chubut 2011.
Fue presidente de SADE - Filial Chubut, cofundador del Grupo Literario Encuentro, con más de veintisiete años de trayectoria, creador del taller literario “Pequitas y Pecosos”, cocreador del evento "Unión Café Concert", de reconocida raigambre en el Chubut, provincia donde reside desde hace más de cuarenta años.
Jurado en diversos certámenes regionales y nacionales, ha sido disertante también en importantes ferias del libro.

[1] Editorial Vinciguerra, [2] Ediciones del Cendro, [3] Editorial Dunken, [4] Editorial Mis Escritos, [5] Editorial Remitente Patagonia.



ROMPIENTE

Vienen olas trepidantes alardeando espumas
rompiendo una tras otra, indecisas,
larvadas, voluptuosas, atrevidas.

Vienen de lejos, expulsadas
de costas bravías en desiguales contiendas,
dentellando mares, sembrando estelas

que recuerden el camino de regreso,
por si hiciere falta desandarlo alguna vez,
e ir adonde han sido.

Vienen y acallan su clamor tras la rompiente
depositando sobre el cuarzo su festón de espuma
y caracolas, con atrapados sonidos de otros lares.

Vienen olas, tal vez me estén buscando…
No esperaré que la marea las diluya
esta vez, saldré yo hacia su encuentro.


QUIJOTESCAS
Jorge Alberto Baudés ©

—¡Señor!, ¿dónde se encuentra la ínsula que me dieras
al precio de acompañarte? ¡Valor que no justiprecias!
pues he llegado al final, quedándome ya sin fuerzas
para vencer a molinos, donde tú ogros encuentras.

He desandado los valles con mi borrico, impaciente,
cruzando vados, desiertos, densos bosques, ríos, prados
el frío escarchó mis dientes y el sol ya me ha resecado
consolé tus desventuras sin ver a quien tienes frente

ya que ogros sanguinarios y damas en franco riesgo
no pude observarlos bien, tal vez por estar yo lejos
o tal vez porque en la historia solo fui un escudero.
—Ten Sancho confianza en mí, porque nunca te he engañado.

En la tierra prometida, (según lo que me han contado)
existen grandes praderas, y pastos nunca soñados,
sus costas las baña el mar, en las montañas hay lagos
la fauna abunda y el viento, en ella se ha enseñoreado.

La gente canta y sonríe, se dan la mano, confiados,
el galés y el aborigen convivieron como hermanos.
La ínsula prometida con la que siempre he soñado
es de nombre Patagonia, y es allí, adonde vamos.


¿QUÉ HAS HECHO TÚ?
Jorge Alberto Baudés ©

¿Qué has hecho tú, pequeño, para vivir tal suerte?
¿Por qué pides limosna por las calles
si pecado no he podido conocerte ?

¿Qué has hecho tú, reencarnado en tal castigo
que las sobras te alimentan y la noche te cobija
con un manto de estrellas como abrigo?

¿Quién eres tú que mi presente impregnas
con el dolor de la culpa, con preguntas sin respuestas,
con promesas no cumplidas, con historias que no cuentan?

¿Quién seré yo de aquí en más
si en cada niño que vea volveré a verte?

¿Cómo podré vivir ya sin recordarte
sabiendo que la simple intención no cambiará tu suerte?

¿Cómo podré aún vivir yo
si con mi actitud indiferente dicté tu muerte?



MARCOS MIGUEL CORONADO

(Chota, Perú, 987). Docente, poeta y narrador. Realizó estudios de educación en la UNPRG de Lambayeque donde se licenció en la especialidad de Ciencias Histórico Sociales y Filosofía. Asimismo ha realizado estudios de posgrado en Ciencias de la Educación con mención en Investigación y Docencia en la misma universidad.
Ha sido ganador en los Juegos Florales (género narrativo) realizado por la Facultad de Educación de la UNPRG en 2009. Publicó el libro de cuentos El último tañer de las campanas (2010). También ha publicado en la revista digital “Los Omniscientes”. Trabajos suyos fueron incluidos en antologías como Conclave para el verso y Gala Poética.


GALA, BÁLSAMO DEL DOLOR O EGERIA DE LA LOCURA
Marcos Miguel Coronado ©

Gala es como un chorro de luz tras un volcán iridiscente
que engulle desde su magma cuando me mira.
Ahora el cielo es azul con ribetes blancos
pintados con un dedo de azafrán.

En un día totalmente nuevo, como un fénix tierno
listo para andar, vapuleado por su impotencia
de encadenarse nuevamente a la quietud.

Desde el ornato balsámico de madreselvas y alelíes
me detienes los pasos que van directos a la locura
y en su lugar me hablas de amor,
del loco corazón prisionero en una jaula de huesos.

Pero encuentro sabiduría en el espejo,
el gay saber que los letrados desoyen. Y te pido tiempo
para entenderme con los míos, con las corbatas viajeras
y los desterrados zapatos. Y también el polvo que viene detrás.

Con el espacio ciego y el tiempo en el pecho,
voy por las calles gritando inconcluso,
entonces, los años me asaltan sultánicos
y he vuelto hoy, tan lejano, apenas,
sediento y con los piojos blancos.

Gala, se ha ido, se ha cansado de mí, del dolor
que significa parir un monstruo y esperar, esperar qué,
esperar el tierno metamorfoseado del placer.
El tiempo es para ella medida en una flor, y, tiene prisa.

Gala y su mirada aviesa y su seno inquieto
ya no encontrarán soltura en el viejo puerto del amor
a la brisa de un día de arco iris sobre el mar.
La belleza le es tan lejana ahora, Gala,
la acuarela tenue del dolor.

Mis malabares con la poesía no significan ya más
que un payaso y un semáforo de la urbe gris,
una mascada se alza titánica y nubla mi ser.
Entonces vuelve la ciudad con su bronce corvo
a plañir tan fuerte en mi interior y caen los falanges
como una pandemia de gusanos níveos en baldosas.

Miro. Sedienta la hoja roja, afila sus fauces en lo alto.
¿Qué quiere? ¿qué busca? Acaso la piedra reclama
el cortejo nupcial a deshora. Soy quien se niega a volver
al altar sepulcral. Los cipreses y su espera convulsa
a distancia quedan enhiestos con otoñal atuendo, frígidos,
esperando en vano el nupcial cortejo.

Mi castillo de naipes se tambalea sobre una cuerda de nudos
como un quipu hereditario, un can roe aprisa las orillas
de sus cuatro suyos. Sé que la hora envuelve
de martirio al reloj. A qué viene tanto tormento.
Sabe mis plantas andantes del finito caminar.

¡Oh Muerte, en qué vientre de líquido aquelarre
se jugó tu suerte, tu sino, en qué senil estatua ocultas tu ira!
Gala, hace fiesta en su sexo y tú, qué júbilos festejas.

Wagner, hace espectáculo con los jirones de mi piel,
los enloda, los purifica, los tira a la negra lluvia,
y hace un terciopelo para cubrir a la sombra.
A ti soberana tumba, qué te aflige.

Entonces veo aparecer tu rostro líquido
suspendido en el espacio corpuscular de la noche.
Te interrogo. Hay entre mi pupila y tu cóncavo párpado
un dilema incognoscible, un juego de azar sublime
que envuelto de misterio acorta nuestras distancias.

Ha sido un efímero sueño. Has sido un sutil
tropiezo del yugo humano. Ahora, cada respiro,
cada transpiración de los poros es un azahar florido.
Sensación que se produce al leve vibrato de tu dolor.

Es medianoche y el pez nocturno a puesto con sigilo
su ojo en lo alto, vigila tu faz líquida desprenderse
de mi glándula durmiente, tras el fuego acuoso del esperanto.
Las ninfas han muerto. Heroida, recorre la fosa.

Gala, prístina recorre no solo los dominios del dolor,
sino, balsámica, entra en los intersticios de mí ser.
Mi pobre alma desnuda no resiste tal intromisión
y se resquebraja como un cirio apenas temperamental
que espera la ascensión de los clavos religiosos.

Gala. ¡Oh, Gala! mi florido jardín de alelíes y ninfas,
de azahares y esperantos; morirá antes del invierno.
Que loca visión arrebató tu esbelto talle.
—Nada, dices. ¿Pretendes el signo natural de la muerte?
Callas. Por qué callas desesperadamente.

Llega la aurora matutina al dintel de mi cuarto
que cubre su nocturna estancia sigiloso.
Llega con éxtasis de una transición malsana y trashumante.
Invoco en desesperación al fénix de la noche,
al cuervo negro de Poe. Y no hay más
que tus ínfulas llenando el aire.

Ni laurel ni cantos satisface tu locura arrebatada.
Respiras adicción. Ni el propio opio se compara
a tu frenética locura de secundarme desde las falanges.
Tortura que impones cual veneno contra toda ilusión de libertad.

Has vuelto al poeta esquizoide en su juventud,
¿Qué será de sus años de olmo, de bisturí?
¿Qué será de su hambre, de su imaginación? ¿Su sed?
Sumisión + dolor. Sumisión + hambre = dolor.
Seducción + cadáver. Seducción + otra vez cadáver = dolor.

Dónde está la compasión de la muerte hipnótica,
ahora que la mañana desde un sueño proverbial avanza
tras las migajas de un cirio desnudo que se envuelve
en un llanto flamígero dispuesto a quijotesco batallar.

Apagado y humante en los brazos otra ves de la aurora,
sediento, cual mármol rocoso y salino, con las falanges exangües
de náufrago en la orilla opuesta, que vive sueño o delirio,
de cadáver y sombras vuelto a renacer.

He de invocarte desde el sepulcral destino: Gala…
Gala, bálsamo del dolor o Egeria de la locura.

   


SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 74 – Septiembre de 2017 – Año VIII
ISSN 2250-5385
Exp. 5316575 del 20/10/2016, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.


Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

(currículo en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/ - Suplemento Nº 56)




Colaboradores

Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 13:





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Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
 @mon_villarreal
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:



El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite AUTORES.

 @RyFRev Literaria

 @RyF_Supl_Letras

Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.

"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm