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jueves, 1 de septiembre de 2016

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 70 – Septiembre de 2016 – Año VII
ISSN 2250-5385
Inscriipción gratuita como LECTOR
si escribe a zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral)
"Íbico de Rhegium"
Mónica Villarreal (2016)
(Técnica mixta sobre papel, 14x11 pulgadas)
Serie "Poetas Clásicos Griegos"

Sumario:

• Estela BARRENECHEA (Argentina)
• Ángel AUGUSTO UICAB (México)
• Julián van QUEKELBERGE (Argentina - Gran Bretaña - España)
• Paul FABRA (Uruguay)
• Ana ROMEO MADERO (Argentina)
• Álvaro Alfonso ACEVEDO MERLANO (Colombia)
• Claudia AINCHIL (Argentina)
• Óscar Alberto MARCHESÍN POLINELLI (Argentina - Uruguay)
• Alejandra ZARHI GARCÍA (Chile)
• Alberto Julián PÉREZ (Argentina - Estados Unidos)
• Marco ORTEGA COLLAS (Perú)
• Julio GARCÍA VENTUREYRA (Argentina)



ESTELA BARRENECHEA

Poeta, narradora y estudiosa de la filosofía, nació en Buenos Aires, Argentina, en 1938. Graduada como Contadora Pública Nacional en la Universidad de Buenos Aires (UBA), ejerció la docencia en filosofía en el CBC de esa misma casa de estudios.
Un currículo más completo puede apreciarse, junto con algunos poemas, en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 66:



LA CASA DE AL LADO
Estela Barrenechea ©

La noche previa a la Navidad se presentó misteriosa y atractiva a la vez. Como todos los diciembres, el estado de la ciudad conquista un clima diferente. En otras partes del mundo, el tiempo frío y la nieve otorgan magia a esos días. En el hemisferio sur pasa todo lo contrario. En Buenos Aires, la iluminación de la ciudad y sus monumentos es discreta. La gente deambula en su afán de compras, aunque se la ve agotada por el infierno de calor. Este agobio se traslada a los árboles, plantas y flores que adornan las avenidas. Hasta la belleza del jacarandá se ve opacada cuando sus flores violáceas caen mustias. Excepto en los oasis de aire acondicionado, el caminante sufre la pesadez y humedad del ambiente. El sol violenta con su luminosidad. Los ojos lagrimean y se cierran ante tanta luz, la piel arde y una energía mórbida se apodera de muchos de nosotros. Las calles no tienen las características de los días comunes. Aturden los vendedores ambulantes. Los objetos en las vidrieras levitan de tanto colorido y en todas las esquinas hay puestos de fuegos artificiales. En medio de esta humedad ardiente, cosa común en estas zonas orilladas por el Río de la Plata, la gente trajina de un lado para otro.
Habitualmente, termino mi trabajo de oficina a las siete de las tarde, pero ese día nos dieron franco desde las cuatro. Siempre tomo el subte, pero tratándose de vísperas de Navidad, dudé. El día era tan azul, que me pregunté si no sería mejor tomar un colectivo antes que encerrarme en algún túnel. Si bien mi labor del día había sido ardua, casi anormal para esta época del año, logré retirarme a la hora permitida. Quería llegar a casa cuanto antes para preparar la cena de Nochebuena y sobre todo, no perder la serenidad ante la tarea que me esperaba. Éramos una familia numerosa y estaba segura de que me llevaría varias horas.
Vivíamos en las afueras. Después de unos cuantos minutos en la parada, pude subir con dificultad al colectivo. La luz porosa del sol daba de lleno sobre los asientos. Cerré los ojos. Pensé por un momento en la refrigeración, mientras mi pollera se pegoteaba en el asiento de plástico.
El trayecto fue largo. Pasada una hora y veinte bajé. Seguí caminando y en la plaza del barrio me detuve frente a los escaparates de las tiendas, este año más adornadas que nunca. Observé luces, cintas de colores y campanillas, pero todo eso ya lo tenía; faltaba comprar los regalos familiares. Llené las bolsas que había traído con ositos de peluche, remeras deportivas acordes a la edad de cada uno de los niños y billeteras para los adultos. Finalmente me compré una agenda. Cargué con todo y me dirigí a casa.
En el momento en que estaba por entrar, lo vi. Era mi vecino desde hacía quince años y nunca había reparado demasiado en él. No recordaba siquiera su nombre. Era sumamente extraño. Cualquier diálogo con él, a nosotros nos molestaba y además no nos era simpático, pero ¿cómo retroceder y hacerme la distraída? Sin observarlo demasiado, entré a casa. Mi marido se deshizo en atenciones al ver todo lo que cargaba. Los chicos subían y bajaban por el pasa-manos de la escalera sin detenerse.
—Quédense quietos, por el amor de Dios. Están demasiado transpirados —les dije.
Obedecieron sin chistar, arrebataron los regalos con una explosión de alegría y se fueron adentro con la promesa de no abrirlos hasta el día siguiente.
Mi marido y yo quedamos en silencio. Él continuó leyendo el diario y yo me dirigí a la cocina para despejar la cabeza. Debía preparar el adobo del lechón para poder hornearlo en la panadería. Antes de ponerme a trabajar con las especias y distribuirlas lo mejor que podía sobre la carne rosadita del cerdo, desprendí el delantal del perchero para ponérmelo. Mientras lo hacía, sentí un cansancio extraño, un malestar que minaba mi usual voluntad de hacer. Hacía tanto calor que por instantes pensé, “qué maravilla si pudiera estar desnuda.” Miré casi con desesperación la tarea que me esperaba. Antes de desplomarme en una silla, fui a la heladera para tomar un vaso de agua fresca.
Unos ruidos chirriantes me hicieron saber que eran las ocho. Estos sonidos desagradables siempre se repetían a la misma hora. Aunque lo sospechaba, no sabía bien de dónde provenían. Quedé en estado de alerta. No se trataba de algo que se percibiera nítido. Además, estos ruidos producían una sensación incómoda, irritaban. El sonido parecía volar hasta la cocina. Salté de impresión. Lo más extraño de todo esto es que, al cabo de unos segundos, se silenciaba. Nunca pude detectar el lugar exacto de donde venía. Lo escuchaba invariablemente cuando retiraba algo de la heladera. La pared donde se apoyaba lindaba con las habitaciones del vecino. Aquel ruido no se parecía a nada, ni siquiera al rasguido insoportable que desata el contacto de dos materiales que se rechazan. Cada vez que lo oía me sentía indefensa. Me pregunté por qué estos sonidos producían en mí impresiones negativas que se iban acentuando aún más por el silencio discreto que los seguía.
No acababa de ponerme el delantal, cuando sonó el timbre. Oí a Pablo conversar con nuestro vecino y decirle “Mi mujer está ocupada pero le voy a avisar”.
—Te quieren ver —gritó.
—¿Para qué? —contesté.
Pablo se aproximó y dijo:
—Tené cuidado. Son gente rara. Parecen totalmente descontrolados.
—Exagerás —dije, con voz molesta.
—Algunos de los del barrio, los llaman ácratas1, por esas reuniones misteriosas que realizan en el interior de su casa. Por favor, Catalina, evitemos tener un problema con ellos. Sacátelos de encima —dijo mi marido con un tono rarísimo.
Salí de la cocina con pocas ganas, siempre había creído que esta gente, mis vecinos, eran inclasificables. Abrí la puerta de calle y esbocé algunas palabras de compromiso: “Disculpe que no lo pueda atender debidamente, pero estoy muy atareada con la comida de mañana”. Por supuesto, le puse la mejor cara y le hablé mientras deglutía una galletita. Fui amable y él dijo algo que ignorábamos, que su mujer era médium y que, por las tardecitas, invocaba a los espíritus importantes que habían fallecido en la ciudad.
—¿Sabe, vecina, que, aunque parezca increíble, se oyen las voces de algunos de ellos? Especialmente la de Rosas que dice: “Maten a los salvajes”. El espíritu no dice unitarios, en realidad no sé a quiénes se dirige. Pienso que se refiere a aquellos jóvenes irredentos, rebeldes a la autoridad, como los que hay hoy en día —dijo el vecino mirándola a los ojos—. Ustedes no solamente tienen hijos pequeños, sino también un adolescente insensato. Siempre lo veo cuando sale para la facultad con sus crenchas sobre la espalda sin desenredar. Pienso que es un hippie. ¿Usted está segura de que no se droga? Ni siquiera saluda.
Al escuchar tanta sandez, rápidamente asocié los ruidos que llegaban hasta mí en la cocina con las reuniones que mantenía esta gente extraña en su casa. Me quedé meditando si serían espiritistas o simplemente locos. Pensé: “¿Por qué Rosas, si él era un hombre de comienzos del XIX?”.
Tanta fue su insistencia para que conociera su casa que cavilé: “No pasa nada si entro unos segundos”. Pese a la canícula, un sudor helado recorrió mi cuerpo. Cruzamos la puerta del patio que era una de las entradas. Soy consciente de que no puse obstáculos y que, paso a paso, recorrí la distancia que separaba el patio de los cuartos interiores. Él me llevaba como a una sonámbula. Las habitaciones eran tres y había otro pequeño cuarto que daba a un vestíbulo por el cual se salía a la calle. Avizoré que la casa tenía dos entradas. La distribución era muy extraña. Todo daba al patio, hasta la cocina. En cuanto entramos, el vecino llamó a su mujer:
—¡Berta! Vení que tenemos visitas.
Entreví su figura en medio de las tinieblas. Ya había oscurecido. La noche había caído y no había más que una luz mortecina, que iluminaba levemente las baldosas ocres del suelo.
Entramos en una habitación, luego en otra y luego en otra, hasta llegar a ese pequeño recinto en el cual no había más que una mesa y una lamparita, que le daba al lugar un aire espectral. La luz era muy tenue y esparcía una iluminación rojiza. Pensé: “¡Qué raro! Los ojos de Berta, negros antes de entrar al cuarto, con esta luz parecen casi rojos”.
Había una mesa con una insignia punzó y no sé cuántas sillas. Por momentos me obsesionó la idea de quedar atrapada allí y no poder marcharme. Berta intentó entrar en trance, pero yo sabía que esto es imposible cuando el visitante no es creyente. No podía dejar de mirarla y de pensar que todo era una patraña.
Les dije que me iba, que estaba apurada, que tenía que cocinar, que mi esposo estaría ansioso y desanduve el pasillo que daba a las piezas hasta llegar a la cocina y salir nuevamente al patio. Con sorpresa, vi tres soldados uniformados que montaban guardia.
Recordé a los confederados de Rosas. Parecían fuera de cualquier época, sin edad. Los saludé con horror y no respondieron. Ellos me dejaron una impresión que aún quisiera olvidar. Cuando atravesé la puerta de mi casa, no quise hablar una sola palabra con mi marido. Estaba obsesionada con lo ocurrido. ¿Qué pasaba en la casa de al lado? ¿Quiénes eran los uniformados? Esa guardia de uniforme inquietaba y me hizo sentir, en contraste con la serenidad de mi hogar, un temor difuso. Muy inquieta, pensé: ¿Cómo evitar, a partir de esa extraña visita, no enmudecer de terror al escuchar los ruidos detrás de la heladera? ¿En qué barrio vivíamos? No debía poner el grito en el cielo por la locura de los otros.
Después de unos minutos, cuando entré a la cocina, la sensación ingrata de miedo desapareció. Tal vez fuera el aroma fresco de las especias, desparramadas sobre el apetecible lechón, lo que me animó a seguir con la tarea.

Este cuento pertenece al libro Voces de Buenos Aires (aún inédito), de Estela Barrenechea.


A continuación, tres obras del poemario “De claros y de sombras” recientemente publicado por Alción Editora:

ENTRE LOS BARRANCOS
Estela Barrenechea ©

Como lo hace el río en la avalancha del agua
quisiera penetrar tus orillas.
¿Cómo se me ocurre, en el sueño de la tiniebla,
pensar tu camisón de viento?
Extraviado,
sin más nombre que tu nombre
desenredo tus cabellos de humo.
Qué me hizo tu piel,
el nido loco de tu pelo y vos mojada de noche
para que me queme la vida
en ese lugar —refugio de víboras— y
la yarará por aparecer.

Solo tu cuerpo bronce, mi garganta y mi desespero
arden, allí, de pie.


EL ESCOZOR DE LA VIDA
Estela Barrenechea ©

La imagen
es indiferente al mensajero del deseo.
Ella murmura, viene y se va, nos cubre
como un río sin cauce.

La solitaria soledad se arrastra
como serpiente
hacia la fibra flexible del cuerpo (la voz).
Ese almizcle aromatizador de nombres, en mí,
chorrea juventud.


CONTRA LA MUERTE
Estela Barrenechea ©
“Nocturnidad más áspera que el sueño,
más dura que los días,
vivo adentro, en la red de lo imposible.”
Máximo Simpson.
I

En la mente,
semillitas de ideas
golpean la intemperie
desnudando los muros de mi razón.
Cómo encontrarme (con los párpados mojados)
con el gusano de la vida.

El poder del recuerdo
da luz al ímpetu de la materia.
Hay días en que creo toco el silencio y el canto.
Abro cada oído mío
a los ritmos intermitentes
y alumbro los acordes del enigma.


II

Hay veces,
los viejos amantes invaden mi cuarto
vistiendo el paisaje.
Bailan.

Tomo fuerza en la liturgia del despertar.
¿Cómo es posible que vea
figuras amadas
acurrucando la dicha en el cuerpo del sueño?



ÁNGEL AUGUSTO UICAB

Mérida (Yucatán), México (1988). Obrero. Poeta y narrador. Un relato suyo fue publicado en la antología #ESCRIVIVE-PLAYA (Greca, 2016) de Playa del Carmen. Ha publicado en las revistas digitales: Monolito, Revarena, Factum, Bitácora de Vuelos, Cirrosis. Actualmente tiene a cargo la columna “La Memoria del Pájaro” en la revista delatripa: Narrativa y algo más.


METAMORFOSIS
Ángel Augusto Uicab ©

Desenredas la madeja de mi lengua
Tejes con el estambre y mis pestañas
Capullos en dónde guardar mis ojos

Mañana al abrirlos
Serán polillas muertas.


NATURALEZA URBANA
Ángel Augusto Uicab ©

Erguido en la acera
Bajo la soledad de un cielo gris
Los pies-raíces hundidos en el pavimento:

El árbol
Centinela del tiempo
Mece sus ramas cenicientas
Y el murmullo de sus hojas
Arrullan al zanate.


HE VENIDO HASTA TU CASA
Ángel Augusto Uicab ©

No a suplicarte una mirada
Porque un cuervo te ha sacado los ojos

No a saber mi destino en la planta de tu mano
Porque en las líneas se dibuja otro rumbo

Solo vengo
A robarte los fragmentos de luz de tus recuerdos
Para romper el muro de oscuridad que se yergue en mi memoria

Me iré tan pronto
Llene este frasco de luciérnagas

Lo juro
Cerraré la puerta
No miraré atrás
Por temor a convertirme en árbol

No volveré la mirada

Me iré
Simplemente
Así
Como quien se va.


A LA SOMBRA DEL ÁRBOL
Ángel Augusto Uicab ©

El cielo detrás de la rama
Lluvia de luz a través de las hojas
Las hojas bailan
El pájaro en su nido duerme
El viento canta

Una hoja se desprende
se contonea en el aire
cae
Se posa en mis labios

Intento guardar un haz de luz en mi pupila
Intento guardar el verde del árbol en mi otra pupila
Mi vago intento de ser pájaro
De ser tierra
De ser pasto
De ser viento
De ser árbol
De ser…
De ser  se va una hoja con el viento
Soy naturaleza y duermo.


LUGARES DONDE SE PUEDE ENCONTRAR A SATANÁS
Ángel Augusto Uicab ©

1
Levanté una roca
Encontré sus cuernos
La terminación de su cola
En forma de hormigas rojas
De cientos de mordeduras en mi cuerpo

2
Partí un trozo de madera
Encontré sus manos
Aprisionándome las manos

3
Asoma en la mirada de un viejo
Cuando al pasar un par de tetas grandes
Siente un cosquilleo en la entrepierna

Una serpiente palpitante que muere
Luces neones que se apagan

4
Una rosa marchita
Entre las páginas de una biblia

5
En sus alas
La mariposa negra
Carga un rostro
Que esparce en polvo por todas partes

6
Bailando con tutú y zapatillas
En el estómago vacío
De un niño hambriento

8
Ya me lo habían dicho los que cazan mariposas
Los que se ocupan del oficio de hacer carreras con caracoles
Los expertos en el arte de hacer rabietas:

En la legaña de un perro

9
En la belleza de un niño
Dios ha pintado los rasgos de un
Ángel

10
Un topo rabioso
Dentro del coño de una puta.


SUELE SUCEDER
Ángel Augusto Uicab ©

I
Que un jardín florece
Cuando un hombre y una mujer
Pronuncian que se aman

II
Que el amor
A veces
En el agua del tiempo se disuelve

III
Que hace eco el canto del gorrión
Cuando busca la preciada miel
En pistilo ajeno

IV
Que en las madrugadas
Cuando llora ella
Es una suerte de río que se seca

V y VI
Que la primera vez que la mano de él
Pájaro de mal agüero
Surca el rostro de la mujer:
Se forma un cardenal en su mejilla
Y ella en su pobre jaula
Es una especie de ave deshojada

VII
Y cuando él —cobarde y desesperado— le canta “Te amo”
Se lee entre sus labios
Una flor marchita.



JULIÁN ANDREW VAN QUEKELBERGE
.
Nació en Buenos Aires, Argentina (1962), está nacionalizado británico pero vive en Alicante (Comunidad Valenciana), España.
Poeta y narrador. Obras: Flores carnívoras (1995-97, cuentos), Adentro del fuego (2000, poesía), Me buscarás en todos los hombres y no podrás encontrarme (2008, novela), Revólver de mujer (2013-14, novela), Sir John y la máquina de los instintos (2014, relato), El país de los aromas (2015, novela). Mención de honor por sus cuentos La pantera y La luciérnaga. Fue publicado, entre otras, por las revistas MargenCero y Resonancias.org.
Licenciado por el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda (Argentina). Ha realizado diversos cursos de arte, cine, video, iluminación y fotografía. Ha hecho exposiciones de arte fotográfico e ilustrado con dicho arte diversas publicaciones. Asistente de dirección de cine publicitario, entre otras actividades. Domina tres idiomas: inglés, español, portugués y tiene conocimientos de Italiano.


OJOS BLANCOS
Julián van Quekelberge ©

Amaste como un sediento en el desierto. Bebiste el elixir, el oasis de sus piernas de sirena. Sus pezones al rozar tu piel, te imantaron y erizaron, trasmitiéndote su energía.
Tuviste una extraña sensación, sentiste algo increíble, una plenitud y una intensidad, que nunca antes habías experimentado.
Ella llevaba una flor en el cabello. Era tan atractiva... Ese tipo de mujer de la cual los hombres se enamoran con locura y dan lo mejor de sí.
Su sonrisa te conmovió y su mirada tuvo la chispa que encendió tu vida.
Te abrazó mendigando cariño, te entregaste, te emborrachó con sus caricias, escarbó tu pecho, devoró tu sexo, deshojó el tiempo, la cicuta en los muros y tocaste el cielo con las manos. Un maravilloso cielo de fuego y nubes de pólvora. El divino cielo del infierno y el pecado, donde se calcinan los ángeles.
Te habló con silencios, el strip tease de su mirada y sus ojos amarillos. Hubo un puente mágico entre sus ojos y los tuyos. Su mirada entró en ti, robó tu alma, dejó su ausencia.
Hizo unas señas, extraños gestos y dijo algo inexplicable en una lengua muerta y olvidada. Luego escribió cábalas, hechizos y dibujó un círculo de fuego y un mapa celestial con los signos del conjuro.
Volvió a mirarte y te atravesó como un fuego o las llamas de un incendio. Hubo un destello que se transformó en un relámpago incandescente y cayó en tus ojos. Quedaste atrapado en la red de sus poderes. Caíste en los abismos de su mirada como una mosca en la miel.
Enloquecido, te tapaste la cara con las manos como para sacarte el ardor, pero ya era tarde…
El desgarrante dolor fue indescriptible. Luego intentaste abrir los ojos pero nada veías, solo sombras.
En tu retina, las imágenes se derritieron con tus lágrimas.
Trataste de parpadear pero no pudiste hacer nada ni reaccionar.
Ella acarició tu frente, abrió una ventana invisible en ella, se deslumbró con los paisajes de tu cerebro. Entró en él, te vistió de sombras, se llevó tu luz, aquello que tenías e ignorabas, los tesoros que había en ti, la pureza, el amor y aquellos sueños que te habían mantenido vivo.
Desesperado, respiraste en forma profunda porque sentías que te ahogabas. Luego exhalaste el aire que había en tus pulmones hasta vaciarte. Todo comenzó a abandonarte, los sonidos, los colores, el sentido del olfato, el gusto. Los abrazos se alejaron como las alas de los pájaros, las caricias, el amor, el dolor, las ideas, los recuerdos...
Todo se fue yendo como una nube que se lleva el viento.

Entonces te besó y te dijo:
“Eres maravilloso, te quiero”…
Lágrimas espesas cayeron por tu rostro.
Al día siguiente ya no te amaba. No pudiste hablarle, no pudiste verla. Tus ojos estaban muertos, ciegos, blancos, como la nieve que lentamente se fue derritiendo bajo tus pies, mientras te hundías.


ESTUVE TAN LEJOS QUE CASI ME FUI...
Julián van Quekelberge ©

El anciano estaba en el jardín, sentado en un banco de piedra. Tenía los ojos cerrados y la mano derecha sobre el pecho. El codo izquierdo estaba sobre el apoyabrazos y la mano en la frente sostenía su rostro. De la muñeca pendía una pulsera de oro con un delfín.
Adormilado comenzó a cabecear mientras entraba en un sueño profundo. Se vio de niño en los árboles, jugando a las escondidas y en el caballito de la calesita.
Al asir la sortija, saltó, corrió al encuentro de su padre y se la mostró con orgullo.
—Ahora tenés que pedir tres deseos y vas a ser muy feliz —le dijo su padre.
El niño lo miró sin entender. El padre sonrió, acarició el remolino de pelo corto que terminaba en el centro de la cabecita y lo besó.
El niño, con una alegría exuberante, se puso a correr como un loco, sin tener noción del tiempo, sin saber si una hora era mucho o poco, de aquí a la esquina o a la luna...
Sin embargo sabía que la gente al caminar dejaba estelas de colores con su áurea y el olor de su piel. Jugaba con las sensaciones, escuchaba con los ojos, veía con el tacto, dibujaba el canto de los pájaros, el perfume de las flores y así percibía el mundo.
Yo en cambio —reflexionó el anciano entre sueños— tengo los días contados, las emociones adormecidas; pero hay cosas que jamás olvidaré mientras viva. La vieja casona de mi infancia, el altillo con un baúl del cual sacaba mapas, cartas desteñidas, una brújula, un reloj de bolsillo, objetos inservibles y en desuso, una cajita de la abuela con un diente de leche.
Del baúl surgió el niño con una máscara. Al sacársela, el anciano vio su propio rostro desfigurado por las arrugas. Era un rostro extraño, de aquellos que solo se ven en los sueños o en las pesadillas. El rostro, al igual que los miembros, el cuerpo y las piernas, tenían puertas y puertas... Abrió una de ellas en el pecho. Sobresaltado se tiró hacia atrás y gritó. Su mano temblorosa se alejó de lo que había visto y cerró los ojos, pero luego de rato volvió a mirar la misma puerta, la abrió, metió su mano y cogió una araña.
La apretó con odio intentando reventarla. Se sorprendió al comprobar que estaba hueca. En su interior no había nada. Era la funda que había dejado al cambiar la piel, era la funda del ayer…
No obstante quería extraerle el veneno a algo que ya no estaba.
Se produjo una sombra en su recuerdo. De la penumbra surgió un tren a vapor que avanzó hasta entrar en una vieja estación. De uno de los vagones bajó una mujer hermosa vestida de blanco. Dio unos pasos por el andén hasta llegar a él. Lo abrazó con fuerza, lo besó en la boca y lo tomó de la mano. En la muñeca del hombre se veía aquella pulsera con la figura del delfín.
Atravesaron abrazados la plataforma mientras se besaban y reían. Luego cruzaron las vías y llegaron a un cementerio de trenes. Se escuchó el silbido del tren y se vio el humo blanco surgiendo de la chimenea. La imagen de la locomotora se fundió con un tren de juguete que llegó hasta un precipicio y cayó al abismo.
En su mente, volvió la imagen del maniquí. Abrió una puerta que estaba en la frente. Un hámster corría en la rueda sin fin. La cerró. Abrió otra en la boca y extrajo un reloj de bolsillo que arrojó con furia contra la pared.
Cerró la puerta.
El reloj estalló en mil pedazos contra la pared.
El rostro y el cuerpo del maniquí se fueron descascarando.
Volvió a abrir la misma puerta y con gran sorpresa descubrió que el reloj seguía ahí en el mismo lugar. Volvió a tirarlo una y otra vez. El tic-tac persistía como una tortura de la cual le era imposible escapar.
En forma sorpresiva apareció una enfermera con una silla de ruedas.
—¡Es la hora! —gruñó mientras lo sacudía.
El anciano se despertó, abrió los ojos, la miró resignado y dijo:
—Estuve tan lejos… Estuve tan lejos… que casi me fui…
La enfermera frunció la cara con desprecio y fastidio, lo cargó como una bolsa de papas en la silla de ruedas y se lo llevó.


MAMÁ QUERIDA
Julián van Quekelberge ©

Me fui sin mirar atrás el camino que no volvería a transitar…
El tiempo borró mis huellas y dejamos de ser “nosotros”. Aquellas anécdotas e historias del pasado ya no me pertenecen, los ecos de las voces de antaño, las canciones de la infancia, el llanto, la risa. Ellos, también supieron olvidar...
Cuando regresas a tu lugar de origen, después de muchísimos años, descubres que ya no es tu lugar, las cosas han cambiado, las costumbres, tus amigos ya no son tus amigos. Yo tampoco soy el mismo. Mi madre me desconoce y se pregunta:
—¿Como estará mi hijito?, ¿estará bien?, ¿donde estará?, ¿tendrá hambre?, ¿tendrá frío…
Cómo quisiera abrazarlo a mi chiquito, extraño su mirada tan expresiva, un mimo, un abrazo, un beso suyo...
—¡Yo soy tu hijo mamá! —le digo; pero ella no me cree, lo niega, y me mira con seniles ojos acuosos. Su expresión se torna desafiante y con una ira descontrolada comienza gritar:
—¡Usted es un impostor!
Usted es viejo, “el es joven, guapo y tiene toda la vida por delante”.
—Es que han pasado muchos años, mamá.
—Él tiene los ojitos brillantes y una mirada muy dulce, que no puedo olvidar…
Me han dicho que lo vieron... Dicen que lo vieron, que es muy importante; por eso no tiene tiempo para mí, para escribirme, llamarme o hablarme; si no lo haría, porque sé que me quiere mucho.
Yo he sido muy buena persona y muy buena madre, sabe…

Ella me pegaba en forma atroz con el cinto y la hebilla dejaba en mi cuerpo ampollas y sangre. El dolor era intolerable, la forma en que me trataba, y forjó en mí niñez, el sedimento de mi personalidad adulta, como un ser insulso, anodino, fantasmal, que solo intenta pasar desapercibido, no llamar la atención, no recibir golpes y con un vacío infinito e imposible de llenar.
La infancia deja marcas y las heridas del pasado dejan cicatrices e infectan tu futuro.
El tiempo pasó, los que fueron ya no son, los que estuvieron ya no están y sin embargo marcaron lo que fuiste y serás.
Cuando mi padre la engañaba, ella me sacaba de los pelos al patio en pleno invierno. Yo estaba desnudo y me cubría con las manos. Ella me tiraba baldes de agua y cuando el agua llegaba al suelo se escarchaba.
A veces llovía y me dejaba afuera. Yo golpeaba la puerta, llamaba, lloraba.
Ella se reía, como si se tratara de una broma o un juego.
Pagué su agobio, su bronca, fui una carga, la causa de su infelicidad, de su fracaso o la amarga frustración de no haber hecho nada con su vida.
Nunca se cuestionó el no tener talento, nada que ofrecer.
Yo quería a papá, sí, papá me trataba bien, papá era bueno, papá miró para otro lado y se desentendió... ¿Le importó, se enteró, averiguó lo que ocurría, vio las marcas?...
¿Quién me defendió? Todos lo sabían, nadie hizo nada para impedirlo.

Es difícil amar si no te amaron… Cuando yo estaba distraído y mi mujer estiraba el brazo para acariciarme, la esquivaba aterrado como si fuera a recibir un golpe. Me costó muchísimo cambiar y nunca lo hacés del todo. Carmen, es lo único verdadero que he tenido, mi gran tesoro. Si la perdiera, si me abandonara, si no le importara o si dejara de amarme no lo soportaría.
Mi madre hizo que “yo” me negara a mí mismo, que creyera que si hubiera sido otro me hubiera querido o aceptado.
Llegué a pensar que si hubiera sido otro, alguien más alto, más guapo o inteligente, hubiera colmado sus expectativas y las cosas hubieran sido distintas, lo cual me llenaba de culpa, por no haber sido ese hijo que ella necesitaba.

Mi madre siguió hablando:
—Yo al mirar a mi hijo, sabía si estaba bien, mal o lo que le pasaba…
Él tiene esa mirada tan especial y esos ojitos brillantes...
—Claro, mamá.
—¡Yo no soy su madre! —comenzó a gritar una y otra vez...

Traté de disuadirla, calmarla, pero se puso peor y comenzó a golpear las puertas de todos los vecinos, pidiendo auxilio y que llamaran a la policía.
Me retiré, sabiendo que al día siguiente saldría de su casa muy elegante, caminaría por las calles con rapidez, porque a esa edad no queda tiempo que perder; se internaría en las entrañas de la ciudad, en inmundos conventillos, en hospicios, en estaciones de tren y de ómnibus.
Cada día, realizaría un recorrido distinto, que no volvería a repetir durante meses.
La pobre vieja, seria muy amable con la gente, sonreiría clavando su ojitos en la retina de los transeúntes, intentando descifrar mensajes, jeroglíficos de emociones, sentimientos y fragmentos de vida, en el efímero brillo de una mirada.
A veces le tocaría el hombro a un hombre cualquiera que pasara por la calle, para que se dé vuelta y mirar sus ojos…
Al llegar la noche, regresaría a su casa muy cansada y abatida. Se daría una ducha, se pondría la bata de dormir y las pantuflas, haría la cena y pondría la mesa con un plato de más para su hijito.
Cenaría sola en el comedor con la televisión prendida hasta las tantas. Se acostaría en el sillón y se quedaría dormida con las gafas puestas.
Al día siguiente, se levantaría muy temprano, pondría la radio para escuchar las noticias, desayunaría, arreglaría la casa, regaría las plantas, se maquillaría, se pondría otro vestido combinando los zapatos con la cartera y con renovada ilusión, saldría a la calle para hacer otro itinerario, otro periplo y el mismo ritual. Caminaría sin cesar, perdiéndose entre la multitud, buscando en forma infructuosa a ese hijito anhelado, que tanto extrañaba, que tanto amaba…



PAUL FABRA

Montevideo, Uruguay. Narrador y poeta.
Obras: Una aurora abortada (2000), El silencio de las palabras (2002), Este solitario camino (2003), Mi último poema (2006), El jardín de Leia (2008), Afasia (2009), Hipersomnia (2010), Matriz (2012), Bilú Guidaí (2013). Estas obras pueden leerse en los blogs que se citan al pie.


AINAT
puedes ver la luz?
Paul Fabra ©

era una tarde invernal la que decidí caminar por la playa, que esperaba el ocaso de un nuevo día., transmutando sus colores.
de repente, del sol, surge una lucecita, que flotando en el aire se dirige hacia mí, que estupefacto caigo de rodillas en la arena mirando al mar.
la luz me habla: —hola niño. —no soy un niño, soy un hombre.
—para mí eres un niño… mi niño.
creí que estaba volviéndome loco. al fin y al cabo estaba conversando con una luz que me asustaba y seducía. temblando sonreí y me levanté: —quién sos? qué sos?
—yo soy tú. soy tu miedo y tu esperanza. soy tu nacimiento y tu muerte. soy tu voz. soy tu luz. yo soy tú.
—pero no saliste de mí, saliste del sol.
—solamente tú me viste salir del sol.
—qué querés de mí?
—yo no quiero nada, tú quieres.
—qué es lo que yo quiero?
—no lo sabes? tú acaso no quieres enamorarte destruyéndome?
—y yo no era tú?
—exacto. si quieres enamorarte tienes que destruirte. amar es un desafío.
—vos sos mi amor?
—no, yo soy tú…
mi cuerpo ya no temblaba. el miedo se había transformado en curiosidad. sentía paz, sentía tranquilidad. la luz no solamente me iluminaba, también me daba calor. cerré mis ojos y senti su brillo. los abrí y ella, o él, o eso, aún estaba allí… no allá. estaba allí.
—qué querés hablándome luz?
—yo no te hablo, tú estás hablándote a ti mismo, mediante mi voz, que es la tuya.
—entonces, cómo puedo enamorar a la mujer que amo?
—ah! eso no puedes. sólo puedes aceptar tu enamoramiento. pero, no puedes forzar a una persona para que te ame.
—pero, yo creo que la amo.
—si no estás seguro es que no la amas. sino que amas lo que ella te hace sentir.
—eso no significa que la amo a ella?
- no, significa que amas lo que eres a su lado, no que la amas a ella. si la amaras a ella, adorarías su ausencia.
—es que la extraño.
—mentira! extrañas tu imagen a su lado. a ella no la extrañas ni la amas. tú amaste un instante en el tiempo. y eso a veces es muchísimo.
la luz se intensificaba hasta casi cegarme, inmediatamente se atenuó y su voz se alejó.
—no te vayas luz. quiero que me ilumines.
—tú no me verás, pero yo siempre estaré dentro de ti.
—y si no te veo, como sabré que estás en mí?
—acaso ves el aire que respiras? confía en tu corazón.
—yo confío en mi corazón, no confío en el corazón de ella.
—entonces no confías en tu corazón. para que ella te ame, tienes que escuchar su voz, no solamente la tuya. ahora me voy.
—ella me ama?
—eso es algo que debes sentirlo tú mismo.
—cómo lo sabré?
—nunca los sabrás, solamente lo sentirás.
—cuándo?
—cuando no me veas, cuando únicamente veas la luz que hay en ella.
—pero ella no ve mi luz.
—si ella no la ve, es que tu luz no ilumina su amor. el amor es luz...


ZYX
la mente miente
Paul Fabra ©

me desperté sobresaltado. lo que sucede es que tuve un sueño muy raro, soñé que estaba con mis padres y un primo en un fuerte que se incendiaba. entonces venía un indio a caballo y nos hablaba en un idioma ininteligible.
bueno, eso no es tan extraño, lo raro fue lo que me sucedió al despertarme: estoy sentado leyendo un libro de sigmund freud, cuando de repente siento una presencia atrás mío. lentamente muevo mi cabeza sobre mi hombro izquierdo, pero no había nadie ni nada. rápidamente giro mi cabeza y miro sobre mi hombro derecho, y nada tampoco. me asusto y me levanto. nuevamente miro para atrás en ambas direcciones, cada vez más rápido. comienzo a girar sobre mí mismo, más y más, hasta que me mareo y caigo. unos duendecitos aparecen de la pared y me atan los pies como a gulliver. quiero levantarme pero me agarran de las manos y también me las atan. inmóvil grito que me dejen en paz, y en ese momento las cuerdas de mis manos se rompen. miro arriba y veo un cíclope de unos 3 metros de alto. con un dedo rompe las ataduras de mis pies. los duendecitos salen corriendo y el cíclope los aplasta con sus manos y pies. el susto no me deja mover. el cíclope me agarra del cuello me tira contra la pared. caigo al piso con un intenso dolor en la nuca y me agarra de nuevo, para tirarme otra vez contra la pared. como puedo salgo corriendo y el cíclope al atravesar la puerta explota.
quedo tirado en el piso, mirando el cielo celeste, pero entonces las nubes comienzan a teñir el cielo de gris, cada vez más. tapan el sol y el cielo cae sobre mí. intento protegerme con las manos y lo logro por unos segundos. pero el cielo me aplasta. se levanta un poco y me aplasta repetidamente, hasta que fugazmente se levanta y las nubes se comprimen para dejar lugar, otra vez al cielo celeste.
entro a mi casa y me apoyo en la pared, pero la atravieso y caigo en ella. grito, pero nadie me escucha. estoy solo en casa. no sé como, la pared me expulsa y caigo de rodillas en el living. debajo del sillón aparecen unos zombies que me rodean. comienzo a pegarles pero ellos siguen como si nada. me abrazan y espero mi final. entonces, del techo caen rayos sobre los zombies que quedan como una televisión en un canal neutral y después se esfuman en nubes de gas.
exhausto me arrodillo. del suelo emana agua y mi casa se inunda. mi cuerpo flota al llegar al techo me golpeo violentamente. mi nariz se quiebra, pero inmediatamente se sana. surge fuego de las paredes y el agua se evapora. mi cuerpo se incinera. me arde todo, pero no me quemo.
mis manos se mueven violentamente y me golpeo los hombros con los brazos cruzados. mi cabeza tiembla y no la puedo controlar. inmediatamente todo mi cuerpo entra en una convulsión. no puedo controlar mi mente y un deja vu no me abandona. todo esto ya lo viví, aunque no sé si lo viví o lo imaginé.
me levanto y me doy contra la pared. no lo puedo controlar. qué me sucede? esto no puede ser cierto. es mi mente la que crea estas imágenes, pero no las puedo controlar. trato de calmarme y debo calmarme.
de repente, suena la alarma de mi celular. es mediodía y debo ir a trabajar. tengo que salir de esta casa ya. debería bañarme, pero no voy a hacerlo, ya que si sigo aquí, puedo sufrir otra de estas malditas alucinaciones. donde está mi laptop? debo ir al consultorio. al fin y al cabo soy un psiquiatra y mi última pacienta hoy es daniela, esa morocha que tanto me tranquiliza verla.



ANA ROMEO MADERO

Nació en Buenos Aires. Reside en Villa Gesell (Buenos Aires), Argentina. Escribe guiones, cuento y novela, aunque, sobre todo se siente poeta. Colabora con distintas web literarias.
Su libro Enumeración de la palabra obtuvo primera mención de honor del Fondo Nacional de las Artes (Poesía Inédita 1990). También recibió similar distinción en cuento por su obra La sombra, en el Concurso Nacional Literario 1999 de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (miembro fundador de la Federación Internacional por los Derechos Humanos de las Naciones Unidas ante el Consejo de Europa). Primer premio en el Concurso Provincial del Poema Ilustrado de la Secretaría de Cultura de Esteban Echeverría por su poema Ayer, compartido con el pintor argentino Raúl Ángel Seco (Primer premio en plástica).
Entre sus publicaciones se cuentan: Un solo sol (poesía, 1975), Los Riesgos de la Sangre (poesía, 1976). Nosotros hoy aquí (poesía), junto a seis Poetas de Buenos Aires (con 16 poemas), prologado por la escritora María Granata y presentado en la Embajada de España, Ed. Para Todos, 1977.
Sus poemas han sido ilustrados por los pintores argentinos Martín Olivera, Duzan Stiglich, Raúl Ángel Seco, Romualdo P. de Lillo y Ernesto Deira (esta última obra fue expuesta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York). Ha sido invitada y participó en encuentros y congresos de escritores de Argentina.
Participó en los Cuadernos de Poesía, Poemas para Viajar (# 3 y 5), como poeta invitada por la Provincia de Buenos Aires (Buenos Aires, Ed. Para Todos, 1978). Ha coordinado talleres literarios de adolescentes y adultos y, de manera especial, a niños de escuelas carenciadas (Secretaría de Educación y Cultura de Almirante Brown). Desde junio de 2002, en el Espai Cultural del Pueblo de Albalat dels Sorells (Comunidad Valenciana, España) ha organizado un taller literario para niños y adolescentes. Algunos de sus trabajos han sido publicados en el Libro de Fiestas 2002. Es Embajadora de la Paz (Ginebra-Suiza) desde 2004.


EN ESTA NOCHE
Ana Romeo Madero ©

en esta noche fría despótica mojada
que me separa una vez más de tu tibieza
que me propone oscuridad silencio y cobardía
que baja sobre mí y me reclama volver a los parajes conocidos
resecos y desérticos sin siquiera espejismos

la humedad de tus labios en los míos
tu música en mi oído
tu canto en mi poema
tu desvaída sonrisa entre mis manos
mi sangre marcándote latidos
mi alma abrigándose en tus alas

la poesía creyendo que le basta
para subir un último peldaño
hasta llegar al cielo que nadie más conoce
y nos tuvo
y perdimos
dejando el corazón a la deriva

en esta noche oscura    sin luna    sin estrellas
busco la luz
que debe haber quedado también a la deriva
y viene a rescatarnos
¿por qué?

porque esta noche es larga y siempre está el milagro
y siempre hicimos magia de la nada


LATINOAMERICANO
Ana Romeo Madero ©

¡es tu hermano!
y le importa tu alma
                               dolorosa tibieza
                               al aire
                               descolgada
y le importa tu vida
                               derramada a pedazos
y le importa esta muerte
                               tu hambre
                               esa pena
                               la bronca del costado
                               los vientres de tus hijos
                               de tu mujer el llanto
                               tu techo agujereado
                               tus manos de limosna
                               y los pies
                               tumefactos
                               que caminan la calle de los desocupados

y el balcón de los otros
hacedores del hambre
—vergüenza en el Palacio—

esos nidos
sin pájaros



ÁLVARO ALFONSO ACEVEDO MERLANO

Oriundo de Ciénaga Magdalena, creció entre el mar Caribe, la zona bananera de García Márquez y la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia. Es etnógrafo y antropólogo egresado de la Universidad del Magdalena; candidato a magister en comunicación y desarrollo de la Universidad Cecilio Acosta en Venezuela y maestrante en educación de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente es miembro del grupo de investigación sobre oralidad, narrativa audiovisual y cultura popular en el Caribe Colombiano (Oraloteca) y miembro asociado del Grupo de investigación sobre Antropología de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad del Magdalena (ACTUM). Forma parte de la red mundial de escritores en español (REMES). Como investigador ha participado en diversos proyectos de investigación social y ha publicado varios artículos además de algunos libros y textos literarios de escritura creativa.


VIVA Y MUERTA
Álvaro Acevedo Merlano ©
Lugar: Dormitorio principal
Año: 1998
Existen reflexiones en nuestros pensamientos
que escapan a la linealidad de las palabras
y solo viven en el mundo de lo abstracto.

Siempre estás allí sentada
mirando absorta esas páginas
de libros ya caducos,
inventando inventos ya inventados
y sonriéndole con cinismo a la muerte.

Pero aunque te juzgue,
no podré maldecir tus memorias.

Solo camino descalzo
tratando de aferrarme a esta tierra;
tú te fuiste Margot
y ahora solo me queda la esperanza
de una muerte prematura.

Hoy las pastillas recorren mi garganta
como el desayuno matutino,
y a pesar del tiempo,
aún no puedo maldecir tus memorias.

El olor de esta habitación
nunca volverá a ser el de la leche caliente
de nuestras mañanas;
solo los cuadros rectangulares de mis baldosas
siguen acompañándome,
y mi soledad nunca me abandonará
hasta que yo parta primero.

Es cierto que la maldición de estar vivo
flagela mi alma;
hoy mi espíritu añora con fuerza
esos abrazos de hermandad
que se convertían
en obscenas escenas de misericordia;
y tú ahí como siempre
burlándote de mis desgracias,
escribiendo signos que me condenarán
a tu imposible retorno.

Esa eres tú Margot,
una mala y falsa verdad,
un absurdo en la nada;
mejor no vuelvas
porque solo en la lejanía
tus memorias nunca serán malditas.



CLAUDIA AINCHIL

(Buenos Aires, Argentina, 1964). Poeta y periodista. Varios libros publicados. Sus obras se hallan difundidas en varios países.
Un currículo más completo puede apreciarse, junto con algunos poemas, en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 52:



ALERTAS
Claudia Ainchil ©

Acaso todo sucedió así
desmedidos arquetipos y recopilaciones de extraños
circularon al revés
viajes sin proyecciones frenéticas
siendo temporal implicado.
El definitivamente no existe
ha trepado al vértice donde se reciclan alertas
y se unen infinitos sin llaves
…insertar el punto estático en la cornisa
el alerta del viento
de la duda, del instante feliz
unos cuantos exilios
esa luminiscencia de tus ojos
en alerta roja al escuchar señales …
el destino es el hacedor
quien erige
el siempre
y el jamás
y nosotros somos ese aluvión de estaciones
con calles subterráneas.


MIRADA
Claudia Ainchil ©

Inmediatas pequeñeces
magnéticas nimiedades seduciendo
una córnea
la pared hueca que oscila
tambaleo
no poder detener la inacabable desmesura.
Como en un circo de espectadores
ávidos de sangre licuada
detectives perdiéndose a medianoche
para no encontrar un algo que nos convierta
la inteligente orilla
lo real del resplandor
desierto doble visión.
Una córnea se imposibilitó a si misma
apretó lluvias y desmanes
diría que fue solo un vestigio
telenovela de tardes sin otros.
Y en los peldaños, alejada, la córnea que no fue deslumbrada
observando teórica fría
acostumbrada a la disección feroz
realismo carente de explosión ni ahora.
Un sitio en venta, unos ojos nuevos irregulares
empezar otra vez a sorbos… como siempre…
alas que no tienen nombre y apellido
vapor sin oscuridad
risas contaminando
luz
mucha luz
de pronto luciérnagas
cuando el mundo simula ser una caja de Pandora
que ha olvidado las miradas.


INVERTIDOS COMETAS
Claudia Ainchil ©

Inesperado se escurrió el ademán
inyección vertiginosa de ojeadas interiores
mi iris en la maleza esquiva
es posible que coexistan crucigramas
los siglos de los siglos
o tal vez esa mutación de acto teatral
magias emergiendo
libidinosas carnales
aunque luego desaparezcan.
Uno empieza.
Uno rescinde.
La ciénaga y los ocultos
cuestión de suponer lo que ya se sabe
otro imán hipnótico arranca la píldora de lo cotidiano
destino o boomerang…
las casualidades no existen…
casualidades, apuntó de repente
cometas invertidos guardados en el cajón
bajo setenta llaves
una imagen con los brazos abiertos
en plena noche lejana.


A LO LEJOS
Claudia Ainchil ©

El vuelo continúa
puedo tantear horas
la casa de los monstruos sorprende
someramente es brillante
arca de oraciones en cada costilla
edictos imperiales, los míos
rugidos agitados
revoltijo de agua y aceite
sin embargo, un esbozo de tira cómica
precipita… sueños
¿como sueños o realidades?
Abrigo cada perceptible deshora
acuerdo cortezas madreselvas
hojas dispersas y un susurro.
Lenguas diversas acaparan mi alma.
A lo lejos la muchedumbre.


POEMA DESCUBIERTO
Claudia Ainchil ©

Lo descubrí con el rabillo del pez
tiburón ojo mojarrita
ajetreos tallados y dibujos dormidos
fui rastreada tras enigmas, levemente somnolientos.
Ningún abracadabra se apiadó
del eterno e inconcluso ser no ser
siempre la misma cantinela…
a ver si las catacumbas seleccionan viscosas manos
que estremezcan a los sombríos consumidores de almas.
¿Será posible?.
Tomé el anzuelo liviano de maldiciones
la premisa fue liberando complicidades
ex antídotos para no resbalar en submundos
que intentan persuadirnos que son mundo.
En tantas ocasiones anónimos sin pisada
acarician la zona que existe entre la inercia
y cada deuda propia.
Un manojo marca abril
seguir entre fabricas humanas a medio construir.
Abril… el corazón arde en secreto
la soledad improvisa gestos
fórmulas para no desistir en la misión
de lanzar botellas al mar.


CAOS
Claudia Ainchil ©

Ese caos silencioso
Al ras de pesadillas
De jirones
Descosidos en tu rostro
Que es deserción catada
Cuando me doy vuelta
No giras
Telescopios para mirar mejor
Igual perpetuamente me engaño
Caigo en la trampa
Ahogo linternas para no ver
No estas y en el turno de la locura
Invento tus palabras
Vital tic tac haciendo doble personaje
Justifico al reloj, se ha detenido
Un inconcluso bolsillo roto por el que desploman
Significados inexpresivos
Y nada existe
Puedo decir existe la poesía
Esa perspectiva sonido lluvia
Mojándome
Ser tarde de un minuto que no existió
Y advertir tiempos en los incidentes
Cayendo por huecos sin salida al exterior
Cuando no me doy vuelta
Giras en parte
Imágenes sin conductor
Un pie sí un pie no
Ese caos de universos estridentes
Al ras del corazón
De pedazos del corazón
Cosidos en un rostro
Que es el mío.





ÓSCAR ALBERTO MARCHESÍN POLINELLI

Nacido en Buenos Aires, Argentina, vive en Montevideo, Uruguay. Escritor y crítico literario. Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) como ingeniero industrial, ambos títulos en Argentina.
Publicó varios libros y colabora en diversas revistas del mundo. Ganador de varios certámenes literarios internacionales y locales.
Cofundador de varias revistas literarias vigentes y de los tiempos de las dictaduras en América como ser Oeste, Amaru, El Econauta, etc.
Miembro directivo de SADE, Sociedad Argentina de Escritores, y de su sección en Uruguay. Tribólogo especialista.
Secuestrado por la dictadura en 1976 en la Facultad y cinco años torturado sin conocer el motivo.


Y MARILYN?
Óscar A. Marchesín Polinelli ©

Y de marilyn qué?
La mató el poder del poder y le puso nombre:
Sobredosis...
Su madre suicida y ella violada...
La droga cual caramelo de frutilla
Cóctel de frutas alcohol y polvos divinos...
Armaron la carrera más veloz hacia el final tan premeditado
Como por ella buscado...
Todo apareció en su interior
La luz más brillante de su sonrisa
Y toda la basura que la mente pueda imaginar e imagina...

Jugó el odio el rencor los celos el temor a que diga lo indecible
Jugó al amor sin amar tentó al poder y no pudo con él...
Una ruleta rusa donde de antemano
Ella había elegido la calidad de su ataúd...

Todo apareció en su interior como en un saco
Quién sabe cuánto quién sabe cómo...
Como todos saben quien es el poder sobre la vida
Aunque no lo tuvo sobre la muerte...
Ese poder que no tienen los dioses que creen serlo...
Los dioses no son eternos ni existen las vírgenes...
Por fin algún gusano los penetra en la tierra...
Marilyn violada
Porque en la tierra están los dioses que protegen las especies
Como la de los gusanos que también tienen el poder...

Y de marilyn que?
Seguirá eternamente levantando sus piernas entre sedas
Y ventiladores que flamean sus polleras...
Películas de quinta clase y su sonrisa la única la última
Entre carteles de neón y saliva incontenida...
Entre mandíbulas débiles de masturbados mentales
Incapaces impotentes ante su presencia...
En el país del tío sam la noche lluviosa no opaca su fiesta
Y marilyn entre nubes de algodón y ángeles mafiosos
Que impidieron que viva...
Los medios poco claros apremiados...
La mentira se hizo la verdad de los ingenuos...
Las hadas también son asesinadas...
Y los periódicos se venden y se venden...


GENERADORES DE DEGENERADOS
Óscar A. Marchesín Polinelli ©

Estamos en presencia de la vaca sagrada del hambre de las panzas hinchadas
Estamos en presencia de las verduras monsantito naturales radioactivadas
Estamos en presencia del no haré nada en mi vida salvo trabajar
O sea nunca haré nada...
Estamos en presencia del hombre que no duerme
Para aprovechar su tiempo perdido en el trabajo asalariado
Estamos en presencia del que se equivoca siempre no ayudando al inútil semejante
Estamos en presencia de una piraña amiga que me espera para reír juntos
Estamos en presencia de mi ovejero que siempre me espera con su cola agitada
Estamos en presencia de mi perro cantando canciones de Charly y Pappo
Estamos en presencia de Nerón y su asado a punto
Estamos en presencia de los que dicen estupideces y hablan de religiones-sectas
Estúpidos inútiles apócrifos sermoneros del vacío infinito que quieren vendernos
Estamos en presencia de diarios llenos de entrelíneas
De oculta información premeditadamente encubierta obvios inescrupulosos
Que se dicen periodistas parodistas payasistas
Estamos en presencia de un pubis femenino con un debajo rosado
A la espera del amor matutino fingiendo orgasmos nocturnos
De amigos del marido infiel
Estamos en presencia del victorioso guerrero yankee
Con la sangre del pobre entre sus dientes el petróleo a cuestas
Con el SIDA ya sembrado más las siembras actuales
De pingües regalías para sus laboratorios de la muerte
Estamos en presencia de los trapos de las sirvientas
Que cuelgan junto a los de las princesas
En las sogas de la indiferencia donde todo se iguala
Y en los inodoros donde todo da lo mismo
Y la respiración agitada se mezcla entre sirvientas y príncipes
Entre princesas y princesas entre príncipes y príncipes
Porque todo da lo mismo todo se igualó hacia abajo el pozo ciego de siglos
Como en una inmensa ensalada rusa todo se confunde
Mientras los viejos pescadores del mar se ponen en fila
Y arman la cola más larga que puedas llegar a imaginar
Y nos perdemos más allá de las montañas purpúreas
Andamos perdidos desnudos por fin el mono a sus orígenes y Darwin
Como la navaja después de darlo todo menos sus filos
Después de escupirlo todo como un inesperado hueso de aceituna
Mientras la chica de la máquina del teléfono grita:
No llame más no vuelva a molestar me desintegro no comprendo
Solo habla con máquinas y está borracho y habla de besos
Y de generaciones a gestar en la creación por venir
La nueva barca de Noé se está gestando
Pero Noé será ese Mono del futuro
Y no permitirá que un mísero hombre pise el arca...


EL CASTILLO DE LOS ILUSIONISTAS
Óscar A. Marchesín Polinelli ©

Los ilusionistas definieron  la vida y sus consecuencias...

Entre Aladino y uno de los Superhéroes
creo que Herodes y Gandy colaboró
embarazaron una vez más a una virgen ya con siete hijos
violaron al milico ángel de la guardia aún sin galones
y de todo eso culparon al Papa de turno, el “gran” Pietro
muy ocupado en la inquisición genocida y ayudando a Hitler...
asesinaron a un supuesto mesías que dormía borracho
dentro de un contenedor entre la basura que comía a diario
invocaron a mil diablos, quemaron a toda la gente inocente
cazaron brujas ficticias sin escobas recalcitrante invento.

Liberaron de la botella:
a los disminuidos mentales gobernantes del mundo
corruptos sin madres con neuronas nefastas fascistas
provocadores del hambre de los pueblos
aparecieron los Genios de la historia
los rumores de la vida salieron volados
la primera arteria de roja sangre mercurio impío o tinta sucia
la primera vena de sangre podrida del ser increado innecesario
el ridículo ser llamado raza superior ja ja ja !!!

En el silencio se decía y se oían corrillos consabidos
el antiguo libro aquel que dividió las aguas y deshizo el tiempo apócrifo
los náufragos llegaron hasta las puertas del castillo
montados en las ilusiones del incienso de los relatos
fusilaron a Noe y por las dudas quemaron el arca
pero volaron las palomas y nadaron los monos
inventaron el paraíso para beneficio de los gobernantes
cuidando a morir la miseria de los pueblos bien miseria
cruzaron un chancho con María Antonieta
y nació la histeria de Nerón y del mundo.

Soy tu dolor, tus ironías, historias y muertes
abrázame ahora Señor que soy ceniza.

Entre los ilusionistas...
…una simple escupida mezclada con dos lágrimas de ausencia
el semen de una noche desperdiciada…
…dos gotas de sangre fresca y un poco de sudor…
necesito tan solo eso para vivir nuevamente y dos ojos.

Debajo de tu ombligo mi nombre rozando el infierno dorado
siempre me mantuve cerca de infiernos de azufre y azúcar
naufragando en flujos incorpóreos de fantasmas estelares
soy un corcho flotando entre las orillas del sexo
y voy a los golpes de labio a labio sin saber nadar
proclamada la fertilidad imbuida de la penetración asistida
aparecí una noche, hecha la noche dibujados los astros.

Quién dijo la primera palabra, quién dijo agua y se comió la sal?
el castillo de todos los ilusionistas entre la bruma de la duda 
la invasión establecida
dos siglos antes cautivaba a los mercenarios de la historia.

Un dormitorio para momias egipcias reconstruidas
otro para romanos de a dos o más y el juego prohibido
otro para Cleopatra y su comitiva
de hombres, mujeres y demás animales
otro para los cyber humanoides del futuro
otro para las monjas recalcitrantes prostitutas
y los curas pedófilos...

“Con un punto de apoyo moveré el mundo”
con la mente de un político, la palabra de un cura
la formación de un militar y la mano de un médico
destruiré el Universo.

Y en el desierto del castillo encerrados los mecenas
adoraron el oro de los alquimistas primerizos
oropel falso oro de cobre y migajas relegadas
por los ejércitos del fin del mundo.

Los inquisidores ríen ante tal desborde
muerto Aladino Clavada la virgen a una cruz
se diluyeron las paredes hechas de siglos
y el castillo es hoy viento norte
cálido hasta el fuego de sus componentes
los alquimistas fabricantes de dioses
continúan sus obras pero sin errores.



ALEJANDRA ZARHI GARCÍA

(Santiago, Chile) Escritora, periodista, gestora cultural y editora. Escribe desde los doce años y su primer libro, el poemario Cinco caminos, lo publicó a los quince con prólogo del escritor Mafud Massis.
Ha obtenido diversos galardones, destacándose entre los premios internacionales su primer lugar en poesía del Alfonsina 90 (Argentina), su otro primer puesto en poesía (Brasil) entre dos mil participantes y la coronilla de plata (Italia).
Entre sus treinta y seis obras publicadas (cinco con doble edición), citaremos: Cinco caminos, Nacer entre espinas, Canto a unos ojos hechiceros, El embrujo de Mejillones (traducido al francés por Salvador Dalí), Las torres de marfil, Caliche encantado, Ausencia del ángel, Mi elefante negro (traducido al italiano por Salvador Dalí), Alondra solitaria, El niño hechicero, Zamira y otras vidas (dos ediciones), Bailando en el bosque, Aullidos de loba en celo, El Dragón de mis praderas, El gautero del Diablo, Mundo de cristal (novela en colaboración con Osvaldo Cristi Pereira). Varios de sus libros han sido traducidos a otros idiomas, como francés, italiano, árabe, chino, portugués, ingles, etc.
Es directora y editora de la Revista Internacional Cultural “Imágenes de Océanos” desde hace más de treinta y seis años, revista que cuenta con corresponsales en todo el mundo y en la que ha editado a más de seiscientos escritores.
Pertenece a la Sociedad de Escritores de Chile (SECH) desde el año 1965, así como también a diversas entidades de escritores de otros países e internacionales. También fue directora de la SECH de Antofagasta.
Autora de varios programas culturales por radio en la pampa salitrera y en la ciudad de Antofagasta, fue además colaboradora de las radios Minería, Nacional, La Portada, entre otras.
Ha participado en cuatro maratones poéticas de las cuales tiene el record de 74 horas ininterrumpidas de lectura. El pueblo de Tal-Tal le puso en su honor “Maratón Poética Alejandra Zarhi”. Esta información figura en los archivos del “Libro de Records Guinnes”.


AL FINAL DEL CAMINO
Alejandra Zarhi García ©

Ni tierna infancia
ni caricias amadas.
Turbación, recogimiento:
torpe andar de niño,
Gritos, golpes, sin amigos.
Obra inconclusa:
un corazón milenario
que desfallece,
un querer acumulado.
Clamor terrible, huérfanos
desvalidos
unos brazos sin dueños.
Es como escalar la marejada
de una pesadilla.
Prosigo,
esperando al final del camino
mostrarme concreta-ida.


DÉJAME SER
Alejandra Zarhi García ©

Déjame ser la otra parte de ti,
mirarnos frente a frente,
y decirnos toda la verdad.

Tengo las ganas acumuladas
derritiéndose por el pecho ardiente.

Hombre, espécimen encontrado
en las redes de los misterios.

Regalo del infierno, negro tormento
acechándome los pasos.


PIEL MADURA
Alejandra Zarhi García ©

En este cuerpo maduro
que rejuvenece en tus caricias
baño el deseo con la dulce miel.
Pronuncio tu nombre
y quedo sin voz.
El roce de tus besos
produce temblor
en los intentos.
Bebo todo aquel manjar
que recorre esta piel,
y con la lengua temblorosa
ahogo en gritos
los gemidos del placer.



ALBERTO JULIÁN PÉREZ

Nació en Rosario (Santa Fe), Argentina. Reside en Texas, Estados Unidos. Doctor en literatura por la New York University, narrador, poeta, ensayista y crítico literario. Ha publicado varios libros y parte de su obra ese halla incluida también en el blog literario que se ofrece al pie.
Un currículo más completo puede leerse, junto con un cuento, en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 63:

@Ajulianperez1
http://albertojulianperez-literatura.blogspot.com.ar/


LOS SUICIDAS
Alberto Julián Pérez ©

I
Estábamos en el país de la vida.
La poesía era nuestro refugio.
Buscábamos el mutuo goce con desesperación.
Éramos crueles y después nos avergonzábamos
de nuestros juegos de amantes terribles.

No se trataba tan solo de ser felices
sino de arriesgar y perdernos
y gozar intensamente en la caída.
Exigíamos placer a nuestros sentidos
y descendíamos, afiebrados, al orgasmo.

Tejíamos nuestra guirnalda de secretos.
Llevados por el alcohol y el éxtasis
viajábamos a nuestros paraísos imaginarios.

Deseábamos estar ya en ese otro mundo
parecido a aquel poema nuestro
en que creábamos imágenes exaltadas y atroces,
metáforas dolorosas del amor.

Lamentábamos nuestro exilio,
y sentíamos miedo y aún terror.
Nos mirábamos en el cristal de nuestros sueños
a ver si descubríamos el secreto de la locura.

Salíamos a andar por la ciudad
llevados por la ansiedad y la angustia.
Jugábamos con la idea del fin.
Imaginábamos bellas formas del suicidio.

¿Qué forma de morir era más patética?
¿Elegiríamos el veneno, como Romeo y Julieta?
¿O, como Enrique y Delmira, un balazo en un cuarto de hotel?

Entregados a la velocidad de nuestro tiempo,
en avalancha de amor liberaríamos los sentidos.
Nuestra muerte violenta en el mundo,
sellaría el pacto de sangre de los amantes.

Un día nos detuvimos en la barrera del tren
con la idea de arrojarnos.
Juramos así coronar nuestro amor
ofreciendo los maderos de la cruz al hierro de los clavos.

Aún recuerdo el vértigo
cuando pasó el tren a centímetros de nuestros cuerpos
y nos abrazamos palpitantes
creyendo que quizá el otro se animara
a dar el salto final, unidos.

Queríamos escapar del vacío de la existencia
para salvar el amor y la juventud.
Defendíamos nuestros símbolos:
el placer, el deseo del otro y la poesía.
Buscábamos la eternidad y el martirio.
No aceptábamos vivir la vida sin heroísmo.

Recuerdo aquel día en que estábamos desnudos en tu cuarto
cerca del goce, casi sofocados por el esfuerzo
cuando de pronto, terrenal y ridícula, se abrió la puerta y entró tu madre.
Recuerdo nuestra sorpresa y tu declaración solemne:
“No vamos a casarnos”.

Cómo nos reímos de eso luego,
y claro que no podíamos casarnos.

Queríamos descender por la noche
a los túneles subterráneos de Buenos Aires
y descubrir lo más monstruoso, lo más abyecto.

Queríamos matar la mediocridad
que destruye lo sagrado, que odia a dios.

Queríamos pasearnos por las cloacas de la eternidad
y ver caídos a nuestros hermanos, los ángeles.
Sabíamos que lo más elevado y lo más bajo
se unen en el corazón de los amantes.

No hay amor ni poesía sin ritual.
Había que encender los altares del sacrificio.

¿Cómo separar al amor del mal y de la muerte?
¿Cómo renunciar al egoísmo que todo lo salva
y sin el cual la vida no es posible?

Perdidos en nuestro laberinto
tratábamos de lacerar el espacio que nos circundaba
y abrirlo con nuestro sexo.
Buscábamos someter la ciudad, poseerla,
degradarla, corromperla y amarla.
Queríamos un amor bello y terrible
que se pareciera a nosotros.
No aceptábamos falsificaciones ni substitutos.

¿Cómo podíamos casarnos
y abandonar nuestra rebeldía,
nuestro amor a la revolución universal?
Buscábamos consagrar el mundo,
no reproducirlo. Buscábamos ser los únicos y los últimos
y no dejar en el tiempo a nadie que se nos pareciera.

Queríamos ser inmortales
y cortar el ciclo de la vida y de la muerte.

Queríamos que nuestro poema
fuera el último
antes que la vida estallara en la eternidad
y nos integráramos al sol
o a las estrellas de la noche.

Queríamos imponer nuestra ley
y desafiar a todos.
Nos burlábamos de la sociedad adquisitiva y vulgar
que nos rodeaba. La juzgábamos con desprecio
porque nos creíamos más allá de todo eso.
Queríamos elevarnos al momento más sublime de la poesía
y confundirnos con los símbolos de la totalidad deseada.

Éramos los rebeldes, los amantes,
a nada le temíamos.

Ese fue el momento más cercano a la inmortalidad
que conocimos.
Recuerdo una noche en que nos inyectamos ácido
y rezamos nuestra locura de amor a las estrellas.
Recuerdo aquel sueño tuyo, en que cabalgabas en un río
que descendía al abismo,
te llevaba a lo más sagrado del orgasmo
y te lanzaba en una lluvia de estrellas
a la mañana.

Soñábamos con estar muertos
y contemplar el universo
desde el paraíso
inmortal de los amantes.

Queríamos asimilar la vida a nuestro goce
y ser crueles como ella es cruel.
Sentíamos la burla y la condena de los otros
y eso nos gustaba. Nos lastimaban
con su mezquindad. ¿Quién podía comprendernos?
¿Quién podía saltar al abismo de la poesía?

Secretamente sabíamos, sin embargo,
que errábamos indefensos por un laberinto
del que no podíamos escapar.
Sólo la ilusión de las metáforas,
y los símbolos que trascienden los límites del cuerpo
nos daban una sensación de eternidad.


II
El tiempo, mortal, ha pasado
y de todos aquellos momentos sublimes del amor
solo me han quedado
los recuerdos
de la embriaguez que provocaban
las esencias de tu cuerpo a mis sentidos,
la memoria
de la claridad de tus pechos a medianoche,
las imágenes
del tejido inesperado de metáforas
que inventaba para cantarte.

Lo que se ha ido es la realidad de la vida,
el cuerpo, la solidez del lenguaje.

Así guardo esta carencia,
esta gran ausencia que crece día a día
y es ausencia de amor
y ausencia de poesía.

Siento que las palabras ya no transportan
y no podemos, como antes, satisfacer nuestros sentidos
con sensaciones lujuriosas y seguir cayendo
en aquella caída maravillosa
en que nos hundía nuestro amor.

Si un día, por azar, nos encontráramos
qué difícil sería poner en palabras
la prosa de nuestras vidas,
qué poesía distinta escribiríamos
ante la crudeza de las cosas.

Cómo nos golpearía la realidad el rostro.
Qué podríamos decir de aquellos gestos, de aquél perfume,
cómo podríamos cortejar el fin.
Jugábamos a morir juntos, ¿recuerdas?
Resucitábamos en el infinito
en un orgasmo cósmico.

Dónde han quedado el más allá y la eternidad.
Qué distinta se nos presenta ahora la idea de dios
y la imagen del amor.

Ya no hay quien nos salve.
Hemos caído indefinidamente y hemos perdido
lo que más amábamos en la vida.

Aquel gran poema
fue poema de amor
y quedó escrito en el paraíso de los amantes.

Nada pudimos guardar
más allá del recuerdo y las palabras.
Quizá porque no supimos morir a tiempo
estamos condenados a morir solos.

No entendimos la inmortalidad.
Qué poco faltaba para ser dioses.
Qué cerca estaba nuestro poema
de ser la suma y el fin de la poesía.

No sé si lo que buscábamos con nuestro sacrificio
era salvar el amor o salvar la poesía.
En nuestro recuerdo son inseparables.


III
¡Ay dios mío, permite, al menos como un juego,
que se repita nuestra historia!
¡Deja que la literatura
vista de sangre
el espacio azul de nuestras esperanzas!
¡Danos otra vez la oportunidad
de morir de amor y vivir para siempre!
Déjanos visitar el paraíso donde los amantes
sueñan unidos la poesía y el amor.
La nuestra era poesía de vida.

¡Mira, amiga, si dios lo consintiera,
y en nuestra desolada madurez
volviéramos a ser jóvenes y a amarnos!
¡Experimentaríamos otra vez el éxtasis
que sentimos cuando estábamos juntos!

Sabemos que la vida está dispuesta a quitarnos todo
y el amor a darnos la vida para siempre.

En nuestra existencia condenada
damos vuelta la página del libro.
Como en los cuentos mágicos el tiempo no ha pasado,
nuestra aventura se repite. Volvemos a esperar el tren de la muerte.

Soñamos que llega con la fuerza de un torrente
que todo lo arrastra a su paso.
Su furia nos arranca del suelo e impulsa hacia el vacío.
Abrazados, nos elevamos al espacio sideral.

El tren de oro sube, con nosotros, hacia el sol.
Vuela vertiginosa la máquina
y, en un mundo ya sin tiempo,
nos sabemos por siempre jóvenes.

Sin detenerse, nos lleva hasta el paraíso
de los amantes suicidas. Allí nos aguardan, abrazados,
aquellos que buscaron, antes que nosotros,
en la muerte la eternidad del amor.
Sus cuerpos hermosos, expectantes, entre las nubes flotan.
Como en los cuadros sagrados, vemos, en la parte superior de la escena,
a Dios rodeado de ángeles.
Nos reclinamos en el prado de nubes junto a los otros amantes
y extendemos nuestras manos hacia Dios
hasta tocar, sensuales,
con las puntas de nuestros dedos
los dedos de las manos de sus ángeles.
Un rayo de luz divina nos atraviesa.

Hemos ganado nuestro lugar en el paraíso.
Permanecemos abrazados
bajo la mirada redentora del Dios padre. En nuestro sueño
él nos ha perdonado. Ha salvado nuestro amor
y ya nunca tendremos que enfrentar la vejez, el dolor y la muerte.

Bañados de eternidad, en el espacio andamos,
jóvenes de amor, por siempre ángeles.

Imaginemos que, como en los cuentos,
esto verdaderamente ha pasado y somos sus personajes.

Ten compasión, Señor, de estos amantes arrepentidos
de haber vivido una larga vida separados.
Mejor hubiera sido morir juntos.
La eternidad estaba a nuestro alcance.

El paraíso es tierra fértil para aquellos
Que mueren por amor y llevan a Dios su pequeño poema.
Laurel que la paloma no pudo cargar en su pico
Y ellos transportan en su espíritu transparente.
Santo, santo, es el señor, rey del cielo y de la tierra,
Que su nombre sea loado para siempre.

Lector amigo, ha concluido nuestro viaje.
Peregrinos somos de un mundo transitorio.
Di, por favor, ¿nos guardarás en tu memoria?
Abraza y protege nuestras sombras.
Contigo estamos, en el amor unidos,
Y en el horror de la literatura.



MARCO ORTEGA COLLAS

Nació en Lima en julio de 1971. Pasó su infancia en un pueblo azucarero que se llama Paramonga, regresó a vivir a Lima terminado el colegio, estudió en varios talleres cine, pintura, actuación y dibujos animados. En una conferencia de haikus quedó impresionado por ese género poético, sin saber que años después se atrevería a escribirlos.


Haikus

1
Mientras el sol
     la semilla
     en la oscuridad


2
Cae la hoja
     el árbol
     tranquilo


3
El escarabajo
     Bañado de sol
     parece inmortal


4
Infinitos Origamis
     el tren se fue
     el aire gira


Poemas

5
Levanté mi mano
     el colibrí volaba
     te acarició
     nuestro amor
     es el camino sin meta

     Me tomas cinco besos
     el colibrí
     volando
     es del camino


6
Sin frío
     las palomas
     muerden
     tu torta de
     cumpleaños
     con el sonido
     de la armónica
     la muerte
     a tu oído
     pide un deseo

     sorpresa tuya
     una carta



JULIO GARCÍA VENTUREYRA

Nacido en 1946 en Bahía Blanca, Argentina, ciudad en la que reside, es autor de cuentos (muchos publicados en revistas y suplementos literarios), novelas y guiones cinematográficos.
Ha dirigido también cortometrajes y recibido premios. Tiene varios libros publicados.
Un currículo más completo puede apreciarse, junto con otro de sus cuentos, en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 62:



EL CANDIDATO
Julio García Ventureyra ©

En aquel pequeño país americano, se aproximaba la fecha de elecciones.
El Señor Presidente se paseaba con nerviosismo por su despacho. Era cerca del mediodía y se hallaba reunido con su secretario.
—Te lo dije… —empezó el mandatario—. No me cae nada bien el nuevo candidato que tiene nuestro principal partido opositor. De antecedentes intachables, honesto… con lo que puede lograr, entre otras cosas, que el pueblo crea en él; rubio y casado con bonita señora rubia, y con varón y nena, también rubios… reuniendo el perfil exacto de lo que el pueblo considera ideal… ¡Ah!… y hasta juega bien al golf.
—No creo que sea para intranquilizarte… —exclamó seguro el secretario—. Ni siquiera va a llegar a hacerte sombra en las elecciones.
—Te noto muy confiado. Pero yo no lo estoy, en absoluto, creo que es un peligro inminente que nos acecha. ¡Maldición! ¿Por qué habrá aparecido? ¡Si veníamos tan bien! ¡No teníamos oposición para lograr el nuevo mandato!
—Dionisio Barrera no va a llegar lejos —volvió a decir el secretario desde su sillón.
—Han hecho una buena campaña proselitista que puede conducirlos al éxito. Quedaríamos afuera justo en el mejor momento que tenemos prácticamente adjudicadas dos importantísimas factorías extranjeras que nos llevarían a enriquecernos a lo grande; por supuesto, también iba a ser fuente de trabajo para muchos a quienes les vendría como una bendición de Dios por el desempleo que hay —hizo una pausa y se detuvo pensativo—. Correr el riesgo de perdernos esto…, sería más que una lástima.
Luego de llamar a la puerta, entró uno de los integrantes del personal de servicio, anunciando:
—Señor Presidente, el aperitivo está servido.
—Tenemos que pensar algo… sí, un buen plan —le dijo a su secretario mientras se dirigían a la sala contigua.
Mientras desayunaban, Dionisio Barrera le decía a su esposa:
—Anoche tuve un sueño grandioso. En este país ya no gobernaba el tirano que está ahora. Dios me había concedido el mundo para restaurar la justicia y la igualdad en el país. Luchaba denodadamente en contra de la pobreza y el desempleo, contra el autoritarismo y los bajos salarios… y lo maravilloso era que las cosas se iban concretando… el pueblo notaba las mejoras… el país empezaba a florecer.
—¿No es demasiado idealista? ¿No es un sueño muy difícil de hacer realidad?
—Se puede convertir en realidad si la vocación de servicio es auténtica.
Ella tomó la mano la mano de su marido. Sabía bien acerca del convencimiento que tenía.
El discurso había sido brillante y el pueblo colmaba la plaza y la principal avenida de la ciudad capital. El candidato caminaba ahora entre la gente que lo estrechaba ovacionándolo.
¡Era la esperanza de tantos! ¡Tantas ilusiones había depositadas en él! ¡Un país nuevo, libre y progresista!
El hombre joven se abrió paso con agilidad ente la muchedumbre.
Cuando estuvo cerca del candidato, a pocos pasos, extrajo de su campera una pistola automática descerrajándole tres disparos.
Hubo gritos, alboroto, corridas; pero Dionisio Barrera yacía en la calle sangrando profusamente al haber sido alcanzado por dos de los balazos en el cuello y la cabeza.
Los guardias aferraron al asesino, quitándole el arma, retorciéndole un brazo y aplicándole un golpe.
Conducido de urgencia al hospital, Dionisio Barrera había dejado de existir pocas horas después.
El presidente, desde su despacho, junto a su secretario, habían presenciado todo lo ocurrido por la enorme pantalla de televisión que tenían, como si el espectáculo hubiese sido una serie más de intriga y acción, pero en directo y, dos días después, nuevamente reunidos, le dijo a su secretario:
—Bueno… no podemos quejarnos, salió todo perfecto, un teatro bien armado; hasta ese detalle que el criminal tuvo remordimientos y se confesó arrepentido, pidiéndole disculpas a la mujer y a los hijos del candidato, fue por demás creíble. A propósito… —dio unas zancadas deteniéndose frente al ventanal junto al enorme cortinado, y miró hacia el cielo. Se veía alejarse un avión—. Ahí se lo llevan al asesino y bien lejos. No quiero verlo nunca más en mi vida. Que no se olviden de raparlo, afeitarle el bigote y entregarle los nuevos documentos y de largarlo bien lejos, porque aquí está cumpliendo “perpetua”. En fin, soy de cumplir con mi palabra. Así es el poder, tiene sus cosas desagradables que uno igual tiene que hacer.
Permaneció en silencio unos instantes y luego, mirando a su secretario, agregó:
—Sabés… anoche tuve un sueño grandioso… y era que este país comenzaba a reflorecer en todo pero, para lograrlo, necesitaba tener el camino despejado, para el bienestar total.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 70 — Septiembre de 2016 — Año VII
ISSN 2250-5385
Exp. 5259277 del 21/10/2015, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.

Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

(currículo en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/ - Suplemento Nº 56)



Colaboradores


Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 13)


Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
 @mon_villarreal
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17)





 @RyF_Supl_Letras

 @RyFRev Literaria

Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.





"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm