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martes, 19 de abril de 2011


ALEJANDRO FÉLIX RAIMUNDO

Nació en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, el 1/2/1967. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y tiene cuatro libros de poesía publicados: Baile de Máscaras, El cansancio del ser, La piel de la serpiente y Más sabe el agua, además de ensayos y reseñas en revistas de filosofía. Ha integrado numerosas antologías poéticas cooperativas. Es miembro de más de seis sociedades internacionales de poesía y filosofía, y ha publicado artículos y poemas en más de dieciséis revistas electrónicas de Internet. Entre sus artículos de filosofía, tiene uno bajo referato en la revista Perspectivas Nietzscheanas n 5-6. Ha ganado numerosos premios y distinciones, entre ellos dos primeros premios, uno en poesía y otro en narrativa, y ha sido finalista en numerosos certámenes internacionales de poesía, incluyendo la última edición del Certamen Internacional de Poesía de la Editorial Argenta, realizado el año próximo pasado.
También ha realizado estudios de posgrado en las modalidades presencial y a distancia, y una capacitación docente de dos años de duración en su ciudad natal. Tiene material inédito en todos los géneros literarios.
El cuento que aquí se presenta obtuvo el primer premio en el certamen nacional de la Federación de Asociaciones de Trabajadores de la Sanidad Argentina (FATSA).





CRISTO RESUCITADO
de Alejandro Félix Raimundo ©

A veces pienso que Dios sobrevaloró Su talento al crear al hombre.
Oscar Wilde

Si a Dios le hubiera interesado que los hombres vivieran y actuaran en la verdad,
habría tenido que disponer las cosas de otro modo.
Goethe

¡Tengo que levantarme! Ya he resucitado. He obrado el máximo prodigio. Muchos pensarán que a partir de ahora no habrá nada imposible, pero tengo que andarme con cuidado. Lo eterno debe hacerse paso a paso.
Pienso que podría obrar con toda simpleza; podría aparecerme delante de todos y contar la buena nueva, pero eso no está en el contrato, y yo hago siempre la voluntad de mi padre. A veces me pregunto si soy realmente un revolucionario. Es cierto que mi padre es el dueño del mensaje, pero podría tomarme algunas libertades.
Pensándolo mejor, entiendo las razones de mi padre: si yo apareciera ahora ante el pueblo se armaría un revuelo todavía mayor que el que se armó cuando me arrestaron. Sería probable que algunos hombres, ya sean judíos o romanos, inventaran en ese caso alguna excusa para condenarme nuevamente. Podrían decir, por ejemplo, que el poder de resucitar de entre los muertos no me fue concedido por Dios sino por el diablo. Entonces me condenarían a ser prendido fuego, después de lo cual ya no sería el crucificado, sino el incinerado. Ni siquiera el ver volver a una persona de entre los muertos nos garantiza que todos depongan sus intereses individuales. El mayor de los prodigios no puede más que el egoísmo humano. A veces me pregunto por qué razón mi padre me envió para salvarlos.
He vencido a la muerte, ya no soy más humano. Tendré que actuar no obstante como si lo fuera para que crean que no he resucitado sólo espiritualmente. Tendré que comer con mis discípulos nuevamente, pero ya no siento hambre, ya no siento deseos de ver a Magdalena. He dejado atrás a la muerte y al hacerlo he dejado atrás lo que para los hombres es la vida. Todos mis afectos y pasiones se han aquietado.
Mi memoria no es como la de los otros hombres. No registra sólo los hechos pasados, sino también los que están ocurriendo y los que ocurrirán [1]. Conozco cada uno de los pasos de la historia humana desde su comienzo hasta su final, pero no soy omnisciente. Es cierto que sé de todo, pero no sé todo de todo; existen numerosas circunstancias que ignoro, multitud de detalles que se me escapan. Mi mente rechaza lo pequeño y registra solamente los acontecimientos esenciales, las cosas que tienen especial significación. Mi padre me dijo al respecto que hay cosas que no tienen importancia ni siquiera para Dios.
Sé –porque me ha sido revelado por mi padre– que los judíos están en estos momentos sobornando a los soldados que custodiaban mi tumba para que digan que mi cuerpo fue robado. Ellos prefieren la preservación de su discurso a la admisión de un hecho tan milagroso como la resurrección, pero también los romanos y los otros pueblos preservarían las instituciones por encima de la verdad. Es por eso que resulta preferible seguir convenciendo, por ahora, a los que ya creen. Es más prudente para mí manifestarme ante mis discípulos que buscar ganar apresuradamente nuevos adeptos. Lo eterno debe hacerse paso a paso.
Apareceré primero ante María Magdalena. La pobre mujer está muy desconcertada. Sé que se asustó mucho cuando encontró mi sepulcro vacío. Después apareceré ante mis discípulos y les daré las últimas instrucciones para que cumplan con su apostolado. Cuando haya terminado de hacer esto podré regresar a mi lugar.
Muchos me criticaron por utilizar parábolas, pero eso es una consecuencia directa de mi condición; si yo hubiera hablado de un modo simple y hubiera dicho cuanto sé nadie me hubiera entendido. ¿Qué hubieran pensado, por ejemplo, si yo les hubiera dicho que el hombre algún día va a llegar a la luna?
Es posible que me hubieran tomado por un lunático, porque no me es posible, por más que sea el hijo de Dios, construir un cohete en estos momentos. Lo eterno debe ser hecho paso a paso, la historia es un camino que debe transitarse.
He curado a leprosos, a lunáticos, a poseídos, a inválidos y a ciegos, pero no puedo hacer nada por los que no quieren ver. Muchos creen que los que me condenaron lo hicieron porque no creían que fuera el hijo de Dios. Es posible, pero yo creo que me hubieran condenado de todos modos. También el diablo tiene su momento, y no faltan quienes anteponen sus intereses a todo. Debo darme prisa, aún tengo cosas por hacer, aunque por cierto no demasiadas. Creo que ya les he dicho, a quienes en mí creen, lo más importante, una causa no puede ser buena para todos aunque sea la causa de Dios. Siempre existirán los buenos y los malos, las cosas son como están hechas. El mundo es el prodigio de mi padre, hay cosas que no pueden ser cambiadas ni siquiera habiendo resucitado.
Es necesario dejar que la historia se desarrolle para que se difunda mi mensaje. Lo eterno debe hacerse paso a paso.
Mis discípulos me esperan, pero ya les he dicho casi todo lo que tenía para decirles. Las palabras fueron importantes, el silencio bastará.

[1] Por eso sé, entre otras cosas que, esta característica de mi memoria va a ser revelada por un escritor argentino en un cuento que lleva por título “El informe de Brodie”.





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SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Propietario y Director: Héctor R. Zabala
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Nº 40 – Abril de 2011 – Año II


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