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miércoles, 2 de marzo de 2011



EMILIO NÚÑEZ FERREIRO 

Nació en Barcelona en 1944. Llegó a la Argentina en 1949 y vive en San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires, desde 1952. Participó en diversas antologías. En 2001 y 2003, la Universidad de Morón lo distinguió con el tercer premio en cuento breve y además obtuvo premios de una Editorial de Necochea y otra de Rosario. Publica sus textos en revistas y diarios de la zona. En junio de 2006 presentó su ópera prima, Historias en sepia, veinte cuentos de historias dentro de la Historia. Concurre al Taller Literario Piedra Libre coordinado por Juan Alberto Nuñez. 




AMOR DE OTOÑO 
de Emilio Núñez Ferreiro © 

Hoy, con la nariz contra el vidrio de esta ventana, renacen en mí antiguas sensaciones de mi lejana niñez. Con un dejo de melancolía, acuden a mi memoria los días en que estaba impedido de jugar a la pelota. Percibo el olor a tierra fecundada por la lluvia. Miro hacia fuera, los vidrios de la ventana están llorando. Mi aliento los empaña y, como en mi adolescencia, dibujo con el índice nuestros nombres engarzados. Llegan a mis oídos los quejumbrosos graznidos de unos pájaros. A cada diez meticulosos segundos, una pertinaz gotera cae en un balde y reproduce el indeseable paso del tiempo. Detrás de mí, siento su presencia. Huelo a café recién hecho y me doy vuelta. Me alcanza la taza y sonríe (siempre sonríe). Fija la vista en los cristales y hace un mohín que sólo yo comprendo. 
Las llamas de los leños ascienden y lamen las paredes del hogar. Un tronco chisporrotea; el que lo sostiene cede, y ahora que se han acomodado a los caprichos del fuego, cesa su lamento y comienza a consumirse en silencio. 
Regreso al rectángulo de luz. Llevo un sorbo de café hasta mi boca. Llueve tenazmente. Unas nubes negras, planas y amenazadoras, deciden pasar veloces, pero otras idénticas las suceden. Los álamos se inclinan de espaldas al viento. Una ráfaga arremolina a las pobres hojas que ya no pertenecen a ningún árbol. Las trae hasta mi puerta y, de pronto, las vuelve a barrer hasta la mitad del sendero que va hasta el río. 
Allí arriba, en la cúspide de la chimenea, la veleta no sabe qué hacer. En sólo unos momentos me indica los cuatro puntos cardinales. Veleta caprichosa, mudable. Al fin de cuentas, es una veleta. 
El agua chorrea de hoja en hoja, de rama en rama, de tronco en tierra. La codicia de la greda, lo bebe todo. No obstante, un charco me anuncia que ahí se ha saciado y un hilito acuoso comienza a correr en dirección a la rivera. Río de aguas cristalinas; hoy turbulentas y opacadas. Torrente preñado de salmones, avanzando contra la corriente, como yo; toda mi vida. 
Extraño al sol. A esta hora ya se habría asomado tras los cerros; teñiría de sutil rosado al crespón de nieve de las cumbres. Le daría cierto atisbo de vida a la hojarasca. Iluminaría la fachada de mi cabaña, tenue y suave y, al verme con la ventana abierta, contemplándolo, me besaría los ojos. 
Estoy descalzo. Quiero sentir, en mis pies, las sutiles vetas de la madera. Ella está en la cocina. Llega a mis narices el aroma de lo que vamos a almorzar. No sé por qué se apresura tanto. Tenemos todo el tiempo del mundo. 
Voy hasta allí, me acerco sigiloso. En el momento que, en puntas de pie, levanta los brazos hacia la alacena, la abrazo de atrás y, con mis manos le estrujo los generosos pechos. Hace que se asusta; finge que se enoja. La beso en el cuello, se estremece. Se da vuelta y me besa en la boca. 
–Vamos a la alfombra –le digo. 
–Estás loco –me dice, pero retira la olla del fuego y lleva su mano a la mía. 
El calor del hogar nos acoge. Las llamas desfiguran nuestros cuerpos desnudos. Ya no escucho el viento. No veo el desamparo de los árboles. Olvido la veleta. La gotera parece haber abandonado su rasgueo. La ausencia del sol ya no me importa... 
... Ella, sólo ella y yo. ¡Ahora, hoy! 
Se apresura a vestirse. Sabe que después de cuatro partos perdió la belleza. No comprende que igualmente despierta mi erotismo; que no hago caso a los años alojados en su cuerpo. Que sigo sintiendo lo mismo que cuando su carne era firme y sus pechos mínimos. ¿Acaso, no compara los estragos que hizo en mí el almanaque? 
Regresa a la cocina. Luego de andar unos pasos, se da vuelta y me sonríe (siempre sonríe). De nuevo escucho el viento. Otra vez la gotera, a cada diez segundos, sistemáticamente. 
Me incorporo; me visto y acciono el equipo de música. Esta melodía me arroba el alma. Recuerdo a Anthony Quinn, es inevitable, e intento imitarlo en aquella escena sublime. Bailo; lo hago mal, pero bailo. En este momento, la felicidad ha venido a visitarme. 
Miro de soslayo y, desde el rellano de la puerta, ella me contempla y ríe. La invito a bailar, se niega. Sigo danzando el tema de “Zorba, el griego”. Noto que me canso. Es un cansancio distinto. Me detengo. Siento que un sudor frío me baja, como la lluvia. Tengo la sensación que el aire no me alcanza. Intento sentarme en el sillón. Está cerca, y a la vez muy lejos. Estreno un dolor que sube por mi brazo izquierdo. No sé quién me acierta una estocada en el medio del pecho. Quiero llamarla; mi voz se niega. Al fin me desmorono sobre la alfombra donde acababa de ser feliz. Miro hacia la ventana; mi nombre se ha borrado. Quizás no lo veo. Estoy confuso, no sé qué tengo. Siento miedo... 
... Reacciono y me encuentro acunado entre sus brazos. ¡Pobrecita, llora!, y me aprieta contra su pecho. La música persiste; la gotera, creo que no. Ella llora, yo no quiero. Yo me había jurado no hacerla llorar más. Siento que un frío horrible se apodera de mí. Ahora me doy cuenta: Me estoy muriendo. 
Desde la ventana, una claridad insólita me ilumina. Mis padres me sonríen. Aquella bebita que Dios nos quitó, me llama. Mi inolvidable suegro me hace señas. 
Clavo mis ojos en los de ella. Quiero pedirle perdón por no haber sido mejor. Intento decirle que no llore. Deseo disculparme por lo que hice y por lo que obvié. Quiero decirle todo lo que la amo, pero no puedo. Hago un supremo esfuerzo y creo que alcanzo a balbucear mi último: ¡Te quiero! 
Lo último que escuché, fue mi nombre. No sé si lo susurró o lo gritó; pero venía de tan lejos…


LA BOCA 
de Emilio Núñez Ferreiro © 

A veces, forcejeo con la memoria, procurando que los recuerdos lleguen hasta mí. Otras, en cambio, vienen sin que los llame y se instalan. Cuando son gratos, trato de regodearme en ellos. Me dejo trasladar a ese lugar, a esa situación o a ese personaje que estaba como escondido en mi memoria. De pronto, cuando logran que de mi rostro aflore una sonrisa, y que al mismo tiempo, mi espíritu vuelva a sentir lo mismo que aquella vez, tal como llegaron, pretenden desaparecer. Entonces, es cuando me afano en demorarlos, pero la afinidad que tienen con las veletas es irremediable: van y vienen, de un punto cardinal de la memoria a otro y no puedo detenerlos. Pero lo que más me asombra, son los detalles de los recuerdos; cosas sin aparente importancia, sin sustento quizás, pero que al fin de cuentas llegan a uno como la secuela, como los resabios que, a poco, se conjugan con el todo. 
Lo que quiero contar es puntual y se refiere a cuando, después de tantos años de vivir en Buenos Aires, nunca se nos había ocurrido ir a visitar la tan mentada “República de la Boca”. Pero no sé por qué evoco con tanta nitidez las facturas y el mate que fuimos degustando en la camioneta recién comprada en ese año de 1964, y en la que nos dirigíamos hacia allí. En cambio, y he aquí lo contradictorio; por más que me esfuerce, no puedo dilucidar si la pick–up era la amarilla o la azul. 
Evoco que, si bien era en invierno, el sol dulcificaba el día hasta hacerlo agradable. A tal punto que tío Enrique (me parece aún verlo, riendo siempre a carcajadas) iba en mangas de camisa. Cosa rara en él, pues hasta en pleno verano usaba camiseta de frisa y camisa de mangas largas con el cuello abotonado. 
Tengo una sensación ambigua; por un lado, lucho contra esas nimiedades, pues no quiero apartarme del carozo de la narración. Por otro, me dejo llevar, pues, pese a que ellas me alejan, después de todo, son las que conforman la historia. Aunque no tanto como el desvío que tomó mi hermano, pues para llegar más rápido a La Boca, desde San Antonio de Padua, para hacerlo, según él, más breve, cortó camino no sé por dónde, logrando que el viaje nos demandara dos horas. 
Estoy casi seguro que éramos quince: tres en la cabina: mi hermano, mi cuñada y mamá, y doce atrás. Sí, es innegable, pues nos acomodamos cinco de cada lado y mis primos, que eran dos niños, iban sentados en el piso, sobre unos almohadones, de espaldas a la cabina.
Tío Enrique, como siempre, iba cantando obscenas canciones gallegas; tío Manolo, procurando seguirle el tren, intentaba acompañarlo con su voz de trueno. Papá, como de costumbre, festejaba todo con una amplia sonrisa, pero no modulaba una palabra. Yo, feliz, dejaba que ese momento me hiciera reír como hace mucho no río. 
Las mujeres: una cebaba mate, y no con pocas dificultades, pues en aquel tiempo, la avenida por la que avanzábamos era empedrada. Otra de las mujeres, parecía haberse obstinado en dar buena cuenta de las cuatro docenas de facturas que habíamos comprado y, en cuanto veía que alguien acababa con una, ya lo atiborraba con otra. Las demás, conversaban lo mismo de todos los días; menos tía Carmen, que lidiaba con los hijos para que no abandonaran los almohadones, temerosa de que al pararse se cayeran. 
Al fin, llegamos a La Boca. Nos adentramos por unas calles encajonadas a causa de las altas veredas. Dejamos atrás una incomprensible serie de lúgubres conventillos y casas que disimulaban su decrepitud con estridentes colores. La famosa “Bombonera”, impresionó más a los simpatizantes de ese Club que a los que no lo éramos. 
Pepe estacionó la camioneta a un par de metros del riachuelo, justo enfrente de una Escuela y paralela a unas vías de tranvía que ya manifestaban el escarnio de una supuesta modernización. Enseguida bajamos todos. Para lograr que los 120 kilos de tía Josefa lo hicieran, no fue tarea fácil. Y en este momento, evoco a tío Enrique quitándose el pañuelo del bolsillo y con un aristocrático ademán, extenderlo a modo de alfombra sobre el cajón que servía de escalón y el rostro sanguinolento de la esposa, diciéndole que no se hiciera el cómico, y en ese instante, el cajón cediendo y la obesidad de la tía, desplazándose hasta ser retenida entre las risas de tío Manolo y Pepe y las contagiosas carcajadas de tío Enrique que, de sólo recordarlas, me obligan a sonreír. 
Manolito lo primero que hizo fue quitarse la remera con el firme propósito de bañarse en esas aguas y el padre lo convenció de que no lo hiciera; primero con una amenaza; y luego, con un revés a contrapelo. Cuando paró de llorar, ya nos habíamos internado en la callejuela de “Caminito”. Entre la singular galería de personajes que ahí se encontraba, había uno de enormes bigotes que hacía retratos con carbonilla. Y ahora recuerdo que mamá insinuó que le gustaría hacerse uno y, en ese instante, creo que papá, ni siquiera habló: le bastó ese gesto de torcer su boca, mirarla de soslayo y hacer esa mueca, como de burla, lo que la persuadió de seguir andando, forzando a tío Enrique a soltar una nueva risotada. 
Luego, fuimos hasta el colegio que estaba enfrente a la camioneta estacionada. Por los gestos y por el tiempo que se tomaba en contemplar las pinturas, no tuve dudas que a mi padre, las obras de Quinquela Martín lo maravillaron tanto como a mí. Y fue lógico, pues mi viejo era devoto del trabajo y la perseverancia y, en esos murales, Quinquela plasmaba el trajinar de los trabajadores de los barcos carboneros, areneros y pescadores. 
Otra vez, ese conjuro del pasado, hace que me detenga en cosas que ya no sé si son o no intrascendentes. Ahora me llega la imagen de un canasto sobre una bicicleta verde (no sé por qué estoy tan seguro del color). Montado en esta, un hombre de chaqueta y gorro impecablemente blancos. Al lado, mis primitos, acosando a la madre que decía no tener dinero. Y mi padre, comprándole al churrero, dos docenas de calientes y azucarados churros.
Ahora, el momento es claro y nítido. Mi padre está parado en el límite del empedrado, con las manos en los bolsillos, sonajeando las monedas. Está de espaldas al mástil de la Vuelta de Rocha, mirando hacia el riachuelo de aguas pestilentes. El hedor que emana de éste, lo obliga a arrugar la cara y las fosas nasales parecen agrandárseles. Una barcaza arenera avanza lentamente, y la sombra que proyecta impide que el sol rojo, que agoniza, tiña de carmín la superficie acuática que abarca. Más atrás, se observan los esqueletos de dos barcos semihundidos, asomándose apenas lo suficiente como para pedir un poco de clemencia. Algo más cerca de nosotros, un anciano, mientras rema con inusitada energía un bote, me regala una sonrisa desdentada. Me acerco a papá. No quiero distraer su abstracción, pero tengo la necesidad imperiosa de saber si le gustó el paseo; entonces, como al descuido, le pregunto: 
–¿Y, viejo, te gustó La Boca? 
–¿Así que esto es La Boca? –me dice. 
–Sí, claro –respondo. 
Y enarcando una ceja, manifiesta lo que nunca olvidaré: 
–¡Pues cómo será el culo! 


MI PERSONAJE FAVORITO 
de Emilio Núñez Ferreiro © 

Se me ocurrió escribir algo sobre un personaje de uno de los tantos libros que leí. Me propuse que tenía que ser uno con el que me hubiese gustado trabajar. Y más aún, conversar con él, preguntarle cosas... 
Pensé en “Funes, El Memorioso” de Borges. Hice lo mismo con el de “Encender un fuego” de Jack London. Me tenté con Florentino Ariza de “El Amor en los tiempos del Cólera” de García Márquez. Casi me decido por el padre de Osvaldo Soriano; pues como personaje me sedujo, quizás, porque los eternos perdedores tienen un encanto especial que nos incita a quererlos más que a los otros. Estuve a punto de elegir al entrañable personaje de “El Hombrecito del Azulejo” de Mujica Láinez. Al fin, caí en la cuenta que el personaje que más había logrado maravillarme, había sido el Jesús de “Cristo de Pie” de Dalmiro Sáenz. 
Con la decisión tomada y varios libros apilados a mi izquierda, a la espera que vuelvan a ser acomodados en la biblioteca, encendí la computadora, abrí un documento nuevo, pero no le puse título. No sé por qué, pero hasta que no termino un cuento no se me ocurre el encabezamiento. 
Como siempre, la pantalla en blanco y las letras del teclado, incitándome a que empiece a oprimirlas, para formar con ellas el prodigio del vocabulario, me inhibieron. No hay caso, no puedo evitarlo. 
Procurando darme tiempo, encendí un cigarrillo. Mientras recordaba hasta el más mínimo detalle, el cigarrillo se consumió y no acertaba cómo empezar. Enseguida encendí otro; esto me ocurre cuando estoy ansioso. 
El cuarto donde trabajo es pequeño. El frío de la tarde me obligaba a tener todo cerrado; en consecuencia, el aire estaba viciado. De pronto, la lámpara que me iluminaba titiló un par de veces. Luego se apagó. Instintivamente, miré hacia ella y ese momento volvió a encenderse. Cuando volteé de nuevo, en la silla, que de tanto en tanto se sienta algún amigo complaciente al cual atosigo con mis escritos, estaba sentado Jesús. 
¡Si, ya sé! Lo más lógico es que dudes de mi cordura. Te comprendo, pues hasta ahora yo también abrigo esa duda. Pero era él. Estaba ahí, sentado, con una pierna apoyada sobre la otra. Era tal cual lo había imaginado. En realidad, era muy parecido a como lo plasman en la mayoría de las imágenes que conocemos de él. Por un momento, tuve la impresión de que en el caso que me adivinara el pensamiento, me habría de reprochar lo que estaba pensando, pero inevitablemente, para ser honesto, me pareció un tipo común, nada especial. Podría afirmar que se parecía al típico hippy de los sesenta. Vestía una toga color arena y calzaba unas sandalias gastadas. Comprobé que era de estatura mediana. Castaño claro y sedoso, tanto los cabellos como la barba. Creo que los ojos eran verdes, no estoy seguro, pues cuando me miró... No sé como describirlo: La mirada esa era de una bondad, de una candidez, comparable sólo a la de un niño recién nacido. 
Después de sonreír, lo primero que me dijo fue que cómo podía contaminarme tragando ese humo. Atiné a responderle que así somos, sabemos que algo es dañino y, así y todo, nos empeñamos en creer que a los que les hace mal, es a los otros. 
–¿Y vos no sabés que sos el otro de los otros? –me contestó. Y tragué saliva. 
No me dejó agregar nada y me preguntó: 
–¿Por qué pensaste en mí para este trabajo?
–Porque si bien, para mí, sos el tipo que más admiro… –(y en cuanto le dije “tipo”, tuve la sensación de haberme sobrepasado, pero él, ni se inmutó)– …en ese libro, aprendí a quererte más, pues Dalmiro no hizo tanto hincapié en el misticismo. Hizo nacer en mí a un Cristo nuevo, a un Jesús de Nazaret mucho más creíble del que los representantes de vos en la Tierra se habían empeñado en hacerme creer. 
–En primer lugar, hasta que yo no nazco en el corazón de ustedes, no existo –me dijo, acariciándome con la mirada– En cuanto a los otros, son contados los que se ganaron el derecho a representarme. Sobre todo, en las altas cúpulas de la Iglesia, porque la mayoría vieron en mí un gran negocio. ¿No te parece irónico que los mismos que me amasijaron, fueron los que crearon luego una religión un tanto nefasta, pues lograron albergar en la gente, más que la fe, el miedo? Aunque en esta época ya nadie se come un sapo, y eso es bueno, pues la fe está en el que duda –y sonrió con un dejo de sarcasmo. 
El tipo hablaba como si hubiera nacido a la vuelta de mi casa. Me hizo gracia, pero deduje que dentro de su infinita bondad, lo único que intentaba, era que yo me sintiera cómodo. Por un momento, temí que mi esposa viniera para que le hiciera algún trabajo para la Escuela y que en consecuencia (no sé cómo llamarlo) –digamos, el hechizo– se esfumara. Acto seguido, sobre la base de lo leído en ese libro, le pregunté: 
–¿Y lo que dice Dalmiro de vos, que fuiste, en cierto modo, el que comandaba una especie de guerrilla contra los que usurpaban el poder de tu pueblo, es cierto? 
–Podría decir que sí, pero prefiero que vos creas lo que te dictamina tu conciencia. Y como verás, ninguna rebelión muere, renace en otra parte y en otros tiempos. Siempre fue así. Pero ¿ves? De eso, la Iglesia no dice nada. Tampoco hacen alusión de mi amistad con Magdalena. Y mucho menos a mi unión en matrimonio con Sara. Gracias a ella, descubrí que el amor es liberación, entrega, y ante todo, competencia, para ver quién sirve más al otro. No podría haber sido de otro modo, para que luego me entregara al amor de todos. 
–Entonces... –me animé a decirle– ...el “Che” Guevara, ¿se puede decir que, en cierta forma, se pareció a vos? 
–Sí; aunque no fue el único. Pero sin duda, fue quien más se acercó a lo que yo quise lograr. No sólo por los ideales, que aunque paralelos, distaban un poco; sino porque fue un soñador, un pobre iluso como yo– y esbozó un atisbo de sonrisa–. Con la diferencia que él no hacía milagros y que yo no fumaba habanos– y volvió a sonreír, pero esta vez con un dejo de picardía que me causó mucha gracia. 
–Y decime: ¿Tu padre, fue José o el Espíritu Santo?– indagué, animado por el clima que se había formado. 
–Eso prefiero dejarlo a tu criterio. Como ya te dije, la fe nace más de la duda que de la certeza y yo quiero que sigas creyendo. 
–¿Y te pareció justa tu muerte? ¿No fue demasiado indigna? 
–Todas las muertes son justas o injustas; según como se miren. Y en lo referente a lo indigna, creo que la del pobre Ernesto fue mucho más que la mía. ¡Y hubo y va haber tantas más! 
–¿Y vos, no podes hacer nada? 
–Todo a su tiempo. Hay que saber esperar –dijo elevando las manos. 
–¿Y yo voy a llegar a verlo? 
–No creo que vivas tanto –e hizo una mueca de resignación. 
Esa respuesta me tentó a indagar cuánto me quedaba de vida. No me animé. No sé si por miedo a enterarme o porque me pareció que era demasiada osadía preguntarle semejante nimiedad. De pronto, todos los interrogantes que pensaba aclarar se fugaron de mi mente. Me bloqueé, me quedé como la pantalla de la computadora, sin palabras. Él, que hasta ese momento se había mantenido inmóvil, bajó la pierna que tenía apoyada sobre la otra. Temí que se fuera y creo que balbuceando, le pregunté: 
–¿Qué pensás de mí? ¿Soy un tipo bueno? 
En tanto que sonrió, apoyo su diestra en mi hombro. Luego, la llevó hasta mi nuca y me acarició. Creí que me elevaba a una dimensión que no conocía. Los ojos se me inundaron. El nudo que acudió a mi garganta me impidió hablar. Quise pedirle que nunca me hiciera volver a vivir la desgracia de volver a enterrar a un hijo. Intenté indagar dónde está el milagro que hace que, después de tantos años, siga enamorado de la misma mujer. Quise enterarme si alguna vez tendría la capacidad de saber ser feliz. Deseé decirle que cada día me empeño en ser mejor. Tuve el ansia irrefrenable de preguntarle si volvería a verlo otra vez. Pero la lámpara volvió a parpadear, luego se apagó, y cuando volvió a hacerse la luz, Él ya no estaba. 
Cometí la estupidez de acudir al libro. Lo abrí convencido de hallarlo ahí. Lo busqué entre las páginas. Fue en vano. Entonces, no sé por qué, me eché a llorar como hacía tiempo no lloraba. 


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Nº 19 – Marzo de 2011 – Año II


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