Nº 111 – Septiembre de 2026 – Año XVII
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral
En breve.
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Luis de Góngora
Escritor español, 11/7/1561 - 23/5/1627
(óleo de Diego Velázques, 1622,
pintor español, 6/6/1599 - 6/8/1660)
Selección: Alanís Ahmed
• Rolando REVAGLIATTI (Argentina)
• Ainhoa ESCARTI (España)
• Amir GORZALCZANY (Argentina - Israel)
• Laura DAZA (España)
• Jorge DÍAZ ÁLVAREZ (Cuba - Estados Unidos)
• Ana María TRUSSI (Argentina)
• José Ramón MUÑIZ ÁLVAREZ (España)
• Yuleisy CRUZ LEZCANO (Cuba - Italia)
• Damián ANDREÑUK (Argentina)
• Haidé DALBÁN (Argentina)
• Germain DROOGENBROODT (Bélgica – España)
• Ana GINER CLEMENTE (España)
ROLANDO REVAGLIATTI
Nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside.
Este escritor argentino, además ha sido actor, docente y psicoanalista. Publicó
en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos volúmenes con
cuentos, relatos y microficciones, y diecinueve poemarios. Todos sus libros
cuentan con ediciones electrónicas disponibles en https://www.revagliatti.com. En esta condición se hallan los
seis tomos de su libro “Documentales.
Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 entrevistas por él
realizadas. Ha sido incluido en unas ochenta antologías de poesía, narrativa y
dramaturgia de la Argentina, Brasil, Perú, México, Chile, Panamá, Estados
Unidos, República Dominicana, Venezuela, España, Alemania, Austria, Italia y la
India. Más de 1900 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios
de muy diversos autores se hallan en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos
y en https://www.arcoiris.tv/fonte/Rolando%20Revagliatti/
Más de su trayectoria y obras en Suplemento
de Realidades y Ficciones Nº 31: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2011/03/rolando-revagliatti-nacio-el-14-de.html
REDACTOR
Rolando Revagliatti ©
El chico que no habla es el hijo único de su fallecida única hija, y de
su también fallecido yerno. Lo crió ella, viuda, al chico que no habla, su
nieto. Es el chico que no habla quien redacta el breve texto que se inicia con:
“El chico que no habla es el hijo único de su fallecida...”.
NUNCA SOÑÉ
Rolando Revagliatti ©
Nunca soñé con tres ojos que me escrutaran desde un pescuezo de jirafa.
Que me escrutaran no sin dejar de entornarse alguno, alternativamente. Tres
ojos y no tres pares de ojos de diferentes tonalidades. Tres ojos oscuros
idénticos. Y que se posaran sobre mí sin benevolencia ni animosidad. Desde un
pescuezo inconfundible, irreprochable. Desde una jirafa de la que pudieran
pender arañas plateadas, moribundas, o exhaustas. Pendiendo como sólo penden lo
esencial y lo sutil. Lo sutil exhausto, lo esencial moribundo. No estaríamos
ellas y yo en un zoológico o en un ambiente no trastornado por el hombre. Pero
yo no distinguiría el sitio, y hasta ese momento sería únicamente mis cuatro
pintorescas narices, olfateando en vano, desasidas de cabeza reconocible. Yo
consistiría, hasta entonces, en una pura memoria guiñolesca, afanándose por
recuperarme. Sería, claro, una sustancia en su propia procura.
Nunca soñé con algo rubio gelatinoso aposentado sobre un punto cardinal.
Ni me soñé punto cardinal sobre el que se aposentara determinada o
indeterminada gelatinosa rubiedad.
Nunca soñé con escaleras derritiéndose sobre un valle de incienso. Dos
mil ochocientos peldaños, sumando las sesenta y seis escaleras de fibra.
Incienso que cubre todo el valle al que pertenezco desde mi primer sueño
anotado en un cuaderno infantil. No estaría allí como ninguna de mis presencias
mensurables. Y, sin embargo, me brindaría a derretirme.
Nunca soñé con hexágonos de piel humana impidiéndome apoderarme de la
gracia. Es poco no haber soñado nunca con la gracia apoderada impidiéndome la
humana piel de los hexágonos.
Nunca soñé con el antojadizo poder de cristalizar, seccionar y envasar
un crepúsculo. Y darlo a consumir sin reparos. Antojo de consumición.
Nunca soñé con un espejismo, ni cóncavo ni convexo. Espejismo con el que
hubiera podido restituírseme la gobernabilidad de mis sueños.
SEMBLANZA
Rolando Revagliatti ©
Soy lo que soy desde que se murió mi mamá. Me sentía libre al principio,
liberado. Me lo merecía. Mientras ella vivía fui un pelagatos. En la gran
ciudad. No voy a revelar cuál era mi ocupación. En todo caso, digna. Mientras
ella vivió, “el hijo de la sucia” me endilgaban. El eslogan dolía. Y dolía
también el otro eslogan: “El hijo del vecino”. En referencia al quiosquero, el
solterón de la casa de al lado. Y algo hubo, algo pasó.
En efecto, mi mamá no era propensa a la higiene. No era, tampoco, una
mujer dada, que se pudiera decir, comunicativa. Estrictamente, gruñía en
ocasiones. Yo le preguntaba: “¿Vino Isabel a buscarme?”: gruñido. “Mamá, ¿me
hacés el nudo de la corbata?”: gruñía y me hacía el nudo de la corbata. Le
comentaba: “Me aumentaron el sueldo”: gruñido. Y le proporcionaba una generosa
porción de mis ingresos. Trabajaba yo doble turno y ganaba por ese turno doble
el ochenta por ciento de lo que se me abonaba por el turno simple. Y aún me
quedaba un ratito para darle algunos besos a mi novia de la infancia, la
adorable, la resignada Isabel. Escasas emociones en los primeros treinta años
de mi vida.
Ahora soy un trashumante, difusamente melancólico. De Isabel me despedí,
apenas después de tomada la ruda resolución de vagabundear. A mi mamá la llevo
en el espíritu a donde quiera que me traslade y con quien sea que me junte.
Admitan en mi semblanza que la añoro. Tengo para mí que acabaré por
hastiarme.
AINHOA ESCARTI
Es una escritora y articulista nacida en Cádiz, España. Con una
formación académica polifacética, ha cursado estudios de Historia, Filosofía,
Sociología y Antropología, lo que aporta una mirada profunda y diversa a su
producción narrativa.
Su trayectoria destaca por un éxito notable en el ámbito digital, donde
ha superado los dos millones de descargas de sus obras. Como autora versátil,
ha cultivado géneros que van desde el terror y el microrrelato hasta la
narrativa contemporánea. Entre sus publicaciones más destacadas se encuentran
títulos como La muchacha de la ventana
y la recopilación de textos Todas las
cosas que escribí cuando ninguno de ellos miraba.
Además de su labor creativa, mantiene una presencia constante en medios
de comunicación como columnista de opinión y colaboradora en diversas revistas
culturales de España y Latinoamérica.
El Suplemento de Realidades y
Ficciones ha publicado obras de esta autora en los siguientes números: 60,
74, 83, 87, 96, 104 y 109, que pueden consultarse recurriendo al ÍNDICE DE
AUTORES, a derecha de la presente página, haciendo clic en ESCARTI Ainhoa (esp)
en cada caso.
https://author.to/Ainhoa_Escarti
https://twitter.com/AinhoaEscarti
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https://instagram.com/ainhoa.escarti
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CUENTO
Ainhoa Escarti ©
Los errores del pasado me pisan los talones, con pasos grandes, con
pasos largos. Escucho sus voces llamándome a gritos, me despierto sudando de un
brinco, al fondo veo algo, una negrura densa, pero cuando alcanzo mis gafas
para vislumbrar su forma, no hay nada.
Me entretengo leyendo noticias en mi móvil, la jubilación me tiene los
horarios dispersos, yo lo estoy. Algo me acecha y debo saber qué es. He leído
que los gatos son sensibles a estas cosas extrañas, debería adoptar uno. Mando
un mensaje a mi hija, no le hablo de lo oscuro, pero sí del minino que será mi
próxima compañía.
Yo duermo, el gato que se ha acostumbrado a mí duerme cerca, a los pies
de la cama. En ocasiones le acaricio con el pie porque ronca y me desvela. Nos
estamos haciendo el uno al otro, aprendiendo nuestras costumbres. No logro
cogerle cariño, pero me protege. Ya son tres las noches que se despierta con
los pelos de punta, irritado, me confirma mirándome a los ojos que hay algo que
me acecha.
Hay una sombra del pasado que me quiere tirar de los pies mientras
duermo. No se lo cuento a nadie, me manejo con los secretos mejor que un marino
con los vientos a favor. Mi memoria a ratos agujereada, recuerda mirando las
estrellas de la sopa, con quién tomé sopa, a quién envenené la sopa. Cada vez
que tomo sopa el gato se encoge, cambia su cara y me mira con ojos de censura.
La sopa, el gato y yo sabemos que hice, lo recordamos entre los huecos de mi
demencia que me anula, que agradezco tener para vivir esta paz no enturbiada
con la sangre que derramé antaño.
Anoche la sombra tiró de mis pies, me arrancó de la cama. Ahora moro con
ella, rondando mi cuerpo. Me miro inerte desde fuera, soy una masa informe
sostenida por la tecnología. El gato me suele ver mientras paseo a manos de
aquella mujer que envenené. Saboreando la venganza es feliz, me ha cosido a
ella con un hilo del que no reconozco el material, quiero volver a mi cuerpo,
pero nuestras ligaduras no me dejan tocarme los dedos.
BARBECHO AGÓNICO
Ainhoa Escarti ©
Aguardo despertar
sin queja en mi cuerpo.
La oxitocina no viene a mi encuentro,
está en barbecho.
Desconozco cuándo acabará,
se me da muy mal esperar.
Corto constantemente las uñas
de manos y pies,
los panes no levan,
y siempre me levanto de mi asiento en el teatro
cuando Shylock aún no ha dicho
su monólogo con encanto.
El cortisol me domina.
No estoy en la cueva
muriendo de miedo
por la fiera que se aproxima.
Mas tengo tanto miedo
de lo que viene tras la esquina
que este barbecho es agonía.
AMIR GORZALCZANY
(Buenos Aires,
Argentina, 1958) Es doctor en Arqueología, especializado en arqueología
islámica, y posee además una maestría en petrografía. La investigación
desarrollada en el marco de esta última contribuyó al conocimiento de la
cerámica del período persa en el Levante meridional. Reside en Israel y
continúa vinculado profesionalmente con la Autoridad de Antigüedades de Israel,
institución en la que ha desempeñado diversos cargos y donde fue jefe del
Departamento de Revisión Científica (Head of the Scientific Review Branch).
Asimismo, encabezó delegaciones de la institución en distintos países, entre
ellos México.
A lo
largo de su carrera ha dirigido más de ochenta excavaciones arqueológicas y
publicado alrededor de ciento cincuenta trabajos científicos. Sus
investigaciones abarcan, entre otros temas, la arquitectura monumental, la
industria, los mosaicos, las prácticas funerarias, la arqueobotánica, los
sistemas de acueductos, los paisajes históricos y agrícolas, la petrografía y
los efectos de los eventos sísmicos sobre el registro arqueológico. Dentro del
estudio de las prácticas funerarias, ha dedicado especial atención a los
períodos calcolítico y mameluco, sobre los que ha publicado estudios que han
aportado nuevas interpretaciones.
Una
línea central de sus investigaciones sobre el período islámico ha sido el
estudio de la relación entre las actividades industriales y la planificación
urbana de Ramla. En este marco investigó, entre otras instalaciones
productivas, un laboratorio de alquimia, cuyo análisis permitió aproximarse a
las prácticas técnicas y al conocimiento de los materiales en la ciudad
islámica. Sus trabajos examinan el papel de las áreas de producción y de la
infraestructura asociada en la organización espacial, el desarrollo y las
transformaciones históricas de la ciudad.
Entre
sus líneas de investigación más recientes se encuentra también el reexamen de
los ostraca de Arad. Sus trabajos en este campo proponen nuevas
interpretaciones de determinados lexemas y una lectura integral del corpus como
testimonio de los sistemas de abastecimiento y logística militar durante la
Edad del Hierro. También ha publicado informes finales de excavación y
participado en la edición de diversos volúmenes académicos.
Es
miembro del CEHAO (Centro de Estudios de Historia del Antiguo Oriente) y fue
miembro del comité editorial de la revista Antiguo Oriente. Ha presentado
trabajos en numerosos congresos internacionales y participado en la
organización de encuentros científicos. Ejerció la docencia en la Universidad
Ben-Gurion del Néguev y dictó cursos de posgrado y seminarios en la Universidad
de Buenos Aires y en la Pontificia Universidad Católica Argentina. Integra
asimismo la Red de Científicos Argentinos en Israel y participó en el programa
RAÍCES, en cuyo marco desarrolló actividades docentes y de intercambio
académico en la Argentina.
Más allá
de los objetos, las construcciones y los estratos, su interés se ha dirigido
siempre hacia la condición humana que se revela en los hallazgos arqueológicos:
las historias personales, los gestos materiales y las huellas de vida
preservadas bajo los restos del pasado. Su trabajo combina arqueología,
historia, filología, geociencias y ciencias naturales desde una perspectiva
marcadamente interdisciplinaria.
Más
sobre su trayectoria y obras en Suplemento
de Realidades y Ficciones Nº 107: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2025/09/blog-post.html
EL HOMBRE DEL DIAPASÓN
Amir Gorzalczany ©
El bar de Ordóñez estaba cerca del puerto, en una de esas calles que,
con el tiempo, habían perdido hasta el pudor de disimular su mala fama. Cuando
llovía, el agua se quedaba atrapada entre los adoquines rotos y las baldosas
que faltaban; los faroles sobrevivientes titilaban sin iluminar nada, y después
de cierta hora solo quedaban algunos marineros tambaleantes y prostitutas
maquilladas en exceso, cruzándose sin mirarse. Para entonces, los pocos vecinos
que quedaban hacía rato habían cerrado las ventanas y se habían guardado
prudentemente tras sus puertas, como quien sabe que la noche no trae nada
bueno. Solo las luces tenues de algunos tugurios poco recomendables alcanzaban
a perforar la oscuridad.
El local había vivido días mejores. Ordóñez tenía un socio casi
imaginario, Páez, un tipo huraño al que apenas se veía. Tampoco hacía falta:
los pocos parroquianos eran atendidos por el propio dueño con diligencia casi
obstinada. A veces, mientras abrillantaba unas copas o pasaba un trapo por una
mesa todavía tibia, se sorprendía preguntándose en qué momento todo había
empezado a torcerse.
En un rincón, casi oculto por resignación más que por discreción,
descansaba un piano viejo y vencido. Había sido la joya del barrio, en tiempos
en que el lugar estaba recién pintado y lleno de luz. Ahora, abandonado,
mostraba la madera rayada y las marcas circulares de vasos húmedos en la tapa.
El banco tenía la felpa gastada y las patas quejumbrosas. Casi nadie se sentaba
ya. Solo Felipe, muy de vez en cuando, intentaba arrancarle alguna melodía; a
veces lo lograba, pero los comensales no solían darse por enterados.
Así transcurrían los días, sin prisa ni novedad. Hasta que, una tarde
cualquiera, en medio del forcejeo de Felipe con las teclas gastadas, un hombre
que pasaba frente a la puerta se detuvo. Escuchó apenas unos compases, frunció
el ceño con una mueca difícil de interpretar y entró. Era anciano y vestía un
gabán remendado que le quedaba grande; los zapatos, rendidos. Al hombro, una
mochila ajada. Sin embargo, no tenía el aire de un mendigo: caminaba despacio
pero erguido, como si en algún tiempo hubiera llevado un traje mejor. Su
cabello blanco, sorprendentemente abundante, le daba un aspecto digno, y en sus
ojos había una chispa singular, mezcla de cansancio y lucidez.
Se acercó al mostrador con cierta vacilación. Carraspeó. “Está un poco
desafinado”, dijo con amabilidad, señalando el piano. “Si quiere, puedo
afinarlo… Con algo de comer me basta.”
Ordóñez lo estudió como si temiera una broma. Estuvo a punto de negarse,
pero pensó, con un gesto cansado, que no tenía nada que perder. Le indicó una
mesa libre y, al rato, le sirvió un plato de sopa espesa que el hombre comió
con gratitud.
Cuando terminó, se limpió los labios con una delicadeza casi fuera de
época, tomó la mochila y avanzó hacia el piano. Sacó una llave de afinación
envuelta en tela, tiras de fieltro, cuñas de goma, pinzas, destornilladores
mínimos. Por último, depositó con reverencia un diapasón antiguo. Por un
segundo, solo uno, dudó; no era inseguridad, más bien el registro íntimo de un
gesto que había hecho demasiadas veces. Luego se frotó las manos y comenzó.
Mientras veía los preparativos, Ordóñez comenzó a preguntarse si había
sido una buena idea. Su preocupación se ahondó al verlo hurgar en las entrañas
del instrumento, como si desarmara algo vivo. Finalmente soltó el aire, sin
estar seguro de por qué, y se retiró hacia el mostrador.
El hombre trabajó en silencio, inclinado sobre las cuerdas como quien
afina un recuerdo más que un instrumento. Felipe, un paso atrás, lo observaba
con ese respeto instintivo que despiertan algunos oficios precisos. Ordóñez
miraba desde la distancia, sorprendido por la metamorfosis. De vez en cuando,
la mano del afinador se dirigía titubeante hacia alguna de las herramientas
prolijamente ordenadas en hilera, eligiendo la necesaria sin mirar.
La primera nota clara sonó como un hilo de luz entre sombras. Todo el
bar calló. El anciano apenas sonrió.
Tres horas después, el piano parecía otro. Sin hablar, el afinador
invitó a Felipe a sentarse. Los dedos del pianista, agarrotados por años de
resignación, obedecieron como si recuperaran memoria. La melodía que surgió fue
limpia, brillante, expansiva. Felipe abrió los ojos como un niño; Ordóñez, aún
más.
Los pocos clientes guardaron silencio, y al final un aplauso tímido se
elevó, desconcertado, como si no supiera abrazar aquella emoción inesperada.
Algo había cambiado: el lugar parecía menos decadente, como si el tiempo
hubiese retrocedido un poco. Incluso el piano, lustrado solo por el sonido,
parecía más joven.
El anciano se acercó a Ordóñez con una sonrisa pequeña. “Para empezar,
está bien”, dijo. “Si quiere, puedo volver otro día para terminarlo.” “Claro…
claro… por supuesto”, murmuró el dueño, aún incrédulo.
Mientras tanto Felipe, ajeno a todo, acariciaba el piano en silencio,
como si temiera que desapareciera.
En los días siguientes, el afinador volvió a intervalos irregulares,
siempre con su abrigo gastado. Recibía con educada gratitud un plato de comida
que Ordóñez le ofrecía ahora con una sonrisa, y, acompañado por un vaso de vino
y algún ocasional postre, hacía ajustes mínimos. Sin que nadie supiera cómo,
cada visita parecía afinar también el aire del lugar. En una de esas tardes,
mientras ajustaba una cuerda rebelde, el afinador cerró los ojos un momento más
de lo habitual, como quien escucha un eco olvidado.
Felipe, que había recuperado el hábito de tocar casi sin descansar, era
cada vez más difícil de despegar del banco. A veces, después de alguna pieza,
se quedaba mirando sus manos como si no terminara de reconocerlas. En otras
ocasiones murmuraba algo breve, apenas un hilo de voz, y con los ojos cerrados
pasaba a la pieza siguiente.
Con el correr de los días, el bar empezó a llenarse. Primero tímidamente,
con gente que asomaba la cabeza por la puerta como quien prueba suerte; luego
con una constancia creciente, casi inquietante. La música escapaba a la calle y
parecía detener por un momento a quienes pasaban. Algunos entraban sin saber
por qué. La transformación se consolidó cuando un conocido periodista cenó allí
por azar. Esa noche Felipe estaba especialmente inspirado y el afinador había
pasado temprano. En un par de días fue publicada la reseña que, sin ser un
panegírico, bastó.
Desde entonces, el local pareció crecer por sí mismo. Las mesas se
ocupaban antes del atardecer, las reservas se amontonaban y, para sorpresa
general, empezaron a estacionar autos de alta gama hasta más allá de la
esquina. Pronto faltó lugar. Hubo que contratar personal extra para ordenar el
estacionamiento y también seguridad para organizar la fila. Algunos clientes
discutían, otros protestaban por la espera, pero todos regresaban. El bar ya
era otra cosa. Las paredes comenzaron a llenarse de fotografías enmarcadas
donde el dueño aparecía sonriendo, abrazado a políticos, actores y otras
celebridades. El lugar se convirtió en un campo de caza para los paparazzi,
siempre al acecho de celebridades de turno.
Ordóñez se movía entre las mesas con un orgullo que intentaba disimular,
repartiendo apretones de mano y palmadas en las espaldas. Cada tanto se detenía
unos segundos, como si necesitara convencerse de que aquello no era un sueño.
El afinador, desde su mesa
habitual, contemplaba el bullicio con una calma que no era indiferencia. Cuando
el bar bullía de conversaciones, apoyaba una mano en el mantel y entrecerraba
los ojos. Parecía escuchar algo que los demás no percibían. A veces, cambiaba
una breve mirada de inteligencia con el patrón, una complicidad que solo ellos
entendían.
Felipe tocaba sin descanso, absorbido por una energía nueva. Cada tanto
tomaba un sorbo rápido de un vaso cercano, sin dejar de mirar el teclado. A
veces, al terminar una pieza, respiraba hondo antes de continuar, como si la
atención del público le pesara más de lo que admitía.
La prosperidad estaba en su punto más alto cuando Ordóñez debió
ausentarse por un asunto familiar y, sin alternativa, pidió a Páez que se
hiciera cargo unos días. El socio llegó a regañadientes, pero al ver el local
lleno se quedó unos segundos inmóvil, con la mano apoyada en el marco de la
puerta. No estaba seguro de si alegrarse por el éxito o temer que ya no hubiera
lugar para él. Finalmente respiró hondo, enderezó los hombros y entró.
Al principio sus cambios fueron mínimos: un comentario sobre el orden de
las mesas, una indicación seca a los mozos. Nadie protestó. Al segundo día, sin
embargo, ordenó a Felipe alternar la música con el servicio de mesas y otros
encargos. Felipe obedeció, aunque su gesto revelaba algo parecido a la
incomodidad. La grieta se abrió por completo cuando Páez notó que el afinador
ocupaba una de las mesas principales con su ropa modesta. Frunció el ceño, pero
no habló de inmediato; parecía debatirse entre pedirle que se retirara o
simplemente ignorarlo. La duda duró poco. “Desentona”, murmuró, esta vez sin
ocultar el fastidio. Sin darle oportunidad de explicarse, lo increpó con
brusquedad. Felipe intentó intervenir; fue inútil. Páez levantó una mano para
silenciarlo y llamó a los guardias. El anciano abrió apenas la boca, como si
fuera a responder; luego la cerró, sin pronunciar palabra.
El afinador se levantó despacio. Algo en su expresión, una mezcla de
cansancio y dignidad, hizo que los guardias no lo tocaran, a pesar de las
órdenes. Cuando pasó junto al piano, se detuvo un instante. No lo rozó: apenas
dejó que la mirada se deslizara sobre las teclas, como si buscara algo que ya
no estaba allí. Luego asintió para sí mismo y salió sin volver la vista atrás,
con su mochila al hombro.
Mientras tanto, con prisa casi nerviosa, Páez había sentado nuevos
comensales en la mesa recién desocupada. Para disipar la tensión del momento,
ordenó a Felipe que volviera al piano y empezara a tocar. Este obedeció de
inmediato. Al hacerlo, algo había cambiado sutilmente. La primera melodía salió
razonablemente bien; la segunda se quebró. El piano parecía más viejo; Felipe,
más torpe. Tragó saliva y lo intentó de nuevo, sin éxito.
El local se oscureció sin
que las luces variaran. Los clientes, a medida que iban terminando sus
refecciones, comenzaron a irse y por primera vez en meses, nadie entró a
reemplazarlos. Las mesas comenzaron a vaciarse poco a poco, algo que no ocurría
desde hacía tiempo.
En los días siguientes, Felipe luchó por arrancar alguna melodía que
devolviera la magia, pero el instrumento ya no respondía. La lista de espera se
evaporó. La farándula buscó entretenimientos nuevos.
Cuando Ordóñez regresó, encontró el lugar desierto. Se quedó unos
segundos en la puerta, como si necesitara tiempo para reconocer el sitio donde
había trabajado media vida. El aire estaba pesado; el piano, mudo. Felipe le
explicó lo ocurrido en pocas palabras. Ordóñez lo escuchó sin interrumpirlo, y
al terminar buscó a Páez con un enojo que venía de lejos. La discusión fue
abrupta y corta; la sociedad terminó allí mismo.
Durante los días siguientes, Ordóñez salió a buscar al afinador por el
barrio, luego por la ciudad. Preguntaba en comercios, en bares, en la calle.
Algunos encogían los hombros; otros lo miraban como si hablara de alguien que
nunca existió. Nadie sabía de quién se trataba.
Entendió, sin que nadie se lo dijera, que aquello no volvería.
Sin fuerzas para seguir, bajó definitivamente las persianas del bar.
Volvió a su vieja costumbre de caminar por la misma calle, manos en los bolsillos.
A veces se detenía frente al local cerrado y pasaba la mano por la cortina
metálica, un gesto mínimo que él mismo parecía no registrar.
Dicen que el piano sigue allí, bajo una sábana polvorienta, esperando.
De Felipe se oye, de tanto en tanto, que toca en algún rincón perdido de la ciudad.
Pero nunca volvió a sonar como entonces.
De Páez… nadie volvió a hablar.
EL CHASQUI
Amir Gorzalczany ©
Ya casi amanece y debo prepararme. Los primeros rayos del bondadoso Inti
comienzan a calentar esta región pedregosa del Tawantinsuyu. Mi misión está por
comenzar.
Hay quienes dicen que ya soy viejo para ser chasqui, que mis ojos no ven
como antes y que mis rodillas están cansadas. Puede ser. Pero, en mi familia,
los hombres siempre hemos servido al Inca con fidelidad, y no es por azar que
me encuentro apostado en este chaskiwasi.
Hace mucho que abandoné el servicio regular para formar una familia,
pero un hatun chasqui nunca deja de
serlo por completo. Cuando el Inca reclama su lealtad, regresa al chaskiwasi y vuelve a los caminos.
La modesta choza que comparto con mis compañeros se alza junto a uno de
los caminos principales del Qhapaq Ñan.
A nosotros se nos confía este tramo porque somos los chasquis más
experimentados. Conocemos cada valle, cada quebrada y cada paso traicionero de
la región. Sabemos dónde el camino se vuelve peligroso, qué desvíos tomar
cuando las lluvias lo cierran y cómo llegar a destino sin perder un instante.
Entre todos los jóvenes que permanecen en constante alerta, nuestro curaca me ha elegido a mí para recorrer
el último tramo. Sé que los demás me envidian. Seré yo quien comparezca ante el
Inca y su séquito y entregue las noticias que aguardan con tanta impaciencia.
De ellas puede depender la continuación de la campaña y, si Wiraqocha así lo
quiere, la victoria definitiva sobre los miserables rebeldes.
Es mucho lo que está en
juego.
No será fácil. Pero no puedo dejarme vencer por el desaliento. No soy un
corredor ordinario: fui y seguiré siendo un hatun
chasqui.
No hay tiempo que perder. Tras un desayuno frugal —ya habrá ocasión de
comer cuando haya cumplido mi misión—, me encomiendo a los apus y a las huacas del
camino para que guíen mis pasos y me den fuerzas para correr. Luego me dispongo
a esperar al mensajero al que habré de relevar.
No deberé aguardar mucho. Desde algún lugar lejano del valle llega ya el
sonido profundo del pututu. Sus
breves llamadas, repetidas a intervalos regulares, me anuncian la proximidad
del mensajero. Poco después alcanzo a distinguir el inconfundible penacho de
plumas blancas que lleva en la cabeza.
Es el momento de ajustarme mi propio penacho sobre la frente. Su sola
visión impone respeto a lo largo del camino. Tomo luego mi pututu, una gastada caracola que ha pasado de padres a hijos
durante generaciones. Cuando concluya esta misión, se la entregaré a mi hijo
mayor. También él deberá aprender algún día a escuchar su voz.
Una vieja porra y una honda, ambas destinadas a mi protección, completan
mi equipo. No creo que vaya a necesitarlas. ¿Quién se atrevería a atacar a un
mensajero oficial del imperio? Sin embargo, no puedo correr riesgos. Estos
caminos no están libres de salteadores y, en los pasos más solitarios, también
podría encontrarme con algún puma. Toda precaución es poca, sobre todo cuando
se transportan noticias capaces de decidir el curso de una guerra.
El mensajero se acerca y, sin dejar de correr, reduce el paso. Me coloco
a su lado e igualo su trote. Mientras avanzamos, me transmite el breve mensaje
que deberé memorizar. Corremos juntos un corto trecho y lo repite varias veces,
hasta que ambos estamos seguros de que lo he comprendido sin omitir una sola
palabra.
Cumplida su misión, comienza a rezagarse. Se lleva una mano al costado y
se encorva como si estuviera extenuado. Tal vez lo esté. Aunque también es
posible que finja o exagere su agotamiento para demostrar su entrega y absoluta
lealtad. Conozco bien esos trucos.
Sin volver la mirada, alzo el pututu
y anuncio mi partida. Entre los vítores de mis compañeros, emprendo la carrera.
El paisaje cambia lentamente a medida que avanzo. Las subidas y bajadas
se suceden, aunque predominan las primeras. Mis sandalias resbalan sobre la
roca y las piedras sueltas, pero mantengo el paso.
Un cóndor aparece sobre las cumbres y extiende las alas sin esfuerzo. Lo
observo hasta que toma el rumbo del Cuzco. Quiero creer que es un buen
presagio. Los apus han escuchado mi
ruego: ningún ave vuela tan alto sin conocer la voluntad de las montañas.
—¡Vuela, poderoso kuntur!
¡Vuela y muéstrame el camino!
Mis pulmones se llenan con el aire frío de las montañas mientras
asciendo hacia el Cuzco, donde me aguarda el Inca. No puedo defraudarlo.
Al compás de mis pasos, repito mentalmente las palabras del mensaje.
Debo conservarlas intactas, en el mismo orden en que las recibí. Pero, a medida
que las repito, comienzo a comprender todo lo que anuncian y cuánto depende de
que lleguen a destino.
No en vano quienes servimos como chasquis a lo largo del camino hemos
sido escogidos por nuestra absoluta fidelidad.
De pronto aparecen las primeras señales de cansancio. Cada vez me cuesta
más mantener el ritmo en las subidas y, durante los descensos, mis viejas
rodillas protestan con obstinación.
Sigo corriendo, pero unas punzadas agudas comienzan a clavarse en mi
costado. Me enfurezco conmigo mismo. Antes, algo así jamás me habría ocurrido.
¿Será posible que las murmuraciones sobre mi edad tengan algún fundamento?
No. Aparto esos
pensamientos derrotistas y continúo avanzando, sostenido por la fuerza de mi
voluntad. Soy un chasqui y llevo un mensaje para el Inca. No puedo, no debo, no
quiero detenerme.
Es mucho lo que está en
juego. Si fallara en mi misión, las consecuencias para el imperio… y para mí
serían terribles. Trato de no pensar en ello.
En lo alto aparece un cóndor. Quizá sea el mismo de antes. Ya no vuela
hacia el Cuzco, sino que describe amplios círculos sobre mí.
¿Habré interpretado mal el presagio?
Al coronar el paso, diviso una apacheta
junto al camino. Me detengo apenas el tiempo necesario para depositar una
piedra y unas hojas de coca. La ofrenda y el breve respiro me infunden nuevas
fuerzas, y el descenso se me hace más llevadero.
Comienza entonces la última subida, la más larga y exigente. A duras
penas anuncio mi arribo con varios toques cortos de pututu, no tan estridentes
como hubiera querido, pero sí lo bastante fuertes para avisar de mi llegada. No
hay pausas, no hay descanso. El sudor cubre mi cuerpo. El penacho de plumas
blancas que adorna mi frente comienza a resbalar y amenaza con caer. ¡Que los apus no lo permitan! Sin detenerme, lo
acomodo como puedo. El paisaje cambia a mi alrededor. Aparecen parcelas
cultivadas y construcciones cada vez más próximas y complejas. Poco a poco, los
cultivos dejan paso a un paisaje urbano, hasta que me encuentro corriendo por
las amplias calles empedradas de la ciudad. A veces, grupos de niños
alborozados me acompañan durante un corto trecho.
Mis piernas comienzan a
acalambrarse; no les hago caso. Mis rodillas protestan; las ignoro. Mis pies
sangran, lastimados por las correas de las sandalias; no les doy importancia.
Siento que los pulmones están a punto de estallar dentro del pecho. Finalmente
alcanzo el pie de las escaleras monumentales, celosamente vigiladas, que
conducen al palacio del Inca.
Comienzo a subirlas, impulsado únicamente por mi voluntad y mi lealtad.
El mensaje debe ser transmitido. ¡Ay de mí si no lo consigo! Mientras asciendo
por la escalinata, con la visión cada vez más borrosa, alcanzo a distinguir de
tanto en tanto a algún cortesano o funcionario. Gritan palabras que ya no
comprendo, pero que interpreto como voces de aliento.
En la amplia explanada, en lo alto de la escalinata, distingo una
numerosa comitiva cuyos integrantes visten con gran lujo. Al frente de todos se
alza el Inca. La visión es imponente y atemorizadora. Sobre la frente lleva la
roja mascaipacha, sujeta al llautu, y dos altas plumas coronan su
cabeza. Su unku, tejido con el más
fino cumbi, luce intrincadas figuras
geométricas, mientras el oro de sus orejeras y brazaletes centellea bajo los
rayos de Inti. No es frecuente que el propio Inca se digne a recibir a un
mensajero. Tan grande debe de ser la importancia del mensaje.
Unos pocos escalones más y la misión estará cumplida. Habré demostrado
que, pese a mis años, aún conservo la fuerza y la voluntad necesarias para
cumplir con mi deber.
Los últimos peldaños se hacen interminables. La visión se me nubla y las
rodillas me flaquean, pero no puedo detenerme. Arriba, el cóndor sobrevuela la
explanada, trazando lentos círculos en el cielo.
He llegado.
Ya estoy en la explanada. Avanzo titubeante hacia la comitiva que me
espera. Debo entregar el mensaje.
De pronto, un sudor diferente cubre mi cuerpo: un sudor frío que me
paraliza. Una sensación de miedo atroz se apodera de mí y me agarrota la boca
del estómago. Me cuesta caminar.
He llegado. He cumplido la carrera. Solo me resta transmitir el mensaje…
Si tan solo pudiera recordar su contenido.
En lo alto, el cóndor traza un último círculo, abandona la explanada y
se pierde detrás de las montañas.
EL TEMPLE
Amir Gorzalczany ©
Los martillos han resonado en la fragua durante toda la noche. No han
perturbado mi sueño; por el contrario, han sido música para mis oídos. Mis
aprendices —entre ellos, mis propios hijos— han preparado el carbón, avivado el
fuego y trabajado las piezas menores. Los fuelles han soplado sin descanso y
las chispas han ascendido hacia el cielo.
Todavía no ha amanecido, pero me despabilo de inmediato. Todo permanece
silencioso, casi sombrío. Hoy es el día decisivo. Debo purificarme y disponerlo
todo para el yaki-ire. Así lo aprendí
de mi padre, y él del suyo, en una cadena de maestros que se remonta a muchas
generaciones.
El temple decidirá el destino de la hoja. Si me precipito, el filo no
despertará. Si espero demasiado, el acero se arruinará y el trabajo de tantos
meses se habrá perdido.
Recuerdo que una vez le pregunté a mi padre:
—¿Cómo sabes que ha llegado el momento?
—Simplemente lo sabes —me respondió.
Entonces no lo comprendí. Ahora no estoy seguro de que mis hijos ni los
demás aprendices lo comprendan. Pero también ellos lo sabrán cuando llegue su
hora.
Antes de dirigirme a la fragua, visto las ropas blancas que he reservado
para esta ocasión. Mis gastadas prendas de trabajo bastarían para una jornada
corriente, pero hoy no será una jornada como las demás.
Camino con paso ligero hasta el santuario cercano. Los suburbios de
Kioto todavía duermen. Cruzo reverentemente bajo el gran torii y me acerco al recinto sagrado. El anciano sacerdote me
espera junto a la entrada; ayer le pedí que estuviera aquí antes del amanecer.
Primero me lavo las manos y me enjuago la boca con el agua de la fuente.
Después, el sacerdote agita sobre mi cabeza la vara de purificación. Inclino el
cuerpo dos veces, doy dos palmadas para anunciar respetuosamente mi presencia y
vuelvo a inclinarme.
Me encomiendo a Kanayago-kami,
divinidad del hierro, protectora de los hornos y de quienes trabajan los
metales. Fue ella, según contaba mi padre, quien enseñó a nuestros antepasados
a extraer el hierro de la arena oscura y a dominarlo mediante el fuego.
He solicitado su protección antes de cada etapa decisiva de este gran
encargo: cuando comparecí ante el shogun y acepté forjar su espada; cuando
sostuve por primera vez el tamahagane
traído desde las lejanas tierras de Izumo y pensé en los hombres que habían
alimentado el tatara durante tres
días y tres noches; cuando seleccioné los fragmentos según su color y su
textura; y cuando encendimos por primera vez la fragua.
Pero nunca he necesitado tanto su favor como hoy.
Hoy la hoja entrará en el agua.
Cuando entro en la fragua, todos inclinan respetuosamente la cabeza.
Nadie habla. Mis hijos y los demás aprendices permanecen junto al fuego,
aguardando mis órdenes.
Ocupo mi lugar frente al yunque y observo la hoja. Mientras contemplo su
superficie oscura, recuerdo el día en que comenzó a cobrar forma entre mis
manos.
Primero examiné los fragmentos de tamahagane,
uno por uno, atendiendo a su color, su brillo y la textura de sus fracturas.
Escogí los mejores y los dividí en trozos aún menores. Después los apilé
cuidadosamente sobre una placa de acero hasta formar un pequeño bloque. Lo
envolví en papel, lo cubrí con una mezcla de arcilla y ceniza y lo entregué al
fuego.
Recuerdo que mi hijo mayor, impaciente por demostrar su destreza,
descargó el martillo antes de que yo le diera la señal. El paquete se desplazó
sobre el yunque y por poco perdimos parte del acero. Le propiné una sonora
bofetada.
—No eres tú quien impone el ritmo —le dije—. Es el metal.
Desde entonces ha mejorado. Observa mis manos, aguarda mi señal y golpea
donde le indico. Sin embargo, algunas veces, cuando descubro que me mira en
silencio, me pregunto si recuerda mi enseñanza o solamente la bofetada.
Desde que comenzó este encargo, calentamos, plegamos y extendimos el
acero una y otra vez. Con cada doblez, el fuego y el martillo expulsaron nuevas
impurezas, unieron lo que antes estaba disperso y dieron al metal una textura
más pura y uniforme. Todo se hizo según los secretos de nuestra escuela y las
enseñanzas transmitidas por nuestros maestros.
Aunque seré yo quien firme la espada, su creación es una labor
colectiva. Ahora cada uno ocupa su lugar para dar a la hoja la forma que deberá
tener antes del temple.
Y ni siquiera entonces estará terminada. Otras manos la pulirán hasta
revelar el dibujo oculto en el acero y despertar su filo. Otros artesanos
fabricarán la guarda, la empuñadura y la vaina suntuosa que corresponden a una
espada destinada al shogun.
Sostengo el acero con las tenazas. Con mi pequeño martillo me dispongo a
marcar la cadencia de golpes. A mi derecha, mi hijo, con un pesado martillo. A
mi izquierda, mi discípulo más aventajado, con un martillo similar.
Percibo entre ellos una tensión, una rivalidad que ninguno se atreve a
reconocer en mi presencia. Por ahora la tolero. Los obliga a observar con mayor
atención y a esforzarse por demostrar su destreza. Pero no permitiré que altere
el ritmo de los golpes. En la fragua puede haber rivalidad; sobre el yunque,
solo obediencia. Golpeo una vez.
Mi hijo responde.
Golpeo nuevamente.
Mi discípulo descarga su martillo.
El sonido de los tres se funde en un único ritmo. Yo indico cuándo
golpear, cuándo detenerse y cuándo girar el acero. Un golpe fuera de lugar
podría deformar la hoja o destrozar una mano. Pero los he instruido bien. Ya no
se precipitan ni necesitan levantar la vista para comprender mis órdenes.
Poco a poco, bajo el fuego y los martillos, el acero adquiere la forma
que durante tantos meses solo existió en mi pensamiento.
Mientras la cadencia hipnótica de los golpes se apodera de nosotros,
gotas de transpiración perlan nuestras frentes y mojan nuestras espaldas. El
calor de la fragua es sofocante, pero no podemos detenernos. Los demás
aprendices alimentan incesantemente la fragua con carbón y accionan los viejos
fuelles de cuero. Cada hombre conoce su cometido y todos se mueven al ritmo de
una única voluntad, como ha ocurrido desde que tengo memoria.
Mis pensamientos regresan a las muchas espadas que he forjado en este
mismo taller desde los días en que todavía era aprendiz de mi padre. He forjado
largos tachi para grandes señores,
espadas austeras para guerreros sin fortuna y pequeños tantō destinados al combate cercano. ¿Qué habrá sido de aquellas
hojas? ¿En qué batallas habrán combatido? ¿A quiénes habrán protegido? ¿Qué
sangre habrán derramado?
Quiero creer que cada una ayudó a su portador a seguir el camino del
guerrero y a cumplir con honor sus deberes hacia su señor. Quiero creer que
ninguna fue desenvainada por crueldad, codicia o simple cólera.
Quiero creer…
Pero ¿cómo podría saberlo?
Una vez que la espada abandona mis manos, también escapa a mi voluntad.
Una vez concluido el martillado, preparo la mezcla de arcilla, ceniza y
carbón pulverizado. Extiendo una capa delgada sobre el filo y otra más gruesa
sobre el lomo. Cada trazo decidirá por dónde correrá el dibujo del temple.
Con un gesto que todos comprenden de inmediato, ordeno apagar las
antorchas. La fragua queda sumida en la penumbra, iluminada únicamente por el
resplandor del carbón ardiente. Necesito la oscuridad para ver, para distinguir
los colores del acero mientras enrojece. Es el metal quien decide cuándo está
listo. Mi deber es reconocer el instante en que me lo revela.
Ese momento se acerca. Lo siento en las entrañas.
Los ojos me arden y las manos callosas comienzan a cansarse. Sé que no
falta mucho para que deba confiar la fragua a quien habrá de continuar mi camino.
Pero aún no.
¿Quién ocupará mi lugar? ¿Mi hijo o mi aventajado discípulo?
La hoja enrojece ante mis ojos. También ella aguarda mi decisión. Las
ropas blancas que vestí para presentarme puro ante los kami están ahora empapadas de sudor y manchadas de carbón.
Recuerdo las antiguas leyendas que se transmiten en nuestra familia
acerca de este instante. Mi padre decía que su abuelo le había enseñado que el yaki-ire debía realizarse siempre al
final de la noche, poco antes del alba, mientras el mundo permanecía todavía
sumido en la oscuridad y el silencio. Mientras los hombres dormían, los kami permanecían despiertos.
Cuando el acero adquiría un rojo tan vivo como el del sol naciente,
había llegado el momento: la hoja estaba lista para entrar en el agua.
Era entonces, aseguraba mi bisabuelo, cuando la espada recibía su alma.
Un alma nacida del encuentro entre el acero, el fuego y el agua, que
permanecería en su interior mucho después de que las manos de su creador y de
su primer señor se hubieran convertido en polvo.
Con otro gesto, ordeno abrir la ventana oriental. Uno de los aprendices
se apresura a obedecer. Una bocanada de aire fresco invade la fragua y alivia
por un instante el calor. Afuera todavía está oscuro, pero ya se oyen los
primeros pájaros. La tensión en la fragua se vuelve casi insoportable. Los
aprendices aguardan inmóviles. Ninguno aparta los ojos de mis manos. El
silencio casi lastima los oídos. Poco a poco, incluso el canto de los pájaros
parece apagarse.
Observo la hoja. Su color se intensifica lentamente hasta alcanzar el
rojo vivo y profundo que he esperado durante toda la noche.
Lo reconozco.
En ese mismo instante, una primera claridad penetra por la ventana.
Sobre los tejados de Kioto comienza a despuntar el sol. El cielo, las brasas y
el acero parecen responderse.
Ha llegado el momento.
Levanto la hoja del fuego. La arcilla que la recubre parece ceniza
endurecida. Nadie se mueve. Nadie respira.
Sostengo las tenazas con ambas manos y acerco la hoja al recipiente de
agua. Durante un instante permanece suspendida sobre la superficie. Todo cuanto
aprendí de mi padre, todos los meses de trabajo y todos los golpes descargados
sobre el yunque conducen a este único momento.
Pronuncio en silencio el nombre de Kanayago-kami.
Después sumerjo la hoja.
El agua ruge.
Una nube de vapor se alza de inmediato y me envuelve el rostro. El agua
se agita violentamente; la hoja se estremece entre las tenazas como un animal
que se resiste a nacer.
Recibir un alma no es cosa baladí. Espero que sea un alma noble.
El rojo desaparece bajo la superficie. Un silbido agudo que atraviesa la
fragua.
Mantengo firmes las manos. No debo retirarla demasiado pronto. Tampoco
puedo dejarla un instante más de lo necesario.
Entonces lo oigo.
Un sonido breve y seco.
Mi corazón se detiene. Podría ser la arcilla desprendiéndose. Podría ser
el acero acomodándose a su nueva forma.
O podría ser una grieta.
Mi hijo pierde el dominio de sí mismo y da un paso hacia mí. El temor se
refleja en su rostro. Mi discípulo, en cambio, permanece inmóvil, obediente a
la orden que ninguno de ellos necesita oír.
Uno ha escuchado al metal.
El otro, a su padre.
Por primera vez me pregunto cuál de los dos posee el temple necesario
para heredar la fragua.
Cuando por fin extraigo la hoja, el vapor todavía oculta su destino.
Aguardo. La espera se hace interminable.
La nube se disipa lentamente. Me tomo mi tiempo. Examino la curvatura,
el lomo y el filo. No encuentro ninguna fractura. La hoja ha sobrevivido al
encuentro con el agua.
Alzo la vista. Mi hijo y mi discípulo me observan en silencio,
pendientes de mi veredicto.
Dejo que esperen unos instantes más.
Después me permito una leve sonrisa.
—Sí —digo—. Será una buena espada.
LAURA DAZA
Es escritora española. Su trabajo se centra en la poesía y la prosa
breve de carácter híbrido, con especial interés en los espacios urbanos, los
lugares de tránsito y la observación de lo cotidiano como materia literaria. Ha
publicado recientemente en revistas digitales y continúa desarrollando una
escritura que combina experiencia, mirada y reflexión. Reside en Granada.
ESTANCIA EN SANTA ELENA
Laura Daza ©
Prólogo
Me instalé temporalmente en la pensión Santa Elena. Era un bajo y la
ventana daba al trastero y tenía el aspecto de un no lugar. Cuando salía a almorzar,
me quedaba mirando a la violinista que amenizaba el restaurante. Pequé de
soberbia. “Bella Ciao” y otras canciones populares sin la precisión auditiva
que necesitaban mis sentidos no merecía unas monedas. Me negué a darle una
moneda cuando se acercó, pero esa cara morena, mirada perdida, monedero abierto
esperando unas monedas y esos ojos sensibles y sufrientes se quedarían en mi
retina por el resto de mi vida.
El tercer día el camarero notó que no estaba comiendo lo suficiente.
Rubio, bajito, de ojos azules y acento del norte…cara de bonachón. Prototipo
norteño. Camarero que cuida. Pagué la cuenta y volví a la pensión. Me duché,
puse abundante sombra azul en mis ojos y salí a la calle.
En pleno mes de mayo, la calle se abarrotaba de personas elegantemente
vestidas. Subí a través de Calle de la Cárcel Baja, atravesé Gran Vía, y cuando
me di cuenta ya estaba subiendo hacia el Albayzín bajo. Pensé en ese momento
que el olor de las teterías era estimulante.
Cuando llegué a Casa de Porras, Victoria me esperaba en la puerta. Un
cartel anunciaba un concierto de una tal Eddie Circa. Sentí que salí un poco de
mi hábitat.
Un ir y venir de personas alrededor del patio central nos rodeaba, pero
mis ojos quedaron fijos en una fotografía pequeña de una cocina vieja, un tubo
de metal, un calentador, una pila con utensilios, ¿acaso hay algo más romántico
que la imagen de un calentador?
Duramos poco allí porque a Victoria le molestaba el olor a vino y
porros. Lo había perdido todo, absolutamente todo, pero ser anónima en un
restaurante japonés y contarle acerca de mi repulsa por aquellas personas que
se retratan escalando, no teniendo más conocimiento de la vida que una triste
frase de Paulo Coelho, y que me entendiese al instante me devolvieron un
poquito más las ganas de vivir.
El restaurante era de color rojo y al salir ambas del restaurante, el
bus reflejaba los farolillos sobre el cristal. Fue un breve instante para tomar
un retrato.
Caminaría de vuelta a la pensión con una especie de calma, observando
los contrastes de luces de Gran Vía y pasando por zonas de conciertos en las
calles y ajetreo.
Al llegar me di cuenta de que me había olvidado de mí misma, y que había
estado orbitando alrededor de figuras que en el fondo solo me habían aportado
desprecio. Quizás era tiempo para crear yo misma, y fue así cómo conseguí una
publicación en una revista de Buenos Aires.
Hay muchos tipos de camareros. En la normalidad se encuentran aquellos
que resoplan, hablan alto y aguantan borrachos. En el extremo están los
camareros que salvan de los malos días. Abundan diferentes nacionalidades:
españoles, del este de Europa, asiáticos, argentinos, venezolanos…Todos tienen
una magia especial.
Tan solo los camareros del norte de España son diferentes los del sur,
por la sencilla razón de que son más comedidos, amables y discretos.
Entiendan que los camareros de Sevilla me abruman, por su euforia
desmedida. No es nada personal.
La sonrisa de los camareros asiáticos y la contención son especialmente
reguladoras. El camarero de siempre sonríe sin enseñar los dientes, y eso es
poderoso. Es como volver a la Nouvelle Vague.
Xiao Lang es pequeña, discreta, sonríe a medias, y es eficiente. A veces
cuando te entrega la vuelta te da un caramelo y otras veces no. Mei la
acompaña, no dice nada, pero te recibe a carcajadas como diciendo “otra vez por
aquí”.
La muchacha argentina que trabaja en el coreano es eficiente, tiene el
pelo largo y se parece a una actriz de cine para adultos, pero es curioso
porque ella jamás se dedicaría a algo así. La luz de neón, el color violeta y
los dibujos de One Piece son un escenario perfecto para el deslizamiento y
agilidad que presenta en sus gráciles piececillos y encantadores andares.
Álex es alegre, extrovertido, toca la guitarra y canta en su tiempo
libre. Hace bromas todo el tiempo, es rápido aprendiendo nombres y halaga a las
clientas regalándole corazones y flores de papel. Es zalamero y parece ser lo
opuesto a la tristeza.
¿No se han dado cuenta que todo amor adolescente empieza por el
endiosamiento de uno de los trabajos más odiados que es la hostelería?
También hay lugares especiales de camareros pelirrojos que se desean de
lejos. Gustan los camareros, pero se sienten que están en el lugar equivocado,
y poco tienen que ver con los no lugares y espacios de paz. Podría entregarle
estas líneas, pero como en un San Valentín adolescente ya no tengo profesora
que me contenga ante la burla infantil de un ceporro. Nunca le entregué esa
nota. Tan solo desafió a mi marido.
JORGE DÍAZ ÁLVAREZ
Nació en La Habana, Cuba. Escritor (poeta, novelista, ensayista) y
artista visual, ha desarrollado una sólida trayectoria creativa que abarca la
literatura y las artes plásticas. Su obra se caracteriza por una constante
búsqueda de la memoria, la identidad y la condición humana, uniendo la
sensibilidad poética con una profunda reflexión histórica y social. Incluye
también temas como el exilio, el desarraigo, la historia cubana, el amor, la
migración, la espiritualidad, la dignidad humana, la justicia y la libertad. Su
estilo combina imágenes de intensa fuerza simbólica, musicalidad y una mirada
introspectiva que convierte la experiencia personal en una reflexión universal.
• Formación académica: Licenciado en Relaciones Políticas Internacionales por la Universidad
de La Habana. Estudios de pintura realizados en Cuba y México.
• Libros publicados: Leyendas Urbanas, En un rincón de
este universo (novela), Cabalgar
sobre los sueños, Papeles nocturnos, Caminando bajo la lluvia.
• Publicaciones diversas: Participación en antologías poéticas publicadas en España. Publicación
de poemas y textos en revistas, plataformas digitales y espacios culturales
internacionales. Colaboraciones en proyectos literarios de alcance
internacional.
• Obras en desarrollo: Diálogos con la sombra
(poemario), El calesero y la historia
(novela histórica).
• Artes plásticas: Paralelamente a su actividad literaria, desarrolla una amplia labor
como artista visual. Su obra pictórica ha sido expuesta y reconocida dentro y
fuera de Cuba, integrando una propuesta artística donde convergen la memoria,
el simbolismo y la exploración de la experiencia humana.
• Reconocimientos: Su obra literaria y artística ha sido distinguida con numerosos
premios, diplomas y distinciones otorgados por instituciones culturales,
organizaciones literarias y certámenes celebrados en América Latina, Europa,
Asia y África.
Las experiencias vividas en Cuba, África, Venezuela y Estados Unidos han
enriquecido una visión artística abierta al diálogo entre culturas. “Escribo para que la memoria no desaparezca
y para que las palabras continúen diciendo aquello que el silencio no puede
guardar.”
Más sobre su trayectoria y obras en Suplemento
de Realidades y Ficciones Nº 102: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2024/06/suplemento-de-realidades-y-ficciones-n.html
JJJ, EL ARCHIVISTA DE LO INÚTIL
Jorge Díaz Álvarez ©
Luz tenue. J entra arrastrando una maleta desvencijada.
Se detiene en el centro. Ríe con tres jotas.
JJJ:
Dicen que nací en un cajón de papeles rechazados.
No sé si fue mi madre, mi tío, o algún burócrata distraído...
pero me guardaron en el dormitorio donde mi madre me parió,
y después, nunca más nadie quiso volver a entrar.
Desde que abrí los ojos al mundo,
quedé comprometido con un oficio que no podía ser otro
que el de coleccionar lo que nadie quiere recordar.
Ríe. Saca un objeto de la maleta.
Aquí tengo una carta que nunca fue enviada.
Dice "te extraño", pero la tinta se arrepintió.
En realidad, no se sabe quién la escribió ni a quién extrañaba.
Saca otro objeto.
Un diploma sin nombre. Lo gané por no haber hecho nada.
Saca otro.
Un zapato sin par, robado en la casa de un cojo.
Él nunca lo notó. Yo sí.
Saca una bandera.
Y esta... una bandera sin país.
Pero cuando el viento la bate, ondea como si creyera en algo.
Se detiene. Mira al público imaginario.
Cada objeto tiene su ficha técnica.
No por lo que es, sino por lo que no alcanzó a ser.
Cuando me preguntan qué hago, respondo:
—Soy el curador de lo que no sirve.
O de lo que, para mí, es lo más importante en la vida:
sonreírle al tiempo, bueno o malo.
Vuelve a reír.
Se escucha su risa repetida en eco,
como mantra: la risa amarga, la risa absurda,
la risa que parece llanto.
No toquen nada. Aún duele. Y no tomen fotos.
Lo inútil no se archiva. Se respira.
Cuando el último visitante se va,
JJJ se sienta frente a su vitrina favorita y llora... o ríe,
como si el tiempo fuera un chiste que solo él entiende.
Se aleja.
La risa queda flotando como el motor viejo de un auto
arrancando en medio de la nada.
LAS SIETE VIDAS DEL GATO
Jorge Díaz Álvarez ©
El perro avanzó lento y cautelosamente hacia el objetivo que perseguía:
el gato. El felino, al percatarse de las malas intenciones que ardían en los
enrojecidos ojos del canino, salió disparado a todo lo que daban sus patas. Su
cola, erizada y estirada, apuntaba al cielo mientras corría atolondrado, recorriendo
el camino con la mirada en busca de una salida.
De pronto, sin pensarlo, detuvo su carrera y encorvó el lomo. La mirada
felina se clavó como una daga en los diminutos ojillos de un ratón que comía
desperdicios junto a un contenedor de basura.
El miembro de la familia Muridae dejó de roer el pedazo de pan viejo que
mitigaba su hambre. Posó sus negros ojos en aquel inmenso felino que amenazaba
con destrozarlo. Miró a su alrededor tratando de encontrar una salida airosa,
pero no había agujero cercano que le permitiera escabullirse de aquella
terrible amenaza.
El perro, sofocado, detuvo también su carrera detrás de su ancestral
enemigo. Con la mirada recorrió el panorama frente a él, estiró la cola y
levantó la pata delantera derecha. Esperaba el momento oportuno para
abalanzarse y terminar victorioso la persecución.
El felino saltó cuando el ratón menos lo esperaba. El pequeño roedor,
sin tiempo para reaccionar, sintió cómo unos afilados colmillos se clavaban en
su cuerpo. La agonía fue breve. El gato, con el sabor del triunfo entre sus
fauces, no se percató de que el perro se había lanzado sobre él con un salto
malabárico. El peso del canino sobre su peludo cuerpo y la feroz mordida que
sintió en el lomo lo hicieron reaccionar: soltó al ratón y logró zafarse de
aquellas fauces que chorreaban saliva.
Huyó tan rápido como pudo. Aferró sus garras a un poste de electricidad
y subió tan alto como le fue posible. Desde allí, el perro observó con furia
cómo se le escapaba la presa. Luego volvió la cabeza hacia el ratón muerto a su
lado. Miró nuevamente al gato, pero ahora con satisfacción. Tomó al roedor en
su boca y lo engulló de un tirón. Movía la cola con un placer infinito: el que
le proporcionaba haberle arrebatado la presa al felino. Clavó por última vez
sus pupilas marrones en las verdes del gato y se alejó caminando despacio.
El felino bajó lentamente del poste y se acercó a la escena del crimen.
Allí estaban los restos del pan que hacía poco devoraba el ratón. A su lado, un
pote de estricnina con un rótulo que anunciaba veneno para roedores. Miró a lo
lejos y vio cómo el perro babeante se desplomaba sobre sus cuatro patas para no
levantarse jamás.
El gato sonrió. Aún le quedaban cinco vidas
UNA EXTRAÑA MUJER
Jorge Díaz Álvarez ©
La mujer caminaba de un lado a otro del salón, la ansiedad crecía en la
misma medida en que trascurrían las horas, había llamado por teléfono en
repetidas ocasiones a la tienda donde compró el televisor, la respuesta siempre
era idéntica, el técnico llegaría a su casa en el transcurso de la mañana, lo
cierto era que el sol estaba parado en la mitad del día y el experto no se
había presentado.
Hacía poco tiempo que compró el aparato no mucho más de cuarenta y ocho
horas y ya no funcionaba, la imagen estaba frisada como los años de la dueña
que a pesar de haber superado con creces las seis décadas mantenía un aspecto
incólume.
Recorrió la habitación con pasos ansiosos y precipitados una y otra vez,
el sudor fluía a raudal por toda su espalda para recorrer como un riachuelo
gorgoteante a todo lo largo de su huesuda columna vertebral y terminar su
recorrido entre las aun duras y vigorosas nalgas, se acercó a la ventana, el
cristal estaba sucio, barnizado por una ligera capa de grasa como cortesía de
las manos ansiosas que se apoyaban con frenesí contra la superficie vítrea que
una vez fuera transparente.
El timbre del aparato
receptor rompió el silencio con un sonido estruendoso y ronco, la mujer corrió
precipitada hacia la mesita donde el teléfono yacía plácidamente descansando de
su largo y agotador historial de servicios, en su carrera por la sala tropezó
con la mesa de centro y fue a dar de bruces contra el percudido piso, se
incorporó con la misma rapidez que bajó, de la barbilla brotaba un delgado hilo
de sangre que corría a raudales por el cuello para perderse entre los aun duros
y puntiagudos senos.
—Oigo, ¿qué pasa que aún no llega para reparar el televisor?, le estoy
esperando desde las ocho de la mañana—la voz denotaba toda la angustia que la
mujer sentía—ah eres tu pensé que era el mecánico del televisor—continuó con
desgano.
Se creó una larga y pastosa pausa, la mujer escuchaba con suma atención
lo que le decían del otro lado de la línea, por su expresión se notaba que la
conversación no le importaba en lo absoluto, pero por alguna inexplicable razón
continuaba escuchando sin interrumpir a su interlocutor.
—Está bien… lo tendré en cuenta, pero ahora voy a colgar por si llama el
técnico que viene a reparar el televisor, lo estoy esperando desde que me
levanté… siii ya sé que te lo había dicho pero este asunto me tiene en ascuas.
El hilo de sangre no paraba de fluir, ahora tenía los duros y
puntiagudos senos tintos en sangre, como tampoco paraba de correr gorgoteando
el sudor a través de las vértebras de la columna, por delante la sangre se
había empozado en el hoyo del ombligo, por detrás el sudor corría entre las dos
duras nalgas para dejar una estela de agua por donde pasaba.
El teléfono volvió a sonar, esta vez más estrepitante, la mujer lo miró
con abulia, caminó hasta donde se encontraba el aparato y descolgó el auricular
que se manchó de sangre, gotas espesas y purpuras caían sin contención de su
barbilla, que ahora estaba morada por causa del golpe que recibió al caer.
—Dígame. ¡Tú otra vez!… por culpa tuya me he dado tremendo golpe en la
barbilla que no para de sangrar… si, ahora me voy a curar. Sí, estoy sudando a
mares. Está bien me daré una ducha fría… sí creo que es mejor y más relajante.
Voy a cortar la llamada no tengo ganas de seguir hablando. El técnico aún no ha
llegado, estoy perdiendo las esperanzas de que venga, yo había pensado que tal
vez… bueno si era un hombre joven, quien sabe a veces suceden cosas, pero
parece que no va a venir hoy… soy una mujer llena de vida, tengo mis
necesidades, los juguetes no dan plena satisfacción, la mano de un hombre
recorriéndote de norte a sur es insustituible.
La mujer colgó el auricular, se quitó la ropa hasta quedar completamente
desnuda, se miró al espejo para contemplar su bien formado y macizo cuerpo, las
tetas a pesar de estar ensangrentadas se veían hermosas, duras, bien formadas,
los pezones estimulados por el roce de los dedos de la mujer estaban duros,
contraídos, la sangre continuaba manando de su maxilar inferior corría como un
riachuelo por todo el torso para irrigar la vulva, el sudor de su espalda
continuaba manando hasta terminar su recorrido entre aquellas poderosas nalgas,
la mujer estaba excitada, muy excitada.
Con pasos inseguros y trastabillantes llegó al cuarto de baño, lleno la
bañera de agua tibia, puso sales y cuando estuvo repleta se acostó a todo lo
largo, el agua cubrió su cuerpo, la sangre de la herida ahora sumergida en la
tibia agua manaba con mayor fluidez, la mujer dejó de sentir los deseos
infinitos de tener sexo los pezones se dilataron, el sueño fue remplazando a la
lujuria, cerró los ajos y sin apenas percatarse quedó profundamente dormida,
poco a poco el agua se tornó purpura.
La puerta de abrió después del ligero ruido morboso que producía la
llave al penetrar la cerradura, un hombre joven trigueño y alto entró en la
casa acompañado de una mujer un poco más joven que el con el pelo tan negro
como sus ojos. El hombre dejó el maletín de herramientas en el pulcro piso y se
sentó en una mullida butaca para quitarse los zapatos.
—¿Te queda algún trabajo para hoy? —le preguntó cariñosa la mujer.
—No, por hoy terminé, me faltaron dos televisores por reparar, pero los
voy a dejar para mañana—respondió mientras se quitaba los calcetines—me voy a
dar una ducha que estoy extenuado.
El hombre se quitó la ropa y caminó desnudo hasta el cuarto de baño,
abrió la ducha y se metió bajo la regadera dejando que el agua caliente
acariciara su dorada piel.
La esposa en la cocina se dispuso para preparar la cena.
ANA MARÍA TRUSSI
Nació en Basavilbaso (Entre Ríos), Argentina, el 5 de julio de 1959,
también residió en Villaguay, localidad de esa misma provincia, así como en
Haedo y El Palomar, Provincia de Buenos Aires. Actualmente reside en Zárate,
Provincia de Buenos Aires.
Jubilada docente de Primaria Común y Educación Primaria de Jóvenes
Adultos y Adultos Mayores (EPJAyAM), psicóloga social, operador
socio-comunitario. Títulos de posgrado: Actualización en EPJAyAM y en Historia
de las Entidades bonaerenses.
Reconocimientos desde 1998 hasta 2026 en poesía: primeros premios,
segundo y menciones de honor en concursos nacionales e internacionales. Ha
participado en revistas latinoamericanas y europeas. Colaboración en antologías
de SADE: Zona Oeste y Zona Norte de la Provincia de Buenos Aires, Mendoza,
Junín y Mar del Plata. XXX Intercambio de Escritores “Argentina-Colombia -
Cartagena-Ciénaga-Santa Marta “Uniendo Palabras 2026”. Participante en talleres
de dibujo y pintura y narrativa de la Municipalidad de Zárate.
MANDATO
Ana María Trussi ©
Ahí estas
en tu diseño natal
flaco a veces, tumultuoso otras
te
recorren
alas
fantasmas
y la bruma que se enhebra
en esos
santiamenes
como si nada
trae
el mordisco de una manzana
no sé por qué
ahora me gusta comerlas
“Cuando somos más grandes comemos lo que de chicos no nos gustaba”
decía Carmelo un querido profesor
“ahora tomo la sopa” contó en una clase
y nos reíamos
yo no logro que me guste la sopa Carmelo ¿Cómo hiciste?
al menos sí las manzanas….
el aguaribay
hamaca sus bayas rosadas
y cede
al atardecer
un
magnetismo blando
dejándome entre
los torbellinos de tierra
que la
planicie va pariendo
época de sequías
y espera
en el deseo
de manzanas
ciegas y frías
APARICIONES
Ana María Trussi ©
Se desprenden
del paraíso
dejándolo desnudo
en
esos días
que tocan de vez
en cuando
donde todo sale mal
pero
hay que vivirlos
como tomar un remedio con sabor asqueroso
o enredarse en babas de diablo
es
ahí cuando
impertérritas
emparchan la pena con lengüetazos
y palmean los
espinazos
listas para
repartir ese
pedacito designado
hasta
que
las descubren
en un
gesto pueril
de
robar
el
sustento
escondido
en el gineceo
antes
de ataviar
al paraíso
HEREDERA
Ana María Trussi ©
Reflejada
con un tarro de
mate cocido
en las manos
y el
último mordisco de pan
se apoya en el
marco de la puerta
mira gotear la
resaca
entre millones de arco-iris
que
bailotean junto a la escarcha del alero,
atraviesa el campo
o
lo que era
el canto del urutaú
toca con un dedo del pie la masa de agua
y empuja
la rama
del árbol que protege su guarida
desprende unas
hojas
y la correntada
se
la lleva
aunque
arisca
al
contacto
sube al camión municipal
escondiendo
la mirada
a
la vuelta del rancho
sin
adioses
al verlo flotar
JOSÉ RAMÓN MUÑIZ ÁLVAREZ
Nació en Gijón, España, en 1974, pero su niñez y juventud transcurrieron en
Candás (Asturias). Licenciado en Filología Hispánica y Especialista en
Asturiano por la Universidad de Oviedo, es actualmente profesor de secundaria
en Castilla y León. Paralelamente, cultiva la poesía y ha colaborado con
algunas revistas digitales literarias con asiduidad, como es el caso de Letralia, Almiar o Noche Laberinto,
Sinfín Opción (ITAM) o Monolito. Y desde hoy, también lo hace
en el Suplemento de Realidades y
Ficciones.
Ha publicado en Métrica y Poesía
y en Multiversos. En la red circulan
muchos poemas, como los de “Las campanas
de la muerte” o “Los puñales de la
helada”.
MOMENTOS CON LA LLUVIA Y EL GRANIZO
José Ramón Muñiz Álvarez ©
DESPUÉS DE QUE CAYERA
I
Después de que cayera,
violento, en el asfalto
—chillón—, aquel granizo,
palabra del invierno, verso a voces;
después de que, rodando en las aceras,
los charcos del camino y cada brizna,
trajera su alboroto
—recuerdo con cariño ese alboroto
feliz y repentino en la mañana—,
salir de entre las sábanas fue duro.
II
Fue duro, desde luego.
Las sábanas del sábado
—también las del domingo—,
se pegan muchas veces al pijama.
Se pegan muchas veces al pijama
la holganza de los sueños atrasados
y el frío que nos dicta,
con voz severa y cruel, amenazante,
las ganas de quedarse algunas horas
entre los cobertores, a su abrigo.
III
Y es duro levantarse,
con un bostezo triste,
mirando el gris afuera,
mezquino como el lunes, tan mezquino
como esa lluvia vil que, de momento,
nos niega los colores de un verano
que huyó con el septiembre,
zarpando en el balandro de la nada,
quién sabe a qué lugar, a qué regiones
distintas y distantes del planeta.
IV
¿Y dónde está el verano?
Sabemos lo que ocurre:
Asturias es de lluvias
y llueve en el verano sin verano,
y llueve, sin verano, en el otoño,
y, otoños y veranos, con la lluvia,
también las primaveras
—abril así lo quiso—, la invernada
pronuncian esa lluvia que la lluvia
convierte, si es razón, en el granizo
que quiere retenerme de mañana.
V
El raro trabalenguas
se explica por sí solo.
En cambio, con la lluvia,
los gritos del granizo en cada calle
y un algo de metáfora enlatada
—la mezquindad del lunes, si hace el caso—,
también hallo en mí mismo
palabras de emoción que me parecen
de un toque pretencioso, inadecuado.
Es casi una poesía de mal gusto.
VI
Tal vez seremos mártires del tiempo.
UN FARO ENTRE EL CANTIL Y EL HORIZONTE
José Ramón Muñiz Álvarez ©
I
La triste soledad de los fareros
pudiera hablar del hombre solitario
que busca una gaviota en las alturas.
Me pide libertades cuando vuela,
si sueño que recorre, con su vuelo,
las costas, los cantiles y los mares.
Me pide mares calmos y tranquilos
si la imagino fuerte ante las ráfagas
que gozan levantando las espumas.
Me pide, si la sueño ya a la noche,
lugar para el reposo en precipicios
que saltan de la altura hacia la nada.
II
Y dejo de soñar, y, sin gaviota,
sin vuelos, sin espumas y sin mares,
la calle me parece la de siempre:
los árboles, los parques, los jardines,
los bares, las aceras son las mismas
en un mundo sin faros ni gaviotas.
Y, al margen de gaviotas y de faros,
de sueños, de poesía y de sonetos,
el gris de la mañana en la mañana,
que vino a recordarme que el trabajo
también tiene sus grises aburridos,
su sombra, su desgana y su amargura.
III
Ni sábanas ni mantas ni consuelo
podré tener un día de este otoño
que lo es de la estación y la existencia.
No quedan primaveras para nadie
que pierda la niñez en lo lejano
—ser niño en la inocencia era más fácil—.
Me queda el gris del lunes y sus quejas,
sus trabalenguas raros, que son míos,
y un tono de ligero desagrado.
Y el tono de ligero desagrado
que vengo confesando cada lunes
no es más que la desgana que uno siente.
IV
Y siento que el granizo me condena
con su sonrisa fresca, de chiquillo
que corre armando ruido por las calles.
Y escucho el gris y miro los aromas
que mezclan, con afán de contrapunto,
salitre y petricores otoñales.
Salitre, petricores y silencios
también hablan de mí cuando se callan
y hay versos que se dicen sin decirlos.
El gris sin la gaviota y sin el faro
me lleva soledades muy distintas,
carentes de esta extraña complacencia.
V
El único culpable soy yo mismo.
ME GUSTAN LOS SONETOS
José Ramón Muñiz Álvarez ©
I
Me gustan los sonetos.
Las páginas del libro
que tengo en el estante
me traen la majestad de la palabra
de un tiempo en que reinaban los sonetos.
Un Góngora nos habla de una rosa
que muere en su soneto.
Quevedo, con sus burlas y sus veras
también habla del tiempo que se fuga.
Y, entonces, soy un charco en el camino.
II
Y soy como ese charco
que espera cada gota
cansada de la lluvia.
Y soy como el granizo que, de golpe,
pronuncia el trabalenguas de los lunes,
vulgares y lluviosos, sin el ánimo
de hablarnos, cara a cara,
de todas las miserias de esta vida,
pues todas las miserias de esta vida
se cifran en los lunes miserables.
III
No es solo que se escapen
los días y los años.
Hay algo más profundo,
si llueve y, con la lluvia, el tedio amargo
nos hace meditar con pesimismo,
sabiendo que aburrirse es lo que queda
en estas acuarelas
mojadas por el llanto de una angustia.
Mojadas por el llanto de la angustia,
las horas que no cesan, que no acaban…
IV
Y el tiempo que no corre
también nos envejece,
si no es del modo inverso:
a veces, me imagino que esas horas
que no quieren correr, que se detienen,
están envejeciendo nuestro tiempo,
los brillos juveniles
de un tiempo que merece la alegría,
las ganas de vivir y un ser dichoso
—tendremos que partir, al fin y al cabo—.
V
El caso es que me gustan
los versos del soneto,
sus rimas consonantes,
como esas consonantes de la vida
que quieren sinestesias con la lluvia
—yo escucho los colores de la lluvia,
sus brillos silenciosos,
pausados como el canto de los pájaros
que ven como un crepúsculo se pierde
tras las cortinas tristes de la noche—.
YULEISY CRUZ LEZCANO
Poeta, narradora, activista y profesional de la salud, nacida en Cuba y
residente en Marzabotto (Provincia de Bolonia), Italia. Ha obtenido dos títulos
universitarios. Es licenciada en Ciencias Biológicas y posteriormente obtuvo un
máster en Ciencias de la Enfermería y Obstetricia, ambos por la Universidad de
Bolonia. Ha sabido conjugar una sólida formación científica con una profunda
sensibilidad humanística. Actualmente cursa un máster universitario de segundo
nivel en Gestión de la violencia en el ámbito social, sanitario y educativo, un
recorrido que refleja su compromiso activo sobre el terreno, demostrado
mediante proyectos educativos itinerantes orientados a la prevención de la
violencia contra las mujeres y a la promoción del respeto y de la conciencia
emocional.
Autora de dieciocho libros, algunos publicados en edición bilingüe
(italiano/español y español/portugués), ha obtenido reconocimientos en
numerosos premios literarios nacionales e internacionales. Su escritura se
mueve a lo largo de las trayectorias del translingüismo, el bilingüismo, la
memoria diaspórica y la identidad migrante, temas centrales en su poética y en
su recorrido de investigación intercultural. Su último libro, Di un’altra voce sarà la paura (Leonida
Edizioni, 2024) fue candidato al Premio Strega, seleccionado para el Salón
Internacional del Libro de Turín 2024 y presentado en contextos institucionales
y mediáticos de relevancia, entre ellos la Televisión de Estado de la República
de San Marino, Tele Granducato Toscana, la embajada cubana en Roma, el Festival
Libri nel Borgo Antico de Bisceglie y el programa Street Talk de Andrea
Villani, emitido en veintidós cadenas italianas. El volumen es también el
núcleo de un proyecto formativo itinerante propuesto en escuelas, municipios y
asociaciones, que combina literatura y educación cívica.
Colabora con periódicos y revistas culturales como Corriere Nazionale, Il Newyorkese, I Love Italy News – Arte e Cultura,
Masticadores, Almablog, Alessandria Today, Femminile e singolare, Arcipelago
Milano, la revista Odysseo, Nel Quotidiano News, el periódico Progetto-Radici,
el blog Vento Adriatico y el Giornale
Letterario del Premio Letterario Nabokov. A través de estas colaboraciones,
su voz se convierte en intérprete de una escritura social y civil que entrelaza
poesía, denuncia social y reflexión humanística, con especial atención al mundo
laboral, a los derechos de las mujeres y a la construcción de relaciones
auténticas y equilibradas. Es una activista comprometida con la denuncia de los
accidentes laborales y con la lucha contra toda forma de violencia, con una
acción concreta que se extiende también al ámbito escolar. Ha ideado y dirigido
proyectos culturales y talleres educativos dedicados a la educación afectiva y
emocional, como Il laboratorio delle emozioni sul sentire, experiencias de
caviardage poético y recorridos de escritura creativa y consciente, con el
objetivo de desarrollar empatía, escucha y pensamiento crítico entre las nuevas
generaciones.
Distinciones: Finalista en el Premio Literario Amerino, sección narrativa; En 2025:
Segundo puesto en el Premio Literario Nadia Toffa con el libro Di un’altra voce sarà la paura. Segundo
puesto en el Concurso Francesco Petrarca (narrativa). Segundo puesto en el
Trofeo Penna d’Autore (sección narrativa). Cuarto puesto en el Premio Amerino
(sección narrativa). Mención especial en el Concurso Literario Barbarossa
(sección narrativa). Segundo puesto en el Concurso Literario Cavallari de Pizzoli
(sección narrativa).
En 2025, sus poemas y artículos sobre muertes y graves accidentes
laborales fueron publicados en diversos medios nacionales, y la autora inició
un diálogo de acompañamiento con los familiares de las víctimas.
En 2024 fue seleccionada para participar en el Festival Literario de
Venecia “La Palabra en el Mundo”; recibió el Gran Premio del Jurado en el
Premio Internacional “Il Meleto di Guido Gozzano” y el Premio Ginebra en el
Switzerland Literary Prize con el volumen bilingüe Doble acento para un naufragio, publicado por Edições Fantasma en
Portugal. Fue jurado del Premio Internacional La Estación del Arte de Madrid y
seleccionada para el proyecto Latilma, en colaboración con la Universidad de
Roma.
En 2023 participó en numerosos congresos y festivales, entre ellos
“Poesía y migración” en Padua y el Festival Sudamericana en San Ginesio,
recibiendo la mención de mérito en el Premio Nosside y el Gran Premio del
Jurado en el Premio Ossi di Seppia. Ha comisariado performances poético-teatrales
como Intrecci: la fatica e il canto, en el Museo Nacional de la Paja en Signa,
y ha participado en exposiciones poético-pictóricas y festivales
internacionales en México, Túnez y España. Sus poemas, traducidos al francés,
inglés, español, portugués y albanés, han aparecido en numerosas revistas
literarias internacionales. Es traductora literaria del y hacia el español y
promueve activamente la difusión de la poesía italiana en España y América
Latina, y viceversa. Es jurado en varios premios literarios, entre ellos
Nabokov, Napoli Cultural Classic y Artebellariva, y miembro de honor del
Festival de la Poesía de Tozeur, en Túnez. Ha representado a Cuba en
importantes festivales internacionales, entre ellos Veracruz ciudad de los
poetas, consolidándose como una de las voces poéticas más reconocidas de la
diáspora cubana en Europa.
Entre sus publicaciones más significativas se encuentran Di un’altra voce sarà la paura (Leonida
Edizioni, 2024), Doble acento para un
naufragio (Edições Fantasma, 2023), L’infanzia
dell’erba (Melville Edizioni, 2021), Demamah:
il signore del deserto (Monetti Editore, 2019), Inventario delle cose perdute (Leonida Edizioni, 2018), Fotogrammi di confine (Laura Capone
Editore, 2017), Soffio di anime erranti
(Prospettiva Editrice, 2017), Credibili
incertezze (Leonida Edizioni, 2016), Due
amanti noi (FusibiliaLibri, 2015), Tracce
di semi sonori con i colori della vita (Centro Studi Tindari Patti, 2014) y
Pensieri trasognati per un sogno
(Centro Studi Tindari Patti, 2013). Su obra continúa creciendo y arraigándose
en un horizonte poético cada vez más abierto al mundo, a la palabra y al sentir
profundo de lo humano.
Más sobre su
trayectoria literaria y obras en los números 93, 98 y 100 del Suplemento de Realidades y Ficciones.
Ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS o, por su apellido, en ÍNDICE DE AUTORES: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
https://www.yuleisycruz.com/chi-sono/
DIÁLOGOS EN LA DESILUSIÓN
Yuleisy Cruz Lezcano ©
La luz irrumpe donde ya no queda el nombre de las cosas,
donde el corazón empuja mareas sin mar,
y escucho mi sangre florecer en las venas de las rosas.
«¿Estás todavía aquí?»
—Estoy aquí, pero no como ayer.
La habitación retiene el aliento de las horas consumidas,
el tiempo se dobla como un animal herido,
y cada palabra que digo cae, cansada, hacia el silencio.
No había promesa en el viento,
solo una forma de espera que se deshacía entre las manos,
como agua que no recuerda la sed.
«¿Me amarás?»
—Te amaré hasta que el tiempo deje de contarme.
Pero el tiempo reía detrás de las paredes,
escribía números sobre los huesos,
y nos dividía sin separarnos completamente.
He visto tu rostro detenerse un instante,
como una mano que duda sobre el nombre,
como un no pronunciado desde la raíz de la luz.
Y allí comenzó la caída.
La noche no llegaba: crecía dentro,
se abría como una flor oscura en las costillas,
y cada latido era un paso hacia lo que falta.
«¿Por qué tiemblas?»
—Porque todo lo que toco desaparece.
Y sin embargo algo resistía,
una savia ciega, una memoria sin origen,
que decía: no todo es pérdida, no todo es final.
Veía a los amantes disolverse en el aire,
como nombres escritos sobre el agua del sueño,
y el amor quedarse, solo, sin cuerpo.
«¿Entonces es esto?»
—Sí, esto es lo que queda.
Los huesos aprenden a brillar en la oscuridad,
las palabras se consumen como estrellas cansadas,
y el silencio crece hasta volverse morada.
A DYLAN THOMAS
Yuleisy Cruz Lezcano ©
Allí se ven fragmentados
restos del pensamiento que no obedece,
tiendas inestables oscilan
sobre los párpados cósmicos,
reflejos dominantes
caen
desde la extensión de la luz
separada de la memoria.
Cien picos escriben el cielo
sin gramática,
mil cantos cerrados se rompen
en semillas audibles,
y el lenguaje pierde su casa
dentro de la boca del viento.
Una amapola sometiéndose
a su vértigo rojo
aprende la forma del derrumbe
la llama floración abierta
a la noche que mastica
sus sílabas no dichas.
Insólita sorpresa bajo este cielo, faltan las coordenadas,
sin querer regresan los golpes
contra las costillas del terreno.
Cada latido insiste en estar vivo.
Las palabras se acercan, se golpean, se olvidan,
los laberintos sueltos del sonido beben
su propio eco,
y lo que queda no es sentido sino un temblor,
se parece al nacimiento.
MÁS ALLÁ DEL DOMINIO DE LA MUERTE
(Dedicatoria a Dylan Thomas)
Yuleisy Cruz Lezcano ©
Suenan voces en un centro hinchado de eco,
una oscura vorágine va pasando entre nosotros.
Entre los dos, viento o monosílabos rotos,
el viento tropieza con las palabras que no permanecen.
Viento herido de esta muerte que no termina,
respira en el vacío como un animal sin nombre.
Alza mis palabras: una golondrina y otra ya no tiemblan,
pero se entregan a la desenfrenada babel de los pájaros.
DAMIÁN ANDREÑUK
Nació en City Bell en 1986 y reside en Villa Elisa, ambas localidades
ubicadas en el partido de La Plata (Provincia de Buenos Aires), Argentina.
Publicó once libros, todos a través de certámenes en diferentes editoriales: Omisiones (Raíz alternativa, 2010), Portales al vacío (De Los Cuatro
Vientos, 2011), Formas concretas
(Hespérides, 2013), Silencio de
crisálidas (Literarte, 2015), Metástasis
(Luz del Alba, 2015), Vértigo insondable
(Mis Escritos, 2017), Música del polen
(Hespérides, 2021), Yamila (3K,
2021), Donde orinan los lobos (Fela,
2021), Dimensiones de lo breve (Mis
Escritos, 2022) y Pelear contra la niebla
(Trinando, 2023). Además, a nivel nacional e internacional, obtuvo distinciones
en concursos y fue seleccionado para colaborar en revistas y antologías. Su nombre
completo es Damián Jerónimo Adreñuk.
Más sobre su
trayectoria literaria y obras en los números 93, 98 y 100 del Suplemento de Realidades y Ficciones.
Ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS o, por su apellido, en ÍNDICE DE AUTORES: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
VERSOS POR SÉNECA
Damián Adreñuk ©
Necesitamos en verdad sólo muy poco
Cuidar cada tesoro que nace de la sangre.
Acariciar las orquídeas que brotan del cariño.
Forjar un escudo de quietud luminosa, una espada febril
contra los
lobos.
Lo más terrible es el temor
Como soñar continuamente con amapolas muertas.
Como querer bailar con las piernas cercenadas.
Como un voraz incendio en el último refugio.
Difícil acertar antes de equivocarse
Hay que beber toda la magia que irradia la niñez.
Hay que hundir el cuchillo en la lepra de la vida.
Hay que buscar la comunión con los ángeles del Otro Lado.
MARÍA
Damián Adreñuk ©
Durante mucho tiempo, la planificación de su cumpleaños número quince
fue una hoguera de deseos en su mente. Hablar del tema la hacía transpirar,
reír, ponerse melodramática. Toda su energía pueril se concentraba en la espera
de ese evento. Para ella, cada día era exclusivamente un peldaño hacia esa
fecha. Pero María no anhelaba realidad, sino magia.
—Está callada. Y hace una hora que no menciona la fiesta –observó su
mamá.
—¿Callada? Está casi catatónica –dijo el padre.
Faltaba poco y las ilusiones coloridas de María se habían vuelto una
carga asfixiante. Como alienada, se abstrajo del sueño, las relaciones
sociales, el hambre, la familia, la escuela. Hacía un año que preparaba los
detalles. Ella misma se había encargado de contarlo así a sus compañeras del
club. Hacía un año que se movía en el patio del colegio como una reina camino a
su coronación.
La vajilla era blanca y daba un tono de luminosidad. En la cocina,
aperitivos delicados, bebidas para un regimiento y una torta magnífica como un
castillo pequeño. En una habitación especial, un robot de unos dos metros
aguardaba para dar su espectáculo.
A lo largo de la semana previa, las manos de María no pararon de
temblar.
Quizá por su belleza natural, su inocencia parecida a un milagro, la
vasta riqueza de sus padres, el modo genuino en que la amaban, su habilidad
para el deporte, su risa limpia, su sencillez soleada: en un pacto resentido y
perverso, ninguna amistad se presentó esa noche.
CHELASKI
Damián Adreñuk ©
Chelaski temblaba. Todo su cuerpo había quedado recubierto de un
sarpullido feroz, de granos como escamas, de una especie de psoriasis
potenciada que le daba la apariencia tenebrosa de un cadáver en plena
descomposición.
No fue algo repentino. No despertó en un gris amanecer y se vio como
Gregorio Samsa. Cada parte de su putrefacción tenía una causa. El valor que le
faltó para mucho de lo que sentía. El empobrecimiento de su espíritu buscando
vanidades. La energía degradada en la promiscuidad. El amigo irreprochable que
un día se rindió y se ató una soga. La minoría de psicópatas tras bambalinas
que infectan la Tierra.
Chelaski tomó un arma.
HAIDÉ DAIBAN
Nació en Buenos Aires, Argentina, donde reside. Farmacéutica, ex docente
de la Facultad de Farmacia (UBA). Alumna de la escritora Syria Poletti con la
que editó Cuentos desde el Taller. Luego
junto a Lucila Févola fue cofundadora de la revista literaria “Tamaño Oficio”,
con la que colabora desde hace 25 años.
• Libros de poesía publicados: Plegarias
del Siglo XX, Con el tiempo a cuestas, Los indicios.
• Libros de cuentos publicados: El
Rabdomante y otros cuentos (edición supervisada por Isidoro Blaisten), Historias de muchos, Cuentos con sabores, El
hombre de la máscara y otros cuentos.
• Antologías: Figura en numerosas antologías de cuentos y poesía: de
Editorial Botella al mar, en su 50º aniversario; de Gente de Letras; de la
Revista Ronda Literaria; con escritores de Uruguay y con escritores de PLA:
Promotora del Libro Argentino; Asociación Argentina Tango al Mund; Café con
letras; La cumbre y la Palabra (Encuentro de poetas y autores), etc.
• Libros de poemas lunfardos y letras de tango: Todo Tango y Tangos, Poemas
del Nuevo Siglo, Algo más sobre Tango. Figura en estos libros avalados por
el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: El
Tango que viene y + de 100 Tangos
Nuevos.
• Intervino en dos Festivales de Tango en Buenos Aires y fue invitada a
leer en Cafés Notables de Buenos Aires como La Ideal, Tortoni, 36 Billares, El
Gato negro, Café de García, Los Angelitos, Seddom, B. Berry, London, Homero, El
Trianón de Boedo, La Poesía, Bar Sur, etc.
• Publicaron su obra numerosas revistas literarias y de tangos (Rosario,
Catamarca, Buenos Aires, Haifa (Israel), Toulouse (Francia), Córdoba,
Corrientes, etc.
• Figura en el libro De tangos y
tangueros, de Aníbal Lomba (miembro de la Junta de Estudios Históricos de
Boedo), como poeta de Boedo; en Los
tangos testimoniales de Julio César Páez (poeta letrista); en La empresa y el Tango de Bernardo Poblet
(empresario); en Prodigios, exaltaciones
y gozos de Tomás Barna (periodista, escritor); en Tango Oculto, ensayos de Silvina Boggiani (2011); en La Revolución del Tango: La nueva edad de oro del periodista
francés Michel Bolasell (París – Buenos Aires); en Historia de otros tiempos y otros hombres del músico Pascual Cholo
Mamone (compositor de tangos de autoría de Haidé Daiban; en El lunfardo en el habla de los argentinos
de Marcelo Olivera; en Narrativa de
Mujeres Argentinas de Lea Fletcher (2007), en esta obra figuran El Rabdomante (cuentos) e Historia de Muchos (cuentos).
• Fue jurado en certámenes literarios y presentadora de libros. Colaboró
con La Prensa y diversas revistas
literarias y otras publicaciones. Integró mesas redondas y dio conferencias en
variadas Instituciones.
• Integró paneles en diversas radios y dirigió bloques de literatura en
radio AM 96.3 en el programa “Mujeres en Acción” junto a la periodista Marta
Wolff.
• Fue invitada por Radio Nacional; Municipal; Splendid; AM 1100; AM 840;
AM 1620; AM 530; FM 89.9 (La Isla); AM 1420 (La Marea); AM 650; FM 97.9 (Radio
Cultura); AM 1540 (Líder); FM 92.7 (La 2x4), Cacho Lemos y con Rómulo Berruti;
Radio UB 90.9, de la Universidad de Belgrano; Radio Italia, Radio de las Madres
(AM 530); AM1010 . También, por radios de México (Eternos Efímeros), de
Corrientes, de Berlín (Alemania, Fdo. Miceli), etc.
• Grabó dos programas en TV, “Por el Tango”, invitada por Nolo Correa.
• Editó el CD “Vos y Yo” junto al maestro Pascual “Cholo” Mamone y su
orquesta, con voces de Luis Linares y Choly Cordero, y el CD “Noche con
duendes”, con las voces de María Viviana y Reynaldo Martín, junto al sexteto
del maestro Mamone.
• Hay diversas grabaciones con sus tangos, que también fueron cantados en
cafés históricos de Buenos Airea como Confitería London, café Sedom, en
Academia Porteña del Lunfardo, Templo de Paso (Buenos Aires), restaurante La
Paila, La esquina Homero Manzi café, La Casa del Tango, Club Hebraica, Café de
García, Teatro Chacarerian, Centro Cultural de la Cooperación, Taconeando, etc.
• Grabaciones con Beatriz Gabet, Zoila Piterman, Mabel Marcel, Gabriela
Novaro, Patricia Parada, Silvana Gregorich, Estela Bonnet, Juan Carlos Sapia,
Mirtha Barrientos, Luis Linares, Choly Cordero, Reynaldo Martín, María Viviana,
Liliana Manski, Roberto Chalean, etc.
• Fue socia y participó en la Comisión Directiva de Letrango (Asociación
de Nuevos Letristas de Tango). También en las comisiones de Cultura del Colegio
Farmacéutico de Capital Federal y de La Sociedad Hebraica Argentina.
• Obtuvo Premios en ensayo (Circle Lire); en cuento (Municipalidad de
Buenos Aires, de Ediciones Tu Llave, de Gente de Letras, de PLA, etc.) y en
poesía (Fundación Givré, de Revista Literaria, Ronda Literaria, de Gente de Letras,
etc.)
• Recibió una distinción por su contribución a la poesía del Tango,
además de recibir el premio “Orden del Abanico”, que se otorga una vez al año,
a las mujeres destacadas del barrio de Boedo.
Más de sus obras en
los números 73, 75, 77, 79, 84, 86, 89, 97 y 103 del Suplemento de Realidades y Ficciones (ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS), o
por su apellido en ÍNDICE DE AUTORES, en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/).
COPLA DEL AGUA
Haidé Daiban ©
Cantos de liras, el agua,
de cadencia milenaria.
Cae que cae por ladera
se arremolina en las zanjas
y baila la danza incierta
en el río que la amansa.
Tiene el sabor de la tierra
Que moja su lengua blanca.
Cuchichea en el alero,
es lluvia que lo baña.
Como un brillante pulido
junta escarcha en la mañana
Y duerme inquietos sueños
en la cuna de los cántaros.
ESAS MUJERES
Haidé Daiban ©
En estas tierras
tan al sur del mundo,
contorno de un mapa
que a veces olvida
la Universal Historia,
aquí, entre desolación
y pampa,
entre montañas
y salvaje
naturaleza,
aquí, donde el férreo brazo
extranjero
quiso apagar antiquísimos fuegos,
aquí, se levantaron en lucha
anónimas mujeres
en valiente
rebeldía.
Aquí, acunaron a los héroes
y a su tiempo,
acompañaron a sus hombres,
imponiendo la esperanza,
pariendo a la Patria,
bandera y sol a cuestas.
PAISAJE
Haidé Daiban ©
Zarandea la tarde
sus rojos y amatistas
se cuela en estiletes
de último aliento
por entre sauces y castaños.
Sobre el camino,
queda retenido el tiempo.
El sendero
de leopardinas manchas
habla el sueño de la hora
y transita la vida,
vestida de negro
sobre la grava
llorosa de crujidos.
GERMAIN DROOGENBROODT
Belga (flamenco)
afincado desde el año 1987 en Altea, España. Es poeta, traductor, editor y
promotor de poesía moderna internacional. Ha traducido más de treinta libros de
poesía española, alemana, inglesa, francesa y latinoamericana, entre ellos
obras de Bertolt Brecht, de Miguel Hernández, José Ángel Valente, Francisco
Brines, Juan Gil-Albert, poemarios de poesía moderna argentina, chilena,
nicaraguas, mexicana y realizó adaptaciones de poesía árabe, china, persa,
japonesa, coreana...
La editorial POINT
(POesía INTernacional), de la que es fundador, lleva publicados más de ochenta
libros de poesía internacional. Junto con los poetas chinos Bei Dao y Duo Duo
fundó un nuevo movimiento de poesía, el neosensacionismo. Organizó en Altea y
Alfáz del Pi (España) el festival internacional de poesía “La Costa Poética”.
Fue secretario general del Congreso Mundial de Literatura de Valencia. y del
Congreso Mundial de Poetas. Es cofundador de la asociación poética JUNPA (Japan
Universal Poets Association, consejero de Ama-Hashi (The Poetic Bridge) de
Kioto y de Poetry and Discovery (Italia), consejero general de Huifeng
International Poetry, Shanghái, vicepresidente del Festival Internacional de
Poesía de Sídney y presidente-fundador de la asociación cultural Ithaca de
Altea, España, organizando, entre otras, todos los años Las Noches
Poético-Musicales de Ithaca: música clásica, poesía y exposición de pinturas.
Su obra, hasta ahora
ha escrito veinte poemarios, es multifacética. Sus poemarios han sido
publicados en 33 países. Después de su debut con Cuarenta en la pared (1984), catalogado como poesía neorromántica,
publicó ¿Conoces el país?, Meditaciones
en el Lago Como, un libro de poesía naturalista. Ha obtenido en 1995 un
“Hawthornden Fellowship” y escribió durante su estancia en el castillo escocés
del mismo nombre Conversación con el más
allá, poemas galardonados en Bélgica con el Premio de Poesía P.G. Buckinx.
Casi al mismo tiempo salía Palpable como
la ausencia, «poesía virtuosa», según un crítico de reseñas para las
bibliotecas holandesas, un poemario bilingüe neerlandés-castellano. Al final de
1997 apareció Veinticinco y dos poemas de
amor y el año siguiente Entre el
silencio de tus labios, una compilación de sus poemas de amor. Germain
Droogenbroodt estudió las culturas, la filosofía y la poesía oriental. Visitó
más de setenta veces el Extremo Oriente cuyas culturas han dejado profundas
huellas en su obra poética. Completó, durante una estancia en el Rajastán, el Camino, un cambio crucial en su obra
publicado en China y Japón como TAO. El poemario inspiró a varios artistas con
fama internacional, tales como el pintor belga Frans Minnaert y el hindú Satish
Gupta. Este poemario bastante filosófico con elementos místicos es, hasta hoy,
el libro con más éxito del poeta flamenco-mediterráneo. Sus poemarios han sido
publicados ya en 28 países en 26 lenguas: entre ellas en albanés, alemán,
castellano, chino, checo, croata, eslovaco, hindú, inglés, italiano, japonés,
macedonio, mongol, neerlandés, pakistaní, rumano, serbio etc.
En 2001 salió Amanece el cantor, su primer poemario
escrito en español, un homenaje a José Ángel Valente. Escribió el año siguiente
en Ronda el ciclo Contraluz, poemario
que sigue más o menos la misma línea mística-filosófica de el Camino. La edición rumana fue laureada como mejor libro de
poesía extranjera por la Universidad Ovidius en la Feria Internacional del
Libro. El poemario En la corriente del
tiempo, Meditaciones en el Himalaya, ha sido premiado en España con el
XXXVII Premio de Poesía Juan Alcaide 2008 y en 2015 con el Gran Premio de
Poesía Mihai Eminescu en Rumania. Se publicó también en 2008 su Selected Poetry of Germain Droogenbroodt,
inglés-chino, en Shangai, China.
Struga Poetry
Evenings, el afamado y más antiguo festival de poesía de Europa publicó en 2010
también En la corriente del tiempo en
su prestigiosa colección “Pléiades” en macedonio. La antología In the Stream of Time, Selected Poetry of
Germain Droogenbroodt ha sido traducido al japonés y fue presentado a fin
de 2010 en la Kyoto City International Foundation, Kyoto, Japón. Se publicó una
selección de su poesía en bangla y otra en irlandés en 2012. Desombrada luz, poemario escrito 2011 en
Hawthornden Castle International Retreat for Writers en Escocia se publicó en
una edición bilingüe neerlandés-español en 2012. En 2015 se ha publicado En la corriente del tiempo en rumano
(presentado en el Festival Internacional de la Poesía Mihai Eminescu) y su
antología El rocío del alba en
Croacia (presentado en Zagreb Literary Talks).
En 2016 se publicaron
sus poemarios La efímera flor del tiempo
en Bélgica y en Holanda y Gotas de rocío
en Japón, 100 haiku en caligrafía japonesa, español, inglés y neerlandés. En
2021 se publicó La Inquietud de la
palabra y en 2022 en varias lenguas el
Camino del Ser. En Kioto su segundo poemario de haiku Mariposa volante, publicado también en Chile. Se ha publicado fin
2023 su poemario Reflexiones Poéticas,
premio internacional de poesía de Fuente Vaqueros, España, Frágil Equilibrio en Chile y como último El consuelo del arte en 2026.
Publicaciones;
• Cuarenta en la pared; ¿Conoces el país?
Meditaciones en la orilla del Lago Como; Palpable como la ausencia; Entre el
silencio de tus labios; Conversación con el más allá; Amanece el cantor; el
Camino; Contraluz; En la corriente del tiempo. Meditaciones en el Himalaya;
Desombrada luz; El rocío del alba (antología); La efímera flor del tiempo; Gotas de rocío, 100 haiku; La inquietud
de la palabra; El Camino del Ser; Mariposa volante, haiku; Reflexiones
Poéticas; Frágil equilibrio; El consuelo del arte.
Por el carácter
universal de su obra es invitado frecuentemente a dar recitales y conferencias
en varias universidades y festivales internacionales de poesía en países tales
como Argentina, Austria, Bangladesh, República Checa, China, Chipre, Chile,
Corea, Croacia, Cuba, Egipto, Eslovaquia, España, Formosa, Irlanda, Italia,
Lituania, Macedonia, México, Mongolia, Nepal, Nicaragua, Rusia, Rumania,
Serbia, etc. Germain Droogenbroodt ha sido recomendado para el Premio Nobel de
Literatura 2017.
Más sobre sus obras y trayectoria en los números 81 y 108 del Suplemento de Realidades y Ficciones (ver
ÍNDICE DE SUPLEMENTOS), o por su apellido en ÍNDICE DE AUTORES, en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/).
Poesía de Germain Droogenbroodt ©
PREGUNTA
¿De dónde viniste
adónde irás?
¿Cuánto tiempo
durará aún tu eternidad
─ planeta?
Reversible es todo
pero ¿dónde está el límite?
¿Quién sabe del cambio
del oscurecimiento
de la noche?
El tiempo urge, empuja la arena
graba la palabra
en la piedra
y espera que quede
—no
como testamento.
de “el Camino”
(TAO), Editorial Calima y POINT Editions
ESCRIBIR POESÍA
Hallar el frágil equilibrio
entre el silencio y la palabra
entre el camino
y la desorientación
entre lo decible
y lo indecible
entrelazar
la brecha honda
entre pluma y papel.
de “el Camino
del Ser”, Editorial Balduque, Cartagena
PALOMA DE LA PAZ
Está lloviendo,
lloviendo tristeza
por las víctimas inocentes,
por la destrucción de un país,
por tener que huir de la violencia asesina.
Hambrienta, sale una tórtola
del abrigo de su árbol:
como una soga
el anillo negro alrededor de su cuello.
de “el Camino
del Ser”, Editorial Balduque, Cartagena
DÉSPOTA
Disparó un cohete
sobre su palacio pretendiendo
que sus víctimas habían atentado
contra su vida
el cohete iluminó
al pueblo oprimido
ni los ojos ni la mente
sino los que miraban hacia arriba
se cegaron aún más
que antes.
de “el Camino
del Ser”, Editorial Balduque, Cartagena
ADOCTRINADA INTELIGENCIA
El vacío
—desprovisto de todo significado—
se ha convertido en cotidiano.
Lo que uno debe pensar o hacer
está preprogramado.
La imagen
que vemos en el espejo
ya no es más nuestra propia imagen.
de “el Camino
del Ser”, Editorial Balduque, Cartagena
ANA GINER
CLEMENTE
(Algemesí, Valencia,
España) Desde muy joven quiso dedicarse a escribir y en sus poemas se aprecia
un carisma soñador, aventurero, libertario e independiente. Siempre con un
papel y lápiz en mano, va anotando todo cuanto se le antoja para transformarlo
en poemas o en sublimes historias. Pero sus fantásticas historias, al igual que
sus poemas, no llegan a deleitarnos ni hacerse patentes hasta muchos años
después, a raíz de diagnosticarle una enfermedad. Y es cuando va recuperándose
poco a poco, si se le puede llamar recuperación a una enfermedad incapacitante
como es la fibromialgia y fatiga crónica, que no existe ninguna medicina para
su curación, y cuando sus fuerzas se lo permiten, le dedica tiempo a lo que le
gusta realmente, escribir.
Años más tarde se
rinde ante la narrativa, donde encuentra un mundo lleno de posibilidades,
dándose cuenta que puede ir compaginándolo perfectamente con la poesía.
Historias que ella tiene en su mente camaleónica y que quiere plasmarlas para
todo aquel que desee leer sus escritos.
Tanto sus poemas como
su narrativa, consiguen cautivar al lector, adentrándose en un mundo lleno de
sensaciones auténticas.
Ana Giner es una
mujer comprometida y gran defensora de los más débiles, niños, animales,
personas enfermas… Es evidente que este carisma de la escritora la hace aún más
si cabe, sensible a la hora de escribir, haciendo hincapié en su deseo por
conseguir, a través de sus poemas, un mundo más pacífico y más tolerante para
todos.
Más sobre su
trayectoria literaria y obras en el número 89 del Suplemento de Realidades y
Ficciones. Ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS o, por su apellido, en ÍNDICE DE AUTORES: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
https://clementeana.blogspot.com
https://www.anaginerclemente.com
https://misadorablesbebes.blogspot.com
CALLADOS
Ana Giner Clemente ©
Los pasos se hacían
cada vez más cercanos. Arturo, se subió la manta que le cubría el cuerpo hasta
la cabeza. Otra noche más. No, no podría aguantar otra noche como las que
venían sucediéndose. Los pasos se detenían, para reanudarlos con más firmeza.
Arturo, no sabía que más podía hacer, tan sólo, rezaba, rezaba para que esa
noche, no entrara en su habitación. Estaba aterrorizado, quería huir, desaparecer,
esfumarse de la cama. Se dio cuenta, que se había hecho pipí, y aunque quería
ir al baño, no podía moverse. Los pasos se habían parado, ya no los oía. Tal
vez, había entrado en otra habitación, pensó. Arturo sabía que eso no le
salvaría de las garras de su violador. No importaba a cuántos niños visitara en
una noche, en la de él, siempre entraba. ¿A quién se lo podía contar que ya no
lo supiera? Era asqueroso lo que le hacía, vomitaba todas las noches y le hacía
daño, y aun así, su violador ni se inmutaba. Lloraba, lloraba
desconsoladamente, pero todo le daba igual, pues ni sus lamentos ni lágrimas,
le hacían parar. Le pedía a Dios que se lo llevara, quería morir para no
soportar más aquellos abusos, pero allí permanecía, noche tras noche, al antojo
de quien, a la mañana siguiente, todos los niños llamarían padre.
“Entre la mentira y
la verdad hay muchos grises, pero sí que hay una verdad y es, lo que consigues
que se crean”
SUPLEMENTO
DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 111 – Septiembre
de 2026 – Año XVII
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral
RL-2026-07594933-APN-DNDA#MJ del
21/1/2026, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina
Propietario y director: Héctor Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
http://hector-zabala.blogspot.com/
Currículo
en revista Realidades y Ficciones Nº 40:
https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2019/12/realidades-y-ficciones-revista.html
Colaboradores
Corrección
general: Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia
(Chaco), Argentina
http://noelia-barchuk-literatura.blogspot.com.ar/
Currículo
en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 88:
Ilustración
y selección de carátulas: Alanís Ahmed
Sarandí
(Provincia de Buenos Aires), Argentina
https://ar.pinterest.com/alanismiku08/alanis/
Currículo
en revista Realidades y Ficciones – Revista Literaria Nº 66:
https://
El listado completo de colaboraciones
al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo
el acápite ÍNDICE DE AUTORES. Hasta el momento, 443 colaboradores desde la fundación del
suplemento.
REVISTA:
http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/
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SUPLEMENTO:
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artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor
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