domingo, 7 de marzo de 2021

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES

Nº 89 – Marzo de 2021 – Año XII

ISSN 2250-5385 – Edición trimestral

 

Inscripción gratuita como LECTOR

si escribe a  zab_he@hotmail.com

indicando nombre y apellido, ciudad y país

(se le avisará cada nuevo número trimestral).

 

“Monarcas surreales Rosas”
Mónica Villarreal (2020)
(Acrílico sobre papel, 14" x 11")
Serie Mariposas

Sumario:

• María CHAPP (Argentina)

• Delmar MAIA GONÇALVES (Mozambique – Portugal)

• Brissa OCHOA (México)

• Francisco José SEGOVIA RAMOS (España)

• Haidé DAIBAN (Argentina)

• Fernando ISASI CAYO (Perú – España)

• Indira CÓRDOBA ALBERCA (Ecuador – Argentina)

• Manuel José ÁGUILA MARTÍN (España)

• María José CASTEJÓN TRIGO (España)

• Gustavo RIARTE (Argentina)

• Ana GINER CLEMENTE (España)

• Toni PRAT (España)

 

 

MARÍA CHAPP

 

Su nombre completo es María Ester Chapp. Nació en 1950 en Buenos Aires, Argentina, ciudad donde reside. Licenciada en Sociología - Universidad Nacional de Buenos Aires, 1975. Máster en Ciencias Sociales - Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, 1990.

Más sobre su extensa trayectoria, premios y libros publicados en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 80:

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2020/12/suplemento-derealidades-y-ficciones-n.html

en el que se podrá, además, disfrutar de varios otros de sus poemas.

 

mariachapp@hotmail.com

Facebook: María Chapp (https://www.facebook.com/maria.chapp)

 

 

AMIA

María Chapp ©

 

la desesperanza ha sido consumada

creen que es cuerpo ajeno

cayendo

en el vacío

sangre de otros

que socava el altar

huyen de las tempestades del abismo

coros de muertos

escucharán

 

 

VUELVO AL MAR

María Chapp ©

a los silenciados de mi generación

 

I

 

dos monjas adormecidas

sus pechos estallados

en amarga placenta

puérperas de lacios cabellos

por atroces columpios

arrojadas al más hondo

grito yugular que nadie escucha

tajeados vientres

ciego luto umbilical

gigantes hormigas reptan

por el brazo desnudo de la noche

cada ola se extingue inevitable

huellas de abandono

brotan del yodo sediento

el horizonte viene a mí

con memorias de cuerpos

roídos por albatros

vandálicas piedras

asedian conciencias

perforan la historia

con blancos pañuelos

 

 

II

 

irradio calor

la espuma trepa a mi verbo

se me calcinan los pies en esta arena

llevo más azul al cuadro

más sol     más guijarros quemantes

abro sus puertas

entrego rugidos

es hora de partir

entrar en el aire

con otros cuerpos

en esta gaviota me dejo mecer

hasta el incendio

ellas beben gotitas de almizcle

dispuestas en las frentes

cada temblor abraza desamparos

escribo con las yemas abiertas

amamanto en sueños

(los sueños amamantan)

cada reino provee su alimento

no iré al muelle

persisto en la comisura

el ojo incierto va

por hilos de luz a velados confines

vidas de navegación

recuerdo

acantilados     bahías

mis brazos remos de intemperies

las quillas acunan libros por nacer

fuego sobre agua pintaba Turner

poesía a babor     a estribor

 

 

III

 

día gris     arden las bocas

salitrosos vapores

el animal rodea la playa

relampaguean ellos

en danza con Alfonsina

llanto del océano

una tonina muerta

a la vista de los ciegos

el costado sangra

tal vez nylon en su adentro

corchos de tu vino

protección de tu placer

y el fútbol no se detiene

me ahondo con criaturas marinas

tonadas de amor de los delfines

el aullido final     inagotable

y en las ballenas

el ojo de Dios

 

 

ZARZA

María Chapp ©

 

balbucea el hueso

en el altar de su desgarro

un Partenón cae

(nitidez del mármol

devorado por la especie)

agujas de un tiempo sin memoria

cantos desmayados

palpitan en lo sombrío

las formas que vendrán

¿qué vagones persisten?

¿cuáles cesan?

lento se hace carne lo incierto

en el gran silencio asoman frescuras

la zarza dentrofuera de mí

en las dos patrias

arde

 

 

 

DELMAR MAIA GONÇALVES


Nació el 5 de julio de 1969 en Quelimane, República de Mozambique. Reside y trabaja en Portugal desde hace años. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Juvenil Ferreira de Castro en 1987, el Premio de Literatura Africa Today en 2006, en Luanda, y el Premio Kanimambo de la Casa de Mozambique en Pazos de Ferreira.

Ha sido profesor honorario de Literatura y Filosofía en la Universidad del Instituto Bíblico Internacional Cypress (Estados Unidos) y en el Instituto de Investigación de la Academia Internacional de Jerusalén (Malawi) desde 2019; Secretario Académico (Director) del Departamento General de la República de Mozambique y miembro del Comité Editorial de la Editora Internacional Mariinskaya Academy (Rusia), así como miembro del Comité Editorial de la Revista Científica “Mariinskaya Academy” desde 2020. Es Presidente del Círculo de Escritores de Mozambique en la Diáspora (CEMD) desde 2010. También es miembro de WAG —World Art Games— Organización Artística Internacional de Croacia. Obras: Moçambique Novo, o Enigma (Ed. Minerva 2005), Moçambiquizando (Ed. Minerva 2006), Afrozambeziando Ninfas e Deusas (Edições Mic. 2006), Mestiço de Corpo Inteiro (Ed. Minerva 2006), Entre dois rios com margens (CEMD Edições 2013).

delmar_gonc@hotmail.com

 

 

FUEGO DE LA VERDAD

Delmar Maia Gonçalves ©

 

Madre

arde en mí

el fuego de la verdad

nada

ni nadie

me podrá salvar

porque la mentira

es el rostro de los hombres

que fundan la ciudad.

 

 

SILENCIO EN LLAMAS

Delmar Maia Gonçalves ©

 

Cuando el silencio

produce silencio

veo el silencio encendido

gritar en el silencio.

 

 

 

BRISSA OCHOA


(Heroica Matamoros, Tamaulipas, México, 1990). Profesora egresada de la Escuela Normal J. Guadalupe Mainero. Participa en el Taller de Creación y Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Libros publicados: Suspendidos (Pathbooks, 2020). Participación en las antologías: Justo en el borde (2019), Cuentos cortos para noches largas (2019).

brissaochoa00@gmail.com

https://www.facebook.com/.Brissa-111831750663136/

https://Instagram.com/brissaochoa11?igshid=j50kmxagvlhm

 

 

LUCIÉRNAGA

Brissa Ochoa ©

 

¿Qué soñaste hoy? Preguntaba mi madre por las mañanas. Yo no sueño, le decía. Pero ella comentaba que sí, y que solo no podía recordarlo. Una ocasión desperté con imágenes girando por mi cabeza, aparecían y desaparecían sin sentido. Me esforcé en recordar lo que pudo ser un sueño, pero no lo conseguí. Mientras más segundos pasaban menos claro era todo, hasta que no hubo nada que recordar y tan solo quedó la sensación de que había olvidado algo.

Al fin mis padres decidieron que era lo suficientemente grande para dormir sola y me echaron de su cama. Ahí tuve por primera vez aquel sueño. Estaba frente a una gran pared repleta de esmeraldas incrustadas. No había más personas, ni casas, ni edificios. Era de noche y yo sostenía algo dentro del puño, apretándolo con fuerza. Podía sentir mis uñas encajándose en la palma de la mano. No tenía claro qué era, pero de soltarlo subiría por mi brazo para recorrer todo mi cuerpo hasta terminar envolviéndome.

Pensé en aquel sueño todo el camino a casa de mis abuelos, mientras jugaba a no pisar las líneas de la acera. Iba unos pasos detrás de mamá quien sujetaba a mi hermano y con el otro brazo cargaba al bebé. Yo tenía apenas once, así que podía perderme de su vista un rato sin que eso la alarmara; iba detrás y no quería que me descubriera. Llevaba el puño cerrado, como en el sueño, pero dentro del bolsillo del pantalón. Quería asegurar que mi recién descubrimiento no se perdería, ni terminaría rodando por algún orificio hasta quedar en el camino cubierto de tierra, desperdiciado.

Cuando llegamos a nuestro destino entré sin saludar. Pasé entre todos, desapercibida. Seguían hablando sobre la fiesta de Caro, faltaba solo una semana y sería “como un sueño” o eso decían.

De todas las habitaciones la de Caro era especial. Siempre tenía ese aroma a desinfectante que lastimaba un poco en la nariz y picaba en la garganta; pero después de un rato te acostumbrabas y después de mucho, terminaba gustándote. Huele a limpio decían todos al entrar y después, como parte de un libreto imaginario, le preguntaban a Caro que cómo se sentía, sin obtener mayor respuesta que un encogerse de hombros. “Si ya saben que mal, para qué preguntan”, me decía luego, cuando nos quedábamos solas.

Toqué la puerta tres veces con la mano izquierda. La otra, la que aún estaba en mi bolsillo ya casi ni la sentía. Abrí la puerta despacio y entré al cuarto tratando de no hacer mucho ruido. Caro estaba en su cama; era una cama muy alta, más que cualquier otra que hubiera visto antes; casi como esas camas de las princesas, pero a esta le faltaba el dosel con sus cortinillas. Para subir tenías que ayudarte de un pequeño banquito escondido en la parte de abajo.

Mientras me acercaba vi que la bolsa, colgada en lo más alto de un tubo, tenía apenas la mitad del líquido transparente. Luego vi la otra bolsa, en el piso, que comenzaba a llenarse y volverse de un color amarillento, ambarino. Suspiré.

Hace mucho que no me causaba ninguna impresión ver aquel tubo que le salía del abdomen, pero reconozco que la primera vez que vi lo que le habían hecho sentí miedo. No recuerdo si alguien, aparte de Caro, me haya explicado lo que eso significaba.

La última vez que me quedé en casa de los abuelos, que también era la casa de Caro, nos dieron las dos de la mañana jugando a no quedarnos dormidas. Fue aquella noche cuando me lo contó: “Sé que moriré pronto”, y se me heló la panza. No supe qué contestar ni cómo decirle que también lo sabía, y que escuchando las pláticas de los adultos me enteré de que por eso habían apresurado sus quince. “No te atrevas”, le dije susurrando y nos quedamos mirando al techo, sin decir más, pensando en la muerte cada quien en silencio. “Descansemos los ojos. Tres segundos”, añadí después de un rato y Caro asintió con la cabeza.

Eso solíamos hacer cuando el sueño nos rebasaba y dormir era inminente. Cerrábamos los ojos, contábamos hasta tres y al abrirlos ya era un nuevo día. En aquel entonces no lograba comprender la razón de aquel juego; jamás sabíamos quién ganaba y, ahora que lo pienso, creo que todo se trataba de que Caro tenía miedo de quedarse dormida y de no despertar.

—¿Qué traes ahí? —dijo señalando mi bolsillo. Saqué la mano y la extendí frente a ella. Se quedó viendo sin entender, y me observó con sus enormes ojos cafés.

—Mamá dice que estas pastillas ayudan a la gente; que con una basta para sentirse bien, sin ningún dolor —y se quedó mirándolas; eran blancas, pequeñísimas, sobre mi mano temblorosa y sudada—. Las traje para ti.

—¿Las robaste? —preguntó y me encogí de hombros.

Caro acomodó uno de sus castaños mechones por detrás de la oreja mientras apretaba los labios marcando el par de hoyuelos en sus mejillas. Su mirada estaba fija en mi mano, pero su mente, podría jurarlo, estaba en un pasado de sueños, anhelos, esperanzas. En una vida que no tuvo, por culpa de nadie, porque así le tocó. Y debía enfrentarlo, debía ser fuerte, pero la valentía también cansa. Se le notaba en los ojos, en la nariz, en los cabellos, y en esa forma de arrojar el aire entre bufar y suspirar.

—¿Y cuántas me tomo? —preguntó— ¿La mitad? —agregó antes de que yo pudiera decir algo. Asentí. Le iba a decir que todas, pero la mitad estaba bien, pensé. Las puso en su mano y las tragó.

Nos quedamos en silencio, como tantas veces hicimos juntas. No sé por cuánto tiempo, pero aquel zumbido, lo recuerdo claramente, atrajo nuestra mirada y nos hizo voltear a ambas. Nuestros ojos se movían en forma irregular siguiendo el curso de aquel insecto que revoloteaba por toda la habitación. De pronto brilló intermitente, cada par de segundos. ¡Una luciérnaga! Gritó Caro, y ambas saltamos de la cama para atraparla y verla de cerca, hasta que salió por una de las ventanas, la que daba al pasillo; corrimos tras de ella.

Ya fuera de casa nos dimos cuenta de que era de noche, y que ahí la luciérnaga era más hermosa. La seguimos, hasta dar al patio de atrás, donde se posó en la enramada del árbol de uvas. Que se había extendido formando como un techo que cubría casi la mitad del pequeño patio. Ahí la luciérnaga se multiplicó, ya no era una, eran cientos de ellas que iluminaban aquella oscuridad, sin dejar de parpadear. Había una luciérnaga por cada uva, y Caro sonreía sentada en el césped, emocionada.

—¿Qué buscas? —preguntó al verme todavía de pie, palpando con insistencia los bolsillos de mi pantalón.

—Las pastillas. Creo que las he perdido.

—¿Cómo que las perdiste? ¡Las tomaste! ¿No lo recuerdas? —y al decirlo, se recostó y colocó ambos brazos bajo su cabeza, como si estuviera en la arena de la playa, tomando el sol. Miré hacia ambos lados y ahí estaba yo también. Acostada. No dije nada porque ¿cómo decirlo? Creo que lo recordaba, pero no estaba claro.

Estoy comenzando a olvidar algo. No sé qué.

Es como si en este momento esas lucecillas verdes parpadeantes ocuparan gran parte de mi vida. Mis ojos se llenan de ellas y es hipnotizante. No sé cuánto tiempo habrá pasado desde que salimos por la ventana. Ni por qué lo hicimos. Mientras tanto seguimos aquí, bajo el árbol de uvas, jugando a no quedarnos dormidas.



 

FRANCISCO JOSÉ SEGOVIA RAMOS

 

(Granada, España, 1962) Ha ganado, entre otros: el IV Certamen de Relato del Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror La Mano, de Alcobendas, Madrid; el I Certamen de Novela Corta de Lectura Fácil; el IV Certamen Internacional de novela de ciencia ficción “Alternis Mundi”; el XXVII Premio de Prosa de Moriles; el II Certamen de Cuentos “Primero de Mayo”, Argentina.

Obras: Sangre negra (2019), Recital de difuntos (2019), Los círculos del infierno (2019), El hombre tras el monstruo (2017), La Promesa (2015), Los Náufragos del Aurora (2015), Viajero de todos los mundos (2014), Los sueños muertos (2013), Lo que cuentan las sombras (2010); El Aniversario (2007). También participó en numerosas antologías de poesía y relato con otros autores.

Otras actividades: Colaborador en revistas y periódicos digitales. Participa habitualmente en la Semana Gótica de Madrid. Miembro de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, AEFCFT. En su bitácora literaria personal puede seguirse su trayectoria.

esparta2@hotmail.com

http://franciscojsegoviaramos.blogspot.com.es/

 

 

MARCELO EL CHISPAS

Francisco José Segovia Ramos ©

 

Durante mi estancia de pocos meses en un país de Sudamérica, cuyo nombre no viene al caso, entre las personas que conocí siempre hay un rostro y un nombre que me traen recuerdos agridulces. El chico atendía al nombre de Marcelo, aunque nunca pronuncié su nombre ni tercié con él más palabras que un breve saludo o una monótona despedida.

Marcelo tendría unos seis o siete años, y era de complexión delgada; casi parecía un frágil tallo a punto de quebrarse. Toda la energía de su cuerpo, sin embargo, parecía concentrarse en sus grandes ojos negros, que reflejaban una profunda tristeza o una melancolía imposible de contener. Caminaba con paso meditabundo, como si pensase en otras cosas o, simplemente, no tuviese otras cosas en las que pensar. Se rascaba con insistencia su greñudo pelo negro y perdía la mirada en su alrededor a la busca de sus futuros clientes.

Todos los días del año, hiciese sol o lloviera a cántaros, entre la media mañana y el atardecer, se le podía encontrar en el parque o bajo los pórticos de la plaza central, no muy lejos de una siempre abarrotada iglesia, cuyas campanadas broncíneas de resonancias coloniales llamaban con pesadez de monotonía a sus feligreses. Marcelo, ajeno al trasiego de las gentes y a sus cuitas, deambulaba con su cajetín para limpiar los zapatos, y su media sonrisa y su mirada —resplandeciente e intimatoria en un grado difícil de definir— invitaban, casi obligaban, a darle unas míseras monedas a cambio del lustre de su trabajo.

“Chispas”, como se le apodaba por la habilidad que tenía en hacer relucir el calzado a poco que se lo propusiera, ejecutaba su tarea en silencio, ausente, como si esa introversión le hiciera olvidar su penosa condición laboral, pero su tos, ronca y persistente, que le hacía pausar su labor cada dos por tres, no presagiaba nada bueno.

Un mal día de invierno, “Chispas” no apareció por la plaza porticada. Su pequeña y sigilosa figura se ausentó de los espacios conocidos. No se escucharon ni sus diminutos pasos ni su ronca tos, y tampoco su vocecilla ofreciendo sus sencillos servicios al tertuliano del café o el paseante aburrido. Muchos de sus habituales clientes preguntaron por él a vecinos y conocidos, pero ninguno supo dar noticias de su estado o paradero. A falta de familiares cercanos, al poco, la curiosidad de su desaparición dejó paso a la eterna cotidianidad de un pueblo ensimismado bajo las sombras de los cocoteros.

Yo fui uno de los que indagó por su paradero, no porque requiriese de sus servicios sino porque me había encariñado de aquella figura menuda pero grácil en su apostura. La pobreza no está reñida con cierto orgullo, aunque se congenia mal con la ausencia de esperanzas en el futuro. Lo busqué entre las callejuelas aledañas, encharcadas por las últimas lluvias y repletas de chicuelos que corrían a mi alrededor en busca de unas míseras monedas. Pregunté en varias casas cargadas de miseria, y en todas sus ocupantes me observaron curiosos y me respondieron con monosílabos que no me aclararon gran cosa. Lo intenté durante un tiempo porque algo en mi interior me decía que a Marcelo le había sucedido algo grave.

Pero no conseguí más que acrecentar mi pesadumbre.

Al cabo, desolado por mi fracasada búsqueda, deduje que no lo vería más pasear por la plazuela, ni lustrar zapatos caros como si le fuese la vida en ello. No volvería a contemplarle rascarse sus greñas retorcidas y endiabladamente negras con paciencia de sabio filósofo, ni a escuchar su vocecita requerir el ínfimo pago por el servicio prestado. Supe, en una desapacible mañana de invierno, cuando el sol se ocultó tímido o avergonzado tras unas ennegrecidas nubes, que poco más podría hacer ya por Marcelo que recordarle con nostalgia y desasosiego.

Pocos días después de su misteriosa desaparición su vacío fue ocupado por otro niño, más pequeño si cabe que Marcelo, tan moreno y meditabundo como él, que comenzó a limpiar zapatos con la misma paciencia cargada de derrota que su predecesor, e idéntica y profunda mirada perdida en unos horizontes inalcanzables que no iban más allá de la plaza porticada y las miserables monedas que recibiera por su trabajo.

 

 

 

HAIDÉ DAIBAN

 

(Ciudad de Buenos Aires, Argentina). Farmacéutica, ex docente de la Facultad de Farmacia, UBA. Alumna de la escritora Syria Poletti con la que editó Cuentos desde el taller. Con Lucila Févola fue cofundadora de la revista literaria Tamaño Oficio, con la que colabora desde hace veinticinco años.

Es autora de los siguientes libros de:

• Poesía: Plegarias del Siglo XX, Con el tiempo a cuestas, Los indicios.

• Cuentos: El rabdomante y otros cuentos (Isidoro Blaisten colaboró en la supervisión para su edición), Historias de muchos, Cuentos con sabores, El hombre de la máscara y otros cuentos.

• Poemas lunfardos y letras de tango: Todo tango, Tangos y poemas del nuevo siglo, Algo más sobre tango.

Más de sus obras y trayectoria en los números 73, 75, 77, 79, 84 y 86 del Suplemento de Realidades y Ficciones (ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS, o por su apellido en ÍNDICE DE AUTORES, en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/).

dhdaiban@gmail.com

 

 

ESTAR EN CASA

(CUARENTENA)

Haidé Daiban ©

 

Late distinto

este corazón incierto,

esta mirada perdida

en medio del caos,

estas manos

que tientan abrazos

en el aire contaminado,

estos gestos

que envían mensajes

siempre a distancia,

saludos alados.

 

Y la casa solitaria

abrirá las puertas

y los brazos

hallarán refugio

en otros brazos,

y la memoria sellará

su imagen

de lo vivido y llorado,

y crecerá el futuro

con el nuevo paso

y el desierto

creará oasis,

y el mundo todo

con su nuevo rostro

correrá al encuentro

de nuevas alboradas,

de soles olvidados.

 

 

EMIGRANTE

(Que viene y que va…)

Haidé Daiban ©

A Esther, Alejandro y Favio

 

No sé qué nube lo cubrió de hastío,

qué espina honda le marcó el camino.

Él se fue lento, rumbeando destinos,

guitarra y mate, y un buen libro amigo.

 

Dejó las hilachas de toda su historia,

se empachó de angustia, hiel el corazón,

no marcó ni estela, ni huella, ni aroma,

se fue con el viento, nos dejó su adiós.

 

No sé si huellas de harina o cemento

grabaron los pasos de su deambular.

Irse le predijo: dolor, desencuentro.

Irse le predijo: perder o ganar…

 

Y va por el mismo camino marcado

de aquel inmigrante, con su viejo afán.

Y sus pasos nuevos, el revés desandan,

terrible ironía que viene y que va…

 

 

BLUES DE LA INUNDACIÓN

Haidé Daiban ©

 

Volviendo a la casa, negro,

el río se la llevó.

Negras olas, negra el agua,

la que todo lo inundó.

Un manto de espuma blanca

cubre su honda pena de hoy.

Las lágrimas acaudalan

al Río, Rey y Señor.

 

Las negras y las corcheas,

en su piano que se ahogó,

cantarán un negro himno:

El Blues de la Inundación.

Negro huye, negro aúlla,

carga su desolación.

Lleva y trae el río negro

lo poco que se salvó.

 

Los peces flotan su muerte,

los gritos son un adiós,

sus sones fueron tapando

la víspera de ilusión.

Blues de llanto, blues de duelo,

New Orleans, réquiem, dolor.

Los cuerpos, naves del río,

bailan negra procesión.

 

Y nadie pide perdón.

Y nadie pide perdón.

 

 

 

FERNANDO ISASI CAYO

 

Nació el 19 de diciembre de 1949 en Lima, Perú. Reside en Madrid. Estudio literatura en la Universidad Católica de Lima, y luego relaciones internacionales en la Academia Diplomática del Perú. Diplomático de profesión, hoy está retirado. En 1971 ganó los Juegos Florales de la Universidad Católica del Perú en el género cuento, premio compartido con Alonso Cueto. Es también pintor y dibujante, con exposiciones en Roma (1982) y Moscú (2001 y 2002). Ha publicado un libro de cuentos titulado Las vidas condenadas (Axiara 1917), que puede comprarse por Amazon. Posee varias obras inéditas.

fisasi2000@yahoo.com

 

 

MISSISSAUGA

Fernando Isasi Cayo ©

 

Night Train suena acompasado, rítmico; el piano en primer plano y la batería en segundo gracias a las escobillas; el contrabajo retumbando como latidos. Oscar Peterson se adueña ensimismado de la habitación, me acompaña mientras trato de empezar mi jornada. Moreno, canoso, apenas se le distingue en la oscuridad, a no ser cuando pronuncia algo que no le entendí: sus dientes blanquísimos, las uñas revoloteando sobre el teclado. Me imagino su Canadá natal de los años cuarenta, pueblerina, nevada; él entrando a un deshabitado local nocturno para ensayar en ese piano que ya forma parte de su anatomía. Ejecuta jazz primero, luego se arriesga con un bebop cadencioso, suave y también un blue tristísimo. Termina, se enjuga la frente, recoge su abrigo y se retira exhausto. Al salir, le da una palmada en el hombro a su fiel fantasma.

No logro concentrarme en lo que debo escribir. El síndrome de la página en blanco me aterroriza. Sobre el escritorio libros marcados, revistas abiertas, apuntes apilados en hojas sueltas, blancas y amarillas. Siempre el primer párrafo es el más difícil porque es el que desencadena el resto. ¿Cómo hizo Peterson para iniciar el primer compás? ¿Basta acaso con mirar el pentagrama para hacerlo? No, primero se debe abrir el alma, esa energía inasible que te conduce hacia donde no sabes.

Ahora resuena When the Summer Comes, piano, bajo y batería. Inicia Peterson con sus ágiles dedos, casi elásticos, e inmediata pero suavemente intervienen los demás. Peterson solo mira el teclado, no da órdenes porque sabe que el guitarrista y el baterista deben seguirlo a donde vaya, como esclavos. Alarga y corta las notas, estructurando un universo que inventa allí mismo. Observarlo de espaldas, su gordura dominándolo todo, la nuca rolliza, el cabello ensortijado como pequeños nudos oscuros; a veces se balancea, otras se inclinan casi hasta besar el teclado; el pie sobre el pedal, arriba y abajo, nerviosamente.

Peterson termina su ejecución, alza la vista hacia el cielorraso y se voltea. Mira con atención mi semblante desencajado, parece que se apenara de mí. Se alza penosamente y se acerca con pasos cansados para murmurarme algo al oído. Su inglés canadiense se asemeja a mi castellano peruano. Le digo que no se preocupe por mí, que resolveré el síndrome escribiendo lo primero que se me ocurra. Se sonríe bondadoso y me cuenta de la devoción de su madre por San Martín, la escoba, el perro, el pericote y el gato. Le digo que no es cierto, que era solo una historia inventada por quienes quisieron santificarlo.

Esta a punto de amanecer. Escucho su ultimo disco, Live at the Blue Note. 1999, cuando sus manos todavía se resistían a la vejez. Ahora, cuando la luz se torna nítida y su rostro parece ser el mismo que vi en los diarios, le agradezco el gesto de prestarme su vida para empezar mi texto antes de que se vaya a Mississauga, donde morirá sin pena ni gloria, a horcajadas sobre la bañera.

 

 

 

INDIRA CÓRDOBA ALBERCA

 

(Quito, Ecuador, 1975). Publicó los libros de cuentos Diosas en el fuego (2007), Ruleta rusa y otros giros de fortuna (2013) y Hecatombes (2020). Actualmente reside en Argentina, en la ciudad de Corrientes. Imparte talleres literarios a diverso público. Su trabajo ha sido reconocido con publicaciones, premios, antologías y menciones en Ecuador, Argentina, México, Estados Unidos, España, Colombia y Canadá.

 

 

DESDE MI BUHARDILLA

Indira Córdoba Alberca ©

 

¿Cuándo voy a ser capaz de perdonarme a mí misma? Mi gran problema es que tengo mala memoria. A pesar de tanto tiempo, recuerdo solo lo malo y lo hago muy bien. No, no fue como dicen, esa es una leyenda más, es la versión oficial de los diarios y de la gente cómoda que se cree y repite el cuento que da el parte policial. Yo lo sé porque estuve ahí, lo vi todo desde la buhardilla. ¡Y te lo digo porque quiero que estos viejos dolores y viejas culpas salgan ya de mí! Porque antes no tenía palabras para describirlo, ni fuerzas para entenderlo, porque estoy harta de no hablar de lo que no se habla.

Estuve alojada por una época en la buhardilla que quedaba arriba del bar, la que por mucho tiempo había sido bodega y basurero. Ya sabes como es Memo, muy bueno, tan generoso y siempre tan dispuesto a ofrecer ayuda sin pensar en las consecuencias. Él y yo nos hicimos amigos en la época en que la vida nos juntaba quisiéramos o no, fue en el fin de siglo y nosotros dos habíamos sido elegidos para vivirlo. En cuanto me ofreció el lugar para que me alojase el tiempo que yo quisiera mientras resolvía mi situación, acepté, ¿qué sabía yo que había llegado allí, donde todo era posible? Ese mismo fin de semana llegó al bar con brochas, pintura y artículos de limpieza para dejar el lugar en condiciones dignas. No lo dejamos en condiciones dignas, sin exagerar te digo que el lugar, la buhardillita, guarida de ratas, de pronto fue un palacio. Más recorro el mundo y más creo que fuimos nosotros los que inventamos la solidaridad, y Memo primero. Con Memo estás en los contrastes de la vida, ves que aun los “desastrosos” saben amar, aun los “desadaptados”, aun las “ovejas negras” de sus familias tienen corazón y conocen el compañerismo, tal vez ellos más que nadie, porque más que nadie conocen la soledad de ser distintos.

Cuando me acostumbré al ruido, me fue fácil adaptar a ese lugar, tomarle cariño y regresar a él por las noches como si de verdad volviera a casa. El asunto es que solo yo sabía que era un pequeño palacete, ¿quién se iba a imaginar que, en esa casa antigua, arriba del barcito bohemio de nombre dudoso, tras el ventanuco de la buhardilla, estaba un lugar hermoso para vivir? En fin, mi nuevo hogar era un pedacito de cielo perdido en ese infierno. Ya sabes que ese barrio lindo de casas postcoloniales y callecitas estrechas es perfecto para farrear y buscar aventura, pero imposible para vivir. Aun antes de hospedarme ahí, cuando yo ya trabajaba en el bar de Memo, al cerrar de madrugada, a menos de tres calles, el taxi ya me llevaba a otro mundo. Por eso fue que cuando yo recién me mudé a vivir a la buhardilla, se me hizo difícil acostumbrarme al ruido de los otros bares y discotecas de la zona, en mi noche libre yo prefería alojarme en un hotel barato para buscar un poco de paz y no dormir a saltos, entre gritos de putas, de asaltantes y asaltados, de peleas de borrachos.

Esa noche, esa noche en especial, la noche de la que te hablo, aparentemente fue como cualquier otra, pero no, para los que íbamos a diario fue distinta desde que llegamos: el bar estuvo a reventar, Memo me dijo que no me moviese de la barra porque las nuevas cantineras eran inexpertas y no les confiaba del todo la plata, así que yo tenía que estar ahí en el control. Mira que el bar es más bien una bodeguita pequeña, se llena enseguida, intencionalmente la iluminación es escasa, entonces es difícil reconocer a todo el mundo y recordar los rostros, mucho menos las voces, pero el rostro y la voz de estos dos no se los puede olvidar, yo no los olvidaría nunca, así no hubiese visto lo que vi desde la buhardilla.

Te digo que era fácil distinguirlos de entre todo ese montón de gente porque el primero, Robert, el más joven, tenía un rostro hermoso y era consciente de ello, aunque no era muy alto ni muy fornido, tenía porte de caballero, caminaba con gracia, se vestía muy varonil, pero a la moda y con ropa fina. Cuando entraba al bar lo hacía con una sonrisa que desarmaba a todas y a todos, como si nos conociera de siempre. Parecía que su objetivo último en la vida era agradar a cualquiera o a todos, e iluminar los espacios por donde caminaba. Muchas veces lo vi así, ¿cómo no lo voy a recordar? Gente de ese tipo, sin poses ni arrogancia, no la encuentras todos los días. ¡Y qué manera de bailar! El son, el mambo, el danzón, la salsa y la guaracha se crearon para él. Parecía un bailarín profesional, los demás le hacían espacio en la pista solo para disfrutar de su espectáculo. Todas las chicas se morían por bailar con él, hasta la más torpe aprendía a bailar en sus brazos. Yo le decía a Memo que ese man nos traía clientela, era tal su fama que más de uno venía solamente para verlo. Con el tiempo Memo dejó de cobrarle el consumo mínimo.

El otro, Claudio, también era inconfundible e inolvidable porque era de “los malos”, te lo digo así claramente, no en lenguaje figurado, lo suyo no era una pose. Ese man era malo, malo de verdad, lo sabías con solo verlo, no porque fuese un político. Es lo que considero un habitante de la brutósfera, nombre que se le da esa burbuja de estupidez en la que vive encerrado un ser miserable que hace también miserable la vida de quienes lo rodean. Su sola apariencia intimidaba: musculoso, calvo a la fuerza, con barba de candado, también mulato como Robert y como la mayoría que iba a nuestro bailadero. Casi siempre llegaba acompañado de esbirros y secuaces, no bailaba, solía sentarse a controlarlo todo y observarlo todo desde la barra con una botella de aguardiente. También era un conquistador y tenía muy buen gusto para llevarse a las chicas más lindas. Era tan temido y respetado que jamás nadie hizo intento de llevarle la contra o buscarle pleito. Tampoco sé, ni quiero saber, el arreglo que tenía con Memo para hacer del bar su torre de control.

Desde el principio, esa noche pintó ser diferente. Cuando llegamos alrededor de las seis para limpiar, recibir a los proveedores y abrir, ya el aire olía a desgracia. Memo llegó de muy mal humor, es tan bueno, pero a veces la coca lo pone insoportable y toca aguantarlo. En esos casos yo trabajaba en silencio y solo me dedicaba a contestar lo que me preguntaba. Siempre me ha tenido consideración y conmigo se calma, los que aguantaron las puteadas fueron el DJ y los proveedores. A Memo solo se le puede conocer amándolo u odiándolo, me alegra tanto estar en el grupo de los que lo aman. Después, sin tener qué ni a qué, llegó la esposa de Memo, qué sé yo si me tiene celos o no, en todo caso que se los tenga a perra y gata con las que Memo se acuesta. Memo y yo somos amigos de verdad, tenemos una amistad auténtica, no una amistad erótica. Ella llegó en pose de dueña, ama y señora, mujer del dueño. Amable y distante conmigo y yo igual. Eso nunca pasa, esa fue otra señal de que la noche no sería como las otras. El resto de la velada parecía transcurrir normal.

Yo ya me había olvidado que empecé una jornada rara, que había llegado nerviosa y asustada sin saber por qué. Hasta que llegó Robert y rompí una de las reglas que yo misma me había impuesto cuando empecé a trabajar ahí. Sin saber por qué me acerqué a él y le dije: “No dejaré que pase esta noche sin haber bailado contigo”. Él, tan generoso y entregado, solo hizo lo que había ido a hacer. Con energía y al mismo tiempo con delicadeza haló mi mano que se ofrecía estirada hacia él, atrajo mi cuerpo hacia el suyo, me rodeó por la cintura y al ritmo de los Hermanos Matamoros yo bailé la mejor pieza de mi vida. De reojo me percataba de la mirada atónita y desaprobadora de Memo que tuvo que hacerse cargo de la caja mientras yo bailaba Lágrimas Negras. Pero aun así, cuando regresé a la barra, sonriendo como jamás ellos me habían visto sonreír, Memo no se atrevió a decirme nada y seguimos trabajando como lo hacíamos a diario. Tal vez no se atrevió a decirme nada porque mi sonrisa, la alegría que me acompañó toda la noche, también era inusual. Eso tampoco se le escapó a Claudio, que cuando yo le renovaba la bebida me dijo: “Mírenla a ella, tan linda, tan presumida, por fin se decidió a bailar”. Como otras veces, ignoré sus palabras y me dediqué a servirle en silencio. Jamás hice caso de sus babosadas y piropos.

Por lo demás todo transcurrió invariablemente, las mismas caras, los mismos malosillos de poca monta, los mismos mulatos, mestizos, indígenas, chamanes, artesanos, pintores, escritores, turistas europeos y norteamericanos que se mezclaban con ellos en los sonsones y tuntunes de nuestros ritmos caribeños y al menos en lo que dura la ilusión de la farra de una noche, nos creíamos, sí porque yo también me creía, el cuento de estar o ser parte de una nación “multiétnica y multicultural”. Tampoco faltaron los borrachitos que Jorge nuestro grandote de la puerta tenía que sacar, bajo la orden de no lastimarlos, Memo dice que eso no se hace con los clientes fieles ni con los no fieles, porque mal o bien vienen a darnos de comer. De las chicas siempre me encargaba yo, también ellas me tenían respeto y las sacaba sin dramas ni miramientos. Hubo las consabidas peleas, para las que Memo había ordenado a Jorge que sacase del bar a los buscapleitos, cerrase la puerta y no se metiera, que se matasen afuera, después ya llegaría la policía y se encargaría del lío callejero. “Que se maten afuera.” Me pregunto si sus palabras tenían sentido literal. Cuando el bar cerraba, dos que tres amiguetes de Memo acostumbraban quedarse con sus conquistas de turno y la farra continuaba en tono íntimo, a puerta cerrada, “solo los amigos del dueño”. Ahí empezaba la diversión para Memo. Así se quedaban, entre baile, canto, ron y fumetizas. Al amanecer Memo salía por la puerta de servicio y se iba a casa. A mí me preocupaba dejarlo en esas, de todos modos, yo lo cuidaba y como todos los que lo conocemos, le sobreprotegía, pero trataba de no meterme en su vida y no involucrarme más de la cuenta. Para remate de esa noche distinta, Memo se fue temprano a casa, cerró el bar y no les dio chance a sus amigos.

Con un suspiro de tranquilidad, subí a mi buhardilla, dispuesta a soportar los gritos y ruidos habituales, que casi se habían convertido en canciones de cuna. Así los escuchaba, hasta que mi cansancio le ganaba la batalla al ruido. Una vez que yo dormía, los sonidos ya no conseguían despertarme. Pero esa noche tuve un mal sueño, sudando y temblorosa desperté de un mal sueño para entrar en otro mucho peor. Puede ser que excepcionalmente me hubieran despertado los gritos, pero fueron las voces que reconocí, eran esas y no otras, que yo había escuchado unas horas antes y que gritaban bajo mi buhardilla.

A esa hora la callecita ya estaba desierta, hacía el frío habitual de madrugada y los faroles iluminaban tenuemente las bancas y árboles de la vereda. De entre uno de los portales salían gritos, yo al principio no conseguía ver a nadie. Hasta que uno de los dos pendencieros logró soltarse y salió hasta el centro mismo de la calle mientras se arreglaba la chaqueta, entonces los reconocí: Era Robert, seguido de Claudio sin sus guardaespaldas, que lo insultaba y provocaba para que peleara con él. Robert no huía, pero tampoco quería pelear, más bien trataba de calmarlo. En algún momento la ofensa fue demasiado fuerte, Robert se volvió y lanzó el primer puñetazo de los muchos que vinieron. Lo vi todo, paralítica de miedo, no pude hacer nada porque no pude nomás, porque soy como soy, cobarde. Quería gritar y pararlo todo, pero el grito no salía de mi garganta. A más de ventaja física, el grandullón sabía pelear y le dio con todo el odio por la vida que tenía dentro, lo golpeó hasta que quiso. Cuando yo creía que lo dejaría muerto, tirado en medio de la calle, lo rodeó con sus brazos por la espalda, le levantó las mangas de la camiseta ceñida al cuerpo, acarició sus brazos con rudeza, apegó su cara junto al rostro hermoso y ensangrentado de Robert, que medio inconsciente apenas entreabría los ojos. Lo siguiente que supe es que Claudio, con los pantalones abajo, estaba sobre Robert que yacía de espaldas, con una mano sujetaba el cuello de su víctima contra el piso, mientras lo desnudaba con la otra. A los golpes secos, uno a uno sobre ese hermoso cuerpo, siguieron los gemidos y jadeos de dolor del uno y de placer del otro. Al final Claudio hundió una navaja en el costado del hermoso bailarín y mientras este empezaba a desangrarse, se subió los pantalones y caminó sin regresar a ver, por la calle que con los primeros claros del día ya empezaba a descubrirse.

Eso fue lo que pasó, yo lo vi todo, es mentira lo que dijeron los diarios: Que si Robert era maricón y eso había sido un ajuste de cuentas en una pelea gay, pudo haber sido un ajuste de cuentas sí, pero de otro tipo. Por un tiempo Claudio se mantuvo lejos, dejó pasar casi un año hasta volver a rondar el bar. Yo inmediatamente me fui de ahí sin contar nada, porque nadie me iba a creer. Ni Memo ni nadie quiso preguntar por qué me iba. Claudio es un político intocable en este mundo y a nadie le interesa la verdad de un intocable.

 

De Ruleta rusa y otros giros de fortuna, de Indira Córdoba Alberca (Buenos Aires, IRojo Editores, 2013).

 

 

 

MANUEL JOSÉ ÁGUILA MARTÍN

 

Nació en Montornés del Vallés, Barcelona, España, pero hace varios años que reside en Puebla (México). Licenciado en Historia del Arte (Universidad Autónoma de Barcelona), ha sido aficionado desde su infancia a la pintura y el dibujo, como también a la lectura, en especial la novela.

Desde hace algún tiempo es aficionado también a la poesía. Es admirador de Jorge Luis Borges y Miguel Hernández, entre otros.

majo.aguila@hotmail.com

 

 

MÁGICA NOCHE

Manuel José Águila Martín ©

 

Mágica será la noche venidera

que a los corazones hará soñar,

perfumando de bendiciones

los hálitos de vida que acontecen

tras cada empañado ventanal

a través de todos los rincones

que tiñen las luces de esta ciudad,

mientras colma de emociones 

a su radiante paso la estrella 

que anuncia anhelante la noticia

volando apresurada hacia el portal,

esa que por los cielos resplandece 

y que desciende a alumbrar

las nobles pasiones que florecen

por jardines cincelados de azahar,

la que danza libre y a su vez entona

al compás de melódicos acordes

palpitaciones de un canto a la Navidad

 


 

A LA NAVIDAD

Manuel José Águila Martín ©

 

Bulliciosas calles y plazas ambientadas

de luces que no cesan de alumbrar,

villancicos en las casetas decoradas

y vino caliente para el rigor invernal,

esquinas con puestos de castañas asadas

y niños junto a escaparates con regalos,

redoblan las campanas de la catedral

anunciando que la misa ha comenzado,

árboles alineados que exhiben recatados

la desnudez de sus ramas nevadas,

algarabía hogareña, jolgorio familiar,

reencuentro con los seres añorados…

vamos juntos a pasear, es un día especial, 

ven conmigo, abrígate y toma confiada mi mano…

Te lo digo porque hoy es Navidad… 

Te lo digo porque es día de amar y ser amado

 


 

MOMENTO

Manuel José Águila Martín ©

 

¿Qué harás en este momento,

qué dirección tomará tu mente 

en este preciso instante…?

agónica es la tarde con el retrato 

que me acompaña de tu mención,

y el rumbo de mi frágil razonamiento 

se antoja cada vez más asaltante…

¿Habrás olvidado los áridos pavimentos

que solo albergaban lodazales

y que nos vieron saltar sobre ellos?

¿Guardarás recelosa aquellos juramentos

todavía en el núcleo de tu pecho?

¿Colgará aún de tu cuello el amuleto

que contemplaban las lloviznas

mientras salpicaban la seda de tu pelo?

Y mientras, permanecen las briznas

de hierba clamando al firmamento

que la luz de sus constelaciones

sea reflejada así en la tierra 

como en el raso y vasto cielo…

¿Seguiré siendo vestigio cuerdo

alojado en tus ratos de hastío, 

el causante de tu rostro empañado 

que sigue invocando lejanos recuerdos…?

 



 

MARÍA JOSÉ CASTEJÓN TRIGO

 

Natural de Cervera de la Cañada (Zaragoza), España. Licenciada en Física Atómica y Nuclear. Diplomada en Historia de la Ciencia por la Universidad de Zaragoza. En Teología por el Instituto Internacional de Teología de Madrid y en Cinematografía por la Universidad de Valladolid. Tiene cuatro cursos de Bellas Artes, veinte exposiciones de pintura al óleo y tres exposiciones de dibujos de desnudos masculinos. Profesora de matemáticas, física, química y tecnología.

Actuaciones altruistas: Profesora de Lectoescritura de jóvenes ingresados por orden judicial (cárcel). Directora de Los Niños Versifican. Coordinadora de Poesía de Mujeres. Directora del cortometraje Vivir sin ti. Representante de cine en el año internacional de la juventud. Coproductora Venezuela-España del documental Amenaza silenciosa. Responsable del evento Escritoras del Siglo XXI. Placa de reconocimiento del ayuntamiento y pueblo en general de Cervera de la Cañada por las virtudes y conocimientos adquiridos. He leído poemas en residencias de mayores. Lectura de cuentos para niños en Una tarde de cuentos. Miembro de la Agencia Mundial de Prensa.

Como poeta: Redactora del Canal Bajo Aragón y La hora del Bajo Aragón. Jurado en concursos de poesía y narrativa de niños y adultos. Gestora Cultural. Presidenta de la Academia Mundial de Literatura Moderna Costarricense en Zaragoza. Publicación en varias revistas online. Entrevistas en TV españolas e hispanoamericanas y en radios. Incluida en el Diccionario de Autores Aragoneses Contemporáneos de 1885 a 2005.

Ha publicado los libros de poesía: Poemas infinitos, Solfea mis curvas, Sensaciones compartidas, El sí o el no (traducido al bengalí y portugués), Amar las palabras (traducido al bengalí), Eres la libertad del mar de mis sueños. Es autora de la novela El manantial del ciervo. Fue incluida en las antologías: Cuatricromía alfa, Poesía de colores, Poesía desde los balcones I y II, Poetas en red X y XII, Poetas del Ebro, El libro de los 500 autores, Con clave de fa aún mayor, Antología Bolivia-España poesía reciente, Antología hispanoamericana de la poesía erótica escrita por mujeres. Punto “G”. Ha escrito el prólogo del libro de poesía Levantemos el corazón del padre César Alejandro D´Arbelles Benavides.

Académica inmortal de AMCL (Academia Mundial de Cultura e Literatura con sede en Brasil, silla 11, patrono: Pedro Calderón de la Barca. Premio Latin Music Awards a la Personalidad Cultural del año en España. Miembro de la Asociación Cultural Rey Fernando de Aragón. Coordinadora en Zaragoza del Festival Internacional de Poesía. Miembro de CEDRO y SGAE. Embajadora de la Paz del Círculo Universal de Embajadores de la Paz, con sede en Francia y Suiza.

Ha participado en: VIII Encuentro Internacional de Escritores en Tarija, Feria del Libro en Cochabamba y Antología del Festival Nacional de la Papa en Betanzos (Bolivia), XII Encuentro de Escritoras dedicado a Marjory Stoneman Douglas en Miami, “Grito de Mujer” (Granada), “La Isla en Versos” (Cuba), Feria del Libro de Calcuta (India), Festival Internacional de Poesía en Taiwán. Poesía en Francia y Mozambique.

castejon3@yahoo.es

 

 

Tres poemas de su libro Amar las palabras:

 

LA VOZ

María José Castejón Trigo ©

 

Liviana fue la voz

Que discutiendo

Dio con su lengua

En un aliento

Y el olor

Camino tan alto

Que de jazmines

Cubrió el suelo.

Mojado por el llanto

De una perla

Que al florecer

Tan bella

Llenó de gracia

El jardín de estrellas

 

 

PARA 3

María José Castejón Trigo ©

 

Manejaron

Las armas

Para triunfar,

Sin saber

Que algún día

Consienten mal,

Y se vuelve

Contra ellos

A más pesar,

La guerra

Que un día

Quisieron manejar

 

 

SABER

María José Castejón Trigo ©

 

No digáis

Que no

Sin saber cómo

Como muriéndose

Sin saber dónde

Como saberse.

Morir tarde

Para no decir

A donde irse

 

 

 

GUSTAVO RIARTE

 

Nació el 19 de octubre de 1965, en la Provincia de Santa Fe, Argentina. Actualmente reside en Rafael Calzada, Provincia de Buenos Aires.

Historiador, docente y escritor. Profesor de Historia, diplomado en Historia de la Ciudad de Buenos Aires por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Escritor desde el año 2019.

Obras: Cuentos sobre la patria (Ed. De los Cuatro Vientos, 2019, ISBN 978-9897-08-1487-0, infantil), Luna llena en los setenta (Ed. De los Cuatro Vientos, 2020, ISBN 978-987-08-1541-9, novela).

A diario publica notas sobre efemérides de la Historia Mundial y de Argentina en su página de Facebook “La historia de todos” con gran cantidad de seguidores. Es columnista en radios locales: Radio “G” de la localidad de Quilmes y Radio Villa Quillinzo de la Provincia de Córdoba.

gusabalero@hotmail.com

 

 

LA JOYA ESCONDIDA

Gustavo Riarte ©

 

Viniste con el primer septiembre del nuevo milenio. Recuerdo que eras un hermoso pimpollo de bucles dorados como el oro. Con un año recién cumplido, nadie se animo a elegirte entre ese ramo de flores heterogéneas en tamaño y colores.

Junto a tu mamá burlaríamos al destino que te había dejado en la puerta de ese hogar.

La decisión de que seas parte de nosotros, aceptando incluso el riesgo de las espinas de tu cuerpo, fue pensada con el corazón. Además, nuestras mentes se abrieron a la instrucción de conocer y reconocer las secuelas que ese enemigo al cual todavía se lo mencionaba como una peste con nombre de flor, dejaría en tu salud mental.

Con cada año escolar que iniciabas escuchábamos la misma frase:

—¡Papis: Milagros se distrae fácilmente y no se concentra como “los demás”!

Sin embargo, jamás vieron tu lado humano. O poco les importo dentro del estereotipo imperante. Tu enorme capacidad de empatía, equilibraba con creces el aspecto intelectual. Agradezco a la Vida por haber puesto en tu camino a personas que así como se pule una joya vieron en ti un diamante que supo encandilar con la sabiduría que emana del corazón.

 

 

LA NIÑA QUE HABLABA CON LA LUNA

Gustavo Riarte ©

 

La Luna terminó siendo su única compañía en medio de la selva. Salvo en las noches de plena oscuridad que era cuando dormía y comenzaba a soñar.

En esas charlas, Ñasaindy, que en guaraní quiere decir, “luz o resplandor de luna”, le contaba sus penas, miedos y también sus sueños.

Uno de ellos fue el siguiente:

Soñé que vivía en una gran ciudad de piedra y muros en medio de la selva. Allí había un hombre importante. Todos lo respetaban y le ofrendaban honores como a un rey.

Al comenzar cada día se reunía con personas de piel blanca, que lucían largas túnicas, del color de la tierra, una soga ceñida a la cintura y una pequeña cruz de madera colgada de sus cuellos.

Eran amistosos. A medida que transcurrían los días nos enseñaban a construir chozas, trabajar la tierra, y hacer objetos de madera. Hasta aprendimos canto y a tocar instrumentos de los cuales salían lindas melodías.

También adquirimos sus costumbres y Ellos aceptaron las nuestras. Hablaban mi lengua.

Cada jornada teníamos una tarea diferente por cumplir para mejorar la ciudad donde vivíamos.

Pero un día nos invadió el terror. Llegaron esos Hombres de largas barbas y cascos en sus cabezas. Traían fusiles y cañones, armas muy destructivas, que no conocíamos.

Incendiaron la ciudad y capturaron a esas personas que nos habían enseñado con tanto empeño.

Vi como se llevaron a mi Rey, que pese a defenderse hasta agotar sus energías, no pudo evitar ser atado de pies y manos para ser llevado a la rastra por un caballo. Igual hicieron con otros hombres y mujeres de nuestro pueblo, al tiempo que sus hijos no dejaban de llorar al ver lo que iba pasando por sus ojos.

Ni siquiera tuvieron piedad con los bebés, que les fueron arrebatados a sus madres para trasladarlos a lo profundo de la selva y vaya uno a saber que les habrán hecho, pues los soldados regresaban sin ellos.

Algunos como yo, pudimos escondernos, pero veíamos y oíamos desde lejos, todo ese infierno terrenal. Los gritos de desesperación y el fuego que devoraba todo a su paso y a la vez, servía de gigantesco candelabro para iluminar esa trágica e interminable noche.

De pronto percibimos un profundo silencio.

Al amanecer, la tristeza invadió la ciudad convertida en cenizas y escombros. Los que estábamos escondidos, subimos desconsolados a una canoa y navegamos río arriba hasta internarnos en el verdor de la selva. Fue el único sitio donde encontramos el refugio y la protección contra esos seres extraños, enviados por el demonio, que vinieron a destruir nuestro paraíso y a convertirnos en sus esclavos.

 

 

 

ANA GINER CLEMENTE

 

(Algemesí, Valencia, España) Desde muy joven quiso dedicarse a escribir y en sus poemas se aprecia un carisma soñador, aventurero, libertario e independiente. Siempre con un papel y lápiz en mano, va anotando todo cuanto se le antoja para transformarlo en poemas o en sublimes historias. Pero sus fantásticas historias, al igual que sus poemas, no llegan a deleitarnos ni hacerse patentes hasta muchos años después, a raíz de diagnosticarle una enfermedad. Y es cuando va recuperándose poco a poco, si se le puede llamar recuperación a una enfermedad incapacitante como es la fibromialgia y fatiga crónica, que no existe ninguna medicina para su curación, y cuando sus fuerzas se lo permiten, le dedica tiempo a lo que le gusta realmente, escribir.

Años más tarde se rinde ante la narrativa, donde encuentra un mundo lleno de posibilidades, dándose cuenta que puede ir compaginándolo perfectamente con la poesía. Historias que ella tiene en su mente camaleónica y que quiere plasmarlas para todo aquel que desee leer sus escritos.

Tanto sus poemas como su narrativa, consiguen cautivar al lector, adentrándose en un mundo lleno de sensaciones auténticas.

Ana Giner es una mujer comprometida y gran defensora de los más débiles, niños, animales, personas enfermas… Es evidente que este carisma de la escritora la hace aún más si cabe, sensible a la hora de escribir, haciendo hincapié en su deseo por conseguir, a través de sus poemas, un mundo más pacífico y más tolerante para todos.

giner.ana83@gmail.com

https://www.anaginerclemente.com/

https://misadorablesbebes.blogspot.com/

 

 

ETERNO

Ana Giner Clemente ©

 

Aquí, en este preciso momento,

sentados junto al mar,

explorando nuestros cuerpos,

dejándonos llevar por pasiones sin remedio.

Deslizas tus manos entre mis piernas

y sin darme cuenta,

tu boca roza en mi flor deseosa,

y una febril ansiedad me recorre la columna dorsal

que llega abrasar las entrañas.

Una oleada de espuma blanca sucumbe tu cuerpo

para culminar lo que jamás culminará,

porque es eterno.

 

 

DEVUÉLVEME

Ana Giner Clemente ©

 

Devuélveme la sonrisa que poco a poco,

de mis labios te has ido llevando.

Devuélveme la esperanza que me has robado

y traficas con ella por cuatro monedas

a la primera de cambio.

Devuélveme a los niños que jugaban a ser niños,

y no niños que juegan con armas reales.

Devuélveme la paz en mi alma la

fe en mi corazón que por ansia de poder me arrancaste.

Devuélveme la tierra que pisamos limpia de artefactos,

que tanto daño nos hacen.

Y en su lugar sembremos árboles,

flores con su armonía de colores.

Devuélveme a todos los animales libres de tantas ambiciones,

que nunca más paguen con su vida tan alto precio con sus pieles.

Devuélveme un mundo nuevo.

Un mundo donde no exista, guerras, muerte ni hambre,

donde no exista la envidia,

ni los celos nos conviertan en rivales.

Devuélveme la tranquilidad, para andar libremente por las calles

sin miedo ni temor a que nos maten.

Devuélveme la sensibilidad y el respeto.

Que el amor y la felicidad tan anhelada

sea lo único que se respire en este planeta.

Muéstrame la cara más fiable del hombre

y por una vez y para siempre,

devuélveme la esencia de lo humano.

 

 

 

TONI PRAT

 

Poeta visual. Su nombre completo es Antoni Prat Oriols (Vic, Barcelona, España,  1952).Cursó estudios de Ingeniería Mecánica, Escultura y Fotografía. Ha realizado múltiples exposiciones y presentaciones de sus poesías visuales y ha editado libros sobre la especialidad.

Más de sus obras y trayectoria en los números 30, 78, 81 y 85 del Suplemento de Realidades y Ficciones (ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS, o por su apellido en ÍNDICE DE AUTORES, en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/).

antonipratoriols@josoc.cat

http://www.poemesvisuals.com/

http://www.eroticopoemes.blogspot.com/

 


 

 


 

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES

Nº 89 – Marzo de 2021 – Año XII

ISSN 2250-5385 – Edición trimestral

EX-2021-05119401-APN-DNDA#MJ del 19/1/2021. Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.

Propietario y director: Héctor Zabala

Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)

Ciudad de Buenos Aires, Argentina

zab_he@hotmail.com

http://hector-zabala.blogspot.com/

Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 40:

https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2019/12/realidades-y-ficciones-revista.html

 

Colaboradores

Corrección general:

Noelia Natalia Barchuk Löwer

Resistencia (Chaco), Argentina

alfana79@hotmail.com

http://noelia-barchuk-literatura.blogspot.com.ar/

Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 78:

http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2018/09/suplemento-de-realidades-y-ficciones-n.html

 

Ilustración de carátula y emblema:

Mónica Villarreal

Scottsdale (Arizona), Estados Unidos

Monterrey (Nuevo León), México

monvillarreal@hotmail.com

 @mon_villarreal

https://www.facebook.com/monvillarreal22

Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:

http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com.ar/2014/06/

 

El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite ÍNDICE DE AUTORES.

 

REVISTA: http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/

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Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.


“Realidades y Ficciones”
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm