lunes, 31 de enero de 2011



HÉCTOR ÁLVAREZ CASTILLO

Nació en Buenos Aires en 1961. Entre sus principales obras se encuentran: “El faro de la tempestad y otros poemas” (poesía, 1991), “El prisionero. Historias para una puesta teatral” (teatro, 2003), “Camino a Babel. Conversaciones con Jorge Luis Borges y otros textos sobre literatura” (ensayo, 2004). También las colecciones de cuentos: “Metamorfosis” (2005), “Gerstrauss o el Amor” (2009) y “Naif. Del Juego a la literatura” (2011). Ha prologado y compilado: “Los Vampiros no nos dejan dormir” (2009) y “Cuentos de la Noche” (2009).
Colaboró con los suplementos culturales de los diarios La Prensa y La Nación, de la ciudad de Buenos Aires. Su obra “El Prisionero” recibió el Premio Bululú 2008/2009 a la mejor obra dramática.
En el año 2010 Harper’s Magazine, de Estados Unidos, http://www.harpers.org/archive/2010/01/0082775, y Cultures & Conflits, de Francia, http://conflits.revues.org/index17821.html, tradujeron, respectivamente, al inglés y al francés fragmentos de sus diálogos con Jorge Luis Borges.
Es editor y director de colecciones y sitios web, entre ellos: Asterión XXI.
Su ficción “De mamíferos voladores” pertenece a su libro “Naif. Del Juego a la Literatura”, de próxima aparición.






DE MAMÍFEROS VOLADORES
de Héctor Álvarez Castillo ©

Ayer encontré a Batman en un bar de Constitución. Estaba en pésimo estado. En otras ocasiones lo había visto mal, pero lo de anoche, sinceramente, era la peor. Ya iba por la cuarta ginebra y se notaba que no había comido nada. Cada tanto, mientras hablaba, movía las alas haciendo el ridículo y luego repetía esa parodia con las piernas, como si fuese en verdad un murciélago.
Éste no era el Batman de mi infancia. Era el Batman que en mis noches de insomnio me fui acostumbrando a encontrar en los barrios bajos, tan lejos de las principales avenidas de la ciudad como del ruido que había sabido ser su mejor escenario. No había coche, compañero ni mujeres. Solitario, con el último conjunto del disfraz que lo llevó a la fama, Batman daba tal imagen de la desolación que cualquiera de sus antiguos enemigos hubiera pagado el costo que fuese por estar presente ante esa imagen.
Ahí estaba Batman, a duras penas sentado frente a la barra, haciendo equilibrio mientras me contaba sus actuales aflicciones. Empezó con que no podía dormir, que eso lo hacía ir por las noches de bar en bar, esperando el amanecer para caer extenuado. Que huía del hotelucho porque ahí, encerrado entre esas paredes, no hallaba sosiego. Que tenía terror de que le crecieran las uñas cuando dormía y que éstas sobrepasaran el tamaño de sus alas y no le permitieran volar. Batman estaba espantado con diversos temores, inseguridades, que no le daban tregua. Pedimos otra ginebra y se decidió a contarme cómo empezó la historia.
Él no era Bruce Wayne ni Bruno Díaz. Lo aclaró de improviso y por dos tragos guardó silencio. Él era un don nadie que había ido a parar a la mansión de los Wayne sólo por fortuna, pero no como hijo adoptivo o algo semejante. Fue a vivir a la mansión en el papel de lo que era: el hijo de una sirvienta, una sirvienta más en ese hogar de ricos. Todo lo que sucedió después –y la historia que se contó una y otra vez en revistas, televisión y cine– no era más que una suma de malentendidos y errores voluntarios, refrendados por negocios que a él poco le dejaron, más allá de una efímera fama.
Me contó que los días posteriores al asesinato de los Wayne fueron terribles, pero que –ahí hizo otra pausa– alguien más había muerto esa noche. El verdadero Bruce también cayó bajo los disparos del guasón. El niño falleció de un balazo en la cabeza. Fue el último en morir, pero para la prensa, los abogados y los medios, esto nunca sucedió, porque desde ese momento –por conveniencia de Alfred– Bruce Wayne comenzó a ser él: John Brown o Fernando Vigo, como elijan llamarlo. Ahí comenzó su vicariato hasta que no pudo soportarlo más y dejó todo, con cerca de cincuenta años, agotado de representar a ese señorito atildado o al caballero negro, sin que sus piernas ni brazos dieran para más. Quería ser quien realmente era. Sin embargo a Batman no lo podía abandonar. Batman lo había tomado. Batman era él. Batman era Fernando Vigo.
Quedó para otra noche de ginebra el relato de cuando su madre, en Nueva León, cerca de las cuevas donde habitan centenares, miles de mamíferos alados, lo abandonó al dios Ah Puch para que éste lo tomara como hijo –su padre natural había huido con una india– y el dios le dejó las marcas en los brazos, la mordedura de dos colmillos en cada lado. Y las marcas aún están ahí. Quiso correr la tela y mostrármelas, pero exclamé con firmeza:
–¡Batman, ésa ya es otra historia!
Sáenz Peña (Buenos Aires, Argentina, julio de 2008.



LUZ, CÁMARA, ACCIÓN 
de Héctor Álvarez Castillo ©

Leí que los miembros de los pueblos primitivos temen que les roben el alma. Recordemos que Fausto y algunos de sus imitadores la han entregado voluntariamente; si bien, y no es dato menor, al momento de la elección gozaron de un esbozo de libertad. El inconveniente con los aborígenes de nuestra América o con los negros del África es que ellos saben que no tienen ni tendrán derecho a la elección. Están por debajo de esa consideración tan propia de las democracias. Alguien les roba el alma, la toma y se la lleva lejos, y ellos –los pueblos primitivos– jamás vuelven a saber nada acerca de su propio interior. Se quedan con lo externo, como una cáscara, y se habitúan (ellos mismos) a verse desde afuera y a deambular en el mundo como una proyección.
De ahí el temor rotundo al poder de la cámara, al clic de la fotografía. Sospechan que no sólo se captura la imagen, sino que junto a la imagen va el alma. Terror semejante los azota ante los espejos. Aunque en esas experiencias han aprendido que con un leve movimiento pueden hacerse a un lado y restarle dominio a esa magia.
Leo, leí, que nuestros suspicaces y astutos políticos-gobernantes –tanto de naciones vecinas como lejanas– también saben del poder de la cámara. Ridiculizan, mirando hacia un costado, a los primitivos, pero en la intimidad, entre sus secuaces –llámense colaboradores– reconocen el don de la imagen. Es por eso que desesperan por la obtención de una foto. Si huelen que alguien está un escalón más alto, se desesperan por una instantánea, aunque meses después es probable que deban alimentar una fogata con ese recuerdo. No interesa su prontuario, (disculpen el exabrupto), su curriculum. Son capaces de pagar por ella. Y ocultan la paga como Judas ocultó sus denarios. Y a su vez –la pirámide es de ida y vuelta– cobran cara su propia imagen cuando es a ellos a los que, otros escaladores, les ruegan el favor.
Fotos, fotos, fotografías, con éste o con aquél, concitan la gracia, alzan las encuestas y, por magia, trastornan la realidad. Pero nunca la transfiguran. El hombre –más que la mujer (ahora también la mujer)– es prisionero de la imagen. La imagen es concebida como el argumento que da consistencia al discurso vacío de sentido. La foto revelada es la verdad revelada.
No demos vueltas –ahora que lo aceptamos– nadie regala su imagen. En la foto está el alma. Y ellos lo saben, como lo intuían desde el comienzo de los tiempos nuestros humildes primitivos. En sus discursos se elevan altas creaciones de la sofística y la retórica, pero una foto abre puertas que sólo la llave del misterio conoce. Tapas de diarios, noticieros, reportajes, un huracán de posibilidades nace de una foto. Antecedentes, citas, agendas, son sólo palabras emparentadas a una oportuna fotografía. Y siempre va el alma en ellas.

Sáenz Peña (Buenos Aires, Argentina, julio de 2008. 





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Nº 10 – Enero de 2011 – Año II


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