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sábado, 27 de agosto de 2011

JOSÉ ANTONIO CEDRÓN

Nació en Buenos Aires (1945), donde comenzó a publicar en la década de los 70 e integró la mesa directiva de la Agrupación Gremial de Escritores Argentinos. Vivió en varios países de Latinoamérica.
En la Universidad Autónoma de Puebla, México, seleccionó y compiló los cuatro tomos del libro Sucesión rectoral y crisis en la izquierda, y es autor del capítulo sobre Haití en el libro América Latina, Herida y Rebelde, y del documento Guatemala: el proceso de diversificación del movimiento revolucionario visto por el PGT.
Integró el Consejo Editorial de la revista Plural. En la década del 90 fue coordinador de Ediciones del diario unomásuno y editor de la revista de análisis Este País.
Parte de su obra fue traducida al francés, inglés y portugués, e integra diversas antologías realizadas dentro y fuera de Argentina.
Publicó los poemarios La tierra sin segundos, De este lado y del otro, Actas, Cuaderno de tránsito y Vidario.
Como narrador publicó el reportaje novelado El Negocio de la Fe.
Obtuvo el II Premio Concurso Cincuentenario del Periódico Alberdi, en Buenos Aires, la Primera Mención Honorífica Rubén Darío, en Nicaragua, Mención Premio Carlos Pellicer para obra publicada en México, y el Premio Nacional de Poesía de México, Sinaloa.
Poemas suyos fueron musicalizados en Argentina, México, España, Nicaragua y grabados por una decena de autores. Presentó espectáculos de café concert con poemas y canciones de su autoría en diversos países de América Latina, donde también se grabaron discos con la participación Carlos Díaz Caíto, Nobilis Factum, Rolo Taubas, Helio Huesca, Raquel Oyola, Ofilio Picón, Nimbus Jazz, Marianne Friederichs, Delia Caffieri, Adrián Goizueta y el Grupo Experimental, entre otros.
Es coautor de libros de texto en español para la Secretaría de Educación Pública (México), donde también se desempeñó como coordinador de cursos para asesores durante la elaboración del programa nacional.
Durante cuatro años trabajó en el área de investigación del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y como docente en la cátedra Lengua y Comunicación para maestros que cursan Docencia en Artes en el Centro Morelense de las Artes (CMA) de la Ciudad de Cuernavaca, Morelos, México.




EL LICENCIADO-MARÍA DE LOURDES-MARIO
(fragmento de El Negocio de la Fe)
de José Antonio Cedrón © 

Era una de esas personas en las que se notaba que no escribía más que memorándum y cartas familiares, porque cuando le escribía a ella usaba frases como "por lo que a mí compete". Y aun cuando en la intimidad el licenciado no dejó de mostrar esa predilección por las frases, que ella sentía distante, sin poca vanidad lo seguía mirando avanzar entre la gente de ese pueblo de cinco mil habitantes que vivía fundamentalmente de la pesca, y al que sólo se llegaba atravesando un cerro después de caminar como una hora desde la carretera para ver el mar.
La plaza estaba llena de gente y la iglesia también y en la entrada del atrio y en diversos lugares, entre un árbol y otro se extendían las mantas de la competencia invitando a la “Kermese del Amor. Habrá palo encebado, cuche encebado, registro civil, antojitos, sorpresas y regalos. Ven a divertirte con toda la familia en los patios de la capilla. Asiste y haz oración. Colabora”.
Los niños y los perros eran tantos, tan flacos, que nunca se sabía de quiénes eran las sombras.
De su lado, Mario había entrado a la iglesia para ver los retablos y el edificio con la curiosidad apresurada de un turista observado en su soledad, sin persignarse, pero también sin advertir todavía aquella complicidad secreta de María de Lourdes, de la que no es más culpable que ignorante, porque ignora la oscura fortaleza que el destino guardaba para ella.
Al murmullo creciente de la plaza se le sumaron cohetes. El licenciado estaba parado en el centro de un círculo formado por hombres que integraban la banda de música del pueblo. Los saludó uno a uno y en ocasiones, como fue el caso con el director, les dio un abrazo, cuidando, como es costumbre, de no rozar el cuerpo del abrazado. Al trompeta lo palmeó en el hombro. Pronto, se acercaron unas muchachas con un ramo de flores blancas envuelto en papel de celofán y sujeto en el tallo por una cinta morada. El licenciado “las saludó de beso” (comentó una señora a otra con no poca emoción señalando que entre ellas se encontraba su hija). Recién entonces procedió a inaugurar la manguera que traería agua al pueblo a través de los cerros desde otro pueblo vecino que ya había recibido esa “sentida necesidad impostergable de la comunidad”, dijo el licenciado. Después agregó tres párrafos a su discurso improvisado referidos “a la voluntad inclaudicable de las mayorías por ser escuchadas”, algo más sobre “la consiguiente prosperidad”, y “al oído atento y preocupado de nuestros gobernantes por el bienestar de los hombres y de la tierra”. Mario pensó que no era extravagante pensar que el licenciado era un extravagante porque había aceptado desde que era un ingente muchacho de barrio que los políticos juegan a ser Dios. Un Dios que, como puede verse, era algo así como el dueño de la manguera, por lo que desde ese momento se podía decir “y Dios calmó su sed”. Si el caso fuera una usina “y... se hizo la luz”, y así hasta construir el mundo que tenemos. Además ponen placas, hacen sellos postales para que nadie dude ni olvide. Y también se preocupan por “rescatar”. Les gusta esa palabra. La sacan de la manga, nos la muestran, la agitan: “rescatar nuestro origen”, “rescatar nuestras raíces”, “rescatar nuestra cultura”. Anillan el deseo. El que está solo, existe en su plural. Ventajas de la gramática. Después bajan la manga. (¿Quién les dio toda su aprobación?)
María de Lourdes avanzó abriéndose paso hasta acercarse lo suficiente al licenciado que Mario estaba siguiendo con la vista, de modo que la localizó después de haberla perdido para entrar solo en la iglesia. El licenciado también la vio y de inmediato le hizo un gesto a un hombre robusto con gafas oscuras que estaba a sus espaldas y éste se le acercó a ella a su vez de inmediato. La condujo tomándola del brazo y la instaló en la fila de atrás del licenciado junto a los notables del pueblo, entre los que se encontraban los funcionarios titulares de la comisión encargada que negoció la manguera, y sus suplentes; el director de la escuela; la maestra Balbina, jubilada, que había vivido en el pueblo desde siempre y creía en “el hábito de la lectura”; otras personas no identificadas pero también supuestamente notables, y los integrantes de la banda de música, que habían dejado de tocar para oír el discurso del licenciado, que era el más notable de todos.
A un costado de la plaza un centenar de escolares hacía sonar espontáneamente un centenar de latas de conserva forradas con papel azul y rellenas con piedras cada vez que el licenciado hacía una pausa en su discurso.
Mario empezó a sentir que entre María de Lourdes y el licenciado existía algo más que buenas relaciones, aunque ella le contó que era “un señor que la había ayudado mucho para conseguir casa”. Aparte de que él también había progresado debido a la “energía positiva”, por algo había llegado adonde había llegado.
Después del licenciado hizo “uso de la palabra” uno de la tercera fila de notables para agradecer “esta gran obra cimentada en la voluntad de los que habían aportado su aporte para engrandecer el aporte de todos los que habían aportado su granito de arena”.
Cuando terminaron los discursos, los porristas (que con intermitencias se habían hecho oír) cerraron con broche de oro: “¡A la bio, a la bao, a la bin bon ban: el señor licenciado, el señor licenciado, ra ra ra...!” Lo que produjo en todos los presentes un sinnúmero de emociones inenarrables. María de Lourdes aplaudió con mucho entusiasmo y fue la sexta o séptima persona en extenderle su mano para felicitar al licenciado que retribuía por su parte con esfuerzo el saludo porque alguien le había devuelto la manguera que traería agua al pueblo, hasta que un asistente se encargó de enrollarla con ayuda de otros y acabaron metiéndola en un cofre.
El licenciado volvió a mezclarse entonces con la gente hasta ser confundido, dado que iba vestido para la ocasión, semejante a los hombres del lugar. Pero de pronto Mario volvía a recuperarlo cuando alzaba una mano o recogía cartas y papeles que le daba la gente.
María de Lourdes se adelantó corriendo (a pesar del sueño intermitente que a veces la agobiaba) hasta uno de los autos de la comitiva y conversó otra vez con el hombre robusto de gafas oscuras. Cuando llegó el licenciado le volvió a dar la mano, ahora para despedirse; la contuvo en la suya unos momentos hasta que él la quitó para subir al auto que arrancó bruscamente dejando envueltos en una nube húmeda y salada de polvo a los que lo rodeaban.
Muy pronto en la plaza sólo quedaban grupos de jóvenes ruidosos bebiendo cerveza y perros asustados.
¿Qué caso tenía haber venido a este pueblo de acompañante de ella, que nada más quería “cumplirle al licenciado”?, se interrogaba Mario. Tal vez le había dicho que no quería nada con una embarazada de sus años. Y ella insistió en venir acompañada para disuadirlo de que era por eso. Tal vez le había dicho —palabras más o menos— que él estaba casado desde hacía diez años y que aquello podía arruinar su carrera (aunque con su mujer tenían en la cama más problemas que una compañía de seguros). Si era entonces así ¿a qué padre apostaba su embarazo? Una especulación absurda y comedida, pensó Mario en su contra, que nada más le permitía dudar de los cálculos hechos por la doctora.
Estaba oscureciendo y sintió que no había en ese momento otra cosa más triste que el murmullo de globos y adornos de papel moviéndose entre la ausencia de aquellos habitantes y ladridos aislados de perros callejeros.
Sobre todo los globos, que figuraban boyas sobre las cabezas de esos jóvenes ebrios a los que no parecía interesarles demasiado las mangueras, el agua ni el rescate, y seguro pensaban que la vida es hermosa, el mundo es una mierda.
Y no era el licenciado quien tenía la culpa. Había sido educado para la imitación por las reglas del juego y le era fiel a su educación. A fin de cuentas Dios también había hecho todo solamente a medias. Y eso que había durado más tiempo que ninguno en el gobierno. De modo que el licenciado no tenía la culpa, ni el director de la escuela, ni la maestra Balbina, ni la misma María de Lourdes tenía la culpa de cumplir con su rol y haberse embarazado por parecerse a todas las mujeres que habían sido educadas para eso. Nadie tenía la culpa de recibir un mundo que estaba hecho. Solamente jugaban, como hacían los niños con latas de conserva rellenas con piedritas que el mismo licenciado sin duda había agitado en su momento. Esto se hereda. No importa que vayamos en dirección a favor o en contra de la historia; importa la ilusión legada por los dioses. Otras generaciones agitarán sus latas de conserva para que siga el juego.

Capítulo del libro El Negocio de la Fe la metafísica de Conny Méndez
Cómo hace pie en México el Grupo La Edad Dorada —reportaje novelado—
Editorial Nuestra América, 1ra. Edición en Argentina



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Nº 49 – Junio de 2011 – Año II


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