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martes, 8 de marzo de 2011

JORGE DÁVILA VÁZQUEZ 

Nació en Cuenca, Ecuador, en 1947. Doctor en Filología por la Universidad de Cuenca, en la que es docente. Dos veces Premio Nacional Espinosa Pólit: por "María Joaquina en la vida y en la muerte" (novela, 1976) y por "Este mundo es el camino" (cuentos, 1980). Premio Casa de la Cultura de Quito por el mejor libro en prosa "Los tiempos del olvido" (1977) y por la pieza de teatro "Espejo Roto" (1990). Premio Gallegos Lara por "Libro de los sueños" (cuentos fantásticos). 
Entre su gran producción, podemos destacar además: "Cuentos breves y fantásticos" (1994), "Acerca de los ángeles" (cuentos, 1995), "La vida secreta" (novela corta, 1999), "Memoria de la poesía" (1999), "Historias para volar" (cuentos, 2001), "Entrañables" (cuentos, 2001), "Arte de la brevedad" (cuentos, 2001) y "Río de la memoria" (poesía, 2004). 



INSTANTÁNEAS
(del libro Arte de la brevedad)
de Jorge Dávila Vázquez  © 
A Jorge Velarde 
Justo en el momento en que levantó el matamoscas, se dio cuenta que no era una enorme mosca zumbadora, sino un pequeño ángel desubicado, cuyas alas ronroneaban incesantes en la tarde bochornosa. 

–Señora Lida, dice mi mamá que si sus hijos no aprenden a volar como es debido, ella misma les cortará las alas. Le están destrozando el jardín. 

–Angelita, deja de hacer esas maromas con tu cuerpo, no saltes tan alto, te vas a romper un hueso. Tus alas no están todavía listas para el vuelo. 

–Y esos que tocan la lira mientras vuelan, ¿quiénes son? 
–Antiguos poetas. 
–¡Pero no tienen alas! 
–Les basta su inspiración para volar. 

¿Quién iba a creer que cuando Isa dijo "me voy volando", se le encenderían dos alas en la espalda, con un fulgor solar, y que ella desaparecería en segundos en el espacio. 

–Este chico –se queja la señora Juanita, la mujer del zapatero–, me tiene loca con aquello de que es un ángel, ya no sé qué hacer –y no se vuelve siquiera a mirar las piruetas del muchacho, en el aire, a muchos metros del suelo. 

Estaban todos en el grupo, bromeando y riendo, como siempre a esa hora del atardecer, cuando vieron llegar a Marcos, más sonriente que de costumbre. 
–¿Y tú que tienes? 
–Por qué tanta alegría? 
–Es que estoy estrenando alas. 
Y se quedaron boquiabiertos al verle alejarse, volando en dirección al sol poniente. 

–Un ángel malo –dice la señora Justina, mientras quita el polvo de la peana de su San Miguel–, eso eres. –Y el demonio sonríe. 
–¿Por qué dice eso? Jamás la he molestado. Nunca le causé problemas, y estoy siglos aquí, sumiso bajo la planta del Defensor. 
–¿Y los sueños? –refuta la viejecilla enfurruñada– ¿Por qué no me dejas dormir en paz, y vienes con tu carga de pesadillas, todas las noches, a perturbar mi descanso? 
Y pasa el plumero con furia sobre la imagen del ángel caído, evitando escuchar sus protestas de inocencia. 

A veces se cansa del vitral, en que un viejo artesano de blancos y escasos cabellos, lo puso en adoración, con sus alas plegadas ante el sagrario. Sale de la vidriera y revolotea por la nave de la iglesia en penumbra. Algún solitario orante escucha un ruido de alas y piensa "algún ave nocturna está dando vueltas por ahí. Como dicen que se alimentan de cera...", y vuelve a su plegaria silenciosa. 

10 
–No son ángeles –dice un querubín a otro, admirando un enjambre de mariposas multicolores, que revuelan sobre una cascada. 
–Pero merecerían serlo –cavila, maravillado el otro. 
–Cierto –asiente el primero, y extiende sus manos transparentes, para que los hermosos lepidópteros se posen un instante en el aire, justo sobre el espejo plateado, al pie del salto de agua. 

11 
Después del choque violento, en que el halcón se destrozó un ala, el depredador miró fijamente al ángel. 
–¿Qué clase de pájaro eres tú? 
–No soy un pájaro –dijo el ser alado. 
En medio del dolor, el ave de presa intentaba hacerse fuerte. Recordaba que la extraña criatura lo había tomado con sus alas y conducido a ese risco en que ahora dialogaban, justo después del impacto. 
–¿Sabes que hay quienes me temen? –preguntó con tono altanero. 
–Seguramente –dijo el ángel. Y miró las garras, el pico afilado. 
–Y tú te has interpuesto hoy en mi vuelo, para evitar que cazara a una pequeña y estúpida torcaz. 
–Me molesta la violencia. Me horroriza que maten a los inocentes. 
–Nadie me ha hablado así –masculló el halcón–. Ningún ave diría esas estupideces –y miró, impotente por primera vez al ala despedazada y sangrante que le impedía atacar al intruso hablador y salir volando en seguida. 
Este puso su ala multicolor y al mismo tiempo transparente como la de una gran libélula sobre la extremidad herida, y el halcón miró con asombro cómo se iba cicatrizando y cómo recuperaba la fuerza y la flexibilidad. 
–¿Quién eres? –preguntó con una mezcla de admiración y temor. 
–Un ángel –dijo simplemente el otro–. Anda, vuela... 
El halcón lo miro rencoroso, y al mismo tiempo sorprendido. 
–Ningún ave se llama ángel. 
–No soy un ave –repitió paciente el otro–. Vuela, y espero que hayas aprendido algo. 
–¿Aprender qué? –dijo desafiante el halcón, mientras se perdía en el azul, pero en su corazón de rapaz algo, y no sabía qué, había cambiado para siempre. 





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Nº 23 – Marzo de 2011 – Año II


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