sábado, 1 de septiembre de 2018

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 78 – Septiembre de 2018 – Año IX
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral

Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

“Red Betta Flying Fish” (Pez volador beta rojo)
Mónica Villarreal (2017)
(Acrílico sobre papel, 10" x 8")
Serie “Flying Fishes” (Peces voladores)
Sumario:

• Noelia Natalia BARCHUK (Argentina)
• Eva María MEDINA MORENO (España)
• Manuel Gerardo SÁNCHEZ (Venezuela)
• Graciela FAZIO (Argentina)
• Omar Iván GARZÓN PINTO (Colombia)
• Toni PRAT (España)
• Ivo MARINICH (Argentina)
• Lilia MORALES Y MORI (México - España)
• Ivo Luis MORÁN ALBÓNICO GASPAROTTO (Perú - Argentina)
• Axel BLANCO CASTILLO (Venezuela)
• Javier DICENZO (Argentina)
• KOMODO (España - Irlanda)


NOELIA NATALIA BARCHUK

Nació y reside en Resistencia (Chaco), Argentina.
Tiene una obra publicada, Chaco: Relatos del hoy por hoy, en colaboración con Miguel Vidaurre. Su poema Palomas Heridas integra la antología Tributo a Malvinas, Ediciones Kram, 2014.
La han distinguido repetidas veces en certámenes literarios, tanto en narrativa como en poesía, el último galardón fue hace pocas semanas por su cuento El fantasma de la bicicleta, que recibiera primera mención especial en el concurso “El Chaco vive a través de sus letras”, organizado por la biblioteca Constancio C. Vigil, de Las Breñas. Es correctora en Realidades y Ficciones. Diversos diarios y revistas le han publicado artículos y obras de ficción. Hace poco tiempo fue elegida democráticamente como vocal en SADE – filial Chaco.
Más sobre sus obras y trayectoria literaria en:
• Revista Realidades y Ficciones:
• Suplemento de Realidades y Ficciones:



PENSAMIENTOS DE LA LOBA ROMANA [1]
Noelia Natalia Barchuk ©

A soles y tormentas he resistido, desde aquellos lejanos años '20 cuando me albergaron en la plaza central.
He visto tus cambios como una espectadora cómplice. Vi nacer el mítico Bar La Estrella, donde artistas y políticos repetían el famoso “anotame japo”.
Presencié banderas izadas hasta media asta, desfiles escolares, chicos de pantalones elefante y chicas de minifalda paseando por tu glorieta.
Mucho tiempo después te llegó Fabriciano y los artistas cincelaron quebrachos, pariendo esculturas. Lloré la muerte de Zitto, y más acá la de Sandro o Carlitos, y la de Abel “el policía”.
Flashee con los colores de Milo y con el advenimiento de tu nueva urbanidad.
Porque las ciudades cambian, trasmutan, imponen su propio movimiento.
Pero yo resistiré porque soy patrimonio cultural de Resistencia, tu Loba Romana que aúlla en silencio.

[1] Finalista en el Concurso de Microrrelatos “Crónicas de Resistencia”, organizado por la Municipalidad de Resistencia (Chaco), Argentina (enero de 2018).


LIQUIDO POR CIERRE [1]
Noelia Natalia Barchuk ©

Sí, tal vez había llegado el día. El día para tirar la toalla, colgar los guantes y prender una velita a la finada, para que iluminara el camino. Se veía fulero el panorama.
Estaba despierto pero aún no había atinado abrir los ojos. Sin realizar movimiento alguno, contuvo la respiración por unos instantes. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Hasta allí llegó como siempre. Ensayaba su propia muerte. Pero no, tentándola y todo con ese juego macabro, no lo pasaba a buscar.
Entonces se dignó a levantar los párpados, exhalando un largo suspiro, mezcla de alivio y desazón. Miró el reloj, tan viejo y golpeado como él, pero seguía andando. Por fin se incorporó desde las sábanas a un nuevo día. Un pie, luego el otro, siempre primero el derecho por supuesto. Quedó sentado otro tanto. Pasó las dos manos por el rostro, de abajo hacia arriba, como se amansan los pingos. Después solo una mano parecía acomodar las vértebras del cuello. Calzó las chinelas que fielmente lo aguardaban al costado de la cama. Se puso de pie.
Antes de dirigirse a la cocina, fue al baño; el agua de la ducha era el mejor despertador.
Cargó la pava para preparar el mate. Cuando estuvo listo, comenzó a tirar de la puerta persiana del frente del negocio. Con idéntico gesto repitió para el caso de las dos vidrieras. Finalmente sacó el cartelito escrito con letra de imprenta con la leyenda “LIQUIDO POR CIERRE”. Hacía un buen tiempo que se había convertido en un viejo mentiroso: todos los días la misma cosa. Quizás no fuera mentiroso, tal vez cobarde. No se animaba a cerrar el boliche para siempre.
Esa mañana creyó con sinceridad, era la última vez que colgaba el cartel. El negocio había tenido su relativa fama y clientela; unos cincuenta y pico años atrás. ¡Ah! Qué distinto era el ambiente de aquel entonces… A Piero se le humedecían los ojos y parecía volarle el alma al recordar ese tiempo. Cierto es el dicho que todo tiempo pasado fue mejor; pero también que la memoria hace de las suyas, engalanando a su antojo lo ya vivido.
Pero él tenía razón. Había vivido otra cosa, nada comparable con ese mustio presente. El bolichito siempre había estado en el mismo lugar. Las baldosas, como si fueran un tablero de ajedrez, se mantenían limpísimas, pese a la circulación de la gente. Los nueve frascos en su estantería particular eran las delicias de los niños; caramelos, confites, garrapiñadas. Se vendía bien. El precio era el justo, la atención impecable, la clientela una maravilla. Salvo muy contados casos, tuvo que correr algún borrachín confundido, ya que nunca habían expedido alcohol.
Las cajas de galletitas surtidas, aceite, fideo, arroz, azúcar; todo se podía fraccionar para vender según pudiera y quisiera comprar el cliente. También se fiaba, pero a muy pocos. Era una tienda de ramos generales. Se encontraba desde telas, bolsas de feria, botas de goma y los productos alimenticios.
¡La época de los trenes! Pero todo se fue malogrando, al compás de la soledad de los rieles. El advenimiento de otro ritmo de vida con los súper e hipermercados, dilapidaron los almacenes de barrio. Nadie entraba a comprar en el local de Piero. Es cierto que tampoco había intentado cambiar el perfil, renovarse. Por el contrario, parecía empeñado en seguir ofreciendo vetustas mercaderías. Ya no vendía comestibles.
Salió de la especie de trance en que se encontraba cuando vio cruzar la puerta a su amigo Cristóbal. Octogenario como él, diario en mano, iba a charlar un rato. La mañana pasó. Por la tarde, a las cinco en punto nuevamente abrió el local, colgando el cartel de la liquidación. ¿Qué haría mañana si cumplía y cerraba el negocio? Nada. Pero sabía que el día era ese.
Miró el mostrador, astillado, rozó con la punta de los dedos los descoloridos paquetes de figuritas. Sintió que el olor a humedad colmaba sus pulmones. Llegada la hora, cerró todo como cada día anterior. Ya se había arrepentido de nuevo. Mañana, tal vez mañana cerraba todo para siempre. Un nuevo amanecer entibió la habitación de Piero. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…Esta vez, el infinito.

[1] De su libro Chaco: Relatos del hoy por hoy Resistencia, ConTexto Libros, 2014 (ISBN 978-987-1885-94-7).


ACTUACIÓN ESPECIAL [1]
Noelia Natalia Barchuk ©

Han pasado tantos veranos desde aquel martes y sin embargo mi memoria guarda su imagen intacta. Llegó desesperada. Ignoro si era realmente bonita, o por su estado había transmutado en una especie de hada a mis ojos. Sí, solo a mis ojos cansados esa mujer podría haber inspirado tal ilusión. De principio me hermanó la soledad que irradiaban sus poros. Leila fue la primera que le dirigió la palabra. No puede ver la expresión de mi secretaria, porque aguardaba desde unos cuantos pasos atrás; solo resta imaginar sus grandes ojos cafés enternecidos ante esa figura. Dijo tener veinticuatro años. En realidad aparentaba los veintiocho que verdaderamente tenía.
La tarde estaba densa. Mucho calor, mucha humedad, demasiada presión. Siempre creí que este suelo debiera llamarse Tierra del Fuego: todo quema, arde, los veranos son un infierno. Aquella tarde Cecilia, preñada de seis meses, se desplomó sobre la silla de plástico de la sala. Por algún motivo tendía a descalificar con esa palabra a la mujer embarazada. Dejaba aflorar algún resentimiento, despecho o algún desengaño mal curado. Con el tiempo y psicoanálisis, pude revertir mi vocabulario.
No era una mujer con panza, sino una panza con mujer, como dicen por ahí. Vestía una solera lila, con estampado pequeñísimo, de flores o estrellas. A comienzos de la década del noventa, no se estilaba ver como ahora a futuras mamás con remeras cortitas, ombligo al aire, pantalones tiro bajo y diminuta ropa interior.
Al enterarme de que le faltaban tres meses para parir, sentí una extraña congoja. Su cabello castaño, recogido en un flojo rodete, me recordó a mi primera novia. ¡Qué alivio que no fuera ella! En los pies llevaba unas sandalias bien planas. Su piel pálida desentonaba con las nuestras. Cecilia sudaba a chorros, pero sofocaba dicha vergüenza secándose con un pañuelo azul que doblaba en cuatro a cada rato para volverlo a utilizar. Bebió por la mitad el vaso con agua fría que le acerqué. Entonces, al fin habló.
—Necesito contratar un actor. Preferentemente blanco, de mi edad, alto y atractivo.
En realidad pretendía un modelo y no un actor. Nadie la interrumpió, con la mirada la alentamos a que siguiera con su disparatado discurso.
Las apariciones serían esporádicas, hasta dar a luz.
—Por favor, que sea a bajo precio cada representación.
—A ver si entendí bien, señora —dije quitándome los anteojos—. Usted quiere un tipo que le chamuye a la familia, a los amigos y a la gente del trabajo, fingiendo que es su marido…
—Marido no, novio, y que nos estamos por casar —replicó abanicándose con una revista.
—No creo que alguno de aquí acepte. Pocos son físicamente algo parecido a lo que usted pretende, muchos son decentes…
Quiso esconder su rabia, pero se le notaba en la nariz, se le ensanchó como un toro. Luego miró sus manos, uñas cortas, prolijas, hinchadas al igual que los pies. Después volvió la vista al techo, y quedó unos minutos así; el ventilador colgante parecía haberla hipnotizado. Contuvo las lágrimas y hurgó en su bolsa. Extrajo de la billetera una foto que le habían tomado abrazada a un fulano.
—Este, ¿ve? Este es el irresponsable que me abandonó… la culpa es mía, mía, mía… —estalló en llanto.
Comenzaban a llegar los alumnos al taller de las seis; quería que Cecilia desapareciera. Me senté a su lado, ya que todo el tiempo había permanecido de pie. Recogí la foto del piso y se la guardé en el lugar de donde la sacó. Mi secre me tendió uno de sus pañuelitos desechables y se lo pasé. Le di el sí que esperaba, que vería la manera de encontrar quien representara el papel de novio, y futuro padre, marido posteriormente muerto. Así, según ella, quedaría perdonada por sus afectos y la mentira taparía la verdad que tanto le dolía. Era un absurdo, ella una idiota y yo otro. Logré ponerla de pie, le di un volante de la próxima puesta en escena, donde figuraba el teléfono del local, y le deseé buena suerte. Pedí que llamara en una semana.
En las tarde siguientes, el calor repetía sus estragos; el aire acondicionado era un lujo y no una necesidad, como se dice ahora.
Intenté olvidarme del desopilante asunto. No mencioné ni una palabra a mis alumnos ni colegas sobre el tema. Recuerdo que por aquellos tiempos mis relaciones amorosas se reducían a romances fugaces, sin compromiso. Hacía años que una mujer no agujereaba mi cerebro. No la conozco, repetía vagamente, para no crearme falsas expectativas.
Durante todo el maldito veintiuno de enero esperé que sonara el teléfono. Sentí que había sido una insensatez no pedirle la dirección o algún número para llamarla.
La tarde siguiente, junto a Silvia y Hugo compartía unos tererés mientras hablábamos de lo que nos unía y apasionaba, el teatro.
Al salir me despedí de mis compañeros y ya terminando de cerrar la puerta vi que ella esperaba en la vereda. Estaba distinta de la primera vez. Venía del trabajo, estaba sutilmente maquillada. Sus ojos me interrogaron y mi boca no habló.
Era predecible como un mal guión. Sobre mi carpeta cargué los papeles de ella. El brazo que me quedaba libre lo perdí en su hombro derecho. Sin esfuerzo sentí orgullo por la madre y por el hijo. La actuación salió tan buena que decidí no morir; jamás le cobré un peso. Me conformo con recibir cada día su beso como aplauso.

[1] De su libro Chaco: Relatos del hoy por hoy Resistencia, ConTexto Libros, 2014 (ISBN 978-987-1885-94-7).





EVA MARÍA MEDINA MORENO

(Madrid, España, 1971) Escritora. Licenciada en filología inglesa y profesora de educación general básica por la Universidad Complutense de Madrid.
Autora de la novela Relojes muertos (ISBN: 9788416216253).

Más información sobre sus obras y trayectoria literaria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



LA FEROCIDAD DE UNA GOTA
Eva María Medina Moreno ©

Era una gota rápida, prematura. El ritmo, sofocado. Gota enfurecida que, tomando el papel de líder, se quejaba por la fugacidad de su vida. Pensé que si hubiera sido gota pausada, de ritmo lento, nadie la habría escuchado. Sin embargo, nadie parecía hacerle caso, nadie se acercaba allí y cerraba el grifo, aunque eso significase acabar con ella.
Solo yo había captado algo, al menos la había escuchado. Aunque no me acercase al grifo, vivía con intensidad el desarrollo de esa gota. Hubo un momento de exterminio. Luego, el espacio se ensanchó, para que no olvidase que ella seguía allí esperándome, cansada de repetirse, una y otra vez.


PARPADEA
Eva María Medina Moreno ©

Unos párpados que se abren y se cierran. Pequeños trozos de carne, piel escurridiza que se tensa y destensa. Si permanecen cerrados, desapareceré, desintegrándome en átomos diminutos. Lucho. Esos trozos de piel son mi única apertura.
Si al bajar los párpados cierro los ojos, me introduciré en ellos y dejaré de existir. Al cerrarlos desapareceré, también los ojos. No quedará nada, solo una mota de polvo; esencia de lo que fui. Esa mota se desvanecerá, mezclándose con el entorno.
¡Parpadea, parpadea!


YO
Eva María Medina Moreno ©

Que me ahogo sin poder escribir una línea, me esbozo y me invento cada día. Me como, me devoro y me río. Opresora de mi propio yo, que crece y pide explicaciones. Habiendo sido dictadora, debo ahora cortar las cuerdas. Mis pequeñas Evas estiran piernas y brazos; habrá que enseñarlas a andar.


DETERIORO
Eva María Medina Moreno ©

Acabábamos de cenar. Hacía tiempo que lo notaba raro. Lo miré. Observaba la televisión con desidia, como si no le interesase pero necesitara esas imágenes ficticias. Bajé los ojos. Me fijé en una miga de pan que había en su plato. Al caer sobre el líquido de la lombarda se había hinchado. Junto a esta había otra; seca, más pequeña. Me pareció estar en un cuarto oscuro; revelaba una fotografía y la imagen iba apareciendo. Éramos nosotros. Él, el trozo pequeño, seco, había perdido esponjosidad y grosor. La hinchada yo, que parecía haberme nutrido con el agua violeta. Éramos dos migas de pan que se iban consumiendo, cada una a su manera.
Cogí el plato y lo llevé a la cocina. Tiré las migas a la basura y encima las cáscaras de plátano, pero seguía viéndolas. Saqué restos de comida que puse sobre ellas. Al levantarme, él me miraba desde el marco de la puerta. Se iba a dormir.
Sentada en el sofá imaginé cómo íbamos transformándonos. Ahora era yo la pequeña, la que había perdido esponjosidad y grosor, y él, el trozo hinchado, nutrido con el agua violeta. Luego, yo volvía a ser la hinchada, y él la reseca. Éramos dos migas de pan que se iban consumiendo, cada una a su manera.



MANUEL GERARDO SÁNCHEZ

(Caracas, Distrito Capital, Venezuela, 1982) Su nombre completo es Manuel Gerardo Sánchez Campo Elías. Licenciado en Historia egresado de la Universidad Central de Venezuela. Graduado con honores de Magna Cum Laude. Su tesis de grado, Evas de delantal y perifollo, obtuvo mención honorífica y publicación. En los últimos ocho años se ha dedicado a labor periodística. Ha publicado crónicas, reportajes y entrevistas en Exceso, Cocina y vino y Complot, entre otros medios. Actualmente, es editor de la revista Clímax. Ha escrito el libro de relatos El último día de mi reinado.


MÚSICA PARA LOS CÓMPLICES
Manuel Gerardo Sánchez ©

“Compás 32. ‘Ahora’, aulló Antonio Vivaldi, y todo
el mundo arrancó sobre el Da capo, con tremebundo
impulso, sacando el alma a los violines, oboes, trombones,
regales, organillos de palo, violas de gamba, y cuanto
pudiese resonar en la nave, cuyas cristalerías vibraban, en lo
alto, como estremecidas por un escándalo en el cielo”.
Alejo Carpentier. Concierto barroco.

En la habitación contigua al salón principal, Samuel se anudaba el corbatín. Su tuxedo se le ceñía al pecho. Esculpía un torso griego, como si los cinceles de Praxíteles hubieran tallado cada curva, cada surco, cada pliegue de su piel tan áspera como mórbida. Frente al espejo, yo lo veía tejer y tejer, como Aracné, una y otra vez, el lazo blanco que rizaba su bonhomía de músico clásico. Al terminar la hechura, sus manos se agitaron en un extraño vibrato que hendía la incorporeidad de la brisa fría que, en ese atardecer del 23 de noviembre, se filtraba por la ventana. Se examinaba con escrúpulos la camisa, el fajín, los zapatos de charol con agujeritos en las puntas y sus dedos largos pero acolchados de violista. Trémulo, sus piernas a duras penas lo mantenían en pie. Él languidecía ante la expectación de una sala abarrotada de melómanos que esperaría ser conducida hasta un remanso de felicidad o placer. Se persuadía de que, en cuanto los crepúsculos del cielo y de su templanza se apagaran con el terciopelo de la noche, le sacaría el alma a su viola en un concierto dedicado a Camille de Saint-Saëns.
Después de aprobarse, volteó para cazar a su fiel amante. Y allí estaba: obsequiosa, lustrosa y lúbrica sobre la silla. La viola reposaba, quietecita, siempre dispuesta a ser toqueteada, sobada y despreciada. Samuel, más que nunca, como ningún otro día, la deseaba. Como un fámulo sexual que paga el más alto precio por la embriaguez de un orgasmo eterno, la quería poseer y luego, solo luego de un último aliento, desdeñarla como a una prostituta sucia. Esa noche, ante decenas de voyeurs, le haría el amor. Deslizaría sus dedos por sus cuatro estiradas y vibrantes lenguas, acariciaría las curvas de su cuerpo para sentir sus estremecimientos y posaría su hirsuta barbilla de trovador muy cerquita de la boca redonda del instrumento para sustraer los jadeos y suspiros devenidos notas: do, re, sol, fa. Esa es la magia de la música, elucubraba Samuel. Sonidos que se imbrican, se funden y se aparean para alumbrar un embelesamiento que abre las puertas de mundos maravillosos.
Lugares recónditos con geografías que ojo alguno jamás ha detallado, con efluvios y olores que ninguna nariz ha aspirado, con sabores que no ha degustado cuando menos una boca, pero que, sin embargo, todo, absolutamente todo, deslumbra, huele y sabe.
Samuel pastoreaba su contemplación sin percatarse de mi presencia.
Sobre la mesa estaban las entradas que, en tinta gris, como relámpagos de plata, decían: “Sinfonía número 3 en Do menor. Orquesta Las Américas”.
Después de tres años sin ofrecer un espectáculo, la famosa agrupación había reunido por vez primera a los mejores músicos de toda América Latina, venidos desde el punto más septentrional de México hasta el más austral de la Patagonia. Samuel, para la sazón, se había ungido con lágrimas y aplausos como el violista más célebre de Venezuela y uno de los mejores del mundo.
Su participación henchía de conmoción a los expertos no solo porque su arco sería el principal de las trece violas de la sinfónica, sino también porque desfogaría un breve recital al culminar la romántica pieza para órgano que compusiera el maestro Saint-Saëns en 1886. Las condiciones estaban servidas para que la noche discurriera en júbilo y panegíricos; para que los tubos del órgano, lejos de una catedral y de los evangelios, bramaran en breves intervalos durante los treinta minutos del espectáculo y conquistaran, no obstante, a Dios y a los ángeles. Y, por supuesto, para que Samuel se bañara, pródigamente, con los vítores y ovaciones de sus seguidores.
Yo, mientras tanto, me pringaba de una orgullosa complacencia y lo admiraba sin un ápice de envidia, a pesar de que mi segundo libro no fue venerado sino por una miríada de xenofóbicos, frívolos y trastornados lectores. La prensa redactaba floridas lisonjas o nos escarnecía con duras críticas en las prescindibles secciones de sociales. Verbigracia: “el famoso violista Samuel llegó a la clausura, junto al escritor de A cada uno su senda, para cerrar la semana de Mozart”. “La pareja fue sorprendida en un restaurante capitalino cuando el escritor bamboleaba su borrachera”. “El músico Samuel Verhook se disculpó ante la prensa por los golpes y escupitajos que le propinó su pareja a unos paparazzi en París”. Aun cuando mi ya manido nombre solo acompañaba al suyo para ensuciarlo o, en el mejor de los casos, para adornar, como las espiras de una columna salomónica, el rendimiento de quienes lo adulaban, yo lo encumbraba en mi altar, en mi panteón personal. En mis ensoñaciones éramos como Proust y Hahn, entre paseos en cabriolés y churriguerescas comidas, entre notas y letras, entre sinfonías y líricas. E imaginaba que Samuel me nimbaba, a la guisa de Reynaldo a Marcel, de admiración como el único poeta de su parnaso.
Durante el trayecto al teatro no trabamos palabras. La solemnidad de nuestro silencio no adversaba la impaciencia e intranquilidad que nos embargaban. En pocos minutos el estallido de los instrumentos terminaría de silenciar cualquier pensamiento impropio. “¿Cómo luzco? ¿El corbatín está derecho? No sé, es extraño, pero me están sudando las manos. Este concierto es muy importante para que la fundación gringa subsidie la gira que queremos hacer por Japón y China. Todo tiene que salir bien”, farfulló Samuel justo cuando el taxi se estacionaba para soltarnos. Llegamos. No hubo tiempo de chácharas. Los organizadores estaban por dar sala, solo apremié a decirle: “Toca con duende. En la salida hablamos”. Lo besé en la mejilla recién afeitada y subí en busca de mi palco.
Los concurrentes entraban a empellones para arrellanarse y perderse en los dos movimientos de la sinfonía y yo trashumaba por los pasillos para ver si hallaba alguna cara conocida. El que busca encuentra. Y allí estaba Sandoval, el crítico literario que enlodó de degradación y oprobio mi libro, que me humilló y flageló mi ego, que bien esponjado estaba, con látigos tan punzantes como los que desgarraran las carnes de Cristo. Sí, allí estaba anadeando su engreimiento, con su aire de sabelotodo, con ese paletó negro, con la misma camisa azul de cuello y puños blancos que siempre lo embute para ocasiones de etiqueta, y con esa misma mirada que respinga y soslaya todo a su derredor por no considerarlo a la altura de su copete. Su postura nunca me cayó mal. De hecho, su soberbia coqueteaba con la mía, y su sonrisa adusta manaba un savoir faire que me provocaba lamer con un beso.
Pero desde que me había maltratado, su presencia me había escaldado como el ardor en las hemorroides.
Me acerqué para saludarlo, pero me ignoró. Me hizo el fo. Entonces lo odié aún más. Cerré los diques de mi locura para que no se desbordaran mis ganas de asestarle un garrotazo que despelucara ese copete horrendo que se le encresta por encima de la frente. Me incorporé y al salir de la humillación me di cuenta de que su esposa, Maritza, como una geisha, siempre había estado ahí, oliendo el polvo de los zapatos de su marido. Para los sabedores, Maritza era la estrella: el genio detrás del crítico. Sus textos acerca de botánica, entomología, religión y buen uso del castellano la habían granjeado reconocimiento. Había quienes aludían a ella como la intelectual o la papisa de la lengua. Los más agudos o los más cicateros aseguraban que las dos novelas de Sandoval, bien acogidas por los lectores y la crítica, habían sido escritas por ella: por su heroína sumisa. Maritza y yo cruzamos miradas, pero siguió de largo. Me dejó solo con mi ofuscamiento. Así eran mis ansias de aprobación.
Apareció el concertino y con él, escoltando sus pasos, las tres flautas, los dos piccolos, los dos oboes, los dos clarinetes, los dos fagots, el contrafagot, los cuatro cornos y las tres trompetas junto al piano, órgano, tubas, platillos y bombos. Luego desfilaron con salerosa marcha las cuerdas: violines, contrabajos, violonchelos y, por supuesto, Samuel y las violas. Por último, brotó de una cenicienta y tupida neblina el director con su batuta.
Mas él poco me interesaba. Al acabar el protocolo, al fin gorjeó el clarinete para dar inicio al susurro del lento Adagio-Allegro Moderato. Las cuerdas entreveraron tímidamente las primeras crispaciones, en tanto los chelos, en un siniestro pero delicioso pizzicato, sembraban la intriga para cederle la magia a los violines y a las violas, que explotarían en un vaivén desafiante.
Esta introducción se bifurcaba y volvía a converger en un mismo estuario donde reposaba un tema de carácter mendelssonhniano y otro un poco más suave, con repeticiones en tonalidades menores, que producían escalofríos a la audiencia.
Mientras el movimiento se desvanecía en un estado de ánimo tranquilo y placentero por las notas de los chelos y contrabajos —antes que terminara la orgía de sonidos en una lenta y suave y sostenida “La bemol” tocada por el órgano—, un sentimiento de llenura, de hastío y ahíto trepidaba en mi barriga. A mi izquierda tenía de vecina a Maritza y ella a su vez a su engreído marido. Una sensación irreprimible de detener el concierto me apoderaba, me gobernaba, me corroía. Quería gritar a todos las mentiras y patrañas de Sandoval. Desenmascararlo y de confirmar todas las suposiciones de su reprimida y frígida esposa. Ella era la artista. Domeñé mi impulsión, al son que mecía el Poco Adagio. Su sostenida perorata entre el órgano y las cuerdas amainó mi vesania.
El enérgico segundo movimiento, con su Presto de pasajes rápidos en formas de escalas para el piano, con el Maestoso que se desliza y serpentea con acordes en “Do Mayor” tocados por el órgano —y que luego se intercalan, poderosos, con la fanfarria de los metales—, quebró la cordura y control de los asistentes. Saltaron las lágrimas, más de un pulmón se detuvo sin aire y las gargantas se constriñeron como por una soga en el cuello. La expectativa culminaría en un paroxismo de alegría o degollina. Yo ignoraba, sin embargo, todo, solo por algunas hendeduras de mi frágil concentración se colaban los estallidos de los platillos y el tamborileo de las castañuelas. Ya no me importaba Samuel ni ese estúpido concierto, menos las halagüeñas palabras y encomios que recibiría mi músico y que me empalagarían al salir.
Yo solo pensaba en Sandoval, en su camisa azul de cuello y puños blancos, en la torcida de ojos que me echó cuando nos topamos, en su mujer, que en ese momento salivaba y deglutía, y en mi degradado libro.
“Este último movimiento es de gran variedad, incluyendo un tema de fuga polifónica y un breve interludio pastoral. Los patrones cromáticos juegan un papel importante”, comentó un hombre a mi derecha que engoló la voz para dar a creer que era una autoridad en la materia. Antes que los músicos depusieran sus instrumentos, Maritza despertó del hechizo y se me acercó con sigilo al oído. “No quería molestarte, pero no podía pasar la oportunidad de decirte que me encantó tu libro. Me reí mucho”, gorgoteó impasible. “Gracias”, le respondí todavía con un poco de indiferencia.
Cuando se hicieron la luz y el silencio, el auditorio se puso de pie. Yo también me paré, por ósmosis. Prorrumpieron los aplausos. Maritza me hizo guiños. Nos sonreímos y aplaudí. Supe entonces que entre los dos había nacido una complicidad entrañable que nos estrecharía para decretarle la guerra a Sandoval. Aplaudí y aplaudí. Las manos me ardían con cada choque de palmas. Aplaudí durísimo, no por la orquesta ni por Saint- Saëns, sino por mí y por Maritza, por nuestra valentía, porque ella era más inteligente que su esposo, porque había disfrutado de mis letras en silencio y porque la noche era mía y no de Samuel.
Al poco tiempo mi amado se paró al frente del escenario. Solo con su viola. El recital iba a comenzar. Yo salí del teatro en busca de un trago.
Caracas, junio 2011.



GRACIELA FAZIO

Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Psicoanalista. Ex docente de la cátedra Fisiopatología y Enfermedades Psicosomáticas a cargo del doctor Alberto Chiapella en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Tutora y actual docente de práctica profesional y del curso de posgrado Fisiopatología y Enfermedades Psicosomáticas en el Hospital Durand.
Ha editado en noviembre de 2016 un hermoso libro de cuentos, Retratos de la aldea, con ilustraciones a cargo de Miguel Carini. Tiene varios otros inéditos.


TALLADOR DE VIDAS
Graciela Fazio ©

Vivía a una cuadra del Mercado de Pulgas, el de la calle Dorrego. A los quince años descubrió que Dios le había dado un don: tallar en hueso historias de vida y de amor. Entonces, se sentó en un banquito de madera en la puerta de su humilde pero confortable casa, frente a una mesa pequeña y esculpió, por primera vez, a sus vecinos de la vereda de enfrente: un matrimonio de abuelos con dos nietitos que jugaban cerca de ellos.
Miguel Carini, pág. 22 (fragmento)
del libro Retratos de la aldea.
La escultura los representaba con tanta fidelidad que le ofrecieron una suma de dinero importante para comprársela. Él lo pensó y les contestó que Dios lo había dotado de talento para brindar felicidad, no para hacerse rico, y decidió vender su producto a un precio irrisorio por lo módico.
Después se le acercó una familia que vivía en la esquina, querían una escultura del grupo familiar completo, incluido el perro. El resultado reproducía hasta el impacto el modelo original, incluso los músculos y el pelo estaban labrados con llamativo realismo.
La habilidad del escultor se comentó por todo el barrio y como sus obras costaban un precio muy bajo, cientos de familias esperaban en una lista a que les tocara el turno para quedar para siempre modelados sobre hueso.
Llegó a tener un puesto en el Mercado, y los visitantes del lugar hacían cola frente a su tallercito para entregarle la foto que los dejaría esculpidos para toda la vida.
A veces tardaba años para hacer la entrega porque eran muchos los pedidos, pero él siempre estaba tallando. Decía que Dios pretendía que trabajara incesantemente y solo cobrara el dinero que le alcanzara para poder comer y mantener sus heredadas pertenencias, en el barrio que adoraba.
Durante sesenta años fue armando cientos de álbumes en los que exponía dos fotos por carilla: una era la que le entregaban las familias y la otra era la de la escultura de hueso.
En algunas labraba rostros, en otras la parentela de cuerpo entero y en muchas estaban también las mascotas.
Eran obras de arte de valor incalculable, pero él repetía siempre que Dios le había dado el don de esculpir sin estudiar para mantener “siempre viva” la imagen de los que se habían elegido para amarse y reproducirse. Y le había indicado que lo hiciera sobre hueso porque era el único material que se perpetuaba eternamente y que pertenecía a seres que sabían del amor y la procreación.
Al escultor lo conocí en la ciudad de Colón (Entre Ríos). Estada sentado a la vera de un camino de tierra y mostraba al que quisiera verlo sus álbumes, entre tanto contaba su historia.
Mientras yo miraba las fotos, lo interrogué:
—¿Cuál es su nombre?
—Braulio.
—Si toda la gente del barrio y los visitantes lo querían tanto y usted dijo adorar Dorrego, ¿por qué vino a vivir acá?
Miguel Carini, pág. 24 (fragmento)
del libro Retratos de la aldea.
Se puso serio y me miró fijamente a los ojos.
—Señora, las gentes son ateas y traidoras, ¿puede creer que ni Dios me pudo salvar de la injusticia? El día que cumplí setenta y cinco años, el peor de mi vida, me encerraron en la cárcel de Devoto y cuando salí de ahí, después de diez años, Dios me sacó el don y me mandó a vivir a las tierras de mis ancestros y acá estoy.
—¿De qué lo acusaron, Don Braulio?
—No vuelva a decirme “Don” porque Dios me lo sacó para siempre. Yo trabajaba de noche de cuidador del cementerio de Chacarita y desenterraba huesos para esculpir vidas; cuando lo supieron, me acusaron de delincuente y me encarcelaron.
Si algún día viajan a Colón, y si así lo desean, pregunten por Braulio.


MUCHO MÁS QUE UN CRIMEN
Graciela Fazio ©

Entonces sabe lo que pasó: la Gladys vendió el ranchito. Dice el Pedro que se lo compró en 25 mil pesos.
La Gladys lo vendió y de repente se compró ese departamento sobre la avenida que tiene dos dormitorios, un comedor y una cocina grande, tiene balcón a la calle y estufas, con termotanque en el lavadero.
La Gladys trabajaba mucho para pagar las expensas, pero la policía la investigó para ver si era ladrona, porque una casa así no se compran las sirvientas. Hasta se la llevaron presa pero no pudieron encontrarle ningún delito.
Miguel Carini, pág. 25 (fragmento)
del libro Retratos de la aldea.
¿Sabe lo que dijo?, dijo que un hombre bueno le había regalado la plata para que tuviera su hermosa casa.
Todos decían que era prostituta como esa de la tele a la que nadie se llevaría presa jamás.
Igual para ser puta hay que ser linda y la Gladys era fea, los ojos los tenía verdes pero era gorda, petisa y fea.
La cana la vigiló mucho tiempo y la amenazaba, pero ella no tenía amigos ni familiares chorros y nadie la acusaba de nada, hasta que por fin no la jodieron más.
Mucho después de este quilombo que le cuento, la Gladys dejó de trabajar, todos nos preguntábamos cómo hacía para vivir como una reina, era muy joven para estar jubilada.
Se había vuelto antipática. Si podía, no saludaba.
La mañana que vi los patrulleros en la puerta del edificio donde vivía la Gladys pensé: le descubrieron que afanaba. Pero no. Una vecina vio sangre que se escurría por debajo de su puerta y llamó a la policía que tiró la puerta abajo y la encontró muerta por mil puñaladas, capaz que más.
¿Sabe que le revisaron toda la casa? La cana si quiere, encuentra, eh. Adentro de un sobre había una carta que la Gladys iba a mandarle a su prima del Chaco. Sé todo lo que decía ahí porque ayer la publicaron en el diario. ¿Quiere que se la lea?
Arranqué la página para mostrársela. Ahí va:
“Hola Negra, te escribo para ayudarte y porque me juraste que si lo hacía nunca se lo ibas a contar a nadie, si hacés lo mismo que yo podés venirte a vivir cerca de mí y nunca más te jode nadie y la guita te alcanza y el negocio es seguro, mirá te cuento lo que hice, vos podés hacer lo mismo, yo te ayudo.
Fue asi: te acordás de la enfermera que me hizo el aborto hace cinco años, bueno, ella me contó que en un lugar te pagan bien si te dejás sacar unos óvulos de los ovarios, que ellos después se los venden a mujeres que no pueden tener hijos.
Ella misma me llevó a esa clínica y me sacaron los óvulos. Duele muy poco. Me pagaron y me fui.
Había pasado un año desde ese día y se me apareció la enfermera que me sacó los óvulos con un sobre, que le había dado la mujer que había tenido un hijo con mis óvulos y adentro había mil pesos y una carta sin firmar dándole las gracias por haber sido tan generosa, decía que yo era el hada que le había posibilitado ser madre.
Entonces me enfurecí. ¿A vos te parece, Negra, que me quiera pagar con mil pesos? Y se me ocurrió la gran idea, le pedí a la enfermera que me diera los datos de esa mujer.
Ella me dijo que eran secretos y estaba prohibido darlos, entonces le pregunté cuánto me cobraría por conseguírmelos y me contestó 25 mil pesos.
Vendí mi casita chica y se los di y ella cumplió y me dio los datos de esa hija de puta que usó mis óvulos y me pagó mil pesos por ser hada.
Me acordé de mi vieja que vendió a esos cinco bebés que nacieron después que yo y le dieron mucho más y fui por lo mío.
Me aparecí en la casa donde vivía mi nene, el de los óvulos, me presenté tal cual soy a reclamarlo.
Miguel Carini, pág. 40 (fragmento)
del libro Retratos de la aldea.
No sabés la casa que tenía el chiquito, con pileta de natación y en la entrada había dos autos de los caros.
Dije que era la madre del chiquito a la sirvienta con delantal negro y puntillas blancas, esa me dejó en la calle un rato largo hasta que aparecieron esos dos: la mujer y el hombre, eran altos, rubios, con los ojos verdes como el nene. Que lo vi.
Yo soy inteligente y me di cuenta que estaban asustados, entonces les dije que me había arrepentido y venía a buscar a mi hijo.
Ahí no hice como mi mamá, ella dice que lo que se dio se dio.
Los dos me miraron con odio, ya no les parecía un hada, no sé qué se dijeron entre ellos del DNI o ADN o ANN, como no entendí quedé seria y callada.
El hombre le dijo a la esposa que me dejaran allí un rato y volvieron a preguntarme cuánta plata quería. Les dije que no quería plata que lo que quería era el departamento de la avenida y me lo compraron y me dijeron que si seguía molestando me iban a matar.
Un poco me asusté, Negra, pero después me di cuenta de que cuesta mucho pagar los gastos de un departamento en una avenida y fui y les dije que quería 3 mil pesos por mes y ahí mismo me los dieron y no me amenazaron más.
Del uno al cinco de cada mes voy a pasar a cobrar.
Venite a mi casa y te ayudo a hacer lo mismo.
Quedo esperando tu respuesta.
Un beso.
Gladys.”





OMAR IVÁN GARZÓN PINTO

(Bogotá, Colombia). Sus poemas han sido publicados en antologías, revistas y periódicos de varios países de habla hispana.
En este número publicamos dos poemas de su libro Un poeta es un satélite en constante caída.
Más información sobre sus obras y trayectoria literaria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



CONFESIONES EN ENERO
Omar Iván Garzón Pinto ©

1.
(COSOVEI)
¿Acaso se puede escribir un solo verso sin la agonizante
pero nunca faltante esperanza de verse reflejado en el poema?

14.
(GELMAN)
Cada palabra que decimos nos denuda.
Cada palabra que nos nace nos rescata de la muerte.

23.
(FONZ)
Mírame, poeta: aquí cuelga la estrella viajera
que encontró la refrescante sombra en la aridez del desierto.

26.
(PACHECO)
Se tiene la lucha, se tiene el desierto, se tiene la incertidumbre. En fin, el mundo.
Es necesario el oasis: Si no hay versos, no podremos dar un paso más.

28.
(LOO)
Todo poeta es una promesa mientras vive.
El camino se encargará de decirnos qué tan falsa era cada promesa.


EL EVANGELIO SEGÚN SANMIGUEL
Omar Iván Garzón Pinto ©

Nos enseñaron a arrodillarnos
cuando arreciaran los vientos del invierno.
Nos obligaron a rogar cuando la lluvia fuerte se posara
en nuestro pecho.
Aprendimos a temer al fuego
por causa de la danza de sus sombras.
y seguían: ni viento ni lluvia cesaban
a pesar de nuestras súplicas
y la llama y sus sombras
eran muy grandes ante nuestros ruegos.
“¡Crean, crean, hermanos!”
nos decían con las manos llenas
mientras nos apuntaban por la espalda con un puñal
como Abraham a Isaac.
Una vez nos dimos cuenta de la niebla
Aprendimos a no huir.
Así encontramos los ojos tristes de Moisés
entre las uvas fermentadas que impregnaban
/la embriaguez de nuestros labios:
Las aves moribundas
y la hedionda brisa citadina
son el eco de la trompeta apocalíptica
que debemos escuchar aterrorizados
o comiendo palomitas de maíz para distraernos
mientras ellos le roban gemidos infantiles
a la noche que esconden debajo de sus camas
para después humedecerlos con sus lenguas y sus ojos
con esos con los que también nos venden sus tierra prometida
más allá de las estrellas.
Los mismos ojos con los que Edith vio hacia atrás
antes de convertirse en la sal
de la que están hechos los detractores de Sodoma
que son también los que necesitan de Gomorra
para vender allí su evangelio de la muerte.
De roja sal están hechos sus atriles
sus argollas y vestidos.
De la misma con la que vendieron a Dios
cuando creíamos que él nos oía.
De sangra porque prostituyeron a Dios para llenarse las manos.
¡Un aplauso para los proxenetas del Cristo caído y del resucitado!
Un aplauso aunque nunca nos mostraron su costado
ni la planta de sus pies
ni las palmas de sus manos.
Nos impusieron cerrar los ojos
para entender el mensaje de los ríos
pero el mensaje de los ríos era muy confuso.
Entonces unos pocos nos aventuramos
A separar nuestras pestañas:
Vimos a los muertos pasearse en sus cauces
chocando con las piedras
desnudos
Sin rostro. Entendimos que nada se llevan las hojas
cuando caen
y que no hay nada bajo el cielo que nos sea oculto.

Solo necesitamos entender el canto de los gallos
y el vuelo de las aves
en medio de tanto aullido
de tantos gritos
tantas luces de neón.
Nos enseñaron a desear el sonido de las monedas
cuando chocan entre sí.

Para ignorar la voz herida de los niños
para ignorar las nubes que no vio Adán
para ignorar las aves que salieron de los mares
para no ver la lluvia que rosó al borracho de Noé
para enterrar la lluvia al verbo hecho carne
ese que ahora necesita de tu ayuda
porque ya jugó su última carta:
Mandó a su hijo a morir por ti
y lo único que se te ocurrió
fue bañarlo en oro y colgarlo
de tu pecho. Ahora eres salvo.
Nos enseñaron a arrodillarnos para no andar la tierra.
Nos enseñaron a rogar para vivir a la sombra de otros hombres.
Nos enseñaron a cerrar los ojos para no ver nuestro reflejo en el agua
y así por fin poder matar a Dios.
A Tomás Sanmiguel



TONI PRAT

Poeta visual. Su nombre completo es Antoni Prat Oriols (Vic, Barcelona, 1952). Cursó estudios de Ingeniería Mecánica, Escultura y Fotografía.
Ha realizado múltiples exposiciones y presentaciones de sus poesías visuales y ha editado libros sobre la especialidad.
Más información sobre sus obras y trayectoria en Suplemento de Realidades y Ficciones:





  
IVO MARINICH

Reside en Buenos Aires, Argentina. Se encuentra en cuarto año de la carrera de Licenciatura en Comunicación (UBA). Actualmente participa en una revista digital (Revista OZ) con relatos de ficción. Ha sido seleccionado para participar en antologías de Argentina (Editorial Dunken en cuatro oportunidades) y España (editorial Palabras en flor en dos), además de haber sido finalista en un concurso de novela en España en 2015.



FEDERICO GARCÍA LORCA, EL AMOR Y LA ROSA
Ivo Marinich ©

Dicen que Federico García Lorca murió el 18 de agosto de 1836, fusilado por autoridades franquistas. Se lo acusaba de socialista, espía, homosexual. Su cuerpo no fue hallado; se dice que fue sepultado en una fosa común cuyo paradero jamás se supo. Pero todavía hoy se lo busca, nadie sabe bien por qué: si para enterarse que de verdad fue muerto y que no vive entre sus versos, o para encontrar junto a los restos la belleza de un poema inédito. La búsqueda continuará, pues nadie sabe de la rosa eterna.
Federico García Lorca nació en el albor del siglo XX, en Granada, España. Un caballero del arte. Poeta, dramaturgo, prosista, músico. Sus obras lo ubican entre los españoles más influyentes del pasado siglo. Su amor platónico fue Salvador Dalí, con quien formó una estrecha amistad hasta el día de su muerte. Regó su poesía desde la experiencia amorosa, el amor en su verso era lo que el agua para la rosa. Tras la explosión de la guerra civil en agosto de 1936, García Lorca es arrestado. Pasa su última noche en una celda común junto a otros presidiarios.
Imagino esa noche. Las preguntas. Miraría la luz de la luna por la claraboya abarrotada, luna por él tan admirada, y se preguntaría si alguna vez, en alguna época, las personas dejarían de ser perseguidas por amores inconvencionales. Y con una lágrima que aquella única vez no pretendió ocultar, se respondería, como dándose palmadas al hombro, que el futuro alumbraría tiempos mejores.
Federico García Lorca fue fusilado la tarde siguiente en un lugar desconocido, sepultado después en la incógnita. Yo creo saber dónde. De viaje en Fuente Grande, Granada, el destino tomó la forma de un campesino anciano al que escuché hablar de la rosa eterna. Decía, ante la escucha atónita de los pueblerinos, que conocía la existencia de una flor que mantenía sus pétalos durante todas las estaciones. La había visto por primera vez hacía dos décadas, en uno de sus tantos viajes mensuales a la ciudad. “Allí está, haya nieve, tormenta, sequía o helada”, decía, maravillado, a lo que después agregó: “esa rosa es poesía, sí señor, es poesía”. A los curiosos les avisó que jamás revelaría el sitio por miedo a lo que pudieran hacer con ella.
Solo si sus intenciones son dignas, a aquellos buscadores de Federico García Lorca os recomiendo que exploren allí donde una rosa se abre por la eternidad.
“Rosas, rosas divinas y bellas,
sollozad, pues sois flores de amor”.


EL GENERAL LADRÓN
Ivo Marinich ©

Cuando el 12 de agosto de 1963 fue robado el sable corvo del general José de San Martín del Museo Histórico Nacional, sentí la obligación de encontrarlo. Por entonces tenía once años. Le pedí a mi madre que me comprara un pizarrón y empecé a dibujar hipótesis. Llegué a decir a mis padres que San Martín se sentía solo en su tumba, que necesitaba de vuelta aquel compañero incondicional de batallas y glorias. A mis compañeros de colegio les decía que tal vez había buscado su sable para combatir los enemigos del más allá, y juntos especulábamos quienes eran estos y si podría triunfar esta vez. Por supuesto que cuando después se le adjudicó el robo a un grupo de integrantes de la Juventud Peronista, yo que no tenía idea qué significaba eso, no lo creí, ni siquiera cuando fueron detenidos por la policía, porque de todas formas no encontraron el sable; ¿y si los estaban inculpando para ocultar algo sobrenatural? ¿Y si era una maniobra del gobierno para evitar que se supiera la verdad? El sable había desaparecido, era todo lo que me importaba. El verdadero ladrón sería aquel que lo tuviera consigo, y a medida que pasaban los meses, más me convencía de que el propio San Martín estaba involucrado.
Pero me tocó crecer, como a todos, y esa locura por descifrar la incógnita fue perdiendo su brillo con el paso de los años, porque ese enigma que al principio es encantador, cuando se cierra sobre sí mismo, termina siendo un tormento. El sable corvo del general José de San Martín parecía haber desaparecido para siempre. Empecé a pensar que algún astuto ladrón lo había vendido al mercado negro y seguro era adorno en el gabinete de un poderoso extranjero. Pero aun adulto el halo de mis creencias infantiles tocaba su música en mi mente. Hasta escribí un cuento, “El general ladrón”, con el que sin éxito participé en algunos concursos literarios, aunque sí recibí ofensivas respuestas de los jurados por “ultrajar un prócer”, a pesar de que esa nunca fue la idea.
Terminé sepultando el sable. Antes de echarle tierra me dije que detrás de su robo había todo un entramado simbólico que ni yo ni nadie jamás entendería. El resto de mi vida hasta llegar a este presente no aporta nada a lo que cuento, excepto el hecho de que tras la muerte de mi mujer reviso hasta el cansancio las efemérides de cada día y me transporto a fechas homónimas del pasado. Siento que el presente es aburrido porque las cosas todavía no suceden, en cambio el pasado está lleno de acción y cuando uno ha visto suficiente es capaz de conectar los hechos y darse cuenta que en realidad todo es la misma cosa.
Hoy, 12 de agosto, entre los primeros que hallé estaba el robo del sable corvo de San Martín. De repente me sentí un niño mimado otra vez, que volaba con las alas de su fantasía. E hice lo que la tecnología de hace cincuenta años no me permitía, bucear en el interminable océano de información. Encontré esto, fracción del testamento de San Martín, allá por de enero de 1844:
“El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
En esa última línea, ahí está la respuesta. El entramado simbólico que creí indescifrable aparecía tan claro como es posible. El general José de San Martín robó su sable aquel 12 de agosto de 1963; su cualidad de alma le permite estar en cualquier tiempo, y por eso lo robó, porque sabría qué destino le esperaba a la patria que había amado.


NIETZSCHE Y LA TEORÍA DE LA POTESTAD DEL BIGOTE
Ivo Marinich ©

Hoy se conmemoran 117 años de la muerte de Friedrich Nietzsche, la persona que murió cuando debió haber nacido. ¿Quién fue este hombre anacrónico? El apellido hace que uno piense en un bigote ampuloso que pareciera estirarse a tapar una boca que no iba a poder callar. Era un bigote con rostro, uno que disimulaba los ojos tristes y la palidez propia del encierro.
Me gusta pensar la vida de Friedrich Wilhelm Nietzsche, nacido en 1844, en la vieja Prusia, desde una teoría censurada y acusada de irrisoria, por esto último probablemente verdadera. Se dice que el Nietzsche que conocemos no lo fue hasta entrada ya la pubertad, cuando su reloj biológico dio la orden de, entre otras cosas, permitir el desarrollo del bozo, aquel bello entre el labio superior y la nariz. Según estos historiadores y teóricos, el consolidado bigote postadolescente tendría autonomía y una inusitada conexión nerviosa con el cerebro. Dan por hecho, entonces, que el legado del filósofo alemán es producto de esta relación bigote-cerebral, y proclaman haberse iniciado “la potestad del bigote” (así titulan el caso) luego de finalizada su formación escolar, cuando después de un semestre abandonó los estudios en teología para instruirse en filología.
Sin embargo, lo más interesante de la teoría de la potestad del bigote es que enfatiza más su vida como hombre que su pensamiento filosófico, quizá por esto tan repudiada entre colegas. Nietzsche, según esta hipótesis, fue un hombre que nació fuera de época, uno que murió cuando debió haber nacido, pues el ansiado éxito de sus escritos no llegaría hasta después de su fallecimiento. “Dejó de existir teniendo dudas sobre el valor de sus ideas”, afirman con énfasis nostálgico los seguidores de este pensamiento.
Existe una disputa interna en la teoría de la potestad del bigote. Están aquellos que piensan la autonomía de aquel racimo de pelos como siniestra, culpable a la vez de una genialidad y una depresión que lo haría experimentar intensas vicisitudes pasionales; otra facción, aunque respalda la idea de autonomía, objeta como real absurdo pensarla en términos siniestros, sostiene que el vigor de sus pasiones son las de cualquier mortal y que el bigote está circunscrito a desarrollar no la pasión sino el raciocinio.
Pese a las diferencias, ambos enfoques no dudan en declarar la existencia de Friedrich Nietzsche como rebosante de pasión; amistades y enemistades, sueños frustrados, guerra, moral enarbolado, soledad, amor propio y amor no correspondido. “Fue la pasión de Nietzsche, y no el pensamiento, su legado más valorable”, afirman y reafirman los paladines de esta teoría. Tenía el alemán una forma tan poderosa de encarnizar su vehemencia, por gracia del bigote, que su cerebro no pudo soportarlo y allá por 1890 sucumbió en una demencia que lo sojuzgó sus últimos diez años de vida.
¿Locura? No tiene cabida la locura, lo defienden los que pregonan la teoría de la potestad del bigote. A capa y espada sostienen que el cortocircuito que pudo haber sufrido la mente no afectó la claridad de su bigote, y se basan en el relato de Elisabeth Nietzsche, su hermana, que lo cuidó en Weimar hasta el día de su muerte: “Él (por Friedrich) hace lo mismo todos los días. Estira el brazo contra un rincón, prepara la mano como si fuese una pistola, y con la boca simula el disparo. Después me mira y sonríe, dice haber matado a Dios”.



LILIA MORALES Y MORI

(México, 22/2/1946). Estudió biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Es narradora, poeta, diseñadora de arte fractal e inventora de juegos y modelos matemáticos. En 2010 adquirió la nacionalidad española de origen, de la región Catalana.
Más información sobre su biografía y trayectoria literaria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



RABORÁ
(Homenaje a los poetas malditos)
Lilia Morales y Mori ©

I

Como divino céfiro
circunscribe al cosmos
un espíritu insigne
cuya fúlgida luz concéntrica
y lenta pulsación de onda
adormece al arcano sueño
de eternas orgías vindicadoras.

Más Raborá
no pende de un solo momento luminoso
nace cuando nacen los espejos
sobre las aguas tranquilas
al morir las tempestades
y ausentes los vientos
justo cuando emergen
voluptuosos los astros
arrojados de un frágil universo
carente de memoria
pleno de reticencias
al influjo de las aguas tibias
dispuestas a calmar la sed eterna.

Ahora sé que Raborá
habita los abismos siderales
incitando las tormentas eléctricas
que estremecen el plácido canto
más allá del vértigo de la materia
pálida y desnuda
como esferas danzarinas
dispersas sobre lodo ancestral.


II

¡Oh hexagrama! Preciso eclipse
sobre la extraña superficie lacustre
en el preludio del breve renacer
con sorda magia ondulante
de líneas paralelas
y cadencia que embruja
el flamante despertar de los poetas.

¿Sabes acaso de otros paisajes
menos sombríos?
¿Tal vez alguna canción que palidece
acechando con grave melodía
en el umbral de la conciencia
sutil cabellera indolente
del glauco rostro de la sinrazón?

Mira cómo duermen
los recuerdos coagulados
en el ámbar de antaño
entre los brazos del verso
por donde escala la vida
enigma y principio
cual denso muro
recinto de osamentas
acribilladas de pájaros
que se agitan en la naturaleza
con símbolos inconmovibles.

Y cuando el viento y la gaviota
se forjaron
y la torre y el campanario
y las tinieblas y el incienso
y la cúspide y los aliados
de la Ceremonia del Rito Universal
se presagiaron secretos diabólicos
para complacer a las almas
poseedoras de mentes agudas.


III

En el crepúsculo
de esta galería antigua y espaciosa
el silencio se cubre de bruma
cuando se anudan los ecos
hasta volverse badajo y campana.

Tocan las sombras
que incendian la noche
con su presencia de espía
en el instante de la premonición
etérea nave
cuando copula el sueño
con su túnica de hojas.

Nadie habitó dos veces
la misma escollera
del barco que zozobra
sepultado en el lóbrego mar
del hastío.

Ya nada es tangible
en la esencia del tiempo
porque somos testigos
de la forma y la sustancia
modelada con paciente
creación inconclusa
como austera casa
que enciende los ojos de luciérnaga
encabritada al precipicio
de la nostalgia.

Solo el llanto de la sirena
aguarda en el sarcófago
lujurioso de la serpiente
que alucina entre la sábana tibia
y la espuma
y el mar frenético
como espectro furtivo
¡Oh espíritu!
Vacío de la tumba estéril.

Dócil cual gacela
te devuelvo el tiempo
porque antaño
también navegaron
simétricas figuras asexuadas
de un enjambre de ángeles
extraviados en delirios amorosos
envueltos con vapores amargos
cuyo sol paliatorio
es la ofrenda cautelosa
y la ira temeraria de la muerte.

Hay un lenguaje en la boca
como rumor de aves
mirando el amanecer
y heme aquí
junto a este barro
de forma interminable
donde la agonía esculpe
la imagen inversa del espejo
en el caleidoscopio multicolor
de una Torre de Babel
mientras un simulacro
de mariposas
con alas de fuego
purifican el camino del sol.

Danza la telaraña
sobre la suave espuma
y es su blancura
tan tersa
que la luna
líquida perla inmaculada
al humedecer la transparencia
del cristal
se desliza en súbita gota de agua.

Inmensidad azul
grave oquedad
donde sacio mi sed cada mañana
y es un timbal
y tu mágica voz
el tiempo suspendido
en este
mi espacio inhabitado
vacío de mi cuerpo ausente
que atrapado en la malla blanca
reposa junto al dintel
mientras el Cuervo te habla.

¡Abre viento la ventana!
Que entre el sol con sus cintas de colores
que no se atormente mi alma
con frágiles tibiezas
porque en este denso espacio
donde suena el gong de China
quiero eternizar mi cuerpo
y suspender mi alma
sobre el cristal
de la perla inmaculada
que se desliza en la negrura
sedosa
implacable de tus alas.


IV

Abre viento la ventana
que aniquila el camino del verbo
en fecunda reflexión de ecos
sobre la cúpula del faro
con pátina herrumbrosa
en perverso equilibrio
donde instiga el azar
la retórica
y el reflejo de la opaca materia
sembrada en el abandono del mar.

Más allá
de las pardas
y grises palomas
que disertan estéril movimiento
y al viento tocan
con su frágil cuerpo
hendiendo el ala
el pico y la cola.

En vano se disputan candorosas
difunta presa
que su sed reclama
y con ojo que avizora
la distancia
irrumpen al azar el vuelo.

Aves de surcar ligero
de sueños parásitos del aire
ignoran que el cálido reposo
se lo deben al color de su plumaje.


V

Y como toda imagen
que se organiza secretamente
en símbolos de un mundo exterior
de formas y colores
a lo lejos del sinuoso camino
entre el sueño y la vida
asoma un espejo
divinamente inútil
encarnizado en la búsqueda
del reflejo relativo y absoluto
finito e infinito
entre el paisaje de un cuasicristal
de una flor
de una cascada efímera
que rompe el caleidoscopio multicolor.

Y esta muerte cósmica
de imágenes que florecen
en la conciencia
bajo el signo de figuras abruptas
transpuestas a nuestros ojos
cuando renacen especulativos
frente al universo perfecto
palpamos la correspondencia
que tienen los objetos del delirio
atrapados en su propia existencia.

Es como esbozar el sol
con la elegancia
de una función matemática
cuya luz natural
imprime la objetividad
más honda del ser
atrapado en el límite
paradisíaco de los sentidos.

Más que un acto compensador
tal vez el espectro
vital del drama de la creación
cuyo deseo inconsciente
de imitar la naturaleza
fortifica el proceso
de misteriosas correspondencias
entre lo terreno y el paraíso
de una actividad trascendente.

El símbolo como juego de la imaginación
desciende en el reflujo de mis sueños
que la razón esclarece
en el orden universal
de una ilusión perfecta
en imponderable provocación
que anhela el equilibrio
dinámico y extravagante
en el mar acústico
que se impacta
con la frontera del silencio.


VI

¡Ay! Si esta soledad no fuera mía
atormentado amor
florecería altivo
el espejo donde duerme
la luz de tus ojos
cuando mi boca
ave que anida el calor de tus besos
siembra indiferente
algas marinas en el abismo
trémulo y vacío de la piel.

Crepita la mañana
cuando el sol
revienta en el tejado
agua de mar salobre.

Los nidos en la playa
aguardan el verano
de la parturienta
sombría y lánguida
afilada cuna
sin caricia ni barcas.

En soberbia sinfonía
se desgarra la esfinge
sádica y frondosa
tras el mástil que bifurca
con intervalo angular de péndulo
amplio y virginal
el latido pausado
del pétreo mármol
golpeteando el insomnio
cruel de Raborá.


VII

Algunas cosas se ven
con mayor claridad
en noches de luna llena
porque esa luz voluptuosa
tiene la virtud de iluminar
la porción exacta del pensamiento
que materializa el recuerdo
haciéndolo nítido y palpable.

Tal es la ensoñación del poeta
cuando convierte en sustancia
los versos arrojados
con febril erupción.

Cúmulos de lava candente
crecen como piedra petrificada
en el rincón del armario
en los frascos mohosos
y en cada lugar preciso
de las tinieblas
donde sucumbió el deseo
al abismo profundo e insalvable.

No hay búsqueda infructuosa
solo una eterna espera
pero al fin
has visto florecer al amor
como un puñado de pétalos suaves
que deshojas tiernamente con la boca.

¡Cuán castrado es mi cuerpo!
Qué vulnerable es la centella
cuando pierde su luz espectral
al romperse en mil pedazos los espejos.

Ahora ya nada importa
porque soy la sombra atrapada
en el reflejo
de tu dolorosa verdad
y así como la antípoda
se pierde en la distancia
yo me desvanezco en el tiempo
remoto de la memoria
convertida en polvo
que se hundió en el mar.


VIII

Navegan las olas
en el océano de recuerdos
y yo me veo pez y coral
y anémona temblorosa
a veces lirio
triste y sublime
a veces espíritu de fuego
en réplica perfecta
a una razón superior
acorde al movimiento
de la luna que viaja con la noche
como eterna compañera
de luz incierta
y breve canto luminoso.

He visto vacilante tu claridad
como cirio encendido
en mi pupila solitaria
con un brillo misterioso
de azul y ámbar
rompiendo el viento
en el fondo del mástil
mutable de la lágrima.

Quiero tocar las barcas
que perfuman la noche
e incendiar el instante mismo
como sereno pájaro
dormitando bajo la fronda
rumorosa de la nube.

Quiero olvidar
que te he olvidado
en el imponderable sueño
que se extingue frágil
cuando la marea
se descubre vigilante.

Quiero olvidar
y en el tiempo tenaz del olvido
tejer recuerdos inventados
de un mundo parecido al mío
cuyas formas y colores
se deshacen en la palma de mi mano.

Y si el olvido
es la onda del espejo
el viento agita su sombra
como altivo reflejo
de la criatura humana
ahí, donde las sábanas
son colgadas de los versos
cara al sol
que se interna en el sarcófago
lujurioso de la nube
entre el hueco acerado
de esta muerte silenciosa.

Más si el olvido es la centella
del cirio encendido en mi pecho
que invoca al verano de la serpiente
bajo la sombra desdeñosa
de los almendros
igual se esclarece
el reflejo del espejo
mirando el amanecer
de esta muerte silenciosa.

Lo sé
porque yo he visto
tu vacilante claridad
en las tinieblas
de la Torre de Babel
con fuego que purifica
el umbral de la memoria desnuda
como espectro furtivo
cuyo glauco rostro
copula en el sueño abandonado
al arbitrio de tu piel.

Más ¿quien puede olvidar?
Si el olvido
es la incitación del alba
sumergida en las tinieblas
de una funesta encrucijada
cuando inicia el día
sobre el horizonte.

Y hoy
esta mañana
tu recuerdo se diluye
en la cinta gris
del paisaje volátil de la nube.


IX

¡Ah! Cómo me devora
este inmensurable espacio
trazado con hábil pincelada
tal vez de purísima acuarela
embebida en agua
de una gema turquesa
cual límpida cosmogonía
que se impregna
sobre mi rostro y mi piel
inflamándome con el cálido añil
en solemne estado crepuscular
cuando el mar se cristaliza.

Nada se interpone
entre la voluntad
de la superficie acuática
y el cielo
porque ambas latitudes
permanecen atrapadas
entre el reflejo extravagante
de sus espejos.

Más ¡qué ironía!
De repente veo como un ave
irrumpe con plácido vuelo
el espacio celeste
y mis ojos
en afinada percepción
veneran sus gráciles alas.

Diestra se sabe
la plumífera incauta
y no cesa de admirarse
en la bruñida superficie
de este mar vítreo
con que me deleito.

Efectivamente grandiosa
tal parece
un narciso extasiado
en sí mismo
verdad consabida del hermoso
que pretende
en su diario afán
refrescarse con agua
proveniente de Leteo.

Vana esperanza
cuando el tiempo se acumula
y todo languidece
como la ninfa Eco.

Es así
que advierto la música
del murmullo de las olas
y pienso que tal vez
la divinidad me cantase
en este momento
e inútilmente pretendo
imitar
la hipnótica melodía.

Pero finalmente
me río de mí
porque bien sé
que no puedo ser mar
ni azul
ni lamento de ola
ni aunque me cubra el cuerpo
de abalorios y madréporas
ensartados con hilo verde-azul
de las algas y medusas.


X

Y cuando ya nada tiene importancia
guardo el ave del atardecer
en la vieja maleta
y me lleno la boca de plumas
para que vuelen
muy lejos las palabras.

Mas el viento
agita la sombra estéril
de los versos
deshojados en otoño
y en ocre insomnio
florece el áurea
primigenia de mi alma.

¡Cuánto júbilo
el verde desparrama!
Alegre terciopelo
que acaricia altivo
al divino céfiro.

Desnuda el espejo
el reflejo
luminoso y primitivo
que la opaca sombra
ebria y silenciosa
oprime en mi pecho
la forja de hierro
y el silencio tan quedo
tan suave
tan pájaro huraño
en el que yo me veo.


XI

Inagotable
es la muerte
transmutación del sueño
como aciago manantial
que desfallece en el hueco acerado
de la sombra inerme.

Solo el cuerpo semidesnudo
consume la ceniza
al borde del epitafio
¿acaso lo recuerdas?
Alguien vino a cambiar las flores
por monótonos mares
que se marchitan
con el sol de oriente.

Toda materia es precaria
en la vigilia
donde una vez iniciado el ascenso
se torna en precipicio
la trémula vida
como el acto mismo
que devora el pensamiento.

Huérfanas las horas
acarician la tarde
que ciñe la ladera de la montaña
y con encaje de aromas distantes
reverdece el aposento
agazapando las casas
y la aldea
y el hermano pueblo
y el vientre del camposanto
y la tierra de fuego.

Esbelto caserío
prisionero entre las sábanas
colgadas de los almendros
calcinando con sombra desdeñosa
la apariencia de huesos
el rumor de la piedra
y la flor
y el carmín
que tiñen la fronda virgen.


XII

Profundas como el mar
las ventanas del cielo
anidan campanarios
en las pupilas
del claro paisaje
ávido de azahares y amapolas
que el follaje tabernáculo
ofrenda a la piel de la quimera.

Adverso y paradisíaco
como desecado fruto
el mundo alberga
en su antiguo peregrinar
un tornado de bárbaros mortales
que nutren a rampantes dioses
con bálsamo y tatuaje
de precioso metal.

¡Ah! Qué perversidad
nos acuchilla
cuando este infausto crisol
socava al planeta apocalíptico
con infecta discordia
que exhuma dolencias muertas.

Inflexible círculo sempiterno
contenido en el vacío
de la dimensión umbría
de arcángeles indómitos
impalpables crisálidas
talladas en roca de obsidiana
para que el rayo idólatra
desgaje el manto
cruel de Raborá.


XIII

Mágica es la onda del espejo
tan pronto expira el valle
resurge la cresta con el día
que paciente se interna
al vaivén del tiempo
árido y místico
cuyo templo funerario
exhala el perfume de las ninfas.

Bien dicen
que hay un no sé qué
en el aire que ahoga
quizá sea la brisa coagulada
recordándonos algo monstruoso
cuando aspiramos las formas atrapadas
de figuras incongruentes.

¡Oh perezoso claustro!
Fortifica mi pobre existencia
de asceta que roe
su propia entraña.

Yo
que de la nada
inventé un postigo
para ver la piedra de Sísifo
en la cima de la montaña
advierto tan solo
el musgo del muro desdentado
navegar en la vertiente
de la aurora
¡Oh anatema mía
infinita soledad del alma!

Yo
que de tu vago recuerdo
hago un atado
de alas luminosas
para escapar del reino
furtivo de la palabra
como un ensueño
meciéndose en la espiral
pragmática de la muerte.

Yo
aprendiz de juglar
frustrado anacoreta
transporto el universo
a mi aposento irreductible
con la conciencia del heraldo
incansable burlador nocturno.


XIV

Inminente
se avecina el crepúsculo
ahora navegamos sin rumbo fijo
con las velas izadas
viento en popa
arrastrando el cuerpo
lejana la sombra
entre lamentos y gritos
de lúcidos fantasmas
cuyos ojos cadavéricos
se abandonan al arbitrio
de la criatura humana.

Atrás van quedando los cementerios
de muertos enterrados vivos
bajo tierra salitrosa
capaz de corroer
hasta el último rayo de esperanza.

Inútil maldecir
Eolo
hijo de Hipotes
ha llegado con su banda
de cornos y flautines
augustos oboes de música sombría.

Empieza a extinguirse el fuego
crepitando con pálida luz
mas el tímido calor
resurge en el recuerdo
violeta de la llama
avivada con cáusticas delicias
¡cómo debió Raborá advertirnos!
Nuestra es la naturaleza
y nuestros son
los frutos del Edén.


  

IVO LUIS MORÁN ALBÓNICO GASPAROTTO

(Perú, agosto de 1960). Ha escrito ensayos, poesía y teatro, narrador de corto y largo aliento; ha vivido y estudiado en La Paz (Bolivia), Orlando, Florida (Estados Unidos), Sherbrooke (Canadá), Madrid (España), Berlín (Alemania), Buenos Aires (Argentina).
Tiene en su haber nueve novelas publicadas; Entre otras en Lima, La niebla azul, La muerte buena, Mundo soñado; en Alemania Berlín La cárcel perfecta, Coronando, De Todas Maneras, Nachrichten aus einer anderen Welt, así como diversas publicaciones de cuentos cortos.
Escribió para la revista Chasqui en Berlín. Mientras vivió en Alemania fue miembro de la Sociedad Peruano Alemana / Instituto Iberoamericano Patrimonio Cultural Prusiano / Miembro de la Casa de las Culturas Latinoamericanas, del Círculo Literario Karlshorst Berlín / Compañía Teatral Ausbruch.
Representó al Perú en el encuentro de delegaciones diplomáticas con el Parlamento Alemán en el 2000. Participado en la Cita de la Poesía Berlín 2000-01.
Premio Literario de la sociedad literaria El Butacón Hamburgo, ganador de dos premios literarios del círculo de escritores españoles en Berlín, El Patio 2000-01, premiado por la Universidad de Munster en mayo del 2002. Participó en el Festival Internacional de Literatura en Berlín 2002.


EL EXTRAÑO CASO DE ANAXIMANDRA
Ivo Luis Morán Albónico Gasparotto ©

Cuando conocí a Anaximandra quedé cautivado por su mirada. Esa noche, efímera como una estrella fugaz, la hallé en una de las mesas del café Tolón mientras escrutaba a la clientela con la observación del que recién llega y estudia el escenario.
Repuesto de aquel paisaje femenino que atrajo mi atención, me ubiqué en una mesa paralela a la ventana que da a Coronel Díaz y me acomodé en la silla mientras buscaba con la vista al camarero.
El ambiente, impregnado del aroma del café expreso se complementaba con la porteña clientela de Palermo: en su mayoría hombres maduros muy bien trajeados, uno que otro sujeto de rasgos bohemios aburguesados, y, las infaltables señoras rubias gracias a su propio billete, de ademanes distinguidos por obligación y adornadas de una discreta petulancia.
El camarero no tardó en advertir mi presencia, con gesto adusto, cojeando, se me aproximó. A simple vista interpreté la cojera del hombre a una pierna más corta que la otra. Ordené un café, hizo una seña y se retiró. La imagen de la mujer que descubrí entre las mesas emergió en mi pensamiento. Contuve el aire y la busque con la mirada. De pronto, choqué bruscamente con su diáfana observación, entonces sonreí esperando que vuelva la cabeza para quitarme la mirada de encima, tal como lo suelen hacer las mujeres bellas presa de tanto lobo suelto por el mundo de la especie humana. Sin embargo, para mi alegre sorpresa, no despegó su mirada de la mía. Le sonreí. Moví la cabeza con un gesto de saludo y ella hizo lo propio. La invité a sentarse conmigo señalándole una de las sillas de mi mesa; ella extendió la sonrisa. Al cabo de unos minutos se levantó y acercándose a mi mesa se limitó a decir:
—Hola.
—Siéntate por favor— invité con ademán de galán de película hindú.
Ella, me estudió con la velocidad que solo una mujer puede estudiar las situaciones, y tomó asiento.
Me presenté.
—Soy Anaximandra— repuso a mi presentación.
—Mucho gusto— saludé.
Anaximandra era una mujer delgada, algo pálida, de ojos pardos y vivos, de cabello oscuro. Pensé de inmediato en un cuadro de Renoir. Su belleza era una mezcla de exhuberancia indefinida y languidez.
Conversamos los temas de rigor típicos de un primer encuentro: ¿De dónde eres? ¿Qué haces? ¿Dónde vives? ¿En qué trabajas? ¿Qué cosas te gustan? ¿Qué comida te gusta? En fin… las preguntas usuales que se hacen cuando se conoce a alguien.
Ella, por su parte, no formuló el clásico cuestionario social de investigación personalizada, más bien, repuso cada pregunta acompañando sus respuestas de deliciosas sonrisas.
Hablamos de distintos temas, intercambiamos ideas y pude notar que se trataba de una mujer inteligente y culta, encima bella.
En el momento que la conversación se hacía más interesante, mientras sorbía lentamente mi café, sin apartar la vista de ella, llegaron tres señoras extremadamente producidas, cloqueaban, y se sentaron en una de las mesas contiguas. Llamó mi atención las vestimentas que lucían mientras se iban acomodando próximas a nosotros: abrigos de pieles, atuendos recargados, y, el aroma del perfume de mujer madura, ese que apesta rico y empalaga.
No tardé en solicitarle a Anaximandra que nos cambiáramos de mesa ya que no podía soportar el aroma del perfume que despedían las mujeres. Ella, un tanto divertida, asintió sin hacer ningún tipo de comentario mordaz.
Le conté a Anaximandra muchas cosas de mi vida, sin abundar en detalles y sin mencionar a mujer alguna en ella.
Finalmente hice la pregunta que se guarda para el momento adecuado:
—¿Tienes novio? O de repente sales con alguien.
Ella me obsequió una mirada inteligente completando el cuadro de virtudes que descubría en ella y explicó:
—No salgo con nadie porque sé que terminarán espantándose de mí, y, escaparán…
Advertí un ligero rubor en sus mejillas.
—Vamos— concluyó, pues por lo visto debía marcharse.
Nos levantamos y salimos. Extraño, muy extraño me pareció, pues en el momento de salir me percaté que el café en pleno, absolutamente todos nos miraban.
—Impertinentes— mascullé entre dientes esperando mi nueva amiga no escuchara.
Se limitó a sonreír.
Salimos y nos paramos en la esquina de Santa Fe y Coronel Díaz, nuevamente advertí que la gente que pasaba por la calle, también nos miraba indiscretamente.
La gente, el estúpido y brutal género humano, suele mirar o pegar su vista indiscretamente a los hechos, situaciones, o personas inusuales. Si vestimos como estúpidos, encontraremos otros estúpidos que nos observarán. Si vestimos a la moda, de acuerdo al parámetro actual, no escaparemos de las miradas de los fisgones idiotas que se fijan en la moda sobre los demás. Si poseemos un defecto físico notable, indefectiblemente, con o sin discreción, seremos el blanco de observaciones morbosas. Somos voyeur por naturaleza.
Y justamente le explicaba este punto a Anaximandra.
—Qué mirona que es la gente— finalicé.
—Hay que entenderlos— me respondió a secas.
Tomándole el brazo sugerí nos paráramos al lado del quiosco de revista próximo a la esquina para escapar de las descaradas miradas de los impertinentes transeúntes.
—No sé qué miran tanto— me quejé.
Ella volvió a sonreír agregando:
—El mayor bien es la prudencia, lo dice mi tío Carlitos, el filósofo de la familia. Es prudente ignorar los actos indiscretos de las personas. La gente gusta de observar todo lo que sale o escapa de la normalidad, de igual forma la virtud, honestidad y justicia llaman la atención porque constituyen una forma de anormalidad. Si el mecánico encuentra mucho dinero en tu auto, le llamará la atención, entonces si es honesto, lo devolverá y eso es algo anormal, es noticia. Si la noticia del mecánico honesto sale en la TV, llamará la atención a la gente, pues devolver por ejemplo cincuenta mil pesos, es inusual.
Anaximanadra, tras decir estas palabras guardó silencio esperando mi acotación.
Nada repuse, me limité a esperar que ella concluya su disquisición de las observaciones.
Se formó un vacío entre ambos.
—¡Me tengo que ir!— exclamó de improviso.
—Bien, Anaximandra, ha sido un gusto conocerte. ¿Te puedo volver a ver? El destino ha hecho que nos conozcamos y…
Anaximandra colocó de manera casi pueril su dedito índice sobre mi bocaza invitándome con diplomacia imperativa a callar.
—El destino al que todos temen produce risa. Más vale creer en el destino como camino inequívoco trazado por lo divino que en la fatalidad del destino humano, en la fortuna del destino de la gente. El azar tan solo aporta lo bueno o lo malo sin que se pueda controlar.
—Puta madre, es la hija de Sócrates— pensé.
—Entonces a mi me trajo algo bueno— interrumpí.
—No lo sé— repuso ella desde una instantánea abstracción que rompió diciendo:
—Llámame a este teléfono— y apuntó el número en una servilletita de papel barato del Tolón.
Acto seguido, se marchó tan rápido que no la pude observar por su ángulo trasero, elemento que todos parecieron observar.
Pase tres semanas pensando en Anaximandra, la evocaba y su imagen llegaba fresca a mi mente. Sus ojos y su mirada. Su cabello delgado y sedoso, como el de las propagandas de shampoo. Su sonrisa inspiradora, fresca casi infantil. La modelo de Renoir. Empero no quería llamarla. Para conseguir las cosas a veces hay que hacerse el interesante y reprimir los deseos compulsivos que enciende la testosterona.
Pasado un mes la llamé: Me invitó a su casa, hecho insólito que me sorprendió. Una joven, bella, que llama tanto la atención, no invita tan alegremente a un casi extraño a su morada.
—Calle Cabello 4801 8-B, cerca del Hospital Fernández— informo en tono liviano.
Llegué a las siete de la noche en punto, con unas florecillas que compré frente al Centro Comercial Alto Palermo, o Shopping como le llaman los porteños a estos establecimientos; flores que resultaron caras y malas.
Además, procuré vestirme lo más prolijo posible y me perfumé con un clásico de Armani que me costó un ojo de la cara, situación que asumí aceptando mi existencia en el mundo consumista.
Cuando me abrió la puerta, quedé impresionado: Anaximandra llevaba el cabello desordenado y vestía un polito celeste y un pantaloncito corto. Esgrimió su bella sonrisa y me alumbró con su mirada. Me vi obligado a estudiar sus piernas: torneadas compactas y bellas las cuales terminaban en pies cuidados con esmero, tan bellos, que memoré el fetiche del imaginario erótico nipón: pies perfectos.
—Pasa— invitó con voz musical.
Sinceramente, deseaba ver la dimensión, forma y atractivo de la cola de Anaximandra.
—Sígueme— ordenó a secas
Al volverse, atónito, no pude verle el culo porque algo inusual llamó mi atención; ¡Tenía rabo! Cola, verdadera cola, o eso parecía, aunque se hallaba recubierta de un forro adherido o cocido al pantalón corto que usaba.
Sin lugar a dudas era una broma. No solté palabra alguna, y me limité a agudizar mi observación en su rabo, o lo que había puesto allí, tal vez para tomarme el pelo; ¡Pero no! Era lo que yo creía, en esos segundos, mientras la seguía, observé con mis propios ojos cómo se movía aquella extensión que emergía de entre sus bellas y pronunciadas nalgas.
—Puta madre ¿Qué es esto?— pregunté en mis adentros.
—Pasa— me dijo con naturalidad mientras movía la cola cuya longitud calculé en unos 40 a 50 centímetros.
Obviamente, cuando la conocí, el único despistado que no advirtió que tenía rabo fui yo. Aunque, pensándolo bien, no se dio el momento en el cual pudiera haber visto su rabo.
¿Y la gente? Preguntaba en mis adentros respondiendo a mis propias preguntas:
Pensarán que es una broma, creerán que Anaximandra es completamente chiflada y se colocó en el culo, cocido sobre sus bragas, un resorte con un dispositivo electrónico, mismo Cyborg.
¡Pero que va! Desde un principio supe que es rabo era realmente auténtico.
Anaximandra, solícita y exquisita, dulce y misteriosa, me arrancó de mis propios pensamientos.
—¿Quieres un trago? ¿Cerveza? ¿Escocés? ¿Ginebra?
—¡Caray!- interrumpí— me abochornó con tanta amabilidad.
Observé que Anaximandra sonreía y al mismo tiempo movía la cola. En un momento ella pareció notar mi indiscreta observación. Más culpable me sentí cuando recordé nuestra charla filosófica acerca de los mirones. Empecé a sentime incómodo, y de inmediato, llegaron a mi mente las palabras de Anaximandra. “Se que terminarán escapando de mi”.
Con la mayor discreción posible mientras Anaximandra buscaba los vasos volví a observarle la cola: se movía lentamente, con el movimiento del rabo de una gata, intempestivo, ondulante; recordé a mi gata Pepa, entonces relacioné el movimiento de su cola con el nerviosismo. Cuando la Pepa estaba nerviosa o enfadad movía la cola de la misma manera,
Anaximandra rompió mis conjeturas:
—¿Entonces qué bebes?
—Cerveza— espeté
—Bien, hay unas bien frías en la heladera.
—¿Cómo es que eres tan reflexiva? Me refiero a que no siempre se encuentra mujeres bellas que te den charlas filosóficas.
Pensé de inmediato en su cola. La jodida cola. Mientras Anaximandra sacaba las cervezas de la heladera su cola se meneaba, no podía dejar de mirarla.
Noté que me miraba de reojo, sin lugar a dudas ya había notado que la miraba.
—Qué vergüenza— pensé.
Se acercó y dijo:
—Siéntate en el sillón, o es que vas a pasarte la noche allí parado.
Silencio. Anaximandra servía las cervezas. Pegué una observación al entorno: el departamento era pequeño y acogedor; muebles funcionales y cómodos. Computadora, televisión, todo muy ordenado. El ambiente tenía un ligero aroma a incienso.
—¿Utilizas esos inciensos místicos?— pregunté por preguntar.
—Sí, son relajantes— repuso con suavidad.
—Algo así como místico— agregué.
—¡No! El aroma entra en los sentidos, si es bueno gratifica y produce la natural reacción de placer, un buen olor es un placer. El deseo de alcanzar la tranquilidad del cuerpo. Yo deseo que mi departamento huela bien. Considero necesario estimular el cuerpo mediante el placer de los aromas. Son estadios de la felicidad de la vida.
—¡MI madre! Esta mujer sin cola es sin duda la tataranieta del mismo Sócrates— pensé mientras la observaba sorber su cerveza.
Silencio.
—Puta madre, no sé qué decir, quisiera escapar. Pero no, esta filósofa con cola es espectacularmente interesante.
La imaginé sin pantalones, sin bragas parada frente a mí enseñando su monte de Venus ligeramente sombreado por un incipiente vello púbico mientra su cola de gata daba vueltas asomándose…
Estaba sentado frente a ella como un tonito de capirote, no sabía por dónde abordar la conversación. No sabía qué decir. Era sin duda la cola, la jodida y puñetera cola.
—¿Estás hace mucho tiempo en Buenos Aires?— pregunté.
—No, hace dos años, vine a estudiar, llegué con mi novio y… él ya no está.
—Habrá muerto el pobre— imaginé.
Mejor no comentar ciertas cosas que la gente te cuenta en sus exteriorizaciones: la verdad ya tenía otro tormento: la filósofa con cola era viuda. ¡Dios mío! Todo junto.
—Y sigues estudian…— Anaximandra me interrumpió:
—¡No! Por ahora no.
Anaximandra movía la cola como mi gata Pepa cuando me iba a arañar. Su rostro había adquirido un rictus ligeramente perceptible de severidad; lo trataba de interpretar.
Mi silencio y la cantidad de cavilaciones rompían la atmósfera de paz con la cual sin dudas vivía Anaximandra.
—Te siento y te veo muy tenso. Desconcentrado y por momentos ausente. Cuando te conocí actuabas diferente. Bien, lo que sucede es que no habías observado mi colita.
Anaximandra se volvió irguiendo las posaderas que apuntaron hacia mí, y, movió la cola. Se dio media vuelta y quedó mirándome fijamente para decir:
—¿Y? ¿Te gusta o te asusta?
No sabía qué carajo responderle.
Anaximandra echó una carcajada que sonó a riachuelo andino, suave y distante.
—Me encanta que no hayas hecho ningún comentario a cerca de mi colita. Así nací. El informe médico ilustraba mi excepción: mis vértebras lumbares son diferentes a las tuyas, y mis vértebras coccígeas lo mismo. Mi coxis no termina como el de cualquier mujer, el mío se extiende formando una hilera de vértebras que conforman mi cola. Mi fisiología no es igual a la del resto de humanos.
—Será extraterrestre la hija de su madre— me dije en la mente.
Y luego acotó:
—Para mí, vivir con esto siempre ha sido motivo para pensar mucho.
—Tengo una curiosidad independiente a las millones de cuestiones que quisiera discutir contigo.
Anaximandra esbozó una de sus deliciosas sonrisas y exclamó:
—¿Cuál? Si se trata de mera información o contestar tus inquietudes, te podría satisfacer si puedo responder.
—Bien— carraspeé.
—Cómo es que la gente en el café, todos esos sapos que te miraban no te inmutaron en absoluto y… me parece raro que con tu belleza no te hayas hecho famosa.
—¿Por la belleza o por la cola?
Instantáneamente pensé en las dos cosas. Ver cómo movía la cola, con esos saltos intempestivos que aceleraba y desaceleraba el movimiento como una gata, constituía un espectáculo de belleza indescriptible.
—Tu belleza está en ti y acaba en la punta de tu cola. ¿La puedo tocar?
Terminé preguntando con tonito párvulo.
Anaximandra se me aproximó y pasó su cola por mi cintura.
—Tócala— dijo a secas.
Su textura estaba escondida tras la tela que la forraba; sin embargo su contextura era gruesa; al rodear su cola con mi mano, sentí de inmediato la morfología vertebral de aquella extraña extensión.
Me percaté en un microinstante de pensamiento, y, recapitulando todo lo conversado, que Anaximandra no contestaba muchas de mis preguntas, y, con astucia femenina, y con cola, no solo eludía mis preguntas sino que sus ademanes las desvanecían en la conversación.
—Bien, bien— mascullé.
—Bien, bien ¿Qué?— replicó ella desafiante con cierta ironía en el rostro.
—Bien…. Creo que llegó la hora de irme— divagué.
—¿Qué? ¿Te vas? ¡Viste! ¿Qué es lo que te ha molestado?— objetó a mi información partidera.
—No, nada, no sé lo que estoy diciendo— repliqué sintiendo un incómodo calor tras mis mejillas y la frente.
Resultaba inefable aquella sensación. Pronto mi frente se perló de sudor y me sentí azorado. Anaximandra finalizó su vaso de cerveza y al momento que lo apoyaba en la mesa de centro, las gotas que el frío condensaba en el vaso brillaron anunciando que ya no había líquido ámbar, subí la vista, y, gratificado estudié a Anaximandra mientras se limpiaba la espuma de los labios con el dorso de la mano y sacudía la cola, era una delicia.
Silencio. Anaximandra ya no hablaba, se levantó del sillón y caminó hasta la nevera; incluso su forma de caminar era sensual, cada paso grácil que daba era coronado por su extraordinaria cola.
Aquella noche me despedí disminuido. Anaximandra me dedicó la última hora simples sonrisas, uno que otro fugaz comentario y una que otra mirada intermitente.
Salí de su departamento, enfilé a la avenida de Las Heras y crucé el parque con el mismo nombre sumergiéndome en la penumbra nocturna que proyectan los árboles con sus sombras. Entre los árboles, divisé una parejita haciendo artos toqueteos que mediante la fantasía del deseo traspasan la tela. Seguí caminando imprimiendo algo más de velocidad a mis pasos. En mi mente estaba Anaximandra. Empecé a imaginar:
—Anaximandra famosa, en las pasarelas, vestida con Yves Saint Loren y moviendo la cola ante un público agolpado ante su espectacular presencia. Desplazando a la exuberantes y fornidas vedette, esas entradas en carne que acaparan los programas bobos. Atrayendo la atención del mundo entero, ¡Anaximandra! La mujer con cola.
—Es extraño que no sea famosa con lo sensacionalistas que son en la Argentina.-pensé
Y seguí imaginándola: deslumbrante filosofando sobre la justicia social en un esplendoroso auditorio y rodeada por reporteros amarillos.
La imaginación, funciona como un rayo que al descargar su energía, cambia la imagen; Y la mía, trasportaba a Anaximandra a miles de situaciones. Imaginé a Anaximandra bailando conmigo en una fiesta muy elegante, un año nuevo, yo con smoking y ella con un vistoso traje de noche moviendo la cola al ritmo ondulante y romántico de la música soul… Ya estaba frente a mi casa. Mis pensamientos se esfumaron, y aterricé en la realidad: abrí la puerta la cual produjo un sonido desapacible, y entré silencioso. Anaximandra no escapaba de mi mente.
—Me he enamorado de Anaximandra, o, sencillamente mi propia extravagancia me obliga a interesarme en una mujer diferente, en fin… una tía con cola como una gata. Un fenómeno sin pensar en el eufemismo que arroja la consciencia y el tacto que dicta la misma.
Los días siguientes, en mi amplio departamento con vista al Río de la Plata, diminuta vista, por cierto, pues la pugna de edificios es bestial y el horizonte se va cerrando, sentado en la terraza bebiendo una Corona con limón, evocaba a Anaximandra. El asunto se ponía obsesivo: cuando llegaba a algún supermercado, en el Disco, o en cualquier chino del barrio, me la imaginaba pasar con un carrito recogiendo latas de conservas coloridas, caminando sensualmente y atrayendo la atención de todos con su cola.
Si me iba al teatro, me la imaginaba en escena, actuando ante un público abarrotado que la observaba hipnotizado.
Pensé en la descabellada idea de invitarla al zoológico para presumir con todos los visitantes que acuden a ver los animales cumpliendo cadena perpetua por ser bellos, nobles y naturales; y yo, frente a la jaula de los leones moviéndose inquietos entre moscas, sacudiendo sus colas felinamente, espantándolas, mientras, Anaximandra, haciendo lo propio con la mirada clavada compasivamente sobre los condenados.
—Tengo que dejar de imaginar tanta estupidez— dije en mis adentros.
Me arrellané en el mullido sofá que mandé hacer para mi lectura, suspiré, y tomé la decisión de llamarla para sostener una seria conversación con ella.
—Le diré todo lo que imagino. Le preguntaré ¿Qué siente por mí? ¿Le gustaré?
Todo este cúmulo de inquietudes discurría en mis pensamientos. Tomé el teléfono y marqué: la voz musical de ella, con tonito cálido contestó al otro lado del hilo telefónico
—Hola ¿quién habla?— preguntó.
—Soy yo— informé acentuando mi nombre.
—Ah, tú, bueno… ¿Qué deseas?— inquirió a medias arrancando la melodía cándida y musical de su voz para trasformarla, hábilmente, en una voz indiferente y gélida.
Me confundió. Balbuceé incoherencias.
—O sea… Quería saber, lo mismo te visito.
—¡Habla claro!— espetó imperativamente.
Carraspeé y armándome de valor, escupí la pregunta:
—¿Te puedo volver a ver?
Escuché una risita de acordeón al otro lado de la línea, lo cual me hizo sentir inmensamente idiota.
—Bien, nos podemos ver, te espero en un restaurante en la calle Bulnes con Libertador, el local se llama Paninni, estaré allí mañana a las ocho de la noche en punto. No llegues tarde porque sino me voy, me gusta la puntualidad. No me agrada que me hagan esperar. Buenas noches.- acto seguido, sin dejarme lugar a réplica, escuché el pitido de la línea: había colgado. Reflexioné sobre el tonito que utilizó conmigo, ya no era tan amable, ni formal, mucho menos dulce, más bien sonaba al tono marcial de una oficial de alguna escuela militar desconocida.
Pasé toda la noche sin dormir, la jodida Anaximandra caminaba en todos los vericuetos de mi imaginación, y eso, evitaba que me entierre en el apacible sueño que brinda la árabe almohada; la situación se volvía una real locura obsesiva. Desvelado, con los ojos inyectados y enrojecidos, salté a la ducha sin afeitarme, salí, me sequé, y continuando con el ritual mañanero me senté en el inodoro leyendo el diario del día, y, no fui capaz de concentrarme en las malas noticias y crímenes que publicitaba porque de inmediato mis pensamientos plantearon nuevas interrogantes. ¿Cómo coño hacía Anaximandra para sentarse en el baño con ese rabo? ¿Tendrá una piscina con tierra para hacer sus necesidades?- me pregunté dentro de la locura obsesiva e incoherente que se apoderaba de mis pensamientos. Deseché esa retahíla de locuras sacudiendo la cabeza y me vestí, me perfumé sin ningún afán, y con cierta parcimonia, me preparé un café. Eran las seis de la mañana y decidí salir a caminar un poco por el parque para disipar la figura de Anaximandra de mi mente. Caminé por la avenida Coronel Díaz, era muy temprano en la mañana y los gases contaminantes que eructaban los autos todavía no habían copado el ambiente, la flatulencia mecánica atmosférica no había empezado su labor. Al llegar al Parque de Las Heras inspiré profundamente el aire matutino llenando mis pulmones del oxígeno limpio que, imagino, se encontraba aún entre los árboles del parque. Caminé durante unos minutos sin rumbo fijo observando a los perros con sus cuidadores o paseadores, todos ellos congregados en el centro del parque: una jauría festiva, ladridos, corridas y los canes moviendo sus colas con afán de lealtad única, mientras, sus alternativos custodios, fumaban un inmenso porro alejándose de su realidad mundana. Definitivamente, esa era una buena profesión: cuidar perros; ellos no protestan, no joden, no lloran, no hablan, tan solo ladran y aceptan todo sin queja alguna. Advertí el movimiento de cola de los canes, lo cual me llamó la atención: había perros grandes, pequeños, de raza o chuscos, todos formaban una comunidad admirable. Era imposible no pensar en ese instante en la cola de Anaximandra.
—Sí, pero ella tiene cola de gata —pensé— nada que ver con la zalamería de los perros.
Y es así, los perros son zalameros, les gusta celebrar a sus amos, son amigables si no te muerden a la primera y si están educados en familia. Son obedientes y poseen distintas personalidades que desembocan siempre en una constante atención a las actuaciones de sus amos. Su fidelidad indiscutible ha servido para inspirar a millones de artistas y pensadores. En cambio, los gatos y gatas son diferentes e indiferentes, no se inmutan si el amo llega, y siempre son indefectiblemente relacionados con el diablo y las brujerías. Tampoco persiguen a sus dueños, salvo excepciones, como cuando el amo lleva algún tipo de alimento que a ellos les apasione. El gato y la gata suelen ser impersonales y muy interesados, no son portadores de la fidelidad fraternal que muestra el perro al amo. Los gatos según dicen, son traidores, y si el amo se está muriendo ni siquiera se inmutan, no hacen ni puto caso. Ellos aman la casa, la comida, las gatas si son gatos y los gatos si son gatas, y no se interrelacionan entre ellos con tanta vivacidad como los canes. Mis disquisiciones internas acerca de los perros y los gatos eran el producto de la obsesión llamada Anaximandra. Sentí el deseo de acercarme a los cuida perros para solicitarles una calada de su porro: me levanté de la banca de donde formulaba mis propias observaciones e hice un ademán de saludo, lo pensé, me detuve, me llevé la mano al mentón como la reacción típica del humano indeciso, y reprimí mi reacción regresando a mi asiento. La mañana transcurrió fresca, alegre. Mientras avanzaban las horas llegaron abuelitas dulces, algunas completas, otras decrépitas custodiadas por sus respectivas enfermeras, abuelitos en las mismas condiciones que las abuelitas, niños y niñas con sus respectivas domésticas que los cuidaban. Divisé un grupo de madres jóvenes que empujaban alegres cochecitos infantiles con sus respectivos pasajeros durmiendo, mientras ellas, charlaban de ropa, de moda, de los maridos, de las novelas, de bobadas y de las estupideces clásicas.
—Todo esto es increíble— murmuré en voz baja como un loquito de parque.
Pasé la mañana entera en el Parque nadando en el océano de las observaciones, buceando en las reflexiones más disparatadas, de pronto, miré mi reloj de pulsera y eran las dos de la tarde, no sé ni entenderé jamás como diablos pasó el tiempo, lo único que sé que ella seguía metida en mi cabeza como si me hubieran insertado un chip que irradiaba en mi cerebro la existencias de Anaximandra, la mujer con cola de gata.
Me hallaba verdaderamente extenuado por no haber dormido la noche anterior, y pensándolo bien necesitaba algo de descanso. Me levanté de la banca y salí caminando con dirección a mi apartamento para refugiarme entre las sábanas de mi cama y encontrar algo de reposo, me hacía falta. Llegué a casa y tanto durante el camino como al llegar, hice un gran esfuerzo para no pensar en ella, para apartar de mi cabeza las incoherentes elucubraciones acerca de las posibilidades de vida y rutina de Anaximandra. Cuando estuve frente a mi cama, tras despojarme de la ropa, salté en ella como si fuera la piscina del relax. Quedé profundamente dormido y empecé a soñar: Anaximandra estaba vestida de novia, y yo la esperaba en el altar, el cura nos miraba con la complacencia con la que miran los sacerdotes buenos. Ella venía entrando acompañada de un hombre que en sueños, presumí era su padre, aunque el señor de marras, no tenía cola. Luego, miraba a mi novia, en todo momento buscaba su cola, y ella me miraba embelesada, y yo, me sentía en ese pasaje onírico encandilado por mi bella novia. Era una sensación real. Cuando estuvo a mi lado giré la cabeza para observarle el rabo, y éste se movía arrítmicamente, a saltos, se hallaba forrado de satén blanco con el que decoran los asuntos nupciales, en esos momentos, sentí orgullo por el rabo de mi futura mujer. Eché un vistazo a los familiares y amigos congregados en la iglesia, compartiendo nuestra eterna e indisoluble decisión, y todos lucían felices y sonrientes, definitivamente celebraban nuestro enlace; de un momento a otro, irrumpieron en la iglesia un grupo de periodistas que nos rodeó descaradamente, y como ellos suelen hacer, sin reparo alguno, dispararon sus artefactos que, en sueños, atraparon el instante inexistente. –Saldré en la revista Hola- pensé estupidizado dentro del mismo sueño. Desperté: estaba envuelto en las sábanas, semidesnudo y empapado en sudor; miré el reloj y eran las siete y cuarenta de la noche, o sea, me quedaban exactamente veinte minutos para poder acudir al encuentro de Anaximandra. Me vestí como un rayo, alcancé a perfumarme y salté dentro del elevador, apenas toqué piso salí disparado a la calle a detener un taxi: pasó uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis taxis, todos los malditos taxis se hallaban ocupados, me desesperé hasta que finalmente apareció uno frente a mí que se encontraba disponible, lo abordé y solicité que me lleve a la dirección concertada.
—Rápido señor que me espera Anaximandra— indiqué nervioso.
El taxista, se volvió clavando su mirada sobre mí, y preguntó:
—¿Y quién diablos es Anaximandra? ¿La debería conocer?
—La verdad que no —le dije—. Lo que sucede es que me he enamorado de ella y no me la puedo quitar de la cabeza, disculpe por la tontería que le acabo de decir.
El taxi tuvo que dar varias vueltas por las direcciones del tráfico, y cuando llegué al restaurante Paninni eran exactamente las ocho de la noche con diez minutos, o sea llegaba tarde. Entré a tropezones buscándola con la vista entre las mesas: el restaurante se hallaba atiborrado de comensales, tragaldabas y los personajes pulcros y elegantes que constituían la clientela. Los aromas de perfumes de moda no se encontraban en la atmósfera debido a su dispersión con los olores gourmet de las pastas, las carnes, y otras delicias que devoraban refinadamente los asistentes. Parado a mitad del local, busqué impaciente y desencajado a la camarera, yo la conocía y me había atendido varias veces. Los presentes me echaban observaciones diversas: estudiándome, reprobando mi actitud torpe, sacudiendo la cabeza, o extrañados. Nada me importaba, - que se jodan- pensé- Anaximandra no estaba en ninguna mesa.
—¿Has visto a una chica de cabello negro muy simpática sentada en una mesa esperando a alguien?— susurré con visible nerviosismo e impaciencia.
La camarera me lanzó una mirada de extrañeza, giró la cabeza buscando entre las meses y repuso.
—La verdad, si te fijas bien, aquí hay unas cuantas chicas de pelo negro y simpáticas— me sonrió y continuó atendiendo las meses.
Con marcada imprudencia me volví a acercar a la mujer con ademán insistente:
—Mira, esta chica tiene rabo, cola, no creo que haya podido pasar desapercibida.
La mujer, me volvió a mirar estudiándome, escudriño mis ojos y guardando la compostura y absteniéndose de llamarme loco, informó:
—Difícil que exista una mujer con esas características, la única persona que ha salido de aquí en los últimos veinte minutos fue justamente un chica, pero ya se fue.
—¿En qué dirección?— pregunté impaciente
—Para allá— señaló.
Salí corriendo, y alcance a ver a Anaximandra subirse a un auto deportivo color negro, un auto visiblemente costoso. Le quise gritar, la quise llamar, y ella, mientras que arrancaba me lanzó esa mirada única, sonrió y se despidió para desaparecer en el tráfico de la avenida del Libertador.
Cuando la llamé por teléfono, una voz robótica y gutural me informó que el número no existía. Fui a su departamento, toqué el timbre y nadie contestaba. Estaba parado en la puerta, y el portero del edificio, advirtió mi presencia, salió y me informó que allí no vivía nadie hacía algunos meses.
—¿Quién fue la última persona que vivió allí?— pregunté desesperado
—Si lo quiere saber, se lo diré —me dijo a secas—. Fue una chica joven y bonita que murió en un terrible y trágico accidente automovilístico.
—No le creo— increpé fuera de mí.
—Mire señor, de mi nadie duda— se quejó; acto seguido, extrajo una llave de su bolsillo y abrió la puerta del departamento donde había visitado a Anaximandra: Estaba vació, tan solo unas cuantas revistas se hallaban esparcidas sobre la solitaria alfombra. De repente, un gato negro, con una cola muy larga salió de la cocina. Sentí que la piel se me erizaba.
—¿Y ese gato?— grité desesperado.
El hombre me observó con cierta compasión y con un suspiro dijo:
—Ese no es ese, es esa, es la gata de la señorita Anaximandra, la chica que vivió aquí y murió fatalmente en el accidente, el animalito, nunca dejo la casa, dicen que los gatos quieren más a la casa que el amo.
Hasta el día de hoy me pregunto, si todo fue un sueño, o, si en realidad es necesario que me mantengan encerrado en este maldito manicomio por insistirle a los psiquiatras que conocí a una mujer que ya estaba muerta y encima, tenía una hermosa cola, y a quien de verdad nunca dejaré de amar.

Ivo Moran Albonico Gasparotto:
Este cuento se acabó un día con humo de chorizos, calor pegajoso y con pesar en el corazón.



AXEL BLANCO CASTILLO

Caracas, Venezuela, 1973). Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas - UPEL. Autor del libro de cuentos Al Borde del Caos publicado por El Perro y la Rana y Más de 48 Horas Secuestrada y otros relatos por amazon.com.
Más información sobre sus obras y trayectoria literaria en Suplemento de Realidades y Ficciones:



VECINOS INDISCRETOS [1]
Axel Blanco Castillo ©

—Papi, cierra la ventana que está mirando otra vez.
—Ese tipo no puede ver que entras al baño. Parece que te estuviera cazando las veinticuatro horas.
—No sé… yo no tengo la culpa, papi…
—Claro, las mujeres siempre le vienen con eso a uno, ¿por qué no dicen la verdad?
—¿Cuál verdad?
—Cuál va a ser, que le gustan que se la devoren con los ojos.
—Me ofendes, ¿acaso yo tengo la culpa de que un noventa y nueve por ciento de los hombres tenga testículos por cerebro? Además, ese hombre me parece que está enfermo. Quién sabe… puede que sea un retardado mental.
—Sí, está enfermo de tanto ver por la ventana a las mujeres de otros…
—Lo que te digo puede ser verdad, papi. Hay un alto porcentaje de hombres que tienen el síndrome de Down, y luego de adultos, después de morir sus padres, viven solos en un departamento.
—Tú y tus porcentajes Marilú. Yo creo que ese tipo es más inteligente que tú y yo. Acaso no te das cuenta cómo maneja sus prismáticos, cómo lo gradúa con su dedo. Lo hace como si estuviera investigándonos, con una frialdad que intriga. Te digo que si no captara desde aquí sus pupilas libidinosas, pensaría que es un investigador privado, o un agente del CICPC. ¡Pero míralo!, ni siquiera disimula cuando lo vemos fijamente.
—Cierra la ventana, papi, cómo te gusta abrumarte con la gente.
—Sí, se la voy a cerrar en la cara al tipo ese.
Al día siguiente, Cosme abrió la ventana, y no vio a nadie en la de enfrente. Se sintió cómodo. Se metió al baño, abrió la ducha fría y comenzó a cantar algo como: “La donna è mobile qual piuma al vento muta d’accento e di pensiero…” Marilú se sentó a la mesa de la cocina con el desayuno. Se metía pedacitos de pan en la boca mientras veía la ventana del vecino curioso.
—Papi, dijo en voz alta, por fin el vecino nos dejó en paz.
—Sí, ya me di cuenta. Fue una fortuna abrir la ventana y no encontrarlo pegado al vidrio como un limpiapeceras.
—Aquí tengo tus arepas.
—Okey, tápalas, quiero quedarme un rato más bajo esta agua rica.
—No sé cómo la aguantas tan temprano, parece hielo.
—Me despierta, Marilú.
—Me mata. La prefiero tibia.
Marilú tomó otro sorbo de café, y miró por la ventana. Se quedó con la taza detenida en su boca cuando apareció una mujer mirando a través de los prismáticos.
—No vas a creer esto, papi, pero ahora está la esposa enfocándonos con los prismáticos.
—Bueno, si es una mujer no hay tanto problema.
—¿Por qué?, dijo ella frunciendo el entrecejo.
—Bueno, tú sabes, Marilú, las mujeres no son tan morbosas. Dime, ¿qué puede estar viendo?, ¿el color de nuestros muebles?, ¿el diseño de la cocina?, ¿las baldosas?…
—Yo creo que debemos poner la puerta del baño cuanto antes, dijo ella mordisqueando la arepa.
Cosme salió del baño sin la toalla. Se paró precisamente en el umbral, haciendo una especie de estiramiento físico.
—Pero, qué haces, ¿por qué te paras allí desnudo?
—Vas a ver, se va a asustar…
Cosme se pasaba la toalla por la entrepierna, debajo del sobaco, y detrás de la espalda. Entonces inició una especie de danza sensual.
—No creo que se asuste, Cosme.
—Espera un minuto…
Cosme volvió a moverse, pero ahora como si estuviera practicado un enrevesado número del Kamasutra.
—No voy a esperar más, esa mujer te está buceando. Mira cómo gradúa el binocular, mira cómo se ríe y se lame el labio superior, es una… una…perra…
—Te fijas, dijo Cosme con una sonrisa, ves cómo se siente uno…
—Ah, eso querías muérgano, descobrartela.
—Siempre te vas por el lado de la venganza mi amorcito. Lo que quiero es enseñarte cómo son las cosas, te llevo algunos años.
—Sí, en estos casos parece que me llevas todos los años del mundo, ¿verdad?
—Pero no te molestes, chica. Ya me pongo la toalla, ves, ya me la puse…
—Lo que quiero es que no te comportes como un strippers, que no te aproveches.
—Fue solo una manera de alejarla. A esos fisgones es mejor confrontarlos. Mi primo, el psicólogo, dice que a los sádicos no hay que mostrarles miedo. A veces me cuenta que durante las crisis, ha tenido que mostrarles hasta su miembro para que sepan quién es el jefe.
—¡Por Dios, papi, qué vergüenza! No te creo.
—No, él lo dice muy en serio. Si supieras las historias que tiene sobre las ninfómanas…
—No, no, no, no me cuentes esas cochinadas… mira, parece que se quitó…
—Sí, y mira quién llegó… el fisgón.
—Ay, qué tierno, parece que se trae una cena muy especial, mira las botellas, papi. Champagne, umm, desde cuándo no me haces algo así.
—Bueno, mujer, la masa no está pa’ bollo.
—Mira cómo cenan… ¡qué lindo! Viste, hasta la gente rara es romántica cuando se trata de amor.
—Me conoces, Marilú, sabes que nunca he sido un… romántico.
—Pero es que ni siquiera haces el esfuerzo. Ah, qué preciosa escena, cómo le besa las manos… y el candelabro hace un ambiente formidable… Todo tan cálido…
—Creo que se me aguan los ojos, Marilú. Casi lloro.
—¡Ja, ja, ja!, tienes que aprender papi. Pásame los binóculos porfa…
—Aprender de un par de sádicos, estás loca… toma.
—Entonces prefiero enamorarme de uno.
—Mira lo que dices, luego soy yo el grosero, el de las ofensas…
Marilú se ríe mientras mira cada detalle con los binóculos. Cosme se queja mientras ella describe cada movimiento de los vecinos.
—Parece que conversan. Mira, ahora se levantan. Creo que ya cenaron. Él tan caballeroso, le retira la silla delicadamente, ah, si tú lo hicieras, colocaría un cuadro tuyo en medio de la sala.
—Ya basta, Marilú, ¿acaso no te has dado cuenta en lo que nos hemos convertido?
—Sí, en un matrimonio aburrido.
—No creo que lo entiendas, chica.
—Sí, ahora lo entiendo y muy bien. Mira, se dirigen al cuarto… qué rico umm.
—¡Basta, Marilú!, no hago más este papelito.
—¿Cuál papelito, chico?
—Pues, el de un miserable fisgón.

[1] Inspirado en la película “La Ventana Indiscreta” (1954) de Alfred Joseph Hitchcock
Relato publicado en el libro “Al Borde del Caos”. Editorial El Perro y La Rana. Colección Páginas Venezolanas.



JAVIER DICENZO

Nacido en San Pedro, Provincia de Buenos Aires, Argentina, publicó en diversos medios y antologías nacionales e internacionales. Socio de SADE-Baradero, de la Agrupación Mallorca San Pedro, de la Asociación Alaire, España. Premios nacionales e internacionales en poesía y narrativa. Suscriptor de Alas del Alma, revista argentina.
Libros publicados por Editorial Tierra: Detrás de los espejos del tiempo (poesía, 2002), Destello de los pájaros perpetuos (poesía, 2008). Detrás del horizonte (relato, 2013). También es autor de la novela La ciudad de hierro (Ediciones El Escriba, 2017).
Becado en el libro Árido umbral por la Asociación Alaire y en antología bilingüe para 2018 en Editorial de los Cuatro Vientos. Un premio tablet por el poema El valor del trabajo, publicado en Diario del Viajero. Ha sido también incluido en Poesía y Narrativa Hispanoamericana (Madrid, Lord Byron Ediciones, 1916).


EL ASESINO DEL ORO
Javier Dicenzo ©
A Agustina, telefonista de Editorial
Cuatro Vientos, en la espiritualidad

Roberto, el asesino, bajó de su barco, amarró él mismo con una cuerda, luego miró en derredor. Penetró el campo, y tomó su cuchillo, subió por una escalera a una torre.
—¿Quién eres? —pregunta un señor.
—Soy un asesino.
El asesino clava su cuchillo en el cuello. Luego de matarlo, sube por una habitación a la torre. Se le presentan varias personas, y las va matando a todas. Luego, abre el cofre y toma el oro. Con el oro, desciende por la escalera, y va hacia el campo, en el campo atraviesa un lugar. Luego de varias horas, se adentra en la maleza, y ve una luz, luego de varias horas se acuesta a dormir. A la mañana, toma el oro, y va hacia el barco, se sube a la embarcación. Es de noche, y luego de años, el asesino se sienta en la mesa y mira su botín. Luego de años, llega a ser rico y se casa con una mujer hermosa. Un buen día llega a un lugar, y se mira en el espejo, sonríe. Varios años después regresa al campo y no conoce el monte, avanza, camina por el sitio, y ve solamente en el suelo desértico una moneda de oro y ve el rostro del metal y tira esa moneda al río.


EL PERRO
Javier Dicenzo ©
Dedicado a los pequeños animalitos solitos.

El perro miró su mano, no podía comunicar a su amo qué quería comer.
Luego a la tarde, los gallinazos se toparon con Macondo, el hombre leía mucho Cien años de soledad.
El animal raspaba la puerta, y sonó un celular. El amo fue en busca del aparato.
Junto a la puerta, estaba otro perro, luego de un tiempo, el amo siguió leyendo El coronel no tiene quien le escriba.
Paso la tarde, el perro intentaba decirle algo a su amo, en el firmamento los gallinazos se morían.
Luego de varios días comenzó a llover, la TV no andaba, entonces, el amo tomó su cinto.
Golpeó al perro, y este solo lloraba.
Muchos días pasaron, el perro quería decirle algo al amo entonces indicó con su pata un lugar.
Allí el amo vio que una paloma estaba herida, entonces fue hasta el pozo y tomó al ave.
Desenterró unas monedas de allí y luego de curar a la paloma, siguió leyendo Cien años de soledad.
El perro se puso triste, el amo era muy distante.
Con los años quedó la casa sola y solo se oía un lejano viento, y así paso el tiempo.
Un día llegó un hombre y vio cómo el lugar estaba lleno de relojes.


LA SERPIENTE
Javier Dicenzo ©
A Rafel Calle

En un campo, en medio de unos árboles, apareció una serpiente. El animal quería llegar a un arroyo cercano, y reptó por el lugar. De pronto, un cazador la quiso matar con un palo, y el animal se metió en un túnel. Desde el túnel atravesó varios lugares, hasta que llegó al arroyo. Tras un tiempo allí, decidió irse del campo. Para ello se metió en un camión, y así viajó hasta una ciudad. Después de varios días, desde la ciudad reptó hasta un zoológico, y allí permaneció por muchos años. Hoy es lunes, y estoy metido en una cápsula en el espacio. Llevo conmigo a la serpiente. Yo soy el cazador y logré atraparla, para tener a este animal conmigo. La liberaré en la luna, en un rincón, para que repte por varios años. Algún día yo seré una serpiente y reptaré por los campos de mi ciudad.



KOMODO

Surfero, poeta, dramaturgo, novelista y cineasta amateur, Komodo es un escritor guipuzcoano nacido en España en 1977 que actualmente reside en Dublín, Irlanda. Dedicado a pagar sus estudios de aviación, ha trabajado en todos los continentes del mundo, casi siempre en recursos humanos, tratando de hacerlos un poco menos inhumanos de lo que ya de por sí son.
Actualmente trabaja en su segunda novela, ambientada en las Filipinas españolas que vivieron la guerra de la independencia y la conquista norteamericana de 1898. Escribe además una obra de teatro sobre el sector inmobiliario en España en el momento previo a la crisis del 2008 y un guion cinematográfico sobre un irlandés que huyendo de la corrupción de su país la encuentra de frente en México antes de ser asesinado.
Komodo nunca ha publicado su obra ni ha colaborado con revistas literarias. Realidades y Ficciones le brinda ahora la posibilidad de publicar algo de su extensa obra.


NI MÁS EMPRESA QUE MI CORAZÓN
Komodo ©

Ni más empresa que mi corazón
ni más patria que mi espíritu
ni más ley que los océanos
ni más Dios que yo mismo.
Ni más filosofía que un beso
ni más bandera que una sonrisa
ni más arte que mi música
ni más religión que este grito
ni más amor que mi chica
ni más verdad que un amigo
ni más sueño que la realidad
ni más lucha que mis principios.


IMAGINA
Komodo ©

Imagina que la vida es tan bella como tú la sientes
que la verdad es la tranquilidad que recuperas
en los ojos de los que te quieren
que los sentimientos son olas
que tu aliento es el viento
que tus raíces son los árboles que más te gustan.
Imagina que estás viva y verás que todo tiene solución
que el amor por todo es el único camino
que eres una buena persona
que puedes mucho más de lo que crees.
Imagina que te quiero
Imagina recorrer juntos Sumatra en moto
imagina que imaginas
y ahora
pon tu imagen en las olas, en el viento,
en tu vida y en tu trabajo
en los que te quieren,
pon tu imagen en mi retina
en los árboles del camino
imprime tu imagen en mi vida:
y hazme a imagen de tu bondad.
Obsérvalo, date cuenta,
puedes volar.
La realidad es en sí maravillosa:
No necesitas imaginar.


LA MALETA
Komodo ©

Tengo una vieja maleta que no pienso abrir. Tiene pegatinas de viajes de aeropuertos perdidos, sellos de colores de facturaciones de barcos con los que crucé mares lejanos, y pequeños agujeros de termitas de las selvas en donde dormí. El asa rota, la piel desconchada, los bordes roídos y dañados y al mirar las protecciones de las esquinas, veo que están tan gastadas que ya no protegen nada; y solo son el recuerdo de alguien que quiso protegerla. Está en una esquina de la habitación de los trastos; de vez en cuando la miro, pero no la quiero ni tocar. Me recuerda cómo la llevé hasta el fin del mundo. No sé lo que hay dentro ni me importa.
No debiera ser así, pero a pesar de que ya no la uso, cuando preparo mis cosas para volver a salir de viaje pienso en que si la pudiese volver a utilizar, todo entraría en ella; y como todo quedaría allí dispuesto y ordenado en su lugar perfecto. Sé que fui feliz al usarla, creo que es porque me sentía muy seguro de ella.
Me enfada recordarlo; debe ser quizá que sé que es la mejor maleta que jamás he tenido.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 78 – Septiembre de 2018 – Año IX
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral
Exp. 5347864 del 20/10/2017, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.

Propietario y Director: Héctor Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 75:




Colaboradores

Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 72:



Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
@mon_villarreal
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:



El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite AUTORES.

 @RyFRev Literaria

 @RyF_Supl_Letras

Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.


"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm

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