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lunes, 14 de febrero de 2011


ALEQS GARRIGÓZ


Alejandro Garrigós Rojas nació en Puerto Vallarta, México, el 9 de marzo de 1986. Reside en Guanajuato. Poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Inicia su carrera literaria publicando Abyección (2003). Trabajos posteriores son: Luces blancas en la noche (2004), Perturbación de la mente (2004), La promesa un poeta (2005), De naturaleza amarga (2007), Los muchachos (2007), Páginas que caen (2008), Descargas eléctricas ligeras (2009), El primo (2009), Ensayo y error (2010). Premio de Literatura Adalberto Navarro Sánchez 2005, otorgado por la Secretaria de Cultura de Jalisco. En 2006 aparece incluido en la antología Nueva poesía hispanoamericana, a cargo del escritor peruano Leo Zelada. Premio de Literatura 2008 de la Municipalidad de Guanajuato. Ha publicado poemas en diversos medios impresos y electrónicos de México y Latinoamérica.

regresoalestadodegracia@hotmail.com


EL AMOR ES MÁS FRÍO QUE LA MUERTE
de Aleqs Garrigoz ©

El amor es un viento que te quiebra
como un golpe violento a un delgado cristal,
o una estalactita que se va clavando en tu pecho
segundo a segundo a segundo a segundo.
Es también, un ronco metal que te aplasta
o las vías de un tren que no conducen a ningún lado.

Hay veces que buscas tu pulso
y preguntas –¿estoy vivo?
porque el susurro de los pasos más tibios
va cruzando la lejanía; tan lejos, tan lejos,
donde el horizonte se vuelve un filo inapelable.

Hay veces que plegado en ti mismo,
como una flor colmada de rocío,
piensas en una ternura inadmisible, en un beso
o en un adiós que el ojo no lloró;
y las ventanas se van tapiando de escarcha
y la cama se erige en un témpano de hielo humeante
y la alcoba se torna en congelador de carniceros.
Pero afuera se siguen abriendo de Primavera las flores
y los días trascurren para otros
benignos, cálidos, aromados.

Hay veces, muchas veces; suficientes veces.

Y el corazón late ya a penas, endureciéndose o derritiéndose,
lo mismo que un puñado de granizo.

Frías son las incesantes búsquedas del ahínco
y de la incertidumbre los laberintos abstrusos.

Y es más frío aún, el amor,
que la muerte.




CHRISTOFER Y CLAUDE
de Aleqs Garrigoz © 


Los tímidos labios del joven poeta abrieron sus comisuras para intentar liberar, como a un tesoro, el pudoroso secreto que ocultaban. Su bello amigo observaba las flores abiertas, detrás de la ventana humedecida por la matutina llovizna. La visión del rocío en las hojas exteriores lo había mantenido en una absorta contemplación. Pensaba en que el rocío se semejaba a las lágrimas, cuando la voz de su compañero quebró el silencio suspendido. 
–Mi corazón alberga la vergüenza. 
Pero no hubo respuesta. El silencio se reconstituyó en el ambiente, deliciosamente penetrado por el melodioso canto de un jilguero extraviado, de vez en vez, a intervalos matemáticos. 
Christopher desabrochó un botón de su camisa de holanes blancos y palpó su lívido pecho en dirección a su corazón. Sintió el ritmo de éste y no pudo evitar pasar la mirada por los verdosos conductos de sangre en sus brazos. Los rastreó hasta sus afilados dedos. Uno de sus dedos se posó en el cristal empañado y éste derramó una lágrima. La contemplación del jardín exterior ya no le pareció tan interesante, pues, su interés había regresado del jardín saltando por la ventana de madera y se deslizaba con pasos medidos por el salón. Pero su mirada permanecía hacia el frente, de espaldas a Claude. 
Claude llevó un dedo a sus rizados cabellos y haciendo la mueca del que persiste en un intento arriesgado se acercó a su igualmente joven amigo. Tocó su hombro sobre su gabardina exhalando su aliento sobre el cuello blanco y limpio. Christopher cerró los ojos y un escalofrío le produjo un agradable estremecimiento. Fastidiado por tantas frases ignoradas y por la molesta certeza de la burla, Claude jaló del hombro de Christopher en un rápido movimiento, volteándolo violentamente. Entonces, éste, haciendo una elegante mueca de extrañeza, lo mira fijamente a los ojos. Claude tiembla y baja la mirada. El rubor de la rosa se instala en sus mejillas. Arden y el momento le es insoportable. Quiere caer de rodillas rindiendo sus tensados músculos. Desea caer en los zapatos de Christopher y llorar hasta producir una inundación. Pero resiste y permanece de pie en la plena experimentación de la culpa. Siente esa fuerza que lo obliga a doblegarse y de su boca escapa un gemido. Grita angustiosamente sin producir sonido y un eco muerto se multiplica interminablemente en la habitación. Christopher lanza estridentes carcajadas y sale de la habitación azotando sonoramente la puerta. 
Para cuando éste ha regresado, a la hora de los vespertinos fulgores, encuentra a su amigo en la misma habitación sombría. En la cara de Christopher se adivina una sonrisa apenas notoria. Las sábanas siguen desordenadas. Por todo el cuarto se dispersan hojas de papel con notas y dibujos envejeciendo prematuramente. 
–Solo quise decirte que… 
Pero Claude es interrumpido. Christopher posa su fría mano en esa boca trémula para luego, aposentar sus labios de palpitante color púrpura en ella. El beso arrebata los sentidos de Claude y los eleva más allá del éter divino, por sobre la bóveda de las destellantes y azules estrellas. Placenteras visiones se proyectan velozmente en su mente: los recuerdos de su infancia sobre el musgo delicado, los copos de nieve cayendo desde la aurora, el envolvente índigo de los vastos océanos. Llora por lo hermoso del instante y ruega por su eterna prolongación. Pero el beso cesa en un brusco abandono. El recuerdo de esta gloria corre a perderse a los cajones de la imprecisa memoria, dejando tras de sí una pesada estela y una amarga sensación de despojo. Su cuerpo, vaciado de energía, está excesivamente cansado y siente unas ganas incontrolables de tirarse en la cama y dormir. 
–Lo sé. 
Fue la respuesta a la confesión de amor, a la entrega incondicional jamás realizada. 
Entonces Claude, sintiéndose terriblemente desnudo, palpa su cuerpo delgado para reconocer sus ropas. Supo entonces y para siempre que pertenecía a Christopher; recordó el extraño día en el cual Christopher entró en su vida y se quedó, sin más, desde el principio; recordó las aves comportándose de forma inusual afuera de su casa; pensó en las velas cuyas mechas ardían o se extinguían como si estuviesen vivas. Y justo en ese instante, Christopher tocó una de las cortinas de vaporosa gasa, y ésta simplemente comienzo a incendiarse.



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Nº 13 – Febrero de 2011 – Año II


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