sábado, 1 de junio de 2013

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 57 – Junio de 2013 – Año IV
ISSN 2250-5385
Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

Sumario:
Liliana LAPADULA (Argentina)
• Miguel Ángel ALLOGGIO (Argentina – Francia)
Eva MEDINA MORENO (España)
Alejandro HERNÁNDEZ MURILLO (México)
Marcelo VILLA NAVARRETE (Ecuador)
Alina VELAZCO RAMOS (México)
Norberto PANNONE (Argentina)
Ana Claudia DÍAZ (Argentina)
Aura BANKS (Venezuela)
Anna BANASIAK (Polonia)


LILIANA LAPADULA


Nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires. Es poeta, libretista, arteterapeuta y coordinadora desde 1988 de los talleres de escritura y recitales de Poesía y Música La Palabra en Movimiento”.
Egresada del Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER), asiste entre 1983-1987 a los talleres literarios de los escritores Marta Braier, Enrique Blanchard y Mario Morales. Fallecido este último, a quien considera su maestro de poesía, comienza a coordinar sus propios talleres.
Ha publicado “Pasillo negro de flores rotas” (poesía, Buenos Aires, Editorial Filofalsía, 1988) y en la Antología Internacional “Mujeres Poetas en el País de las Nubes XIII” (México, 2005). Últimamente, en la Antología "Bardos y des-bordes" y “De ramas y remas” (poesía), por Editorial Tersites (Buenos Aires, 1913).

Su obra inédita consta de cinco libros de poesía, uno de cuentos y varias piezas breves para teatro.
Obtuvo algunos premios y menciones, entre ellos: 2° Premio Juegos Florales (narrativa) 1984 en la Municipalidad de Vicente López; Mención Honorífica en el Certamen de Poesía 1991, Editorial Vinciguerra y Premio Autor Local 2007 en el Primer Certamen Nacional de Poesía de la Municipalidad de Gral. San Martín.
Ha coordinado ininterrumpidamente sus talleres de escritura y recitales de Poesía y Música en el Círculo de Bellas Artes de Buenos Aires, hasta 1998, en la Sociedad Francesa de Gral. San Martín, de 1999-2000 y desde 2001 a la fecha, en la Biblioteca Popular del mismo Partido, donde además desarrolla su actividad como arteterapeuta.
Ha publicado en distintos foros nacionales e internacionales de la web y participado activamente en encuentros de lectura y congresos de poesía desde 1983 a la fecha.

Co-coordina desde marzo de 2010, con la escritora María Julia Druille, el ciclo La Serendipia” – Encuentro de Escritores en el Centro Cultural “Mordisquito” de la ciudad de Buenos Aires.
Es integrante del elenco de la Comedia Municipal de Gral. San Martín, dirigida por el profesor Miguel Cavia, con quien estudia teatro desde 2004.
Como arteterapeuta se ha desempeñado en diversas instituciones culturales y de salud y ha participado en distintos congresos internacionales con ponencias y talleres multidisciplinarios (Río de Janeiro 2005, Montevideo 2006 y Buenos Aires –IUNA– 2007).
También fue jurado en distintos certámenes nacionales de Poesía.
En 2012 fue distinguida con el Premio “Mujer en las Letras”, otorgado por la Asociación Civil de Empresarias y Profesionales (ACEP) del Partido de Gral. San Martín).


EL SOPLO
Liliana Lapadula ©

Y como el despertar hace al día
y el viento a la pleamar
así la palabra al aliento
dándole sentido
en la premura
que reclama el poema.


BAJOFONDEANDO
Liliana Lapadula ©

Hay quienes duermen
abajo, en el bajo fondo
y copulan con la oscuridad
y empollan en el charco.
Hay quienes dividen
para que reine la sombra
y no multiplican
para enaltecer el sueño.
Hay quienes
ante el desasosiego
claudican, resisten, traicionan
o se despiertan.


TRES SECUENCIAS
Liliana Lapadula ©

I
La calle, lejos del espejismo
arroja a mis pies
mareas de lirios.

II
Acuarelas de otoño:
hay una luz exigua
pero feroz como el alba
que te nombra.

III
Distancia
–necesaria a todo renacer–
Rebelión.


SERENDIPIA
Liliana Lapadula ©

a Mónica Musante
Camino abierto
amplitud que desata
el ardor de los sentidos.
Pasos en el centro
del corazón
en la otredad de la tierra.
Azul-siena, vuelo rasante
ripio entre altivos árboles
de hojas nuevas.
Melodía que asciende
y se convierte en águila.
Claroscuros de un eterno viaje:
serendipia
sendero de abundancia y piedras.


POEMA ESCRITO EN UNA SERVILLETA
Liliana Lapadula ©

Y puedo escribir estas palabras
en la certeza del amor
que es sabio y responde
a veces, con silencios.
Cae una hoja
en la tarde semiplana
de octubre.
Cae como cae cada noche
mi mano dormida
sobre tu boca ausente.


DES-VELOS
Liliana Lapadula ©

I
Gira la incauta alondra
en un cielo dividido
cae con sus alas cuajadas
por la luz, apenas visibles.
Redobla el tambor sobre mares negros
compilados en martirios y ceniza.
Ah! la inquisición con sus monedas
de oropéndola y glamour.

II
Aparto mis ojos del funeral
de los inocentes
el aire es demasiado espeso
esta mañana. Un azul más intenso que
las sienes del alba
entrelaza sueños Van Gogh
y torbellinos del Louvre.
Todo parece detenido por el aliento de Dios.

III
Detrás de las cortinas de humo
otros hombres
avanzan hacia el centro mismo
de la Cruz.
Palabras certeras
cubiertas por el resplandor
de oriente
enquistan su lumbre en el alma.


LA POESÍA
Liliana Lapadula ©

Hija del espíritu y la palabra
tiene voz propia
y ejecuta su fuerza
misteriosa
y no retrocede ante
la sombra
sino que, la convoca
para darle identidad.



MIGUEL ÁNGEL ALLOGGIO

Nacido en 1955 en la ciudad de Buenos Aires (Argentina) y está radicado en Villeurbanne (Lyon, Francia). Nos dice que a partir de 1973 participó activamente en la creación de una revista underground de rock “El Hemofílico”, de marcada tendencia surrealista. En 1977, la dictadura de entonces prohibió la publicación y pasó cuatro meses en la cárcel. Al salir, descubrió que algunos de sus amigos y vecinos habían desaparecido misteriosamente, y decidió irse del país. Viajó a dedo, pasando por casi todos los países de América Latina y llegó a México, donde las recomendaciones de Octavio Paz lograron que le publicaran tres cuentos en suplementos culturales. En 1980 volvió a Buenos Aires, y al ver cuánto habían destruido el país y cuánto lo acosaba todavía la policía, decidió exiliarse definitivamente en Francia. Antes de salir de Argentina, indignado, quemó sus libros y demás escritos. Una vez en Francia, dejó de hablar castellano y aprendió el francés; tanto horror guardaba de la dictadura y de lo que los militares le han hecho siendo apenas un adolescente, que incluso esa única patria –el idioma– deseaba arrancarse del alma. En 1996, escribiendo en francés unos cuentitos para sus hijos, dice que le empezaron a salir, en castellano, extrañas e inquietantes historias. Y comenzó a darse cuenta de que ellas le traían todo el pasado que durante dieciséis años trató de destruir. De esa manera fueron apareciendo sus libros: “Tristes Metonimias” (cuentos, Canarias, Baile del Sol, 2011), “El amor ahogado” (novela, Barcelona, Hijos del Hule, 2005), “El tesoro del odio” (novela) y “Los encontrados” (novela), las dos últimas por Editorial Proa -versión digital- Editorial Emooby, Buenos Aires, 2011.


LOS PAJARITOS
Miguel Ángel Alloggio ©
Para Cármen

Con la finalidad de hallar en mis agujas para coser zapatos la curva deseada, tomé dos de las que utilizo en tapicería, y sosteniendo primero una y después la otra con una pinza sobre la llama de gas, logré calentarlas hasta el rojo vivo y enderezarlas a voluntad. Una vez terminada esta operación noté que las agujas se habían puesto negras. Entonces tomé Scotch-Brite y comencé a frotarlas entre mi índice y mi pulgar. Esta acción me recordó un hecho acontecido en la ciudad de Monterrey, Méjico, allá hacia el ’78, cuando yo, que vivía en el DF me paseaba por esa ciudad del norte de ese país.
Narro el hecho referido:
Un millonario mejicano del nombre de Emiliano Pancho Noriega Villa, siguiendo los impulsos de su pasión desenfrenada por las aves, se había hecho construir una docena de jaulones de tamaños diferentes, y en ellos encerraba un gran número de especies. Para el buen mantenimiento de ese sitio, Noriega Villa había contratado los servicios de muchas personas.
Entre esos empleados y esos pájaros destacaré tres: Diego Cipriano Chávez Rivera, quien me contó esta historia como yo se las cuento a ustedes, y los dos protagonistas del hecho: Mercedita Gusmán Concha, una chica oriunda de Guatemala, y Miguelito, un canario amarillo que Noriega Villa había comprado en Japón.
La misión de Mercedita era –y con esto comprenderán por qué recordé este hecho en el momento de pulir mis agujas– la de masturbar a Miguelito para impedirle que inseminase otras aves. Para cumplir con su deber, Mercedita venía cinco veces por día, a veces ocho. Ella tenía apenas quince años y era bajita y menuda; creo que su peso no excedía los veintinueve kilos.
Al principio Miguelito no se acercaba, entonces el mismo Diego Cipriano, me contó, debía entrar en la jaula, atraparlo con una red y dejarlo con Mercedita, quien lo recostaba en una de sus manos, soplaba para separar las plumitas de su pubis, tomaba su minúsculo miembro, y con aquellos deditos finísimos que tenía sacudía el alfiler hasta que la eyaculación aconteciese.
Al cabo de tres días a Mercedita ya no le hacía falta llamar a Diego Cipriano, apenas el emplumado la veía volaba inmediatamente hacia ella, se agarraba al alambre tejido de la puerta, y cuando la chica entraba se posaba en sus manos. Después, al cabo de una semana el bello canario pasaba todo su tiempo volando cerca de la puerta, esperándola. Una noche, Miguelito se posó en el hombro de Mercedita, y extendiendo su tripita dura como metal le hizo comprender que deseaba ahí unos besitos. La muchacha, sensible ya a los deseos del canario, lamió con su lengüita rosa una y otra vez la punta del pájaro, y también se la besó mucho.
Miguelito ya no iba a tratar de hacerse amar por otras hembras; la que deseaba hasta la angustia, la que amaba a lo largo de su vida era esa indiecita tierna, con manos dulces, y suaves como terciopelo de seda.
Diego Cipriano no fue testigo de los hechos, no hubo testigo para aquellos hechos, nadie nunca vio nada de lo que pájaro y mujer hicieron, no obstante mi interlocutor me dijo que Mercedita empezó a tener vientre, y a tal punto que debieron llevarla de fuerza al médico.
–Estás embarazada.
–¿Mande, Doctorcito? ¿Y de quién ‘e el niño entonceh?
–Tú debes saberlo, pues.
Y fue así que meses después el vientre de Mercedita llegó a ser más grande que ella misma, hasta que una mañana su madre llamó por teléfono para informar que su hija había sido llevada de urgencia al hospital para parir.
–Empuja pues, empuja, niña –le decía la partera. Y Mercedita empujaba y empujaba.
–Empuja, niña, pues empuja, Diosito Santo.
Y de repente se oyó un puf. Y una nube de plumas amarillas invadió el cielo eclipsando el sol.



EVA MARÍA MEDINA MORENO

(Madrid, España, 1971) Escritora. Licenciada en Filología Inglesa y Profesora de Educación General Básica por la Universidad Complutense de Madrid. Diploma Superior de Inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de Madrid, y The Certificate of Proficiency in English por la Universidad de Cambridge. Tras el Período de Docencia del Doctorado en Filología Inglesa de la UNED, investiga en el campo de la Literatura Inglesa del siglo XX y Contemporánea, trabajo que compagina con la escritura de su primera novela.
Premiada en el I Certamen Literario Ciudad Galdós por su relato “Tan frágil como una hormiga seca” (Editorial Iniciativa Bilenio S.L. 2010). Seleccionada en el V Premio Orola, en cuya antología se incluyó su cuento “Mi bodega” (Ediciones Orola S.L. 2011). También han publicado sus relatos en revistas literarias digitales e impresas de España, Hispanoamérica y Estados Unidos, como Letralia, Cinosargo, Otro Lunes, Almiar, Groenlandia, Narrativas o Solaluna. La revista de creación literaria La Ira de Morfeo ha hecho un número especial con algunos de sus cuentos.


BLANCO SOBRE NEGRO
Eva María Medina Moreno ©

Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color −rojo, azul y negro−, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico.
Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca in-tentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del ce-nicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista.
Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión; demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III.
Di a la “r”; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Solo sentarse frente a una pantalla tan blanca atemorizaba; parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado.
Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la “r” y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro. “Espalda recta, ojos al frente”, me dije acordándome de la mili, “al objetivo”. El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo. Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil.
Cómo empezar. Ricardo, a sus treinta y cinco años. Horrible. Ricardo, hombre sincero y robusto. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres; mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo y portátil, y fui al baño.
Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua; amarillenta. No quise seguir indagando.
Fui al salón. Me dejé caer en el sofá. Puse los pies sobre la mesa, pensando que mañana, mañana empezaría la novela.


LA NÁUSEA
Eva María Medina Moreno ©

Cuando desperté ya había oscurecido. Me quedé frente al espejo del baño. Examiné mis ojos, bajando, con la presión del índice, el párpado inferior, y, después, subiendo el superior; primero el izquierdo, luego, el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través de los ojos hiciera una especie de scanner y comprobase que todos mis órganos funcionaban bien.
Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba. Todo seguía igual; solo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente. Pensé en esas motas uniéndose hasta for-mar esa alfombra, tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta.
Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cor-tina amarillenta y miré tras el cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar seguían mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más claro con franjas amarillas en hojas dentadas. Espinas pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis pulmones convirtiéndolos en uno, y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía que mis pulmones se pegaban a la tráquea, replegándose. Me quedé quieta, intentando no pensar, se me pasaría.
Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros ladraban tanto.
Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis de-dos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios? No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me pasaría.


ABURRIMIENTO
Eva María Medina Moreno ©

Acaban de comer. Él pasea su mirada por la habitación. Su fláccida y pálida barriga asoma por los botones mal abrochados del pijama. Ella mira por la ventana. Entre ellos, una mesa camilla con restos de comida. Al fondo, la televisión encendida.
Ella sigue mirando a la calle. Su melena es bicolor; castaño oscuro y rubio platino. Su cara, sin lavar, muestra la opacidad de un maquillaje mal aplicado. Unos labios extremadamente rojos, pintados con un carmín barato. Colillas impregnadas de bermellón saliéndose de un cenicero de cristal.
Él se levanta de la silla, y, antes de sentarse en el sofá, aparta unas revistas viejas. Gotas de sudor resbalan en su calva, deslizándose por pelos grasientos de la nuca. Con la manga del pijama se quita el sudor y coge el mando de la tele, pasando de un canal a otro. Mira hacia la pared, donde un reloj redondo, de fondo blanco, cuyas manillas y números son del color del metal, está parado a las cuatro. Le divierte imaginar que funciona. Todos los días se pone frente a él antes de la hora, y siente el minuto que transcurre desde las cuatro como el único real en su vida.
Ráfagas de un aire cálido mueven las cortinas. Ella retira platos y cubiertos con el antebrazo, y saca del bolsillo de la bata unas cartas desgastadas. Empieza su solitario. Él fija la vista en un ventilador que está en el suelo; las aspas metálicas giran lentamente.
El hombre le pregunta a la mujer por la llave. La mujer le contesta, con desgana, que la busque.
El hombre se levanta con pereza del sofá y se acerca a la mujer. Le vuelve a preguntar por la llave. Ella le dice que busque, y le canta: “¿Dónde está la llave matarile, rile, rile?”. Él: “Si no me dices dónde está…”. “¡Qué! ¡Qué vas a hacer! ¡Qué coño vas a hacer tú!”. “Dime dónde está”, dice él. Ella se ríe, lo insulta. Él vuelve a preguntar. “Busca, busca”, se oye. Las manos de él sobre sus hombros. “¿Qué pasa? ¿Acaso me vas a estrangular? ¡Anda aprieta! ¡Aprieta cobarde!”. Unos dedos gordos agarran su cuello. “¿Me lo vas a decir?”. Las manos presionan con fuerza. “¿Dónde está?”. “Adivina”, dice ella con voz apagada. El hombre aprieta más fuerte. “¡Me lo vas a decir, hija de puta, me lo vas a decir!”.
El cuerpo de la mujer cae al suelo, inerte. Él se sienta en el sofá. Imágenes en la pantalla. Mira el reloj. Espera a que sean las cuatro.



ALEJANDRO HERNÁNDEZ MURILLO

Nacido en la ciudad de México (1973), criado en Nanchital, Veracruz, pero radicado en Pátzcuaro, Michoacán, desde hace algunos años, estudió Licenciatura en Comunicación Audiovisual en la Universidad del Claustro de Sor Juana, así como estudios de cine en el CUEC (UNAM). Escribe guiones de cine. Ganó mención honorífica en el CIGCITE (Centro Internacional de Guionismo de Cine y Televisión) en 2005.
El resto de su extenso currículo se encuentra en el Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 51 – ver: http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.ar/2011/12/suplemento-de-realidades-y-ficciones-n.html.


DOPPELGÄNGER
Alejandro Hernández Murillo ©

–No me gustan los pueblos pequeños –me dijo–. Me siento muy extraña en ellos, como si me hubieren alcanzado y tengo miedo de toparme a mí misma en cualquier momento. Por eso viajo, por eso me mantengo constantemente yendo de un lugar a otro.
»Sé que viviendo así nunca haré raíces.
»Sé que este tipo de vida no cualquiera podría sostenerlo, soportarlo y seguirlo. Lo sé. Y… y… no me importa –dijo y mintió–. Lo supe porque se le quebró la voz y el brillo de sus ojos hacía mucho que había desaparecido.
No quise preguntarle nada, supuse que las razones por las cuales había decidido vivir así sólo le correspondían a ella. Pero también tenía ganas de platicar, quizá desahogarse de una forma u otra. O quizá a todo aquél que conocía en su viaje eterno le contaba la misma historia una y otra vez tal vez sino buscando ayuda, por lo menos cierta simpatía. Así que la escuche, durante toda la noche la escuché.
Viajábamos en tren de Venecia a Viena. A pesar de que yo tenía el boleto de primera clase del eurorail que había comprado desde México tiempo atrás cuando me hice de los boletos y arreglos necesarios para mi viaje a Europa, la demanda de trenes a Viena era tanta que apenas si alcancé a tomar el tren pero no pude conseguir asiento ya que estaba completamente lleno así que al igual que una gran mayoría tuve que viajar toda la noche en los pasillos del tren.
Irme parado era demasiado cansado por lo que me fui a la cafetería y ahí estuve perdiendo el tiempo, aguantando el sueño lo más posible antes de que cerraran y tuviera que regresar una vez más al pasillo o a vagar por todo el tren hasta que amaneciera.
Ahí la conocí, también esperaba en la cafetería con un trago y un bocadillo hasta que el viaje concluyera y arribáramos finalmente a Viena.
El inicio de la conversación fue algo torpe, hablamos del viaje y de lo molesto que es pasar la noche en un tren sin tener un asiento.
No recuerdo quién habló primero, tal vez ella o quizá lo hice yo para pasar el tiempo. En esas condiciones de viaje, una plática con una chica hermosa era lo más urgente que se necesitaba para pasar el tiempo, y ella era hermosa. Es sólo que cargaba con algo en su alma, lo presentí enseguida, pero hablar no sólo me servía a mí, supuse que también a ella.
–¿Cuánto tiempo llevas viajando? –me preguntó.
–Un mes, más o menos. ¿Y tú?
–Quince años.
–¿Quince?
–Sí, soy una fugitiva –me informó.
Me preocupé un poco, andar con criminales no es mi estilo, ni siquiera me paso un alto.
–Sí, pero no ese tipo de fugitiva. La ley no me persigue, es algo más. Más etéreo –dijo y el rostro le cambió. Se puso triste, o quizá algo peor.
Se llamaba Chiaki, era de un pequeño pueblo desconocido de la prefectura de Nagano, en la isla de Honshū en Japón, tenía unos 34 años y había vivido en varias partes del mundo, incluyendo América Latina donde había aprendido español, cuando supo que yo era mexicano entonces dejamos el inglés que es el idioma con el cual nos presentamos y proseguimos la charla en español. De hecho eso le gustó mucho porque no tenía intenciones de que todos los presentes a nuestros alrededor –que también les había tocado viajar sin asiento– se enteraran de lo que conversábamos.
–En ese entonces yo estudiaba el tercer grado del kōtōgakkō (la Escuela Media Superior, lo que sería la preparatoria), tenía unos 17 años, 18 tal vez, ya ni siquiera lo recuerdo –y comenzó a narrar–. Empezamos en la cafetería hasta que la cerraron y tuvimos que irnos a los pasillos, deambulamos por todo el tren, a veces en la ventana abierta sintiendo el aire, y otras veces sentados en el suelo. No dejamos de hablar, siempre atentos a lo que decía, la interrumpí un par de veces y dejé que sus emociones cargaran la narración lo mejor que podía y cuando el miedo o la desesperación la desconcentraba le daba fuerzas y aunque le decía que si lo deseaba podíamos cambiar el tema, no lo hizo. Continuó hasta que su narración concluyó y yo me enteré de su historia.
El relato comenzó con sus amigas. Chiaki pertenecía a un grupo de bellas chicas populares en la escuela, tenían algunos pretendientes, pero no les hacían caso a ningún chico. Disfrutaban su feminidad y hacerse las interesantes aunque en el fondo ellas querían algo serio y tener un novio.
Su mejor amiga se llamaba Asuka y en sí con ella había iniciado todo.
Un día habían salido a una reunión en casa de una de ellas. Chiaki me contó que en su pueblo no había mucho que hacer, las chicas tenían la desesperación de unas adolescentes que querían conocer mundo, y deseaban con todas sus ganas vivir en Kyoto, Osaka, Okinawa, Tokyo o en alguna ciudad grande, ver algo más que las montañas y perderse en las grandes construcciones, conocer gente todos los días más allá de los mismos rostros que veían constantemente en el pequeño pueblo y envolverse en varias culturas. Así que cuando se reunían en casa de alguna de ellas se comportaban como si estuvieran en un departamento de una metrópoli importante y gigantesca. Oían música moderna, veían televisión, la tenían decorada con lo más tecnológico y moderno posible. Disfrutaba sus reuniones de todos los fines de semanas. Y usualmente se quedaban a dormir ahí haciendo una pijamada, pero ese día Asuka tenía que llegar a casa y tuvo que irse temprano.
No era un viaje largo a su morada y no aceptó que la acompañaran, en cambio las dejó ahí divirtiéndose y ella se marchó. Tomó el viaje más corto a su domicilio y se metió al parque que si bien no era muy noche, y aún había gente en él, siempre le había parecido tenebroso. Chiaki dijo que era por las pequeñas esculturas esparcidas en ciertos puntos específicos del parque, esculturas en honor de algunos demonios Yōkai1. Se decían que era por protección ya que en esa región, cientos años atrás, en los tiempos del Japón en guerra hubo muchos avistamientos de demonios que asustó a los pobladores y desde entonces construyeron esos monumentos para adorarlos y que los dejaran convivir en paz.
No obstante, Asuka no se sentía en paz. Usualmente evitaba el parque pero era el camino más corto y lo que quería era llegar a casa. Así que lo cruzó y fue entonces que lo vio.
Primero creyó que era una chica cualquiera parada a lado de un árbol, tal vez esperando a su novio con quien se vería a escondidas, por lo que no se preocupó y siguió adelante, pero cuando pasó cerca de ella notó algo raro.
No era una simple chica, no parecía esperar a nadie, ni siquiera parecía viva. Sólo estaba ahí parada, con los brazos y las piernas acomodadas en una posición extraña e incluso imposible físicamente, pero lo más extraño de todo. Lo que en verdad le sorprendió hasta la médula es que esa chica parada a lado del árbol, era Asuka misma.
No alguien que se le parecía o quisiera imitarla, sino ella misma.
Asuka así lo sintió y así lo expresó todo el tiempo que platicó ese encuentro a sus amigas. La chica del árbol tenía la misma complexión, el mismo cabello, la misma ropa inclusive la misma cicatriz en el dedo meñique que se había hecho cuando era niña.
No era una imitación, era Asuka, lo sentía en todo su ser, era como cuando uno ve una fotografía de uno mismo, o se mira al espejo, o se ve en alguna videograbación y se sabe que es uno, inclusive cuando ni siquiera se enteró que le tomaron esa fotografía o lo grabaron en video.
Era ella y eso la aterró.
Asuka no esperó más, no quiso platicar con ella, sólo salió corriendo y no paró hasta llegar a su vivienda, ahí se encerró en su cuarto y se llenó de miedo.
Al día siguiente, en la escuela se lo comentó a las chicas y todas quisieron ir al parque a verificar. Asuka no quiso, tenía miedo, pero ellas insistieron, por lo que la chica aceptó con recelo.
Les indicó el camino y las llevó por el parque hacia el árbol.
Y efectivamente ahí estaba.
No parecía haberse movido, lucía como una estatua, la misma posición extraña de brazos y piernas; la misma expresión fría de la cara; lo mismo, excepto que ahora portaba el uniforme de la escuela y era como verla al espejo.
–Soy yo –dijo Asuka y le tembló la voz.
Las chicas creyeron que mentía, pero no. Ahí estaba, estuvo toda la noche y toda la mañana. No se movió, pero de alguna manera se cambió de ropa.
Chiaki llena de curiosidad se acercó a ella, estaba convencida que era una estatua o algo parecido ya que no se movía, pero cuando le acercó la mano a la nariz pudo sentir la exhalación de su respirar y sintió un escalofrío que la recorrió todo el cuerpo.
–¡Está viva! –gritó.
Las chicas se espantaron pero aún así la enfrentaron. Se aglomeraron alrededor de ella y empezaron a atosigarla.
¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿De dónde vienes? ¿Qué traes contra Asuka?
Pero la chica no hizo nada, ni siquiera se movió. Sólo permaneció ahí para recibir reclamos que se tornaron gritos e insultos, hasta que Asuka le dio un golpe.
Y Asuka gritó espantada.
–¿Qué pasó?
Asuka no se supo explicar, no estaba dura, su piel era normal, pudo sentir la carne, y el hueso debajo de ella, pero haberla golpeado le dio una sensación de pegarse a ella misma y ese sentimiento le hizo gritar y salir corriendo. Se fue tan desesperada que las demás chicas abandonaron a la doble y se alejaron de ahí lo más rápido posible.
Asuka no volvió al parque, en cambio las demás jovencitas sí regresaron y la chica siempre estaba ahí, inamovible, sin ninguna expresión, sólo le cambiaba la ropa y dependía de cuál usaba Asuka en ese momento, ya que no era una doble, era ella misma.
A partir de ahí Asuka comenzó a cambiar, se enfermó, se volvió callada y en su piel se esfumó el color, incluso sus cabellos perdieron textura. Sus amigas trataron de ayudarla, le jugaron bromas, le decían que no era de importancia, intentaron hacerla reír, pero Asuka ya no era la misma, tenía una depresión enorme o un miedo espantoso.
Entonces se distanció de todos y un día se negó a salir de casa. Las demás chicas la visitaron en su hogar, hasta los chicos del salón y de otros grados fueron a verla por su popularidad, pero Asuka nunca quiso salir y ya no regresó a la escuela.
Pero en cambio la Asuka del parque cada vez lucía mejor, seguía sin moverse pero lucía mejor, su piel tenía más color, su cabello más volumen, sus labios más rojos y el brillo en los ojos era más potente hasta que le agradó a todo mundo. Era como si se hubieran enamorado de ella. Ya nadie le reclamaba, ni le pedía ninguna explicación, sólo iban a verla y admirarla porque la Asuka del parque cada día era más hermosa. Su belleza crecía a pasos agigantados y todos querían una parte de ella. Nadie estaba exento de su belleza, los había cautivado a todos, hasta niños y ancianos. Era el ser más perfecto que jamás había vivido en la región y la llenaron de adornos y regalos.
Pero a Chiaki le asustaba, si bien podía ver su belleza, la expresión de sus ojos era tan fría que le provocaba escalofríos y la depresión de su amiga le preocupaba por lo que mientras los demás iban a adorar a la Asuka del parque, Chiaki visitaba constantemente a la Asuka real preguntando siempre por su salud.
Hasta que una semana después la dejaron entrar.
Era de noche, las luces estaban apagadas y sólo veía las siluetas de sus padres deambular por la casa.
–Hola, Chiaki –le dijo el señor Akiyama, padre de Asuka. Le pidió disculpas, pero Asuka no quería recibir visitas. Era imperativo que no dejaran entrar a nadie y tenían miedo de su salud–. Pero ya no podemos hacer nada –agregaron.
Chiaki sentía que había algo raro, pero no decía nada. Lo escuchaba en su voz, en sus movimientos.
El padre de Asuka sólo se paseaba de un lado a otro en el pasillo que sólo veía una silueta, y Matsuko, la madre, estaba sentada en la sala, sin decir nada.
–Asuka está en su cuarto –dijo el hombre–. No ha querido salir desde ese día. Le dejamos la comida en el suelo; le ponemos envases cuando quiere ir al baño y los entrega usados cuando ha terminado –caminó del pasillo a la sala y se acercó a su mujer para darle un beso–. No se ha bañado y el olor apesta en toda la casa. Pero la puerta está abierta, puedes entrar si quieres. Nosotros ya no podemos verla. Ya no tenemos nada que hacer –y el hombre se sentó a lado de su esposa y Chiaki escuchó algo extraño, como un tronido.
Llamó al señor, pero éste no respondió. Intentó de nuevo, pero no recibió nada de su parte, así que caminó a la sala donde estaban ambos padres sentados.
–¿Akiyama-san2? –preguntó, pero nada, sólo el silencio. Así que Chiaki prendió las luces para verlos bien y fue ahí que notó que los dos estaban colgados en la sala. Ambos tenían destrozados los cuellos y los cuerpos doblados parecían como si estuvieran sentados. La mujer hacía tiempo que había muerto pero el hombre se había suicidado justo en ese instante.
Chiaki sorprendida se hizo para atrás, dobló las rodillas y cayó al suelo.
En ese momento escuchó un grito que la llamaba por su nombre:
–¡Chiaki! –era una voz extraña, tan contraída como gruesa que le puso la dermis de gallina.
Provenía de la habitación de Asuka.
Tenía miedo de ir a ella, pero el grito continuó y la llamada se hizo tan insistente que Chiaki comenzó a arrastrarse hacia la recámara, llena de miedo, pero con más terror de negarse a obedecer que otra cosa.
Entonces abrió la puerta.
Las luces estaban apagadas, sólo entraba un poco de iridiscencia lunar, lo que le dejaba ver un poco: había basura esparcida por todo el cuarto, la cama estaba tirada, el colchón doblado en una esquina, insectos varios como cucarachas y moscas corrían y volaban por todos lados, se sentía el hedor a orín, estiércol y menstruación a cada paso. Había polvo en todas partes, la ropa tirada, hecha jirones. Era un chiquero, un completo basurero.
Asuka no parecía estar ahí, ni tirada en el suelo, ni escondida en el piso, ni metida en el armario. Simplemente no se le veía por ningún lado. Pero estaba ahí, Chiaki lo sabía, estuvo ahí todo ese tiempo.
–¡Chiaki! –escuchó su gruesa voz y ella supo que veía de adentro, justo de la habitación, pero de arriba, siempre vino de arriba. Así que Chiaki subió la cabeza y encontró a su mejor amiga pegada de espaldas en el techo de la habitación.
Su pijama estaba negro de tan sucia, roto por dondequiera; sus cabellos lucían quebrados, sin color, despeinados horrendamente; y su piel de un blanco imposible, seca, con cuarteaduras y agujeros a cada centímetro, sin vida, resequedad absoluta y escalofriante.
Y sus ojos…
Abiertos y grandes, de color lechoso, pero hinchados de sangre, sin córnea, con una mirada de odio como Gog y Magog a punto de destruirnos a todos.
Chiaki la vio, gritó llena de terror y quiso salir corriendo, pero Asuka movió la cabeza estirando el cuello forzándolo de una manera tal que tronaban cada uno de los huesos como un estruendo.
Cuando Chiaki dio un paso para atrás al intentar alejarse de ahí, Asuka sonriendo y abriendo las fauces como un demonio empezó a moverse igualmente. Siempre de espaldas por todo el techo, a la esquina y de ahí bajar por el muro hasta arrastrase por el piso, cada vez más rápido con movimientos extraños y físicamente irreales.
–¡Chiaki! –gritó Asuka y velozmente se abalanzó contra ella doblándose por el suelo, de espaldas, como un insecto poseído.
Chiaki se alejó como pudo, tomando fuerzas de donde no sabía que había, le aventó lo que encontró a su paso y lo usó como arma mientras la perseguía por toda la casa, siempre gritando, siempre moviéndose extrañamente, siempre con odio.
Finalmente, sin saber cómo, Chiaki pudo escapar y salió a la calle donde se perdió entre las callejuelas. Asuka no salió a perseguirla, se quedó ahí en casa y Chiaki pudo llegar a la suya donde permaneció encerrada un par de días, llena de miedo y sin poder hablar.
No sabía si le creerían y ni siquiera sabía si lo que había visto era cierto.
Fue hasta que la visitó Yumi, otra de las chicas del grupo, que pensó que todo había sido un sueño. Nada había ocurrido, sólo una pesadilla.
–¿Y la Asuka del parque? –preguntó.
–¿Cuál Asuka, cuál parque? –le dijo. Yumi no recordaba nada, nunca había habido ninguna Asuka en ningún parque. Es más, nunca había habido ninguna Asuka.
–¿Qué? –dijo Chiaki sorprendida.
–¿Quién es Asuka?
Chiaki le explicó todo lo que pudo, le habló de su infancia, de cómo tenían pretendientes en la escuela; le habló del parque, de su doble, de cómo la habían visitado y de cuando salió corriendo asustada después de golpearla. Pero Yumi no lo recordaba, en lo que a ella se refería, Asuka nunca había existido. Incluso la casa donde Chiaki afirmaba que vivía estaba derruida. Era sólo unas ruinas de una casa vieja que quizá se había construido hacía más de un siglo. Todos los demás coincidían en ello. Los maestros, amigos de la escuela, sus propios padres: Asuka no existía, nunca lo había hecho. Era sólo una amiga imaginaria, un sueño, una ilusión.
Fue tanta la insistencia que Chiaki se convenció de ello y pensó que lo había soñado, era un sueño tan real que no pudo distinguir entre la realidad y la fantasía, así que regresó a la escuela y a su vida cotidiana.
Hasta que una semana más tarde, Yumi se topó consigo misma en una calle, a una cuadra de su casa; parada, sin hacer o decir nada, sólo ahí, con los brazos y las piernas en una posición incómoda y confusa. Sin ninguna expresión, con la misma ropa y exactamente la misma persona. Yumi se llenó de miedo.
A los tres días, Sanosuke, un amigo de ellas se encontró a sí mismo en la esquina de un restaurante. Saori se vio a la entrada del pueblo. Sayumi a las faldas de la montaña y Yuriko afuera de una veterinaria.
Poco a poco todo mundo comenzó a verse a sí mismos en todos lados. Y los seres llenaron todo el pueblo. Aparecían a cada rato en todas partes, siempre callados, estáticos, en extrañas posiciones, sin decir nada, sin responder a ninguna pregunta y sin poder deshacerse de ellos. Eran cientos, y todos eran reales, no dobles, eran ellos. La gente se veía a sí mismo, sin ninguna excusa. Los mismos rasgos, hasta el mínimo detalle, eran exactos.
Chiaki les gritó a todos que no era un sueño, que ya lo había visto, que tenían que detenerlos y ella intentó hacerlo, incluso prendiendo fuego al doble de Hiroshi, una de sus amigas, pero fue detenida y obligada a marcharse. No la quisieron escuchar a pesar de sus gritos, pero lo que en verdad le asustó fue cuando a Hiroshi le apareció una quemadura en la cara, justo en el mismo lugar donde Chiaki había quemado a su doble.
Nadie podía defenderse, los seres repetidos estaban esparcidos por todo el pueblo, rígidos, imposible de deshacerse de ellos, y más que nada parecían más fuertes, por lo que aterró a todos e impactados se negaron a salir de sus casas. Se encerraron y perdieron comunicación entre ellos, no se hablaban entre sí, ya no se les veía en las calles y sólo se apreciaba a los seres dobles los cuales empezaron a tener más enérgicos, a lucir mejores, con más fuerza, más belleza y más saludables.
Hasta que todo en el pueblo cambió.
Todos sus habitantes se pudrieron y perdieron fuerza.
Chiaki veía como su propia familia se descomponía paulatinamente. Ella trató de advertirles. Quiso convencerlos de que se marcharan, pero no la oyeron. Los dobles de sus padres y de su hermano estaban parados ahí afuera de sus casas. Sin moverse ni hacer nada, pero cada día luciendo mejor.
Su hermano fue el primero que se negó a salir del cuarto, luego su madre, y al final su padre. Chiaki los alimentaba dejándoles comida en el suelo. La cual ellos recogían para depositar el plato vacío más tarde. Chiaki, cada vez que metía los platos, al ver sus manos que se arrastraban para alimentarse como animales, apreciaba que el color de sus pieles era cada vez más blanco, con arrugas y resequedad, incluso con agujeros purulentos.
Quiso ayudarlos, habló a la policía, al no recibir respuesta, salió a la calle para buscar al médico, pero nadie le hizo caso. Todos estaban encerrados en sus hogares, en condiciones similares, podridos, tornándose criaturas extrañas que se arrastraban por las paredes escupiendo sonidos guturales de sus fauces.
Regresó a casa con miedo, sin saber qué hacer. Los seres dobles estaban por todo el pueblo, ahí parados, luciendo hermosos y llenos de vida. Chiaki tenía miedo de caminar entre ellos, deseaba evitarlos pero eran tantos que le fue imposible, los había por todos lados, no encontraba ni una sola calle que estuviera vacía. Los dobles habían tomado posesión del pueblo, absolutamente.
Oyó la voz.
–¡Sólo faltas tú! –atendió pero no pudo saber de dónde provenía el sonido, era como si se escuchara por todas partes y a la vez en ninguna. Era una sola voz y al mismo tiempo una mezcla de cientos. Y se percibía constantemente, repitiéndose una y otra vez.
Chiaki sin saber qué hacer y sin poder pedir ayuda regresó a casa, pero a cada paso sonaba la misma frase dicha de una forma cada vez más espeluznante que la anterior.
Tenía miedo de avanzar, parecía que la voz sonaba más fuerte, pero si se quedaba ahí no sabría lo que podría pasarle, entonces sintió algo por arriba de su hombro, como una presencia, o una entidad extraña que la observaba.
Giró la cabeza y miró a uno de los dobles, parado a unos cuantos centímetros de ella. Sintió que algo recorría su piel, un frío que caminaba desde sus pies hasta lo más dentro de su columna vertebral.
Chiaki tragó saliva y lentamente se acercó al ser. Lo reconocía, era el doble de Kazuo, un profesor de su escuela. Hacía tiempo que no sabía de él, sintió curiosidad. Presentía algo con respecto a él. Sabía que no se movía, ningún doble lo había hecho hasta ese momento, pero había algo que le hizo aproximarse a él y observar sus ojos.
Kazuo –o su doble exacto– estaba rígido, los brazos los tenía arqueados hacia atrás, la mano izquierda abajo, cerca de la cintura con los dedos retorcidos en distintas y contrastes posiciones, con las falanges reventadas y los dedos hacia atrás. La parte derecha sobresalía por arriba de su cabeza, con un doblez de codo imposible de 90° hacia atrás. Y las piernas inamovibles como enterradas en el suelo. Siempre rígido, inmóvil.
Chiaki lentamente se acercó a él y notó lo suave de su piel, no parecía tener 45 años, lucía más joven, más saludable, como nunca lo había visto.
Tragó saliva una vez más y levantó su mano para tocarle la cara, en verdad algo en él le llamaba la atención por sobre todo. Lentamente estiró el dedo índice y casi tocó su mejilla, casi…
Justo en ese momento Kazuo parpadeó y Chiaki sobresaltada se arrojó hacia atrás.
Cayó sentada al piso y cuando se reincorporó observó que tres dobles más tenían la mirada puesta en ella. De hecho escuchó claramente que los demás seres repetidos, a unos cuantos metros a lo lejos, volteaban la mirada hacia ella. Todos la observaban. Y el grito reventó en el aire.
–¡Sólo faltas tú! –se oyó. Chiaki lo entendió perfectamente, esa voz era una mezcla de gritos de todos los dobles esparcidos por el pueblo, de todos y cada uno de ellos.
Chiaki se levantó enseguida y comenzó a correr. Pero los dobles estaban en todas partes, no había calle sin un grupo, no tenía escapatoria y todos los dobles, la veían pasar sin perderla de vista. No se movían, ni siquiera un centímetro, pero su presencia era tal que sentía sus miradas como algo físico, como un manto que pesaba varias toneladas y le caía justo en la espalda.
Corrió tan rápido como pudo hasta que llegó a casa, se metió y se encerró de golpe. No podía respirar siquiera, tenía ganas de llorar, pero el cansancio no la dejaba. Sólo se quedó ahí intentando tomar aire, respirando aceleradamente.
–¡Sólo faltas tú! –escuchó arriba de ella e instintivamente subió la cabeza.
Su padre, su madre y su hermano estaban en el techo, apretados el uno al otro, con los brazos torcidos, rotos, entrelazados entre ellos, junto con las piernas, los cuellos y los cabellos. Eran como una masa de carne y huesos con largos cabellos quebrados, piel podrida y hecha trizas.
Chiaki gritó y su bramido se escuchó en todo el pueblo.
Cuando terminó el relato me dijo que no sabía si se había desmayado, si fue rescatada o no, lo único que recordaba es que estaba en el auto de la familia, a varios kilómetros de su casa. No sabía cómo había llegado ahí. Y por momentos pensó que todo había sido un sueño. Se sentía tan extraña que no entendía lo que pasaba.
Fue a la estación más cerca que halló, pidió un teléfono y desde ahí marcó a su casa, pero nadie le contestó. Les habló a unos vecinos, amigos y familiares pero nadie respondió la llamada. Intentó con operador pero le dijeron que no conocían el código del pueblo. De hecho nunca habían conocido dicho pueblo.
–Y si viajas allá –agregó–, verás que no existe. No hay camino, no hay casas, no hay ninguna construcción que te lleve, ni siquiera paso de terracería. El pueblo no existe. Es sólo parte de la montaña con árboles, tierra, piedras, sin muestra alguna de civilización.
»No tengo casa.
Se calló y vimos por la ventana que comenzaba a amanecer, aún faltaban un par de horas para que llegáramos a Viena, pero ya estábamos cerca. Estiramos las piernas y fuimos a ver si la cafetería ya estaba abierta otra vez. Tan pronto lo estuvo tomamos una copa, ella un café, yo un jugo.
Cuando arribamos a la estación de Viena le comenté que a pesar de que era mi segunda vez en esa ciudad, en verdad no la conocía. La había visitado hacía 18 años y sólo por un par de días. Ella en cambio la conocía lo suficiente para moverse y decidimos viajar juntos.
En la estación fuimos al apartado de ayuda al turista y ahí reservamos un hotel. Tomamos el metro y en menos de media hora llegamos a él. Pedimos sólo una habitación y dormimos toda la mañana para descansar del viaje.
Para la tarde que nos despertamos salimos a visitar Viena por varios días. Fuimos a la Iglesia de san Carlos Borrome, al Teatro imperial de la corte, al Palacio y jardines de Schönbrunn, al museo Kunsthistorisches, a la iglesia Votiva, a la ópera estatal y demás lugares.
Un buen día cuando me desperté no la hallé en la cama. La busqué en el cuarto pero no estaba su maleta. Me puse los zapatos y bajé a recepción donde me informaron que había cerrado su cuenta muy temprano en la mañana y se había marchado.
–Le dejó un mensaje –me aclaró el hombre y extendió un sobre. Lo leí ahí mismo en la recepción. Era una carta de dos páginas, en español, pedía perdón por su súbita ida, pero me explicaba que no podía echar raíces. No estaba muy segura de lo que pasaría si así fuera, pero lo sentía, dentro de sí lo sentía. No le gustaban las despedidas y quizá podría aceptar seguir viajado conmigo por lo que prefería irse así, sin despedirse. Pero no del todo. Me dejó su dirección de correo electrónico, una cuenta de redes sociales y quedó fervientemente en seguir el contacto, pero a larga distancia. Quizá sea mejor así, concluyó.
Me pidió que no la buscara y decidí aceptar su indicación. Regresé al cuarto, le escribí un correo electrónico y le mandé una invitación en las redes sociales, pero no le reclamé. Si así lo había decidido estaba en su total libertad. Luego me arreglé, tomé mis cosas, cerré la cuenta en el hotel y me encaminé a la estación de trenes para continuar mi viaje hacia Bratislava, capital de Eslovaquia., a 60km de Viena.
Estuve en comunicación con ella durante todo el viaje. Nos escribimos regularmente y algunas veces chateamos. Incluso cuando concluyó mi viaje y tuve que regresar a México la conversación se extendió. Ella seguía viajando por todos lados, hacía trabajos esporádicos para conseguir dinero y tenía un empleo en línea lo que le daba oportunidad de no pertenecer a ningún lado en específico.
–No puedo echar raíces –decía–. Si lo hago, sé que se repetirá. Porque verás –agregó–. La sensación me sigue a cada instante, esa presencia de todos y de ninguno al mismo tiempo, siempre está ahí. Y si echo raíces, me atraparán, porque sólo falto yo, yo de todo el pueblo.
»Y cuando permanezca más de una semana en un mismo lugar, ya sea en una esquina por ahí cerca, en alguna estación de metro, a orillas de un lago, sea donde sea, un día me toparé conmigo misma y sabré que todo habrá acabado.
»Y el recuerdo de Asuka, de mi familia, amigos, vecinos y de todos aquellos que conocí se esfumarán en un horripilante sino que me destruirá en un asqueroso y podrido oblivion eterno.
–Comprendo –escribí en el chat y continuamos la conversación. Aún hace dos semanas chateé con ella. Estaba en la India. Tenía un par de días ahí y aún no sabía a dónde irá ni si continuará su viaje. Me dijo que ya está cansada, tantos años viviendo así, sin establecerse en ninguna parte, la había atormentado, en verdad no sabía que haría pero haría algo y terminó diciendo que no la olvide, que pase lo que pase no la olvide, porque si es así, si un día me despierto y no la recuerdo, es que todo habrá acabado.
–Escribe sobre mí –me pidió de favor y así lo hago, me guío del historial de chat de las redes sociales, del diario que escribí durante todo mi viaje y edito diversas partes de los correos para unir todo el relato, porque en realidad no sé ni quién sea ella, sólo sé que está ahí en mi computadora, en el historial de la red, en algún dibujo a lápiz, pero nada más. Y por más que intento acordarme y leo el cuento una y otra vez, su rostro no viene a mi mente y quizá jamás lo haga.
Es sólo un sueño, un delirio, sólo una ilusión y… nada más.



MARCELO VILLA NAVARRETE

(Quito, Ecuador, 1981). Publicó el poemario “Brújula de polvo” (2006). Obtuvo una mención en la Bienal de Poesía 2010 (Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo Tungurahua) con el poemario Persistencia del árbol. Segundo lugar en el Primer Concurso de Microcuentos Microquito (2010).


Poemas de “AL SUR DE LA NOCHE
Marcelo Villa Navarrete ©

EL DESPERTAR
Los ojos no me sirven, prefiero sortear las máscaras que petrifica el espejo. Prefiero oler los silencios y las agonías que se extienden sobre el humo. La estela de alcohol encabeza el naufragio y brama en mi garganta. El despertar fue un cilicio que me auguró la recuperación del reino, pero esta noche el vórtice fue a conquistar otras letanías. Entre la sal, sobre un surco de vidrios, arrastrando el fardo de mí mismo. La arena del mundo.


SELVA OSCURA
El cuerpo ha llegado al sur, embarrado sus codos de telarañas. Muy lejos al inicio, vio, o creyó ver, lienzos vacíos tras las ventanas. Cada quien se abalanzó sobre el vértigo más cercano y bajó al sótano en el lomo de un caracol. El cuerpo entonces olvidó sus ojos y lamentó tener solamente un par de labios. La cosecha se hizo en un fardo agujereado, y la procesión agotó la madrugada. El sur no le devuelve sino la certeza de que todas las calles ladran y se abren hambrientas, pero al menos esta desemboca en el mañana. 


ANTES
También estos caballos lograron el río de efluvios musicales. Son sangre y fango, retazos de palabras zurcidos con silencios. Cada relincho cercena los segundos, su pelaje es una montaña en llamas. En los umbrales, antes del estertor y la saliva, se han quedado ciegos.


SEMBLANZA DE LA VÍSPERA
Con esta madrugada a bordo de un cuchillo, con estos escalones que perforan y delatan la partida, con el hielo de las palabras descuartizadas en la garganta, con la sal de estas mortajas que acunaron otras hambres, otras furias, con el fango de estos pasos que olvidaron el diluvio, empiezo a dibujarte.


GRIETAS
Por los ríos verdes que abrigaron tu piel
las palabras de hoy nos anteceden, ocultan y revelan,
y la bruma se disipa mientras el día alcanza su espesura.

Tu nombre retumba en mis muros y siembra grietas.


EL CISNE Y EL RINOCERONTE
Apenas te digo que podrías caber en una sola de mis manos, y una horda de gigantes se levanta y busca refugio en los cipreses. Ninguno tiene rostro. Los llamas y se evaporan.

Será porque has visto al paisaje reverdecer, elevarse y desgranarse; será porque ríes como un cuchillo en el agua y lees los intersticios de las piedras; será porque también abrigo un cadáver que perfuma las auroras y abofetea los ocasos. Porque has prometido una tumba al pie de tu puerta. No has llamado, pero aguardo el campanilleo.

Tu cuerpo se acerca como una guillotina. No ansío tus viñedos, ni la arena de tu boca. Busco igualmente una voz con el calor de los sepulcros.

Suelo pensar que pudiste haber muerto. Fue la llama y el hielo sobre los párpados, y silencios desgajados en las sábanas. Sembré tan solo la helada de mis días sobre tu nombre. Amar el surco y la tangente, como al estertor y al vagido. Te habita una carroza llena de manzanas, y son más luminosas cuando tu desnudez huye calle arriba.

La patria, es decir tú, sucede afuera. Está muy lejos de esta puerta con veneno en las cerraduras. Adentro hay un surco palpitante de agua turbia y bebo enmascarado. Entonces la miseria ya no importa, el mundo vuelve a ser doble o infinitesimal; me tambaleo y dejo caer tus fotografías. Las termino pisoteando.

Un cuerno te nació la víspera, me dices, un cuerno que atraviesa constelaciones. En el último golpe de dados comprendo que todo fue al revés: yo era el cisne y tú el rinoceronte.

Solo el olvido se ensancha, alguien llegará a ser loto, roble o diente de león. La primavera será una lengua muerta. Acá la niebla, el ladrido del sur, tus bambalinas arrojadas al otro extremo del mundo y que he recuperado.


MAÑANA
Mañana será el silencio, un gesto sin máscara, un roce de agujas trasnochadas. Aún han de aflorar sombras de otras estatuas. Esta vez ha sido una palabra que pendía de mi árbol de antaño, y solo demuestra que también entonces alcancé la copa. Ya todos esos días se desprenden del calendario, jinete y corcel se pierden a tu vera. El sol está naciendo ahora por tu rostro. Sé que reescribiré el camino una vez más.



ALINA VELAZCO-RAMOS

Escritora nacida en México D.F., radicó en Colima de 2003 a julio de 2012 y a partir de esa fecha en Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. Felina, enamorada eterna de la ilusión del amor y de su muso inspirador, Luis Gil. Ex fumadora empedernida en no regresar al vicio. A veces madrastra y siempre mami de Imma Reyes. Amante de la pizza, las palomitas de maíz, el cine, la lectura y la vida en general.
Ha participado en lecturas de distintos foros: Noches de Luna Llena de la Secretaría de Cultura del Estado de Colima, Encuentro de Escritores Colimenses de Coquimatlán, Noches Líricas Musicales del PRI Villa de Álvarez, Maratón de Lectura Simultánea en Voz Alta convocada por la Feria del Libro de Guadalajara FIL, Banquete de Poesía: Ágape, Eros y Filia, Maratón de Poesía en FARO de Oriente D.F., Encuentro de Poesía Joven Colima, Lectura de la Antología Poética Amor, Delirios y Delicias; entre otros.
Estudió el Diplomado en Creación Literaria del Instituto Nacional de Bellas Artes y un taller de elaboración de telescopios en la Casa de la Cultura Colima. Actualmente estudia la Licenciatura en Línea en Desarrollo Comunitario de ESAD.
@alinavelazco
FB: Alina Velazco-Ramos


BESA
Alina Velazco-Ramos ©

Besa mi cuerpo.
Recórrelo centímetro a centímetro.
Inúndalo con tu olor.
Ese dulce aroma que me hace agradecer el haber nacido.
Dame vida,
hazme sentir que vale la pena continuar.
Toma todo de mi, dame todo de ti.
Crea un nuevo ser que sea mitad tu y mitad yo
mientras me acarician tus manos
y al final de todo,
bésame otra vez.


EL TIGRE
Alina Velazco-Ramos ©

El tigre se acerca lenta, cadenciosamente.
Decidido a atacar-dominar-someter a su hembra.

La hembra lo observa y espera.

El tigre se ve derrotado
por la mirada de un cachorro de ojos amarillos.

Que son su imagen y reflejo.


TIEMPO
Alina Velazco-Ramos ©

Tiempo de rehacerme
entre lo que queda de una gran ciudad.
Tomando los trozos que quedaron
de lo que no deseó ser parte de mi
y de una gran distancia, más que en días,
en soledades.

Sin llanto. Comprensión de lo incomprensible.
Respuestas certeras cómo dardos a la yugular.
Abatiendo lo poco que quedaba de mi ser etéreo.
Tirándome de lleno al suelo.

Tiempo de contener el amor
en la capsula de la eternidad.
Que se convierte en quizá en la otra vida
o en otro sueño se pueda derramar. 


DESPEDIDA
Alina Velazco-Ramos ©

Aprenderé a no sentirte cerca mío.
A no extrañar tus besos
y sobre todo,
al olvido.

Olvidaré que fuiste algo en mi vida,
aunque me duelas.
Aunque quiera preservarme en tu serena existencia.

Existiré a pesar de ti y de lo que somos.

Amores infinitos que en la distancia y el destierro,
Formaron uno solo hace tiempo,
en un seco aunque dulce verano.

En cinco días que fueron de ensueño.


BECARIOS
Alina Velazco-Ramos ©

Infrahumanos.
Paradójico orgullo de la sociedad
pero lo más bajo también.

Cifras, números.
Hambre que es callada
Cada cierto tiempo con limosna.

Animales de carga que cada día
luchan por ser volteados a ver.
Por ser tomado en cuenta.

Con tantas cosas por ofrecer
pero transparentes como un fantasma olvidado.

Sin voz, sin voto.
Con la obligación de dar el todo
y sin la esperanza de alcanzar el infinito.
Con sueños de equidad,
que se acaban en cuanto la pesadilla de la burocracia
les despierta.

Así somos los becarios.



NORBERTO PANNONE

Poeta, narrador, ensayista, novelista y psicobiofísico. Publicó “Aforismos, poesías y cuentos: Historias para leer en serio”, que se halla en la Biblioteca de Habla Hispana de París, en la Biblioteca Nacional de la Lengua Española de Barcelona y en la Biblioteca Española de Bilbao. Publicó diversos libros: “Reflexiones de un machista en decadencia” (aforismos), “Las curaciones paranormales y la fe” (ensayo científico de investigación), “Entre soles y lunas de abril” (aforismos, poesías y cuentos), “A fondo blanco” (poesías). Asimismo, sus trabajos fueron publicados en diversos medios nacionales y extranjeros. 
Ganador de varios concursos literarios, también se desempeñó como jurado en numerosos concursos. Ex presidente de la Seccional SADE - Junín (2000-2006), ex vicepresidente de SADE Nacional y actual Presidente de ASOLAPO-Argentina (Asociación Latinoamericana de Poetas, Escritores y Artistas), fue expositor en la Feria Internacional del Libro en 2001, 2002 y 2003,
Miembro fundador del Centro Cultural del Tango en Junín (1960) y miembro activo de “Letrango”, agrupación nacional de letristas de tango de la ciudad de Buenos Aires, es además autor, compositor y cantante.


NADIE TE DIJO, CÉSAR
Norberto Pannone ©
A César Vallejo

Desmides las páginas del libro
y propones que el río
desande el cauce peregrino.
Río abajo,
utópico destino.
Nadie te dijo que el olvido
era una cruz de sal,
un tránsito prohibido;
que el poeta sucumbe
cuando inicia el camino.
Labraste con él
su lauro desmedido
y el oculto clamor
en algún libro.
Y esa aflicción del indio,
aún después
del tiempo en que ha vivido.
Nadie te lo dijo, César.
De haber sabido,
casi te vuelves
y en la amniótica sustancia
te repliegas.
Nadie te dijo:
que el sol no se desliza
en vano y el andar
de las horas
es una cierta utopía
del suicidio.


¿DÓNDE IRÁN?
Norberto Pannone ©

Dónde irán los retumbos de las voces.
Dónde irán
los perfumes sigilosos del olvido.
Camino del alba, luna mía,
andarán desluciendo los rocíos
en la etapa sedentaria de mi vino.
Cuando la noche amasa el pan de la mañana,
la memoria y el verso se desgranan
abrazados al insomnio del ladrido.
Luna y río
y el misterio sideral que me contiene.
La luz, no huye como el total afecto del amigo.
No se consume
en la global planicie que circunda
sin abrigo.
La penumbra se va,
pretendiendo robarse hasta el vestigio
de otro día de preludio parecido.


EL OSITO DE PELUCHE
Norberto Pannone ©

Oscarcito era el único hijo de Clara y Daniel. El amor hacia él era casi infinito debido a que Clara no podía tener otros hijos. El pequeño sufrió muchos trastornos de inmunidad, pero al fin, creció bastante saludable.
Un día, sus padres le regalaron un oso de peluche. El chico les preguntó si podía considerar a este osito como un hermanito para él. Los padres le dijeron que no, que podía jugar con ese juguete, que imitaba a un oso de verdad, pero que nunca podría ser como un hermano para él. El niño se entristeció al escuchar estas palabras y cuando estuvo a solas en su cuarto con el osito, le dijo: “Dicen papá y mamá que eres sólo un juguete, que no puedes caminar, que no sabes hablar, que no puedes jugar conmigo; que sólo eres un muñeco”. Luego, lo guardó en una gran caja con otros juguetes…
Día tras día, semana tras semana, Oscarcito le recriminaba a su osito de peluche: “¡No puedes hablar, no puedes caminar, sólo eres un muñeco tonto!” Ese día, después de regañarle, lo arrojó contra la pared.
–¡Ay! –exclamó el osito.
–¿Qué dijiste? –preguntó el niño.
–Dije: ¡Ay! –respondió el osito.
–¿Cómo es que puedes hablar?
–No lo sé –contestó el juguete–. Yo…sólo sentí dolor por el golpe y dije: ¡Ay!
–¿Puedes caminar?
–Creo que sí –dijo el oso y se puso de pie dando tres pasos con algún titubeo, pues tenía miedo de caerse, según dijo. Después, se animó y dio toda una vuelta por el cuarto. Oscarcito lo miraba con alegría. Para el niño todo estaba bien y le parecía que la situación era muy normal.
Le gustaba tener un osito de peluche que caminara y hablara.
–¿Le puedo contar de esto a mamá y papá?
–No sé… A lo mejor ellos no te creen…
Oscarcito salió de la habitación y corrió a contarles a sus padres que el osito caminaba y hablaba.
Cuando sus padres entraron en el cuarto, el osito estaba muy quieto, sentado sobre el piso, como cualquier juguete de peluche común y normal.
–A ver… –dijo el padre del niño–. ¡Dile que camine!
En vano, el chico lo intentó, mas el osito, permaneció inerte. Ni siquiera dio un par de pasos. Por más que insistió, tampoco pudo lograr que emitiera una sola palabra.
 Oscarcito creció y se convirtió en Oscar. Más adelante, se licenció en Psicología. Yo me hice muy amigo de él. Sus padres son muy ancianos, pero viven aún.
¿Cómo me enteré de esta historia?
Una mañana, como tenía mucha amistad con Oscar y gozábamos de mutua confianza, entré al consultorio sin llamar. Allí estaba Oscar acostado en el diván y el osito de peluche le hacía preguntas mientras tomaba nota de las respuestas del psicólogo. Cuando entré, el oso se quedó petrificado, entonces, Oscar le dijo:
–Puedes seguir, Carlos ya te vio.
Como si tal cosa, el oso no sólo le siguió haciendo preguntas a Oscar, sino que, al terminar con él, vino dulcemente a mi encuentro, me tomó de la mano con gran muestra de cariño, me hizo recostar en el diván y me psicoanalizó…


LA TARDE QUE ME VISITÓ BORGES
Norberto Pannone ©

Tarde invernal, tediosa y de sólo tres grados de temperatura. Soplaba viento del sur y esto hacía que la sensación térmica fuera de cero grado.
La calle se hallaba desierta y los árboles de hojas caducas agitaban sus desnudos tallos como en una extraña y vegetal añoranza de tiempos mejores. Nostalgias de savia y clorofila.
Todo aquello veía desde la ventana que daba a la calle Mitre. Desde ese cuarto, mi preferido, observaba aquel paisaje invernal. Bajo la exigua luz que entraba a través del vidrio, trataba de encontrar la rima de un verso, huidiza y necesaria.
En realidad, estaba ansioso, aguardaba el auto gris.
La noche anterior me habían dicho: “Espera un auto de color gris, en él llegará Borges a tu casa”.
Las horas se sucedían atormentándome con un inexplicable nerviosismo. Para calmarme, me decía en voz alta: “Fue sólo un sueño. Borges está muerto. Te estás volviendo loco”. Sin embargo, contrariamente a este rasgo de mi pensamiento, seguía observando la calle desde mi ventana, porque, aunque no pudiese probarlo, sabía que Borges iba a llegar a las 17:40.
Un auto gris se detuvo frente a mi casa. El conductor descendió del coche, abrió la puerta posterior derecha y Borges bajó del vehículo. Vestía un traje gris a rayas, una camisa celeste y no tenía corbata…
Sonó el timbre y abrí. Borges miraba sin ver, pero al oír el sonido de la puerta, me saludó.
–Buenas tardes, ¿puedo entrar?
–Sí, pase, señor Borges.
Entró detrás de mí, empuñando su bastón. Nos sentamos en la sala y el genial literato preguntó:
–¿Cómo era su nombre?
–Ezequiel, respondí.
–Ezequiel –repitió pensativo–. Como el profeta. ¿Es usted judío? –me preguntó de improviso.
–No, para nada. Es mi seudónimo. Lo elegí porque parece “sonar” bien y me ha dado suerte.
–¡La suerte! –espetó Borges–. ¡Siempre la suerte formando círculos invisibles alrededor del hombre para empujar las leyes del destino!
–No sabía que usted creyera en la suerte.
–Perdone, Ezequiel, pero, ¿leyó usted mis libros?
–Sí –respondí azorado.
–Si los leyó, comprenderá por qué estoy aquí. ¿Por qué hoy y no ayer ni mañana? Es una suerte que usted y yo estemos conversando. Usted, en verdad, es un hombre afortunado. A mí me dieron esta licencia para visitarlo hoy, pero me explicaron que no abusara. Debo volver a las veinte en punto.
–Antes que nada, Borges. ¿Me va a firmar un autógrafo?
–Sí, cómo no.
Le extendí un papel y Borges me firmó con paciencia infinita, maquinalmente: “Para mi amigo Ezequiel, con afecto: Jorge Luís Borges”. De pronto, sonrió y me preguntó:
–¿Sabe que estoy escribiendo un cuento?
–No lo sabía… ¿De qué se trata?
–Es un cuento extraño, aún para mí. Trata sobre un escritor desconocido que me está esperando. Yo llego a su casa en un auto gris a visitarlo, él me está aguardando impaciente, pero, como ocurre siempre, en lugar de preguntarme cosas importantes, sólo me pide un autógrafo y me echa un párrafo de trivialidades… Lo extraño de todo esto es que yo realizo esa visita mucho después de mi muerte. ¿Qué opina usted de esto?
–Siempre tuve una teoría sobre este asunto: existen huecos dimensionales. A veces, alguien cae en algunos de esos huecos y llega la muerte. En otras ocasiones, algunos de los que habitan el “otro lado” pasan a este y…
–Es una teoría interesante… –continuó Borges–. Lo imposible es probar que es verdad… Esto es como la vida, uno se rompe los sesos pensando en ella y, cuando logra obtener alguna respuesta, se da cuenta que ya está muerto. Lo cual, para nada significa que los muertos sepan qué es en realidad la muerte. Se dice que la muerte es un misterio aún más insondable que la vida. Se debe uno morir varias veces para comprenderlo.
–¿Y la fama qué es, Borges?
–La fama es como la primavera que cubre los árboles, las flores y los frutos. Las flores representan el entusiasmo, los frutos la paciencia…
–¿Y las hojas?
–Las hojas son la multitud que rodean al famoso, a veces, su frondosidad no deja ver muy bien como realmente se es… ¿Qué hora es?
–Las 20:00.
–Debo irme.
–No me va a negar que es extraño.
–¿Qué es lo que le resulta extraño, Ezequiel?
-Que usted respete tanto los horarios.
–Ocurre que antes estaba vivo, pero ahora estoy muerto. Es decir, para que usted se haga una idea, muerto significa ocupar un lugar en un tiempo exacto, ni antes, ni después… Da lo mismo morir en cualquier parte… yo morí en Ginebra.
–Adiós, Ezequiel... Escriba y lea mucho.
Esas fueron las últimas palabras de Borges. Me estrechó la mano y salió hacia la tarde fría. Ascendió al auto y se perdió en la distancia. Me quedé más solo que antes, mirando hacia la calle Mitre. El viento aún agitaba los tallos desnudos.
Recogí el autógrafo de Borges que había quedado sobre la mesa y tomando un libro de él, me senté a leer aquello que continuó diciéndome a través de la palabra escrita…



ANA CLAUDIA DÍAZ

Nacida en Santa Teresita, Provincia de Buenos Aires, 1983, vive en la ciudad de Buenos Aires (Argentina) y estudió letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Actualmente asiste al taller de Romina Freschi y colabora con el taller de poesía de APOA en el Hospital B. Moyano. Publicó en la antología poética “Pájaros en la frente” (2011), la plaqueta de poesía plegable “Vuelto Vudú”  (2009) y “Limbo” (2010) por Pájarosló Editora, y “Al antojo de las anémonas” por Color Pastel (2011). Participa de diferentes encuentros de poesía y colabora con la sección de reseñas de Plebella y No-Retornable.


ENCONTINUADA
Ana Claudia Díaz ©

Celebro mi cesar en desempeñar asombro en la tienda de proezas.
Y voy, mi voz y yo voznante.
Vehemente, inclino mi caer, y lo persuado, oblicuo.
Mi motivo terso, que es materia, que es puro, que se oye.
Se va, se aleja, se hace lejos, se hace huir.
Ilegible se refleja.
Confusa, toda revuelta ya mi voz, me hago nube.
Me hago vertical, gris y me deshago.


*
La erosión
la fricción continua

el desgaste que descose la quietud
aguarda al viento
al cuerpo pardo, roído
las púas frente al peligro
frente al espejo

ahí
ella se enrolla como si estuviera
hecha solo de algas
refresca su resistencia
como si fuera
un erizo sombrío que se alivia
cuando ve el esplendor

el gallo que gira en invierno
la veleta
la gloria
la cresta roja
la cinta en la lanza.


*
Estación lluviosa. Ahí vos, bajo el diluvio abatido y la lógica. Interoceánico, todo, todo celeste. Y eso, y yo lo prefería incluso, cuando era lo del puesto de diarios a la madrugada. Mejor, si se parecía al color de la esmeralda. O al verde botella, que es como si fuera seda de vitró. Para poder camuflarme en el esperantismo absoluto. O en el festejo de la vendimia. O capaz, al naranja. Pero vino así, con el rostro lleno de mucha redondez, negando en vaivén, mareado. Y yo no pude decir nada. No pude decir yo quiero hacer eso, quiero titilar de colores por la alfombra, parpadeando y continuarme continuada en una curva, como un arco acristalado hecho solo con la intuición de los pies. Batallas con ocas, tierra. Y eso me pasa, de mucho querer poner lejos: la abreviatura. Tanto raro, tanto emparchado. Trato. O lo que da igual. Intento, poder disolver una voz en una torta de manzana invertida. Son otras. Las tristes murmuraciones de una silla. Claro, hay una puerta a cada lado de la interpretación. Y mientras sea así, yo puedo mezclar todo. Puedo mezclar: la alfombra, el macramé, lo rojo, lo editado, la pulpa, el fervor, lo voraz, la almohada, lo feroz. Todo en una bocanada.


*
Todo ese tiempo. La senda por la que quise caminar. La tierra hollada. La importunidad de ser. La verdad que persigue a quien va huyendo con la frecuencia de la emisora más antigua. Padecer procurando. Un suceder de repetidas veces. De voces diligentes. Una cinta de seda, que ahora, transcurre frente a mí y me muestra.


*
Para empezar, no quiero ubicar el verano en un solo color, para que no se vuelva todo índigo. Encapotado. Ahora hablo de él, como un ancla. Casi circular. Escabrosa, esa es la condición, el punto donde se rompe gloriosamente: el molinete, la rueda: el gemido: el vértigo. Desatado. Hablo de que hago ríos de gestos. Y no sé, cuál es el mismo ahora. Por otro lado, la casa es cómoda. Chata y redonda: ostral. Y entiendo que, poco falta para que de flores de cinc, se cubra la vereda.

Nota: Estos poemas pertenecen al libro “Limbo”.



AURA BANKS

Nació en la ciudad de la Victoria (Aragua), Venezuela. Licenciada en Educación Mención Preescolar, Magíster en Ciencias Mención Orientación de la Conducta (2012). Promotora y animadora en lectoescritura (Upel Macaro). Colaboraciones y publicaciones: Ecos de Yagua, Chamos (El Siglo), Contenido (El Periodiquito), Crisaire Nº 01 (Tríptico Fondo Editorial Alternativo), edición “I Premio Internacional de Poesía Simón Bolívar el Libertador año 2010”, Fondi, Lazio, Italia, Papagayo (El Periodiquito), Infantiles (El Carabobeño), Zona de Tolerancia (El Siglo), Correo del Orinoco (Suplemento Infantil), Lapislázuli Periódico Digital (Colombia).


TIEMPOS
Aura Banks ©

Aquellos donde te espera
Con una promesa certera de tu llegada
Las gotas del rocío
Que dan esperanza
El silencio de Charles Chaplin
Y las palabras de su mirada
Cada grano de arena en picada
La fragancia de un amor
La soledad de una puñalada
Cicatrizada por el dolor
Emancipada por el alma.


ETÉREO
Aura Banks ©

Impalpable pensamiento
Que atraviesa el camino
Abstracto de mi mente
Cual río enfurecido
Que su impetuosidad seráfica
Baña ligeramente
Las orillas de la creación sublime
De líneas intangibles
Estela volátil
Invaden ligeramente
Un espacio en el tiempo


AS
Aura Banks ©

Perdurando mis entrañas
al borde de un acantilado
Sin miras a
Una profundidad
Alcanzable
Extiendes tus alas
El vacío me llama
No logro tocar el aire
Ni respirar el suelo
Solo la sublime
Ligereza de tus manos
Logra alcanzar
Mi delirio
Como as bajo la manga
De un jugador atento
A los desafíos
De la cálida sonrisa
Que atenta contra
El amor de su vida



ANNA BANASIAK

Nació en Zgierz, Polonia, en 1986. Estudió letras polacas en la Universidad de Lodz e inglesas en la Academia Social de las Ciencias de esa ciudad. Ha tomado parte en diversas antologías de Polonia y Argentina, y ha colaborado en varias publicaciones como Revista Urraka, Gaceta Literaria, etc. Nominada al Premio “Cameleon” (Polonia), ha obtenido menciones especiales en el Concurso Internacional de Poesía “Latin Heritage Foundation” (Estados Unidos) y en el Concurso Literario “Sólo Voces” (Tilcara, Argentina). Algunos de sus poemas fueron transmitidos por el programa Calidoscopio, de Radio Raíces, Argentina.


LUNES EN EL PARQUE
Anna Banasiak ©

Los lunes de primavera pasaba por el parque.
Estaba convencida de que volvería a ser una monja un día.
Quería creer que la vida no era el diablo
con el que no se puede luchar durante el día.
Contaba con la fe pero también sabía
en quién las mujeres tenían que confiar.
Se llamaba Nadie, y nadie era.
Pero todos la conocían como la mujer corriente.


SUEÑOS DE VICTORIA
Anna Banasiak ©

Pequeños y morenos son los sueños de Victoria, la poeta.
Uno procede de una infancia sin amor,
tan profunda como prohibida.
Otro canta bajo la luna sin saber a quién la canción es dedicada,
sin pensar adónde se despierte al alba.
Pequeños y llenos de entendimiento son los sueños de Victoria, la poeta,
morenos y llenos de la inocencia conocida como una ciudadana del mundo.


FIEBRE
Anna Banasiak ©

En su última carta,
(la he recibido hoy por la mañana),
escribió de las tres estrellas
que había dado a luz ayer.
Maravilloso ataque de la fiebre,
resultó tener tremebundo pasado,
quizá de Alfa o de Omega.
Este encabezamiento acabó diciendo:
“Para ti, mis mejores pensamientos”.


COCONICATL
Anna Banasiak ©

El amor en náhuatl suena más salvaje y mítico
que en nuestros casos del pasado.
Nunca te he podido enseñar a confesarme tu amor.
Pero no te preocupes tanto.
Yo tampoco solía hacer el papel de la más apasionada del mundo.
Prefería hacerlo bailando bulerías en tu dormitorio con vista al mar.
A las palabras les encanta volar
en el espacio entre nosotros,
amantes del silencio.


TIERRA PROMETIDA
Anna Banasiak ©

Cada día necesitaba más sangre
para satisfacer todos mis malditos instintos,
inevitable enfermedad de morir
por mis propios deseos y pasiones,
que sobre todo destruyen.
Destruyen dando a luz
la vida sin una gotita del racionalismo
que no sabe qué es.
Cada día esperaba que viniera,
con desesperación y rencor.
Pero nunca en mi vida lo he visto.
Sigo esperando a no sé qué o quién.


JUSTIFICACIÓN DE UN LOCO
Anna Banasiak ©

No sentía remordimientos.
Su cara fue poniéndose azul.
¿Y yo?
No sentí completamente nada.
Ni remordimiento.
Ni vergüenza.
Ni nada.
En los libros sobre asesinos
escriben mucho sobre la satisfacción sexual,
traumas de infancia,
bla bla bla...
Mucha gente sueña con entrar
incluso, por unos minutos,
en la mente de un loco
para ver cómo es eso de estar completamente loco.
¿Cómo es?
¿De verdad lo queréis saber?
Yo nunca he sentido remordimientos.
Ni placer.
Ni nada.
Como si fuera un maniquí
conducido por las manos de Dios,
que quizá ni siquiera existe.
Como si viviera en un mundo sin Dios
o procediera de la tribu que lo mató.
Eso es estar loco.
Loco por y para nada.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 57 – Junio de 2013 – Año IV
ISSN 2250-5385
Exp. 5054184, Dirección Nacional del Derecho de Autor (DNDA)

Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

Corrección general: Prof. Liliana Lapadula