jueves, 3 de diciembre de 2015

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 67 – Diciembre de 2015 – Año VI
ISSN 2250-5385
Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

“Baquílides de Ceos”
Mónica Villarreal (2015)
(Acrílico y lápiz sobre papel, 30 cm x 23 cm)
Serie “Poetas Clásicos Griegos”

• Miguel CAMPION (España)
• Elena Liliana POPESCU (Rumania)
Gonzalo SALESKY LASCANO (Argentina)
María Amelia DÍAZ (Argentina)
• Miguel CASTILLO FUENTES (Colombia)
• Aída VALDEPEÑA JIMÉNEZ (México)
• Hebert POLL GUTIÉRREZ (Grafitti) (Cuba)
Lilia MORALES Y MORI (México - España)
• José Francisco SASTRE GARCÍA (España)                                                             
• María Isabel CLAUSEN (Argentina)
Andrés FORNELLS FAYOS (España)
• María Cristina KALBERMATTER (Argentina)



MIGUEL CAMPION

Nació en Pamplona (España) en 1974. Escritor, dramaturgo y guionista, especialista en desarrollo de proyectos audiovisuales y teatrales, ha trabajado en productoras de cine y televisión como El Terrat y El Deseo, compaginando su labor profesional con la docente en instituciones privadas y públicas, como la UPF o la ESCAC, impartiendo clases de guión, de ficción y escritura creativa.
Su libreto “Rosaura tiene un fantasma” ganó el primer premio del Certamen de Teatro Joven de Navarra en 2000. Además de sus obras escritas, ha realizado sus propios trabajos como guionista, director y productor en cine: “Pepita Chan” (2007) y “No sé qué hacer contigo” (2012).
Bibliografía y filmografía: “Rosaura tiene un fantasma” (teatro, 2000), “Orión” (teatro, 2003), “Pepita Chan” (cortometraje, 2007), “Atardecer en Singapur” (teatro, 2009), “No sé qué hacer contigo” (cortometraje, 2012), “Carne de su carne” (novela breve, 2013).


LAS TRES SOLTERONAS
Miguel Campion ©

No eran feas ni viejas, pero tampoco eran jóvenes y guapas. Antaño eran damas apreciadas, con una vida social repleta, pero poco a poco habían perdido el contacto con el mundo, y ahora estaban muy solas. Se habían quedado anticuadas, esperando recibir corteses visitas en sus respectivas casas, con el juego de té preparado, aunque siempre se les quedaba frío, intacto. Pero esa tarde prometía ser diferente. Esa tarde estaban juntas tomando el té en casa de Prudencia. Silenciosas, esperaban compañía, con los oídos alerta, pero sólo se oía el tic-tac de un reloj rococó dorado que había encima de la chimenea, junto al gato de angora, que dormitaba.
—¿Cuánto tiempo hacía que no estábamos juntas? —dijo Prudencia.
—No tanto... —respondió Paciencia.
—Es que andamos todas muy ocupadas, es normal... —dijo Comprensión.
El gato pareció enarcar una ceja escéptica. Luego se rascó la ceja con una pata, y siguió durmiendo.
Las tres damas callaron durante un largo tiempo, hasta que Comprensión volvió a hablar.
—¿Y cuándo decíais que vendrán nuestros pretendientes?
—Pronto —respondió Paciencia.
—A lo mejor no vienen —especuló Prudencia.
—Si no vienen, será porque tienen una buena razón para ello, estoy segura. Y en todo caso vendrán otro día —aseveró Comprensión.
—Además, ¿qué prisa tenemos? —dijo Paciencia, encogiéndose de hombros, tomando después un delicado sorbo de su té.
El gato bostezó. Prudencia y Comprensión bajaron la vista y tomaron un sorbo de sus tazas, mecánicamente. El reloj rococó dorado continuó con su tic-tac, disimulando el silencio.


EL EXTRAÑO ENTIERRO DE LA SEÑORA USHER
O PRINCIPIO Y FINAL DE UN CUENTO A LA MANERA DE POE
Miguel Campion ©

Sé que quienquiera que lea estas páginas que ahora escribo con pulso tembloroso me tomará por loco. No negaré que he sufrido durante toda mi vida los efectos de una lamentable excitabilidad nerviosa, agudizada por una sensibilidad desmedida hacia los sonidos… pero les juro que lo oí, ¡oí esos gemidos atravesando las paredes del sepulcro, y su respiración, el suave y adormecido aliento imposible de su cadáver! Pero comenzaré por el principio, por el día en que vi por vez primera a la lánguida y bellísima señora Usher, asomada en el quicio del mausoleo familiar, como una premonición de su aciago destino, apoyando en las columnas jónicas sus manos preciosas y pálidas como ángeles de muerte.
(…)
Y cuando por fin conseguimos abrir la pesada puerta de bronce, haciendo chirriar sus goznes como una bandada de cuervos ávidos de carne muerta, la vimos ahí, de pie, esperándonos, su boca descarnada torcida en una mueca que quería imitar una sonrisa, su marchita piel envuelta en el sudario ensangrentado, y sus brazos abiertos para recibirnos, sólo que en sus extremos no estaban sus preciosas manos, sino un par de muñones ensangrentados que asomaban por las amplias mangas hechas jirones. A punto de perder el juicio, tuve que apartar la vista de aquel cadáver viviente y entonces las vi, desgarradas de su cuerpo, agarradas a los barrotes del ventanuco: sus manos, las muertas manos de la señora Usher.



ELENA LILIANA POPESCU

(20 de julio de 1948, Turnu Mãgurele, Rumania). Poeta, traductora, editora. Doctora en Matemáticas por la Universidad de Bucarest, de la que actualmente es profesora. Pertenece a la Unión de Escritores de Rumania.
Tiene publicados más de treinta libros de poesía y traducciones del inglés, francés y español, publicados en Rumania y en el extranjero.
Sus poemas traducidos al inglés, español, francés, italiano, portugués, chino, serbo-croata, urdu, albanés, catalán, y latino, han sido publicados en diversas antologías y revistas impresas y de Internet, tanto en Rumania como en el exterior (Alemania, Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Cuba, EE.UU., El Salvador, Italia, España, Hungría, México, Nicaragua, Puerto Rico, Serbia, Taiwán, Turquía, Uruguay).
Ha traducido al rumano la obra de más de noventa autores clásicos y contemporáneos, poetas y narradores.
Biografía y trayectoria literaria en:



SI SE PUDIERA *
Elena Liliana Popescu (©

Si se pudiera alguna vez
medir lo inconmensurable,
abarcar lo ilimitado
y, atravesando la nada,
no ser lo uno ni lo otro...

Si se pudiera alguna vez
ser amor sin amar,
ser esperanza sin esperar,
ser palabra sin hablar,
ser pensamiento sin pensar...

Si se pudiera alguna vez
oír lo inaudible,
ver lo invisible
y aprender lo ignorado,
¿habría un nuevo comienzo?


LA HE VISTO *
Elena Liliana Popescu (©

La he visto llegar,
esperada o no,
despacio o de pronto.
Y se aleja victoriosa,
o eso cree.
Pues sólo puede coger
lo que puede llevar,
lo que se puede perder.
Cada vez comprueba
que Otro ha sido el primero
y comprende una vez más
que le dieron poder
sólo para obedecer
y para llevar en silencio
el peso de ese conocimiento
durante la Vida infinita…


NOS HABRÍAMOS DICHO SILENCIOS *
Elena Liliana Popescu (©

No sé
de nada mejor
que el Silencio
para decir
lo qué es la muerte,
lo qué es la vida…

¡Ojalá hubieras estado!

Nos habríamos dicho
silencios
y habríamos conocido
mejor
el Silencio
de nosotros mismos.

No sé
de nada mejor
que el Silencio,
para llenar
el instante,
el dolor,
la palabra…

* Traducido por Joaquín Garrigós.



GONZALO SALESKY LASCANO

Nació en Córdoba en 1978. Ha publicado los siguientes libros: "2011" (poemas y cuentos, 2009), "Presagio de luz" (poemas, 2010), "Ataraxia" (SE Ediciones 2011, cuentos y poemas), y participado de la antología “Cuentos por correo” (Ediciones Osiris, España 2012).
Ha sido distinguido en poesía y narrativa, tanto en el orden nacional como en el internacional en diversos certámenes entre 2009 y 2012 con once primeros premios, tres segundos premios, dos terceros, un cuarto y un quinto, así como con veintiuna menciones, cinco selecciones, un accésit y veintidós posiciones de finalista.


CALLA *
Gonzalo Salesky Lascano ©

Calla cuando llora,
cuando escribe,
cuando se derrama o se vende la poesía.
Calla porque el vértigo es inútil
y las palabras sobran.
Porque su vida, sin callar,
casi no es vida.
Porque el látigo del alba lo desvela.
Calla cuando otros cantan,
cuando gritan,
cuando dan rienda suelta a la pasión.
Porque el dolor aún no termina,
se mantiene delante de sus párpados.
Se calla aunque no sangre
porque las heridas más profundas
maduran en silencio.
Calla cuando escapa,
cuando pierde,
cuando quiere querer,
cuando enamora.
Cuando lo olvidan como a un ave de paso,
cuando imagina lo feliz que pudo ser.
Cuando la brisa amontona los recuerdos,
se encuentra con sus miedos
y el silencio lo envuelve cada noche.
Calla
porque el mundo ha sido así y lo será siempre,
porque las náuseas lo mantienen despierto,
porque es mejor callar que estar dormido.
Es mejor imaginar la primavera,
palpar las huellas que deja la nostalgia,
oír al cielo y sus plegarias por la lluvia.
Calla
porque es inútil vivir, seguir viviendo
o soñar que sirven de algo las palabras.
Calla porque el dolor es sabio,
el llanto y el sudor van de la mano,
la memoria ha sido buena compañía.
Calla cuando delira,
cuando implora,
cuando anhela dejar de ser silencio.
Porque el reloj y el almanaque son tiranos,
porque la luna también calla como él
y las estrellas son tantas y tan pocas…
porque el sol ya se ha olvidado del otoño.
Porque la verdad no es una sola,
porque en la tinta, tan llena de mentiras,
los profetas del odio se consumen.
Porque el amor es excusa
y el fuego y la pasión siempre se apagan.
Porque la pena es alimento del espíritu,
la sangre tira,
no olvida y se subleva,
el destino se hace cómplice del viento,
la soledad va estrechando los caminos.
Calla al recordar otras vidas,
al contemplar las huellas que se alejan
cuando galopa en su pecho
el arco iris blanco y negro del olvido.
Calla
cuando lo obligan a ser
y cuando todo lo que existe alrededor
se desvanece,
fugaz,
se hace invisible.
Porque la historia está llena de secretos,
de dioses y de hombres que han callado,
que han visto más allá de las tormentas.
Que han probado alguna vez la libertad,
que tienen poco y nada pero sueñan,
que arrojan piedras a un estanque vacío.
Que enfrentan al futuro
aunque jamás lo entiendan,
saben que el tiempo es mucho más que la nostalgia,
que el alma sólo existe si se entrega.
Calla por tantos que se han ido,
que ahora son polvo y huesos o agonía.
Porque el momento de esperar ya ha terminado,
porque comprende que pronto ha de partir
callado como el viento,
acariciando el mar,
cumpliendo las promesas del pasado.

* El poema Calla ha sido ganador del V Concurso Internacional de Poesía Caños Dorados.



MARÍA AMELIA DÍAZ

(Castelar, Buenos Aires, Argentina). Docente, bibliotecóloga, poeta y ensayista. Ha publicado en poesía: "Cien metros más allá del asfalto", "Para abrir el paraíso", "Las formas secretas", "La dama de noche y otras sombras" y "Para justificar a Caín". Integra las antologías “Talleres labor y vida” (SADE, Sociedad Argentina de Escritores), "Antología sin fronteras" (Universidad Autónoma de Hidalgo, México, declarada de interés cultural por la Ciudad de Buenos Aires - CABA), "Icosaedro", "Poetas de Morón" (Morón, Pcia. de Buenos Aires), "Oeste", "Eufonía" y "De gritos y silencios I, II y III", entre otras. Está incluida en el “Diccionario de autores” del Ministerio de Cultura de la Provincia de Buenos Aires. Fue traducida al italiano y al catalán.
Biografía y trayectoria literaria en:



POEMA
María Amelia Díaz ©

A veces es un llamado frágil
apenas un rumor inaudible en lo profundo de los huesos,
como una diminuta raíz que cava entre la tierra oscura de la carne.

Después, se reconoce el golpe,
un ramalazo tendido entre diástoles y sístoles que galopa con sus
/cascos los charcos de la sangre
corre y arrasa el camino que le señalan las arterias
trepa, y golpea aldabas incesantes que retumban en la casa a oscuras
/del cerebro.

Como un chamán convoca a los poderes del nombre
que no encontramos y que nunca sabremos
porque no hay palabras, ni sílabas
que expresen con su alfabeto hambriento, el poder sagrado de las sombras.

Entonces, sólo entonces, nos responde el grito,
desnudo grito hostil,
jirón primero que permanece sofocado en la trampa feroz de la garganta,
en la boca misma del abismo

justo al borde de toda expresión posible.
Trampa.
Y nos ahoga.



MIGUEL CASTILLO FUENTES

(San Gil, Colombia, 1985) Licenciado en español y literatura por la Universidad Industrial de Santander. Ha sido finalista en múltiples concursos de cuento, entre ellos cabe mencionar el segundo puesto en el Concurso Nacional de Cuento La Cueva 2012. Ha publicado los libros de cuento Peces para un acuario (2010), Noctambulismos (2013) y Tres hombres solos (2013). Ha sido director del taller de cuento Relata-UIS y actualmente trabaja como tallerista del Concurso Nacional de Cuento RCN-MEN y el programa Libertad bajo palabra, del Ministerio de Cultura de Colombia.


RÍO ABAJO
Miguel Castillo Fuentes ©

El cuerpo, ya hinchado, flotó sesenta kilómetros antes de quedar atrapado en las raíces de un guayacán al borde del río. Parecía tranquilo, como si estar muerto fuera tan simple como flotar en el agua. Eso mismo pensó Nevardo cuando lo vio, boca arriba y con los brazos y piernas extendidos en forma de estrella.
Venía río abajo también. Al salir de casa prometió regresar con pescado suficiente para comer y vender. Pero no consiguió mucho: tres doradas pequeñas convulsionaban por última vez en la canoa cuando encontró al cadáver en el río, atrapado en las raíces del guayacán.
Nevardo vio al muerto en el agua y no se asustó. Todo lo contrario, fue su primera felicidad en mucho tiempo; sonriendo saltó de la canoa. Con medio cuerpo bajo el agua, se acercó al muerto, acarició su cabeza y le dijo “amigo”. La última persona a la que le dijo amigo le respondió con un puño en la cara. “Yo no soy amigo de bobos”, le gritaron antes de ser pateado en el suelo. Con el muerto no pasó eso. Lo miró a los ojos –abiertos y brillantes por el agua– y volvió a sonreír. De la canoa sacó una cabuya y amarró al cadáver unos metros abajo, en un clavellino enorme con sombra suficiente para esconderlo. Para estar más seguro, buscó ramas y hojas que dejó encima del cuerpo, a manera de cobija.
Al regresar al pueblo amarró la canoa al muelle y caminó hacia su casa. Una vez dentro dejó las tres doradas sobre la mesa de la cocina, a la vista de la madre. La vieja, diminuta y negra como el río cuando no hay luna, miró los pescados y no dijo nada. Él tampoco habló. Se escondió en su cuarto, con la puerta cerrada con tranca, encendió una veladora, se arrodilló en el suelo y rezó a San Rafael por su amigo. Esa misma noche Nevardo soñó con un río brillante donde cientos de muertos le hacían señas para que entrara al agua.
Al día siguiente hizo sol, pero la tierra de la calle estaba pegada al suelo por culpa de una lluvia nocturna. Sobre ese piso él corrió descalzo hasta encontrar la canoa. Igual a una serpiente, el río se movía lento. El color a tierra revuelta brillaba por culpa del sol mientras él buscaba al muerto entre las ramas y flores del clavellino. Seguía flotando allí, bajo la sombra del árbol. Le dijo “hola amigo” y soltó la cuerda que amarraba su cuerpo a la orilla. Una vez libre, jugaron a carreras de nado; cada vez que competían, él le permitía al cadáver una ventaja de varios metros. Cuando ya el cuerpo parecía irse río abajo, Nevardo aleteaba los brazos y lo alcanzaba rápidamente. Lo traía de vuelta al clavellino, remolcado de un brazo, y luego volvía a soltarlo.
El juego se repitió varios días como una continuidad perfecta. Por desgracia el agua lo pudre todo muy rápido. La misma tarde en la que la piel del muerto empezó a deshacerse en jirones, varias lanchas con hombres de rostros cubiertos cruzaron el río. “Bobo, ¿Qué lleva ahí?”, preguntó el único de los hombres que tenía el rostro descubierto. Por poco lo ven jugando con el cadáver. Cuando oyó el motor Nevardo escondió a su amigo bajo él. “Nada señor, solo un tronco para nadar”, contestó antes de que el hombre escupiera al río y diera la orden de seguir.
La puerta de la calle estaba cerrada con candado. “¡Te quedas aquí!”, gritó su madre antes de guardar las llaves de la casa entre sus senos. Cuando llegó la noche, el pueblo seguía sin luz. Bajo la puerta y los bordes de las ventanas Nevardo veía la oscuridad y el silencio del pueblo interrumpidos únicamente por gritos y motocicletas de alto cilindraje. Al fondo, muy suave y como compañía de los ruidos, el río se repetía sin parar.
Después de varios días, la noche pasó. La puerta volvía a estar abierta y afuera el paisaje no era más que un diluvio. La calle era un charco extendido alrededor de casas de un piso de alto. Nada, salvo los árboles de plátano, parecía querer levantarse del pueblo. Bajo los techos de las casas los perros dormitaban esperando el fin de la lluvia y Nevardo, en el pórtico de su casa, parecía uno de ellos. Pensaba en su amigo cuando al fin prestó atención al río. Rugía con fuerza, como si arrastra piedras y no agua. Llovió tanto que el río era una sola fuerza descomunal, impropia para la tranquilidad de un muerto. Le dijo a su madre que debía ir a pescar. “Te vas ahogar”, contestó ella cuando él empezó a correr bajo la lluvia. Cayó al suelo varias veces antes de llegar al sitio en el que debería estar la canoa. El río o alguien debió llevársela porque no había nada allí. Entonces volvió a correr río arriba, cayendo cada tanto por culpa del lodo, siempre por la rivera, atento a los pedazos de madera que bajaban por la fuerza del agua. Y corrió hasta que encontró el clavellino y una vez allí pensó en arrojarse al agua y cruzar el río para salvar a su amigo, pero al acercarse a la orilla pudo ver que bajo la sombra del árbol solo el agua revolcada parecía esperarlo.


SEPELIO
Miguel Castillo Fuentes ©

Mi abuela dice que las mariposas negras son de mala suerte. Dice que si ves alguna en casa es porque alguien morirá. Ella cree en muchas cosas y por eso siempre está tratando de encontrar algo en todo lo que ve. Cuando era muy pequeño me daba miedo pasar las vacaciones con ella; en su casa había estatuas de santos por todos lados, y detrás de cada puerta colgaba una cruz de madera adornada con flores parecidas a las de la tumba de mamá. En su casa solo se sentía algún ruido cuando éramos mi hermana y yo los responsables. Lo peor era en la noche, cuando nos obligaba a rezar antes de dormir. Una noche en la que me levanté para ir al baño me acerqué hasta la puerta de su cuarto. Desde adentro podía oír un murmullo como de velorio en el que las palabras de mi abuela parecían entenderse para ella sola. De eso ya han pasado algunos años. Ya no soy tan niño, por lo tanto ya no le tengo miedo, aunque me sigue pareciendo bastante extraña y reza toda la noche.
Ahora mi abuela Gabriela vive acá, con mi papá, mi hermana y yo. A veces hablamos, o al menos creo que habla conmigo; el tema siempre es el abuelo, el campo, las vacas y mamá. Me dice que mamá de pequeña era muy bonita, que mi hermana Beatriz salió como ella y que más bien me parezco a papá. Me dice que mamá era la niña más bonita del pueblo con esos rizos negros que le bailaban por el rostro. Le digo que Beatriz tiene el cabello lizo y medio amarillo. Hace como si no me oyera y habla sin parar del pasado.
El lunes, bastante temprano, encontré a mi abuela rezando en la sala. Era extraño que estuviera allí; cuando no está en el jardín está en su cuarto, encerrada junto a sus santos y sus velas. Ya estaba vestido y esperaba solamente el desayuno para ir al colegio. Me asomé con cuidado y la vi arrodillada, con sus manos agarradas y los ojos cerrados. No sé si hice algún ruido, pero cuando intenté acercarme ella dejó de rezar, volteó su rostro directo a mí y dijo “Alguien va a morir”.
Dejó de mirarme para seguir rezando. Me acerqué hasta pararme junto a ella. No le dije nada y aun así ella me entendió. Alzó su mano derecha y me señaló una mariposa negra que estaba pegada a la pared, “Las mariposas negras son de mala suerte, si ves alguna en casa es porque alguien morirá”, eso fue lo que dijo y siguió rezando.
La mariposa era muy grande y negra, con un montón de pelos en la espalda. Las alas tenían unas manchas brillantes y oscuras que parecían un par de ojos molestos. Mi abuela seguía diciendo que alguien moriría. Rezaba y rezaba, solo deteniéndose para repetirlo, “Alguien va morir”.
En la noche no vi la mariposa en ningún lado. Me acosté tranquilo, pensando que si la mariposa ya no estaba era porque quien debía morir ya lo había hecho.
Durante todo el día estuve pensando en la mariposa negra. Si era cierto lo que decía mi abuela quería saber rápido quién había sido. Estuve esperando toda la mañana a que llamaran por mí de la oficina del rector. Imaginaba su rostro incomodo, reflejo involuntario del esfuerzo por parecer mi amigo, y su voz de profesor diciendo que las cosas se solucionarían. “La muerte es parte de la vida”, diría antes de que papá apareciera para llevarme a casa. Eso era lo que creía que sucedería, pero nada pasó.
Al regresar a casa esperaba ignorar a mi abuela. Pensé que estaría, como siempre, hablándoles a las plantas del jardín de su hija, “tan bonita ella, con esos rizos negros que le bailaban por el rostro”. Sin embargo y por primera vez en mucho tiempo, ella no estaba allí. Me preocupé por ella así que corrí a buscarla a su cuarto. La puerta estaba abierta y sobre la cama, vestida de pies a cabeza de negro, ella rezaba con los mismos murmullos de cuando yo era un niño pequeño.
Era como si esperará que un funeral la visitara. Olía a lo que huele uno cuando se acaba de duchar y encima de su cabeza tenía una tela negra.
En la noche no bajó a comer. La mariposa no se fue en realidad, sino que voló hasta el cuarto de mi abuela. Al igual que la mariposa, ella decidió no salir más, ni siquiera para comer. De noche le llevaba la comida y la encontraba igual, con la misma ropa, diciendo después de cada oración, “Alguien va a morir”.
Durante esos días, cuando volvía del colegio, la buscaba y la encontraba igual a una estatua de cementerio. El traje negro intacto, con los pliegues largos y extensos en la falda; pegada a una de las paredes del cuarto, la mariposa parecía dispuesta a no moverse hasta que alguien muriera.
Mi papá no decía una sola palabra. Lo que éramos Beatriz y yo no lográbamos comprender lo que sucedía. A veces, cuando pensábamos en la abuela, lo mirábamos como si él fuera capaz de explicarnos lo que sucedía. Papá seguía en silencio, tranquilo, como si fuera normal que la gente pudiera morirse todos los días.
Al fin la mariposa se fue. Beatriz me dijo que abrió la ventana del cuarto y esperó a que la mariposa saliera. Al principio la mariposa no habría llegado a comprender la ayuda recibida y por eso buscó la escoba para espantarla, hasta que finalmente empezó a volar. Entré a la habitación y lo primero que vi fue la ausencia de mi abuela. Sobre su cama la ventana seguía abierta, quizá por eso la imaginé a ella en el aire, volando igual que la mariposa, dirigiéndose hacia la luz en busca de su hija.



AÍDA VALDEPEÑA JIMÉNEZ

México D.F., 1976. Poeta. Realizó estudios de Literatura Latinoamericana en la UNAM. Estudió el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Tallerista de creación literaria en varios estados de la república. Docente de Lengua y Literatura en instituciones educativas de nivel medio superior y superior. Ha participado en congresos literarios nacionales e internacionales. Su obra poética se publica en distintos medios impresos y electrónicos de México, Perú, Chile, Venezuela, Brasil, España, Dinamarca y Estados Unidos. Galardonada con el Premio Interamericano de Poesía Jóvenes Creadores Sinaloa 2007, donde publicaron su primer poemario “Universo de Náufragos”. Parte de su obra fue incluida en la antología “Semilla Desnuda”, selección de noventa poetas mexicanos editada por el INBA/CONACULTA. Traducida al portugués en la Antología “Tenhgo tanta palabra”, ediciones México/Brasil. La Secretaría de Cultura de Morelos editó su segundo poemario “A Contracorriente”.


DE NOCHE MAR Y TIERRA
Aída Valdepeña Jiménez ©

Aquellos arenales no se limitan a quedarse en su mar
lleva el propio mar
a algunos campos donde caminan ciervos
llevan brillando el sol
a alcantarillas huecas de una ciudad sin nombre
Infatigablemente buscan juntar varios caminos
por eso,
aunque los confundamos con luciérnagas,
a veces vemos peces volando entre las ramas.


CADA PALABRA UN ÁRBOL
Aída Valdepeña Jiménez ©

Son letras las hojas de los árboles:
párboles, paroles
de modo que si encuentras
un abeto creciendo,
y tienes el silencio
de una estatuaria roca,
escucharás un himno.


ÁMBAR
Aída Valdepeña Jiménez ©

Dedos que se atrevan
a tocar firmemente
las piedras que nacen bajo el río,
que provoquen sonidos para atraer ballenas,
que se muevan y muevan
la mitad encantada de algún oscuro bosque.
Dedos que por sí solos
cuenten la historia de dulces viejos cuentos
y un par de cantos que unan la luna a la mañana.


PÁJARO Y VUELO SOBRE EL MISMO AIRE
Aída Valdepeña Jiménez ©

Llega al jardín la luna;
pero al sauce lo habita,
al pinar lo alimenta
y al abeto lo viste de un color transparente.


CONTORNO DE FLOR
Aída Valdepeña Jiménez ©

Al llegar a tus labios
la forma de la brisa se transforma
llenándote de cantos las palabras.


TIEMPOS
Aída Valdepeña Jiménez ©

En tu cuerpo hubo un río
lo sé
por las pequeñas plantas
que aparecen de pronto
entre tu almohada,
porque al tocarte
mis manos se humedecen,
y si miro tu pecho me refleja.
En tu cuerpo hubo un río,
lo delata el amor que te tienen los peces
los árboles se alargan para oírte,
la brisa moja cuando tú sonríes,
y al abrazarte,
hay un descanso fresco
que dura lo que el agua de lluvia.



HEBERT POLL GUTIÉRREZ

Nacido en La Habana en 1977, vive en Matanzas, Cuba. Licenciado en Comunicación Social es escritor, narrador oral escénico, dramaturgo, guionista de cine, radio y televisión, animador turístico y comediante. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz (AHS), está graduado del VII Curso de Técnicas Narrativas, auspiciado por el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Suele utilizar el seudónimo Grafitti. Por su labor ha obtenido varios premios.
Biografía y trayectoria literaria en:



LOCURA AZUL
Hebert Poll Gutiérrez (Grafitti) ©

PERSONAJES
Hombre 1
Policía
Griot
Hombre 3
Voces
Satanás

ESCENA I
(Telón bajo)
Un personaje enmascarado, el Griot, se mueve por dentro el público.
Griot (Pregonando): ¡Extra, extra! ¡Cuídese! ¡Protéjase! ¡La locura azul está aquí! ¡La locura azul invade el país!
El Griot, de vez en cuando incita al público a que repita el pregón. El teatro es estremecido
por un relámpago. El Griot abandona el escenario por uno de los laterales. Abre el telón y…


ESCENA II
La escena representa un parque. A la izquierda se halla un hombre de tez negra ala derecha un policía.
Policía (Dirigiéndose a Hombre 1): ¡Oye, tú, ven acá!
Hombre 1 no responde.
Policía (Dirigiéndose a Hombre 1): ¡Oye, tú, ven acá!
Hombre 1 no responde.
Policía (Dirigiéndose a Hombre 1): ¡Oye, tú, ven acá!
Hombre 1 sigue sin responder. El policía se acerca.
Policía: ¡Oiga, ciudadano!
Hombre 1: Diga.
Policía: ¿Usted está sordo?
Hombre 1: No.
Policía: ¿Entonces por qué no me hizo caso cuando lo llamé?
Hombre 1 (Irónico): ¡Ahhh! ¿Era conmigo?
Policía: ¡Claro que era contigo! ¿Con quién más podía ser?
Hombre 1: Por eso no le respondí. Tengo nombre, no me llamo “Oye tú ven acá”.
Policía: ¿Qué te pasa, negro payaso?
Hombre 1: Es verdad, realmente es verdad.
Policía: ¿Qué es verdad?
Hombre 1: Es verdad que soy negro y estoy orgulloso de serlo. Es verdad que soy payaso y cobro por mis payasadas, pero también soy Licenciado en Comunicación Social, escritor, narrador oral escénico, colaborador del periódico Girón, dramaturgo, guionista de cine, radio y televisión, animador turístico y comediante. Miembro de la Asociación Hermanos Saiz (AHS). Graduado del VII Curso de Técnicas Narrativas, auspiciado por el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. (Pausa y Transición) ¿Entendiste, “Oye tú ven acá”?
Policía: Identrifilación.
Hombre 1: ¿Qué?
Policía: Identrifilación.
Hombre 1: ¿Qué cosa?
Policía (Lo repite más despacio): Identrifilación.
Hombre 1: No entiendo.
Policía (Lo repite más lento pero con cierto enojo): Identrifilación.
Hombre 1: Ya entiendo.
Hombre 1 saca su identificación personal y se lo entrega al policía.
Hombre 1: Aquí tiene el carné de identidad, oficial.
Policía (Le arrebata molesto la identificación): ¡Dame acá, negro payaso!
El policía intenta leer el carné de identidad y no lo consigue. Tartamudea, se traba al decir las palabras.
Policía: Nombre.
Hombre 1: Si no sabe leer, ¿para qué me pidió el carné?
Policía: Ciudadano.
Hombre 1: ¿Qué pasa?
Policía: Me está faltando el respeto.
Hombre 1: ¿Le estoy faltando el respeto? No, oficial. Falta de respeto es usted que el Estado le paga mil quinientos pesos al mes, usted gana más que un licenciado y no sabe leer. Al menos gaste la mitad del sueldo y cómprese un diccionario o un cerebro.
Policía: Me está faltando el respeto. ¡Yo soy la ley!
Hombre 1: ¿Su jefe sabe que tú no sabes leer?
Policía: ¡Tú no, usted! ¡Respete a la ley!
Hombre 1: Ya ve.
Policía: ¿Qué cosa tengo que ver?
Hombre 1: Vio qué mal uno se siente cuando no lo llaman por su nombre.
Policía: Ciudada…
Hombre 1 (Interrumpe): ¿Su jefe sabe que tú, digo, usted no sabe leer?
Policía: ¿A ti que cojones te importa?
Hombre 1: Claro que me importa. Me estás haciendo perder el tiempo. ¿Les suben el salario por hacerles perder tiempo a los civiles?
Policía: Nombre.
Silencio.
Policía: Ciudadano. ¿No me va a decir su nombre?
Hombre 1: De acuerdo, (Deletreando) M-i-g-u-e-l M-a-r-t-í-n-e-z O-l-i-v-a-r-e-sólo
Policía: ¿Por qué hablas así?
Hombre 1: ¿No quería saber mi nombre?
Policía: Si.
Hombre 1: Entonces…
Policía: Entonces… ¿por qué cojones me hablas así?
Hombre 1: Subteniente.
Policía (Molesto): Teniente.
Hombre 1: De acuerdo, Teniente. ¿Deletrear el nombre propio es un delito?
Policía: No.
Hombre 1: ¡Uhmmm! Ya veo. Entonces…
Policía: ¿Entonces qué?
Hombre 1: Nada.
Policía: ¿Cómo qué nada?
Hombre 1: Nada, teniente. Solo le pregunté si deletrear el nombre propio era contra la ley.
Policía: Y yo le acabo de decir que no. ¿Cuál es el problema?
Hombre 1: Ninguno. Ahora estoy más tranquilo. Pensaba que estaba infringiendo la ley por deletrear. Como en este país se cambian cada cinco minutos las leyes y los ministros.
Policía: ¡Cuidado con la lengua, ciudadano!
Hombre 1: Artículo 19.
Policía: ¿Arti qué?
Hombre 1: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Policía: ¿De qué cojones hablas, negro payaso?
Hombre 1: Libertad de expresión, teniente.
Policía: ¿Libertad de expresión?
Hombre 1: Si, teniente. (Deletrea) Li-ber-tad- de- ex-pre-sión. Pue-do- de-cir- lo- que- me- da- la- ga-na- Li-ber-tad- de- ex-pre-sión.
Policía: No me hable más así. Yo no soy ignorante.
Hombre 1: Disculpe, es verdad.
Policía: ¿Qué es verdad?
Hombre 1: Usted no sabe leer, no sabe escuchar, pero no es ignorante.
Policía: ¿Se está burlando de mí?
Hombre 1: No, digo lo que veo.
El policía saca su walkie talkie y se enoja al ver que este no funciona.
Hombre 1: Teniente, al final no me dijo por qué me detuvo.
Policía: ¿Estás apurado?
Hombre 1: Claro, por eso le pregunto.
Policía: Es un chequeo de rutina.
Hombre 1: ¡Ahhh! Ya veo, ya veo.
Policía: ¡Qué cojones ves?
Hombre 1: Una cosa.
Policía: ¿Qué cojones es?
Hombre 1: Me pides el carné por ser negro.
Policía: ¿Qué coño dijiste?
Hombre 1 (Deletreando): Me pi-des el- car-né por- ser- ne-gro.
Policía: ¡Cállate la boca, negro payaso!
Hombre 1: ¡Ve que es verdad! Me pides el carné por ser negro.
Policía: ¡Mentira! Yo soy negro igual que tú.
Hombre 1: Eso es lo que más me molesta, carajo.
Policía: ¡Cuidado con su lengua!
Hombre 1: ¡Mira quién habla! El diccionario andante de las malas palabras. ¿A cuántos negros le has pedido el carné hoy, en el mes… para realizar tu chequeo de rutina?
Policía: ¿A ti qué cojones te importa?
Hombre 1: ¡Claro que me importa! ¿Desde cuándo eres esclavo de los blancos?
Policía: ¡Calla…!
Hombre 1: Por negros como tú, el racismo se ha fortalecido en este país. Negros como tú han regalado nuestras raíces a los blancos. Además, no olvides que aquí ser negro es una desgracia. Nuestro único derecho un ataúd y eso si hacemos un contrato inviolable con el director del cementerio: las tumbas también son para los blancos.
Policía (Molesto): ¡Cállate, cállateeeee!
Hombre 1: Después ustedes se ponen bravos cuando nosotros los artistas los acusamos de racistas, abusadores, ignorantes, corruptos.
Policía: ¿Qué pinga te pasa? Yo no soy ningún corrupto.
Hombre 1: Usted no, oficial.
Policía (Molesto): Teniente, cojones, tenienteeeeeee.
Hombre 1: ¿Qué pasa teniente, le molesta la verdad?
Policía: ¡Qué verdad ni verdad! Mentiras es lo que dices.
Hombre 1: ¿Es mentira que aquí hay corrupción? ¿Es mentira que aquí violar los derechos humanos es parte de la rutina? ¿Es mentir que maltratar al cubano es parte de la política interior del Estado?
Policía: Ciudadano, no le permito que hable mal de la Revolución.
Hombre 1: La verdad es la verdad.
Policía: ¿Eres guapo?
Hombre 1: No, sólo digo la verdad.
Policía: ¡Qué verdad ni verdad! Tengo unas ganas de reventarte la cara y meterte preso.
Hombre 1: ¡Imagínese usted! Si cada vez que diga las verdades que la prensa y los artistas con miedo no se atreven a decir, me darán golpes y me meterán preso, bueno… ¡Son cincuenta y tres años diciendo mentiras, perdón, omitiendo la realidad!
Policía (Enojado): ¡Está bueno ya, cojones!
El policía se abalanza sobre su interlocutor y trata de esposarlo, no consigue su objetivo.
Policía (Enojado): ¡Ciudadano, no luche, está en desacato!
Hombre 1: ¡No estoy luchando, oficial! ¿Es mi culpa que usted sea enano? ¡Yo no lo voy a cargar hasta la estación!
Hombre 1 logra quitarse al policía de arriba.
Policía: ¿Ya se calmó? ¿Me acompaña tranquilo hasta la estación?
Hombre 1: No hay problema. Quien no la debe, no la teme.
El policía se aparta y deja que el ciudadano que lo saco en más de una ocasión de sus cabales pase adelante.
Hombre 1: ¿Puedo hacer una llamada?
Policía: No.
Hombre 1: Es para que mi familia sepa donde estoy.
Policía: Hazla, será la última llamada que hagas, negro payaso.
Hombre 1: Gracias, oficial.
Policía (Enojado): ¡Teniente, cojones, tenient….
Hombre 1 da dos palmadas y el policía se congela en escena. Hombre 1 saca un celular y marca un número.
Satanás en off: Hola.
Hombre 1: Hola. Con Satanás, por favor.
Satanás en off: Es quien le habla. ¿Qué desea?
Hombre 1: Satanás, soy yo, Dios.
Satanás en off: Habla rápido. Tengo un día ocupado.
Hombre 1: Satanás, tenías razón. La locura azul ataca solamente a los negros.

Escuchamos el coro de una canción del grupo Los Aldeanos:

Hermano, ya ponte de pie,
que esta lucha aún no se acabó.
(¡Aún no!)
Y luchar en honor a qué.
(¡Lucha!)
Por esto se sacrificó.
(¡Claro que sí!)
Solo tienes que ser valiente.
(¡Si nos unimos!)
Sin necesidad de usar un arma.
(¡Allá ellos!)
Solo se trata de alzar tu frente.
(¡Si!)
Que esa es la bandera de tu alma.
¡Policía, Policía! Tú tienes cerebro.
El día que en este país
haya mas revolucionarios que chivatones
yo voy a ver de qué tamaño
van a empezar a construir los camiones...

Baja el telón.



LILIA MORALES Y MORI

(México, 22/2/1946). Estudió Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Es narradora, poeta, diseñadora de arte fractal e inventora de juegos y modelos matemáticos. En 2010 adquirió la nacionalidad española de origen, de la región Catalana, con el nombre de Lilia Morales Mori.
Biografía y trayectoria literaria en:



VIEJOS HÁBITOS
Lilia Morales y Mori ©

Mirad la ciudad a lo lejos
inadvertido páramo encendido
entre las calles de su fuego eléctrico.

Nocturno mar de flujo luminoso
navío grotesco de horas volátiles como sus ecos
Babel de un laberinto involuntario
sombrías aguas de precarios aires.

¡Debe ser la muerte!
esa perversa muerte que sabe a humedad y polvo
esa maligna forastera que nos sonríe
en la hora suprema
de infaustas despedidas.

Más allá del cosmos habitado
que nos aguarda anhelante
con signos de ignotos ideogramas
trazados en las paredes de piedra
avenidas de graffiti que sangran pertinaces
como los espectros de una vieja taberna.

Mas, ¡qué peregrino camino!
acantilado de un piso de tierra
ruinosas y misteriosas huellas
crepúsculo de un rumor
crujir de cristales
viejos hábitos que renacen
al morir la tarde
con la fuerza de la costumbre.


BUENA SUERTE - MALA SUERTE
Lilia Morales y Mori ©

En el aciago camino
viose un hombre diletante
que reía muy campante
su coraje y su destino
más la suerte lo previno
de mortal despeñadero
entre piedras y un madero
surgió un cofrecillo de oro
que presto agarró el tesoro
hundiendo su cuerpo entero.


TERMINAL DE TRENES
(cuento de terror)
Lilia Morales y Mori ©

Velino Gómez Chico se ajustó el cuello de la gabardina y el sombrero gris de fieltro casi a la altura de los ojos. Resguardado bajo el toldo del café Córdoba, vigilaba la puerta de acceso a las oficinas de la terminal de trenes en Alpuyeca. Hacía seis meses había desaparecido inexplicablemente y sin dejar rastro, uno de los tres socios de la creciente empresa ferroviaria y principal transportadora de caña a la factoría de aguamiel, piloncillo y melaza de la región. Durante ese tiempo había entrevistado en varias ocasiones a todos los posibles sospechosos de la familia, los empleados, clientes habituales, amigos y posibles enemigos y prácticamente a todos los habitantes de Alpuyeca.
Eleuterio Gracián, hombre taciturno de cincuenta y siete años había salido un día de su casa, sin compañía, en su Ford azul-verde con el capacete descubierto, como siempre solía hacerlo y jamás se supo en qué tramo de los diez kilómetros que recorría a diario por las empedradas calles del pueblo fue secuestrado. Su esposa Doña Margo, insistía en el secuestro aunque nadie hasta la fecha había pedido rescate alguno. De sus dos hijos y socios de la empresa ferroviaria, Gerardo el primogénito, suponía sin lugar a dudas que su padre los había abandonado en busca de alguna aventura. Marcelo en cambio, daba por un hecho que lo habían asesinado, pero sin cadáver no había delito que perseguir.
El tiempo pasaba y la familia parecía no sucumbir ante la desdicha y los jóvenes empresarios Gracián continuaron su vida sin mayores contratiempos. Tal acontecimiento pareció importarle sólo a Velino el circunspecto detective asignado por el Alcalde de Alpuyeca y amigo personal del ahora desaparecido. Gómez Chico no descartaba la posibilidad de que alguno de los hijos de Eleuterio o la misma esposa tuvieran algo que ver en el penoso asunto. La lluvia había arreciado y un aire frío lo invitó a entrar al café. Se sentó en una mesa junto a una ventana donde podía vigilar con comodidad la puerta de acceso a las oficinas y al mismo tiempo observar el movimiento del portón que resguardaba el estacionamiento de los vehículos particulares. Nada extraño advirtió ese día ni los siguientes dos meses que estuvo de guardia en los alrededores de la terminal ferroviaria.
Desalentado de esa rutina decidió viajar por tren hasta la factoría del endulzante, propiedad también de los Gracián. El viaje era muy placentero, principalmente porque duraba apenas unas ocho horas y el paisaje majestuoso se entreveraba por senderos boscosos, antiguos puentes de piedra y un gran lago, famoso por la pesca de tilapia, que daba de comer a todos los habitantes de la región. El fuerte olor a melaza lo alertó de la proximidad de la fábrica. Descendió del tren a eso de las cuatro de la tarde y lo primero que hizo fue dirigirse al mercado donde comió el magnífico pescado que se preparaba frito con ajo y se servía siempre con un buen plato de arroz. Vagó un rato por los alrededores y al filo de la noche tomó un cuarto de hotel. Temprano en la mañana ingresó a las instalaciones de la factoría donde recibió por parte del gerente todas las facilidades para realizar su metódica investigación. Su libreta de notas y observaciones hasta ese momento no aportaban nada más relevante de lo que tenía hasta entonces.
Habiendo permanecido una semana en la región de la factoría y a falta de pistas o cualquier indicio sospechoso, había decidido comenzar nuevamente desde el principio las averiguaciones del desaparecido. Se despidió del gerente prometiendo volver pronto, el ejecutivo de la factoría le agradeció su estancia y le ofreció un ticket gratis de ida y vuelta hasta Alpuyeca. Velino, ni tardo ni perezoso fue a recoger el billete a la oficina del despachador pero como éste parecía discutir con un individuo joven, se mantuvo a cierta distancia sin poder evitar el tema de la disputa. Finalmente el encargado le entregó al muchacho un ticket y un sobre tamaño carta. Gómez Chico temió por un momento que le pretendieran negar también a él el billete, pero no, el detective recibió su boleto con una amplia sonrisa.
Antes de las ocho de la mañana las salas estaban llenas de gente ansiosa por subir al tren. Velino esperaba con paciencia el arribo de éste cuando vio al joven que discutía con el despachador formado en la fila de tercera clase. En ese momento se percató que el muchacho era lisiado, cojeaba un poco de la pierna izquierda y el brazo derecho, a la altura del codo lo tenía un tanto deforme. A pesar de eso, el chico sostenía con la mano del brazo afectado un envoltorio y con la otra cargaba una caja que a Velino a simple vista le pareció algo pesada. Durante el recorrido no volvió a acordarse del extraño personaje y durmió como bendito hasta que la locomotora soltó sus silbatos y pitidos en los andenes de la estación de Alpuyeca.
Agapito Fonseca llevaba tres años en la alcaldía y se había postulado de nueva cuenta como candidato en el pueblo de Alpuyeca. Esa tarde Velino había pasado a sus oficinas a felicitarlo cuando solicitó permiso un comandante para informar de la desaparición de Gerardo Gracián. El alcalde y Velino enmudecieron en el acto y sin más aspavientos se dirigieron de inmediato a la casa del empresario. Margarita, la esposa, estaba inconsolable. No tardó en llegar la suegra con su hijo Marcelo, la esposa de éste y sus dos pequeños. El detective inició un riguroso interrogatorio a todos, incluyendo por supuesto también a los miembros de la servidumbre e incluso, el mismo alcalde fue objeto del severo interrogatorio.
Diez meses después de la primera desaparición, un día como cualquiera Marcelo no acudió a trabajar a la terminal ferroviaria y no regresó a su casa esa noche. No se volvió a saber más de él, ni de su hermano ni de su padre en ningún lugar, ni en ninguna parte donde se conociera la fatídica historia de los Gracián. Velino continuó con el caso revisando día a día sus notas y las observaciones que se habían acumulado sin pistas reales a lo largo de todo ese tiempo. Repasando sus apuntes se encontró sorpresivamente con el ticket de ida y vuelta que el gerente de la factoría de endulzantes le hubiera obsequiado tiempo atrás. Sin pensarlo dos veces abordó el tren sin saber exactamente a qué iba. Caminaba por el pueblo entre el olor de la melaza y el pescado frito cuando vio en una bocacalle cruzar al muchacho lisiado. Por una actitud tal vez instintiva comenzó a seguirlo a cierta distancia, el chico a pesar de su afección se movilizaba con destreza entre los plantíos por donde parecía iba cortando camino.
Al llegar a campo traviesa el detective se dio cuenta que el muchacho lo había advertido acelerando el paso hasta un lugar boscoso donde la tarde empezaba a declinar. Velino se apresuró de igual manera y aunque con torpeza, no le perdía la vista al extraño sujeto ni entre las sombras de la oscura noche. Al llegar a una pequeña colina, Gómez Chico alcanzó a ver la silueta de una antigua edificación y pudo precisar cómo el lisiado penetraba por una arcada que daba a un patio central con varias puertas. Eran tres o cuatro pero ignoraba si el sujeto había entrado por alguna de ellas, esperó un momento, las piernas le temblaban y sentía que una sed demoledora le secaba la garganta.
De repente se dio cuenta que una luz tenue salía de la primera puerta que estaba entreabierta. De esa habitación no se apreciaba ninguna ventana hacia el exterior así que no alcanzaba a ver nada. Avanzó un poco cuando tropezó con algo, era un madero de buen tamaño que pensó podría usar en caso necesario como defensa. Con gran sigilo empujó la puerta, no había nadie en la habitación que estaba iluminada con una lámpara de aceite. Una sala antigua, un piano cubierto con una chalina, un librero con algunos ejemplares de ingeniería mecánica, algunos tapetes, varios muebles viejos y muchos cuadros en las paredes distraían su vista cuando sintió a sus espaldas la respiración agitada del lisiado. Velino se dio la vuelta con un giro vertiginoso y al ver al tipo de frente se descubrió apuntado por una pistola que sostenía el individuo con la mano izquierda.
—Como detective eres lento, te esperaba hace meses.
—¿Quién eres?
—No estás en posición de hacer preguntas y a punto de morir de nada te servirán las respuestas.
—Creo que debemos hablar —dijo Velino apretando con su mano el madero que sostenía casi al ras del suelo.
—No soy buen conversador y será mejor que tires el tronco —el lisiado cortó cartucho y al instante se escuchó el golpe del madero caer sobre el piso.
—Muévete —le ordenó el desconocido al detective indicándole que avanzara hacia una puerta lateral.
Mientras caminaba con los brazos en alto sintió que su mano derecha topó con el poste de una lámpara de piso, instintivamente la agarró y se la arrojó a su agresor quién dejó escapar una bala que fue a impactarse en el techo de la habitación, mientras el lisiado caía al piso golpeándose la cabeza en el hierro de la base de una máquina de coser.
Velino se paralizó por un instante, bastante agitado se aproximó al lisiado y comprobó que seguía con vida, trató de moverlo para auxiliarlo pero su vista se detuvo en la base del pedal de la máquina, que ostentaba claramente el símbolo de la compañía ferroviaria y el nombre de una mujer con todas sus letras. En medio de la penumbra y en esa aterradora soledad escuchó un ruido que venía de abajo y se aproximaba a la puerta lateral. Como un resorte se puso de pie y salió de estampida, alejándose torpemente, dando tumbos por la zona boscosa. Sin medir sus pasos cayó por la ladera de la colina donde rodó hasta la orilla de una carretera.
Habían pasado cinco años del episodio que mantuvo internado al detective por más de un mes en la cama de un hospital. Unos trabajadores de la fábrica lo habían encontrado inconsciente y malherido. El diagnóstico después de su convalecencia lo mantenía atado a fuertes medicaciones de analgésicos por terribles dolores de cabeza, alucinaciones y conjeturas por demás inexplicables. Un grupo de personas calificadas, mientras Velino se encontraba aún en recuperación, habían ido a la supuesta edificación en el bosque y solo habían encontrado los restos de una ruinosa casa que en otros tiempos había sido una próspera hacienda.
La descripción que el detective había hecho de la sala era totalmente fantasiosa, la habitación de la primera puerta estaba completamente desierta, no había rastros de sangre en el piso, ni siquiera una máquina de coser, ni mucho menos una bala impactada en el techo. Nadie en el pueblo sabía gran cosa del lisiado ya que no era oriundo de la región, y el despachador de billetes de la factoría había muerto de un infarto algunos meses antes del incidente.
Velino se fue a vivir a la ciudad de Tezoyuca y Agapito Fonseca que se dedicaba a atender un despacho de abogados era prácticamente su vecino. Cierto día una cliente del despacho solicitó la asesoría del ex alcalde de Alpuyeca para unas inversiones que pensaba realizar en su negocio de antigüedades. Agapito acudió al comercio y después de una charla amistosa con la dama, convinieron en un proyecto para un convenio legal de la compraventa de algunas piezas de colección. El ex alcalde se despidió de la señora que le entregó un catálogo de los principales artículos que pensaban adquirir. Fonseca se retiró con prontitud ya que había quedado de verse con Gómez Chico en un café cercano.
—Te dije que te gustaría este trabajo, es sencillo, sólo tienes que hacer un archivo de seguimiento histórico de los artículos que adquiera el negocio de antigüedades —dijo muy vehemente Agapito quién le entregó el catálogo a Velino—. Ya estás muy mejorado y toda la información te llegará sellada por correspondencia.
Gómez Chico comenzó a hojear el cuadernillo con evidente curiosidad cuando sus ojos se paralizaron frente a una página que mostraba una máquina de coser.
Dio tremendo grito que provocó que todos los comensales voltearan a mirarle.
—¡Ésta es, estoy totalmente seguro...! ¡Ésta es!
—¿Qué cosa?
—La máquina de coser, acércate, velo con tus propios ojos. Ahora lo recuerdo bien, Carmen,
Carmen era el nombre de la mujer. Agapito se quedó perplejo, en efecto, la foto de la base del pedal de la máquina mostraba el símbolo de la compañía ferroviaria y con todas sus letras el nombre de Carmen.
Velino regresó a la vieja hacienda acompañado de Agapito y de un grupo de ingenieros que sin muchas dificultades lograron desentrañar el misterio de la habitación de la primera puerta. El cuarto vacío era una estructura movible que se corría hacia la derecha encajando perfectamente bien en un hueco que no era visible por fuera. Al correr la cámara desierta apareció la habitación que había visto Velino, no se encontraba absolutamente nada en su interior pero en el techo permanecía la bala incrustada y en el piso era evidente una mancha que podía ser de sangre.
La puerta lateral donde había escuchados los pasos que le paralizaran el corazón momentáneamente estaba atrancada como aquel día. El jefe de ingenieros tomó con firmeza la cerradura, abrió y descendió a esa especie de sótano iluminándose con una linterna, le siguieron los demás hombres y al final Velino ya no podía contener el ruido que sus dientes hacían al castañear violentamente sus mandíbulas.
La pieza era bastante grande, las paredes estaban decoradas con muchos cuadros familiares, o mejor dicho con uno que se repetía decenas de veces en las imágenes de Eleuterio, Carmen y su pequeño hijo, así lo señalaba el letrero sobrescrito en una de las fotografías. En una sala, sentados en un mueble, representando una absurda y macabra escena estaban los esqueletos de Eleuterio Gracián y Carmen tomados de la mano. Escasos objetos personales, libros y recuerdos se veían repartidos sobre algunas mesitas y al fondo, horrorosamente clavados en el muro estaban las osamentas de Gerardo y Marcelo.
Los especialistas dictaminaron que la mujer había muerto de inanición encerrada en el mismo lugar y que los cadáveres de los hombres habían sido fracturados y vueltos a armar con pegamento y alambre. Un diario entreabierto mostraba de cada lado sendas actas de nacimiento. Eleuterio y Carmen eran hermanos. Para Velino todo adquiría sentido pero en esa horrorosa escena familiar faltaba un personaje, el niño.
Cuando llegaron a las oficinas de la terminal de trenes de Alpuyeca, Oliverio se había suicidado. La autopsia de su cadáver dictaminó una cirugía reconstructiva en la pierna izquierda y en el brazo derecho. En un diario había escrito minuciosamente los detalles de cómo había descuartizado los cuerpos de su padre y sus medio hermanos y los habían transportado en cajas embebidos en melaza que traía desde Alpuyeca. No le fue difícil secuestrarlos, Los cuatro solían verse en secreto en una casa cerca de la terminal de trenes. Lo que nunca se imaginó Marcelo que era su cómplice, es que él correría con la misma suerte.



JOSÉ FRANCISCO SASTRE GARCÍA

Nació en San Sebastián (Guipúzcoa), España, en 1966. Desde el principio tuvo una gran inquietud por la lectura, leyendo todo lo que caía en sus manos, desde la literatura infantil y juvenil de la época hasta obras como la Odisea de Homero.
Reside en Valladolid desde 1980. Escribió sus primeros relatos por aquella época, presentándolos a diversos premios sin resultado alguno. Posteriormente le llegaría la afición por R. E. Howard y H. P. Lovecraft de la mano de los cómics de La Espada Salvaje de Conan” y los libros de Alianza Editorial hasta el punto de conseguir la bibliografía casi completa del maestro de Providence y las novelas canónicas del cimmerio publicadas por Fórum.
A raíz de su pasión por el personaje del genio tejano, comenzó a publicar en el cómic ya mencionado reseñas y artículos, que llamaron la atención del grupo madrileño El Círculo de Lhork, que contactó con él para ofrecerle unirse a ellos, proposición que aceptó.
Desde ese momento, su producción literaria comenzó a multiplicarse: relatos de todo tipo y condición, dejando de lado, al menos temporalmente, el género de ciencia ficción, al que no era proclive en el papel escrito, tan sólo en el cine, y artículos acerca de diversos temas relacionados de forma directa o indirecta con la narrativa fantástica que lo sedujo.
En estos momentos, su producción literaria abarca prácticamente todos los géneros de la narrativa fantástica: fantasía épica, espada y brujería, intriga-misterio-terror, ciencia ficción, ficción histórica, aventuras, fantasía.


EN LA CIUDAD PERDIDA
José Francisco Sastre García ©

A veces, el exceso de imaginación, o incluso la mera cordura, pueden volvernos tan locos como aquellos pobres ilusos que aguardan su destino entre las grises paredes de los psiquiátricos. En mi caso, no sé si se trata de una cosa u otra, mas de lo que estoy seguro es de que no sé si lo que he vivido es estremecedoramente real, o una simple ilusión de mis sentidos: se lo contaré, y dejaré que juzguen ustedes.
Nuestra expedición se había internado en la selva amazónica tras los pasos del malogrado coronel Fawcett, en busca de la ciudad prehistórica en la que había creído fervientemente. De la cincuentena de hombres que habíamos comenzado, quedábamos treinta: el resto habían sucumbido víctimas de la cruel selva y sus feroces habitantes: criaturas venenosas, letales carnívoros... Pero lo peor, con abrumadora diferencia, habían sido las mortíferas aguas que iban a desembocar al Amazonas. Aún recuerdo en mis pesadillas a uno de los hombres, mientras se asfixiaba lentamente, envuelto en una siniestra pátina transparente, de ligeros reflejos amarillentos, tras bañarse en uno de los legendarios ríos de la muerte de la región; no pudimos hacer nada por él, pues la sustancia se había adherido de tal manera a su cuerpo que no había forma de desprenderla, y había tapado todos los poros del infortunado, impidiéndole la transpiración.
Después de varios días de vagar sin rumbo fijo por la meseta del Mato Grosso, desesperados y deseando regresar sobre nuestros pasos, llegamos al destino al que se suponía había arribado anteriormente el desaparecido coronel: unas ruinas ciclópeas, tan cubiertas por la vegetación, que resultaban indistinguibles del entorno aun buscándolas desde el aire.
Al principio pensamos que sólo eran restos pétreos, mudos testigos de una civilización olvidada: entre lo que quedaba en pie vimos delicadas columnas salomónicas, figuras de piedra tan perfectas como las griegas, aunque vestidas con ropajes holgados de una factura que no pudimos reconocer, y otras maravillas que nos animaron a acampar junto a la perdida ciudad. Algunos de los hombres murmuraban acerca de los ojos de la selva, y, francamente, yo me sentía vigilado, aunque no era capaz de distinguir ninguna figura amenazadora en la oscura espesura.
Fue la noche la que nos trajo la sorpresa, tan inesperada como alucinante: uno de los hombres que estaban de guardia vino a mi tienda a despertarme, agitado, gimiendo algo acerca de unas luces que se movían entre las piedras. Vistiéndome apresuradamente me asomé, quedándome helado por el pavoroso panorama que se me ofrecía: toda la expedición, aterrorizada, pálidos como muertos, señalaban una confusa masa de luces que se agitaban entre la masa de rocas de la ciudad perdida, aullando como almas en pena ante lo que calificaban como los espíritus malignos de los antiguos, que venían a robar sus almas en venganza por haber entrado en su territorio.
En unos instantes, y antes de que pudiera hacer algo por evitarlo, el campamento se había convertido en un pandemónium y todos habían salido corriendo hacia la selva entre gritos de pánico y horror al comprobar que las luces se acercaban.
Solo ante lo desconocido, rodeado por la atemporalidad del lugar, hipnotizado por el ambiente, no pude moverme ni apartar la mirada de las fluctuantes luminarias que parecían acecharme. Parecían perfilar entre ellas vagas siluetas fantasmagóricas, tenues, que hicieron que mi corazón latiese como un caballo desbocado, que mis manos y frente se perlaran de un sudor frío.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca como para observarlas con claridad sentí un extraño sentimiento de alivio, pues las gentes que me rodeaban, portadoras tan sólo de antorchas, vestían igual que las tallas de la ciudad. No parecían demostrar una actitud hostil, sino más bien curiosa, aunque vi algunos rostros oscuros fruncirse duramente, como si no desearan extranjeros por aquellos parajes.
Se acercaron cautelosamente, observándome de arriba a abajo, palpando mis ropas y señalando la funda de la pistola que colgaba de mi costado; finalmente, entre largos parlamentos de una lengua que no conseguía entender, me sujetaron suavemente y me guiaron entre los monumentales restos hasta llegar al portalón de lo que alguna vez fue un gran templo. En su exterior, las tallas de aberrantes dioses y demonios, totalmente distintos de las habituales deidades sudamericanas, unas cosas repletas de garras, colmillos y tentáculos, de vaga apariencia humanoide y fungosa, parecían burlarse de mí entre escenas de sacrificios y danzas.
El interior estaba razonablemente limpio, despejado de escombros; un camino central, flanqueado por columnas de aspecto corintio, o al menos eso me pareció, nos guiaba hasta un altar de ominoso aspecto, sobre el que se veían manchas oscuras que identifiqué inmediatamente como restos de sangre seca; más allá del ara, la oscuridad envolvía lo que pudiera haber. Aterrado por las implicaciones que la situación sugería intenté liberarme violentamente, huir de aquel tenebroso lugar, mas me resultó imposible: a pesar de que en ningún momento mis captores se mostraron peligrosos, sus brazos me sujetaban firmemente y me llevaban hasta el altar.
La luz de las antorchas fue retirando paulatinamente la oscuridad que ocultaba el fondo del templo, mostrando poco a poco una extraordinaria figura: un hombre de la misma raza que los demás, de tez morena y alta estatura, aunque vestido de una manera completamente distinta: sobre una especie de túnica romana llevaba diversos correajes de cuero cruzándole el pecho, cubría su cabeza con un enorme tocado de plumas, y de su espalda colgaba una capa, también de plumas, que aparentaba unas grandes alas. En su mano, un cetro de oro; y lo más sorprendente, en su costado ¡llevaba una pistola enfundada!
Quitándose el ornado tocado lo depositó sobre el altar, dirigiéndose a mí en aquel extraño idioma que no podía identificar, una lengua de sonidos suaves, musicales, aunque con ciertas estridencias que me recordaban un poco a los idiomas orientales. Comprobé que se trataba de un joven apuesto, de cabello rubio y mirada brillante, que me observaba sin demasiado asombro.
Al ver que sus esfuerzos de comunicarse eran vanos, empleó otra lengua más comprensible, que he de reconocer que me cogió por sorpresa: inglés. Así que, finalmente, había encontrado el lugar: Fawcett había conseguido llegar hasta aquí. Había tenido serias dudas al respecto, había habido un momento, durante la expedición, que creí que nos habíamos extraviado irremisiblemente, pero ahora tenía la completa seguridad de que nuestra misión se había saldado con el éxito.
Realmente no tengo idea de inglés, por lo que a duras penas nos entendimos: hubimos de recurrir al lenguaje universal de los gestos. Le conté mis aventuras, y él me respondió con la historia de su pueblo. Al parecer, eran esencialmente pacíficos, y el hecho de aceptarme tan pronto parecía indicar que los hombres blancos que habían conocido no habían sido gentes especialmente malas.
Su pueblo, me dijo, era muy antiguo; las leyendas hablaban de un tiempo en que dominaron todo el continente, procedentes de algún lejano lugar al Este. Habían vivido allí desde tiempos inmemoriales, y me consideraban como uno de los suyos, llegados desde su mundo de origen.
Mientras hablaba, el joven se apartó y mis ojos contemplaron una maravilla mayor aún de las que había visto hasta entonces: adosada al fondo se erguía una estatua de tamaño natural, que representaba inequívocamente a un hombre blanco, más concretamente al desaparecido coronel Fawcett. Había visto fotos, y aquellos rasgos eran decididamente los suyos: la talla mostraba tal cantidad de detalles, estaba tan trabajada, que no pude por menos que mirarla de arriba a abajo varias veces hasta fijarme en sus ojos.
A primera vista había creído que eran simples cavidades, mas en realidad se trataba de un par de ópalos negros, profundos, cuya mirada perdida en algún punto de la entrada del templo tenía un algo de misterio que me aterrorizó.
No había estado haciendo caso a las palabras del muchacho, por lo que éste me observó divertido mientras contemplaba la extraordinaria estatua. A continuación, la señaló y dijo que era su padre.
Por un momento me invadió un sentimiento de repugnancia ante semejante revelación, aunque se me pasó de inmediato: había tenido ocasión de constatar que las gentes de aquella ciudad eran bien parecidas, y no resultaba demasiado extraño que alguien atrapado en este lugar, literalmente en medio de la nada, intentara hacer su vida lo más cómoda y agradable que pudiera. Al parecer, sobrevivían apenas a base de lo que les daba la naturaleza: frutas, carne y pieles.
Su explicación acerca de la llegada del coronel y su estancia en la ciudad fue farragosa, ininteligible; apenas pude entender algunas palabras, ya que tan pronto mezclaba el inglés con la lengua nativa de aquellas gentes. A pesar de todo, creo que habló de algo que hizo Fawcett, algo terrible, y de la cólera de los dioses.
Con un gesto, un par de hombres me guiaron a lo que parecían una serie de nichos en los laterales del templo, ocultos por las columnas; una vez dentro, se agrandaban hasta convertirse en unas habitaciones cuadradas de unos tres metros por tres, y escasamente dos metros de altura.
 Por lo visto, aquéllas iban a ser mis habitaciones durante el tiempo que estuviera entre ellos. No sabía aún si se me estaba tratando como un invitado o un prisionero, pero pronto lo descubrí.
Pasé alrededor de un mes entre aquellas pacíficas gentes, descansando y tratando de aprender algo más sobre ellos; pero no conseguí nada, me resultó imposible siquiera comenzar a entender su idioma, y por lo que se refería a ellos mismos, tan sólo recibía vagas referencias al altar. ¿Acaso pensaban sacrificarme?
Por fin, una noche, cuando creí que todos dormirían, salí de la estancia que ocupaba y me acerqué en silencio al objeto de los desvelos de aquel pueblo. Me repugnaba tocarlo con aquellas manchas de sangre seca sobre su superficie, aunque hice un esfuerzo y me dediqué a estudiar las intrincadas tallas de los laterales. Se repetían los motivos de la fachada del templo sobre dioses y demonios, aunque aquí había, además, sorprendentes motivos de figuras geométricas extrañas y mareantes espirales que giraban tan pronto en una dirección como en otra, amén de la eterna svástica, tanto dextrógira como levógira, que parecía indicar un culto al Sol o algo similar.
Durante la investigación descubrí en uno de los dibujos una ligera grieta que lo bordeaba; por un momento pensé en un botón y, sin pensarlo dos veces, lo apreté.
Cual no sería mi sorpresa al comprobar que, en el más completo silencio, el altar pivotó sobre uno de sus lados, dejando al descubierto unas escaleras que descendían hacia una estigia oscuridad. Armándome de valor, tomé una antorcha encendida y bajé al infierno, pues aquello no podía ser otra cosa que el infierno: un calor sofocante, tonalidades rojizas arrancadas de las paredes, un hedor malsano, dulzón... Y los cadáveres. ¡Por Dios, era un cementerio! A medida que me alejaba de la entrada, veía las figuras momificadas cada vez más arcaicas, cada vez más extrañas. Y, al final del camino, en la tumba más suntuosa, un hombre de más de dos metros, de rizado pelo negro, con una expresión tal que diríase dormido en lugar de muerto, guardado por dos estatuas de piedra de tamaño natural, guerreros de tiempos remotos, con ojos opalescentes y apretados ropajes de piel de jaguar entre los que se distinguían las vainas de unas espadas o grandes machetes.
A la trémula luz de la antorcha me pareció ver una especie de movimiento, unos brazos oscuros que bajaban lenta, suavemente, hacia las caderas, por lo que retrocedí apresuradamente hasta las escaleras, dominado por una extraña e irracional sensación de miedo. Al mirar hacia atrás no vi nada raro, todo seguía igual que lo había dejado, por lo que pensé que se había tratado de una ilusión. ¿Cómo podía ser que unas simples estatuas... Volví momentáneamente sobre mis pasos, pero a mitad de camino mis piernas comenzaron a flaquear, mi mente se llenó con un absurdo temor, una indefinible sensación de apremio, como si algo me gritara que diera media vuelta y saliera de aquel macabro lugar. Y eso fue exactamente lo que hice.
Para mi sorpresa, arriba me estaba esperando el joven, con su bárbaro atuendo y una lanza recamada en la que se apoyaba con aspecto triste. Mirándome fijamente denegó con la cabeza, y alzó el cetro dorado. No sé por qué, pero su expresión dolida, al tiempo que firme, me hizo pensar que había cometido un grave error, que le había ofendido y que debía pagar por ello. Supuse que su gesto con el cetro sería una sentencia de muerte, así que le aparté rápidamente de un empujón, antes de que pudiera reaccionar, y salí corriendo de aquel lugar como alma que lleva el diablo, en medio de una lluvia de gritos y con el sonido metálico de una lanza golpeando el suelo cerca de mis pies.
Mas, para mi perdición, antes de abandonar el templo volví la cabeza y mis ojos se cruzaron con los de la estatua de Fawcett, iluminada en aquel momento por el fulgor de una multitud de antorchas, que portaba un grupo de hombres que trataban de ayudar a levantarse al joven. En aquel momento, con un aullido de terror, la cordura me abandonó y me lancé a una salvaje carrera por la selva hasta que unos misioneros me encontraron, medio muerto de hambre y sed, en un estado febril lindante con la muerte. Pues en aquella perfecta estatua, creí ver que la cabeza estaba algo inclinada, más que cuando la observé por primera vez, y que sus ojos se dirigían hacia mí. ¡Y en ellos, tras la profundidad cósmica de un negro vacío sin estrellas que eran los ópalos, tras una oscuridad imposible de penetrar para los mortales, creí distinguir el dolor, el tormento eterno de un alma atrapada para toda la eternidad! ¡Por todos los cielos! ¿Qué clase de pecado cometió el desdichado?
No tengo la esperanza de que me crean, ni siquiera yo mismo sé qué debo creer. Los misioneros que me recogieron me dijeron que murmuraba frases relativas a antiguos y vengativos dioses, a estatuas vivas, a un horror apenas vislumbrado procedente de la más remota antigüedad y de un malsano conocimiento... Gracias a sus cuidados es por lo que ahora estoy escribiendo estas líneas, y el hecho de haber sufrido atroces sufrimientos en la selva amazónica tal vez haya servido de acicate a mi calenturienta imaginación. Sólo por eso, ruego al cielo que sólo haya sido una pesadilla.



MARÍA ISABEL CLAUSEN

Narradora y poeta. Nació y reside en General Roca, Provincia de Córdoba, Argentina. Ha sido distinguida repetidas veces.
Biografía y trayectoria literaria en:




LOS FANTASMAS DE LA NOCHE
María Isabel Clausen ©

Deambulaban en medio de la otoñal niebla. Descendían al mundo en el que habían sido humanos cuando el sol ya no podía dañarlos con su luz, eran cómplices amigos de la luna quien les prestaba su penumbra para poder moverse con libertad entre todo lo que amaban.
Fue una noche de marzo, hacía frío en las calles y en los patios, en que, de común acuerdo decidieron entrar a las que fueron sus casas y ver si algo les indicaba que aún los recordaban.
Loreta, la fantasma más inquieta decidió ser la investigadora. Era la primera aventura de entrar a través de las paredes. Recorrer cada lugar sería fácil, ellos no ocupaban espacio, eran invisibles, podían andar sin inconvenientes en la oscuridad, ver a los seres que amaban, escucharlos, saber si eran felices o si los recordaban.
Refugiados detrás de los abetos cuchicheaban inquietantes esperando el regreso de Loreta.
La vieron acercarse lentamente, acurrucada entre sus blancas vestiduras, no dijo palabra hasta que reaccionó con un chirrido histérico que asustó a la lechuza que dormitaba en la rama más alta del abeto.
—¡Los muy canallas! —dijo furiosa— han quitado mi retrato del salón, lo reemplazaron por otro de la familia, pero no está completa, falto yo. Además mi dormitorio ya no es mío, sino de los huéspedes. Mis muebles están en la casa de los porteros, ellos duermen en mi cama. ¡Qué falta de ética!
Los demás se miraban sin hacer comentarios, hasta que la dulce voz de Anna sonó a susurro cuando dijo:
—Tal vez no pasó igual en nuestro caso, ¿por qué no continuamos averiguando?
—Me da un poco de miedo —contestó Naif, un fantasma muy tímido.
—¿Miedo a qué? —preguntó el atropellado Alex.
—¿ Y si todos descubrimos que ya no nos recuerdan?
–Los molestaremos mientras duerman hasta que lo hagan —respondió Alex.
–Somos fantasmas, no monstruos, dejémoslos en paz —dijo Nelva, la más viejita de todos.
—Y bien, ¿qué hacemos? —insistió Anna.
—Entremos —decidió Alex— después de todo apenas somos seres irreales que ya no pertenecemos a este mundo. Nadie nos verá.
—Sì ,pero fuimos parte de su vida y les dimos lo mejor de nosotros, ¿o no? Y nos olvidan, es triste —se lamentó Loreta ya calmada.
—Quizás piensen que no les diste lo mejor de ti, alégrate que no sufran tu ausencia —respondió alguien del grupo.
—Yo voy —dijo Anna y comenzó a caminar hacia la que fuera su casa, otros la imitaron y salieron navegando entre la niebla hacia distintos rumbos.
Pero Anna tenía algo diferente a sus amigos, ella aún conservaba sus lentes de contacto, los cuales brillaban en la oscuridad como dos pequeñísimas estrellas movedizas.
Al cruzar la pared de su habitación grande fue su sorpresa. Todo permanecía igual, sólo que en su cama alguien estaba durmiendo. Se acercó, pero en la oscuridad no podía ver sus facciones, acercó su nariz y reconoció el olor, ¡lo había amado tanto!, ¿cómo olvidar el olor fresco y dulce de la piel de su niña? Tanteando en la oscuridad, ubicó su rostro, le dio un beso con sus labios fríos de fantasma, lo cual hizo que Mara, su nieta, se sobresaltara y le diera un cabezazo que le hizo saltar sus lentes de contacto.
Como si Mara presintiera su presencia, encendió la luz. Sólo distinguió dos lucecitas como pequeñas estrellas, una en el suelo y la otra enfrente de su cama. Vio con asombro que una se movía y parecía mirarla, la otra estaba pegada a la alfombra, la recogió y la miró, reconoció en ella la lente de su abuela y recordó que el día en que partió hacia el cielo los había llevado guardados en sus retinas, entonces con una sonrisa llena de ternura preguntó:
—¿Abuela estás aquí? Soñaba que venías a verme y sentí tu beso, ¿se te cayó, quieres que te lo coloque cómo antes? Hazme una señal, por favor! ¡Te extraño tanto! —y movía su dedo con la lente por todo el espacio buscando encontrar una imagen que no podía ver.
Anna, conmovida, a pesar de ser fantasma, acercó su rostro invisible a la cara de Mara y esta alcanzó a ver que la pequeña lucecita que se le acercaba tenía como una perla de lágrima pegada. Temblando colocó la lente cerca de la otra y con la imaginación del amor creyó ver los ojos de su abuela envolviéndola en esa tierna mirada que no podía olvidar.
Eleonora, la mamá de Mara, se despertó y sintió la necesidad de ir hasta la habitación de su hija:
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—Vino la abuela a visitarnos —le respondió.
—Niña, deja de soñar, ella no puede venir, pero su amor siempre estará con nosotros y el nuestro con ella.
Escondida en las sombras de un rincón, Anna escuchaba emocionada, comprendió que aún podía amar porque los fantasmas conservan el alma y eso la llenó de gozo.
Transpuso nuevamente la pared, cruzó el jardín, miró a su rosal y le dijo:
—Florece, florece, que no haya día en que no tengas una flor, De esa manera seguiré estando aquí.
Después se perdió entre la niebla en busca de sus compañeros de aventura.
Unos estaban felices como ella, otros no tanto.
—Mañana inaugurarán esta avenida y la llenarán de luces, ya no podremos volver —comentó Mauro, el fantasma periodista.
—Deberíamos hacer una manifestación de protesta, los fantasmas tenemos derecho a la oscuridad —dijo Alex.
Todos rieron de tal ocurrencia y se perdieron entre la niebla.

—¡Qué hermoso es el rosal de la abuela, florece durante todo el año y sus flores parecen mirarte —comentó un día Eleonora a Mara. Esta no respondió pero guardó una idea.
Pasaron los años, la joven se convirtió en una pintora de renombre e inauguró una exposición en una famosa galería de de París.
Entre los cuadros había uno que llamaba mucho la atención, por el colorido, la imagen, la luz que irradiaba.
Un pintor de renombre se acercó a la artista y le dijo:
—Te felicito, jamás vi en un cuadro ojos tan bellos, ni que irradiaran tanta luz.
Mara sonrió, miró su obra, una bellísima rosa roja con los ojos pintados en sus pétalos irradiaba reflejos de luz.
Era llamativo ver a la autora de tal belleza acariciar cada tanto la rosa, es que sólo ella sabía que de alguna manera misteriosa dos lentes de contacto se habían pegado a la pintura, pero únicamente podían ser palpados por su tacto.



ANDRÉS FORNELLS FAYOS

Español que, por haber conocido un gran número de países se considera ciudadano del mundo. Su vocación de trotamundos le ha permitido hacer amigos entre las gentes de otras razas, culturas y religiones. Este bagaje viajero y humano queda reflejado en el cosmopolitismo que encontramos en muchos de sus libros. Ha sido profesor de idiomas, intérprete, leñador, guía turístico, restaurador, hotelero, etc. Ha obtenido galardones en relatos cortos y novelas. Tres amantes y un revólver (ganadora del I premio de novela NQP 2012), Los placeres de la hija del embajador (ganadora del II Premio Incontinentes 2011) El seductor y la rica heredera (finalista del premio de novela Ciudad de Almería 2009), El pueblo de los milagros (finalista del premio internacional de novela Territorio de la Mancha 2006 –Miami—, La muerte tenía figura de mujer hermosa, Jazmín significa amor voluptuoso, y Never love a foreigner. Ha aparecido en diversas antologías de narrativa, entre las que destacan "Sexto Continente", "Antología del Relato Negro I, II, III, IV", "Yo también escuchaba el parte de RNE", "Las estratagemas del amor", “El sabor de tu piel” “El hombre que se ríe de todo”, "Eros de Europa y América”, “Hiroshima, Truman”, "Microantología del microrrelato I, II y III", “París”, “Viena”, Nueva York”, “Ciencia Ficción 2099”, “Historias de la imposición yanqui sobre Hispanoamérica y España”, “Demasiado viejo para el rock and roll”, “Los mejores terrores en relato”, etc.
Colabora todas las semanas con el Periodicoirreverentes. Interviene también en Radio Televisión Marbella en el programa La vida es bella, con Noticias Insólitas.


NEGOCIOS SUCIOS
Andrés Fornells Fayos ©

A Susi la saqué de un burdel de carretera donde me detuve una noche. Andaba más caliente que los palos de un churrero y pegar un polvo me hacía tanta falta como el comer. Era un local pequeño. Mobiliario funcional. Bebidas alcohólicas en las estanterías con un espejo detrás para verse el careto. Iluminación escasa y roja, el color del morbo. Docena de clientes y cuatro empleadas. Ella atendía la barra. Tenía el pelo color caoba, los ojos negros y los labios mamones.
—¿Me invitas a una copa, rumboso? —me preguntó provocadora la mirada, buena parte de sus tetas igual que naranjas de buen año asomadas por encima del gran escote, cuando se inclinó delante de mí.
—Vengo demasiado caliente para perder el tiempo con protocolos (dándomelas de tío culto). ¿Qué me vas a cobrar por un completo?
—Desesperado, ¿eh? Cincuenta euros y pongo mi envase bien calentito y jugoso para tu botella cargada de leche —irónica, cachonda.
Saqué del bolsillo de mis pantalones vaqueros un rollo con dinero (las carteras para los finolis y amariconados) y le di un billete. Me gustó que lo cogiera sin prisas, risueña, sin mostrar codicia. Se lo metió en un bolsillito de su exagerada minifalda. Acto seguido abrió un cajón, tomó de su interior una llave y guiñándome un ojo me dijo que la siguiera. Cogimos la escalera. El alfombrado rojo que cubría los escalones estaba sucio, desgastado y con pegotes negros de esos cerdos que mastican chicle y cuando se cansan de castigarlo con las herramientas de comer lo sueltan en cualquier parte.
Ella me había cogido la delantera y mis ojos gozaron viendo la casi totalidad de sus piernas bien torneadas y su culo que movía con tanta voluptuosidad que me puso la sinhueso a punto de disparar. Entramos en el cuarto y entonces se volvió hacia mí, los ojos medio entornados, su boca carnosa de color frambuesa entreabierta, balanceando levemente el cuerpo, la cabeza algo ladeada y la mitad de su melena sirviendo de cortina a su rostro atractivo.
—¿Qué hacemos para empezar?
—Quítatelo todo menos las medias negras y los zapatos —eran de tacones muy altos y hasta con ellos puestos era más baja que yo.
Se dio prisa porque leyó en mis ojos que lo mío era muy urgente. Tiró la ropa sobre una silla. En contra de lo habitual en las hembras, se quitó las bragas primero y el sujetador después. Le caían un poco los pechos, pero en cambio tenía unos pezones con grandes areolas que siempre me han gustado a mí.
—Arrodíllate y vacíame las pelotas que llevo llenas a reventar —le dije, convirtiendo mis pantalones en un acordeón al desabrochármelos y dejarlos caer patas abajo.
Igual como digo que ningún ser humano es igual a otro, afirmo que tampoco lo es una boca. La de Susi tenía magia, y yo tardé demasiado poco en darle todo lo que tenía de sobra.
En esto iba pensando mientras mi moto devoraba carretera. Tenía uno de esos días cabrones en que uno piensa que su vida debería ser otra. Uno de esos días en que yo me arrepentía de haber dejado mi tranquilo empleo de albañil para meterse en negocios tan peligrosos como el que iba a realizar aquella noche. Arrepentimiento que se me pasaba nada más recordar la mierda de sueldo que ganaba todo el día subido en andamios o tejados. Mierda de sueldo con el que nunca habría podido comprarme la magnífica Harley Davidson que estaba conduciendo en aquel momento.
El encuentro con el Manosnegras (apodo que aquel hijo de puta se había ganado por llevar guantes de piel de cabritilla de este color, lo mismo en verano que en invierno) a las doce de la noche en la abandonada fábrica de ladrillos lo consideraba sumamente peligroso. No me fiaba de él, aunque quien nos había puesto en contacto, en la gasolinera del Cruce, me había asegurado que era fetén. Sin embargo yo vi algo en el fondo de sus ojos que no me gustó.
Llegué al lugar de encuentro, puntual. El potente círculo de luz de mi motocicleta lo enfocó. Se hallaba con el culo apoyado en el capó de su descapotable. “Este hijo de puta está forrado”. Detuve la Harley Davidson junto a su lujoso automóvil manteniéndola al ralentí.
—Apaga las luces, coño, que me ciegas. ¿Has traído la guita, tío? —preguntó él con su voz áspera, desagradable.
La luna se hallaba en avanzado cuarto creciente y nos procuraba la suficiente claridad para vernos
—¿Y tú la nieve? —quise saber a mi vez.
—En la mano la tengo. Hagamos lo acordado. Yo te doy la nieve con una mano y cojo la guita con la otra, al tiempo que tú haces lo mismo.
Lo hicimos así.
—¿Está toda la pasta? —preguntó para distraerme al tiempo que su mano libre la metía por dentro de la chaqueta.
Siempre tuve muy buenos reflejos. Así y todo antes de poder arrollarlo con mi moto, el muy cabrón tuvo tiempo de meterme una bala en el costado. La herida era dolorosa, pero no mortal. Conduciendo con una mano y taponándome el boquete de la bala con la otra, conseguí llegar a la chabola de un menda que ejerce la medicina aunque no tiene título. Mientras él preparaba los instrumentos con los que iba a extraerme el proyectil, rompí una esquina de la bolsa que me había dado el Manosnegras, le hundí un dedo previamente humedecido y me lo llevé a la boca. Le dediqué al Manosnegras tan exagerado chorro de maldiciones que me quedé sin aliento:
—Antes que me metas el bisturí voy a hacer una llamada —le dije al guarro mugriento que acababa de desinfectarlo con la llama de un mechero.
Llamé a Susi y le dije que viniera a buscarme con el coche de segunda mano que yo le había comprado.
—¿Estás bien? Te noto la voz rara.
—Es que me estoy riendo por dentro.
Y era verdad. Yo me había quedado con los polvos talco y una bala, y el hijo de puta del Manosnegras con un buen puñado de recortes de periódico y el atropello mío.



CRISTINA KALBERMATTER

Vive en Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina. Licenciada en Pedagogía con Orientación Psicológica por la Universidad Nacional de Córdoba. Magister en Psicopedagogía Clínica por la Universidad de León (Barcelona), España.
Coordinó gabinetes psicopedagógicos durante quince años y fue fundadora y directora de la Escuela Borel Maissony y del Instituto de Rehabilitación Van der Wort. Luego se desempeñó como docente en la Universidad Adventista del Plata. Es cofundadora de la ONG Servicio de Orientación Social, institución especializada en los distintos tipos de violencia, que funciona en su ciudad de residencia desde hace diez años.
Autora y coautora de varios libros. Algunos de ellos son: “Aprendiendo en familia”, “Violencia, ¿esencia o construcción” y “Resiliente se nace, se hace, se rehace”, editados por Editorial Brujas, Córdoba; “De qué lado estás, bullying” (Casa Editora Sudamericana, Buenos Aires); “Sobrevivientes” (Editorial Universidad Adventista de Perú); “Hambre de Padres” (Editorial U.A.P.).
Le complace también escribir narraciones y poemas.


INSTANTÁNEAS DEL RECUERDO
Cristina Kalbermatter ©

Tardía noche invernal.
El cruce de las vías ofrecía una densa y cavada oscuridad.
Aquel previsto pasaje de una ruta a otra, luego del descenso del micro interurbano era el paso obligado hacia mi hogar.
A pocos metros, la vieja estación había tomado el aire abstracto, propio de la noche, cuando la sombra y el silencio lo simplifican todo.
Súbitamente escuché sus pasos.
En vano fatigué mi marcha, pisando erizada entre los durmientes, porque él también apresuraba los suyos.
Pronto mis pies se apretaron al asfalto en acuciante lucha, ansiando una insólita salida.
Solos, parecíamos dos cómplices taladrando la noche a pasos agigantados.
Sentí cómo un pánico insidioso invadía toda mi conciencia.
Cerrar los ojos, apretar los dientes, beber el propio aliento, ¿puede llegar a salvarte?
Al abrirlos, lo presentí a mi lado. Nos cruzamos destellos y miradas penetrantes.
Mi alma era una migaja para esos dientes de metal.
Su cara era oscura y aplanada, sus ojos mafiosos como puñales, todo vestido de negro caminaba con movimientos compactos, casi felinos.
Mi corazón palpitaba tan fuerte que era audible a sus oídos y mi boca súbitamente seca, ahogaba el grito aterrador.
Mis manos, apretadas en puños, paralizadas al cuerpo, ¿de qué me servirían?
A poco, escuché su sórdida voz: “¿Tenés miedo, no?”
Cerré los ojos y aguardé el golpe, dejando que la noche jugara su destino aciago.
—“Se… se… ño… ño… ra… Yo… yo también ten… ten… go mie… mie… do. Soy Re… re… no, ¿pue… pue… do ir con usted?”
Mi corazón acompasó su latido.
Súbitamente reconocí al sujeto, era un jovenzuelo débil mental que vivía a pocas cuadras de mi casa.
Los esqueletos de los árboles pelados se erguían mudos ante tan desatinada confusión y una carcajada traviesa aflojó mi cuerpo calmando los recientes, irónicos, miedos.


ANTES QUE LLEGUE LA NOCHE
Cristina Kalbermatter ©
(dedicada a las víctimas de violencia)

Antes que la aciaga noche nos cubra
ocultando la violencia en los rostros camuflados,
surgirán más voces que se alzarán certeras
y pujarán rompiendo el abismal silencio.

Antes que más luces rojas de niños abusados
se enciendan en ocultas cámaras filiales,
habrá más oídos percibiendo sus lamentos
y librarán sus vidas de tan brutal infamia.

Antes que la autodestrucción mine a nuestros jóvenes
con el fatídico alcohol y las atrapantes drogas,
surgirán más ojos que mirando vean
y avisadas mentes que ayudar pudieran.

Antes que la inercia de la indiferencia amorfa
Silencie nuestros labios y nos paralice a todos,
romperá cual ola gigantesca
la fuerza que derriba paredes fantasmales
el amor que sana, la caridad que entrega.

Antes que tú y yo tengamos que callar
habrá relámpagos y truenos refulgentes
en este cielo de aparente calma.

Y sonarán clarines despertando al pueblo
unirán las manos, doblarán rodillas,
y el horizonte espejeando cristalino
devolverá la imagen de las víctimas dolientes
metamorfoseadas en nuestros hermanos.


EMBELESO IRRACIONAL
Cristina Kalbermatter ©
(Por qué niña tan crecida
pediría a su padre el regalo
de un peluche tan grande?)

Embeleso irracional
áureo peluche de felpa,
juguete de vidriera
ojos de azabache.
Corazón quinceañero
en pos de una quimera.

Embeleso irracional
derroche de ternura
profundo llamado,
insistencia y porfía
conmoción de llanto,
concesión paternal.

Embeleso irracional
de niña muy crecida,
idilio compulsivo
abrazo de una ausencia.
Objeto transicional,
entre la madre inerte
y ese vacío filial.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 67 – Diciembre de 2015 – Año VI
ISSN 2250-5385
Exp. 5259277 del 21/10/2015, Dirección Nacional del Derecho de Autor


Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

(currículo en Suplemento Nº 56)






Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 13)



Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
 @mon_villarreal
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17)


 @RyF_Supl_Letras

 @RyFRevLiteraria
"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm



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