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jueves, 1 de diciembre de 2016

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 71 – Diciembre de 2016 – Año VII
ISSN 2250-5385
Inscripción gratuita como LECTOR
si escribe a  zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral).

"Aristófanes"
Mónica Villarreal (2016)
(Carboncillo, 30x22 cm)
Serie "Poetas Clásicos Griegos"

Sumario:

• Enrique JARAMILLO LEVI (Panamá)
• Asmara GAY (México)
• Víctor Hugo DÍAZ (Chile)
• Edith VULIJSCHER (Argentina)
• Alberto QUERO (Venezuela)
• Milagros LÓPEZ (España)
• Federico SPOLIANSKY (Argentina)
• José Luis DÍAZ CABALLERO (España)
• Lucía Angélica FOLINO (Argentina)
• Atilano SEVILLANO BERMÚDEZ (España)
• Adriana MAGGIO –Dirbi– (Argentina)
• Jordi MATAMOROS SÁNCHEZ (España)



ENRIQUE JARAMILLO LEVI

Escritor panameño, nacido en Colón en 11/12/1944, autor de más de cincuenta libros de cuento, poesía y ensayo, así como de numerosos artículos. Muchos de sus cuentos han sido incluidos en diversas antologías nacionales e hispanoamericanas. Su trayectoria y títulos de sus obras pueden consultarse en la página de Wikipedia citada al pie. También fue galardonado con varios premios literarios.
Licenciado en Filosofía y Letras con especialización en inglés y Profesor de Segunda Enseñanza por la Universidad de Panamá, tiene Maestría en Creación Literaria y Maestría en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Iowa, Estados Unidos, y estudios completos de Doctorado en Letras Iberoamericanas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Se ha desempeñado como docente en instituciones panameñas y mexicanas, así como también en cátedras universitarias. También ha sido coordinador de numerosos talleres literarios particulares e institucionales en ambos países, además de promotor y asesor cultural. Entre sus actividades se cuentan la de editor de múltiples autores panameños y extranjeros.
Ha colaborado en REALIDADES Y FICCIONES con un interesante artículo para la Revista Nº 22 sobre composición literaria, cuyo texto puede leerse en: http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com.ar/2015/09/realidadesy-ficciones-revista-literaria_1.html
Fundó, edita y dirige la revista literaria “Maga” en sus cuatro épocas: 1984-1987, 1990-1993, 1996-2007 y 2008 a la fecha.


EL RONRONEO
Enrique Jaramillo Levi ©

No le gustaba ese ronroneo impertinente del animal ahí cerca, trepado en la repisa junto a sus libros, su insistente indolencia, esa pasividad agresivamente incisiva. No le gustaba. Y sin embargo no entendía por qué se sentía obtusamente fascinada, absorta, incapaz de meterse en su trabajo de una buena vez y terminar de cotejar semejanzas y diferencias en las citas de ambos textos asignados cumpliendo con la maldita tarea.
Por un rato pudo al fin concentrarse, avanzar un poco, no más de diez minutos, pero la presencia del felino volvió a distraerla, esta vez porque había subido de tono su enigmática cadencia. Ahora se tornaba densa, sincopada, como un mantra. Y la miraba, no dejaba de mirarla como si quisiera entrar en su cabeza, en su alma misma, literalmente engatuzándosela. Comprendió que se trataba de un macho cuando lo vio cambiar de posición, ladearse incómodo, erguido. Se estremeció toda.
Un rato después, sin pensarlo dos veces dio un ágil salto y desbaratando el precario equilibrio de tres libros en la repisa estuvo junto a él, lamiéndolo, ronroneándole su deseo.


DESDE LA VENTANA
Enrique Jaramillo Levi ©

Desde la ventana, por la calle solitaria la vio venir, tan bella como siempre, con esa sensualidad suya que podía tocarse a distancia con las yemas de los dedos, con el olfato, saborearse, pese a todo. Ligeramente cabizbaja, se dejaba no obstante mirar, y trataba de no hacer lo propio, sin lograrlo. Otra vez estaré con él, pensó comenzando a sentir la taquicardia, me besará hasta quitarme el aire, mis pechos se dejarán sorber por sus labios ávidos, en mi cintura su brazo sostendrá mi cuerpo para que, vulnerable y frágil, su fuerza no quiebre del todo mi falta de voluntad. Una vez más me dejaré querer, entrará en mí como Pedro por su casa, me hará gozar, como siempre gozaremos. Y cuando finalmente ella toca a su puerta y él no la deja entrar, cuando lo oye decirle en tono altanero, desafiante, que para qué ha venido si esa relación ya no existe, si ya sabes la verdad, lárgate de mi vida de una buena vez, ella se pasma, lo ve cerrar bruscamente la puerta, desaparecer por completo su figura tras la ventana, irse para siempre de su existencia. Entonces, temblorosa, da media vuelta y se aleja lamentando su debilidad, esa vieja estupidez que la ata al pasado, y masculla entre dientes eres un malagradecido del carajo, jamás tendrás a alguien como yo, una mujer casada que quiere a su esposo, que por ti lo ha traicionado, que estaba dispuesta a dejar su hogar por irse contigo, ¡y tú, hijo de puta, maldito maricón de mierda, me dejas por otro hombre!


INVEROSÍMIL COINCIDENCIA
Enrique Jaramillo Levi ©

Tras discutir con sus empleados en la fábrica el magnate salió por la entrada principal, caminó decidido hasta su lujoso auto, abrió la puerta, entró. Al arrancar, la explosión hizo volar por los aires despedazados trozos de aquel cuerpo elegantemente vestido y pulverizados residuos de metal ardiente en aquel fragor de llamas y apocalíptico estruendo. Una y otra vez la misma violencia en estas películas gringas, tan previsibles siempre, piensa. Aburrido, en su amplio estudio apaga el televisor plasma. Al voltearse lo ve ahí parado, apuntándole, la cabeza envuelta en oscuro pasamontañas, y en seguida siente el dolor del fogonazo que lo lanza violentamente hacia atrás. Lo cual me hace despertar. Y es entonces —inverosímil coincidencia— que finalmente soy abatido sin misericordia por el mismo sicario anónimo del sueño, alter ego del que en la película, prefigurando mi final, había mandado al infierno al magnate explotador de inmigrantes que fui.


BORROSO
Enrique Jaramillo Levi ©

Casi no veía ya, la vista se le había ido empañando desde hacía como una hora hasta llegar a este punto sin retorno. Ignoraba la causa, y estaba asustado. Muy asustado. Todo se veía borroso, movido pero fijo, terriblemente fijo como en una película muy vieja, o defectuosa. Aunque no tenía precisamente una visión 20-20, toda la vida había visto bien, bastante bien, sin necesidad de usar lentes. Y ahora, de repente, esto. ¿Y si avanza y ya no veo más? Homero y Borges supieron convivir genialmente con su ceguera pero yo no podría. Leo y escribo con mis ojos, gracias a ellos, no sabría trabajar de otra forma, no quisiera verme obligado a aprender. Entonces, tratando de zafarse del absurdo, parpadeó dos, tres veces, y volvió a ver bien. Pero ahora todo era visión externa, la forma clarísima de las cosas. Sus perfectos detalles. Solo él —su cuerpo, su mente misma— no existía ya.



ASMARA GAY

(Ciudad de México, 1975). Poeta, narradora y ensayista. Maestra en Apreciación y Creación Literaria por el Centro de Cultura Casa Lamm y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Colabora en diversas revistas especializadas y ha obtenido interesantes premios.
Más datos sobre su biografía y trayectoria literaria, así como algunas obras de su autoría, en las tres publicaciones siguientes:
Revista Realidades y Ficciones # 17:
Suplemento de Realidades y Ficciones # 60:
Suplemento de Realidades y Ficciones # 68:



ALBOR… Y FUEGO
Asmara Gay ©

Toba jaló el gatillo. El hombre estaba muerto. Con un impulso que no pudo contener, se acercó y le orinó encima. Se sentía bien, de vez en cuando, experimentar esas ráfagas de electricidad en el cuerpo: la muerte de otros. Ahora tenía que salir de la casa para revisar que nadie quedara vivo. Esa fue la orden. Y quemar el pueblo. Recordaba. Cuando salió oyó cerca el grito de una mujer y varias detonaciones. Luego silencio. Al parecer sus compañeros, Gabalú y Besh, habían terminado el trabajo.
El aire, a esa hora de la masacre, era ya perturbador. Los cuerpos se empezaban a descomponer; la sangre, mezclada con pólvora y excremento, era nauseabunda. Era hora de prender el fuego; en fin, si alguien quedaba vivo las llamas lo descubrirían. Una bala, cerca de la mejilla, interrumpió sus reflexiones. En otra casa, sus camaradas le hicieron señas. Se agachó y avanzó cautelosamente hacia ellos. Los disparos pasaban cerca. Nadie, sin embargo, podía distinguirse tras los espesos matorrales que rodeaban la recién arrasada aldea.
El lugar del que salían las detonaciones no estaba lejos. Debían llegar hasta allá y aniquilar al sujeto. Tomarían senderos diferentes. Eso fue lo que acordaron. Gabalú y Besh irían por las orillas y Toba sería el cebo acercándose por el centro. Con un movimiento audaz, Toba salió primero y avanzó hasta un árbol de mango. La metralla silbó a su costado. Salió Gabalú. Con rapidez fue a esconderse tras el jeep que los había traído. Apretaba los labios, como si al hacerlo intentara fundirse con el vehículo en un intento por pasar desapercibido. Sudaba. Besh abrió fuego mientras alcanzaba un punto de resguardo. Era el turno de Toba, pero antes de que pudiera moverse una nueva ráfaga de impactos se escuchó cerca de él. Movió la cabeza y vio que Gabalú estaba tumbado en el piso revuelto en sangre, trozos de cráneo y proyectiles. Sus ojos abiertos vestían el vacío. Era preciso acabar con esto.
En un arrebato, se desplazó violentamente hasta el jeep y agarró el arma de Gabalú. Las detonaciones seguían. Toba corrió hacia los matorrales a la vez que disparaba sus dos armas de fuego. Escondido, se dio cuenta de que en la plaza también había caído Besh. Yacía de espaldas al sol. Seguramente, ya estaba delante de la puerta oscura, esperando a Hash, el portador de las almas, para que lo condujera con el de las milpresencias y milposturas.
Estaba solo. Se agachó y arrastró su cuerpo lentamente. Avanzaba apoyándose con las manos y las rodillas. La tierra era irregular y las llagas aparecieron ensanchándose en su cuerpo. Un metro antes pudo verlo, tendido sobre el peso de su cuerpo, con el temor en sus ojos y apuntando a cualquier cosa viva. Era un niño de ocho años.
Recordó, en ese instante, la violenta intrusión de Moanmar en su pueblo: sus padres corrieron buscando refugio en su casa, pero Moanmar y sus hombres los alcanzaron. No hubo una muerte piadosa, su hermana y su madre fueron violadas hasta la saciedad de los seis hombres que irrumpieron en el pueblo. Luego fueron degolladas. Su padre y los otros hombres del pueblo fueron atados a los árboles para cercenar, uno a uno, cada miembro de los cuerpos. Todo esto frente a los niños, que se irían con ellos como parte de la pandilla de la muerte que liberaría el corazón de África. Eso les habían dicho la primera vez que les dieron un rifle. Pero desde entonces había vivido el saqueo, el incendio, el miedo, la esclavitud… Moanmar era el responsable de todo esto, de tanta mentira. Tal vez, se dijo, si no me hubieran capturado… Tal vez, siguió, este niño tiene una salida. Lo llevaré lejos de Moanmar y sus hombres. Lejos de la muerte. Me aseguraré de que llegue a salvo a otra tribu o, mejor, yo mismo me haré cargo de él… Toba no terminó sus pensamientos. El niño jaló el gatillo.



VÍCTOR HUGO DÍAZ

Nació en Santiago de Chile, en 1965. Ha publicado La comarca de senos caídos en 1987, Doble vida en 1989, Lugares de uso en 2000, No tocar en 2003, Segundas intensiones en 2007, Falta en 2007, Antología de baja pureza en 2013 y en México DF en 2014, y Hechiza, poemas anticipados, México, 2015 y 2016. En 1988 obtuvo la primera Beca de Creación Taller Pablo Neruda; en 2002 la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 2011, 2012, 2013 y 2014 ejecuta el Proyecto Escritos de Sur a Norte, Poesía de Chile en México; y Fronteras sin Límite 2015, Poesía de Chile en Perú y Bolivia, apoyados por el Fondo del Libro y la Lectura. El año 2004 ganó el Premio Pablo Neruda en su centenario, otorgado por la fundación del mismo nombre. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas y antologías, además cuenta con numerosos textos críticos acerca de su obra. Es reconocido como una de las voces poéticas vivas más importantes de Chile.


LA NOCHE TRISTE
Víctor Hugo Díaz ©

Esta ciudad no se hunde
por el drenaje de sus aguas
ni zozobra bajo el peso de piedras
sangre y frutas de estación
Sino por el de plumas que danzan

pies, epicentro de la onda expansiva
que a nadie deja escapar

obsidiana que abre el pecho al silencio florido
de una promesa no cumplida.

El humo pesa, las plumas y los colores pesan

Por ejemplo, la Flor de Navidad es roja
y pesa como el tiempo
Regresa puntual cada año para la cena
a la hora en que hasta los juguetes
que nunca envejecen de rostro
pueden adornarse en papel de regalo

muñecas viejas sonrisa infantil
que aunque las entierren no mueren.

De noche las bocinas
y el zumbido de motores
son la rogativa por más lluvia
de estos vehículos que no avanzan

El mapa de turista sirve de abanico

En la esquina, un sacrificio humano
a exceso de velocidad.


LA VEJEZ CHILENA
Víctor Hugo Díaz ©

Todo lo que falta es parte de la felicidad,
en un país de oportunidades.

Su primera hembra fue una dálmata
que no nació en Europa
Es cierto, tenía tez blanca
pero con manchas negras y lengua.

Siempre pensó que llevar una bitácora
no valía la pena, un privilegio entre las manos sucias
el gran tumor benigno.

Mejor conservar las cosas en las manchas del mantel
y en sus quemaduras
Las quemaduras conservan mejor los días.

Todo sucede a la vuelta de la esquina
Primero pasa a la vuelta de la esquina
y a su tiempo, hay que contar casi hasta cien
y salir a buscar

Como esa carga de escombros
afuera de la casa en remodelación
Donde no basta con expulsarlos
Hay que pagar para que se los lleven.

El armisticio es siempre rotundo y desechable
Es ver a todo un ejército joven rendirse
entre las ruinas escarchadas de una ciudad enemiga
Un intercambio de banderines y regalos
que se devuelven con violencia
a su verdadero dueño
buscando un puesto más favorable
desde dónde negociar

un lugar cómodo entre los colores del arco iris

que se forma
en la última lágrima, justo antes de caer
mirando este sol de invierno
bailando en medio de un desierto lleno de amigos.

Él siempre decidió con los órganos.

Sentado en el living de esa casa no ve pasar a nadie.

Es sólo un amnésico crónico con pasado
que no lleva nada en los bolsillos que valga
Sólo la condena a olvidarlo todo
y ser olvidado.

Afuera el viento mueve las nubes

Parece cambio de estación

Su primera hembra fue una perra dálmata, tenía lengua
Alguien lo dijo, quién lo dijo
De qué hablábamos.

Nota: Estos poemas se encuentran en el libro Antología de baja pureza.



EDITH VULIJSCHER

Buenos Aires, Argentina. Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Después de haber ejercido durante muchos años su profesión, y quizás por haber sido una apasionada lectora desde su juventud, comenzó a incursionar en la escritura, siempre en el género de cuento corto, y posteriormente en el de minicuentos. En este último género, es una de las moderadoras del taller de CiudadSeva, al cual pertenece desde el año 2007.
En 2006 fue invitada por el escritor puertorriqueño Josué Santiago de la Cruz para participar con un cuento en el semanario bilingüe Community Focus/Enfoque Comunal en Philadelphia, Estados Unidos, para la edición La magia del Microrrelato.
En 2014 obtuvo mención de honor con su cuento infantil Revolución en la cocina en el Primer Certamen Internacional de Literatura Infantil organizado por Ediciones Mis escritos, formando parte de la publicación Travesuras realizada con los cuentos premiados.
Actualmente ha sido convocada para participar de una antología de microrrelatos eróticos que está organizando en Puerto Rico el escritor Emilio del Carril.


ENTRE RUINAS
Edith Vulijscher ©
“Un paredón, me corrige mamá,
esto es un paredón, me aclara
otra vez, y con el brazo que está
suelto, el del otro lado, hace un
ademán muy amplio señalando
la pared abarcándola”
(“La pared”, Irma Verolín)

Caminamos estupefactas, yo agarrada de la manga derecha de su abrigo que cuelga llovida, inútil, por momentos siento escalofríos y por otros un calor que me sube desde el pecho.
Vamos en silencio como otros a nuestro alrededor, mirando todo, tratando de entender.
De repente me parece insólito lo que veo asomando de los escombros, y exclamo señalando hacia el horizonte:
—Mirá esa pared, alta, larga, tan campante ocupando toda la cuadra.
—Es un paredón —me corrige ella y, para dejar bien clara la diferencia, señala toda la longitud con un además de su único brazo y repite—: ¡pa-re-dón!
Me parece ridícula su aclaración, ¿acaso importa que sea pared o paredón? También me parece ridículo que miremos como buscando su brazo, y pienso: se dice que los delincuentes vuelven a la escena del crimen y creo que también las víctimas lo hacemos. Aunque no entendamos por qué.


INMIGRANTES
Edith Vulijscher ©

El tiempo se detiene cada tarde a la misma hora.
Ellas, originarias de Livorno, cotorrean sin parar sentadas en la vereda y en vernacolo, variante del toscano que ninguna circunstancia vivida les ha hecho olvidar.
Salen a caminar tomadas del brazo, por el Paseo Marítimo, se dirigen a Via Roma 38 y sus miradas se pierden dentro de la casa natal de Modigliani.
Algunas veces se ruborizan al recordar los primeros encuentros amorosos adolescentes en la Piazza Attias.
Por un acuerdo tácito ignoran diez años sufridos de guerra, hambre e inmigración.
Luego activan el reloj y cuando la arena vuelve a caer en el presente, hablan de los hijos, las nueras y los maravillosos maridos que tuvieron, porque sus muertos se han vuelto santos.
Pero nunca lo hacen en español; el vernacolo es el hilo que las mantiene unidas con el pasado, con sus historias y con los años felices.


PECADO DE OMISIÓN
Edith Vulijscher ©

Un fatídico día del año 1633 llegó a un pequeño pueblo cercano a la ciudad de Londres un vendedor ambulante. Acomodó su carromato junto a la plaza principal y comenzó a exponer y publicitar con un altavoz sus productos “maravillosos y de última generación”.
Ungüentos, bebidas energizantes, hierbas famosas con efectos anhelados por los hombres y esperados por las mujeres, que garantizaban una vida plena y feliz; libros nuevos y otros clásicos y la última edición de la Biblia “que ya no puede faltar en ningún hogar”.
El hombre pensaba quedarse dos semanas, pero lo hizo por más tiempo pues fue tanta la demanda que tuvo de la Biblia, que debió encargar otra remesa a la editorial y esperar por ella.
Parecía que la edición de Barker y Lucas, editada dos años antes, obraba el milagro de hacer más devota a la gente de ese lugar.
Cosas extrañas comenzaron a suceder al poco tiempo y continuaron después de la partida del vendedor.
Los habitantes, religiosos y muy apegados a sus costumbres, se fueron transformando poco a poco. Mujeres y hombres casados, miraban con ojos ardientes de deseo, a otros del sexo opuesto. Se los podía ver en la calle, en los negocios, en el parque, conversando con naturalidad, apartados del resto, y a la vista de todos, sin cuestionarse ni sentir culpa. La intimidad avanzó, al mismo tiempo que los adulterios, que al integrarse al transcurrir natural de los matrimonios, no fueron incluidos en sus confesiones. Solo ocultaban con pudor lo relativo al sexo, pues de eso nunca se hablaba y menos delante de la familia.
Al cabo de unos meses, las profesionales del chisme, graduadas con honores en pueblo chico, comenzaron a inquietarse, no se sabe si porque quedaban fuera de los sucesos o si por verdadera preocupación, pero sus dichos llegaron a oídos del párroco, que, espantado, no daba crédito a lo que escuchaba, y con varios rosarios en las manos y velas nuevas encendidas al pie de cada santo, organizó un encuentro privado con algunos matrimonios involucrados, para esclarecer qué estaba sucediendo.
Esa reunión terminó en escándalo, las mujeres desmayadas, los hombres mudos como si hubieran visto aparecidos y el cura con un ataque al corazón.
Paulatinamente las familias fueron vendiendo todo y mudándose, el pueblo comenzó a quedar semi desierto; el sacerdote retirado por cuestiones de salud. La parroquia abandonada, y en lo que terminó siendo un pueblo inexistente sólo quedaron volando al viento hojas sueltas de la Biblia, en la que por un error de impresión podía leerse en el Sexto Mandamiento: “Cometerás adulterio”.



ALBERTO QUERO

Nació en Maracaibo, Venezuela. Narrador y poeta.
Licenciado en Letras, Magister en Literatura Venezolana y Doctor en Ciencias Humanas por la Universidad del Zulia. Miembro de la Sociedad Iberoamericana de Escritores, el Parlamento Internacional de Escritores de Barranquilla y la Asociación Venezolana de Semiótica.
Galardonado con diversos premios literarios en Venezuela, ha publicado además seis libros de cuentos y un poemario.
Sus narraciones han aparecido también en dos antologías venezolanas, en tanto que sus poemas en inglés fueron publicados en varias recopilaciones en Inglaterra, Canadá y los Estados Unidos.
Ha sido citado en dos diccionarios de personalidades venezolanas.
Desde 2014 es corresponsal literario para América Latina en “Literary News”, transmitido por la CKCU 93.1 FM, en Ottawa, Canadá. A través de esta radio, presta un gran servicio como difusor de la literatura latinoamericana.


ISTI MIRANT STELLA
Alberto Quero ©

Robin Hood se hallaba en una terrible disyuntiva. En uno de los apartados senderos del bosque de Sherwood, dos hombres lo rodearon; ambos estaban deseosos de que la justicia fuera servida.
A la diestra de Robin se detuvo un acaudalado señor; al otro lado un campesino paupérrimo. Robin vio una diferencia entre ambos y tuvo desconfianza, así que les ordenó a los dos hombres que se despojaran de sus vestidos. Cuando los hombres estuvieron en calzones, Robin notó que ambos eran exactamente iguales, lo que difería eran sus trajes. Entonces sí se sintió menos a disgusto.
Robin preguntó cuál era el motivo de su querella. Tanto el señor como el campesino dijeron que era la vida del reino. Robin consintió en que las cosas no marchaban en forma conveniente; por eso pidió a cada uno que le explicara mejor sus motivos. El hombre pobre dijo que se moría de hambre y que la culpa de ello la tenían los opulentos latifundistas, como el que estaba frente a él.
—Yo te conozco —dijo Robin, sentencioso y grave—, tú eres un jornalero de Nottingham; es cierto que la realeza se aprovecha de tu trabajo y tú no ves el fruto de tu esfuerzo. En verdad creo que deberías vivir más cómodamente.
Y, daga en mano, despojó al hombre rico de la bolsa con monedas de oro que había escondido entre sus prendas interiores; en seguida dio el dinero al otro. El aristócrata dijo que, aquellas monedas eran su único tesoro; por eso, a partir de ese instante, él pasaba a ser un nuevo indigente.
Robin reflexionó largo tiempo: si le quitaba el dinero al hombre que había sido pobre y se lo entregaba al que había sido rico, entonces la situación volvería al principio y, por lo tanto, la batalla entre los dos hombres y sus familias sería interminable. Robin no sabía qué hacer. Se apartó hacia otro sendero, llamó al fraile Tuck y le pidió un consejo
—Dale a cada uno lo que merezca —dijo sabiamente—. Eso será lo justo.
Robin regresó muy satisfecho. Dijo a los dos hombres que daría las monedas al que se hubiera esforzado más; para mayor aval, dijo que la idea le había sido sugerida por su compañero monje. Mas, apenas supieron el origen de la conseja, ambos contendores la rechazaron al unísono y sin mayores miramientos. Así que Robin debió valerse solamente de su astucia.
—Cierto es que tu paga es ínfima —dijo nuevamente al que había sido pobre—, pero he visto yo cómo la desperdicias en la taberna de Malcolm O’Callahan, el norteño. Por eso, la rabia que sientes hacia los duques y los barones es injustificada: la mitad de tu hambre no la causa los príncipes ni los condes, sino tú mismo, que desperdicias las pocas monedas que consigues.
El campesino se sintió descubierto y avergonzado. Con cara risueña, el aristócrata dijo que, dado que el campesino era un irresponsable, el dinero debía corresponderle a él, que siempre había sido su dueño.
—Parte de tu riqueza es bien habida: yo sé que tus abuelos fueron lugartenientes del noble rey Guillermo y con gallardía lucharon en Hastings. Pero la otra parte proviene de los abusos que cometes contra los aldeanos; para nutrir tu holgazanería, tú les asignas impuestos que no pueden pagar.
El patricio también se sintió abochornado y sorprendido. Robin no estaba de acuerdo con algunas cosas, que no podían permanecer como estaban porque no sería equitativo. Entonces Robin intuyó que todos debían ser igualmente ricos y pudientes, para que así vivieran siempre felices y dichosos.
Así resolvió dar al hombre rico y al hombre pobre la mitad de todo el dinero. Pero al instante se arrepintió de su idea: le pareció que eso no era del todo justo con el patricio, porque una porción de su oro le pertenecía legítimamente. Y lo que le pareció peor era que, a partir de entonces, el labriego se haría a la idea de abandonar sus cosechas de trigo porque sabría que, en caso de necesidad, le bastaría con acercarse de nuevo a solicitar la intervención del paladín. Y eso tampoco era provechoso.
De modo que Robin acabó por exasperarse. Y perdió la paciencia: hizo oídos sordos y no concedió la razón a ninguno de los dos hombres. Más bien tomó el dinero, la espada del rico, las flechas del pobre y los dos trajes.
Luego, sin importarle que ambos quedaran desnudos y a la intemperie, les dio la espalda y se largó de allí. Así salió del trance.
Pasmados por el escándalo, tanto el aristócrata como el labriego permanecieron inmóviles durante todo el día y toda la noche siguientes. Solo cuando vieron de nuevo asomarse la estrella de la mañana, comprendieron que el tiempo había pasado y que estaban solos en medio de la nada.



MILAGROS LÓPEZ

Nació en Murcia, España. Licenciada en Filología Inglesa con Premio Extraordinario por la Universidad de Murcia. Docente y escritora. Como poeta ha publicado A ras del mar (Madrid, Torremozas, 2014) y ha participado en numerosas antologías como Voces del Extremo Poesía y Resistencia (Amargord, 2013), Desde el mar a la estepa (poetas del Sureste español, Albacete, Chamán Ediciones, 2016; Por un puñado de poemas (Playa de Ákaba, 2016), Contra, poesía ante la represión (Región de Murcia, 2016), Mujeres sin Edén (Playa de Ákaba, 2016), etc. Sus poemas han sido publicados y traducidos al francés, inglés, holandés, rumano y polaco. Asimismo ha participado en festivales y otros encuentros poéticos como Voces del Extremo Madrid 2013 y Moguer 2014, Festival Internacional Grito de Mujer 2015, Recital Pasado Continuo UM, Asociación Genialogías, etc.
Como narradora ha ganado diversos premios de relato breve: Narraciones Cortas Villa de Torre–Pacheco 2001; “Emilia Pardo Bazán”, 2000; “Letra Joven”, Molina de Segura, 2000 y una mención Murcia Creajoven, 2000. Su obra narrativa ha sido recogida en antologías y revistas literarias.
@milamans


SERME EN TU MEMORIA
Milagros López ©

Quiero posarme en tu tiempo,
ser hilo constante en el engranaje
de tus recuerdos.
Quiero hacerme vida en un pasado remoto
del que olvidaste el comienzo.
Quiero estar cuando mires atrás,
detrás de todo,
más allá de ti.
Quiero ser cristal de tu rutina,
átomo de tu primer bostezo,
cabo de tu último pensamiento.
Quiero serme en ti
y que pase el tiempo...
(A ras del mar, Madrid, Torremozas, 2014)


DICES…
Milagros López ©

Dices que no te conozco.
Yo, aun en la distancia,
te tomo el pulso cada día,
instante a instante, te respiro.
Te leo
en el vaivén de tus mareas.
Te descifro
en el atlas oculto de tus anhelos.
Navego
a merced de tus risas,
de tus temores,
de tus ansias de mí.
Cuando me acercas
cuando me alejas
cuando me adoras,
cuando detestas las sombras
que voy desplegando
en lo que te parecía
la vida.
Te conozco.
Yo siempre estuve.
(A ras del mar, Madrid, Torremozas, 2014)


POESÍA
Milagros López ©

Escribir de puntillas
para no despertar al centinela,
calibrar el espacio que
va del infinito a este
horizonte preciso
que me filtra las sílabas,
buscar en mis manos ríos
que dictan horas.
Recorrer esta noche
tras el dios de la palabra,
tras la fuente que sacie a
la mantis, hiena en mis soles.
Fijar alas al reloj,
sufrir la levedad del soplo en la escarcha,
la fugacidad en nuestra arena.
Resistir la luz,
ese brillo siempre al borde de la dermis.
Y el anhelo
de vestirme criatura,
anhelo de sombras,
de oscuridad,
de común oscuridad.
(Antología Desde el mar a la estepa, poetas del Sudeste español,
Albacete, Chamán Ediciones, 2016)


***

Creí que todo lo salvaría con poesía,
del verso al asilo,
del alarido a la derrota de los injustos,
pero ahí seguían la carne y sus enigmas,
subsuelo del extravío y la tortura;
ahí los fantasmas vistiendo delirios,
tapadera del vacío y su distancia.
Y aun así, soñaba poesía de rescate,
el cabo al pozo, oxígeno al ahogado.
Más allá de tu piel y nuestra muerte,
la tierra sigue crujiendo poesía.
(Antología Por un puñado de poemas, Playa de Ákaba, 2016)


***

Cinco plantas de hormigón
te salvan de la gravedad.
Construyes cuerpo sobre vacío.
Esta ofensa a las aves
conjuga livianos tus pulmones,
calcáreos tus huesos,
porosos tus órganos,
y asoman plumas donde tus abuelos
engarzaban sus costillas flotantes.
(Revista “El Coloquio de los perros”, 2016)



FEDERICO SPOLIANSKY

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1970. Estudió en Londres y obtuvo el Master en Realización de Cine (London Film School). Es Licenciado en Psicología (UBA). Cursó estudios de Régie en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y de música en la Universidad Católica Argentina.
Publicó Atlántov (prosa poética microficción, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2016), Duda Patrón (poesía y microficción, Buenos Aires, Alción Editora, 2010) y El Agujero (cuentos, Buenos Aires, Ediciones Florida Blanca, 1995), por el que recibió el Primer Premio del XVII Concurso de Cuento de la Municipalidad de Puerto Madryn / Fondo Nacional de las Artes. También obtuvo el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía (Producción 1991-1992), otorgado por la Secretaría de Cultura, Ministerio de Cultura y Educación de la Nación.
Escribió y dirigió los cortometrajes C´est Tout y I & Thou. Este último ganó el Premio a la Mejor Producción en el IV Festival de Cine UNIACC de Chile y el Premio al Mejor Corto Experimental en el IV Festival Internacional de Cortometrajes de Miami.


POEMAS
Federico Spoliansky ©

Vivo en un país de ríos; no son ríos mansos. Camino hacia la estación frente al río, tren y río, tren y río hay en mi país. En mi país hay pejerreyes, dorados y surubíes, rellenos y desnutridos; merenguitos, pastafrola, pastelera, churros. Si hay azúcar impalpable debe ser mi país rico.

Los trenes dividen el paisaje donde sea que haya vía. El tren le escapa al sol, es tren. ¿Anda el tren? Anda mal, el paisaje anda mal. En mi país sobran las palabras. Cuando sobran las palabras hay goteras. Sobramos donde sea: taco, puntera, suela, entresuela, cordón, capital, provincias. Sobrar trae goteras. Sobran forros y plantillas.

¿Cuál es el panorama? Conocer el latido del girasol, cómo responde el corazón del girasol al humor del viento, al humo de un caño de escape. No hablo sobre girasoles, hablo con ellos; el diálogo con los girasoles es el poema lindero. Algunos capataces trompearían, le darían una tunda al girasol que se rehusase a rotar. Que los girasoles sigan el rumbo sin detenerse por entuertos.

No existe mortaja para vela. No existe cementerio ni momento vela. Una vela no recibe pensión ni se jubila, trabaja hasta el no doy más. El lugar para una vela es un zaguán, un oratorio, un estar vecino al kohinoor, una partida de chinchón. ¿Qué profesión puede elegir? “¡Vamos!, ¿de profesión?”. “Vela”. “¿Qué hace?”. “Velo”, responde trans. ¿Cuántos avatares puede resistir? Le exigimos a una vela más que a un percherón.

Qué sol, qué superficie puede albergar al corazón de un alcaucil. Atrapado en un remolino de aceite, como si disfrutara chupado, como si le hubieran dicho que Aceite, Disney y el Chavo son del mismo palo, el alcaucil muere, no de un síncope.

¿Qué es trampa? Pescar mojarritas es trampa. Mirar al cielo no es trampa, el cielo es suelto, líbero, encierra nubes. ¿Pescar nubes es trampa? Chaplin está en la tele, en el cine, en la fábrica. ¿Pescar chaplines trampa?

Una lombriz no es mascota. Un perro, un gato, una cobaya sí. Una lombriz no es almuerzo ni cena, un bife de entraña sí. Un bife está lleno de nervios, tragamos los nervios bajo amenaza: “Si no comen les meto por un embudo la entraña”.

Si tiramos baldes con agua y lavandina las lombrices salen de la tierra. Tiramos baldes, las lombrices salen, las ponemos en un frasco, damos vuelta el frasco. Son mascotas por un rato.

Una lombriz no tiene ni perfil. Ni cola. Tiene perfil y cola si la fileteamos y ponemos al filete de perfil, sin pinza, microscopio ni saber de anatomía.

Una lombriz no tiene pedigrí. Una garrapata tampoco.

Una lombriz y una garrapata no comparten perfil.


POEMAS DEL LIBRO ATLÁNTOV
Federico Spoliansky ©

Anoche había tres marías
Santa Niña Pinta
por la mañana un estuario.

El mar hace lo suyo, indiferente hace lo suyo; tiene todo presto, agendado, no se toma vacaciones ni pega el faltazo; permanece. Abierto todo el año.

Bach nunca abandonaba el bajo continuo.
Bach no se abandona en el bajo continuo.

El cultivo debe volver al vientre, transitarlo una vez más, ser cosecha que se mira, como mira el grano al sol cuando acopiado lo lleva el camión.

La vizcacha va por el monte, deslizándose, deslizándose pegada a la tierra, va soldada, la vizcacha montesa del Sur.

El agua inquieta mueve aguas.

El cuerpo cantante no olvida, rescata del italiano: Vibrare.



JOSÉ LUIS DÍAZ CABALLERO

(Madrid, España, 1979). Licenciado en Derecho, ejerce la abogacía desde hace quince años. En 1997, fue galardonado con el premio Los nuevos de Alfaguara por su relato La agonía lánguida del Santo Patrón. Actualmente publica sus relatos cortos en el blog Viajando entre lo infinito, cuyo enlace se encuentra al pie. El rugido de las sombras es su primera novela. Aquí, adelantamos su primer capítulo.


EL RUGIDO DE LAS SOMBRAS
José Luis Díaz Caballero ©

(Primer capítulo)

“…y hubiera pospuesto así el aprendizaje de lo que su padre sin estudios
se había empeñado tanto en enseñarle: la terrible, la incompresible manera
en que las elecciones más triviales, fortuitas e incluso cómicas obtienen el resultado más desproporcionado”.
Philip Roth, Indignación.

Madrid
Madrugada del 24 de diciembre de 2011

Francisco Labranca tiene las manos cubiertas de sangre. A las 0:35 horas de la noche aún la ve correr entre sus dedos. Las gotas han dibujado una sombra roja en el suelo. Los reflejos diagonales de la calle cristalizan su interior. Observa en ella la mitad de su rostro y comprueba que el ojo izquierdo se encuentra completamente cerrado. Con su espalda pegada contra la pared eleva débilmente ambos brazos. Mira los cortes profundos. La sangre seca se mezcla con la húmeda mientras esta penetra por el interior de la chaqueta. Francisco piensa en un último esfuerzo porque aún tiene tiempo. Cierra los ojos para expulsar el sudor frío que fermenta en sus pupilas. Limpia su nariz con el dorso de la mano izquierda y la introduce en el bolsillo del pantalón. Saca de él un sobre amarillo doblado por la mitad. Lo abre cuidadosamente con la yema de los dedos. Francisco no quiere desprenderse de la sangre que circula por la palma de sus manos. Extrae del sobre tres folios, los despliega por el vértice exterior y lee. Carta del general Robert Mubumba fechada en Madrid el día 4 de noviembre de 2011. Ha sido esta y no otra. Francisco sabe que tan solo quedan tres o cuatro minutos. Entonces tendrá que dejar de leer. De momento, la primera línea corta su respiración como un hacha recién afilada.
El general era culpable. La carta que tiene entre sus manos confirma que el día 3 de febrero de 1999 un batallón del MLA-52, formado por treinta y cinco hombres, atacó brutalmente la ciudad de Masisi. Mubumba se encontraba al frente. Él ordenó que los asesinatos se produjeran a punta de machete. Los milicianos descuartizaron sin piedad a hombres y mujeres. Quemaron los miembros mutilados al pie de las cabañas mientras se emborrachaban sin reparo con whisky y vino de palma. Hubo torturas y violaciones masivas. Tan solo sobrevivió un grupo de ochenta niños a los que luego convertirían en soldados o trabajadores esclavizados en las minas de coltán. Entre ellos estaba él.
El general Robert relata los detalles del encuentro. El objetivo había sido tomado y ya no se escuchaba el ruido de las ventanas rompiéndose ni tampoco el grito intermitente de los ejecutados. Los milicianos degollaban a los moribundos y saqueaban las cabañas en grupos de dos. Las columnas de humo superaban los tres metros de altura y la sangre licuada se mezclaba lentamente con el lodo de las esquinas. Mubumba descansaba en un banco con las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en la pared de una cabaña. Miraba intensamente al cielo mientras sostenía su Biblia con la mano derecha. Primero la besó y luego esbozó una ligera sonrisa; de su boca se escapó un murmullo orgulloso de victoria.
El niño apareció por algún sendero que subía del río Epulu. El general reconoce que al principio le vio como una sombra enemiga. Un primer impulso le hizo agarrar fuertemente el machete; también irguió la espalda, tensó el cuello y puso la barbilla en línea con el suelo. Comprobó que el niño caminaba con paso lento hacia el centro de la pequeña plaza sin advertir su presencia. Se levantó del banco y caminó hacia él. El pequeño se volvió al escuchar sus pasos y comenzó a temblar. Sin llorar, pero con los labios vacilantes, retrocedió medio metro mirando hacia ambos lados de la plaza. El general guardó la Biblia en el bolsillo derecho de la guerrera y le ordenó parar. Se acercó lentamente y le acarició la barbilla con el pulgar; prometió gravemente que no le mataría.
Francisco sabe ahora que la madre salió de una cabaña con el torso inclinado y la mano derecha apretando el centro del abdomen. La otra empuñaba con fuerza una Smitt & Wesson del calibre 32. Avanzó con dificultad hacia el centro de la plaza. El líquido oscuro que colgaba entre sus piernas indicaba que había sido violada; la herida del estómago era producto de un violento machetazo. Se derrumbó a tan solo dos metros del general. Desde el suelo le apuntó decididamente con el revólver. Las heridas hicieron que agachara la mirada y hundiera su antebrazo derecho en el estómago. La muñeca de su mano izquierda giró hacia el interior mientras el cañón dibujaba círculos abiertos a su alrededor. Le dijo con la voz rota que soltase a su hijo. El general contestó con una carcajada.
La mujer quiso enderezar la culata del revólver. Envolvió el gatillo con el dedo índice e hizo un gesto afirmativo de impulso. Quería e iba a disparar, pero hundió sus ojos en el suelo cuando tres milicianos se acercaron por la espalda. Negó tres veces con la cabeza hasta que el brazo izquierdo se venció como un peso muerto. Todo a su alrededor era un charco espeso de saliva y sangre.
La escupieron los tres al unísono. Uno de ellos la llamó zorra; otro, de nombre Kouré, se maldijo por no haberla rematado dentro de la cabaña. El tercero, Lahar, apuntaba con un AK-47. Mubumba les ordenó que no la tocasen. Se agachó ante ella agarrándole el pelo de la coronilla. Ella elevó el revólver un par de centímetros. El general cegó la salida del cañón apuntándolo contra el aire. Dijo que se sentía condescendiente. Sabía que solo le quedaba una bala porque de otro modo no habría intentado asegurar el tiro de esa forma. Le daba la oportunidad de utilizarla para matarse. Giró la muñeca de la mujer y la condujo hacia la sien. Añadió que si no lo hacía los tres milicianos le dispararían en la mano y luego la volverían a violar. A continuación la degollarían. Su hijo sería testigo de todo. La vería desangrándose, revolviéndose en el aire mientras intentaba respirar.
El general se incorporó, cruzó las manos por la espalda y dio un par de pasos. En ese momento la mujer dirigió el revólver hacia su hijo y le disparó. La bala atravesó la manga de la camisa, reventando las hebras de tela. La sangre dibujó un pequeño cerco alrededor del agujero abierto por el impacto. El niño cerró los ojos y encogió la clavícula; luego miró con asombro la herida y la cubrió con la palma de la mano derecha. Ella rompió a llorar mientras soltaba el revólver.
Francisco también considera irrelevante que Mubumba le ordenase al niño el asesinato de su propia madre. Poco importaba que este le diese a la mujer una patada en la palma de la mano derecha, otra en el costado y una última en la nuca. También carecía de importancia que uno de los milicianos la sujetase por las muñecas y otro por los tobillos; que el niño la mirase con la boca abierta y los labios cubiertos de saliva; que este negara tímidamente con la cabeza o que ella gimiese mientras escupía gargajos abiertos de sangre.
Pero hay un detalle que Francisco no pasa por alto. Algo que lee y le hace apretar con fuerza los ojos, doblar el cuello hacia atrás y mancharse la mandíbula con los restos colgantes de una herida. Un dato del que no pudo o no quiso saber en su momento. Un dato que debió conocer si hubiese recordado cómo discernir entre lo superfluo y lo irremediable; algo que pudo hacer cuando supo que ya no visitaría jamás la sala de comunicaciones de la cárcel.
El último pasaje de la carta dice que el general desenfundó su machete y sostuvo la hoja en el aire durante al menos dos segundos. La empuñadura estaba envuelta por una tira de cuero blanco. Hizo que el niño colocase las palmas hacia arriba, dejándolo caer en línea horizontal. Aquello era inhumano, descarnado; aquello era absolutamente previsible.
¿Cómo iba a intuir Francisco que el pequeño sostendría la empuñadura con la mano derecha y que retiraría la izquierda con un grito de dolor? ¿Cómo iba a saber que Mubumba tuvo que recoger el machete del suelo y clavar él mismo la punta en el estómago de la mujer? ¿Cómo iba a adivinar que el niño volvió a gritar cuando el general cogió nuevamente su mano izquierda para posarla con fuerza en la base de la empuñadura? ¿Cómo iba a sospechar que aquel niño cerró los ojos mientras mataba a su madre porque no soportaba el dolor de una herida infectada y plagada de pústulas?
La culpa que recae sobre Francisco no es irreal. Podría haber advertido con meridiana claridad que era una herida de quemadura. Aunque el accidente se había producido dos meses antes del ataque, la falta de antibióticos pudo hacer que empeorase hasta extremos como el relatado en la carta. En ese caso ―y se hubiera percatado de un dato tan evidente― habría buscado la forma de contactar con él aunque ello hubiese supuesto una violación del secreto de confidencialidad entre abogado y cliente. Posiblemente frecuentase la misma cafetería de la Travesía de San Mateo en la que tuvieron el primer encuentro. Está convencido de que durante los últimos treinta y cinco días esperó pacientemente una noticia como aquella. Sabía cuáles eran sus planes. Habría evitado el riesgo que hubiese supuesto una llamada a la Embajada o al Ministerio de Interior de su país. Lo más probable es que hubiese viajado hasta Brazaville en el primer vuelo de la compañía KLM. Un primo suyo que trabajaba en el Hotel Memling de Kinshasa podría haberle llevado en coche hasta Ituri. Sin embargo, disponía de un contacto en el puesto fronterizo de Ngobila que le hubiera conducido a tan solo diez kilómetros de la zona de control. Una vez dentro habría logrado identificarse con las manos en alto y una fotografía en el pecho antes de que nadie, incluso él, le hubiese descerrajado un tiro en la frente.
Pero otra vez ha sucedido. Otra vez el mismo final. Otra vez el mismo abrigo olvidado, el mismo sobre amarillo, el mismo gesto al entrar en casa, la misma posición junto a la mesa, el mismo cerco de polvo, el mismo error, la misma consecuencia, la misma maldita sombra que lo envuelve todo mientras ruge en sus oídos con violencia. De nuevo un solo detalle, en este caso la herida de un niño, podría haberlo cambiarlo todo.
Francisco abre su mano izquierda y deja caer los papeles en el suelo. El rumor nocturno de la calle Gran Vía asciende hasta la novena planta del número 60 y se cuela por la ventana del baño. El reguero de sangre se desliza por debajo de la puerta y cruza en diagonal el suelo del salón. Observa con la cabeza torcida que la luz permanece encendida. Se pregunta si merece la pena malgastar el próximo minuto en recorrer el camino de vuelta para apagarla.



LUCÍA ANGÉLICA FOLINO

Nació en Avellaneda, Buenos Aires, Argentina, el 19 de diciembre de 1956.
Abogada, docente y poeta, publicó en 2004 su primer libro: Retablo de duelos, cosmogonía poética que ha recibido elogiosa crítica. Su segunda obra: Acuario Plateado por la Luna, en una pequeña edición de autor, fue editado en 2005. En 2007 se difundió su libro de poemas eróticos Veinte sonetos pornográficos y una pasión estrafalaria, publicados y distribuidos en internet por suscripción virtual.
Una buena parte de su obra aparece en prestigiosas antologías nacionales e internacionales en formato papel y revistas literarias virtuales y blogs digitales.
Escribe letras de canciones —registradas en SADAIC y SIAE— entre las que se destacan poemas y traducciones en la opera prima del músico italiano Lorenzo Gabetta: Salvando las distancias, lanzado en Milán en 2012. El virtuoso compositor puso música y voz a otras canciones de Lucía, inéditas en el mercado del disco, entre las que destacan La Corista y Perdiendo la fe en los hexámetros, poema que apareció por primera vez en el prólogo del libro del poeta ubetense Abelardo Martínez titulado De Colores, presentado en la librería Railowsky.
Ejerció la abogacía durante tres décadas en Argentina (con un frondoso currículo laboral, ya que ejerció su actividad en la ciudad de Buenos Aires y el área metropolitana adyacente en múltiples ramas de la ciencia jurídica), encontrándose vigente su matrícula en el C.A.L.P.
Dictó cursos y clases personales en talleres de poesía y letras de canciones tras haber participado en numerosos talleres de poesía, narrativa y letrística en SADAIC. Fue vocal del "Centro cultural Alejandra Pizarnik" de Avellaneda durante dos años.
Venas al menudeo es su tercer libro publicado en el año 2015.


INTRUSOS EN EL ESPECTÁCULO
Lucía Angélica Folino ©
Saroyan en su lecho de muerte:
“Creí que nunca moriría.”

Me contemplo desde
la inmortalidad de mi presente.
En la pantalla del televisor
gesticulan y cuentan
chismes de modelos desconocidas
de la mediocre farándula nacional.

No siempre se crea
Poesía
escuchando a Vivaldi
o a Andrey Kiritchenko
ni brindando a la salud
de Hölderin o Bonnefoy.

Diría mejor, casi nunca.
Somos esto. Estamos acá.

¡Qué insensibles parecen
los que no aprecian
la música erudita del siglo XVII,
el trabajo de los genios
de la pintura holandesa
o los sublimes yámbicos griegos!

Como un borracho
en la taberna,
nos preguntamos:
¿Para qué todo?
Si por mucho camino
que ande
—lo juro pese a haber encontrado
el Santo Grial—
seguirán muriendo
los asesinos y los gatos
—siete vidas también se extinguen—
y los jazmines no crecerán
si alguien
no los cuida de las hormigas.

Mas,
cuando no quede otro alguien
y siga viva
¿querré permanecer sola
en el desierto
como un personaje bíblico?

He visto envejecer
a verdaderas beldades,
caer en la degradación
a galanes notablemente hermosos,
mentir a los presidentes más amados
y desaparecer
¿dónde han ido?
a niños, mariposas y tamberos.

Y los tipos de
“Intrusos en el espectáculo”
siguen vendiendo
productos para adelgazar,
correas para perros,
alarmas antirrobo
juegos frutales
y mujeres sintéticas
sin gusto ni calorías,
como si
la tarde fuera un chicle
pegado sobre la mesa
o
una latita de atún
desmenuzado.


2.
Sin hacer tanta alharaca

A ciencia cierta,
y sin hacer tanta alharaca
entramos al futuro del pasado
cual nobles vagabundos
de una estirpe apodíctica del miedo,
reticente,
crujiente y atonal,
en aras de una vida sin retorno.

La caravana aplaude
dejándose atrapar por la sevicia
de un sentimentalismo degradado,
lloricas episódicos
con una perspectiva letárgica
y ausente
confunden con su esgrima
la parálisis.

Antiguos enanismos perfunctorios
de extrema recurrencia
farfullan sus lecturas subrepticias.
El mundo gira en forma
y se descula el porvenir
mientras vamos recuperando
palabras olvidadas,
por temor a que caigan en el pozo comarcal
y sigan siendo fúnebres testigos
del sueño de una noche de verano.



ATILANO SEVILLANO BERMÚDEZ

Nació en Argusino de Sayago (Zamora), España, el año 1954. Creció y realizó estudios en la ciudad del Tormes. Tras década y media en Barcelona, desde 1994 reside en Valladolid. Doctor en Filología Hispánica y licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, ejerce como profesor de Lengua y Literatura en enseñanza secundaria.
Poeta y narrador imparte talleres de escritura creativa y cultiva la poesía visual. Ha realizado numerosa exposiciones de su poesía visual.
Es cofundador de la revista salmantina "Aljaba. Papeles literarios" y de las barcelonesas "Poiesis. Revista de crítica y creación poética" y "Cármenes Revista de poesía, creación, teoría y crítica".
Finalista del IV Concurso de Microrrelatos ACEN 2014 - Castellón (España). Sus poemas visuales "Armonía" y "La última frontera" han sido seleccionados en el XXIV Premios Otoño Villa de Chiva 2014 - Alicante (España).
Está incluido en la Antología Internacional de Relato Breve Contemporáneo, Asociación Cultural de Estudios Universitarios y Punto Didot, Madrid, 2013.
Tiene publicados dos poemarios: Presencia indebida (Devenir, 1999), que lleva prólogo del poeta Claudio Rodríguez, y Hojas volanderas-haikus (Celya, 2008). Con De los derroteros de la palabra (Celya, 2010), se interna en el mundo de la minificción. Su último libro publicado es Lady Ofelia y otros microrrelatos (Amarante, 2015). Colabora con sus textos en diversas revistas españolas e hispanoamericanas.
Es coautor del libro de texto Literatura española y universal (McGraw-Hill/interamericana de España, 1999).
Está incluido en el Diccionario de autores españoles de la Cátedra Miguel Delibes, en Poetas del Siglo XXI - Antología, y en la REMES, entre otros.


CREACIÓN
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Para el séptimo día ya había terminado todo lo que se propuso. Comprobó que el guión que había escrito a lo largo de la semana era bastante aceptable. Sus personajes ya habían improvisado algunas escenas y se habían realizado algunas tomas. Por todo ello decidió tomarse un breve descanso. Al octavo día: luces, cámara… ¡acción!, ¡cooorteeen¡ gritó el Creador. El estreno resultó todo un taquillazo.


DESENCUENTROS
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Adán perseguía a Eva por el jardín edénico, pero no le dio alcance. Se encontraba posando para otro cuadro. Caín perseguía a su hermano Abel por el páramo, pero no le dio alcance. Se encontraba protagonizando otra película.


PENÉLOPE
Atilano Sevillano Bermúdez ©

La achacosa y vanidosa Penélope de cabellos canos (no en vano habían transcurrido muchos y muchos años desde la partida), oculta tras unos cortinajes, sonreía con malévola sonrisa y se frotaba las manos apergaminadas antes de sucumbir en su fuero interno a sus fornidos pretendientes.


RELATO (DE)CONSTRUIDO
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Carta de amor incriminante, escrita por prostituta a su amante. Pistola. Prueba incriminatoria de asesinato. Loción para después del afeitado confiscada. Libro de tarot abierto por la lección nueve de sánscrito, encontrado en la mesita de noche también confiscado. Fotografías del estado en que se encontró el fiambre tras ser arrojado desde el noveno piso como evidencia. Falso carné de identificación policial usado por el proxeneta. Media de seda utilizada por el psicólogo en el interrogatorio policial. Desaparecida “pata de cabra”, herramienta utilizada para forzar la entrada.


CENICIENTA
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Miss, mademoiselle, fräulein, signorina, señorita no se pierda la oportunidad de su vida.
Por sólo doscientos cincuenta euros pruébese el anillo encantado. Si le sienta como un guante envíe inmediatamente la palabra “Cenicienta” al 666 y, al instante, el príncipe le mandará la limusina con su chofer. Pero no fue así, en su lugar apareció un vehículo con el rótulo “Taxi gratis”. El hecho provocó en la destinataria una cierta inquietud, la desconfianza naïf del crédulo.


FANTASMAS DE LUZ
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Cuando cerré los ojos me dije: ¿a quién pertenece ese rostro en primer plano y esos ojos que atraviesan la pantalla? Esta se funde en negro y, al instante, un desconocido la ocupa sentado en un sillón orejudo de cuero. Se oye el sonido del agua de la ducha sobre un cuerpo. Frente al espejo la imagen del desconocido con un cigarrillo en la mano. La voz en off dice que la acompañará al tren. Ahora llena la pantalla el autor escribiendo en un cuarto en penumbra. Luego, casi sin transición, me veo deslizándome por la avenida de los cines. Después me dormí del todo.


CARTOGRAFÍA
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Mohamed Al-Nadir anda enfrascado en dibujar un mapamundi que no es en rigor un mapamundi sino apenas un bosquejo del desierto que envuelve su pequeña aldea. Lo primero que llama la atención en el mapa de Al-Nadir es el complejo entramado de ríos y montañas que lo cruzan como tela de araña. Menos llamativo debería resultar, sin embargo, el hecho de que el mapa tuviese forma de corazón.


AMOR VERTEBRADO
Atilano Sevillano Bermúdez ©

Amaba a su mujer por encima de todas las cosas. Era, sin duda, la columna vertebral de su vida. Llegó el día en que ella murió. Al día siguiente de la incineración lo encontraron tetrapléjico en la cama.


EPITAFIO II
Atilano Sevillano Bermúdez ©

El que aquí yace no se repuso nunca de la primera impresión. Se le infectaron unos puntos suspensivos. La familia hizo todo lo imposible, pero no hubo manera de salvarle. Lo enterraron con una nota a pie de página.



ADRIANA MAGGIO (DIRBI)

Nacida en la ciudad de Buenos Aires, Argentina.
Profesora de Lengua y Literatura, Licenciada en la enseñanza de esas dos disciplinas.
Escritora de narrativa y poesía. Tiene publicados cuatro libros de poemas: Te doy mi palabra, Borrador de eternidad, Estrategia de la víctima y Caballo de aire. Además, publicó textos narrativos, poéticos y académicos en antologías con otros autores, revistas literarias, educativas, académicas y culturales, por cable y por Internet.
Coordina actualmente talleres de escritura en dos nosocomios de su ciudad natal.
Ha presentado y prologado libros de poesía.
Sus poemas han sido traducidos al catalán y al polaco.
Recibió varios premios y distinciones en certámenes literarios nacionales e internacionales.


VADIM GLUZMAN
Adriana Maggio (Dirbi) ©

Toma la música
se hace arco
y la adelgaza
hasta volverla
espina
de
aire
hilo
de
luz
camino
de
astros
que
llueven.

Voz aguda
que burila el hielo
de ese lago nuestro
y lo hace glaciar esculpido
obra de arte que se quiebra
y se derrite
en la desgarrada inquietud del agua.

Toma la música
la enamora
se cincela
en la armonía
se afina
hasta volverse nota
de cristal
destello
sombra
de los fantasmas
del aire.
Del libro inédito Imposible poema color salmón.


S/T
Adriana Maggio (Dirbi) ©

toda la noche en busca
de un poema color salmón

pero los versos no

solo su color rosado
y las piernas de tela
de andar las sábanas
tras la huella que se borra

se me muere el tiempo

y los pasos que no alcanzan
el poema que espera
conseguir/su color
en la sombra

se enmascara    el insomnio
llena de humo
mis huesos
me crucifica                 en el aire

toda la noche en busca
de peces que se sonrosan

y van a resbalar
en el agua de la mañana
Del libro inédito Imposible poema color salmón.


PARTO
Adriana Maggio (Dirbi) ©

No siempre
los días nacen solos.
A veces
hay que meter las manos en la aurora
y ayudarlos a salir
como a potrillos.
Sostenerlos erguidos
sobre sus patas trémulas
limpiarles la oscuridad
que les dejó la noche
y empezar a alimentarlos
como a hijos.

Luchar contra la sombra
a puro instinto maternal

para que vivan.
Del libro Caballo de aire (Buenos Aires, Tahiel Ediciones, 2015)



JORDI MATAMOROS SÁNCHEZ

Nació en Badalona (Barcelona), España, en 1967, lugar en el que reside. Cursó tres años de Filosofía y letras en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Le gusta ahondar en aquellos temas que hacen aflorar los sentimientos, fusionando un mundo ficticio y real, haciendo referencia a la dualidad humana y a todos esos miedos sobre los que no queremos ni pensar, a pesar de conocer su existencia.
Autor de El gran cultivador (septiembre 2012), obra finalista en “La isla de las letras” y coautor de diversas antologías: Cataluña, golpe a la corrupción (junio 2013), En un segundo (marzo 2014) y Cataluña, golpe a la violencia de género (octubre 2014).
 @jordimatamoros


LOS MUNDOS DE ÚT...
Jordi Matamoros Sánchez ©

Ahora, todo ha terminado. Ante el ataúd, metido en el hueco de su sepulcro, observo cómo la gente llora. El sepulturero, lentamente, va colocando bien alineados, un mahón junto a otro. No parece tener prisa, tampoco parece que esté demasiado afectado. Me pregunto cuántos muertos debes emparedar para que se convierta en algo tan mecánico como cambiar las ruedas de un coche.
Hoy parece que termina la historia que empezó hace tanto. Hoy parece culminar el sueño roto de una familia, mi familia.
Recuerdo que una vez, paseando por la gran enciclopedia virtual, encontré un microrrelato que me impactó; rezaba así:
Lentamente se sentó, observó con aire distraído el arma sobre la mesa. Tras meditarlo detenidamente, la atrapó con la mano. Miró a su alrededor por si alguien lo veía, pero estaba solo. En ocasiones la soledad no es buena consejera.
Introdujo el cañón de la pistola en su boca, cerró los ojos y pensó en la cara de sorpresa que pondría su hermano al día siguiente cuando fuese a buscar su pistola de chocolate y viera que alguien se había comido el cañón.
Por desgracia para él, su hermano vio todo desde un rincón. La rabia lo invadió. Esperó a que su hermano se acostara y entonces se acercó con el revolver de papá. Accionó el percutor y disparó.
Al acto, el pobre niño murió. Sus sesos estucaban la pared como si fuera un obsceno tributo a la Parca. El niño había perdido media cabeza. Su hermano se agachó y le susurró una pregunta al cadáver: “¿Parece que te sentó mal mi pistola de chocolate, no?”

Espeluznante ¿no? Difícilmente hubiera podido imaginar que mi familia se pudiese ver envuelta en algo similar. Cuando uno lee esas salvajadas, escritas por mentes perturbadas, se siente horrorizado, escandalizado, asqueado... Pero lo que jamás quisiera sentirse es identificado.
Tengo claro que siempre deambulamos por los bordes de una delgada línea; a un lado, todo aquello socialmente aceptado, al otro, anhelos inconfesables. Nuestra vida anda siempre en ese precario equilibrio del que muchas veces depende nuestra integridad mental y, aun y así, de tanto en tanto, como ladrones furtivos, nos adentramos de lleno en esa parte oscura, casi tenebrosa, que rebasa los límites del bien.
Podría decir que todo empezó un frío día de invierno, podría decir que una tormenta azotaba el tórrido lugar, pero sería faltar a la verdad. El sol brillaba con fuerza, con esa fuerza especial que le otorgan los primeros días de agosto.
Estábamos ultimando los preparativos para nuestras vacaciones. Al día siguiente, a las seis de la mañana, teníamos pensado iniciar el viaje a Vélez Rubio, pueblo natal de mis padres. Pero el caprichoso destino había marcado otra ruta en nuestro camino.
Hacía tan solo dos días que había terminado de pintar la fachada de mi casa. ¡Maldita la hora en que no recogí la escalera!
Los gemelos, Víctor y Abel, jugaban en el jardín. De pronto escuchamos a Víctor chillar. Su grito denotaba pánico. Tanto mi mujer como yo dejamos de inmediato lo que estábamos haciendo y acudimos raudos en pos de nuestros hijos. Absolutamente nada en el mundo nos hubiera preparado para la dantesca imagen que nos aguardaba.
Al pie de la escalera, tumbado en una postura antinatural, se encontraba Abel. Sus dos piernecitas yacían sobre su espalda, hasta a simple vista quedaba claro que estaban rotas. El hueso cúbito del brazo derecho asomaba como una amenazante asta. Pero lo peor era su cabeza... De una grotesca hendidura brotaba sangre; no demasiada, pero junto a ella se derramaba una substancia grisáceo blanquecina. Al ver brotar la masa encefálica de su cráneo no pude evitar pensar en lo peor.
Rápidamente comprobé su pulso que aunque débil, era notoriamente palpable. Mi niño no había muerto. Sentí una brizna de esperanza al saber que solo estaba inconsciente. El lugar del accidente y las fracturas de mi hijo evidenciaban que había caído de lo alto de la escalera, como más tarde confirmó su hermano. Alcé la mirada y repasé visualmente cada centímetro de los doce metros que me separaban de la parte alta de la misma, mientras una gran mancha de sangre iba extendiéndose debajo de mi niño.
Víctor, abrazado a su desolada madre, permanecía en pie junto a Abel, parecía anclado en aquel inhumano grito. Su rostro no podía estar más pálido. El susto le había hecho mearse.
A partir de aquel instante, todo fue muy rápido y confuso. No recuerdo el momento exacto en el que llamé a emergencias, pero Rosa, mi mujer, me aseguró después que había llamado yo.
La ambulancia no tardó en llegar. Aquellas primeras horas las viví como si fueran un sueño, con esa irrealidad que nutre nuestras pesadillas. A veces, creo que ese día se instauró en mí una manera distinta de percibir la realidad, como si la viera a través de un filtro que la deformase.
Tras colocar cuidadosamente a Abel en una camilla, la ambulancia se dispuso a abandonar la lujosa urbanización de Sant Fost de Capcentelles donde residíamos. Podría decirse que habíamos hecho realidad el sueño de tener una economía holgada.
Horas después nos desmoronábamos en una fría sala de espera de Can Ruti. Se unieron a nosotros familiares y amigos. Rosa, sacando fuerzas de la desesperación, fue comunicando la noticia.
Los minutos parecían horas y, a pesar de la lentitud, las horas no paraban de sumarse. La incertidumbre no paraba de crecer.
En momentos así, la mente parece funcionar al margen de uno mismo: ¿Por qué dejé solos a los niños? ¿Por qué no recogí la escalera? ¿Por qué coño se subió el crío?… ¡Dios, por favor, cámbiame por el niño! ¡Llévame a mí, es muy joven, tan solo tiene doce años! Víctor, ¿por qué dejaste que Abel subiera?... Preguntas y más preguntas, dudas, ruegos… En momentos de angustia, de impotencia, la mente es una bomba de relojería.
Notaba cómo la ansiedad me devoraba por dentro, sin embargo, Rosa parecía calmada. Su rostro relajado tan solo mostraba unas negras ojeras como signo de que algo no funcionaba bien. A Víctor lo habían sedado y estaba siendo atendido por un psicólogo.
Una imagen recurrente venía a mí con fuerza: veía a Víctor y a Abel al nacer, mis dos preciosos bebés, mis dos preciosos gemelos; cada momento de nuestras vidas en común, y luego, como por ensalmo, veía a Abel desparramando sus sesos.
Llegó un momento en que ya no podía ni llorar. No se me ocurría nada más desesperante que perder un hijo. Tiempo después, para mi desgracia, entendí que existían cosas mucho más mortificantes que eso...
Preguntamos mil veces a enfermeras, a médicos... Solo sabían decir que aún era pronto, que la gravedad era extrema pero que, por otra parte, la juventud le dotaba de una gran fuerza vital. Pero sus rostros decían: “Chato, puedes dar a tu cachorro por muerto”.
Casi veinticuatro horas después, un doctor se dirigió a nosotros. Se presentó como el cirujano que había a tendido a Abel. Abreviando diré que nos anunció sus daños de la misma manera que un mecánico nos enumera las averías de nuestro auto:
Cúbito y radio del brazo derecho rotos. En cuanto a las piernas, las fracturas eran múltiples. También había sufrido rotura de la cadera. Pero lo que revestía mayor gravedad era la herida de la cabeza. Efectivamente había perdido masa encefálica. Hasta que el niño no despertara, no podrían decir con exactitud las secuelas provocadas por dicha pérdida.
—¿Tardará mucho en despertar? —aquella pregunta hizo que el semblante del doctor se tornara más severo.
Estaba claro que se sentía incómodo con lo que tenía que anunciarnos. Pronunció un discurso extenso y tan técnico que a duras penas pude entender.
—Por favor, doctor, no se pierda en tecnicismos —me miró silenciando su discurso.
—Su hijo está en coma y no sabemos ni cuando ni si saldrá de él. Su pronóstico es reservado —lo acababan de trasladar a la UCI.
Reconozco que me sentía abrumado. Rosa se sumió en un llanto apagado. Durante los primeros días ni siquiera nos dejaron verlo. Cuando por fin nos lo permitieron, las lágrimas afloraron en mis ojos sin poder evitarlo. Hicimos piña alrededor de aquel inerte y entubado niño que tan poco se parecía al Abel vivaracho que hacía nada jugaba feliz, siempre con una sonrisa en los labios.
Éramos el perfecto cuadro de una familia derrotada por el dolor.
Los días pasaron con lentitud, las semanas, los meses... Parece mentira cómo somos capaces de adaptarnos a cualquier adversidad. Habíamos pasado del desconsuelo más feroz al control más absoluto.
El negocio funcionaba gracias a nuestros empleados. Aun y así, era necesaria una supervisión, de ello me encargaba yo. Rosa solo salía del hospital de vez en cuando para darse una ducha y cambiarse de ropa. Y de Víctor se encargaban mis padres.
Una mañana me despertó un grito. Al abrir los ojos sobresaltado, en un primer momento no sabía ni donde estaba. Por un segundo reviví la imagen de Abel en el suelo sobre aquella obscena y creciente mancha de sangre. No me dio tiempo ni de levantarme de la cama, Víctor cayó sobre mí abrazándome con fuerza. Estaba alterado y sudoroso, pero el sudor no era debido a la reciente carrera desde su habitación; era el pegajoso sudor que nos aporta el pánico.
—Tranquilo, cariño —lo intenté calmar mientras lo abrazaba.
—Papá. He tenido una pesadilla —me dijo con voz trémula.
—Cálmate. Ya ha pasado.
—Era un sueño tan real... ¿Sabes una cosa papá?
—Dime.
—El día que Abel cayó de la escalera —por fin hablaba de ello—, estuve a punto de subir yo, pero tuve miedo. Abel dijo que era un cobardica y subió a toda velocidad. Tendría que haberlo impedido.
—No cariño. Fue una fatalidad, simplemente eso. Por desgracia no podemos volver atrás en el tiempo, pero no te culpes. Pasó y desgraciadamente no podemos evitarlo, debemos asumirlo.
—He soñado con aquel día.
—¿Quieres contarme tu sueño?
Me miró. Una lágrima resbalaba por su mejilla y ante mi sorpresa, empezó a narrar su pesadilla:
—Abel y yo teníamos ante nosotros la escalera, solo que esta vez era yo el que estaba decidido a ascender. Puse un pie en ella. Abel me dijo:
—Sube, “út”.
—¿Cómo? —le pregunté al no entender qué era lo que decía.
—“…út”, “tú” al revés. Como somos gemelos, cada vez que nos miramos es  como mirar en un espejo ¿no?
—Sí —asentí.
—Pues como el espejo nos refleja al revés, si pudiera hablarnos en vez de “tú”, diría “út”.
Los dos reímos como locos.
—No había dejado de hacerlo aun cuando, peldaño a peldaño, fui ascendiendo hasta la parte más alta y una vez allí, Abel la emprendió a patadas con la escalera.
“—¡Eh! ¿Qué haces? —le increpé—. Pero no se detuvo. Golpeó aún con más  fuerza.
“De repente, perdí el equilibrio. Noté como una mano invisible tiraba de mí hacia atrás. Por un instante, dicha mano me sostuvo en el aire. Intenté asirme a la escalera, pero no pude, irrealmente caía al suelo de espaldas, pero era más como flotar que como caer. Todo ocurría con lentitud. Entonces empecé a ver mi entorno como si fura un negativo de una fotografía. De fondo escuchaba la risa incesante de Abel, que una y otra vez decía con rabia:
“—Aquí caes, út, aquí caes, út.
“Entonces me he despertado.”

Nos miramos durante un instante. La magia quedó rota por el insolente timbre del teléfono. Los dos dimos un respingo.
—¿Dígame? —contesté perturbado aún por el extraño sueño.
—Cariño, soy Rosa. Abel ha despertado. Ven lo antes posible.

La voz de Rosa no sonaba con la alegría que debería acompañar a tan esperada noticia. Conduje hasta Can Ruti agobiado por una creciente desazón. La voz apagada de mi mujer al teléfono me hacía presagiar lo peor.
Después de dar mil vueltas por el parking del hospital, conseguí aparcar. Ansiaba llegar lo antes posible junto a mi hijo, a la vez que deseaba retrasar el momento. Una parte de mí no quería saber lo que me deparaba. Finalmente entré al recinto. Junto a mí, Víctor sumido en sus propios pensamientos.
En aquella aséptica sala atestada de aparatos emitiendo diversos sonidos, estaba Abel, un Abel con los ojos abiertos, un Abel distinto... No había ni rastro de sonrisa en su rostro y su mirada había perdido aquel brillo que le confería un aspecto vivaracho.
El niño, desde su cama, paseó la mirada por nosotros, por su familia. Examinó con atención el rostro de Rosa. No pareció reconocerlo. Con gran esfuerzo, giró su cabeza hacia mí, después de escudriñarme centímetro a centímetro, tampoco hizo ademán de reconocerme. Por último, se centró en Víctor. Éste, al sentirse el foco de su mirada, alzó la mano hasta encontrar la mía y la agarró con fuerza.
Abel se quedó observando largo rato a su hermano. Lentamente alzó un poco su labio superior mostrando sus dientes y gruñó igual que lo haría un animal salvaje.
Víctor agachó la cabeza y sin mediar palabra, me abrazó.
Tras aquella inesperada exteriorización de odio, las facciones de Abel se fueron relajando hasta quedar dormido. Incluso entonces se podía percibir un rictus amargo en su rostro.

Al día siguiente se inició un verdadero calvario para el pobre Abel. Los efectos secundarios de la pérdida de masa encefálica eran atroces: era incapaz de andar, de recordar, de hablar, incapaz de controlar sus esfínteres...
A pesar de todo, los médicos no se cansaban de repetir que tenía suerte de seguir vivo. ¡Joder! ¡Que hijos de puta más cínicos! “Suerte” era la última palabra que asociaría a mi pobre niño.
El tiempo transcurrió y la esperanza dio paso a una brizna de luz en nuestras vidas. Contra todo pronóstico, Abel fue recuperándose, muy lentamente, con un esfuerzo sobrehumano, y como no, la labor constante de los miembros que lo trataron en el Instituto Guttmann de Badalona.
Por nuestra parte, tampoco fue fácil, pero ir viendo el progreso nos fue devolviendo lentamente la alegría. Todos nuestros movimientos se vieron supeditados a girar alrededor de Abel, pero nuevamente volvíamos a ser una familia.
Al año de empezar el tratamiento, Abel era capaz de andar con muletas, eso, por desgracia, era una herencia de la que jamás se desprendería.
Su memoria iba llenando espacios en negro de su mente y las palabras saldrían de su boca con una carencia de arrastre para siempre. Estaba seriamente incapacitado para los estudios. Había pasado de “niño normal” a “nuevo necio” en lo que se tarda en reventar una cabeza contra el suelo.
Para que engañarnos: no volvió jamás a ser el mismo. Su sonrisa se desvaneció, así como el brillo de sus ojos.
Muchas veces me he preguntado si realmente tenemos alma y de ser así, dónde reside. ¿Quizá en el cerebro? ¿Y si Abel la perdió en aquel brutal impacto? ¿Y si esa falta de alma era lo que provocaba aquel apático comportamiento?
Había una cosa que me tenía muy preocupado: su rechazo hacia Víctor. Era como si lo odiara y ese odio se hacía más y más irracional cada día que pasaba. A veces lo sorprendía mirando de una manera extremadamente dura y fría a su hermano. Víctor se daba cuenta, pero no decía nada. Procuraba estar el menor tiempo posible con él, procuraba ni mirarlo, pero cuando lo hacía, lo hacía con miedo.
Preguntamos a su psicólogo sobre este odio. Nos dijo que probablemente era algo inconsciente y que se le pasaría con el tiempo, pero que por otro lado, debíamos estar atentos a que no se convirtiera en algún tipo de odio patológico. En definitiva, no me dijo nada que yo mismo no hubiera deducido ya.
Con el paso de los días el odio fue en aumento. Abel empezó a sufrir brotes sicóticos en los cuales una rabia interna explotaba. Era dantesco verlo gritar, arrastrando las palabras de aquella manera. En sus reiteradas maldiciones, culpaba a su hermano de su desdicha.
La medicación, una dosis periódica de Olanzapina, apaciguaba su ira, aun y así, esta persistía en su mirada.

Una noche, unos cuatro años después del condenado accidente, mi mujer y yo nos despertamos sobresaltados por un inhumano grito. En principio no supimos ubicar la procedencia del mismo, pero inmediatamente, otro chillido rompió el silencio de la noche. Esta vez reconocimos la voz de la que procedía. Nos miramos un instante. Rosa abrió desorbitadamente los ojos, saltó de la cama gritando el nombre de Víctor. Al instante la seguí. Aquello no tenía buena pinta. Antes de llegar a la habitación, otro estremecedor alarido llenó la casa.
La puerta estaba abierta de par en par. Al mirar dentro me sentí morir. Víctor, tumbado en la cama, intentaba contener a Abel. Este sujetaba un cuchillo de sierra y luchaba con todas sus fuerzas para clavárselo. Rosa no se lo pensó dos veces, intentó acercarse, chillaba como una posesa. Nunca olvidaré su histérica súplica.
—¡¡¡NO LO HAGAS, CARIÑO!!!

Aquella desgarrada voz a sus espaldas captó su atención. Se giró hacia su propia madre con determinación y sin pensarlo dos veces le atravesó la mano limpiamente. Su mirada imperturbable se mantenía fría como el acero.
Rosa retrocedió sangrando en abundancia. La sorpresa se percibía en su rostro. Debido a aquella puñalada, mi querida mujer perdió la movilidad de dos dedos de su mano derecha.
Abel se giró rápidamente hacia su hermano y esta vez no encontró resistencia alguna. Sin dar crédito a lo que estaba sucediendo, Víctor miraba estupefacto la sangre que manaba de la mano de mamá. Cuando recibió la primera puñalada en el pecho, este rápidamente se tornó carmesí.
Corrí raudo hacia ellos en un vano intento de evitar lo inevitable. Antes de darme cuenta ya había propinado seis rápidas puñaladas más. Mientras saciaba sus instintos alzaba su grotesca voz repitiendo una y otra vez: “Muérete usurpador. Muérete engendro demoníaco.”

Intenté detener a Abel. Este rápidamente me propino una cuchillada con una fuerza brutal y luego otra y otra más; tres puñaladas que hicieron que me tambaleara. Mientras miraba de recuperarme, aquel homicida, mi puto hijo, arremetió de nuevo contra Víctor, una y otra vez le clavaba con odio el cuchillo.
Tomé una drástica decisión, no me quedó más remedio: le propiné un descomunal golpe en la cabeza con una figura de madera que cogí de una de las estanterías. El impacto fue tan contundente, que Abel se desplomó al instante. Rosa paró mi impulso y libró a Abel de un segundo y posiblemente nefasto golpe, pues reconozco que mi sangre hervía por matar a aquel engendro.

La imagen de aquella habitación era absolutamente dantesca, parecía el escenario de una película gore. La sangre lo empapaba todo, su férreo olor me provocaba nauseas.
Rosa y yo aún permanecíamos abrazados y llorando mientras irremediablemente tomábamos conciencia de aquella circunstancia, cuando la policía irrumpió en la casa haciendo saltar la puerta por los aires con un ariete. Ellos tomaban el control de la situación; sinceramente, nosotros no hubiéramos sido capaces.
Uno de los policías cogió de mi mano la figura de haya manchada de sangre que yo había utilizado para abatir a Abel, para abatir a mi propio hijo, al cabrón de mi hijo.
Junto a los policías, entraron también dos médicos que inmediatamente atendieron a Víctor. Otro hijo en la frontera entre la vida y la muerte.
Mi familia estaba desecha, desmembrada de raíz por una fatalidad, por un puto accidente del cual, aunque intentaba autoconvencerme a toda costa de que no había sido culpa mía, mi conciencia difería al respecto.
Víctor estuvo casi tres meses hospitalizado. Dieciséis puñaladas le habían pasado una gran factura física. Había perdido un riñón y varios músculos estaban dañados de por vida, por no hablar de los daños psicológicos. Durante años despertaba cada noche con gritos estremecedores. Cada noche las pesadillas revivían en él aquel día en que fue apuñalado por su propio hermano.

En cuanto a Abel, pasó los siguientes seis años en distintas instituciones psiquiátricas. Tengo que admitir que durante todo aquel tiempo me negué en redondo a verle. Soy consciente de que todo fue debido al accidente, pero aún y así... ¿Cómo dominar los sentimientos? ¿Cómo hacer compatible el profundo odio que siento por él, con el amor que a la vez le proceso? Si Dios existe —y esto es una prueba, como decía el párroco del pueblo—, no me cabe duda de que este es un cabrón de mucho cuidado.
Víctor, con el tiempo, empezó a hacer vida “casi” normal. Personalmente, en él centré mi existencia, en él y en nuestro negocio.
Rosa, sin embargo, siempre fue más piadosa, durante la ausencia de Abel siguió de cerca su evolución. Día a día iba a ver a su pequeño. Supongo que, al igual que me ocurría a mí, se debatía entre odiarlo o quererlo, solo que, al contrario que yo, ella se decantaba ligeramente por quererlo. Francamente, a mí me era imposible.

¿Cómo aceptar el retorno de Abel al redil? Francamente, en mi caso, a contra corazón, pero le daban el alta.
—Doctor, ¿está curado?
—No, Jamás lo estará. La medicación lo mantiene estable.
—Pero... ¿puede ser violento?
—Con la medicación, casi seguro que no.

A aquel psicólogo solo le faltó añadir: aunque francamente, me importa una mierda. El Estado acaba de quitarse el muerto de encima, y como progenitores, ahí tenéis al engendro y sus posibles brotes sicóticos con toque homicida.
No creáis que es fácil volver a tener en el hogar a un hijo así, pero sobre todo, no penséis que es fácil dormir con él rondando por casa, aunque lentamente y confiando en la medicación que le administrábamos estricta y rigurosamente cada día a la hora convenida, bajamos la guardia, este fue, sin duda nuestro mayor error...

Una noche, tan solo seis meses después de que el Estado nos lo entregara, llegué a casa a eso de la ocho de la tarde. Al entrar y cerrar la puerta, percibí el silencio como algo con entidad propia. Percibí que algo no funcionaba como era debido...
—¡Rosa! —llamé en voz alta.
Pero esta no contestó.
—¡Víctor!
Tampoco hubo respuesta.
—Abel… —y al pronunciar su nombre bajé la voz hasta convertirla en un susurro.
Nada.

Saqué el móvil de mi bolsillo y con pulso trémulo marqué el número de mi mujer. Me sobresaltó escuchar la melodía de Calle melancolía, ese era el tono de su móvil en mi habitación. Un escalofrío recorrió mi espalda, algo andaba terriblemente mal.
Lentamente y sin colgar aún el teléfono me dirigí hacia el lugar del que procedía la música deseando, a pesar de saber que no ocurriría, que en cualquier momento Rosa contestara alegremente a mi llamada. Abrí la puerta y mis peores temores se hicieron realidad: Rosa yacía sobre la cama, inmóvil, con los ojos abiertos como platos y degollada. La sábana aún degotaba sangre al suelo. En su móvil sonaba una estrofa de aquella canción de Sabina que tanto había gustado a mi mujer: “...quiero mudarme hace tiempo, al barrio de la alegría...” Lo cual daba surrealismo a la escena. Me dirigí a la habitación de Víctor, aunque sabía perfectamente que mi hijo ya no vivía. Las lágrimas caían con fluidez por mis mejillas.
La puerta de su habitación estaba abierta y efectivamente, Víctor yacía sobre la cama, degollado al igual que su madre, y como ella, con el terror impreso en una última mirada ya sin brillo...
Escuché un sollozo proveniente del lavabo, este daba puerta con puerta a la habitación de Abel. Hacia el sollozo encaminé mis pasos. Dentro de la bañera estaba Abel, empapado en la sangre de su monstruosa violencia, acurrucado como un niño asustado y con una enorme navaja en la mano.
—No temas, papá —me dijo al percatarse de mi presencia—. No pienso hacerte daño, tan solo me lo haré a mi mismo.
Diciendo esto, dirigió la navaja a las venas de su muñeca y se me quedó mirando.
—¿A qué esperas, maldito bastardo? —acerté a decirle.
—Simplemente quiero contarte una cosa, papá. Tan solo déjame hablar y no temas, luego segaré mi vida. Para serte sincero, la odio. Odio este ahora, odio esta circunstancia...
Dicho esto empezó a narrar:
—Papá, al despertar del coma, nada era como debía ser. No entendía qué pasaba. Cuando me contaron que todo había sido debido a un accidente desde una escalera, no podía creerlo. ¡Aquello no podía ser! En Út no había sucedido así.
—¿Dónde has dicho, Abel? —le pregunté, recordando el sueño que años atrás me había contado Víctor, y no pude evitar estremecerme.
—En Út, papi. ¡En nuestra ciudad, joder! ¿Badalona? ¿Sant Fost?... ¿Qué coño son? Nosotros vivimos en Út. Y en Út, quien sufrió el accidente fue Víctor y no yo. Odio a ese hijo de puta. Estoy seguro de que todo es culpa suya. De alguna manera ha invertido la realidad... ¡Pues que se joda! —gritó entre lágrimas—. Ahora no es más que un cadáver.

Aprovechando la rabia que sentía en aquel momento, en un acto preciso, segó sus venas. La sangre brotó con alegre fluidez. Me quedé allí con él sin ayudarlo, esperando su muerte, disfrutándola en realidad. No me moví de su lado hasta que el brillo de sus ojos se apagó. Cuando esto sucedió las lágrimas anegaban mis ojos.



SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 71 – Diciembre de 2016 – Año VII
ISSN 2250-5385
Exp. 5316575 del 20/10/2016, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.

Propietario y Director: Héctor R. Zabala
Av. Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina

(currículo en http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/ - Suplemento Nº 56)




Colaboradores


Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 13)


Ilustración de carátula y emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
 @mon_villarreal
(currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17)





 @RyFRev Literaria

 @RyF_Supl_Letras

Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.

"Realidades y Ficciones"
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm

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