domingo, 1 de marzo de 2026

SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES

Nº 109 – Marzo de 2026 – Año XVII

ISSN 2250-5385 – Edición trimestral

Inscripción gratuita como LECTOR o COLABORADOR
si escribe a zab_he@hotmail.com
indicando nombre y apellido, ciudad y país
(se le avisará cada nuevo número trimestral, 
por favor, revisar correo no deseado).

Portada de
Don Quijote de la Mancha
(año 1605)


Sumario:

• Noelia Natalia BARCHUK (Argentina)
• Pedro MARTÍNEZ CORADA (España)
• Alibel LAMBERT (Argentina)
• Enrique JARAMILLO LEVI (Panamá - México)
• Ainhoa ESCARTI (España)
• Niels HAV (Dinamarca)
• Marisa Noemí GONZÁLEZ (Argentina)
• Juan Manuel CABALLERO PAREJO (España)
• Marco ORTEGA COLLAS (Perú)
• Jorge Rolando ZANZIO (Argentina)
• David OTERO ARIAS (España)
• Juana ZEBALLOS AMMANN (Argentina)

 

NOELIA NATALIA BARCHUK

Nacida en Resistencia, “Ciudad de las esculturas”, Chaco, Argentina, un 19 de enero, donde reside. Su nombre completo es Noelia Natalia Barchuk Löwer.

Escribe poemas y cuentos desde los nueve años. Abelardo Castillo, Jorge Luis Borges, Manuel Puig, Ángeles Mastretta, Rosa Montero, Julia Prilutzky Farny, Mario Benedetti, son sus autores preferidos.

Conlleva la vocación literaria junto a otra paralela: las ciencias económicas: es estudiante de la carrera de Contador Público de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE).

• Es autora del libro “Chaco: relatos del hoy por hoy” junto a Miguel Vidaurre (Resistencia, Editorial ConTexto, 2014). En 2019 publicó “Flores de Papel” (Resistencia, Ediciones Kram). Posee una novela corta y un libro de cuentos infantiles, inéditos.

Es colaboradora permanente y correctora general de la revista y suplemento literarios de Realidades y Ficciones (Ciudad de Buenos Aires).

• Participó en los siguientes programas radiales: coconductora de “Con buena letra” de la SADE - Filial Chaco (2019) en Radio Municipal; invitada continua en “El mundo de Eva” de radio Amudoch y Sensación (2006-2007); columnista de literatura en “No tan correctos” de radio Sapucay (2020) y corresponsal on line del noreste argentino en “Microscopías de radio” de Hipervínculos Radios (2023).

• Ha coordinado el taller literario “L@piz en mano”: introducción a la escritura creativa y análisis de textos literarios. Integrante del Comité de Lectura del Premio Cuento Digital ITAÚ, ediciones 2020 y 2021. Perteneció a la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Escritores, Filial Chaco (2018-2024). Ha llevado adelante el proyecto “Noelia Cuenta”; un programa de fomento literario a través del uso de mensajes de WhatsApp y de la plataforma de Youtube; una idea de su autoría para propiciar la lectura de forma colectiva y descontracturada. Tallerista en el Centro para adultos mayores “El puente”, en lo que respecta a lectura y escritura (2024) y en “Nuevo brote”, otro taller destinado a la comunidad a partir de 18 años. Tallerista en el Centro para adultos mayores “Encuentro pleno” (desde 2025 hasta hoy).

• Participó de varias antologías literarias: “Antología Premio Provincial de Literatura Alfredo Veiravé 2004”;  “Confieso que escribo” (Editorial Cospel, del taller literario Libres bajo Palabra, diciembre 2012); “Homenaje a Malvinas: mandato y vigilia” (Ediciones Kram, 2014); “El Chaco vive a través de sus letras” (Editorial Contexto, 2015); “Antologías literarias anuales de SADE - Filial Chaco”, años 2014, 2015, 2018, 2019, 2022 (Editorial ConTexto); “Güemes al frente” (Editorial ConTexto, diciembre 2016); “Lecturas colectivas” (Editorial ConTexto, septiembre 2018); “Palabras que cuelgan del aire” (Antología digital Centro Cultural Universitario – UNNE, 2021); “Nanorrelatos, Juguetes y Cuarentena” (Antología digital Literatura Tropical, 2022).

• Algunas de sus obras han sido distinguidas en concursos literarios, como ser el poema “Descorazonado” (mención de honor, Concurso Provincial Literario Alfredo Veiravé”, 2004); “Artesanía en letras” (segundo premio, concurso 50 años de Ferias de artesanías aborígenes, Quitilipi, 2018). Sus cuentos “Cara Cortada y Cía.” y “Primer tango en China” obtuvieron el primer lugar en el concurso literario organizado por el Círculo de Amigos del Tango de Villa Ángela (2012 y 2015, respectivamente), en tanto que “Un bacán en apuros” y “Perdoname si querés” obtuvieron segundo y tercer lugar en el mencionado concurso de los años 2013 y 2016. Su relato “Muchas, pocas, todas” obtuvo el segundo premio en el concurso organizado por la Biblioteca Constancio C. Vigil de Las Breñas (2013) y “El fantasma de la bicicleta” fue mención especial en 2018. El cuento “Gran Hermano” obtuvo primera mención en el Primer Concurso de la Legislatura chaqueña en 2016. “Pensamientos de la Loba Romana” fue finalista del concurso por los 140 años de la ciudad de Resistencia (área de Cultura de esa Municipalidad) y “Me puse los zapatos” obtuvo el tercer premio en el concurso “Chaco te doy mi palabra”, en 2018 para ambas microficciones. El cuento “Vida nueva” obtuvo el primer premio en el concurso “Rompiendo muros” sobre salud mental y resiliencia de la organización “Ánimos” en 2018 y fue finalista del “Concurso literario Cuento Corto” organizado por la asociación civil y cultural APAIB (Ciudad de Buenos Aires).

Más sobre sus obras y trayectoria literaria en:

 • Realidades y Ficciones – Revista Literaria, números 13, 30, 31, 32 y 33 (ver ÍNDICE DE REVISTAS en https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/)

 • Suplemento de Realidades y Ficciones, números 55, 65, 72, 78 y 88 (ver ÍNDICE DE AUTORES o DE SUPLEMENTOS en https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/)

alfana79@hotmail.com

https://noelia-barchuk-literatura.blogspot.com.ar/

 

ALTA PROTECCION

Noelia Natalia Barchuk ©


Marisa había conseguido su objetivo, no sin mi colaboración. Ella suponía que era lo que debía hacer, como buena Mata Hari o femme fatale que aspiraba ser. Levantarse al nuevo gerente, era un plan no menor, para ubicarse mejor en la empresa, sacar chapa y beneficios de ser la amante del jefe de sucursal.

Tomo conciencia que cualquiera que me ve, piensa que soy un zonzo, nabo, mojigato o cualquier seudónimo que corresponda a la definición de boludo, conforme rango etario de quien lo piense. No tengo problemas de autoestima, y en muchas ocasiones ese disfraz me salvó de algunos entuertos.

En fin, con mi facha de poco avispado, le supuso fácil conquistarme, con esas lolas recién hechas, su actitud sensual de veinticuatro horas y esa forma de hablar como si estuviera siempre ronroneando. Por otra parte, a mis cuarenta, pensé, no me vendría nada mal tirarme la primera cana al aire, como quien dice.

Mis compinches hacían de ello un verdadero apostolado. Siempre los más winners contaban la cantidad de minas llevadas a la cama. Las estrategias empleadas para que sus mujeres no los agarrasen in fraganti, o también los había del tipo que dejaban adrede todas las pistas sobre la mesa, para hacerse ver, dejar bien plantado la suficiencia de macho. Un legado cultural, un mandato social, del que yo hasta entonces nunca había hecho caso.

“Sos muy flojito” me decía Raúl, que ya iba por su segunda o tercera administración conyugal. Yo lo miraba de reojo y en cierta forma suspiraba aliviado de que tuviera razón, porque en realidad lo sentía como un halago viniendo de un perdedor. Raúl era vendedor de salón de electrodomésticos, pero se las apañaba para vestir y aparentar ser el CEO de Samsung.

Palabras más, palabras menos, Marisa era un fuego, y la fantasía de hacerla mía iba metiéndose por los pantalones, por la dermis, invadiendo toda mi cabeza (las dos). Era todo lo opuesto de mi mujer, desde el color del pelo, el físico, el modo de vestir y qué decir de pensar. A todo esto, el cachondeo solapado ya no daba para más, y supuse que aquel viernes sería el más propicio para cumplir la fantasía con la morocha, convirtiéndome en verdaderamente un hombre.

Sin embargo, me turbaba imaginar cómo volvería a casa, a mirar a mi mujer. No estábamos mal, ella estaba tan buena como siempre, en todos los sentidos, de nada podía quejarme. Era todo muy confuso, deseaba terminar, concretar con Marisa, sacarnos las ganas y olvidar la historia. Nos íbamos de viaje al interior, para inspeccionar los avances de apertura del nuevo local. Era ideal para hacer ese trámite rápido y disponer del resto del día en el apart hotel, aunque Marisa me confesó que más le gustaría ir a un telo propiamente dicho.

Así estaban las cosas, comenzamos temprano la marcha. Mi coequiper de aventura estaba impecable y canchera a la vez. Esos escotes que usaba evidenciaban curvas peligrosas. Cuando me saludó, ya marcó terreno besándome más cerca de la oreja. En eso suena mi celular, puse los ojos en blanco como todo cola de paja, era mi mujer. ¿Y qué con eso? Si todas las mañanas nos enviábamos mensajes para desearnos una buena jornada, y me recordaba que usara el cinturón de seguridad y que tomara mucha agua. “¿Es tu mujer o tu vieja?”, me había escupido alguna vez Raúl. “Es mi amor, es mi todo”, le respondí y gané el cartel de pollerudo del año.

Marisa, con esa intuición especial de cazadora, clavó su mano izquierda a mi pierna derecha, a la altura de la rodilla. La miré de costado y le dediqué una débil sonrisa, dejándola avanzar un poco más… Seguimos viaje, pusimos música, eligió algo de un reguetonero de moda. No podía entender lo que cantaba, si era en chino españolado o jeringonza, solo que era un meta y ponga alevoso, obsceno, como lo que quería hacer con Marisa. Cuando llegamos al peaje aprovechó para bajar al baño y yo también. Al verla irse, contorneándose me intrigó pensar cuantos años tendría. Era más joven que yo seguro.

Bajé la guantera y se cayó la botella del protector solar. Me reí, porque eso solo podría haberlo guardado mi mujer; “está en todas”, pensé. Regresé el Stop Sol factor 50 a su sitio, como apurándome a que Marisa no lo viera. Pero lo vio. No dudó en manoteármelo y decirme que justo necesitaba algo así. Me disgustó. No quería compartirlo con ella. Así entre el ruido llamado música y mucha charla sobre sí misma, llegamos a destino.

Resolvimos como lo planeado el tema comercial y nos fuimos al hotel. Nos registramos en habitaciones separadas. Al cabo de diez minutos ella estaba en la mía con una botella de champaña. Yo en cambio tenía en la mano la del Stop Sol. Le pasé la mano al mejor estilo compañero, le dije que me volvía, que se quedase y regresara en Uber, que yo se lo pagaba después lo gastado.

Cuando subí al auto, le di un beso a la botella de plástico turquesa del protector solar: había cumplido su promesa, no me quemé, habiéndome expuesto a casi un seguro incendio.

 

 

PEDRO M. MARTÍNEZ CORADA

Madrid, 1951. Escritor, fotógrafo y locutor. Director de la Revista Almiar (https://margencero.es). Ha publicado el libro de relatos Nunca llueve sobre el Sáhara (Mandala & Lápiz Cero, 2008) y participado en las antologías Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas (Kokoro Libros, 2005); Inventarĭum (Margen Cero, 2013); Martínez en tertulia (Café Literario Editores, 2014) y Archipiélago 988 (Cuadernos del Laberinto, 2022).

Biografía y obra en Internet: https://linktr.ee/martinezcorada

redaccion@margencero.es

Fotografía del autor Diego Martínez © (https://www.instagram.com/diegomartinezph/)

 

SESENTA Y CUATRO RECUERDOS (Y UN ASCENSOR)

Pedro Martínez Colada ©


Mi viejo amigo Navarrete y yo jugamos al ajedrez una vez al mes. Echamos ese día tres partidas, ni una más ni una menos, el tiempo justo para tomar, también, tres güisquis con hielo. Opinamos que no se puede jugar sobrio al ajedrez. Admiramos a José Raúl Capablanca, aquel jugador cubano que bebía con avidez, dicen, antes de mover pieza, y cuya imagen preside nuestras partidas. En el retrato, en blanco y negro, un Capablanca joven y pensativo apoya en la mano derecha la barbilla, mientras mira unas staunton que están en primer plano. En la esquina superior izquierda de la antigua foto, el padre de Navarrete escribió hace muchos años: ... en un caballo blanco, / caracoleando / sobre puentes y ríos / junto a torres y alfiles, / el sombrero en la mano / (para las damas)...[1], con letras casi góticas y tinta de color rojo. El marco de plata del retrato brilla en la mesa del despacho de su piso de Carabanchel, recibido en herencia. Él se habría conformado tan sólo con la fotografía.

Le miro, mientras coloca en el tablero las negras que le han tocado en suerte. Algo barrigón y calvo, la barba entrecana le presta un aire doctoral. Casi siempre gana, pero me gusta jugar con él. Los dos sentimos que entre los escaques hay algo más que un juego, aunque si alguien me lo preguntara no sabría decir qué. Coloca minuciosamente las piezas, las centra y enfila a la perfección. Forman un formidable ejército, que me acompleja antes de empezar la primera partida.

El viejo y querido Navarrete... Termina de formar a sus efectivos justo cuando entra Carmela, su mujer, para despedirse. Hoy está maravillosa: el pelo negro recogido con sencillez, por detrás de la cabeza; los labios, pintados de rosa, chispean cuando los acerca a la boca de él y le da un beso subrepticio, de colegiala. Luego me da dos a mí, en las mejillas, y puedo oler la colonia que lleva y el carmín de sus labios. También con ella me ganó Navarrete, hace ya mucho tiempo, una noche que la luna volaba sin esfuerzo, sobre la Alhambra.

—No bebáis demasiado, ¿eh? —dice ella con una sonrisa congelada.

—¿Volverás tarde...? —replica él.

—No sé, quizá vayamos a tomar algo después del cine...

Carmela se marcha y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no volver la cabeza, mirarle la figura, olfatear el aire que se mueve como una ola tras de ella. Coloco a mi rey y cruzo los brazos sobre la mesa.

—Si quieres, lo dejamos... —le digo, mirándole a los huidizos ojos. Me contesta que no, con la cabeza, y salgo con peón cuatro de rey, una apertura de lo más conocida, a ver qué hace.

 

«La vida es como una partida de ajedrez», me dijo él una noche, «si empiezas con mal pie es muy difícil enderezarse». Estábamos apoyados en la barandilla de la cubierta del ferry que nos llevaba a Tánger. Entonces no había pateras y el Sáhara, nuestro destino, me parecía une vallée perdue. Las luces de la costa africana eran como fanales de barcos moriscos que se acercaran amenazantes. Tras un instante de silencio, con la vista fija en la estela blanquecina del barco, murmuró: «Seremos siempre amigos». No sé si él sabe que escuché lo que decía, pero él sí sabe que no le contesté. Unos días después le pedí que me enseñara a jugar al ajedrez.

Se ha confundido. Después de mi enroque, ha sacado el alfil blanco para proteger a su rey, cuando debería haber apurado el enroque suyo moviendo el alfil negro. No es su noche. Como aquella tarde en que discutimos por Carmela, en Stonehenge. Recogió los bártulos y se fue a Salisbury, en el coche de unas italianas que se marchaban después de ver, como nosotros, el amanecer del solsticio de verano sobre el crómlech. No me importó quedarme solo, me dolió más lo que me dijo. El ajedrez —me lo repite muchas veces— no es un juego violento, pero hay que tener la determinación de acabar con el contrario. Destruirlo completamente, pero sin odio pues el odio nubla el raciocinio. Así es él, adopta una decisión y la cumple a rajatabla, fríamente. Como lo hizo en Stonehenge, en donde dormí solo aquella noche, que también tengo arrestos para defender lo mío.

El día que se casaron Carmela y Navarrete, no fui a la boda. Nunca me lo han reprochado y supongo que ambos sintieron conmiseración por mí. Compunción que yo no siento ahora, cuando veo cómo, por fin, se enroca. La piedad también confunde las ideas y el tablero se despliega con claridad ante mi vista. Está confuso en el juego, perdido como un payaso en una tragedia de Shakespeare. Tampoco supo cómo decirme que se iba a casar con ella, aunque Carmela ya me lo había dicho antes. Fue el único jaque mate que me ha dolido en la vida.

—¿Quieres tablas...? —me ofrece con voz queda, como el que no quiere la cosa. Pero ya es tarde, y él lo sabe. Me río y le digo que no. 

El desastre se le acerca cuando, después del enroque, pierde un alfil y saca la dama para darme jaque. Enfilando a su rey tengo la mía y una torre envenenada que acabará con la reina negra, sin remisión, después de mi próximo jaque a la descubierta. Va a abandonar en breve. Es inevitable. Con dolorosa resignación, tras haber pensado que ganaría. Así son las cosas, amigo. Mientras cavila, pienso en las bondades del gambito; Navarrete tira el rey, suavemente, me da la mano, y pierde a continuación las dos partidas restantes.

La noche se ofrece tibia, tras los cristales del salón de la casa de Carabanchel. Nos despedimos con un abrazo; él quiere sonreír, yo estoy exaltado por la rotunda victoria. Salgo y llamo al ascensor. Entro en la cabina y me rodea un delicioso perfume de mujer. Lo paro entre dos plantas e inhalo profundamente. Todo es Carmela en el elevador. Huele a noche de estrellas cerca del río Darro, a agua fresca despeñada desde las cumbres y a murallas nazaríes cubiertas de flores. Un poco más, me digo, un poco más..., hasta que, al fin, pulso el botón de la planta baja.

Me he resignado a tener que tirar el rey de mis deseos, una vez al mes. No hay apertura que valga ni gambito que ya pueda hacer, pienso mientras cierro la puerta del ascensor y el olor de colonia se pierde tras de mí.

[1] Poema de Nicolás Guillén, dedicado a José Raúl Capablanca.

Taller de El Comercial (05.05.2004)

 

 

ALIBEL LAMBERT

Nació en la ciudad de Tigre (Provincia de Buenos Aires), Argentina, en julio de 1954. Comenzó escribiendo desde muy chica, narraciones y poesía. Publicó en 1965 una antología poética en ediciones Nubla de la ciudad de Temperley. Escribió cuentos infantiles. Luego su predilección por el género de terror, los cuentos infantiles me impulsaron a escribir mis primeros cuentos en esta temáticas, que junto con sus poesías fueron publicados en diarios y revistas de Buenos Aires.

En 1999 ganó un curso en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de la Ciudad de Buenos Aires, el cual le permitió editar su primera obra Terror en cuentos breves. En 2012 presentó nuevas ediciones en la Feria Internacional del Libro y en julio en la Feria Infantil y juvenil Otras 10 leyendas para no volver a dormir, también editado por Serendipidad.

alibel123@hotmail.com

alibellambert123@hotmail.com

https://www.facebook.com/p/Alibel-Lambert-100062981601340/?locale=es_LA

 

 

CUANDO LA MUERTE SE ENAMORA

Alibel Lambert ©

 

De espaldas a la puerta, esperé su regreso. Impávido mi rostro, ni un solo músculo de mi cuerpo demostraba inquietud. Con la mirada perdida en la lejanía a través del cristal del living, que como un inmenso cuadro me dejaba ver la quietud del campo en el ocaso. Bebí la copa de Ron, sorbo a sorbo, el tiempo hace mucho que ha dejado de preocuparme. El paso de los años me ha enseñado a no temerle. La paciencia y la calma son ahora mi mayor virtud. Bebo otro sorbo de Ron, y comencé a recordar…

“La había conocido veinte años atrás, una noche me crucé en su camino, desde aquel día, me sentí dispuesto a entregarme a sus brazos. Resuelto estaba a rendirme sin ninguna resistencia, totalmente convencido de que era lo mejor que podía pasarme. Pero entonces, ella decidió dejarme. Sin importarle cuál era mi deseo, sin tener en cuenta mi desesperante necesidad de aferrarme a ella. Sólo contaban su egoísmo y sus caprichos, sus necesidades. Y se fue, dejándome allí parado; destrozando mi espíritu y mi corazón, inmerso en la más profunda de las desesperaciones.

Han pasado muchas cosas desde entonces. Ahora, luego de tanto tiempo volveremos a encontrarnos.

De pronto, atravesó el umbral…

Hermosa como entonces, se aproximó a mí. Bajo la cálida luz del cuarto sus felinos ojos se fijaron en los míos y una delicada sonrisa se dibujó en sus labios, aún la recordaba así. Cínica y un tanto frívola la expresión de su rostro, pero tan bella, que otra vez comencé a sentir el influjo de sus encantos…

Al son de uno de sus temas preferidos, comenzó a arrimar su cuerpo perfecto y delicado junto al mío. Flotaba su perfume en la atmósfera del cuarto. Ella, danzaba en derredor mío suavemente, subiendo y bajando, rozando mi cuerpo. El tema musical se estaba reflejando en mi sentir. Su cuerpo giraba lentamente, se arqueaba y me envolvía, sensual y atrevido se traslucía bajo la sutil gasa negra del vestido. Sentí, en ciertos momentos de esos giros, sus senos tibios pasando por mi pecho y mi espalda. Sus manos ávidas, me acariciaban deslizándose desde mi nuca, hombros y pecho, hasta aferrarse eróticamente a mis muslos. Estaba cayendo lentamente bajo su influjo. Su mirada colmada de deseo me embriagaba. Pero, esta vez, era yo quien esperaba terminar con nuestro encuentro. La noche recién comenzaba y el alba, el alba se hallaba muy lejana todavía. Sus labios anhelantes, se posaron en mi boca. Sonreí casi maliciosamente. Seguía siendo tan mía; que, aún sin proponérmelo, un deseo muy fuerte de vengarme se apoderó de mí. Pero dominé ese impulso, la aparté de mi cuerpo y dejándola extrañada ante mi reacción, levanté la copa y brindé por ella. Al hacerlo, sus ojos tomaron nuevo brillo. Me arrebató la copa y brindó por los años pasados y el amor. Me senté en el sofá para contemplarla. Con la copa en la mano, se tendió a mi lado cuán larga era, apoyó su cabeza sobre mis piernas y fijó sus ojos de gata enamorada en los míos. Le quité la copa y besé sus labios con toda la pasión que había albergado en mis adentros desde su partida; desde antes de haberme dado cuenta que ya no la deseaba. La besé largamente, hasta sentir que su postura de triunfo se desvanecía, temblaba de amor entre mis brazos. Entonces, al sentir su cuerpo estremecerse, me levanté alejándome lo suficiente para observarla, para gozar del placer que me causaba verla así, rendida ante mí. Pudo adivinar mis sentimientos y se irguió de un salto. Su mirada gatuna se transformó en fuego. Esperé el zarpazo de su ira, sin embargo, controló su arrebato y calmadamente dijo…

—Te he amado, más que a todo, te he amado. Aquella noche, cuando te vi por primera vez, experimenté como jamás lo había hecho, la necesidad de sentirme mujer, y cambié por ti. Te cruzaste en mi camino suplicando que te ayude. No pude hacerlo. Al verte, algo extraño me ocurrió por primera vez. Y no pude responder a tu súplica, aún, cuando era el momento que siempre aguardo para lograr mi victoria. Contigo, había descubierto al amor. ¿Cómo podría hundirte en las profundas noches en las que vivo, si te ví sol, si te imaginé mil mañanas amándome en la frescura de tu lecho? ¿Dime, cómo podría, amándote como te amo?

Sus ojos cargados de llanto hasta las lágrimas, me contemplaban, mientras su voz sonaba con un tono de tristeza tal, que me hizo sentir un miserable y me arrodillé ante ella. Todo el resentimiento que se había acumulado por más de veinte años se esfumó en ese segundo…

De súbito, cuando me hallaba en acongojado abrazo aferrado a su cuerpo, profundamente apesadumbrado y rendido ante su angustia. Una horrorosa carcajada de ultratumba heló mi sangre. Sus manos, que tan cálidamente sentí entre las mías, se habían transformado. Entonces miré su rostro. La larga cabellera no existía, un frío manto la cubría igual que a su cuerpo. Su perfecto cuerpo era sólo un esqueleto bajo la mórbida mortaja, cuyos huesos podía sentir contra mi pecho. Me aparté de un salto. Su risa retumbaba por doquier. Quise correr. Creí volverme loco…

Pero entonces, pude ver en el fondo de la cuenca vacía de sus ojos, una luz de tristeza que dolía.

Y comprendí…el final de la noche había llegado y con él, también el de mi vida.

 

 

ENRIQUE JARAMILLO LEVI

Colón, Panamá, 11 de diciembre de 1944. Licenciado en Filosofía y Letras con especialización en inglés y profesor de Segunda Enseñanza (Universidad de Panamá, 1967). Maestría en Creación Literaria (1969) y en Letras Hispanoamericanas (1970), por la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Estudios completos de Doctorado en Letras Iberoamericanas (El Colegio de México, 1974; y Universidad Nacional Autónoma de México, 1975). Profesor universitario, investigador, promotor cultural y editor, fundó en 1984 la revista literaria “Maga”. Lleva 23 años laborando en el área de Cultura de la Universidad Tecnológica de Panamá, donde creó en 1996 el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán” y el Premio Nacional de Cuento “José María Sánchez”, así como el “Diplomado en Creación Literaria”. Ganador en 2005 del Concurso Nacional de Literatura “Ricardo Miró” por En un instante y otras eternidades (cuentos; 2006). Cuentista, poeta, ensayista y antólogo, ha publicado más de 60 libros; los más recientes Desde el borde (cuentos, poemas y ensayos breves; 2020); Cerrar los ojos no es una opción (poesía; 2019); Inmersiones (poesía selecta; 2019); Venir a cuento: Cuentistas emergentes de Panamá (2019); Minificcionario: Complilación histórica selecta del minicuento en Panamá (2019); Reverso (cuentos; 2018).

El Suplemento de Realidades y Ficciones ha publicado obras de este escritor en los siguientes números:

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2016/12/suplementode-realidades-y-ficciones-n.html [N° 71]

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2018/06/blog-post.html [N° 77]

Asimismo, Realidades y Ficciones – Revista Literaria, lo ha editado en los siguientes:

https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2015/09/realidadesy-ficciones-revista-literaria_1.html [N° 22]

https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2025/12/realidades-y-ficciones-revista.html [N° 64]

henryjaramillolevi@gmail.com

 

 

LA SOLUCIÓN

Enrique Jaramillo Levi ©

Para Dayra Hidalgo, talentosa escritora panameña en ciernes,

esta otra forma de crear un cuento, con mi afecto.

 

I             

Cuando Ernesto Lozano Ferrán cayó finalmente en la cuenta de que por más intolerante y represivo en que se hubiera convertido el régimen, no iba ser nada fácil derrocarlo por los medios tradicionales de la protesta pacífica aunque cada vez más vociferante, escenificada una y otra vez en las calles por un creciente auge de ciudadanos hartos de la falta de las más elementales libertades ciudadanas y la rapiña cotidiana más descarada, los demás líderes de la revuelta ya habían previsto privadamente un actividad alternativa mucho más radical. Y cada tanto tiempo se reunían a discutirlo.

             Si Lozano Ferrán no estaba enterado, era porque su avanzada edad no le permitía acudir a ciertas reuniones súbitas en altas horas de la madrugada. Y cuando finalmente lo supo, no estuvo de acuerdo. Era una persona de ideas mucho más conservadoras, y no le hacía la menor gracia tener que acudir a alternativas violentas. Y así se lo hizo saber, sin pelos en la lengua, a sus colegas sediciosos, lo cual a su vez causó que se le fuera aislando por completo de los nuevos planes.

            De algún modo, el gobierno se enteró prontamente del cisma en la dirección de los grupos opositores y tomó drásticas medidas. Para ello, habría de tratar de aprovecharse de la avanzada edad de Lozano Ferrán para, según ellos, obligarlo a confesar lo que sabía de los más recientes planes subversivos y, así, tratar de frustrarlos. Pero la experiencia adquirida en tantos años de militancia opositora, además de su aguda inteligencia, dio sus frutos, y el aparato represivo del gobierno equivocó el camino y recibió información falseada de su parte.

                 En la práctica, el gobierno cayó en una ingeniosa trampa, de la cual el verdadero cerebro fue Lozano Ferrán, quien con su singular ingenio supo armar una pujante alternativa con el visto bueno de sus colegas, a quienes a última hora había tenido la deferencia de consultarles lo que pensaba hacer...

 

II

La cuentista ya no supo cómo continuar su historia, que había ido tramando a partir de una idea inicial sugerida por la primera frase que se lo ocurrió redactar. Una vez más había echado mano de la llamada “escritura automática”, que en sus talleres de escritura sugería el profesor como una forma de romper la usual inercia creativa inicial.

              Y es que a veces ocurre que la trama, ya en pleno desarrollo, se ve interrumpida de pronto por la incapacidad del autor para continuar fabricando sucesos que no estaban en plan original alguno. Obligándole entonces a inventar, a veces de modo artificioso, un desarrollo cuya fragilidad se pone de manifiesto ante la arbitrariedad de los hechos que, precariamente concebidos, se van agregando. Es cuando de pronto todo lo posible —así como también a veces lo imposible— se estanca. Y entonces resulta casi imposible continuar desarrollando la trama de manera creíble...

             ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo diablos salir del dilema sin necesidad de desarmar lo que ya se ha hecho con tanto trabajo...? Acaso una solución sea —aunque no siempre— introducir un discreto recurso metaficcional como este en la historia en ciernes y luego, para bien o para mal, atenerse a las consecuencias. Tal como no pocas veces ocurre también en la vida real, solía decir el profesor.

 

 

EL GRAN ARTE

Enrique Jaramillo Levi ©

      Para Manuel Orestes Nieto, poeta panameño

de amplísimo espectro, con mi afecto.

 

No saber para quién se trabaja puede ser conveniente a veces, pero más a menudo es el causante de traumas aborrecibles de los cuales es prácticamente imposible librarse. Si lo sabré yo que por etapas he vivido a fondo ambas experiencias... No es el momento ni el lugar para entrar en detalles, pero créanme que en ambos casos las circunstancias son así.

Un escritor como yo es incapaz de tergiversar los azares de la buena ficción, y mucho menos los de un realismo narrativo a ultranza que pretenda preservar sin mácula la certeza de lo verdadero. Además, créanme cuando les aseguro que un modo de concebir lo real es tan auténtico como lo es el otro.

Sólo así —con esa intrínseca dualidad—, es posible que el relato prístino de una historia del todo verdadera sea tan creíble como el de un relato creado por el arte de una imaginación desatada con todo el rigor de sus más íntimas certezas.

Les garantizo por tanto, amigos lectores, que esto que afirmo no se trata de un galimatías sin pies ni cabeza del que quiera yo forzar su credibilidad en ambos casos, sino más bien de una íntima certeza amplísima abierta al escrutinio.

Así, el gran arte habrá de serlo siempre y cuando nos sacuda, nos logre intimidar, nos obligue a desatar sin temor alguno los rigores del pensamiento crítico, pero también los amplios márgenes de la reconciliación, la comprensión, el amor y, a menudo, abrirle incluso cancha al siempre impredecible azar.

(Los Ángeles, California; 24 de enero de 2026)

 

 

AINHOA ESCARTI

Escritora española nacida en Cádiz y residente en Madrid. Desde temprana edad, mostró una pasión por la escritura, creando su primer cómic a los seis años. A lo largo de su carrera, ha explorado diversos géneros literarios y ha publicado múltiples obras. Entre sus libros destacan: La muchacha de la ventana (2013), la saga Todas las cosas que escribí cuando ninguno de ellos miraba (2014-2019), Descorazonados (2014), entre sus más de catorce obras. Además de su labor como autora, Ainhoa ha colaborado como articulista de opinión en medios como Nuevo Diario, Revista La Oca Loca, WeLoverSize y Revista Nuevo Enfoque Colombia.

El Suplemento de Realidades y Ficciones ha publicado obras de esta autora en los siguientes números: 60, 74, 83, 87, 96 y 104, que pueden consultarse recurriendo al ÍNDICE POR AUTOR, a derecha de la presente página, haciendo clic en ESCARTI Ainhoa (esp) en cada caso.

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ENTRE LAS NUBES DE SU SUEÑO

Ainhoa Escarti ©

 

Entre las nubes de su sueño, surgió una idea. Vio las imágenes deslizarse por lo onírico, creando algo tan fascinante que luchó por poder despertar y lograr apuntarlo en una nota. Al despertarse, cuando sonó la alarma, aún estaba embriagada por la historia que tenía en la cabeza y que tenía la obligación de surgir. Cumplió con sus obligaciones sin prestar mucha atención a ellas, porque no quería pensar hasta dejarlo todo plasmado por escrito.

Preparó a sus hijos para el colegio, hizo las mínimas acciones, como si su idea fuera una rosa en una cúpula de cristal. Deseaba mantenerla con todas sus fuerzas. Era una autómata que no quería usar su cerebro para que aquella imagen hecha palabras no acabara siendo arena entre las ideas. Cuando dejó a los niños a las puertas del colegio, los miraba entrar, pero sin mirar. En su cabeza, la arquitectura de su sueño iba tomando forma. Fue borde, o incluso grosera, cuando apenas devolvió el saludo con un gesto de cabeza. Pero sabía que si interactuaba, su cabeza dimitiría de asir el presente para devenir en otras cosas menos interesantes. Más que nunca, necesitaba dejarlo todo registrado. Era indispensable que aquel mundo aún no redactado sobreviviera a lo cotidiano.

Entonces aquella profesora le habló, justo cuando sus pasos se alejaban ya del gentío. No terminó de comprenderla ni escucharla. Viendo la imposibilidad de guardarlo en su memoria, fue a apuntarlo… El teléfono sonó. Tenía que responder. Desde hacía días aguardaba la llamada de la editorial que aseguró que la sacaría de ese anonimato que se la comía viva. Esperaba con desesperación, sin saber que vendían humo, irrealidades que no podían ni iban a cumplir. Aún no lo sabía y tenía las ilusiones intactas. Se veía otra vez en firmas, teniendo que ocuparse solamente de escribir. Podría dejar esa revista online que la obligaba a escribir sobre estupideces que no iban a ninguna parte.

El teléfono no aguardaba con esa ansiada llamada. Alguien, de quien no recordaba ni el nombre, la estaba esperando para no sé qué. Llegó rápida y rauda, se saltaba los pasos de cebra en zancadas grandes. Y allí estaba el técnico, con su bolsa enorme de herramientas. Logró apuntar esbozos en una nota del móvil mientras el hombre en cuestión revisaba la caldera, que había olvidado completamente. Esos minutos de tranquilidad no le dejaron escribir, pero pudo plasmar lo importante. Le despidió y le acompañó hasta la puerta. Deseaba ponerse ante su teclado y soltar todo. Sentía que era una presa a punto de explotar y perder para siempre ese fluir de palabras.

El teléfono sonó varias veces, pero decidió ignorarlo abiertamente. En su cerebro las ideas comenzaban a condensarse. Varios vecinos la saludaron cuando, por fin, volvía a meterse en la puerta de su casa. Con los oídos voluntariamente tapados, asintió de forma ambigua para no meterse en líos.

Abrió la ventana de par en par para que el aire fresco la ayudara en su ansiado momento. Respiró profundamente cuando una mariposa se posó en su mano. Lamentó no tener doble memoria para poder guardar todas sus ideas. Soltó los pensamientos de la mariposa en pos de un dragón que dominaba su cabeza. Al sentir que podía sentarse en su silla y que el portátil se encendía, empezó a relajarse un poco más. Por fin sola, mientras el ordenador terminaba de actualizarse, hizo un café.

Se sentó delante del portátil y soltó la primera frase como quien se aguanta ir al baño desde hace demasiado tiempo, sin pensar, de forma biológica. Tras esa frase, se hizo el silencio en su cabeza. Los personajes que hasta hace unos instantes no se callaban, ya no hacían ruido. Su teléfono no paraba de recibir mensajes. Finalmente, ante el vacío de palabras en su cerebro, respondió con un humor sacado del peor infierno posible. Comenzaba a sentir fuego justo detrás de la nuca, ese tipo de ardor que acaba explotando en tu boca en forma de sapos y culebras.

Su hijo estaba con fiebre. Suspendió el ordenador despacio, asintió con monosílabos. Lloró agarrándose la cara con las manos, con esa rabia animal propia de los sentimientos más básicos. Por un minuto pensó en ir una vez hubiera acabado, pero la culpabilidad no la habría dejado escribir. Con una profunda tristeza por dejar su historia, se fue a por su hijo. Por el camino trataba de hilar ideas que apuntaba rápidamente; sus frases parecían jeroglíficos, pero solamente ella las entendía.

Le vio allí, con cara de muerto viviente, necesitando un regazo y un hogar.

En el salón de su casa, con su hijo tumbado en su regazo, se acababa el café frío. Leía sus notas, y ya ninguna de ellas tenía sentido. Las borró tras leerlas y pensar que aquella supuesta genialidad no tenía ni pies ni cabeza. Aquel dragón llamado Deymos ya no podría nacer.

 

 

PODER BESARTE DE VERDAD

Ainhoa Escarti ©

 

Abrió la puerta y dejó las llaves tiradas junto a su bolso. Se descalzó atropelladamente, sin ganas, y se quedó sentada en el banco que tenía en la entrada de su casa. Había sido un lustro muy largo, un lustro demasiado corto. Un lustro con él: de esperanza, pecho cálido y buenas intenciones. Pero algo fallaba, quizás fueran las sienes frías de ella o su vientre que no deseaba ser poblado. Él quería más; ella, simplemente, un eterno presente que le agradaba.

Cuando se acabó el último sorbo de latte macchiato, la relación ya había cesado.

Estuvo más de una hora allí, sentada en el banco de la entrada de su casa. A veces se miraba los pies, otras su reflejo en el espejo. Tenía ya 37 años y se sentía perdida. Logró superar esa noche gracias al señor Darcy de Colin Firth; se bebió todos los episodios de su serie como si se tratase de la medicación dictada por un doctor. A la mañana siguiente se sentía mejor.

Iba a disponerse a hacer lo que hacía siempre que acababa una relación: mirar en redes, en sus apps de confianza o incluso revisar sus chats y mensajes privados, buscando algún cabo suelto humano con el que atar una nueva historia. No sabía estar sola, coleccionaba relaciones. Entraba y salía de ellas con rapidez, apenas necesitaba un par de días para curar sus heridas, para seguir adelante.

Entonces encontró algo raro: tenía fecha de hace unos ocho años. Dos emails con dos adjuntos de alguien que no lograba recordar. El nombre del dueño del mensaje estaba demasiado manido, tampoco ayudaba que los mensajes fuesen solo esos archivos adjuntos, sin más. No lograba recordarle.

Cuando leyó el mensaje por primera vez, le pareció que podía estar equivocado. Decía así:

---

Tienes razón, soy de los que analiza todo en exceso. Es algo que reconozco, aunque no consigo cambiarlo. Tal vez las cosas me fueran mejor si fuera diferente, pero perdería mi esencia en el proceso.

Los gorilas me fascinan profundamente. Su imponente presencia, esa conexión evolutiva con nosotros, pero libres de nuestro instinto destructivo... hay algo en ellos que me conmueve.

Durante años me volví alguien extremadamente reservado. Las decepciones amorosas me llevaron a construir barreras emocionales casi impenetrables. Llegué a ser tan distante que hasta mis amigos más cercanos lo notaban. Expresar afecto, incluso de manera platónica, se había convertido en algo casi imposible para mí.

Curiosamente, hace aproximadamente un mes algo está cambiando. Quizás porque vislumbro la posibilidad de un cambio de vida con la mudanza. Estas emociones que resurgen son un arma de doble filo: hermosas, pero potencialmente devastadoras.

Mi perfil en redes sociales es único, como tú misma confirmaste. Me pregunto por qué sigo ese camino sabiendo que espanta más de lo que atrae. La respuesta es simple: ser convencional significaría traicionar mi autenticidad. He leído cientos de perfiles que parecen calcados uno del otro. Solo encontré dos excepciones, aunque tampoco tuvieron éxito. Crear conexiones genuinas con extraños resulta complejo cuando nos basamos en primeras impresiones y prejuicios. Es injusto, pero la mayoría lo acepta sin cuestionarlo.

¿Te consideras romántico? Yo anhelo serlo, aunque tengo mis dudas. Lo que sí sé es que no destaco en los gestos detallistas. Nunca fue mi fuerte, como tantas otras habilidades sociales. Esa sensación constante de hacer el ridículo cuando intentas ser auténtico... ¿puede la honestidad resultar embarazosa o incluso empalagosa? Suena absurdo, ¿verdad?

No espero que comprendas completamente mis reflexiones; hace tiempo que dejé de esperar eso de las personas. Pero quizás tengas alguna perspectiva sobre si debería regresar a mi antigua frialdad emocional o atreverme a creer que aún existen cosas valiosas. Creo que eres la persona que más se acerca a mi forma de entender el mundo.

Hay algo que se me escapa, una idea que no logro articular completamente. Tal vez en otra oportunidad pueda expresarlo mejor. Navego sin brújula fija en un océano de dudas, buscando una costa específica, aunque siento que mis opciones son limitadas.

En cualquier caso, puedes pensar lo que quieras sobre mí. Eso no cambiará mis propias preocupaciones y reflexiones.

Un abrazo.

---

Buscó su contacto por todas partes, pero no lograba encontrar información sobre él. Era Alicia buscando al conejo blanco: demasiado rápido, demasiado difuso. Ni siquiera recordaba de qué color era.

Entonces leyó el otro adjunto, en forma de poema, que lo volvió todo mucho más difuso. ¿Cómo podía ella no recordar a alguien que había puesto tanto corazón?

 

---

 

Mostraste tus profundidades

Y me perdí excavando en ellas

Compartiste tus promesas

Y acabé cuestionando su verdad

Revelaste lo que sentías

Y quise poseerlo todo

Mi razón me traicionó

Y me llevó a destruir aquello que mi alma más amaba

Me devora desde dentro

Y me consume por fuera

Solo el perdón más genuino

Traerá paz a mi mente inquieta

Tranquila como tu voz tierna

O como tu paciencia eterna

Necesito que me perdones

Y poder besarte de verdad.

 

---

 

Aquella noche no logró dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama, pero los recuerdos no venían a ella. Dudaba sobre escribirle. Habían pasado tantos años que vivían vidas diferentes.

¿Cómo podía ser ella tan cruel como para no acordarse de alguien que la había herido para luego declararse así?

Las dudas lo llenaban todo, pero su orgullo no la dejaba enviar ese mensaje que le rondaba tanto la cabeza.

Los días del calendario se fueron tachando lentamente: el trabajo, las nuevas citas, las amigas llenaban las horas. Pero como si se tratase de una fuerza de la naturaleza, si era de noche y estaba sola, leía los mensajes. Acariciaba las palabras del poema como si, mágicamente, al hacerlo lograra tocar a quien los creó.

Deseaba ser amada así, con esa dosis de romanticismo capaz de calar en su alma.

Una noche, tras decirle a su cita de turno que no iba a quedarse a dormir, respondió al email.

La otra persona lo leyó… pero tampoco recordaba por qué le había escrito esas palabras.

Así, su amor quedó comido por el olvido, como si se tratase de un animal hambriento que no había dejado ni las migas.

 

 

NO NOS CONOCEMOS

Ainhoa Escarti ©

 

Era verano cuando coincidieron la primera vez. El calor que hacía en el metro hizo que ella se cayera al tratar de salir por la puerta del vagón. El día que se conocieron, no lo recordarían jamás. Ella allí en el suelo, mal colocada, como las sábanas sucias que tiras al suelo antes de llevarlas a la ropa sucia. Él alertado, sintiendo que iba a caer, saliendo dos paradas antes para quedarse junto a ella en el suelo. Él avisando al personal de la estación para que viniera una ambulancia. Inconsciente, entreabrió los ojos unos segundos y vio su silueta, que no recordaría. Fue como una sombra tras ella que ha sido recogida por el personal de la ambulancia. Sin él, aquella bajada de tensión habría sido más accidentada. Pese a todo, cuando la conoce no la recuerda en ese día y esa chica.

La segunda vez que coincidieron, ni siquiera se vieron. Más adelante aquel mismo verano, en una noche de esas en las que parece que puedes asir el aire de lo denso que está, se cruzaron las miradas en la cola para entrar al monólogo. Se sentaron en lugares simétricos y paralelos, aunque ni se vieron pudieron escuchar sus risas, sin saber la importancia que tendrían.

Se fue el calor, pero llegó la nieve. Pocas eran las ocasiones en las que nevaba en la gran ciudad, la contaminación no dejaba que los copos de nieve llegaran a formarse. A la salida del Prado con un gran libro de Velázquez en las manos, ella le ofreció acompañarle con su paraguas para que no se mojara el libro. Él, sorprendido por la nieve, accedió a la amabilidad de una extraña. Llegaron a la estación con pasos lentos y seguros, conviviendo bajo el mínimo paraguas que les mantenía demasiado cerca para no mojarse. Lentamente la nieve dejó de cuajar y pasó a ser lluvia helada, tanto que las gotas parecían lágrimas de algún dios nórdico. Una vez allí, ambos pensaron que era una pena que la nieve hubiera dejado de cuajar.

No se habían dado cuenta, pero el destino no paraba de jugar con ellos, mas ellos eran más fuertes que su destino. Pero siguió el juego que no tenía planeado perder.

La siguiente vez fue un desastre, él sí reconoció a la chica del paraguas, ella al chico del libro de Velázquez, pero sus manos estaban ocupadas por otras personas.

La siguiente iba a ser la última oportunidad que el destino les iba a dar, empezaba a estar cansado de dos seres que no caían rendidos a lo que debía ser. Ya no tenían a nadie que ocupase su corazón, ni sus manos. Habían pasado siete años y eran personas diferentes. Ella aparcó en doble fila justo delante del coche de él. No era una urgencia, más bien uno de esos "un momento" que nos ha pasado a todos. El hijo de ella que la acompañaba y ella, iban a tomar un helado en aquella afamada heladería italiana que contaba con el mejor sabor de avellana de toda la ciudad. Solo era un momento, se decía. Él tenía prisa porque llegaba tarde a una cita, acababa de dejar a su madre en casa y su tarde juntos se había alargado demasiado. En cuanto vio el coche comenzó a pitar con desesperación. Pero ella no salía, no fueron malas intenciones ni egoístas, solamente una madre sola con un niño que había decidido bañarse en avellana. Cuando logró salvar la situación, salió corriendo, con el niño en brazos, se acercó a la ventanilla del coche de él a pedir perdón. Él que ya estaba enfadado y llevado por los demonios, dejó de estar enfadado. Era como ver a alguien de otro tiempo, de otro momento, pero no recordaba de dónde. Ella apartó el coche, le dejó salir. Ambos se quedaron mirando. Fue la heladería, la que les hizo coincidir y verse de verdad. Él con su madre, ella con el niño. Mientras pedían en el mostrador, niño y señora mayor hicieron migas. Su conversación les enterneció y les dejaron ser, mientras se miraban de reojo. Los helados se acabaron y comenzaron a hablar del hijo con TDAH, de la anciana con demencia. Se entendían. Era la hora de irse pero no se querían ir. Se presentaron:

—Me llamo Marco —dijo él.

—Me llamo Lidia —respondió ella.

Se quedaron callados, él tenía expectativas en la cabeza. Ella acariciaba su teléfono en el bolso, tentada de sacarlo y empezar una posibilidad. Entonces la anciana dijo:

—No os conocéis lo suficiente para echaros de menos.

Se miraron sonrojados y supieron que era justo lo que iba a suceder. No cedieron a la tentación. Veían cierta absurdez en buscarse. Eran dos desconocidos que no iban a volver a encontrarse. Él se mordió las ganas y ella, soltó su teléfono para abrazar fuerte a su hijo. La frase de la madre resonó en ellos, descubriendo así que era verdad. La madre murió y Marco no volvió a pisar la heladería.

Volvió el calor, volvió el verano, volvió el metro. El mismo vagón que les hizo verse la primera vez entraba en escena. Ocupados no se vieron. Marco reconoció cierta forma que tenían los bucles del pelo cuando caían sobre sus hombros. Supo verla también en la forma de agarrar su bolso. Lidia tambaleándose parecía que repitiera su primer episodio, Marco saliendo antes de tiempo lo confirmaba. Pero esta vez, él se quedó con ella hasta el final, porque su intuición le pedía no volver a separarse jamás. En la ambulancia mintió para quedarse junto a ella que empezó a abrir los ojos despacio. Se acercó a su oído para susurrarle:

—Quiero conocerte y dejar de echarte de menos.

 

 

NIELS HAV

Nació el 7 de noviembre de 1949. Se crió en una granja al oeste de su país; reside en Copenhague, Dinamarca.

Sus libros han sido traducidos y publicados en muchos idiomas incluyendo persa, inglés y turco. Uno de sus libros en inglés es Moments of Happiness; otros en danés son Las mujeres casadas de Copenhague y Cuando me volví ciego. Sus poemas, cuentos y relatos han aparecido en diversas revistas y antologías; está traducido al inglés, árabe, español, italiano, turco, alemán y chino. Tiene siete libros de poesía y tres de cuentos en danés,

Más sobre su trayectoria literaria y obras en Realidades y Ficciones – Revista Literaria Nº 10, que le dedicó un artículo especial:

https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2012/09/

y en los números 77 y 99 del Suplemento de Realidades y Ficciones. Ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS o, por su apellido, en ÍNDICE DE AUTORES: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/

nielshav@hotmail.com

 

 

MENTALIDAD HUMANA

Niels Hav ©

 

La mentalidad humana es un hotel místico

con muchos pisos, pasillos, salas de reuniones

e instalaciones para conferencias.

De día reglas indudablemente de sentido común,

de noche todo estructurado por un Neanderthal.

 

Este hotel representa todas las visiones del mundo.

En algunas de sus salas se negocian contratos considerables,

se planean reformas radicales.

Se contemplan actos criminales y homicidios.

Si el recepcionista toca esta puerta para hacer preguntas personales,

será rechazado e insultado a grito pelado.

En otras habitaciones residen filósofos, malabaristas de palabras,

chamanes y creyentes apasionados. El sótano está como por encanto

del gran baterista de la nada que cría

reptiles como si fueran mascotas. En todas partes hay una actividad febril.

 

En situaciones críticas se les convoca a todos

para una reunión. De día o de noche, con el fin de discutir

problemas urgentes o trivialidades de poca monta.

No hay ni agenda ni jefe;

las preguntas aparecen y desaparecen rápidas y desordenadas.

Cada argumento encima de otro

y cada uno con su intento de persuadir. Algunos usan cierta lógica

o sentido común, otros con alaridos

entonan quejas, canciones, injurias, súplicas y gritos de terror.

Un sin fin de palabras incoherentes arrullan los espíritus ancestrales

en lenguas muertas. Raras veces

se logra sacar alguna conclusión.

De improviso, todos regresan a sus habitaciones

cada uno cautivo de su indolente confusión.

 

En la recepción camina una persona ataviada y elegante.

Se apellida yo y afirma que es el gerente;

asevera que toma todas las decisiones;

confirma que administra el hotel de un modo racional

de acuerdo con los ideales contemporáneos.

 

Escúchenlo con cierta suspicacia.

Su autoridad no les importa un pepino a todos

los huéspedes del hotel.

 

(Mentalidad humana, en danés Det menneskelige sind)

(Traducido al español por Khédija Gadhoum)

 

 

GUERRA

Niels Hav ©

 

La palabra guerra está prohibida en Rusia,

afortunadamente.

Palabras como ansiedad, gritos y bombas

deberían estar también prohibidas.

 

La cosa más tonta es pensar.

La palabra invasión ya ha sido eliminada.

El número de las bajas del ejército no existe.

No hay que mencionar el llanto de los soldados.

 

Se eliminan los cadáveres y los niños masacrados,

y el horror de los sótanos y de las estaciones del subte.

Afortunadamente, la palabra muerte fue prohibida:

en Rusia morir es ilegal.

 (Guerra, en danés Krig, fue publicado en el periódico Politiken)

(Traducido al español por Gerardo Lewin)

 

 

POESÍA Y DINERO

Niels Hav ©

 

¿Hay dinero? preguntan los alegres tíos.

Estamos de pie admirando sus nuevos coches,

cada uno de los cuales ha costado cerca de cien mil

—y por cordial civismo preguntan

sobre la situación general de la poesía.

 

No, rara vez hay dinero real en la poesía...

es cierto. La mayoría de los practicantes de esa pasión

tienen un transporte miserable. Algunos de nosotros

tenemos incluso bicicletas, o aprendemos a depender

de los autobuses y los trenes.

 

Es triste. Pero tal vez, después de todo, hay

algún tipo de equilibrio en la vida; y es realmente

por cortesía por lo que omito devolver

la pregunta atravesando los preciosos coches

de los alegres tíos: ¿Hay poesía en el dinero?

(Poesía y dinero, en danés Poesi & penge)

(Traducido al español por Álvaro Hernando Freile)

 

 

EN LA TERRAZA

Niels Hav ©

 

Los ancianos que pronto morirán

transparentes se ponen en sus reposeras,

aunque todavía escuchan el tráfico. 

 

Ya no van a ningún lado,

no hace falta que me lo recuerdes. Se ha secado la piel,

algo corroe por dentro y tiene ganas de salir.

 

El corazón late entre sístole y diástole

igual que un desperfecto de segunda mano.

Por cierto, acaban de llegar ahora.

 

Sus difuntos siguen de pie llamándoles

en la púrpura sombra del haya: Mi nombre

ha desaparecido de la guía telefónica.

 

Sucesivamente, engañan la mañana

con sueños y nostalgia.

Aunque todavía escuchan el tráfico.

 

Los ancianos que pronto morirán

transparentes se acomodan en sus reposeras.

Alguien los ha abandonado aquí.

(En la terraza, en danés På terrassen)

(Traducido al español por Khédija Gadhoum)

 

 

MARISA NOEMÍ GONZÁLEZ

Nació en Avellaneda (Provincia de Buenos Aires), Argentina, el 27/10/1973; vivió su niñez y adolescencia en Adrogué. Asistió desde el año 2005 a talleres literarios municipales y privados. En 2006 obtuvo un premio accesit por novela por la revista digital española Katharsis. En 2015 ganó el primer premio en cuento y mención de honor en poesía, certamen convocado por la Biblioteca San Martin de Santa Clara del Mar y otorgado por la Secretaría de Cultura de Mar Chiquita. Durante el año 2022 fue publicada por la revista argentina Paginantes tanto en papel como en You Tube (Argenta Paginantes) y la revista digital española El Yunque de Hefesto. La revista digital española Exogénesis Nº 10 la publicó en 2024.

Más sobre su trayectoria y obras en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 61:

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2014/06/suplementode-realidades-y-ficciones-n.html

sigels27bork@hotmail.com

 

 

ILUMINADA

Marisa Noemí González ©

 

Dicen que cuando el amor se está apagando cualquier cosa puede suceder. Lo que apenas imaginé es que era para tanto. Digamos que no lo vi venir en este caso. Capaz que estoy siendo un poco duro con lo que estoy diciendo, tal vez sea porque donde me encuentro ahora no se puede hablar demasiado con los demás, cada uno está como metido en sí mismo, quien sabe en qué pensamientos, en este lugar, que no sé si es dimensión, paraíso o infierno. Esto último puesto que parece que todos los días son iguales, aunque no hay indicios del fuego abrasador del que hablaban las Sagradas Escrituras, tampoco es que vino a recibirme un ángel con un aura luminosa sobre su cabeza. No. La luminosa ha sido otra, mal que me pese ahora, ya ni quiero ni acordarme, aunque decir luminosa no es la palabra exacta que la define, a ella la malparida. Creo que fue en una tarde que a mi mujer Lucrecia se le ocurrió tejer aquella absurda bufanda. Si ya cursábamos el duro invierno que hace que uno desee quedarse encerrado para siempre en su hogar. Sin embargo, Lucrecia ese día estaba obstinada en salir a comprar la lana aunque afuera hiciese menos de tres grados. Y eso que ella odiaba con toda su alma las bajas temperaturas del invierno. No sé qué pasaba por la cabeza de mi mujer en ese momento, quizá una angustia o una ansiedad le atacó sorpresivamente porque ella no era así, era de estar lo más tranquila y la mayoría del tiempo vivía sonriente. La cuestión es que un día apareció con unas agujas enormes de tejer lana. Y con las agujas venía la lana de un color violeta casi azulado que me mareaba la vista de solo mirarla. Había comprado lana como para tejer una colcha de una plaza, sin embargo, a medida que la lana iba convirtiéndose a través de los rápidos puntos dados por mi mujer la lana parecía encogerse. No tardo casi nada en elaborar la bufanda. Nunca hubiera pensado que Lucrecia poseía un talento natural para el tejido.

Cuando se la colocó en el cuello, una vez terminada, la bufanda parecía un accesorio de joyería por el brillo que emanaba de la lana convirtiendo a mi mujer en una Cleopatra moderna. A veces pienso que si le hubiera roto el chiche…                                                                                             

Sí, ya sé no estoy siendo muy bueno con Lucrecia, pues reina nunca fue, pero la nariz bastante prominente sí la hacían merecer el nombre de la reina egipcia. Pero me estoy extendiendo demasiado en la historia. Quizás es porque a veces me aburro, en esta dimensión en la que actualmente moro, tras la caída. No, yo no pequé, a lo sumo alguna mentirilla alguna que otra vez, pero la caída no sucedió porque sí, pero como todos los hombres tienen un destino estaba destinado a suceder. Mismo Adán y Eva también cayeron por culpa del pecado, los expulsaron a los dos del paraíso cuenta la historia bíblica. En algún momento todos somos expulsados de algún lugar sin tanta alharaca. En este caso el expulsado fui yo. Eva tenía la serpiente enredada en las piernas, sí. Pues volviendo al meollo, resulta que la bufanda de mi mujer fue a parar a las habilidosas patitas del gato atigrado gris, mezcla de gato montés en alguno de sus ancestros. Lucrecia entró en pánico y rabia a la vez, me gritaba desde el pasillo de lo alto de la escalera que le quitase el cubrecuello al gato. Yo corrí los escalones con toda premura, tomé el extremo de la tira de lana y tiré con todas mis fuerzas. Ella está ahí arriba y sabe que tiene que ayudarme. Y a su vez sabe que la idea no va a funcionar, que es una trampa, que me voy a caer. Lo único que vi antes de caer hacia atrás fue el rostro enfurecido e iluminado de Lucrecia. Ella en vez de tirar el otro extremo de la bufanda hacia ella lo dejaba caer. ¿Qué hubiera pasado si era el gato que caía volando?              

Sí, los gatos tienen siete vidas. Yo no, así que aquí estoy en esta dimensión que a veces parece un paraíso, otras veces un infierno. Ella no lo sabe, pero yo la veo desde donde estoy y la veo acodada en la ventana con las luces prendidas a todo lo que da y con aspecto tranquilo con la luz violeta de la bufanda que le da al rostro más viveza sobre todo ahora que es la reina absoluta de toda la casa junto con el gato. Pero para qué quejarme si estoy mejor en este estado ideal. Dicen que por algo suceden las cosas.

(Propiedad intelectual: RE-2022-134029071-APN-DNDA#MJ)

 

 

LA ENSOÑACIÓN

Marisa Noemí González ©

 

La paloma me arroja una ensoñación,

sus alas teñidas de obscuro

me muestran lo dividido de mi sentir,

tal, por lo menos es mi divagar.

 

Yo, la de alma clara…Estoy perdida

mascando un recuerdo amargo,

el que tal vez sea mi único consuelo,

el de aquel y único amor que conocí.

 

Si solamente vinieras en la noche,

ondulante como una espuma de mar

hundiendo mis uñas de ninfa,

en el angosto y viciado aire de mi celda.

 

¡Esta peste en el aire!…

A falta de tu sueño sanguíneo,

es como un lamento enraizado

que nos arrastra al pasado.

 

 

CRONOLOGÍA

Marisa Noemí González ©

 

Al principio, como artilugios rotos

hinchadas y quemadas

en un viento sordo

sombreaban quejumbrosamente.

 

Mis ancestras, extrañas y estropeadas

viendo el sentido

cuando no hay puertas

aunque no parezca.

 

Callaban en siglos,

graznaban conmocionadas

suturando los colgajos

doloridos y anaranjados.

 

Ahora…contando los años…como un letargo…

esperando los guardianes

invisibles y apagadas, son ánimas

volviéndose una lluvia de ilusión.

 

 

REVELACIÓN

Marisa Noemí González ©

 

Al fondo, una calle de moradas ruinosas,

doy vueltas a la higuera

como una invisible niña

haciendo una pregunta al alba.

 

Como un ánima sin fuego,

yo que he sobrevivido como un hierro

a las batallas bruscas de la vida

vivo un ajedrez que nunca se gana.

 

Nombres como vidrios rotos,

son las piezas de un desorden

un querer ser que nunca se alcanza,

y rechazo al puntero de un ciruelo.

 

A mis ojos vulgares no los culpo,

ni a mi cintura alta y aguda,

ni a mis hombros de bailarina,

será que nunca fui de su querer.

 

En esta tierra de restos incaicos

veo en esta suerte infausta

un tablero, una venda que cae,

junto a un cigarro humeante, que jamás salva.

                                                                

 

EN LA PERIFERIA

Marisa Noemí González ©

 

La verde irrealidad de un amor

marcado y embrionario,

en la periferia de los excluidos

como si fuera un talismán, me horada.

 

Contando las vidas de una sombra

en un mismo marchitarse,

la clepsidra, en una lapida

abre el reloj del tiempo.

 

De un lado a otro,

como una estrella voy desandando los años

como si un soplo me hubiese

sellado las venas abiertas y blandas.

 

Atravesada por la hartura

hasta los huesos desheredada,

ni me arrostra un bálsamo

y en esa candidez pestilente, sufro.

 

 

JUAN MANUEL CABALLERO PAREJO

Nacido en Sevilla, España, en 1970. Estudió Filología Hispánica y cine en Madrid, y escribió guiones para cortos. Actualmente, reside en un pequeño pueblo de Extremadura y escribe relatos, subgénero del que tiene dos libros publicados (“Por de Dentro” y “Niebla sobre Quantico, Virginia, y otros relatos desubicados”). También ha participado en diversas antologías, en compañía de otros autores, como Cuenta hasta cuatro, y otras. Igualmente, ha publicado en varias revistas literarias, como El Narratorio, Espacio Fronterizo, Almiar, El Espejo o El Coloquio de los Perros. Actualmente, hay una entrevista a este autor publicada en la revista THE CITICEN.

juanmanuelcaballeroparejo@gmail.com

 

 

LA INTEMPERIE 

Juan Manuel Caballero Parejo ©

 

El viejo patriarca estaba dentro de su chabola, la más magnificente de aquella parte de Pitis. Rodeado de los suyos, esperaba a su hijo y a su yerno, que tenían que regresar para hacer cuentas con él después de la jornada de menudeo del caballo y de la farla. Para colocar esta última tenían que tratar con todo el pijerío que llegaba de la ciudad, pero valía la pena aguantar el trago porque les dejaba pingües beneficios.    

Alguien llamó a su puerta trasplantada, que era una puerta robusta que en su día habían recogido de la calle, apoyada como estaba contra el muro de un casoplón a la espera de que el ayuntamiento enviase a los que retiran el mobiliario viejo, en uno de esos barrios residenciales de alto standing. El primo que había aporreado la puerta asomó la cabeza luego de que el patriarca, el capi, le concediese el permiso para entrar, y dio un escueto mensaje: dos finolis del ayuntamiento se dirigían hacia allí, hacia su casa, para hablar con él, como estaba previsto. El viejo hizo un gesto de aprobación con la cabeza y el emisario volvió a cerrar la puerta. En pocos minutos volvieron a llamar para comunicar que aquellos hombres ya estaban allí, a su puerta, así que el patriarca, ayudado tal vez por una de sus hijas, se levantó de su sillón raído y decadente (pero de una decadencia hermosa que denotaba que alguna vez había servido en algún salón con clase), anduvo con su andar cansado y ya doliente y ya necesitado de su báculo, que él mismo fabricó con la rama madre de una encina, hasta la puerta y accedió al exterior. Allí, bajo el sol vespertino y ya casi postrero de principios de junio, un hombrecillo y otro hombre larguirucho del ayuntamiento trasladaron al anciano la noticia de que los pisos de protección oficial para su familia estaban listos para ser entregados y que, a tal fin, debían estar en tal lugar a tal hora de tal día, donde se haría efectiva la entrega de las llaves en solemne acto que hasta sería transmitido por la televisión regional.

Partículas de sudor al contacto con el sol derrengado perlaban la frente del patriarca entre el filo de su sombrero y las cejas oscuras y pobladas, que servían como parapeto a las veleidades de la transpiración a sus ojillos enterrados y negros como el infierno. Con ellos así protegidos, escrutaba el rostro, los ojos, el ligero temblor de manos del hombrecillo, que ahora tomaba la palabra él solo, para explicarle, grosso modo, sobre las costumbres a adoptar en la que habría de ser su nueva comunidad en breve. Así, aquel conato de hombre le expuso con cautela, pero también con rigor sobre los horarios para tirar la basura, sobre la obligatoriedad de asistencia a las reuniones vecinales, donde el ayuntamiento tenía depositadas firmes esperanzas de avenimiento entre gitanos y payos. Un experimento al que también habían alentado a los payos con los que tendrían que compartir comunidad, y que tenía que salir bien en vista de que el consistorio pretendía no demorar demasiado el desmantelamiento de aquel macropoblado chabolista.

El viejo miró un momento a su alrededor; otros gitanos apartados unas decenas de metros más allá miraban aquel parlamento desde lo lejos, conscientes del deber de no acercarse demasiado por no pertenecer al mismo clan. Algunos, incluso, habían tenido sus más y sus menos con el clan del patriarca que ahora era objeto de la atención de aquellos payos. El viejo volvió a mirar a los del ayuntamiento y frunció por un momento su tupido mostacho. Ahora, el tímido sudor había empezado a acumulársele en los agujeros agrietados del rostro cobrizo y curtido, consecuencia de la viruela que sufrió cuando niño, formándole en la cara una especie de salpicón de pequeños charquitos. Eso significaba una cosa: que el tiempo que le estaba dedicando a aquellos dos tipos empezaba a ser demasiado. En ese preciso instante, sin embargo, el larguirucho tomó el testigo de su compañero y continuó: «cuando estén instalados en la nueva comunidad, yo le recomiendo -el ayuntamiento les recomienda- que tengan presente lo que los payos con los que compartirán el bloque les digan acerca de las costumbres que deben ser aplicadas para el buen funcionamiento de los bienes y servicios... del patio comunitario, del buen uso de los buzones... Así como de lo que sería recomendable para los aledaños de la comunidad, y para los portales y escaleras, y zonas comunes en general. Porque se haría necesario que en esos lugares no se realicen determinado tipo de actividades... ya sabe, poco salubres. De resultar totalmente necesario, nosotros - acercó algo su cara a la cara del viejo y bajó un poco la voz de manera absurda- le recomendaríamos que hagan sus cosas, sus industrias, en otro lugar, a las afueras o donde sea...pero lejos de la nueva comunidad para el bien de todos, también de ustedes...». El otro tipo miraba a su compañero mientras hablaba.

El anciano sacó un pañuelo de tela plegado del bolsillo de su chaqueta algo polvorienta y se secó el sudor de la frente y las mejillas con un movimiento de mano saltarín de presión sobre la piel. Al hacerlo, el reloj de oro macizo que llevaba en la muñeca chocaba con la esclava de idéntico material que tenía ajuntada, emitiendo un leve sonido metálico. El mismo hombre que estaba hablando, continuó: «entiéndaseme: no quiero decir que ustedes deban seguir las órdenes de nadie... esos ciudadanos payos con los que compartirán el nuevo barrio son gente humilde también...».

Por fin los dos mensajeros, al poco, dejaron de hablar, habían terminado de dar sus instrucciones, su mensaje. Se miraron entre sí ante el silencio del patriarca, que no había articulado palabra durante todo el rato y se había limitado a mirarlos atentamente, con aire entre cansado y displicente. Uno de ellos, el pequeñajo, le extendió entonces un papel impreso que sacó de una especie de carpeta forrada. «No sé si le importará firmarme esto... no es más que un documento de confirmación de haber usted recibido este mensaje que acabamos de darle. Con que ponga usted una cruz aquí (le señaló el lugar destinado a la rúbrica) es suficiente». Le dijo esto último mientras le extendía un bolígrafo con la otra mano. El viejo tomó el papel y lo miró por encima con expresión relajada, aunque tuviera que arrugar la frente para afinar la visión sobre aquellas letras. Se diría también que con un ligerísimo punto guasón; como curado de espanto, en todo caso. Después agarró el bolígrafo que aún permanecía en la mano de aquel paliducho y estampó su firma con un movimiento complejo de los dedos, que se juzgó largo en el tiempo según el mensajero. Devolvió ambas cosas al hombrecillo y les hizo un gesto con la cabeza en señal de despedida antes de darse media vuelta y meterse en su suntuosa chabola seguido por las dos mujeres que le habían servido de acompañantes en aquel parlamento únicamente de una parte; en aquel soliloquio, en realidad.

Mientras caminaban hacia la salida de la inmensa civilización levantada con cartones, tablas, chapas de todos los colores y plásticos con una dosis de miedo que habían presumido menor que la que experimentaron a la entrada pero que a la postre no lo estaba siendo, acompañados por el mismo gitano que los guio al entrar, el bajito, que portaba consigo el papel firmado por el viejo patriarca, decidió, en parte para disimular su mal trago ante la mirada torva de toda aquella gente a su paso, echar un vistazo a la firma cuya elaboración le había llamado la atención un momento antes.

Y fue así que, al posar la vista sobre ella y a pesar de que nada le apetecía más que aligerar el paso para terminar cuanto antes aquella travesía por el fin del mundo y llegar al coche, hubo, por un momento, de detenerse. «Prefiero vivir a la intemperie». Eso era lo que allí, en el espacio para la firma, aquel gitano había escrito. 

 

 

VIERNES TRECE

Juan Manuel Caballero Parejo ©

 

Una de las consecuencias directas de trabajar en casa, pegado al ordenador, desde aquello de la pandemia, era la forma de pera que progresivamente iba tomando su cuerpo. Pero también tenía sus ventajas, claro, como el ahorro mensual en tiques de metro y lo que justo iba a acontecer al día siguiente, que ni por asomo podría habérselo planteado antes so pena de acabar con las patitas en la calle.

Al parecer, había heredado de su abuela paterna esa manía con las supersticiones, y ya desde pequeño acusaba su intolerancia hacia los gatos negros, por ejemplo. O con la cosa esa del miedo a que un espejo se rompiese. Con los años, además, se fue adscribiendo también a la reticencia hacia el martes y trece, y, más adelante, hacia su versión americana, la del viernes y trece, que no en vano fue desplazando en la cosmovisión del españolito medio a la versión autóctona a la par que el búrguer fue arrinconando a la tortilla de patatas.

Como fuera, el caso es que, para el día siguiente, viernes trece de cajón, lo tenía todo preparado. La idea, por supuesto, era no tener que salir de casa durante toda la jornada en base a la creencia en que, en día tan marcado por la desdicha, donde nadie tenía garantizado el blindaje contra el infortunio, al menos la permanencia aquende de sus cuatro paredes habituales garantizaba que el diablo -o quien procediese- lo tuviese, al menos, más difícil. «Si no sales de casa en día tan señalado -porque mira que se le avisa a uno-, no juegas con tu suerte y, entonces, el espíritu que maneja los hilos de la mala suerte no se fija en ti», pensaba.

Pero como una cosa no quita la otra, había decidido que el día siguiente no iba, de todas formas, a caer en saco roto. Con tal fin, había llenado, ese jueves doce, la casa de víveres, porque estaba resuelto a darle la vuelta a la tortilla y convertir el inminente viernes trece de obligado encierro en una especie de celebración particular. Era su forma de hacerle un quiebro al destino, aunque, eso sí, sin perderle nunca el respeto.

Se levantó temprano al día siguiente, con el ánimo ambiguo. Se bebió de un tirón una lata de cerveza que le quedaba en el frigorífico para paliar la aprensión y luego prendió el infiernillo de la vieja cocina de gas y colocó la sartén llena de tocino añejo, con el fin de que se fuera haciendo mientras iba al baño con la idea de hacer sitio a tanta vitualla que tenía previsto preparar para su sobrevenida festividad. Cuando salió del retrete, colocó actuaciones musicales de los ochenta y los noventa en el televisor a través de YouTube, gracias a la conexión Wifi. Luego despejó la mesita de centro de trastos y la llenó de cestos repletos de snacks, sacó los tres paquetes de cigarrillos que había comprado y colocó dos en una esquina de la mesita, dejando el tercero más a mano. Se levantó y se dirigió otra vez a las bolsas de la compra del día anterior, que había colocado sobre la barra de la cocina americana, de donde sacó la botella de Jameson. Colocó unos hielos en un vaso ancho y se sirvió un buen copazo. Volvió a sentarse en el sofá y dejó la botella en la mesita, junto al tabaco. Le asestó un buen trago al vaso y se puso a mirar la tele, donde en ese momento salía el vídeo musical de "For ever young", de los Alphaville. Asestó otro trago que casi finiquita el contenido amarillo sucio del vaso: «Vaya pintas que se gastaban los mendas, ji,ji,ji», pensó. «Pero sacaron este clásico inmortal... jodó, que pasada»; bailoteó con los brazos, sin moverse del sofá, siguiendo el son de la música como Dios le daba a entender. Se sirvió otra copa de la botella de Jameson y engulló un enorme snack del repertorio que tenía desplegado ante sí. Era uno con forma de estrella, bastante aceitoso. Luego desprecintó la caja de cigarrillos seleccionada y se colocó uno entre los labios. No sin cierto esfuerzo, sacó un mechero del bolsillo y se lo llevó ante el cigarrillo, pero antes de encenderlo algo le hizo arrugar la nariz varias veces consecutivas, en un movimiento de olfateo. Dejó el mechero sobre la mesa y se acercó a la cocina: el fuego donde había puesto a asar el tocino se había apagado por algún motivo y solo salía gas por los agujeros del infiernillo, de modo que giró la rueda del gas y la cerró. De pronto recordó que ya le había pasado alguna vez y que alguien le dijo que quizá era cosa de una mala respiración del infiernillo, que puede que estuviera un poco obstruido. O algo por el estilo, le dijo. De todas formas, pensó, ese era un arreglo que le concernía al casero, así que a ver si se lo decía. Volvió a la mesa y tomó otra vez el mechero, se acercó de nuevo al infiernillo e hizo el amago de volver a encenderlo, pero se detuvo un momento. Cayó en la cuenta de que debía abrir la ventana para dejar salir el gas acumulado en el pequeño salón-comedor-cocina, de manera que se dirigió a la ventana grande que había en la pared del fondo y la abrió de par en par. Se sentó de nuevo y le pegó otro trago al vaso de Güisqui "on the rocks". Agarró un puñado de snacks de color naranja y se los metió en la boca con esfuerzo.

Un rato más tarde cerró la ventana, terminó de asar el tocino en el infiernillo, que de momento volvió a funcionar, cortó al medio media barra de pan y colocó el tocino chorreante sobre la base del bocadillo; después tomó la tapa de pan del bocadillo y la impregnó bien de la grasa churruscada que quedaba en la sartén. Tras ello, sacó la mayonesa que tenía en la bolsa de la compra de la barra y la untó sobre la misma tapa de pan embadurnada de grasa. Un tufillo sospechoso le soliviantó la nariz mientras esparcía la mayonesa, así que agarró el frasco y miró la fecha de caducidad: «jodidos chinos...pero a ver quién es el guapo que sale hoy para que te lo cambien». Acercó la nariz al bote, volvió a arrugarla, dudó un instante y acto seguido hundió otra vez el cuchillo en la mayonesa para terminar de untar el trozo de pan con el que cerró el bocadillo.

Camilo Sesto cantaba "Vivir así es morir de amor" y él bailaba, ahora de pie en el saloncito, como Dios le daba a entender. Miró el reloj que tenía en la pared de la cocina y se sorprendió al ver que marcaba casi las cuatro y cuarto. Se fijó en el segundero, constató que se movía y que el reloj no estaba parado. Se preguntó dónde habían ido a parar todas las horas transcurridas desde que comenzó su fiestecilla particular, de buena mañana. De repente, todo se apagó: el televisor, el microondas donde había metido kilo y medio de chistorra para calentarla. Enseguida dio con el problema: se trataba de esa maldita regleta de cinco fases que había comprado en el chino; y que como estaba hasta arriba de enchufes a veces le daba por empezar a chisporrotear por la parte del interruptor. Se acercó a ella y trató de desenchufar alguna cosa para evitar el colapso, pero del interruptor salió una especie de explosión que lo echó para atrás, lo que provocó que el frigorífico dejase de hacer su ruido característico y que la luz del techo de la cocina, que había permanecido encendida todo el tiempo, se apagase también. Una vez recuperado del susto se levantó y desenchufó la regleta de la pared; luego se desplazó hasta la puerta de entrada, abrió la caja del diferencial que había junto a ella y levantó el interruptor general. La luz se hizo otra vez en la cocina y el refrigerador volvió a hacer aquel sonido estúpido. Como la chistorra ya debía estar caliente, podía prescindir de lo demás, excepto del televisor, así que se las arregló para moverlo de sitio y conectarlo en otro enchufe.

Eran alrededor de las nueve cuando se despertó, tumbado en el sofá. Le dolía la cabeza. En el televisor salía ese tipo extravagante, Tino Casal, cantando "Eloise". Era una de sus canciones favoritas de todos los tiempos, pero cuando era cantada por el verdadero, por Barry Ryan. Miró por unos segundos la mesita de centro y vio que a la botella de Jameson solo le quedaba un cuarto de su contenido, y que el segundo paquete de cigarrillos andaba por la mitad y que las migas del bocadillo estaban por todas partes y también los restos y los churretes de la chistorra, que hasta embadurnaban los pocos snacks que todavía quedaban por ahí, en los cuencos y sobre la mesa. Al moverse notó un agudo pinchazo en la barriga y se hizo consciente de que también le dolía, y bastante, aunque no hubiera sabido definir si la cosa venía del estómago o de las tripas, o de ambos a la vez. Como además se ve que debía estar borracho cuando se durmió, al levantarse entre resoplidos notó que todo le daba vueltas. Corrió al baño y vomitó parte de lo que llevaba engullido durante todo el día. Luego se echó agua fresca sobre el cogote y pareció sentirse mejor, pero solo le duró un momento. Enseguida tuvo que volver al baño para explotar en una suerte de diarrea casi limpia, donde algunos trozos de chistorra parecían salir casi tal como habían entrado. Como la molestia ventral no desaparecía del todo, buscó Aero-Red en el cajón donde guardaba los medicamentos. En realidad, aquellos medicamentos -a excepción de, quizá, alguna caja de ibuprofeno que había comprado él- eran casi todos del antiguo inquilino, que había olvidado llevárselos cuando se largó. Pero recordaba haber visto un blíster de Aero-Red, y, ciertamente, lo encontró.

Se recostó sobre el sofá y se volvió a quedar traspuesto. Cuando volvió en sí lo hizo sumido en un nerviosismo extraño que se mezclaba de mala manera dentro de su cuerpo con cierta sensación febril y de decaimiento. Pero ni la cabeza ni las tripas le habían dejado de doler, así que regresó al cajón de los medicamentos para tomarse un ibuprofeno y, tal vez, otro Aero-Red. Miró el reloj y ya eran las once menos veinte de la noche, hora de irse a acostar; además, el viernes trece tocaba a su fin. Miró luego el televisor donde ahora salía aquel tipo gordo y desaseado que vestía con una sábana y cantaba eso del "triki-triki", pero en su estado no era capaz de recordar el nombre. Se encontraba realmente mal y algo parecido a sucio, a sudado, como si hubiera salido de una de esas fuentes hondas de escabeche que preparaba su abuela cuando era niño. Mientras buscaba en el cajón el ibuprofeno se dio cuenta de que el blíster de donde creyó coger el Aero-Red era, en realidad, de algo llamado prednisona. «¿Para qué coño será esto de la prednisona?», se preguntó.

Se tomó dos ibuprofenos porque pensó que con uno no tendría suficiente para aplacar aquel dolor de cabeza que empezaba a ser monstruoso. Como estaba en la cocina para tomar el agua del grifo necesaria para la ingesta, pensó que le sentaría bien un poco de leche caliente para irse a dormir, de modo que, como el microondas estaba desenchufado, decidió encender el hornillo y poner un cazo del blanco elemento sobre el fuego. Mientras la leche se calentaba creyó oportuno ir al dormitorio y ponerse el pijama para ir ganando tiempo.

Solo que al sentarse en la cama para quitarse las zapatillas una especie de sopor lo invadió de golpe, presa del agotamiento. Un sopor que lo obligó a dejarse caer, a recostarse lo que pretendía ser solo un instante. Y se quedó profundamente dormido.

 

 

DIGNIDAD

Juan Manuel Caballero Parejo ©

 

Esa mañana le había vuelto a pasar: cuando despertó, estaba ahí, a su lado, en la parte izquierda de la cama. Luego abrió los ojos y se giró, y como todas las mañanas hacía ya más de mes y medio, allí no había nadie; nadie tangible, al menos. Como no era proclive al pensamiento mágico no tenía ni idea de si era posible la existencia del fantasma de alguien vivo, pero a fe que todo indicaba que él venía siendo testigo de semejante fenómeno.

Había recordado esto de una manera peculiar, y extremadamente fugaz: como cuando alguien estornuda tres mesas más allá en la terraza de un bar y notas que una levísima partícula de su saliva se instala en tu ojo de repente, diluyéndose en una microscópica sensación de frescura. O más bien, dada la condición deletérea que llegó a tener la fantasmagoría, como la mordedura subitánea, mientras caminas por el campo, de algún pequeño animal rastrero y ponzoñoso al que no llegas a ver después. Le resultó curioso, en todo caso, como aun en aquellas condiciones en las que se encontraba, se podía pensar de manera tan cristalina, mejor incluso que en cualquier otro momento. Al menos en principio, porque la cosa no había hecho más que comenzar; aunque una creciente presión en la cabeza no hacía presagiar nada bueno. Esto último lo llevó entonces a acordarse, como si a la evocación la hubiese parido en el nido de su entendedera el vientre de una centella, de sus ocasionales ataques de migraña; por más que esto fuese distinto, y aún peor; así como si toda su cabeza precisase de una urgente operación de descompresión.

Al menos, el último de sus pensamientos, de sus recuerdos, fue, de algún modo, más indulgente. le fue proyectado, sobre la pantalla que parecía habérsele desplegado en el interior de su cráneo (¿vendría de ahí la ya casi insoportable presión en su cabeza?, je), algo parecido al momento en que todo sucedió. Pudo así revisar, a pesar de la evidencia de que el aliento le faltaba mientras lo hacía, cómo ella, la mujer con la que había compartido una buena porción de su vida, le abandonaba sin previo aviso, sin nada aparentemente sustancial que reprocharle (algo dijo de unas alas en los pies), sin haber mostrado el menor indicio de ello durante los días precedentes, con frialdad criogénica. Como si fuera otra persona, ajena, remota, extranjera del todo del lecho de su alma y de la casa que compartían. Como si la convivencia de 17 años se hubiera reducido, por mor de una sofisticada fórmula solo existente en la mente femenina, a 17 segundos. Al menos, él actuó con tal y tan magnánima dignidad que llegó a pensar que no era suya: encendió un cigarrillo y se lo fumó con el pulso firme y drástico mutismo mientras la miraba a los ojos, mientras la veía girarse y agarrar la maleta que había tenido escondida; mientras la observaba cerrar la puerta sin siquiera mirar atrás por un segundo.

Soportando el dolor y la ausencia de hálito, esta vez su consciencia se alió con su organismo para recuperar una pulsión relicta de aquella otra época que había quedado sepultada por los escombros, a decir de ella, producto del impacto de un meteorito de profundo hastío; y así, notó como brotaba en él un impulso sexual inesperado, único, fulgurante, que se manifestó recio, regio, exultante hacia la mitad de su cuerpo. Y que permaneció allí mientras, enseguida, todo, recuerdos, dolor bifurcado, pensamiento, inopinada lascivia, se fue difuminando ante sus ojos hinchados y de párpados cerúleos que se cerraban.

Después, todo se apagó.

Y, mal anudada como estaba y en respuesta a la agitación postrera, una de sus zapatillas caía desde sus pies levitantes. 

 

 

LA JABA

Juan Manuel Caballero Parejo ©

 

«Seña Juana, la hortelana, espácheme usté bien las jaba, que semos mucha familia y nos quedamo con gana/jaba puse el lune/jaba puse el marte/el miércole, jaba/... y el jueve, tomate» (canción popular lugareña de la época). [Seña: señora; espácheme: despácheme; usté: usted; jaba: habas; semos: somos]

Soplaban aún vientos de posguerra en la muy noble localidad de Avellanoviejo, pero la lluvia fina de la reconstrucción había vuelto a colocar las cosas en su sitio, desde la torre de la iglesia principal (a la que un obús hizo un agujero en medio pero no logró derribar), hasta el orden en las calles. Un orden, al menos, superficial, porque el clamor de venganza aún corría por las venas de muchos en la villa, donde la carga psicópata de ciertos grupos había dejado una impronta indeleble en la retina de gente cuyo mayor delito había sido siempre el deseo de vivir en paz. El tiempo, de todas formas, fue pasando y achatando las cuchillas de venganza que pudiesen revestir algunos espíritus, subsumidos a la postre en un sistema que tenía como prefacio el orden y el apaciguamiento social “a toda costa”.

Don Baltasar Insúa era, hasta cierto punto, un prohombre de la villa. De familia terrateniente venida a menos, había cursado estudios humanistas en su mocedad, y luego los había enganchado, al parecer, con otros de arqueología, llevado por lo que podría decirse un genuino interés por las cosas del hombre. Pero, curiosamente, del hombre como concepto, y en la lejanía de los tiempos, porque lo que era sobre el terreno, sociable no es que lo fuera mucho. Ejerció de docente en el instituto privado de la localidad impartiendo Historia a los jóvenes de familias con ciertos recursos, y resultó un profesor serio a decir de sus antiguos alumnos, si bien jamás acusó esa tendencia al exceso de mano dura que caracterizó a la enseñanza de la época. De su faceta como arqueólogo, estudios que no se supo si llegó a terminar, digamos que nunca se le vio desarrollarla sobre terreno alguno, ni del terrón ni mucho menos lejano, que tampoco fue Don Baltasar hombre de viajes largos. No digamos si, por demás, duraderos. De modo que, si alguna vez dio pábulo a su vertiente en ese campo, lo hizo como mucho como arqueólogo de salón, si es que tal cosa sea posible.

Vivía Don Baltasar con su mujer, con la que se casó por decantación de un noviazgo aburrido. También lo era su matrimonio, desde luego, que careció de fruto porque la Naturaleza, que es sabia, no se prestó a concederles un hijo para que lo mataran de aburrimiento. Se reunía Don Baltasar con sus iguales en el enorme café del Círculo Mercantil, donde charlaba de lo humano y de lo divino con sus iguales, ya fueran pequeños comerciantes, profesionales liberales, profesores u hombres de letras como él; o el mismo boticario. Pero siempre fue parco, Don Baltasar, incluso con los de su clase. Si se le preguntaba sobre cualquier cuestión, no era raro que se tomase su tiempo para responder (eso cuando no lo hacía con una simple mueca, que dibujaba en su rostro impasible y de naturaleza descendente, como con desgana), y por lo general, lo hacía sin mirar a los ojos a su interlocutor. Claro que, lo de los ojos, es un decir: calzaba Don Baltasar unas sempiternas gafas oscuras, que llevaba puestas en todo momento, lugar y circunstancia. Eran unas gafas que no permitían atisbar el menor resquicio de su mirada, pero que, al parecer, a él, desde el otro lado, le permitían ver perfectamente bajo cualquier condición de luz. Era a través de esas gafas oscuras y desde su metro ochenta largo que Don Baltasar miraba a los otros, a los escarabajos, a los que alfombraban con sus esqueletos y su piel curtida el suelo de Avellanoviejo: jornaleros, aparceros, hortelanos. O descendientes de estos que todavía no habían mutado tipológicamente hacia otra cosa. Gente que, en todo caso, componían el sustrato humano que sostenía la villa. O subhumano, tal vez, no se sabe, a ojos de Don Baltasar, que nunca expresó opinión pública conocida sobre el pueblo llano, pero al que siempre pareció mirar con un desdén especial desde detrás de sus gafas marrones como la piel del lugareño desposeído; un desapego añadido desde dentro de su estirada expresión; eso sí: dada la rareza de carácter del interfecto, cosa reconocida por los que le conocían, nunca podía saberse con exactitud.

Tampoco se sabía mucho sobre la decantación ideológica de Don Baltasar. Dentro de lo que cabe, claro. El caso es que pasó bastante desapercibido durante la guerra; quizá por lo aburrido que era no suscitó interés en bando alguno. Hay quien dijo que ni siquiera permaneció allí, en Avellanoviejo, desde que viera cortar las barbas de algún vecino, antes de la contienda propiamente dicha, por algún grupo de milicianos de esos que entraban en el pueblo como cabra en chatarrería.

Se decía que una vez cierto señor de la villa que había estado de visita en su casa para la compra de unas parcelas de las que Don Baltasar era propietario como remanente de la vieja hacienda de su familia lejana, dio fe de que el anfitrión se achispó con él en su saloncito y aquel habló como nunca, y que en esas se definió como un hombre de tendencias reformistas, pero siempre que las implementaciones políticas en este contexto fueran lentas, reposadas y, sobre todo, naturales. Nada de esas ideas extranjeras que él tachaba de abiertamente antihumanistas.

Como quiera que Don Baltasar contaba con amistades ilustradas en la capital provincial y también en Sevilla gracias a los años de juventud que invirtió en su formación, accedió a la petición del concejal de cultura del ayuntamiento para servir de puente entre aquellos y este. El motivo era que el máximo órgano de la villa estaba organizando los festejos locales, y para ese año querían traer un orfeón que interpretase para el pueblo grandes obras de música clásica, de las de siempre. Las motivaciones del concejal, que había convencido al alcalde siempre que la orquesta estuviese dispuesta a no salir más cara que el convencional grupo verbenero, eran buenas: se trataba de acercar la cultura al pueblo, y si las cosas salían bien con los contactos de Don Baltasar en Sevilla, se tenían planeados dos días de concierto, uno para los "entendidos" y otro para el pueblo llano, salvaje, para ver si se refinaba un poco con eso de la música culta, que no se tenía por ideológicamente peligrosa por lo menos en el pueblo. O sí, pero no habría de faltar la Cabalgata de las Valquirias, que seguro que no estaba de más como coadyuvante del impulso nacional; o, incluso, la Oda a la Alegría, que tampoco sobraba para, básicamente, lo mismo; siempre que estas piezas entrasen en la cabeza por el conducto adecuado, claro está. Además, eran temas muy resultones, pegadizos, los menos hostiles para mentes duras y poco afinadas en eso de la música de tradición ilustrada. Ya se encargaría el ayuntamiento, llegado el caso, de tratar con el portavoz de la orquesta la inclusión de esas piezas.

Después de más de un mes de gestiones por parte del impenetrable Don Baltasar, que actuó por delegación en nombre del ayuntamiento y hubo de remover la memoria de sus viejas amistades, por fin se llegó a un trato con una orquesta bastante decente que, además, estuvo de acuerdo en ceñirse a las premisas económicas de la villa. Tuvo para ello que emplear sus aptitudes negociadoras, Don Baltasar, que no obstante se congratulaba al ver la óptima recepción que iba teniendo su razonamiento previo al abordamiento de la cuestión económica: que nunca estaba de más abrirse mercado en nuevos escenarios, que el precio del concierto siempre podía ajustarse un poco por la parte de la duración. No solo tuvieron las impresiones de Don Baltasar buena acogida por parte de los representantes de la agrupación con los que se entrevistó, sino que el prócer se vio acompasado por las propias de estos últimos a medida que avanzaba en su exposición, hasta el punto de que la relativa rigidez inicial que todo contrato conlleva terminó desembocando en una conversación distendida y confluyente. La ocasión, además, estimulaba en el grupo de músicos un factor que no debe ser desechado: el autoreconocimiento de su labor como vector fundamental en la transmisión de cultura; es decir, de conocimiento. Dicho de otra forma: sintiéronse aquellos hombres, en coyunturas como aquella, un eslabón importante en la forja de futura civilización. Futura porque la mayoría de ellos no apostaría nada porque en esos otros hombres de la España profunda pudiese anidar algo parecido al intelecto; cuánto menos algo como esa propiedad emergente del intelecto que es el refinamiento artístico. Pero tal vez, creían algunos de los músicos (hablaban de este tipo de cosas cuando su labor los juntaba), qué sé yo, el choque de aquellos hombrecillos mayormente enjutos y amarronados con una manifestación tan elevada del espíritu humano como la música clásica, pudiera suponerles un choque mental tan brutal que significara el principio de algo. Aunque solo fuera de la predisposición en alguno de ellos a que sus hijos o nietos fuesen educados, además de en “sano y católico patriotismo”, en tan abstruso deleite.

El día de la representación terminó llegando y el ayuntamiento estableció precios muy populares, casi simbólicos, para propiciar la masiva asistencia a evento tan exótico. La cola en la puerta del teatro auguraba un lleno a rebosar. El corral, orgullo de la localidad, contaba con alrededor de cuatrocientas plazas, aunque en aquella ocasión iba a ser a todas luces sobrepasado, habiendo dispuesto el ayuntamiento que una vez lleno -las entradas habían sido vendidas de antemano- el resto del espacio fuera ocupado por espectadores en pie cuyo acceso sería gratuito. Eso sí, siempre que se respetasen ciertos espacios mínimos para permitir el paso.

En la primera fila, una nutrida representación del gobierno local asistía al espectáculo, siendo así que la presencia política —singularmente el alcalde, el concejal de cultura y el propio Don Baltasar, que acudía en calidad de una especie de agregado cultural—, que se sentía incumbida por la buena marcha del evento, se removía un tanto inquieta en sus asientos a la espera de que aquella grey, a la que no dejaban de mirar de reojo, se supiera comportar ante tan sofisticada velada para buen nombre del pueblo.

La cosa empezó bien, con la interpretación, para abrir boca, del tercero de los conciertos de Brandemburgo, el más escueto de los cuatro que conforman la obra completa, y el más alegrote de todos. Apretaban los dientes los dignatarios ante un público que comenzó atento y respetuoso, pues nunca sabía uno por donde podía salir aquella gente curtida, que aunque buena, sabíase de cierto estancamiento de su llana sencillez en la charca de un acusado gracejo que la hacía sobradamente reconocible allende sus confines municipales.

En menos de un cuarto de hora fue despachado el tercer concierto de Brandemburgo, que se ejecutó sin mayores problemas, solo que la sala, a excepción de los aplausos de la primera fila, quedó muda. Algún golpe de tos, algún carraspeo furtivo; apenas algún susurro. El director de la orquesta miró al gentío y, aunque la calma chicha no le resultara halago después de una ejecución sin mácula, tal vez pensó que, una vez superado el choque de aquellas bestias en su contacto con la cultura elevada, ya rompiesen en aplauso, siquiera fuese tímido, tras la siguiente ejecución. De modo que, después de dar la marca de comienzo, volvió a mirar a su instrumento para abordar el k.581 de Mozart, que es quinteto para clarinete y cuerda.

La belleza del clarinete invadió el teatro durante más de media hora, siendo respetuosa la acogida durante la primera mitad de la interpretación, más o menos. Pero a partir de su ecuador un ligero murmullo empezó a notarse ya por debajo de la música, durante sus silencios... El rumor iba in crescendo a medida que la ejecución avanzaba hacia su final («demasiado larga para estos mastuerzos», pensó el director, que durante unos minutos más todavía pensó en terminar la pieza), al punto en que no tardó en superponerse sobre el minueto que se interpretaba en ese momento.

Antes de explotar en ofuscada renuncia de brazos caídos, el director de la pequeña orquesta miró hasta en dos ocasiones al adusto prócer del pueblo, Don Baltasar, que no obstante permaneció impasible en su asiento, sin mirar siquiera atrás, al grueso de la asistencia. Continuó pues la actuación en momento tan delicado como el elegante minueto, que habría de dar paso al allegretto final.

Fue la constatación de que el murmullo de la plebe ya pasaba de castaño oscuro, el hecho de que se solapase, incluso, sobre el allegretto final. Además, el runrún se había convertido en un canturreo con cierta estructura repetitiva, y con mensaje, según le estaba pareciendo escuchar; una especie de mantra. Un mensaje que no llegó claro hasta el oído del director hasta el momento en que, indignado, detuvo bruscamente la actuación. Escuchó entonces sin interferencias aquella letanía proveniente del patio de butacas, de los pasillos... «¡que toquen La jaba!, ¡que toquen La jaba!...».

Pocas cosas hay que molesten más a un director de orquesta que una interrupción, pero podría conjeturarse que aún más al de una pequeña orquesta de cámara, que además de dirigir a base de gesticulaciones sutiles ejerce propiamente de músico. Cuando este se incorporó visiblemente enfadado, miró al público en primer lugar. Entre la penumbra de la platea, a duras penas veía a aquellos hombres enjutos y denegridos, algunos pocos acompañados por sus mujeres, que desde su posición se le antojaron por un momento como muertos desesperados saliendo de entre la tierra. Empero, pronto pudo divisar con mayor claridad cómo, casi al unísono, aquella gente se levantaba de sus asientos al tiempo que elevaban el tono de voz para imprimir más autoridad a su demanda: «¡¡que toquen La jaba!!, ¡¡que toquen La jaba!!, ¡¡que toquen La jaba!!». Y con los situados en los pasillos, tres cuartos de lo mismo. No le hizo falta conocer el referente concreto para ser consciente sobre la marcha de lo que aquellos paisanos reclamaban.

Si bien en un principio se posó sobre el rostro del primer músico un atisbo de temor confuso ante la visión de aquella especie de rebelión cerril, enseguida se transmutó en un enfado sordo, sin fisuras, que las venas de las sienes y el enrojar de su cabeza evidenciaron. Tan pronto  logró embridar la situación límite de sus nervios, volvió a mirar a Don Baltasar, desplazándose sobre la tarima del escenario para quedar frente a él y poder decirle algo.

— Pero... ¿Se da cuenta, Don Baltasar? ¡¡Que aberración!!; por el amor de Dios, ¡¡haga algo!!

— ¡Toca La Jaba, piazo cabrón! —Esto fue lo que Don Baltasar, desde detrás de sus perpetuas gafas oscuras, sin alterar lo más mínimo el rictus circunspecto, le respondió.

 

 

MARCO ORTEGA COLLAS

Nació en Lima, Perú, en julio de 1971. Pasó su infancia en un pueblo azucarero que se llama Paramonga, Perú, regresó a vivir a la capital peruana terminado el colegio, estudió en varios talleres culturales. Así, su interés por la cinematografía lo llevó a estudiar en el Taller de Cine Armando Robles Godoy, y luego hacer estudios en el Museo de Arte de Lima (MALI) de dibujos animados y pintura. También estudió pintura en el Centro Cultural Peruano Japonés, así como actuación y clown en el Centro Cultural PUCP. Formó parte de un grupo de teatro en 1993 y 1994, actuó en videos de estudiantes de comunicaciones, publicó un par de libros de poesía en edición de autor, y sigue pintando con acrílico.

Más sobre su trayectoria y obras en los siguientes números del Suplemento de Realidades y Ficciones

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2016/09/suplementode-realidades-y-ficciones-n.html [Nº 70]

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2025/09/blog-post.html

marc_orte71@hotmail.com

 

 

Poemas

Marco Ortega Collas ©

 

1.

Rocío de la mañana

en los pétalos

si pudiera ver tu figura

en este frío amanecer

contaría la alegría de vivir

contigo

a tu lado

con tu aire

final de la noche

con Rocío amaneciendo

sueño despierto

como esas gotas en los pétalos

amanece en mi vida

en tu sonrisa

y en tus ojos

cada vez que alumbras

este mundo con tu presencia

vuelve siempre.

 

 

2.

La cultivó

alguien

que no conozco

alguien

que no sabe

mi existencia

rojas

en mi retina

recuerdo

fugaz

de la sangre

en pétalos

rosas

en el tiempo

juventud

y vejez

avergonzadas

de tu canción

de la sombra

cambiante

con el sol

y la mañana

de esperanza.

 

 

3.

La luna

sin cielo

cerca a tu mirada

la luna

escondida

recóndito secreto

jamás añorado

como en todo

lo que pudo haber sido

entonces dices

de su influencia en la marea

tan tarde

como si ya amaneciera

te das cuenta

no llega

y la luz

junto

como si fuera amanecer

grita !!!

vuelve a gritar

alguien escuchará

quizás la luna

que no se va

a pesar del tiempo

y de las mañanas.

 

 

4.

Tarde de carnaval

el viento susurra

digo una palabra

un poema en el agua

y empieza a lloviznar

las nubes en el cielo

sin prometer nada

ni verbos ni adjetivos

festejamos tu día

mientras caminas

para alejarnos

en sentidos opuestos

has de volver

ha de nacer

volverá a soplar el viento

el día es eterno.

 

 

JORGE ROLANDO ZANZIO

Nació el 29 de octubre de 1966 en La Plata (Provincia de Buenos Aires), Argentina, ciudad donde reside. Desde finales de los ochenta se desempeña en poesía y en audiovisuales. A principio del 2000 incursionó en teatro llevando a escena su primer texto dramático: “Con tu propio miedo”. En 2015 amplia el campo literario con sus primeros relatos.

Hasta el momento ha estrenado dieciocho obras teatrales. También publicó los libros: “Desde el origen” (2010 / poesía), “Juegos de patria” (2013 / poesía), “Con tu propio miedo” (2016 / teatro), “Breve biografía de un escéptico o de un absurdo optimista” (2019 / relatos), “El artista y su monstruo” (2020 / teatro), “Cuentos de ministerio” (2021 / cuentos), “Un día, los días” (2022 / poesía), “Algo parecido a la libertad” (2022 / poesía), “Un día más sobre la piel de Felisberto Ruíz” (2023 / poesía), “Cuentos para salpicar paredes” (2023 / cuentos) y “La Condición Urbana” (2024 / poesía y fotografías a cargo de Joaquín Zanzio). Algunos de sus textos se incluyeron en revistas y antologías y obtuvo una veintena de premios y menciones nacionales e internacionales.

En 2004, junto a Mercedes Falkenberg, funda el grupo de arte interdisciplinario “Pisando Pliegos”, con el cual han estrenado más de 30 audiovisuales (largometrajes; cortometrajes, videoclips; video-danzas) y 23 obras de arte escénico (teatro; danza; danza-teatro). Este grupo participó en festivales en Argentina y el exterior. Muchas de las obras han recibido subsidios para su producción.

Página personal: https://jorgezanzio.wixsite.com/jorgezanzio

Página del grupo Pisando Pliegos: https://pisandopliegos.wixsite.com/pisandopliegos

zanziojorge@gmail.com

 

 

ESCENIFICACIÓN

Jorge Rolando Zanzio ©

 

Comenzó la mañana de buen humor, cruzando a vecinos y vecinas con saludos amables. Pero en su ámbito laboral, solo, entre cuatro paredes, exhaló suspiros agrios como lamentos de lobos en agonía hasta que cayó la tardecita.

De regreso, al fin en su casa, encontró a su mujer desnuda, yaciente sobre la cama que compartían desde hacía diez años. Él, con los ojos inundados de lágrimas simuló la sorpresa de haberla hallado muerta.

 

 

EL PRÍNCIPE Y EL MARGINAL

Jorge Rolando Zanzio ©

 

Al ir finalizando el día corrió calle abajo dado que el hechizo estaba a punto de extinguirse. Pero aunque el encanto concluyó como estaba sentenciado para esa medianoche de primavera, su alegría no se diluyó porque el príncipe abandonó sus privilegios y continuó queriéndolo.

Lejos de los prejuicios, de la incomprensión, los amantes fueron libres en el exilio.

 

 

LITURGIA AMOROSA

Jorge Rolando Zanzio ©

 

Sus manos eran rudas y a ella le gustaba que él, el hombre de los techos, por las madrugadas bajase hasta su cama para vibrar por su desnudez. Nunca se hablaron; ninguno conocía el idioma del otro. Solo se comían la piel como si se tratase del último bocado. Pero sabían que toda aquella liturgia amorosa no duraría mucho tiempo dado que el invierno estaba cerca y su marido pronto regresaría del mar.

La vigésima noche, luego de que ella bebiera su esperma, lo hirió en el pecho con un cuchillo y de entre las costillas le extrajo el corazón que luego enterró en el patio bajo una baldosa, a la sombra de un parral. Entonces, el espíritu del amante de ojos grises se colgó de una estrella para nunca más dejar de iluminar a la mujer de boca sedienta que, año tras año, sepultaba corazones.

 

 

INMORTAL CONDENA

Jorge Rolando Zanzio ©

 

Caminó sin parar durante cien, mil años, atravesando diluvios, pantanos, guerras. Padeció la metamorfosis del planeta, y en donde sólo existía el silencio, vio construir rutas infinitas y edificios como montañas. Fue testigo de pueblos diezmados, de culturas mutiladas por las armas. Trascendió al tiempo, pero no fue suficiente como para alcanzar los pasos de la mujer que quiso y que aún quiere, y que desde hace siglos solo encuentra en los sueños.

Él es inmortal, y su deseo sufre la misma condena.

 

 

DAVID OTERO ARIAS

Nació en Tetuán (Marruecos) en el año 1951, en tiempos en que Tetuán era la capital del protectorado español en Marruecos. Su padre, militar de carrera, se trasladó a la península cuando él contaba con tres años. Desde entonces ha vivido en muchas ciudades de España. Actualmente, lo hace en Valladolid.

Escribe desde que supo hacerlo, pero no fue hasta 2010 cuando un IAM hizo que se retirase de su vida profesional y pudiese dedicar todo su tiempo a escribir.

Su primera novela, Strakas - historia de una infamia, la publicó Hércules de Ediciones en 2014. Le siguieron las siguientes por e-Book: La pulsera encantada; Casasnuevas; Atilio, un hombre corriente; Benquerencia; Cosas Mías II; El maletín negro; Bruno; Auténticas biografías falsas; La memoria de mi pueblo (antología).

Sigue escribiendo, tiene pendiente de publicar: dos novelas, un libro de cuentos infantiles, otro de poemas y dos obras de teatro.

Más sobre su trayectoria y obras en el Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 106

https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2025/06/suplemento-de-realidades-y-ficciones-n.html

oteroarias@hotmail.com

 

 

A FEDERICO GARCIA LORCA IN MEMORIAM

David Otero Arias ©

 

La luna, luna, lunera.

La luna de luz de plata,

está escondida entre nubes

llorando lágrimas blancas.

 

La luna que se miraba

en las fuentes de la Alhambra

no quiere ver esta noche

y no quiere ser mirada.

 

A la luna no le gusta

lo que ve por donde pasa,

por eso llora la luna

entre las nubes tapada.

 

El sol en el horizonte

tras colinas y quebradas,

no quiere salir tampoco

no quiere alumbrar Granada.

 

Allí, al alba, sin luz,

un poeta que cantaba

a las gentes y a la vida

a los colores del alma

 

va humillado por hombres

de azules camisas pardas.

Entre olivos se detienen,

entre olivos se preparan.

 

Como truenos los disparos

suenan en la madrugada.

Por la espalda le mataron

qué no mirando a la cara.

 

Del pecho de Federico

nacen rosas escarlatas

que van cubriendo la tierra

y con mimo lo amortajan.

 

La poesía yace herida,

La humanidad espantada.

La sinrazón de su muerte

será siempre recordada.

 

Los poemas nunca escritos,

las obras inacabadas,

ya no serán terminadas,

lo asesinaron por nada.

 

La luna sigue llorando

entre unas nubes de nata.

El sol no quiere salir,

no quiere alumbrar Granada.

 

 

AUSENCIAS

David Otero Arias ©

 

La madurez no trae sosiego,

trae dolor y ausencias.

Ausencias que son irrecuperables,

dolor profundo de esas ausencias.

Se te llenan los cajones del alma

de recuerdos que hacen daño

y que te pesan.

De dolores distintos por lo nuevo.

La vida te va arrancando a dentelladas

todo aquello que antes tuvieras.

No hay grandeza ni gloria en las ausencias

Solo el vacío que te dejan

El dolor que te lacera, como a Dante,

sin esperanzas de encontrar el Empíreo

No hay un Virgilio adalid de la razón

No hay Beatriz que te consuele

No hay nada, solo la angustia que te apremia,

solo el terrible dolor de las ausencias.

 

 

EL PAYASO PENSAMIENTOS

David Otero Arias ©

 

Al payaso pin pan pun

le han abierto la cabeza,

con gran asombro de todos

tenía un cerebro dentro.

En la feria se hizo corro

para arreglar el entuerto

porque siempre habían pensado

que era serrín lo de dentro.

Vino el más listo de todos

“Al basurero el cerebro”.

Le llenaron de serrín

y lo cosieron de nuevo.

De los ojos del payaso

cayó una lágrima espesa

que al contacto con el suelo

hizo crecer pensamientos.

Poco a poco los curiosos

se alejaron del evento,

a nadie le hacía ya gracia

pensar en los pensamientos.

En la feria de la vida

hay muchos payasos de estos,

aunque nadie los conoce,

así es como se protegen

para que no les humillen

para no vivir con miedo.

No se lo digan a nadie,

yo tengo un cerebro dentro.

¿Qué quién soy yo lectores?

Otro payaso de cuento

  

 

JUANA ZEBALLOS AMMANN

(Córdoba, Argentina, 20 años). Nació en el seno de una familia atravesada por el arte y la escritura, aun cuando no todos se hayan dedicado a ella de manera profesional. Escribe cuentos desde la infancia, impulsada por su abuela, quien le leyó por primera vez Caperucita Roja y despertó ese primer vínculo con la narración.

Actualmente estudia la Licenciatura en Comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba. Entre los autores que la inspiran se encuentran Jorge Luis Borges y Mariana Enríquez, cuyas obras dialogan con su interés por la ficción, el lenguaje y las formas contemporáneas de narrar.

jzeballosammann@gmail.com

 

 

RITUAL PARA PARECER HUMANA

Juana Zeballos Ammann ©

 

Analí no estaba triste; estaba petrificada. Por dentro, su dolor se había vuelto sólido, una costra de cal que le sellaba los lagrimales. Sentía la presión detrás de los ojos, un peso volcánico que amenazaba con reventarle el cráneo, pero sus ojos permanecían secos, brillantes como canicas devidrio en un desierto.

Cuando se sentaba bajo la ducha, no buscaba consuelo, buscaba disolverse. Quería que el agua caliente le arrancara la piel, que penetrara por sus poros y forzara a su cuerpo a expulsar algo, lo que fuera. Pero el agua resbalaba por su cara como si ella fuera de plástico, un maniquí frío que simulaba una vida que ya no le pertenecía.

El día del diario fue el punto de quiebre. Escribir los desastres de su vida era como leer la autopsia de un extraño. No había alivio, solo una confirmación: estaba muerta por dentro. Miró por la ventana. El cielo estaba cargado, una panza gris y enferma a punto de estallar. Analí sintió envidia. Una envidia violenta y negra por esas nubes que sí podían vaciarse. Abrió la ventana y no solo sacó la taza. Sacó el cuerpo, el alma.

Empezó a recolectar el agua, pero no con delicadeza. Necesitaba esa agua. Cuando entró al baño con la taza llena de lluvia sucia, el ritual se volvió macabro. No se puso las gotas con cuidado; se forzó el párpado hacia atrás y dejó caer el agua fría, estancada, directamente sobre el globo ocular. El frío le caló el cerebro.

Analí se miró al espejo mientras el agua de lluvia chorreaba por sus mejillas, mezclándose con el sudor de su esfuerzo. Por un segundo, la mentira fue perfecta. Se vio rota, se vio humana. Pero el horror estaba en que, para sentir que vivía, Analí ahora dependía de que el cielo sufriera. Se había convertido en un parásito de la tormenta. Sin lluvia, ella era solo una cáscara vacía, una tumba seca esperando que el clima le devolviera el permiso de fingir que todavía podía sentir algo.

 


SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 109 – Marzo de 2026 – Año XVII

ISSN 2250-5385 – Edición trimestral
RL-2026-07594933-APN-DNDA#MJ del 21/1/2026, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.


Propietario y director: Héctor Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
zab_he@hotmail.com
http://hector-zabala.blogspot.com/
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 40:
https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2019/12/realidades-y-ficciones-revista.html
 


Colaboradores

Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
alfana79@hotmail.com
http://noelia-barchuk-literatura.blogspot.com.ar/
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 88:
https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2020/12/suplemento-derealidades-y-ficciones-n.html



Ilustración de emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
monvillarreal@hotmail.com
@mon_villarreal
https://www.facebook.com/monvillarreal22
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:
http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com.ar/2014/06/
 


El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite ÍNDICE DE AUTORES. A la fecha, comprenden 434 colaboradores desde la fundación del suplemento. 


REVISTA: https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/
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SUPLEMENTO: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
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Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.


“Realidades y Ficciones”
Mónica Villarreal (2014)
acrílico y óleo sobre
papel-lienzo, 30 cm x 30 cm