SUPLEMENTO DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 109 – Marzo de 2026 – Año XVII
ISSN
2250-5385 – Edición trimestral
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| Portada de Don Quijote de la Mancha (año 1605) |
Sumario:
• Pedro MARTÍNEZ CORADA (España)
• Alibel LAMBERT (Argentina)
• Enrique JARAMILLO LEVI (Panamá - México)
• Ainhoa ESCARTI (España)
• Niels HAV (Dinamarca)
• Marisa Noemí GONZÁLEZ (Argentina)
• Juan Manuel CABALLERO PAREJO (España)
• Marco ORTEGA COLLAS (Perú)
• Jorge Rolando ZANZIO (Argentina)
• David OTERO ARIAS (España)
• Juana ZEBALLOS AMMANN (Argentina)
NOELIA NATALIA BARCHUK
Escribe poemas y cuentos desde los nueve años.
Abelardo Castillo, Jorge Luis Borges, Manuel Puig, Ángeles Mastretta, Rosa
Montero, Julia Prilutzky Farny, Mario Benedetti, son sus autores preferidos.
Conlleva la vocación literaria junto a otra
paralela: las ciencias económicas: es estudiante de la carrera de Contador Público
de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional del Nordeste
(UNNE).
• Es autora del libro “Chaco: relatos del hoy por hoy” junto a Miguel Vidaurre
(Resistencia, Editorial ConTexto, 2014). En 2019 publicó “Flores de Papel” (Resistencia, Ediciones Kram). Posee una novela
corta y un libro de cuentos infantiles, inéditos.
Es colaboradora permanente y correctora general de
la revista y suplemento literarios de Realidades
y Ficciones (Ciudad de Buenos Aires).
• Participó en los siguientes programas radiales:
coconductora de “Con buena letra” de la SADE - Filial Chaco (2019) en Radio
Municipal; invitada continua en “El mundo de Eva” de radio Amudoch y Sensación
(2006-2007); columnista de literatura en “No tan correctos” de radio Sapucay (2020)
y corresponsal on line del noreste
argentino en “Microscopías de radio” de Hipervínculos Radios (2023).
• Ha coordinado el taller literario “L@piz en
mano”: introducción a la escritura creativa y análisis de textos literarios.
Integrante del Comité de Lectura del Premio Cuento Digital ITAÚ, ediciones 2020
y 2021. Perteneció a la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de
Escritores, Filial Chaco (2018-2024). Ha llevado adelante el proyecto “Noelia
Cuenta”; un programa de fomento literario a través del uso de mensajes de
WhatsApp y de la plataforma de Youtube; una idea de su autoría para propiciar
la lectura de forma colectiva y descontracturada. Tallerista en el Centro para
adultos mayores “El puente”, en lo que respecta a lectura y escritura (2024) y
en “Nuevo brote”, otro taller destinado a la comunidad a partir de 18 años.
Tallerista en el Centro para adultos mayores “Encuentro pleno” (desde 2025
hasta hoy).
• Participó de varias antologías literarias: “Antología
Premio Provincial de Literatura Alfredo Veiravé 2004”; “Confieso que escribo” (Editorial Cospel, del
taller literario Libres bajo Palabra, diciembre 2012); “Homenaje a Malvinas:
mandato y vigilia” (Ediciones Kram, 2014); “El Chaco vive a través de sus
letras” (Editorial Contexto, 2015); “Antologías literarias anuales de SADE -
Filial Chaco”, años 2014, 2015, 2018, 2019, 2022 (Editorial ConTexto); “Güemes
al frente” (Editorial ConTexto, diciembre 2016); “Lecturas colectivas”
(Editorial ConTexto, septiembre 2018); “Palabras que cuelgan del aire”
(Antología digital Centro Cultural Universitario – UNNE, 2021); “Nanorrelatos,
Juguetes y Cuarentena” (Antología digital Literatura Tropical, 2022).
• Algunas de sus
obras han sido distinguidas en concursos literarios, como ser el poema “Descorazonado” (mención de honor,
Concurso Provincial Literario Alfredo Veiravé”, 2004); “Artesanía en letras” (segundo premio, concurso 50 años de Ferias
de artesanías aborígenes, Quitilipi, 2018). Sus cuentos “Cara Cortada y Cía.” y “Primer
tango en China” obtuvieron el primer lugar en el concurso literario
organizado por el Círculo de Amigos del Tango de Villa Ángela (2012 y 2015,
respectivamente), en tanto que “Un bacán
en apuros” y “Perdoname si querés”
obtuvieron segundo y tercer lugar en el mencionado concurso de los años 2013 y
2016. Su relato “Muchas, pocas, todas”
obtuvo el segundo premio en el concurso organizado por la Biblioteca Constancio
C. Vigil de Las Breñas (2013) y “El
fantasma de la bicicleta” fue mención especial en 2018. El cuento “Gran Hermano” obtuvo primera mención en
el Primer Concurso de la Legislatura chaqueña en 2016. “Pensamientos de la Loba Romana” fue finalista del concurso por los
140 años de la ciudad de Resistencia (área de Cultura de esa Municipalidad) y “Me puse los zapatos” obtuvo el tercer
premio en el concurso “Chaco te doy mi palabra”, en 2018 para ambas
microficciones. El cuento “Vida nueva”
obtuvo el primer premio en el concurso “Rompiendo muros” sobre salud mental y
resiliencia de la organización “Ánimos” en 2018 y fue finalista del “Concurso
literario Cuento Corto” organizado por la asociación civil y cultural APAIB
(Ciudad de Buenos Aires).
Más sobre sus obras y trayectoria literaria en:
• Realidades y Ficciones – Revista
Literaria, números 13, 30, 31, 32 y 33 (ver ÍNDICE DE REVISTAS en https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/)
• Suplemento de Realidades y Ficciones,
números 55, 65, 72, 78 y 88 (ver ÍNDICE DE AUTORES o DE SUPLEMENTOS en https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/)
https://noelia-barchuk-literatura.blogspot.com.ar/
ALTA
PROTECCION
Noelia Natalia
Barchuk ©
Marisa había conseguido su objetivo, no sin mi colaboración. Ella suponía que era lo que debía hacer, como buena Mata Hari o femme fatale que aspiraba ser. Levantarse al nuevo gerente, era un plan no menor, para ubicarse mejor en la empresa, sacar chapa y beneficios de ser la amante del jefe de sucursal.
Tomo
conciencia que cualquiera que me ve, piensa que soy un zonzo, nabo, mojigato o
cualquier seudónimo que corresponda a la definición de boludo, conforme rango
etario de quien lo piense. No tengo problemas de autoestima, y en muchas
ocasiones ese disfraz me salvó de algunos entuertos.
En fin,
con mi facha de poco avispado, le supuso fácil conquistarme, con esas lolas recién
hechas, su actitud sensual de veinticuatro horas y esa forma de hablar como si
estuviera siempre ronroneando. Por otra parte, a mis cuarenta, pensé, no me
vendría nada mal tirarme la primera cana al aire, como quien dice.
Mis
compinches hacían de ello un verdadero apostolado. Siempre los más winners contaban la cantidad de minas
llevadas a la cama. Las estrategias empleadas para que sus mujeres no los
agarrasen in fraganti, o también los
había del tipo que dejaban adrede todas las pistas sobre la mesa, para hacerse
ver, dejar bien plantado la suficiencia de macho. Un legado cultural, un
mandato social, del que yo hasta entonces nunca había hecho caso.
“Sos muy
flojito” me decía Raúl, que ya iba por su segunda o tercera administración
conyugal. Yo lo miraba de reojo y en cierta forma suspiraba aliviado de que
tuviera razón, porque en realidad lo sentía como un halago viniendo de un
perdedor. Raúl era vendedor de salón de electrodomésticos, pero se las apañaba
para vestir y aparentar ser el CEO de Samsung.
Palabras
más, palabras menos, Marisa era un fuego, y la fantasía de hacerla mía iba
metiéndose por los pantalones, por la dermis, invadiendo toda mi cabeza (las
dos). Era todo lo opuesto de mi mujer, desde el color del pelo, el físico, el
modo de vestir y qué decir de pensar. A todo esto, el cachondeo solapado ya no
daba para más, y supuse que aquel viernes sería el más propicio para cumplir la
fantasía con la morocha, convirtiéndome en verdaderamente un hombre.
Sin
embargo, me turbaba imaginar cómo volvería a casa, a mirar a mi mujer. No
estábamos mal, ella estaba tan buena como siempre, en todos los sentidos, de
nada podía quejarme. Era todo muy confuso, deseaba terminar, concretar con
Marisa, sacarnos las ganas y olvidar la historia. Nos íbamos de viaje al
interior, para inspeccionar los avances de apertura del nuevo local. Era ideal
para hacer ese trámite rápido y disponer del resto del día en el apart hotel, aunque Marisa me confesó
que más le gustaría ir a un telo propiamente dicho.
Así
estaban las cosas, comenzamos temprano la marcha. Mi coequiper de aventura estaba impecable y canchera a la vez. Esos
escotes que usaba evidenciaban curvas peligrosas. Cuando me saludó, ya marcó
terreno besándome más cerca de la oreja. En eso suena mi celular, puse los ojos
en blanco como todo cola de paja, era mi mujer. ¿Y qué con eso? Si todas las
mañanas nos enviábamos mensajes para desearnos una buena jornada, y me
recordaba que usara el cinturón de seguridad y que tomara mucha agua. “¿Es tu
mujer o tu vieja?”, me había escupido alguna vez Raúl. “Es mi amor, es mi
todo”, le respondí y gané el cartel de pollerudo del año.
Marisa,
con esa intuición especial de cazadora, clavó su mano izquierda a mi pierna
derecha, a la altura de la rodilla. La miré de costado y le dediqué una débil
sonrisa, dejándola avanzar un poco más… Seguimos viaje, pusimos música, eligió
algo de un reguetonero de moda. No
podía entender lo que cantaba, si era en chino españolado o jeringonza, solo
que era un meta y ponga alevoso, obsceno, como lo que quería hacer con Marisa.
Cuando llegamos al peaje aprovechó para bajar al baño y yo también. Al verla
irse, contorneándose me intrigó pensar cuantos años tendría. Era más joven que
yo seguro.
Bajé la
guantera y se cayó la botella del protector solar. Me reí, porque eso solo
podría haberlo guardado mi mujer; “está en todas”, pensé. Regresé el Stop Sol
factor 50 a su sitio, como apurándome a que Marisa no lo viera. Pero lo vio. No
dudó en manoteármelo y decirme que justo necesitaba algo así. Me disgustó. No
quería compartirlo con ella. Así entre el ruido llamado música y mucha charla
sobre sí misma, llegamos a destino.
Resolvimos
como lo planeado el tema comercial y nos fuimos al hotel. Nos registramos en
habitaciones separadas. Al cabo de diez minutos ella estaba en la mía con una
botella de champaña. Yo en cambio tenía en la mano la del Stop Sol. Le pasé la
mano al mejor estilo compañero, le dije que me volvía, que se quedase y
regresara en Uber, que yo se lo pagaba después lo gastado.
Cuando
subí al auto, le di un beso a la botella de plástico turquesa del protector
solar: había cumplido su promesa, no me quemé, habiéndome expuesto a casi un
seguro incendio.
PEDRO M. MARTÍNEZ CORADA
Biografía y obra en
Internet: https://linktr.ee/martinezcorada
Fotografía del autor Diego Martínez © (https://www.instagram.com/diegomartinezph/)
SESENTA Y CUATRO
RECUERDOS (Y UN ASCENSOR)
Pedro Martínez Colada ©
Mi viejo
amigo Navarrete y yo jugamos al ajedrez una vez al mes. Echamos ese día tres
partidas, ni una más ni una menos, el tiempo justo para tomar, también, tres
güisquis con hielo. Opinamos que no se puede jugar sobrio al ajedrez. Admiramos
a José Raúl Capablanca, aquel jugador cubano que bebía con avidez, dicen, antes
de mover pieza, y cuya imagen preside nuestras partidas. En el retrato, en
blanco y negro, un Capablanca joven y pensativo apoya en la mano derecha la
barbilla, mientras mira unas staunton que están en primer plano. En la
esquina superior izquierda de la antigua foto, el padre de Navarrete escribió
hace muchos años: ... en un caballo
blanco, / caracoleando / sobre puentes y ríos / junto a torres y alfiles, / el
sombrero en la mano / (para las damas)...[1], con letras casi góticas y tinta de color rojo. El marco
de plata del retrato brilla en la mesa del despacho de su piso de Carabanchel,
recibido en herencia. Él se habría conformado tan sólo con la fotografía.
Le miro,
mientras coloca en el tablero las negras que le han tocado en suerte. Algo
barrigón y calvo, la barba entrecana le presta un aire doctoral. Casi siempre
gana, pero me gusta jugar con él. Los dos sentimos que entre los escaques hay
algo más que un juego, aunque si alguien me lo preguntara no sabría decir qué.
Coloca minuciosamente las piezas, las centra y enfila a la perfección. Forman
un formidable ejército, que me acompleja antes de empezar la primera partida.
El viejo
y querido Navarrete... Termina de formar a sus efectivos justo cuando entra
Carmela, su mujer, para despedirse. Hoy está maravillosa: el pelo negro
recogido con sencillez, por detrás de la cabeza; los labios, pintados de rosa,
chispean cuando los acerca a la boca de él y le da un beso subrepticio, de
colegiala. Luego me da dos a mí, en las mejillas, y puedo oler la colonia que
lleva y el carmín de sus labios. También con ella me ganó Navarrete, hace ya
mucho tiempo, una noche que la luna volaba sin esfuerzo, sobre la Alhambra.
—No
bebáis demasiado, ¿eh? —dice ella con una sonrisa congelada.
—¿Volverás
tarde...? —replica él.
—No sé,
quizá vayamos a tomar algo después del cine...
Carmela
se marcha y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no volver la cabeza,
mirarle la figura, olfatear el aire que se mueve como una ola tras de ella.
Coloco a mi rey y cruzo los brazos sobre la mesa.
—Si
quieres, lo dejamos... —le digo, mirándole a los huidizos ojos. Me contesta que
no, con la cabeza, y salgo con peón cuatro de rey, una apertura de lo más
conocida, a ver qué hace.
«La vida
es como una partida de ajedrez», me dijo él una noche, «si empiezas con mal pie
es muy difícil enderezarse». Estábamos apoyados en la barandilla de la cubierta
del ferry que nos llevaba a Tánger. Entonces no había pateras y el Sáhara,
nuestro destino, me parecía une vallée
perdue. Las luces de la costa africana eran como fanales de barcos moriscos
que se acercaran amenazantes. Tras un instante de silencio, con la vista fija
en la estela blanquecina del barco, murmuró: «Seremos siempre amigos». No sé si
él sabe que escuché lo que decía, pero él sí sabe que no le contesté. Unos días
después le pedí que me enseñara a jugar al ajedrez.
Se ha
confundido. Después de mi enroque, ha sacado el alfil blanco para proteger a su
rey, cuando debería haber apurado el enroque suyo moviendo el alfil negro. No
es su noche. Como aquella tarde en que discutimos por Carmela, en Stonehenge.
Recogió los bártulos y se fue a Salisbury, en el coche de unas italianas que se
marchaban después de ver, como nosotros, el amanecer del solsticio de verano
sobre el crómlech. No me importó quedarme solo, me dolió más lo que me dijo. El
ajedrez —me lo repite muchas veces— no es un juego violento, pero hay que tener
la determinación de acabar con el contrario. Destruirlo completamente, pero sin
odio pues el odio nubla el raciocinio. Así es él, adopta una decisión y la
cumple a rajatabla, fríamente. Como lo hizo en Stonehenge, en donde dormí solo
aquella noche, que también tengo arrestos para defender lo mío.
El día
que se casaron Carmela y Navarrete, no fui a la boda. Nunca me lo han
reprochado y supongo que ambos sintieron conmiseración por mí. Compunción que
yo no siento ahora, cuando veo cómo, por fin, se enroca. La piedad también
confunde las ideas y el tablero se despliega con claridad ante mi vista. Está
confuso en el juego, perdido como un payaso en una tragedia de Shakespeare.
Tampoco supo cómo decirme que se iba a casar con ella, aunque Carmela ya me lo
había dicho antes. Fue el único jaque mate que me ha dolido en la vida.
—¿Quieres
tablas...? —me ofrece con voz queda, como el que no quiere la cosa. Pero ya es
tarde, y él lo sabe. Me río y le digo que no.
El
desastre se le acerca cuando, después del enroque, pierde un alfil y saca la
dama para darme jaque. Enfilando a su rey tengo la mía y una torre envenenada
que acabará con la reina negra, sin remisión, después de mi próximo jaque a la
descubierta. Va a abandonar en breve. Es inevitable. Con dolorosa resignación,
tras haber pensado que ganaría. Así son las cosas, amigo. Mientras cavila,
pienso en las bondades del gambito; Navarrete tira el rey, suavemente, me da la
mano, y pierde a continuación las dos partidas restantes.
La noche
se ofrece tibia, tras los cristales del salón de la casa de Carabanchel. Nos
despedimos con un abrazo; él quiere sonreír, yo estoy exaltado por la rotunda
victoria. Salgo y llamo al ascensor. Entro en la cabina y me rodea un delicioso
perfume de mujer. Lo paro entre dos plantas e inhalo profundamente. Todo es
Carmela en el elevador. Huele a noche de estrellas cerca del río Darro, a agua
fresca despeñada desde las cumbres y a murallas nazaríes cubiertas de flores.
Un poco más, me digo, un poco más..., hasta que, al fin, pulso el botón de la
planta baja.
Me he
resignado a tener que tirar el rey de mis deseos, una vez al mes. No hay
apertura que valga ni gambito que ya pueda hacer, pienso mientras cierro la
puerta del ascensor y el olor de colonia se pierde tras de mí.
[1] Poema de Nicolás Guillén, dedicado a José Raúl Capablanca.
Taller de El Comercial
(05.05.2004)
ALIBEL LAMBERT
En 1999 ganó un curso en la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de
la Ciudad de Buenos Aires, el cual le permitió editar su primera obra Terror en cuentos breves. En 2012
presentó nuevas ediciones en la Feria Internacional del Libro y en julio en la
Feria Infantil y juvenil Otras 10
leyendas para no volver a dormir, también editado por Serendipidad.
https://www.facebook.com/p/Alibel-Lambert-100062981601340/?locale=es_LA
CUANDO LA MUERTE SE ENAMORA
Alibel Lambert ©
De espaldas a la puerta, esperé su regreso. Impávido mi rostro, ni un
solo músculo de mi cuerpo demostraba inquietud. Con la mirada perdida en la
lejanía a través del cristal del living, que como un inmenso cuadro me dejaba
ver la quietud del campo en el ocaso. Bebí la copa de Ron, sorbo a sorbo, el
tiempo hace mucho que ha dejado de preocuparme. El paso de los años me ha
enseñado a no temerle. La paciencia y la calma son ahora mi mayor virtud. Bebo
otro sorbo de Ron, y comencé a recordar…
“La había conocido veinte años atrás, una noche me crucé en su camino,
desde aquel día, me sentí dispuesto a entregarme a sus brazos. Resuelto estaba
a rendirme sin ninguna resistencia, totalmente convencido de que era lo mejor
que podía pasarme. Pero entonces, ella decidió dejarme. Sin importarle cuál era
mi deseo, sin tener en cuenta mi desesperante necesidad de aferrarme a ella.
Sólo contaban su egoísmo y sus caprichos, sus necesidades. Y se fue, dejándome
allí parado; destrozando mi espíritu y mi corazón, inmerso en la más profunda
de las desesperaciones.
Han pasado muchas cosas desde entonces. Ahora, luego de tanto tiempo
volveremos a encontrarnos.
De pronto, atravesó el umbral…
Hermosa como entonces, se aproximó a mí. Bajo la cálida luz del cuarto
sus felinos ojos se fijaron en los míos y una delicada sonrisa se dibujó en sus
labios, aún la recordaba así. Cínica y un tanto frívola la expresión de su
rostro, pero tan bella, que otra vez comencé a sentir el influjo de sus
encantos…
Al son de uno de sus temas preferidos, comenzó a arrimar su cuerpo
perfecto y delicado junto al mío. Flotaba su perfume en la atmósfera del
cuarto. Ella, danzaba en derredor mío suavemente, subiendo y bajando, rozando
mi cuerpo. El tema musical se estaba reflejando en mi sentir. Su cuerpo giraba
lentamente, se arqueaba y me envolvía, sensual y atrevido se traslucía bajo la
sutil gasa negra del vestido. Sentí, en ciertos momentos de esos giros, sus
senos tibios pasando por mi pecho y mi espalda. Sus manos ávidas, me
acariciaban deslizándose desde mi nuca, hombros y pecho, hasta aferrarse eróticamente
a mis muslos. Estaba cayendo lentamente bajo su influjo. Su mirada colmada de
deseo me embriagaba. Pero, esta vez, era yo quien esperaba terminar con nuestro
encuentro. La noche recién comenzaba y el alba, el alba se hallaba muy lejana
todavía. Sus labios anhelantes, se posaron en mi boca. Sonreí casi
maliciosamente. Seguía siendo tan mía; que, aún sin proponérmelo, un deseo muy
fuerte de vengarme se apoderó de mí. Pero dominé ese impulso, la aparté de mi
cuerpo y dejándola extrañada ante mi reacción, levanté la copa y brindé por
ella. Al hacerlo, sus ojos tomaron nuevo brillo. Me arrebató la copa y brindó
por los años pasados y el amor. Me senté en el sofá para contemplarla. Con la
copa en la mano, se tendió a mi lado cuán larga era, apoyó su cabeza sobre mis
piernas y fijó sus ojos de gata enamorada en los míos. Le quité la copa y besé
sus labios con toda la pasión que había albergado en mis adentros desde su
partida; desde antes de haberme dado cuenta que ya no la deseaba. La besé
largamente, hasta sentir que su postura de triunfo se desvanecía, temblaba de
amor entre mis brazos. Entonces, al sentir su cuerpo estremecerse, me levanté
alejándome lo suficiente para observarla, para gozar del placer que me causaba
verla así, rendida ante mí. Pudo adivinar mis sentimientos y se irguió de un
salto. Su mirada gatuna se transformó en fuego. Esperé el zarpazo de su ira,
sin embargo, controló su arrebato y calmadamente dijo…
—Te he amado, más que a todo, te he amado. Aquella noche, cuando te vi
por primera vez, experimenté como jamás lo había hecho, la necesidad de
sentirme mujer, y cambié por ti. Te cruzaste en mi camino suplicando que te
ayude. No pude hacerlo. Al verte, algo extraño me ocurrió por primera vez. Y no
pude responder a tu súplica, aún, cuando era el momento que siempre aguardo
para lograr mi victoria. Contigo, había descubierto al amor. ¿Cómo podría
hundirte en las profundas noches en las que vivo, si te ví sol, si te imaginé
mil mañanas amándome en la frescura de tu lecho? ¿Dime, cómo podría, amándote
como te amo?
Sus ojos cargados de llanto hasta las lágrimas, me contemplaban,
mientras su voz sonaba con un tono de tristeza tal, que me hizo sentir un
miserable y me arrodillé ante ella. Todo el resentimiento que se había
acumulado por más de veinte años se esfumó en ese segundo…
De súbito, cuando me hallaba en acongojado abrazo aferrado a su cuerpo,
profundamente apesadumbrado y rendido ante su angustia. Una horrorosa carcajada
de ultratumba heló mi sangre. Sus manos, que tan cálidamente sentí entre las
mías, se habían transformado. Entonces miré su rostro. La larga cabellera no
existía, un frío manto la cubría igual que a su cuerpo. Su perfecto cuerpo era
sólo un esqueleto bajo la mórbida mortaja, cuyos huesos podía sentir contra mi
pecho. Me aparté de un salto. Su risa retumbaba por doquier. Quise correr. Creí
volverme loco…
Pero entonces, pude ver en el fondo de la cuenca vacía de sus ojos, una
luz de tristeza que dolía.
Y comprendí…el final de la noche había llegado y con él, también el de
mi vida.
ENRIQUE
JARAMILLO LEVI
El
Suplemento de Realidades y Ficciones
ha publicado obras de este escritor en los siguientes números:
•
https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2018/06/blog-post.html
[N° 77]
Asimismo,
Realidades y Ficciones – Revista
Literaria, lo ha editado en los siguientes:
•
https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2025/12/realidades-y-ficciones-revista.html
[N° 64]
LA SOLUCIÓN
Enrique Jaramillo Levi ©
Para Dayra Hidalgo, talentosa escritora panameña en ciernes,
esta otra forma de crear un cuento, con mi afecto.
I
Cuando Ernesto Lozano Ferrán cayó finalmente en la cuenta de que por más
intolerante y represivo en que se hubiera convertido el régimen, no iba ser
nada fácil derrocarlo por los medios tradicionales de la protesta pacífica
aunque cada vez más vociferante, escenificada una y otra vez en las calles por
un creciente auge de ciudadanos hartos de la falta de las más elementales
libertades ciudadanas y la rapiña cotidiana más descarada, los demás líderes de
la revuelta ya habían previsto privadamente un actividad alternativa mucho más
radical. Y cada tanto tiempo se reunían a discutirlo.
Si Lozano Ferrán no
estaba enterado, era porque su avanzada edad no le permitía acudir a ciertas
reuniones súbitas en altas horas de la madrugada. Y cuando finalmente lo supo,
no estuvo de acuerdo. Era una persona de ideas mucho más conservadoras, y no le
hacía la menor gracia tener que acudir a alternativas violentas. Y así se lo
hizo saber, sin pelos en la lengua, a sus colegas sediciosos, lo cual a su vez
causó que se le fuera aislando por completo de los nuevos planes.
De algún modo, el
gobierno se enteró prontamente del cisma en la dirección de los grupos
opositores y tomó drásticas medidas. Para ello, habría de tratar de
aprovecharse de la avanzada edad de Lozano Ferrán para, según ellos, obligarlo
a confesar lo que sabía de los más recientes planes subversivos y, así, tratar
de frustrarlos. Pero la experiencia adquirida en tantos años de militancia opositora,
además de su aguda inteligencia, dio sus frutos, y el aparato represivo del
gobierno equivocó el camino y recibió información falseada de su parte.
En la práctica, el
gobierno cayó en una ingeniosa trampa, de la cual el verdadero cerebro fue
Lozano Ferrán, quien con su singular ingenio supo armar una pujante alternativa
con el visto bueno de sus colegas, a quienes a última hora había tenido la
deferencia de consultarles lo que pensaba hacer...
II
La cuentista ya no supo cómo continuar su historia, que había ido
tramando a partir de una idea inicial sugerida por la primera frase que se lo
ocurrió redactar. Una vez más había echado mano de la llamada “escritura
automática”, que en sus talleres de escritura sugería el profesor como una
forma de romper la usual inercia creativa inicial.
Y es que a veces
ocurre que la trama, ya en pleno desarrollo, se ve interrumpida de pronto por
la incapacidad del autor para continuar fabricando sucesos que no estaban en
plan original alguno. Obligándole entonces a inventar, a veces de modo
artificioso, un desarrollo cuya fragilidad se pone de manifiesto ante la
arbitrariedad de los hechos que, precariamente concebidos, se van agregando. Es
cuando de pronto todo lo posible —así como también a veces lo imposible— se
estanca. Y entonces resulta casi imposible continuar desarrollando la trama de
manera creíble...
¿Qué hacer entonces?
¿Cómo diablos salir del dilema sin necesidad de desarmar lo que ya se ha hecho
con tanto trabajo...? Acaso una solución sea —aunque no siempre— introducir un
discreto recurso metaficcional como este en la historia en ciernes y luego,
para bien o para mal, atenerse a las consecuencias. Tal como no pocas veces
ocurre también en la vida real, solía decir el profesor.
EL GRAN ARTE
Enrique Jaramillo Levi ©
Para
Manuel Orestes Nieto, poeta panameño
de amplísimo espectro, con mi afecto.
No saber para quién se trabaja puede ser conveniente a veces, pero más a
menudo es el causante de traumas aborrecibles de los cuales es prácticamente
imposible librarse. Si lo sabré yo que por etapas he vivido a fondo ambas
experiencias... No es el momento ni el lugar para entrar en detalles, pero créanme
que en ambos casos las circunstancias son así.
Un escritor como yo es incapaz de tergiversar los azares de la buena
ficción, y mucho menos los de un realismo narrativo a ultranza que pretenda
preservar sin mácula la certeza de lo verdadero. Además, créanme cuando les
aseguro que un modo de concebir lo real es tan auténtico como lo es el otro.
Sólo así —con esa intrínseca dualidad—, es posible que el relato
prístino de una historia del todo verdadera sea tan creíble como el de un
relato creado por el arte de una imaginación desatada con todo el rigor de sus
más íntimas certezas.
Les garantizo por tanto, amigos lectores, que esto que afirmo no se
trata de un galimatías sin pies ni cabeza del que quiera yo forzar su
credibilidad en ambos casos, sino más bien de una íntima certeza amplísima
abierta al escrutinio.
Así, el gran arte habrá de serlo siempre y cuando nos sacuda, nos logre
intimidar, nos obligue a desatar sin temor alguno los rigores del pensamiento
crítico, pero también los amplios márgenes de la reconciliación, la
comprensión, el amor y, a menudo, abrirle incluso cancha al siempre
impredecible azar.
(Los Ángeles,
California; 24 de enero de 2026)
AINHOA ESCARTI
El Suplemento de Realidades y
Ficciones ha publicado obras de esta autora en los siguientes números: 60,
74, 83, 87, 96 y 104, que pueden consultarse recurriendo al ÍNDICE POR AUTOR, a
derecha de la presente página, haciendo clic en ESCARTI Ainhoa (esp) en cada
caso.
https://author.to/Ainhoa_Escarti
https://twitter.com/AinhoaEscarti
https://facebook.com/ainhoa.escarti
https://instagram.com/ainhoa.escarti
https://youtube.com/channel/UC2AiY3bUFeVGOtsVUY14LGw
https://ainhoaescarti.tumblr.com/
https://play.google.com/store/books/author?id=Ainhoa%20Escarti&hl=es
ENTRE LAS NUBES DE SU SUEÑO
Ainhoa Escarti ©
Entre las nubes de su sueño, surgió una idea. Vio las imágenes
deslizarse por lo onírico, creando algo tan fascinante que luchó por poder
despertar y lograr apuntarlo en una nota. Al despertarse, cuando sonó la
alarma, aún estaba embriagada por la historia que tenía en la cabeza y que
tenía la obligación de surgir. Cumplió con sus obligaciones sin prestar mucha
atención a ellas, porque no quería pensar hasta dejarlo todo plasmado por
escrito.
Preparó a sus hijos para el colegio, hizo las mínimas acciones, como si
su idea fuera una rosa en una cúpula de cristal. Deseaba mantenerla con todas
sus fuerzas. Era una autómata que no quería usar su cerebro para que aquella
imagen hecha palabras no acabara siendo arena entre las ideas. Cuando dejó a
los niños a las puertas del colegio, los miraba entrar, pero sin mirar. En su
cabeza, la arquitectura de su sueño iba tomando forma. Fue borde, o incluso
grosera, cuando apenas devolvió el saludo con un gesto de cabeza. Pero sabía
que si interactuaba, su cabeza dimitiría de asir el presente para devenir en
otras cosas menos interesantes. Más que nunca, necesitaba dejarlo todo
registrado. Era indispensable que aquel mundo aún no redactado sobreviviera a
lo cotidiano.
Entonces aquella profesora le habló, justo cuando sus pasos se alejaban
ya del gentío. No terminó de comprenderla ni escucharla. Viendo la
imposibilidad de guardarlo en su memoria, fue a apuntarlo… El teléfono sonó.
Tenía que responder. Desde hacía días aguardaba la llamada de la editorial que
aseguró que la sacaría de ese anonimato que se la comía viva. Esperaba con
desesperación, sin saber que vendían humo, irrealidades que no podían ni iban a
cumplir. Aún no lo sabía y tenía las ilusiones intactas. Se veía otra vez en
firmas, teniendo que ocuparse solamente de escribir. Podría dejar esa revista
online que la obligaba a escribir sobre estupideces que no iban a ninguna
parte.
El teléfono no aguardaba con esa ansiada llamada. Alguien, de quien no
recordaba ni el nombre, la estaba esperando para no sé qué. Llegó rápida y
rauda, se saltaba los pasos de cebra en zancadas grandes. Y allí estaba el
técnico, con su bolsa enorme de herramientas. Logró apuntar esbozos en una nota
del móvil mientras el hombre en cuestión revisaba la caldera, que había
olvidado completamente. Esos minutos de tranquilidad no le dejaron escribir,
pero pudo plasmar lo importante. Le despidió y le acompañó hasta la puerta.
Deseaba ponerse ante su teclado y soltar todo. Sentía que era una presa a punto
de explotar y perder para siempre ese fluir de palabras.
El teléfono sonó varias veces, pero decidió ignorarlo abiertamente. En
su cerebro las ideas comenzaban a condensarse. Varios vecinos la saludaron
cuando, por fin, volvía a meterse en la puerta de su casa. Con los oídos
voluntariamente tapados, asintió de forma ambigua para no meterse en líos.
Abrió la ventana de par en par para que el aire fresco la ayudara en su
ansiado momento. Respiró profundamente cuando una mariposa se posó en su mano.
Lamentó no tener doble memoria para poder guardar todas sus ideas. Soltó los
pensamientos de la mariposa en pos de un dragón que dominaba su cabeza. Al
sentir que podía sentarse en su silla y que el portátil se encendía, empezó a
relajarse un poco más. Por fin sola, mientras el ordenador terminaba de
actualizarse, hizo un café.
Se sentó delante del portátil y soltó la primera frase como quien se
aguanta ir al baño desde hace demasiado tiempo, sin pensar, de forma biológica.
Tras esa frase, se hizo el silencio en su cabeza. Los personajes que hasta hace
unos instantes no se callaban, ya no hacían ruido. Su teléfono no paraba de
recibir mensajes. Finalmente, ante el vacío de palabras en su cerebro,
respondió con un humor sacado del peor infierno posible. Comenzaba a sentir
fuego justo detrás de la nuca, ese tipo de ardor que acaba explotando en tu
boca en forma de sapos y culebras.
Su hijo estaba con fiebre. Suspendió el ordenador despacio, asintió con
monosílabos. Lloró agarrándose la cara con las manos, con esa rabia animal
propia de los sentimientos más básicos. Por un minuto pensó en ir una vez
hubiera acabado, pero la culpabilidad no la habría dejado escribir. Con una
profunda tristeza por dejar su historia, se fue a por su hijo. Por el camino
trataba de hilar ideas que apuntaba rápidamente; sus frases parecían
jeroglíficos, pero solamente ella las entendía.
Le vio allí, con cara de muerto viviente, necesitando un regazo y un
hogar.
En el salón de su casa, con su hijo tumbado en su regazo, se acababa el
café frío. Leía sus notas, y ya ninguna de ellas tenía sentido. Las borró tras
leerlas y pensar que aquella supuesta genialidad no tenía ni pies ni cabeza.
Aquel dragón llamado Deymos ya no podría nacer.
PODER BESARTE DE VERDAD
Ainhoa Escarti ©
Abrió la
puerta y dejó las llaves tiradas junto a su bolso. Se descalzó
atropelladamente, sin ganas, y se quedó sentada en el banco que tenía en la
entrada de su casa. Había sido un lustro muy largo, un lustro demasiado corto.
Un lustro con él: de esperanza, pecho cálido y buenas intenciones. Pero algo
fallaba, quizás fueran las sienes frías de ella o su vientre que no deseaba ser
poblado. Él quería más; ella, simplemente, un eterno presente que le agradaba.
Cuando se acabó el último sorbo de latte macchiato, la relación ya
había cesado.
Estuvo
más de una hora allí, sentada en el banco de la entrada de su casa. A veces se
miraba los pies, otras su reflejo en el espejo. Tenía ya 37 años y se sentía
perdida. Logró superar esa noche gracias al señor Darcy de Colin Firth; se
bebió todos los episodios de su serie como si se tratase de la medicación
dictada por un doctor. A la mañana siguiente se sentía mejor.
Iba a disponerse a hacer lo que hacía siempre que acababa una
relación: mirar en redes, en sus apps de confianza o incluso revisar sus chats
y mensajes privados, buscando algún cabo suelto humano con el que atar una
nueva historia. No sabía estar sola, coleccionaba relaciones. Entraba y salía
de ellas con rapidez, apenas necesitaba un par de días para curar sus heridas,
para seguir adelante.
Entonces
encontró algo raro: tenía fecha de hace unos ocho años. Dos emails con dos
adjuntos de alguien que no lograba recordar. El nombre del dueño del mensaje
estaba demasiado manido, tampoco ayudaba que los mensajes fuesen solo esos
archivos adjuntos, sin más. No lograba recordarle.
Cuando leyó el mensaje por primera vez, le pareció que podía estar
equivocado. Decía así:
---
Tienes razón, soy de los que analiza todo en exceso. Es algo que
reconozco, aunque no consigo cambiarlo. Tal vez las cosas me fueran mejor si
fuera diferente, pero perdería mi esencia en el proceso.
Los gorilas me fascinan profundamente. Su imponente presencia, esa
conexión evolutiva con nosotros, pero libres de nuestro instinto destructivo...
hay algo en ellos que me conmueve.
Durante años me volví alguien extremadamente reservado. Las
decepciones amorosas me llevaron a construir barreras emocionales casi
impenetrables. Llegué a ser tan distante que hasta mis amigos más cercanos lo
notaban. Expresar afecto, incluso de manera platónica, se había convertido en
algo casi imposible para mí.
Curiosamente, hace aproximadamente un mes algo está cambiando.
Quizás porque vislumbro la posibilidad de un cambio de vida con la mudanza.
Estas emociones que resurgen son un arma de doble filo: hermosas, pero
potencialmente devastadoras.
Mi perfil en redes sociales es único, como tú misma confirmaste.
Me pregunto por qué sigo ese camino sabiendo que espanta más de lo que atrae.
La respuesta es simple: ser convencional significaría traicionar mi
autenticidad. He leído cientos de perfiles que parecen calcados uno del otro.
Solo encontré dos excepciones, aunque tampoco tuvieron éxito. Crear conexiones
genuinas con extraños resulta complejo cuando nos basamos en primeras
impresiones y prejuicios. Es injusto, pero la mayoría lo acepta sin
cuestionarlo.
¿Te consideras romántico? Yo anhelo serlo, aunque tengo mis dudas.
Lo que sí sé es que no destaco en los gestos detallistas. Nunca fue mi fuerte,
como tantas otras habilidades sociales. Esa sensación constante de hacer el
ridículo cuando intentas ser auténtico... ¿puede la honestidad resultar
embarazosa o incluso empalagosa? Suena absurdo, ¿verdad?
No espero que comprendas completamente mis reflexiones; hace
tiempo que dejé de esperar eso de las personas. Pero quizás tengas alguna
perspectiva sobre si debería regresar a mi antigua frialdad emocional o
atreverme a creer que aún existen cosas valiosas. Creo que eres la persona que
más se acerca a mi forma de entender el mundo.
Hay algo que se me escapa, una idea que no logro articular
completamente. Tal vez en otra oportunidad pueda expresarlo mejor. Navego sin
brújula fija en un océano de dudas, buscando una costa específica, aunque
siento que mis opciones son limitadas.
En cualquier caso, puedes pensar lo que quieras sobre mí. Eso no
cambiará mis propias preocupaciones y reflexiones.
Un abrazo.
---
Buscó su contacto por todas partes, pero no lograba encontrar
información sobre él. Era Alicia buscando al conejo blanco: demasiado rápido,
demasiado difuso. Ni siquiera recordaba de qué color era.
Entonces leyó el otro adjunto, en forma de poema, que lo volvió
todo mucho más difuso. ¿Cómo podía ella no recordar a alguien que había puesto
tanto corazón?
---
Mostraste tus profundidades
Y me perdí excavando en ellas
Compartiste tus promesas
Y acabé cuestionando su verdad
Revelaste lo que sentías
Y quise poseerlo todo
Mi razón me traicionó
Y me llevó a destruir aquello que mi alma más amaba
Me devora desde dentro
Y me consume por fuera
Solo el perdón más genuino
Traerá paz a mi mente inquieta
Tranquila como tu voz tierna
O como tu paciencia eterna
Necesito que me perdones
Y poder besarte de verdad.
---
Aquella noche no logró dormir. Daba vueltas y vueltas en la cama,
pero los recuerdos no venían a ella. Dudaba sobre escribirle. Habían pasado
tantos años que vivían vidas diferentes.
¿Cómo podía ser ella tan cruel como para no acordarse de alguien
que la había herido para luego declararse así?
Las dudas lo llenaban todo, pero su orgullo no la dejaba enviar
ese mensaje que le rondaba tanto la cabeza.
Los días del calendario se fueron tachando lentamente: el trabajo,
las nuevas citas, las amigas llenaban las horas. Pero como si se tratase de una
fuerza de la naturaleza, si era de noche y estaba sola, leía los mensajes.
Acariciaba las palabras del poema como si, mágicamente, al hacerlo lograra
tocar a quien los creó.
Deseaba ser amada así, con esa dosis de romanticismo capaz de
calar en su alma.
Una noche, tras decirle a su cita de turno que no iba a quedarse a
dormir, respondió al email.
La otra persona lo leyó… pero tampoco recordaba por qué le había
escrito esas palabras.
Así, su amor quedó comido por el olvido, como si se tratase de un
animal hambriento que no había dejado ni las migas.
NO NOS CONOCEMOS
Ainhoa Escarti ©
Era verano cuando coincidieron la primera
vez. El calor que hacía en el metro hizo que ella se cayera al tratar de salir
por la puerta del vagón. El día que se conocieron, no lo recordarían jamás.
Ella allí en el suelo, mal colocada, como las sábanas sucias que tiras al suelo
antes de llevarlas a la ropa sucia. Él alertado, sintiendo que iba a caer,
saliendo dos paradas antes para quedarse junto a ella en el suelo. Él avisando
al personal de la estación para que viniera una ambulancia. Inconsciente,
entreabrió los ojos unos segundos y vio su silueta, que no recordaría. Fue como
una sombra tras ella que ha sido recogida por el personal de la ambulancia. Sin
él, aquella bajada de tensión habría sido más accidentada. Pese a todo, cuando
la conoce no la recuerda en ese día y esa chica.
La segunda vez que
coincidieron, ni siquiera se vieron. Más adelante aquel mismo verano, en una
noche de esas en las que parece que puedes asir el aire de lo denso que está,
se cruzaron las miradas en la cola para entrar al monólogo. Se sentaron en
lugares simétricos y paralelos, aunque ni se vieron pudieron escuchar sus
risas, sin saber la importancia que tendrían.
Se fue el calor,
pero llegó la nieve. Pocas eran las ocasiones en las que nevaba en la gran
ciudad, la contaminación no dejaba que los copos de nieve llegaran a formarse.
A la salida del Prado con un gran libro de Velázquez en las manos, ella le
ofreció acompañarle con su paraguas para que no se mojara el libro. Él,
sorprendido por la nieve, accedió a la amabilidad de una extraña. Llegaron a la
estación con pasos lentos y seguros, conviviendo bajo el mínimo paraguas que
les mantenía demasiado cerca para no mojarse. Lentamente la nieve dejó de
cuajar y pasó a ser lluvia helada, tanto que las gotas parecían lágrimas de
algún dios nórdico. Una vez allí, ambos pensaron que era una pena que la nieve
hubiera dejado de cuajar.
No se habían dado
cuenta, pero el destino no paraba de jugar con ellos, mas ellos eran más fuertes
que su destino. Pero siguió el juego que no tenía planeado perder.
La siguiente vez
fue un desastre, él sí reconoció a la chica del paraguas, ella al chico del
libro de Velázquez, pero sus manos estaban ocupadas por otras personas.
La siguiente iba a
ser la última oportunidad que el destino les iba a dar, empezaba a estar
cansado de dos seres que no caían rendidos a lo que debía ser. Ya no tenían a
nadie que ocupase su corazón, ni sus manos. Habían pasado siete años y eran
personas diferentes. Ella aparcó en doble fila justo delante del coche de él.
No era una urgencia, más bien uno de esos "un momento" que nos ha
pasado a todos. El hijo de ella que la acompañaba y ella, iban a tomar un
helado en aquella afamada heladería italiana que contaba con el mejor sabor de
avellana de toda la ciudad. Solo era un momento, se decía. Él tenía prisa
porque llegaba tarde a una cita, acababa de dejar a su madre en casa y su tarde
juntos se había alargado demasiado. En cuanto vio el coche comenzó a pitar con
desesperación. Pero ella no salía, no fueron malas intenciones ni egoístas,
solamente una madre sola con un niño que había decidido bañarse en avellana.
Cuando logró salvar la situación, salió corriendo, con el niño en brazos, se
acercó a la ventanilla del coche de él a pedir perdón. Él que ya estaba
enfadado y llevado por los demonios, dejó de estar enfadado. Era como ver a
alguien de otro tiempo, de otro momento, pero no recordaba de dónde. Ella
apartó el coche, le dejó salir. Ambos se quedaron mirando. Fue la heladería, la
que les hizo coincidir y verse de verdad. Él con su madre, ella con el niño.
Mientras pedían en el mostrador, niño y señora mayor hicieron migas. Su
conversación les enterneció y les dejaron ser, mientras se miraban de reojo.
Los helados se acabaron y comenzaron a hablar del hijo con TDAH, de la anciana
con demencia. Se entendían. Era la hora de irse pero no se querían ir. Se
presentaron:
—Me llamo Marco
—dijo él.
—Me llamo Lidia
—respondió ella.
Se quedaron
callados, él tenía expectativas en la cabeza. Ella acariciaba su teléfono en el
bolso, tentada de sacarlo y empezar una posibilidad. Entonces la anciana dijo:
—No os conocéis lo
suficiente para echaros de menos.
Se miraron
sonrojados y supieron que era justo lo que iba a suceder. No cedieron a la
tentación. Veían cierta absurdez en buscarse. Eran dos desconocidos que no iban
a volver a encontrarse. Él se mordió las ganas y ella, soltó su teléfono para
abrazar fuerte a su hijo. La frase de la madre resonó en ellos, descubriendo
así que era verdad. La madre murió y Marco no volvió a pisar la heladería.
Volvió el calor,
volvió el verano, volvió el metro. El mismo vagón que les hizo verse la primera
vez entraba en escena. Ocupados no se vieron. Marco reconoció cierta forma que
tenían los bucles del pelo cuando caían sobre sus hombros. Supo verla también
en la forma de agarrar su bolso. Lidia tambaleándose parecía que repitiera su
primer episodio, Marco saliendo antes de tiempo lo confirmaba. Pero esta vez,
él se quedó con ella hasta el final, porque su intuición le pedía no volver a
separarse jamás. En la ambulancia mintió para quedarse junto a ella que empezó
a abrir los ojos despacio. Se acercó a su oído para susurrarle:
—Quiero conocerte y
dejar de echarte de menos.
NIELS HAV
Sus libros han sido traducidos y publicados en muchos idiomas incluyendo
persa, inglés y turco. Uno de sus libros en inglés es Moments of Happiness; otros en danés son Las mujeres casadas de Copenhague y Cuando me volví ciego. Sus poemas, cuentos y relatos han aparecido
en diversas revistas y antologías; está traducido al inglés, árabe, español,
italiano, turco, alemán y chino. Tiene siete libros de poesía y tres de cuentos
en danés,
Más sobre su trayectoria literaria y obras en Realidades y Ficciones – Revista Literaria Nº 10, que le dedicó un
artículo especial:
• https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2012/09/
y en los números 77 y 99 del Suplemento
de Realidades y Ficciones. Ver ÍNDICE DE SUPLEMENTOS o, por su apellido, en
ÍNDICE DE AUTORES: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
MENTALIDAD HUMANA
Niels Hav ©
La mentalidad humana es un hotel místico
con muchos pisos, pasillos, salas de reuniones
e instalaciones para conferencias.
De día reglas indudablemente de sentido común,
de noche todo estructurado por un Neanderthal.
Este hotel representa todas las visiones del mundo.
En algunas de sus salas se negocian contratos
considerables,
se planean reformas radicales.
Se contemplan actos criminales y homicidios.
Si el recepcionista toca esta puerta para hacer
preguntas personales,
será rechazado e insultado a grito pelado.
En otras habitaciones residen filósofos, malabaristas
de palabras,
chamanes y creyentes apasionados. El sótano está como
por encanto
del gran baterista de la nada que cría
reptiles como si fueran mascotas. En todas partes hay
una actividad febril.
En situaciones críticas se les convoca a todos
para una reunión. De día o de noche, con el fin de
discutir
problemas urgentes o trivialidades de poca monta.
No hay ni agenda ni jefe;
las preguntas aparecen y desaparecen rápidas y
desordenadas.
Cada argumento encima de otro
y cada uno con su intento de persuadir. Algunos usan
cierta lógica
o sentido común, otros con alaridos
entonan quejas, canciones, injurias, súplicas y gritos
de terror.
Un sin fin de palabras incoherentes arrullan los
espíritus ancestrales
en lenguas muertas. Raras veces
se logra sacar alguna conclusión.
De improviso, todos regresan a sus habitaciones
cada uno cautivo de su indolente confusión.
En la recepción camina una persona ataviada y
elegante.
Se apellida yo y afirma que es el gerente;
asevera que toma todas las decisiones;
confirma que administra el hotel de un modo racional
de acuerdo con los ideales contemporáneos.
Escúchenlo con cierta suspicacia.
Su autoridad no les importa un pepino a todos
los huéspedes del hotel.
(Mentalidad humana, en danés Det menneskelige sind)
(Traducido al
español por Khédija Gadhoum)
GUERRA
Niels Hav ©
La palabra guerra está prohibida en Rusia,
afortunadamente.
Palabras como ansiedad, gritos y bombas
deberían estar también prohibidas.
La cosa más tonta es pensar.
La palabra invasión ya ha sido eliminada.
El número de las bajas del ejército no existe.
No hay que mencionar el llanto de los soldados.
Se eliminan los cadáveres y los niños masacrados,
y el horror de los sótanos y de las estaciones del
subte.
Afortunadamente, la palabra muerte fue prohibida:
en Rusia morir es ilegal.
(Guerra,
en danés Krig, fue publicado en el periódico Politiken)
(Traducido al
español por Gerardo Lewin)
POESÍA Y DINERO
Niels Hav ©
¿Hay dinero? preguntan los alegres tíos.
Estamos de pie admirando sus nuevos coches,
cada uno de los cuales ha costado cerca de cien mil
—y por cordial civismo preguntan
sobre la situación general de la poesía.
No, rara vez hay dinero real en la poesía...
es cierto. La mayoría de los practicantes de esa
pasión
tienen un transporte miserable. Algunos de nosotros
tenemos incluso bicicletas, o aprendemos a depender
de los autobuses y los trenes.
Es triste. Pero tal vez, después de todo, hay
algún tipo de equilibrio en la vida; y es realmente
por cortesía por lo que omito devolver
la pregunta atravesando los preciosos coches
de los alegres tíos: ¿Hay poesía en el dinero?
(Poesía y dinero, en danés Poesi & penge)
(Traducido al
español por Álvaro Hernando Freile)
EN LA TERRAZA
Niels Hav ©
Los ancianos que pronto morirán
transparentes se ponen en sus reposeras,
aunque todavía escuchan el tráfico.
Ya no van a ningún lado,
no hace falta que me lo recuerdes. Se ha secado la
piel,
algo corroe por dentro y tiene ganas de salir.
El corazón late entre sístole y diástole
igual que un desperfecto de segunda mano.
Por cierto, acaban de llegar ahora.
Sus difuntos siguen de pie llamándoles
en la púrpura sombra del haya: Mi nombre
ha desaparecido de la guía telefónica.
Sucesivamente, engañan la mañana
con sueños y nostalgia.
Aunque todavía escuchan el tráfico.
Los ancianos que pronto morirán
transparentes se acomodan en sus reposeras.
Alguien los ha abandonado aquí.
(En la terraza, en danés På terrassen)
(Traducido al
español por Khédija Gadhoum)
MARISA NOEMÍ GONZÁLEZ
Más sobre su trayectoria y obras en Suplemento
de Realidades y Ficciones Nº 61:
ILUMINADA
Marisa Noemí González ©
Dicen que cuando el amor se está apagando cualquier cosa puede suceder.
Lo que apenas imaginé es que era para tanto. Digamos que no lo vi venir en este
caso. Capaz que estoy siendo un poco duro con lo que estoy diciendo, tal vez
sea porque donde me encuentro ahora no se puede hablar demasiado con los demás,
cada uno está como metido en sí mismo, quien sabe en qué pensamientos, en este
lugar, que no sé si es dimensión, paraíso o infierno. Esto último puesto que
parece que todos los días son iguales, aunque no hay indicios del fuego
abrasador del que hablaban las Sagradas Escrituras, tampoco es que vino a
recibirme un ángel con un aura luminosa sobre su cabeza. No. La luminosa ha
sido otra, mal que me pese ahora, ya ni quiero ni acordarme, aunque decir
luminosa no es la palabra exacta que la define, a ella la malparida. Creo que
fue en una tarde que a mi mujer Lucrecia se le ocurrió tejer aquella absurda
bufanda. Si ya cursábamos el duro invierno que hace que uno desee quedarse
encerrado para siempre en su hogar. Sin embargo, Lucrecia ese día estaba
obstinada en salir a comprar la lana aunque afuera hiciese menos de tres
grados. Y eso que ella odiaba con toda su alma las bajas temperaturas del
invierno. No sé qué pasaba por la cabeza de mi mujer en ese momento, quizá una
angustia o una ansiedad le atacó sorpresivamente porque ella no era así, era de
estar lo más tranquila y la mayoría del tiempo vivía sonriente. La cuestión es
que un día apareció con unas agujas enormes de tejer lana. Y con las agujas
venía la lana de un color violeta casi azulado que me mareaba la vista de solo
mirarla. Había comprado lana como para tejer una colcha de una plaza, sin
embargo, a medida que la lana iba convirtiéndose a través de los rápidos puntos
dados por mi mujer la lana parecía encogerse. No tardo casi nada en elaborar la
bufanda. Nunca hubiera pensado que Lucrecia poseía un talento natural para el
tejido.
Cuando se la colocó en el cuello, una vez terminada, la bufanda parecía
un accesorio de joyería por el brillo que emanaba de la lana convirtiendo a mi
mujer en una Cleopatra moderna. A veces pienso que si le hubiera roto el
chiche…
Sí, ya sé no estoy siendo muy bueno con Lucrecia, pues reina nunca fue,
pero la nariz bastante prominente sí la hacían merecer el nombre de la reina
egipcia. Pero me estoy extendiendo demasiado en la historia. Quizás es porque a
veces me aburro, en esta dimensión en la que actualmente moro, tras la caída.
No, yo no pequé, a lo sumo alguna mentirilla alguna que otra vez, pero la caída
no sucedió porque sí, pero como todos los hombres tienen un destino estaba
destinado a suceder. Mismo Adán y Eva también cayeron por culpa del pecado, los
expulsaron a los dos del paraíso cuenta la historia bíblica. En algún momento
todos somos expulsados de algún lugar sin tanta alharaca. En este caso el
expulsado fui yo. Eva tenía la serpiente enredada en las piernas, sí. Pues
volviendo al meollo, resulta que la bufanda de mi mujer fue a parar a las
habilidosas patitas del gato atigrado gris, mezcla de gato montés en alguno de
sus ancestros. Lucrecia entró en pánico y rabia a la vez, me gritaba desde el
pasillo de lo alto de la escalera que le quitase el cubrecuello al gato. Yo
corrí los escalones con toda premura, tomé el extremo de la tira de lana y tiré
con todas mis fuerzas. Ella está ahí arriba y sabe que tiene que ayudarme. Y a
su vez sabe que la idea no va a funcionar, que es una trampa, que me voy a
caer. Lo único que vi antes de caer hacia atrás fue el rostro enfurecido e
iluminado de Lucrecia. Ella en vez de tirar el otro extremo de la bufanda hacia
ella lo dejaba caer. ¿Qué hubiera pasado si era el gato que caía volando?
Sí, los gatos tienen siete vidas. Yo no, así que aquí estoy en esta
dimensión que a veces parece un paraíso, otras veces un infierno. Ella no lo
sabe, pero yo la veo desde donde estoy y la veo acodada en la ventana con las
luces prendidas a todo lo que da y con aspecto tranquilo con la luz violeta de
la bufanda que le da al rostro más viveza sobre todo ahora que es la reina
absoluta de toda la casa junto con el gato. Pero para qué quejarme si estoy
mejor en este estado ideal. Dicen que por algo suceden las cosas.
(Propiedad
intelectual: RE-2022-134029071-APN-DNDA#MJ)
LA ENSOÑACIÓN
Marisa Noemí González ©
La paloma me arroja una ensoñación,
sus alas teñidas de obscuro
me muestran lo dividido de mi sentir,
tal, por lo menos es mi divagar.
Yo, la de alma clara…Estoy perdida
mascando un recuerdo amargo,
el que tal vez sea mi único consuelo,
el de aquel y único amor que conocí.
Si solamente vinieras en la noche,
ondulante como una espuma de mar
hundiendo mis uñas de ninfa,
en el angosto y viciado aire de mi celda.
¡Esta peste en el aire!…
A falta de tu sueño sanguíneo,
es como un lamento enraizado
que nos arrastra al pasado.
CRONOLOGÍA
Marisa Noemí González ©
Al principio, como artilugios rotos
hinchadas y quemadas
en un viento sordo
sombreaban quejumbrosamente.
Mis ancestras, extrañas y estropeadas
viendo el sentido
cuando no hay puertas
aunque no parezca.
Callaban en siglos,
graznaban conmocionadas
suturando los colgajos
doloridos y anaranjados.
Ahora…contando los años…como un letargo…
esperando los guardianes
invisibles y apagadas, son ánimas
volviéndose una lluvia de ilusión.
REVELACIÓN
Marisa Noemí González ©
Al fondo, una calle de moradas ruinosas,
doy vueltas a la higuera
como una invisible niña
haciendo una pregunta al alba.
Como un ánima sin fuego,
yo que he sobrevivido como un hierro
a las batallas bruscas de la vida
vivo un ajedrez que nunca se gana.
Nombres como vidrios rotos,
son las piezas de un desorden
un querer ser que nunca se alcanza,
y rechazo al puntero de un ciruelo.
A mis ojos vulgares no los culpo,
ni a mi cintura alta y aguda,
ni a mis hombros de bailarina,
será que nunca fui de su querer.
En esta tierra de restos incaicos
veo en esta suerte infausta
un tablero, una venda que cae,
junto a un cigarro humeante, que jamás salva.
EN LA PERIFERIA
Marisa Noemí González ©
La verde irrealidad de un amor
marcado y embrionario,
en la periferia de los excluidos
como si fuera un talismán, me horada.
Contando las vidas de una sombra
en un mismo marchitarse,
la clepsidra, en una lapida
abre el reloj del tiempo.
De un lado a otro,
como una estrella voy desandando los años
como si un soplo me hubiese
sellado las venas abiertas y blandas.
Atravesada por la hartura
hasta los huesos desheredada,
ni me arrostra un bálsamo
y en esa candidez pestilente, sufro.
JUAN
MANUEL CABALLERO PAREJO
juanmanuelcaballeroparejo@gmail.com
LA
INTEMPERIE
Juan Manuel Caballero
Parejo ©
El viejo patriarca
estaba dentro de su chabola, la más magnificente de aquella parte de Pitis.
Rodeado de los suyos, esperaba a su hijo y a su yerno, que tenían que regresar
para hacer cuentas con él después de la jornada de menudeo del caballo y de la
farla. Para colocar esta última tenían que tratar con todo el pijerío que
llegaba de la ciudad, pero valía la pena aguantar el trago porque les dejaba
pingües beneficios.
Alguien
llamó a su puerta trasplantada, que era una puerta robusta que en su día habían
recogido de la calle, apoyada como estaba contra el muro de un casoplón a la
espera de que el ayuntamiento enviase a los que retiran el mobiliario viejo, en
uno de esos barrios residenciales de alto standing. El primo que había
aporreado la puerta asomó la cabeza luego de que el patriarca, el capi, le
concediese el permiso para entrar, y dio un escueto mensaje: dos finolis del
ayuntamiento se dirigían hacia allí, hacia su casa, para hablar con él, como
estaba previsto. El viejo hizo un gesto de aprobación con la cabeza y el
emisario volvió a cerrar la puerta. En pocos minutos volvieron a llamar para
comunicar que aquellos hombres ya estaban allí, a su puerta, así que el
patriarca, ayudado tal vez por una de sus hijas, se levantó de su sillón raído
y decadente (pero de una decadencia hermosa que denotaba que alguna vez había
servido en algún salón con clase), anduvo con su andar cansado y ya doliente y
ya necesitado de su báculo, que él mismo fabricó con la rama madre de una
encina, hasta la puerta y accedió al exterior. Allí, bajo el sol vespertino y
ya casi postrero de principios de junio, un hombrecillo y otro hombre
larguirucho del ayuntamiento trasladaron al anciano la noticia de que los pisos
de protección oficial para su familia estaban listos para ser entregados y que,
a tal fin, debían estar en tal lugar a tal hora de tal día, donde se haría
efectiva la entrega de las llaves en solemne acto que hasta sería transmitido
por la televisión regional.
Partículas
de sudor al contacto con el sol derrengado perlaban la frente del patriarca
entre el filo de su sombrero y las cejas oscuras y pobladas, que servían como
parapeto a las veleidades de la transpiración a sus ojillos enterrados y negros
como el infierno. Con ellos así protegidos, escrutaba el rostro, los ojos, el
ligero temblor de manos del hombrecillo, que ahora tomaba la palabra él solo,
para explicarle, grosso modo, sobre las costumbres a adoptar en la que habría
de ser su nueva comunidad en breve. Así, aquel conato de hombre le expuso con
cautela, pero también con rigor sobre los horarios para tirar la basura, sobre
la obligatoriedad de asistencia a las reuniones vecinales, donde el
ayuntamiento tenía depositadas firmes esperanzas de avenimiento entre gitanos y
payos. Un experimento al que también habían alentado a los payos con los que
tendrían que compartir comunidad, y que tenía que salir bien en vista de que el
consistorio pretendía no demorar demasiado el desmantelamiento de aquel
macropoblado chabolista.
El viejo
miró un momento a su alrededor; otros gitanos apartados unas decenas de metros
más allá miraban aquel parlamento desde lo lejos, conscientes del deber de no
acercarse demasiado por no pertenecer al mismo clan. Algunos, incluso, habían
tenido sus más y sus menos con el clan del patriarca que ahora era objeto de la
atención de aquellos payos. El viejo volvió a mirar a los del ayuntamiento y frunció
por un momento su tupido mostacho. Ahora, el tímido sudor había empezado a
acumulársele en los agujeros agrietados del rostro cobrizo y curtido,
consecuencia de la viruela que sufrió cuando niño, formándole en la cara una
especie de salpicón de pequeños charquitos. Eso significaba una cosa: que el
tiempo que le estaba dedicando a aquellos dos tipos empezaba a ser demasiado.
En ese preciso instante, sin embargo, el larguirucho tomó el testigo de su
compañero y continuó: «cuando estén instalados en la nueva comunidad, yo le
recomiendo -el ayuntamiento les recomienda- que tengan presente lo que los
payos con los que compartirán el bloque les digan acerca de las costumbres que
deben ser aplicadas para el buen funcionamiento de los bienes y servicios... del
patio comunitario, del buen uso de los buzones... Así como de lo que sería
recomendable para los aledaños de la comunidad, y para los portales y
escaleras, y zonas comunes en general. Porque se haría necesario que en esos
lugares no se realicen determinado tipo de actividades... ya sabe, poco
salubres. De resultar totalmente necesario, nosotros - acercó algo su cara a la
cara del viejo y bajó un poco la voz de manera absurda- le recomendaríamos que
hagan sus cosas, sus industrias, en otro lugar, a las afueras o donde
sea...pero lejos de la nueva comunidad para el bien de todos, también de
ustedes...». El otro tipo miraba a su compañero mientras hablaba.
El
anciano sacó un pañuelo de tela plegado del bolsillo de su chaqueta algo
polvorienta y se secó el sudor de la frente y las mejillas con un movimiento de
mano saltarín de presión sobre la piel. Al hacerlo, el reloj de oro macizo que
llevaba en la muñeca chocaba con la esclava de idéntico material que tenía
ajuntada, emitiendo un leve sonido metálico. El mismo hombre que estaba
hablando, continuó: «entiéndaseme: no quiero decir que ustedes deban seguir las
órdenes de nadie... esos ciudadanos payos con los que compartirán el nuevo
barrio son gente humilde también...».
Por fin
los dos mensajeros, al poco, dejaron de hablar, habían terminado de dar sus
instrucciones, su mensaje. Se miraron entre sí ante el silencio del patriarca,
que no había articulado palabra durante todo el rato y se había limitado a
mirarlos atentamente, con aire entre cansado y displicente. Uno de ellos, el
pequeñajo, le extendió entonces un papel impreso que sacó de una especie de
carpeta forrada. «No sé si le importará firmarme esto... no es más que un
documento de confirmación de haber usted recibido este mensaje que acabamos de
darle. Con que ponga usted una cruz aquí (le señaló el lugar destinado a la
rúbrica) es suficiente». Le dijo esto último mientras le extendía un bolígrafo
con la otra mano. El viejo tomó el papel y lo miró por encima con expresión
relajada, aunque tuviera que arrugar la frente para afinar la visión sobre
aquellas letras. Se diría también que con un ligerísimo punto guasón; como
curado de espanto, en todo caso. Después agarró el bolígrafo que aún permanecía
en la mano de aquel paliducho y estampó su firma con un movimiento complejo de
los dedos, que se juzgó largo en el tiempo según el mensajero. Devolvió ambas
cosas al hombrecillo y les hizo un gesto con la cabeza en señal de despedida
antes de darse media vuelta y meterse en su suntuosa chabola seguido por las
dos mujeres que le habían servido de acompañantes en aquel parlamento
únicamente de una parte; en aquel soliloquio, en realidad.
Mientras
caminaban hacia la salida de la inmensa civilización levantada con cartones,
tablas, chapas de todos los colores y plásticos con una dosis de miedo que
habían presumido menor que la que experimentaron a la entrada pero que a la
postre no lo estaba siendo, acompañados por el mismo gitano que los guio al
entrar, el bajito, que portaba consigo el papel firmado por el viejo patriarca,
decidió, en parte para disimular su mal trago ante la mirada torva de toda
aquella gente a su paso, echar un vistazo a la firma cuya elaboración le había
llamado la atención un momento antes.
Y fue
así que, al posar la vista sobre ella y a pesar de que nada le apetecía más que
aligerar el paso para terminar cuanto antes aquella travesía por el fin del
mundo y llegar al coche, hubo, por un momento, de detenerse. «Prefiero vivir a
la intemperie». Eso era lo que allí, en el espacio para la firma, aquel gitano
había escrito.
VIERNES
TRECE
Juan Manuel Caballero
Parejo ©
Una de las
consecuencias directas de trabajar en casa, pegado al ordenador, desde aquello
de la pandemia, era la forma de pera que progresivamente iba tomando su cuerpo.
Pero también tenía sus ventajas, claro, como el ahorro mensual en tiques de
metro y lo que justo iba a acontecer al día siguiente, que ni por asomo podría
habérselo planteado antes so pena de acabar con las patitas en la calle.
Al
parecer, había heredado de su abuela paterna esa manía con las supersticiones,
y ya desde pequeño acusaba su intolerancia hacia los gatos negros, por ejemplo.
O con la cosa esa del miedo a que un espejo se rompiese. Con los años, además,
se fue adscribiendo también a la reticencia hacia el martes y trece, y, más
adelante, hacia su versión americana, la del viernes y trece, que no en vano
fue desplazando en la cosmovisión del españolito medio a la versión autóctona a
la par que el búrguer fue arrinconando a la tortilla de patatas.
Como
fuera, el caso es que, para el día siguiente, viernes trece de cajón, lo tenía
todo preparado. La idea, por supuesto, era no tener que salir de casa durante
toda la jornada en base a la creencia en que, en día tan marcado por la
desdicha, donde nadie tenía garantizado el blindaje contra el infortunio, al
menos la permanencia aquende de sus cuatro paredes habituales garantizaba que
el diablo -o quien procediese- lo tuviese, al menos, más difícil. «Si no sales
de casa en día tan señalado -porque mira que se le avisa a uno-, no juegas con
tu suerte y, entonces, el espíritu que maneja los hilos de la mala suerte no se
fija en ti», pensaba.
Pero
como una cosa no quita la otra, había decidido que el día siguiente no iba, de
todas formas, a caer en saco roto. Con tal fin, había llenado, ese jueves doce,
la casa de víveres, porque estaba resuelto a darle la vuelta a la tortilla y
convertir el inminente viernes trece de obligado encierro en una especie de
celebración particular. Era su forma de hacerle un quiebro al destino, aunque,
eso sí, sin perderle nunca el respeto.
Se
levantó temprano al día siguiente, con el ánimo ambiguo. Se bebió de un tirón
una lata de cerveza que le quedaba en el frigorífico para paliar la aprensión y
luego prendió el infiernillo de la vieja cocina de gas y colocó la sartén llena
de tocino añejo, con el fin de que se fuera haciendo mientras iba al baño con
la idea de hacer sitio a tanta vitualla que tenía previsto preparar para su
sobrevenida festividad. Cuando salió del retrete, colocó actuaciones musicales
de los ochenta y los noventa en el televisor a través de YouTube, gracias a la
conexión Wifi. Luego despejó la mesita de centro de trastos y la llenó de
cestos repletos de snacks, sacó los tres paquetes de cigarrillos que había
comprado y colocó dos en una esquina de la mesita, dejando el tercero más a
mano. Se levantó y se dirigió otra vez a las bolsas de la compra del día
anterior, que había colocado sobre la barra de la cocina americana, de donde
sacó la botella de Jameson. Colocó unos hielos en un vaso ancho y se sirvió un
buen copazo. Volvió a sentarse en el sofá y dejó la botella en la mesita, junto
al tabaco. Le asestó un buen trago al vaso y se puso a mirar la tele, donde en
ese momento salía el vídeo musical de "For ever young", de los
Alphaville. Asestó otro trago que casi finiquita el contenido amarillo sucio
del vaso: «Vaya pintas que se gastaban los mendas, ji,ji,ji», pensó. «Pero
sacaron este clásico inmortal... jodó, que pasada»; bailoteó con los brazos,
sin moverse del sofá, siguiendo el son de la música como Dios le daba a
entender. Se sirvió otra copa de la botella de Jameson y engulló un enorme
snack del repertorio que tenía desplegado ante sí. Era uno con forma de
estrella, bastante aceitoso. Luego desprecintó la caja de cigarrillos seleccionada
y se colocó uno entre los labios. No sin cierto esfuerzo, sacó un mechero del
bolsillo y se lo llevó ante el cigarrillo, pero antes de encenderlo algo le
hizo arrugar la nariz varias veces consecutivas, en un movimiento de olfateo.
Dejó el mechero sobre la mesa y se acercó a la cocina: el fuego donde había
puesto a asar el tocino se había apagado por algún motivo y solo salía gas por
los agujeros del infiernillo, de modo que giró la rueda del gas y la cerró. De
pronto recordó que ya le había pasado alguna vez y que alguien le dijo que
quizá era cosa de una mala respiración del infiernillo, que puede que estuviera
un poco obstruido. O algo por el estilo, le dijo. De todas formas, pensó, ese
era un arreglo que le concernía al casero, así que a ver si se lo decía. Volvió
a la mesa y tomó otra vez el mechero, se acercó de nuevo al infiernillo e hizo
el amago de volver a encenderlo, pero se detuvo un momento. Cayó en la cuenta
de que debía abrir la ventana para dejar salir el gas acumulado en el pequeño salón-comedor-cocina,
de manera que se dirigió a la ventana grande que había en la pared del fondo y
la abrió de par en par. Se sentó de nuevo y le pegó otro trago al vaso de
Güisqui "on the rocks". Agarró un puñado de snacks de color naranja y
se los metió en la boca con esfuerzo.
Un rato
más tarde cerró la ventana, terminó de asar el tocino en el infiernillo, que de
momento volvió a funcionar, cortó al medio media barra de pan y colocó el
tocino chorreante sobre la base del bocadillo; después tomó la tapa de pan del
bocadillo y la impregnó bien de la grasa churruscada que quedaba en la sartén.
Tras ello, sacó la mayonesa que tenía en la bolsa de la compra de la barra y la
untó sobre la misma tapa de pan embadurnada de grasa. Un tufillo sospechoso le
soliviantó la nariz mientras esparcía la mayonesa, así que agarró el frasco y
miró la fecha de caducidad: «jodidos chinos...pero a ver quién es el guapo que
sale hoy para que te lo cambien». Acercó la nariz al bote, volvió a arrugarla,
dudó un instante y acto seguido hundió otra vez el cuchillo en la mayonesa para
terminar de untar el trozo de pan con el que cerró el bocadillo.
Camilo
Sesto cantaba "Vivir así es morir de amor" y él bailaba, ahora de pie
en el saloncito, como Dios le daba a entender. Miró el reloj que tenía en la
pared de la cocina y se sorprendió al ver que marcaba casi las cuatro y cuarto.
Se fijó en el segundero, constató que se movía y que el reloj no estaba parado.
Se preguntó dónde habían ido a parar todas las horas transcurridas desde que comenzó
su fiestecilla particular, de buena mañana. De repente, todo se apagó: el
televisor, el microondas donde había metido kilo y medio de chistorra para
calentarla. Enseguida dio con el problema: se trataba de esa maldita regleta de
cinco fases que había comprado en el chino; y que como estaba hasta arriba de
enchufes a veces le daba por empezar a chisporrotear por la parte del
interruptor. Se acercó a ella y trató de desenchufar alguna cosa para evitar el
colapso, pero del interruptor salió una especie de explosión que lo echó para
atrás, lo que provocó que el frigorífico dejase de hacer su ruido
característico y que la luz del techo de la cocina, que había permanecido
encendida todo el tiempo, se apagase también. Una vez recuperado del susto se
levantó y desenchufó la regleta de la pared; luego se desplazó hasta la puerta
de entrada, abrió la caja del diferencial que había junto a ella y levantó el
interruptor general. La luz se hizo otra vez en la cocina y el refrigerador
volvió a hacer aquel sonido estúpido. Como la chistorra ya debía estar
caliente, podía prescindir de lo demás, excepto del televisor, así que se las
arregló para moverlo de sitio y conectarlo en otro enchufe.
Eran
alrededor de las nueve cuando se despertó, tumbado en el sofá. Le dolía la
cabeza. En el televisor salía ese tipo extravagante, Tino Casal, cantando
"Eloise". Era una de sus canciones favoritas de todos los tiempos,
pero cuando era cantada por el verdadero, por Barry Ryan. Miró por unos
segundos la mesita de centro y vio que a la botella de Jameson solo le quedaba
un cuarto de su contenido, y que el segundo paquete de cigarrillos andaba por
la mitad y que las migas del bocadillo estaban por todas partes y también los
restos y los churretes de la chistorra, que hasta embadurnaban los pocos snacks
que todavía quedaban por ahí, en los cuencos y sobre la mesa. Al moverse notó
un agudo pinchazo en la barriga y se hizo consciente de que también le dolía, y
bastante, aunque no hubiera sabido definir si la cosa venía del estómago o de las
tripas, o de ambos a la vez. Como además se ve que debía estar borracho cuando
se durmió, al levantarse entre resoplidos notó que todo le daba vueltas. Corrió
al baño y vomitó parte de lo que llevaba engullido durante todo el día. Luego
se echó agua fresca sobre el cogote y pareció sentirse mejor, pero solo le duró
un momento. Enseguida tuvo que volver al baño para explotar en una suerte de
diarrea casi limpia, donde algunos trozos de chistorra parecían salir casi tal
como habían entrado. Como la molestia ventral no desaparecía del todo, buscó
Aero-Red en el cajón donde guardaba los medicamentos. En realidad, aquellos
medicamentos -a excepción de, quizá, alguna caja de ibuprofeno que había
comprado él- eran casi todos del antiguo inquilino, que había olvidado
llevárselos cuando se largó. Pero recordaba haber visto un blíster de Aero-Red,
y, ciertamente, lo encontró.
Se
recostó sobre el sofá y se volvió a quedar traspuesto. Cuando volvió en sí lo
hizo sumido en un nerviosismo extraño que se mezclaba de mala manera dentro de
su cuerpo con cierta sensación febril y de decaimiento. Pero ni la cabeza ni
las tripas le habían dejado de doler, así que regresó al cajón de los
medicamentos para tomarse un ibuprofeno y, tal vez, otro Aero-Red. Miró el
reloj y ya eran las once menos veinte de la noche, hora de irse a acostar;
además, el viernes trece tocaba a su fin. Miró luego el televisor donde ahora
salía aquel tipo gordo y desaseado que vestía con una sábana y cantaba eso del
"triki-triki", pero en su estado no era capaz de recordar el nombre.
Se encontraba realmente mal y algo parecido a sucio, a sudado, como si hubiera
salido de una de esas fuentes hondas de escabeche que preparaba su abuela
cuando era niño. Mientras buscaba en el cajón el ibuprofeno se dio cuenta de
que el blíster de donde creyó coger el Aero-Red era, en realidad, de algo
llamado prednisona. «¿Para qué coño será esto de la prednisona?», se preguntó.
Se tomó
dos ibuprofenos porque pensó que con uno no tendría suficiente para aplacar
aquel dolor de cabeza que empezaba a ser monstruoso. Como estaba en la cocina
para tomar el agua del grifo necesaria para la ingesta, pensó que le sentaría
bien un poco de leche caliente para irse a dormir, de modo que, como el
microondas estaba desenchufado, decidió encender el hornillo y poner un cazo
del blanco elemento sobre el fuego. Mientras la leche se calentaba creyó
oportuno ir al dormitorio y ponerse el pijama para ir ganando tiempo.
Solo que
al sentarse en la cama para quitarse las zapatillas una especie de sopor lo
invadió de golpe, presa del agotamiento. Un sopor que lo obligó a dejarse caer,
a recostarse lo que pretendía ser solo un instante. Y se quedó profundamente
dormido.
DIGNIDAD
Juan Manuel Caballero
Parejo ©
Esa mañana le había
vuelto a pasar: cuando despertó, estaba ahí, a su lado, en la parte izquierda
de la cama. Luego abrió los ojos y se giró, y como todas las mañanas hacía ya
más de mes y medio, allí no había nadie; nadie tangible, al menos. Como no era
proclive al pensamiento mágico no tenía ni idea de si era posible la existencia
del fantasma de alguien vivo, pero a fe que todo indicaba que él venía siendo
testigo de semejante fenómeno.
Había
recordado esto de una manera peculiar, y extremadamente fugaz: como cuando
alguien estornuda tres mesas más allá en la terraza de un bar y notas que una
levísima partícula de su saliva se instala en tu ojo de repente, diluyéndose en
una microscópica sensación de frescura. O más bien, dada la condición deletérea
que llegó a tener la fantasmagoría, como la mordedura subitánea, mientras
caminas por el campo, de algún pequeño animal rastrero y ponzoñoso al que no
llegas a ver después. Le resultó curioso, en todo caso, como aun en aquellas
condiciones en las que se encontraba, se podía pensar de manera tan cristalina,
mejor incluso que en cualquier otro momento. Al menos en principio, porque la
cosa no había hecho más que comenzar; aunque una creciente presión en la cabeza
no hacía presagiar nada bueno. Esto último lo llevó entonces a acordarse, como
si a la evocación la hubiese parido en el nido de su entendedera el vientre de
una centella, de sus ocasionales ataques de migraña; por más que esto fuese
distinto, y aún peor; así como si toda su cabeza precisase de una urgente
operación de descompresión.
Al
menos, el último de sus pensamientos, de sus recuerdos, fue, de algún modo, más
indulgente. le fue proyectado, sobre la pantalla que parecía habérsele
desplegado en el interior de su cráneo (¿vendría de ahí la ya casi insoportable
presión en su cabeza?, je), algo parecido al momento en que todo sucedió. Pudo
así revisar, a pesar de la evidencia de que el aliento le faltaba mientras lo
hacía, cómo ella, la mujer con la que había compartido una buena porción de su
vida, le abandonaba sin previo aviso, sin nada aparentemente sustancial que
reprocharle (algo dijo de unas alas en los pies), sin haber mostrado el menor
indicio de ello durante los días precedentes, con frialdad criogénica. Como si
fuera otra persona, ajena, remota, extranjera del todo del lecho de su alma y
de la casa que compartían. Como si la convivencia de 17 años se hubiera
reducido, por mor de una sofisticada fórmula solo existente en la mente
femenina, a 17 segundos. Al menos, él actuó con tal y tan magnánima dignidad
que llegó a pensar que no era suya: encendió un cigarrillo y se lo fumó con el
pulso firme y drástico mutismo mientras la miraba a los ojos, mientras la veía
girarse y agarrar la maleta que había tenido escondida; mientras la observaba
cerrar la puerta sin siquiera mirar atrás por un segundo.
Soportando
el dolor y la ausencia de hálito, esta vez su consciencia se alió con su
organismo para recuperar una pulsión relicta de aquella otra época que había
quedado sepultada por los escombros, a decir de ella, producto del impacto de
un meteorito de profundo hastío; y así, notó como brotaba en él un impulso
sexual inesperado, único, fulgurante, que se manifestó recio, regio, exultante
hacia la mitad de su cuerpo. Y que permaneció allí mientras, enseguida, todo,
recuerdos, dolor bifurcado, pensamiento, inopinada lascivia, se fue difuminando
ante sus ojos hinchados y de párpados cerúleos que se cerraban.
Después,
todo se apagó.
Y, mal
anudada como estaba y en respuesta a la agitación postrera, una de sus
zapatillas caía desde sus pies levitantes.
LA
JABA
Juan Manuel Caballero
Parejo ©
«Seña Juana, la
hortelana, espácheme usté bien las jaba, que semos mucha familia y nos quedamo
con gana/jaba puse el lune/jaba puse el marte/el miércole, jaba/... y el jueve,
tomate» (canción popular lugareña de la época). [Seña: señora; espácheme:
despácheme; usté: usted; jaba: habas; semos: somos]
Soplaban
aún vientos de posguerra en la muy noble localidad de Avellanoviejo, pero la
lluvia fina de la reconstrucción había vuelto a colocar las cosas en su sitio,
desde la torre de la iglesia principal (a la que un obús hizo un agujero en medio
pero no logró derribar), hasta el orden en las calles. Un orden, al menos,
superficial, porque el clamor de venganza aún corría por las venas de muchos en
la villa, donde la carga psicópata de ciertos grupos había dejado una impronta
indeleble en la retina de gente cuyo mayor delito había sido siempre el deseo
de vivir en paz. El tiempo, de todas formas, fue pasando y achatando las
cuchillas de venganza que pudiesen revestir algunos espíritus, subsumidos a la
postre en un sistema que tenía como prefacio el orden y el apaciguamiento
social “a toda costa”.
Don
Baltasar Insúa era, hasta cierto punto, un prohombre de la villa. De familia
terrateniente venida a menos, había cursado estudios humanistas en su mocedad,
y luego los había enganchado, al parecer, con otros de arqueología, llevado por
lo que podría decirse un genuino interés por las cosas del hombre. Pero,
curiosamente, del hombre como concepto, y en la lejanía de los tiempos, porque
lo que era sobre el terreno, sociable no es que lo fuera mucho. Ejerció de
docente en el instituto privado de la localidad impartiendo Historia a los
jóvenes de familias con ciertos recursos, y resultó un profesor serio a decir
de sus antiguos alumnos, si bien jamás acusó esa tendencia al exceso de mano
dura que caracterizó a la enseñanza de la época. De su faceta como arqueólogo,
estudios que no se supo si llegó a terminar, digamos que nunca se le vio
desarrollarla sobre terreno alguno, ni del terrón ni mucho menos lejano, que
tampoco fue Don Baltasar hombre de viajes largos. No digamos si, por demás,
duraderos. De modo que, si alguna vez dio pábulo a su vertiente en ese campo,
lo hizo como mucho como arqueólogo de salón, si es que tal cosa sea posible.
Vivía
Don Baltasar con su mujer, con la que se casó por decantación de un noviazgo
aburrido. También lo era su matrimonio, desde luego, que careció de fruto
porque la Naturaleza, que es sabia, no se prestó a concederles un hijo para que
lo mataran de aburrimiento. Se reunía Don Baltasar con sus iguales en el enorme
café del Círculo Mercantil, donde charlaba de lo humano y de lo divino con sus
iguales, ya fueran pequeños comerciantes, profesionales liberales, profesores u
hombres de letras como él; o el mismo boticario. Pero siempre fue parco, Don
Baltasar, incluso con los de su clase. Si se le preguntaba sobre cualquier
cuestión, no era raro que se tomase su tiempo para responder (eso cuando no lo
hacía con una simple mueca, que dibujaba en su rostro impasible y de naturaleza
descendente, como con desgana), y por lo general, lo hacía sin mirar a los ojos
a su interlocutor. Claro que, lo de los ojos, es un decir: calzaba Don Baltasar
unas sempiternas gafas oscuras, que llevaba puestas en todo momento, lugar y
circunstancia. Eran unas gafas que no permitían atisbar el menor resquicio de
su mirada, pero que, al parecer, a él, desde el otro lado, le permitían ver
perfectamente bajo cualquier condición de luz. Era a través de esas gafas
oscuras y desde su metro ochenta largo que Don Baltasar miraba a los otros, a
los escarabajos, a los que alfombraban con sus esqueletos y su piel curtida el
suelo de Avellanoviejo: jornaleros, aparceros, hortelanos. O descendientes de
estos que todavía no habían mutado tipológicamente hacia otra cosa. Gente que,
en todo caso, componían el sustrato humano que sostenía la villa. O subhumano,
tal vez, no se sabe, a ojos de Don Baltasar, que nunca expresó opinión pública
conocida sobre el pueblo llano, pero al que siempre pareció mirar con un desdén
especial desde detrás de sus gafas marrones como la piel del lugareño
desposeído; un desapego añadido desde dentro de su estirada expresión; eso sí:
dada la rareza de carácter del interfecto, cosa reconocida por los que le
conocían, nunca podía saberse con exactitud.
Tampoco
se sabía mucho sobre la decantación ideológica de Don Baltasar. Dentro de lo
que cabe, claro. El caso es que pasó bastante desapercibido durante la guerra;
quizá por lo aburrido que era no suscitó interés en bando alguno. Hay quien
dijo que ni siquiera permaneció allí, en Avellanoviejo, desde que viera cortar
las barbas de algún vecino, antes de la contienda propiamente dicha, por algún
grupo de milicianos de esos que entraban en el pueblo como cabra en
chatarrería.
Se decía
que una vez cierto señor de la villa que había estado de visita en su casa para
la compra de unas parcelas de las que Don Baltasar era propietario como
remanente de la vieja hacienda de su familia lejana, dio fe de que el anfitrión
se achispó con él en su saloncito y aquel habló como nunca, y que en esas se
definió como un hombre de tendencias reformistas, pero siempre que las
implementaciones políticas en este contexto fueran lentas, reposadas y, sobre
todo, naturales. Nada de esas ideas extranjeras que él tachaba de abiertamente
antihumanistas.
Como
quiera que Don Baltasar contaba con amistades ilustradas en la capital
provincial y también en Sevilla gracias a los años de juventud que invirtió en
su formación, accedió a la petición del concejal de cultura del ayuntamiento
para servir de puente entre aquellos y este. El motivo era que el máximo órgano
de la villa estaba organizando los festejos locales, y para ese año querían
traer un orfeón que interpretase para el pueblo grandes obras de música clásica,
de las de siempre. Las motivaciones del concejal, que había convencido al
alcalde siempre que la orquesta estuviese dispuesta a no salir más cara que el
convencional grupo verbenero, eran buenas: se trataba de acercar la cultura al
pueblo, y si las cosas salían bien con los contactos de Don Baltasar en
Sevilla, se tenían planeados dos días de concierto, uno para los
"entendidos" y otro para el pueblo llano, salvaje, para ver si se
refinaba un poco con eso de la música culta, que no se tenía por ideológicamente
peligrosa por lo menos en el pueblo. O sí, pero no habría de faltar la
Cabalgata de las Valquirias, que seguro que no estaba de más como coadyuvante
del impulso nacional; o, incluso, la Oda a la Alegría, que tampoco sobraba
para, básicamente, lo mismo; siempre que estas piezas entrasen en la cabeza por
el conducto adecuado, claro está. Además, eran temas muy resultones, pegadizos,
los menos hostiles para mentes duras y poco afinadas en eso de la música de
tradición ilustrada. Ya se encargaría el ayuntamiento, llegado el caso, de
tratar con el portavoz de la orquesta la inclusión de esas piezas.
Después
de más de un mes de gestiones por parte del impenetrable Don Baltasar, que
actuó por delegación en nombre del ayuntamiento y hubo de remover la memoria de
sus viejas amistades, por fin se llegó a un trato con una orquesta bastante
decente que, además, estuvo de acuerdo en ceñirse a las premisas económicas de
la villa. Tuvo para ello que emplear sus aptitudes negociadoras, Don Baltasar,
que no obstante se congratulaba al ver la óptima recepción que iba teniendo su
razonamiento previo al abordamiento de la cuestión económica: que nunca estaba
de más abrirse mercado en nuevos escenarios, que el precio del concierto
siempre podía ajustarse un poco por la parte de la duración. No solo tuvieron
las impresiones de Don Baltasar buena acogida por parte de los representantes
de la agrupación con los que se entrevistó, sino que el prócer se vio
acompasado por las propias de estos últimos a medida que avanzaba en su exposición,
hasta el punto de que la relativa rigidez inicial que todo contrato conlleva
terminó desembocando en una conversación distendida y confluyente. La ocasión,
además, estimulaba en el grupo de músicos un factor que no debe ser desechado:
el autoreconocimiento de su labor como vector fundamental en la transmisión de
cultura; es decir, de conocimiento. Dicho de otra forma: sintiéronse aquellos
hombres, en coyunturas como aquella, un eslabón importante en la forja de
futura civilización. Futura porque la mayoría de ellos no apostaría nada porque
en esos otros hombres de la España profunda pudiese anidar algo parecido al
intelecto; cuánto menos algo como esa propiedad emergente del intelecto que es
el refinamiento artístico. Pero tal vez, creían algunos de los músicos
(hablaban de este tipo de cosas cuando su labor los juntaba), qué sé yo, el
choque de aquellos hombrecillos mayormente enjutos y amarronados con una
manifestación tan elevada del espíritu humano como la música clásica, pudiera
suponerles un choque mental tan brutal que significara el principio de algo.
Aunque solo fuera de la predisposición en alguno de ellos a que sus hijos o
nietos fuesen educados, además de en “sano y católico patriotismo”, en tan
abstruso deleite.
El día
de la representación terminó llegando y el ayuntamiento estableció precios muy
populares, casi simbólicos, para propiciar la masiva asistencia a evento tan
exótico. La cola en la puerta del teatro auguraba un lleno a rebosar. El
corral, orgullo de la localidad, contaba con alrededor de cuatrocientas plazas,
aunque en aquella ocasión iba a ser a todas luces sobrepasado, habiendo
dispuesto el ayuntamiento que una vez lleno -las entradas habían sido vendidas
de antemano- el resto del espacio fuera ocupado por espectadores en pie cuyo
acceso sería gratuito. Eso sí, siempre que se respetasen ciertos espacios
mínimos para permitir el paso.
En la
primera fila, una nutrida representación del gobierno local asistía al
espectáculo, siendo así que la presencia política —singularmente el alcalde, el
concejal de cultura y el propio Don Baltasar, que acudía en calidad de una
especie de agregado cultural—, que se sentía incumbida por la buena marcha del
evento, se removía un tanto inquieta en sus asientos a la espera de que aquella
grey, a la que no dejaban de mirar de reojo, se supiera comportar ante tan
sofisticada velada para buen nombre del pueblo.
La cosa
empezó bien, con la interpretación, para abrir boca, del tercero de los
conciertos de Brandemburgo, el más escueto de los cuatro que conforman la obra
completa, y el más alegrote de todos. Apretaban los dientes los dignatarios
ante un público que comenzó atento y respetuoso, pues nunca sabía uno por donde
podía salir aquella gente curtida, que aunque buena, sabíase de cierto
estancamiento de su llana sencillez en la charca de un acusado gracejo que la
hacía sobradamente reconocible allende sus confines municipales.
En menos
de un cuarto de hora fue despachado el tercer concierto de Brandemburgo, que se
ejecutó sin mayores problemas, solo que la sala, a excepción de los aplausos de
la primera fila, quedó muda. Algún golpe de tos, algún carraspeo furtivo;
apenas algún susurro. El director de la orquesta miró al gentío y, aunque la
calma chicha no le resultara halago después de una ejecución sin mácula, tal
vez pensó que, una vez superado el choque de aquellas bestias en su contacto
con la cultura elevada, ya rompiesen en aplauso, siquiera fuese tímido, tras la
siguiente ejecución. De modo que, después de dar la marca de comienzo, volvió a
mirar a su instrumento para abordar el k.581 de Mozart, que es quinteto para
clarinete y cuerda.
La
belleza del clarinete invadió el teatro durante más de media hora, siendo
respetuosa la acogida durante la primera mitad de la interpretación, más o
menos. Pero a partir de su ecuador un ligero murmullo empezó a notarse ya por
debajo de la música, durante sus silencios... El rumor iba in crescendo a
medida que la ejecución avanzaba hacia su final («demasiado larga para estos
mastuerzos», pensó el director, que durante unos minutos más todavía pensó en
terminar la pieza), al punto en que no tardó en superponerse sobre el minueto
que se interpretaba en ese momento.
Antes de
explotar en ofuscada renuncia de brazos caídos, el director de la pequeña
orquesta miró hasta en dos ocasiones al adusto prócer del pueblo, Don Baltasar,
que no obstante permaneció impasible en su asiento, sin mirar siquiera atrás,
al grueso de la asistencia. Continuó pues la actuación en momento tan delicado
como el elegante minueto, que habría de dar paso al allegretto final.
Fue la
constatación de que el murmullo de la plebe ya pasaba de castaño oscuro, el
hecho de que se solapase, incluso, sobre el allegretto final. Además, el runrún
se había convertido en un canturreo con cierta estructura repetitiva, y con
mensaje, según le estaba pareciendo escuchar; una especie de mantra. Un mensaje
que no llegó claro hasta el oído del director hasta el momento en que,
indignado, detuvo bruscamente la actuación. Escuchó entonces sin interferencias
aquella letanía proveniente del patio de butacas, de los pasillos... «¡que
toquen La jaba!, ¡que toquen La jaba!...».
Pocas
cosas hay que molesten más a un director de orquesta que una interrupción, pero
podría conjeturarse que aún más al de una pequeña orquesta de cámara, que
además de dirigir a base de gesticulaciones sutiles ejerce propiamente de
músico. Cuando este se incorporó visiblemente enfadado, miró al público en
primer lugar. Entre la penumbra de la platea, a duras penas veía a aquellos
hombres enjutos y denegridos, algunos pocos acompañados por sus mujeres, que
desde su posición se le antojaron por un momento como muertos desesperados
saliendo de entre la tierra. Empero, pronto pudo divisar con mayor claridad
cómo, casi al unísono, aquella gente se levantaba de sus asientos al tiempo que
elevaban el tono de voz para imprimir más autoridad a su demanda: «¡¡que toquen
La jaba!!, ¡¡que toquen La jaba!!, ¡¡que toquen La jaba!!». Y con los situados
en los pasillos, tres cuartos de lo mismo. No le hizo falta conocer el
referente concreto para ser consciente sobre la marcha de lo que aquellos
paisanos reclamaban.
Si bien
en un principio se posó sobre el rostro del primer músico un atisbo de temor
confuso ante la visión de aquella especie de rebelión cerril, enseguida se
transmutó en un enfado sordo, sin fisuras, que las venas de las sienes y el
enrojar de su cabeza evidenciaron. Tan pronto
logró embridar la situación límite de sus nervios, volvió a mirar a Don
Baltasar, desplazándose sobre la tarima del escenario para quedar frente a él y
poder decirle algo.
—
Pero... ¿Se da cuenta, Don Baltasar? ¡¡Que aberración!!; por el amor de Dios,
¡¡haga algo!!
— ¡Toca
La Jaba, piazo cabrón! —Esto fue lo que Don Baltasar, desde detrás de sus
perpetuas gafas oscuras, sin alterar lo más mínimo el rictus circunspecto, le
respondió.
MARCO ORTEGA COLLAS
Más sobre su trayectoria y obras en los siguientes números del
Suplemento de Realidades y Ficciones
• https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2025/09/blog-post.html
Poemas
Marco Ortega Collas ©
1.
Rocío de la mañana
en los pétalos
si pudiera ver tu figura
en este frío amanecer
contaría la alegría de vivir
contigo
a tu lado
con tu aire
final de la noche
con Rocío amaneciendo
sueño despierto
como esas gotas en los pétalos
amanece en mi vida
en tu sonrisa
y en tus ojos
cada vez que alumbras
este mundo con tu presencia
vuelve siempre.
2.
La cultivó
alguien
que no conozco
alguien
que no sabe
mi existencia
rojas
en mi retina
recuerdo
fugaz
de la sangre
en pétalos
rosas
en el tiempo
juventud
y vejez
avergonzadas
de tu canción
de la sombra
cambiante
con el sol
y la mañana
de esperanza.
3.
La luna
sin cielo
cerca a tu mirada
la luna
escondida
recóndito secreto
jamás añorado
como en todo
lo que pudo haber sido
entonces dices
de su influencia en la marea
tan tarde
como si ya amaneciera
te das cuenta
no llega
y la luz
junto
como si fuera amanecer
grita !!!
vuelve a gritar
alguien escuchará
quizás la luna
que no se va
a pesar del tiempo
y de las mañanas.
4.
Tarde de carnaval
el viento susurra
digo una palabra
un poema en el agua
y empieza a lloviznar
las nubes en el cielo
sin prometer nada
ni verbos ni adjetivos
festejamos tu día
mientras caminas
para alejarnos
en sentidos opuestos
has de volver
ha de nacer
volverá a soplar el viento
el día es eterno.
JORGE ROLANDO ZANZIO
Nació el 29 de octubre de 1966 en La Plata (Provincia de Buenos Aires), Argentina, ciudad donde reside. Desde finales de los ochenta se desempeña en poesía y en audiovisuales. A principio del 2000 incursionó en teatro llevando a escena su primer texto dramático: “Con tu propio miedo”. En 2015 amplia el campo literario con sus primeros relatos.
Hasta el momento ha estrenado dieciocho obras teatrales. También publicó
los libros: “Desde el origen” (2010 /
poesía), “Juegos de patria” (2013 /
poesía), “Con tu propio miedo” (2016
/ teatro), “Breve biografía de un
escéptico o de un absurdo optimista” (2019 / relatos), “El artista y su monstruo” (2020 / teatro), “Cuentos de ministerio” (2021 / cuentos), “Un día, los días” (2022 / poesía), “Algo parecido a la libertad” (2022 / poesía), “Un día más sobre la piel de Felisberto Ruíz” (2023 / poesía), “Cuentos para salpicar paredes” (2023 /
cuentos) y “La Condición Urbana”
(2024 / poesía y fotografías a cargo de Joaquín Zanzio). Algunos de sus textos se
incluyeron en revistas y antologías y obtuvo una veintena de premios y
menciones nacionales e internacionales.
En 2004, junto a Mercedes Falkenberg, funda el grupo de arte
interdisciplinario “Pisando Pliegos”,
con el cual han estrenado más de 30 audiovisuales (largometrajes;
cortometrajes, videoclips; video-danzas) y 23 obras de arte escénico (teatro;
danza; danza-teatro). Este grupo participó en festivales en Argentina y el
exterior. Muchas de las obras han recibido subsidios para su producción.
Página personal: https://jorgezanzio.wixsite.com/jorgezanzio
Página del grupo Pisando Pliegos: https://pisandopliegos.wixsite.com/pisandopliegos
ESCENIFICACIÓN
Jorge
Rolando Zanzio ©
Comenzó la mañana de
buen humor, cruzando a vecinos y vecinas con saludos amables. Pero en su ámbito
laboral, solo, entre cuatro paredes, exhaló suspiros agrios como lamentos de
lobos en agonía hasta que cayó la tardecita.
De regreso, al fin en
su casa, encontró a su mujer desnuda, yaciente sobre la cama que compartían
desde hacía diez años. Él, con los ojos inundados de lágrimas simuló la
sorpresa de haberla hallado muerta.
EL PRÍNCIPE Y EL MARGINAL
Jorge
Rolando Zanzio ©
Al ir finalizando el día corrió calle abajo dado que el hechizo estaba a
punto de extinguirse. Pero aunque el encanto concluyó como estaba sentenciado
para esa medianoche de primavera, su alegría no se diluyó porque el príncipe
abandonó sus privilegios y continuó queriéndolo.
Lejos de los prejuicios, de la incomprensión, los amantes fueron libres
en el exilio.
LITURGIA AMOROSA
Jorge
Rolando Zanzio ©
Sus manos eran rudas y a ella le gustaba
que él, el hombre de los techos, por las madrugadas bajase hasta su cama para
vibrar por su desnudez. Nunca se hablaron; ninguno conocía el idioma del otro.
Solo se comían la piel como si se tratase del último bocado. Pero sabían que
toda aquella liturgia amorosa no duraría mucho tiempo dado que el invierno
estaba cerca y su marido pronto regresaría del mar.
La vigésima noche, luego de que
ella bebiera su esperma, lo hirió en el pecho con un cuchillo y de entre las
costillas le extrajo el corazón que luego enterró en el patio bajo una baldosa,
a la sombra de un parral. Entonces, el espíritu del amante de ojos grises se
colgó de una estrella para nunca más dejar de iluminar a la mujer de boca
sedienta que, año tras año, sepultaba corazones.
INMORTAL CONDENA
Jorge
Rolando Zanzio ©
Caminó sin parar durante cien, mil años, atravesando diluvios, pantanos,
guerras. Padeció la metamorfosis del planeta, y en donde sólo existía el
silencio, vio construir rutas infinitas y edificios como montañas. Fue testigo
de pueblos diezmados, de culturas mutiladas por las armas. Trascendió al
tiempo, pero no fue suficiente como para alcanzar los pasos de la mujer que
quiso y que aún quiere, y que desde hace siglos solo encuentra en los sueños.
Él es inmortal, y su deseo sufre la misma condena.
DAVID OTERO ARIAS
Escribe desde que
supo hacerlo, pero no fue hasta 2010 cuando un IAM hizo que se retirase de su
vida profesional y pudiese dedicar todo su tiempo a escribir.
Su primera novela, Strakas - historia de una infamia, la
publicó Hércules de Ediciones en 2014. Le siguieron las siguientes por e-Book: La pulsera encantada; Casasnuevas; Atilio,
un hombre corriente; Benquerencia; Cosas Mías II; El maletín negro; Bruno;
Auténticas biografías falsas; La memoria de mi pueblo (antología).
Sigue escribiendo,
tiene pendiente de publicar: dos novelas, un libro de cuentos infantiles, otro
de poemas y dos obras de teatro.
Más sobre su
trayectoria y obras en el Suplemento de
Realidades y Ficciones Nº 106
A FEDERICO GARCIA LORCA IN MEMORIAM
David Otero Arias ©
La luna, luna, lunera.
La luna de luz de plata,
está escondida entre nubes
llorando lágrimas blancas.
La luna que se miraba
en las fuentes de la Alhambra
no quiere ver esta noche
y no quiere ser mirada.
A la luna no le gusta
lo que ve por donde pasa,
por eso llora la luna
entre las nubes tapada.
El sol en el horizonte
tras colinas y quebradas,
no quiere salir tampoco
no quiere alumbrar Granada.
Allí, al alba, sin luz,
un poeta que cantaba
a las gentes y a la vida
a los colores del alma
va humillado por hombres
de azules camisas pardas.
Entre olivos se detienen,
entre olivos se preparan.
Como truenos los disparos
suenan en la madrugada.
Por la espalda le mataron
qué no mirando a la cara.
Del pecho de Federico
nacen rosas escarlatas
que van cubriendo la tierra
y con mimo lo amortajan.
La poesía yace herida,
La humanidad espantada.
La sinrazón de su muerte
será siempre recordada.
Los poemas nunca escritos,
las obras inacabadas,
ya no serán terminadas,
lo asesinaron por nada.
La luna sigue llorando
entre unas nubes de nata.
El sol no quiere salir,
no quiere alumbrar Granada.
AUSENCIAS
David Otero Arias ©
La madurez no trae sosiego,
trae dolor y ausencias.
Ausencias que son irrecuperables,
dolor profundo de esas ausencias.
Se te llenan los cajones del alma
de recuerdos que hacen daño
y que te pesan.
De dolores distintos por lo nuevo.
La vida te va arrancando a dentelladas
todo aquello que antes tuvieras.
No hay grandeza ni gloria en las ausencias
Solo el vacío que te dejan
El dolor que te lacera, como a Dante,
sin esperanzas de encontrar el Empíreo
No hay un Virgilio adalid de la razón
No hay Beatriz que te consuele
No hay nada, solo la angustia que te apremia,
solo el terrible dolor de las ausencias.
EL PAYASO PENSAMIENTOS
David Otero Arias ©
Al payaso pin pan pun
le han abierto la cabeza,
con gran asombro de todos
tenía un cerebro dentro.
En la feria se hizo corro
para arreglar el entuerto
porque siempre habían pensado
que era serrín lo de dentro.
Vino el más listo de todos
“Al basurero el cerebro”.
Le llenaron de serrín
y lo cosieron de nuevo.
De los ojos del payaso
cayó una lágrima espesa
que al contacto con el suelo
hizo crecer pensamientos.
Poco a poco los curiosos
se alejaron del evento,
a nadie le hacía ya gracia
pensar en los pensamientos.
En la feria de la vida
hay muchos payasos de estos,
aunque nadie los conoce,
así es como se protegen
para que no les humillen
para no vivir con miedo.
No se lo digan a nadie,
yo tengo un cerebro dentro.
¿Qué quién soy yo lectores?
Otro payaso de cuento
JUANA ZEBALLOS AMMANN
Actualmente estudia la Licenciatura en Comunicación en la Universidad
Nacional de Córdoba. Entre los autores que la inspiran se encuentran Jorge Luis
Borges y Mariana Enríquez, cuyas obras dialogan con su interés por la ficción,
el lenguaje y las formas contemporáneas de narrar.
RITUAL PARA PARECER HUMANA
Juana Zeballos Ammann ©
Analí no estaba triste; estaba petrificada. Por dentro, su dolor se
había vuelto sólido, una costra de cal que le sellaba los lagrimales. Sentía la
presión detrás de los ojos, un peso volcánico que amenazaba con reventarle el
cráneo, pero sus ojos permanecían secos, brillantes como canicas devidrio en un
desierto.
Cuando se sentaba bajo la ducha, no buscaba consuelo, buscaba
disolverse. Quería que el agua caliente le arrancara la piel, que penetrara por
sus poros y forzara a su cuerpo a expulsar algo, lo que fuera. Pero el agua
resbalaba por su cara como si ella fuera de plástico, un maniquí frío que
simulaba una vida que ya no le pertenecía.
El día del diario fue el punto de quiebre. Escribir los desastres de su
vida era como leer la autopsia de un extraño. No había alivio, solo una
confirmación: estaba muerta por dentro. Miró por la ventana. El cielo estaba cargado,
una panza gris y enferma a punto de estallar. Analí sintió envidia. Una envidia
violenta y negra por esas nubes que sí podían vaciarse. Abrió la ventana y no
solo sacó la taza. Sacó el cuerpo, el alma.
Empezó a recolectar el agua, pero no con delicadeza. Necesitaba esa
agua. Cuando entró al baño con la taza llena de lluvia sucia, el ritual se
volvió macabro. No se puso las gotas con cuidado; se forzó el párpado hacia
atrás y dejó caer el agua fría, estancada, directamente sobre el globo ocular.
El frío le caló el cerebro.
Analí se miró al espejo mientras el agua de lluvia chorreaba por sus
mejillas, mezclándose con el sudor de su esfuerzo. Por un segundo, la mentira
fue perfecta. Se vio rota, se vio humana. Pero el horror estaba en que, para
sentir que vivía, Analí ahora dependía de que el cielo sufriera. Se había
convertido en un parásito de la tormenta. Sin lluvia, ella era solo una cáscara
vacía, una tumba seca esperando que el clima le devolviera el permiso de fingir
que todavía podía sentir algo.
Nº 109 – Marzo de 2026 – Año XVII
ISSN 2250-5385 – Edición trimestral
RL-2026-07594933-APN-DNDA#MJ del 21/1/2026, Dirección Nacional del Derecho de Autor / República Argentina.
Propietario y director: Héctor Zabala
Av. Del Libertador 6039 (C1428ARD)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
zab_he@hotmail.com
http://hector-zabala.blogspot.com/
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 40:
https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2019/12/realidades-y-ficciones-revista.html
Colaboradores
Corrección general:
Noelia Natalia Barchuk Löwer
Resistencia (Chaco), Argentina
alfana79@hotmail.com
http://noelia-barchuk-literatura.blogspot.com.ar/
Currículo en Suplemento de Realidades y Ficciones Nº 88:
https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/2020/12/suplemento-derealidades-y-ficciones-n.html
Ilustración de emblema:
Mónica Villarreal
Scottsdale (Arizona), Estados Unidos
Monterrey (Nuevo León), México
monvillarreal@hotmail.com
@mon_villarreal
https://www.facebook.com/monvillarreal22
Currículo en revista Realidades y Ficciones Nº 17:
http://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com.ar/2014/06/
El listado completo de colaboraciones al Suplemento de REALIDADES Y FICCIONES se encuentra a la derecha del blog bajo el acápite ÍNDICE DE AUTORES. A la fecha, comprenden 434 colaboradores desde la fundación del suplemento.
REVISTA: https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/
@RyFRevLiteraria
SUPLEMENTO: https://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com/
@RyF_Supl_Letras
Las opiniones vertidas en los artículos de esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor pertinente.
“Realidades y Ficciones” Mónica Villarreal (2014) acrílico y óleo sobre papel-lienzo, 30 cm x 30 cm |
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